En junio de 2016 pude ver en el Teatro Real de Madrid este espectáculo
en torno al Emperador de la Atlántida de Viktor Ullmann, en
arreglo y orquestación de Pedro Halffter y bajo la propuesta escénica de
Gustavo Tambascio, con la diferencia de que en la primera parte se
ofrecía entonces El canto del amor y muerte del corneta Christoph Rilke,
del mismo autor, y esta vez se ha optado por la breve ópera de Ernst
Krenek El dictador. No tengo tiempo de repetir lo
que entonces escribí: vamos a por lo que me ha parecido ahora.
En primer lugar, siento con mayor claridad que la versión que más me gusta no
es la del propio Ullmann, sino la de Halffter. Vuelta a escuchar la grabación de
Lothar Zagrosek (Decca), me parece que el original no es tan incisivo ni
cabaretero como algunos pensábamos. Que esta música está pidiendo a gritos “otra
cosa”: una profundización en el vuelo lírico, en los contrastes sonoros y en el
pathos trágico implícito en los pentagramas. Justo lo que hace con sus arreglos
el maestro madrileño, potenciando así los aspectos más interesantes de esta
música desigual que solo alcanza verdadera inspiración en los dos números
finales, que han logrado dejarnos con el corazón en un puño.
En segundo lugar, quizá deba replantearme mi negativa opinión sobre el
desaparecido Gustavo Tambascio, al que desdichadamente asocio a dos
óperas que considero musicalmente horrorosas: el Quijote de Manuel García
y el Segismundo de Tomás Marco. Este trabajo con Ullmann comparte con
aquellas producciones su esteticismo y su tendencia a la cursilería, pero no hay
que negarle inteligencia a la hora de evitar tópicos, capacidad para sugerir y
habilidad para darle ritmo a la acción. En lo puramente visual el
trabajo es de un extraordinario atractivo, aunque aquí el mérito le corresponde
a la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, la luminotecnia de Felipe
Ramos y los figurines de Jesús Ruiz.
La partitura de El dictador me parece mediocre. Incluirla en el
programa sirve ante todo para satisfacer la curiosidad de quienes estamos
interesados por las “músicas degeneradas”. Si a lo largo de esa media hora lo
pasé bien fue por la divertida puesta en escena de Rafael Rodríguez
Villalobos, un chico al que conozco desde tiempo inmemorial pero con el que
no tengo ningún contacto desde hace bastantes años, dicho sea de paso, y del que
me había formado una mala opinión como director de escena a tenor de lo que
parece ser la naturaleza de sus producciones: regista como provocador y centro
de la función, por descontado. Dicho esto, me parece muy bien –mejor dicho, muy
mal, por lo tarde que le ha llegado el ofrecimiento– que el Maestranza haya
contado con él, y me ha gustado mucho lo que ha hecho con el título. Ciertamente
convertir a María en la Unión Europea y al dictador inspirado en Mussolini en el no menos gorrinoide Donald Trump puede
resultar demasiado obvio, pero no ha dejado de resultar oportuno: ayer 395.000 andaluces votaron a
la ultraderecha de VOX. Por lo demás, el conjunto está realizado con inteligencia,
dinamismo y buen sentido del humor, sin cargar las tintas en lo grosero y
haciendo gala de una enorme capacidad para la dirección de actores.
Veremos si Rafa no se pasa de la raya en ese Orfeo de Gluck para el que le han dado carta blanca en el Villamarta.
Por pura casualidad tanto el Orfeo como la Eurídice de esa próxima producción
estaban en el elenco de este programa doble: José Luis Sola encarnó de
manera muy satisfactoria a Arlequín mientras que Nicola Beller Carbone
cumplió sobradamente como María en la página de Krenek y como Tambor Mayor en la
de Ulllmann. También convenció en su doble papel Natalia Labourdette. Martin Gantner se mostró irregular prestando voz a los dos
tiranos, aunque sin los serios problemas de quien se ocupara del emperador en
Madrid: en el Maestranza hemos salido ganando. Formidables Sava Vemic
encarnando a la Muerte y el onubense David Lagares como el Altoparlante.
Muy bien el ya veterano pero siempre estimable Vicente Ombuena interpretando a los soldados
de ambos títulos: ¿falla alguna vez el tenor valenciano? Buen trabajo el de la
orquesta bajo la dirección de Halffter, aunque como siempre su batuta acertó
antes a la hora de desarrollar atmósferas que a la de construir tensiones.
El respetable reaccionó –función del domingo 2 de diciembre– de manera extremadamente fría tras la página de
Krenek y con moderado entusiasmo tras la de Ullmann. Un señor mayor, supongo que
indignado, se levantó cuando María se quedaba en bragas y sujetador. Otro lo
hizo mientras los figurantes se iban desnudando para entrar en la cámara de gas
en la última escena. Muy probablemente este es el público que verá con agrado la
anunciada marcha de Halffter, y el mismo al que, espero que no se cumplan las
peores predicciones, el nuevo responsable del Maestranza obsequiará con mayor
dosis de zarzuela, presuntamente atrevidas de recuperación del repertorio lírico
hispano (¡horror!) y portazo total a “rarezas germánicas”. Todo muy acorde con
los sombríos tiempos que nos vienen en lo político.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
lunes, 3 de diciembre de 2018
viernes, 30 de noviembre de 2018
Portentoso Brahms de Barragán y Floristán
Mañana sábado 1 de diciembre ofrece el Teatro de la Maestranza un recital del
clarinetista Pablo Barragán, el violonchelista Andrei Ioniţă y el pianista Juan
Pérez Floristán integrado por obras de Schumann en la primera parte y de Brahms
en la segunda, correspondiendo esta última con el compacto grabado por los
mismos intérpretes para el sello granadino IBIS, lanzado este mismo año: se
omitirá la Sonata para clarinete nº 1 y se tocarán la Sonata nº 2 y el
Trío para clarinete, violoncelo y piano. Gracias a la plataforma Tidal
–me permito recomendarles a ustedes la suscripción– acabo de escuchar el disco,
y he quedado mudo del asombro.
En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán como a Barragán –de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova –filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de enorme altura. Pues así es.
¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.
Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo garantizado.
El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido, encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla. Clarísimo.
En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán como a Barragán –de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova –filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de enorme altura. Pues así es.
¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.
Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo garantizado.
El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido, encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla. Clarísimo.
jueves, 29 de noviembre de 2018
El arrollador Edgardo de Celso Albelo
Tras el concierto de la Filarmónica de Gran Canaria en Las Palmas pasé un par
de días en Tenerife, una isla en la que jamás había estado y que me ha parecido
fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que he podido vivir en directo (¡y
menuda vivencia!) aquellas cosas que yo mismo me veo obligado a imaginar en mis
clases de geografía. Tampoco están mal la arquitectura y el arte que he visto,
aunque en estas líneas lo que me corresponde es decir algunas cosas sobre la
Lucia de Lammermoor organizada por la Ópera de Tenerife a la que
asistí el sábado 24 en el auditorio diseñado por Santiago Calatrava, un
edificio poco menos que fascinante desde el punto de vista plástico.
Me resulta inevitable comparar este Donizetti con el que hace muy poco pude escuchar en el Maestranza, máxime cuando la joven Leonor Bonilla, triunfadora de las funciones sevillanas, se encuentra muy vinculada a la ópera tinerfeña. En Santa Cruz la protagonista es Irina Lungu, cantante de prestigio que cantaba por primera vez el rol de Lucia. Los resultados han sido igualmente de alto nivel, pero con una gran diferencia con su colega: mientras Bonilla fue de más a menos, Lungu lo hizo de menos a más. La soprano sevillana se merienda con patatas a la rusa en “Regnava nel silenzio”, y creo que no únicamente porque su voz resulta ahí más flexible, sino también por un legato mucho más hermoso, un uso más sensible de los difuminados y una muy superior expresividad. Lungu cantó bien, pero la encontré fría e inexpresiva. En los enfrentamientos con Enrico y Raimondo –ofrecidos en su integridad, venturosamente– empezó a centrarse y pudo ir haciendo gala de una voz que, a la postre, es mucho más adecuada para el personaje –más carne en el centro y más peso en el grave- que la de Bonilla. Por eso mismo Lungu sí que estuvo a la altura en el fundamental sexteto, mientras que en toda la escena de la locura se encontró a sí misma y, pese a algunos muy puntuales resbalones canoros, demostró ser una gran artista ofreciendo una interpretación que, sin desdeñar las inflexiones propias del belcantismo, no se quedó en la mera belleza del canto, sino que supo atender a los matices psicológicos y transmitir sinceridad expresiva.
Celso Albelo jugaba en casa, si bien su abrumador éxito estuvo plenamente
justificado desde el punto de vista artístico. Su Edgardo es muy diferente del
de José Bros: si el catalán supera con inteligencia, técnica y musicalidad
enormes las limitaciones de su instrumento, el canario triunfa luciendo una voz
que es una maravilla por su volumen, homogeneidad y riqueza de armónicos, y
haciendo gala de una línea de canto valiente, muy “echada para adelante”, en
buena medida exhibicionista –lo que incluye algunas meteduras de pata, todo hay
que decirlo–, pero con una virilidad, una vehemencia y una fuerza expresiva ante
las que resulta difícil resistirse. Si controlase su tendencia a lucirse
y corrigiese esas poses escénicas de tenor a la antigua usanza, mejoraría aún
más su arrollador Edgardo.
No me gustó el Enrico de Andrei Kymach, barítono ucraniano cuyo magnífico instrumento se encuentra desaprovechado desde el punto de vista técnico y expresivo debido a un fraseo más bien tosco, incluso primario. Mucho mejor el Raimondo de Gabriele Sagona, jovencísimo bajo de voz lírica pero bastante sólida que llegó con el tiempo justo para sustituir –desde la primera de las tres funciones, la mía era la última– al cantante inicialmente previsto, demostrando un muy considerable potencial. Excelentes la Alisa de Vittoria Vimercati y el Normanno de Klodjan Kacani.
El coro estuvo muy correcto, aunque la gran baza de los cuerpos estables es la Sinfónica de Tenerife, a la que es una gloria escuchar en el foso: nada que ver con el sufrimiento que tenemos que padecer en todas y cada una de las funciones operísticas del Teatro Villamarta de mi tierra. Ni con la mera solvencia de un Teatro Real o de un Liceo, dicho sea de paso. Otra cosa es la labor de Christopher Franklin, maestro que me pareció muy interesante dirigiendo Peter Grimes en Les Arts y que en Lucia, a mi entender, se limitó a concertar con enorme técnica y sin caer en la menor vulgaridad. No estuvo mal, pero se le puede sacar más partido a la obra maestra de Donizetti.
El regista Nicola Berloffa defiende con inteligencia en el programa de mano su propuesta escénica. El problema es que leyéndole convence por completo, pero viendo los resultados lo hace bastante menos. Desconcierta la ambientación, y no tanto porque la acción se traslade a la Escocia de los años cuarenta del pasado siglo como por la pérdida de esa atmósfera romántica que la música necesita: sustituir la fuente, el castillo o la torre en medio de una tormenta por las diferentes salas de una vivienda termina resultando prosaico. Tampoco la dirección de actores fue del todo buena. Algo acartonada, más bien. Lo que sí funcionó de maravilla fue la escena de la locura, aprovechando el carácter giratorio de la escenografía para hacer deambular a Lucia por todas las estancias, lúgubre y sugestivamente iluminadas.
Muy en resumen, estupenda orquesta y digna batuta al servicio de un elenco de considerable altura –con el borrón del Enrico–, más una puesta en escena que se queda a medio camino pero que no llegó nunca a molestar. Ya quisiéramos escuchar habitualmente este repertorio con semejante nivel medio.
Me resulta inevitable comparar este Donizetti con el que hace muy poco pude escuchar en el Maestranza, máxime cuando la joven Leonor Bonilla, triunfadora de las funciones sevillanas, se encuentra muy vinculada a la ópera tinerfeña. En Santa Cruz la protagonista es Irina Lungu, cantante de prestigio que cantaba por primera vez el rol de Lucia. Los resultados han sido igualmente de alto nivel, pero con una gran diferencia con su colega: mientras Bonilla fue de más a menos, Lungu lo hizo de menos a más. La soprano sevillana se merienda con patatas a la rusa en “Regnava nel silenzio”, y creo que no únicamente porque su voz resulta ahí más flexible, sino también por un legato mucho más hermoso, un uso más sensible de los difuminados y una muy superior expresividad. Lungu cantó bien, pero la encontré fría e inexpresiva. En los enfrentamientos con Enrico y Raimondo –ofrecidos en su integridad, venturosamente– empezó a centrarse y pudo ir haciendo gala de una voz que, a la postre, es mucho más adecuada para el personaje –más carne en el centro y más peso en el grave- que la de Bonilla. Por eso mismo Lungu sí que estuvo a la altura en el fundamental sexteto, mientras que en toda la escena de la locura se encontró a sí misma y, pese a algunos muy puntuales resbalones canoros, demostró ser una gran artista ofreciendo una interpretación que, sin desdeñar las inflexiones propias del belcantismo, no se quedó en la mera belleza del canto, sino que supo atender a los matices psicológicos y transmitir sinceridad expresiva.
No me gustó el Enrico de Andrei Kymach, barítono ucraniano cuyo magnífico instrumento se encuentra desaprovechado desde el punto de vista técnico y expresivo debido a un fraseo más bien tosco, incluso primario. Mucho mejor el Raimondo de Gabriele Sagona, jovencísimo bajo de voz lírica pero bastante sólida que llegó con el tiempo justo para sustituir –desde la primera de las tres funciones, la mía era la última– al cantante inicialmente previsto, demostrando un muy considerable potencial. Excelentes la Alisa de Vittoria Vimercati y el Normanno de Klodjan Kacani.
El coro estuvo muy correcto, aunque la gran baza de los cuerpos estables es la Sinfónica de Tenerife, a la que es una gloria escuchar en el foso: nada que ver con el sufrimiento que tenemos que padecer en todas y cada una de las funciones operísticas del Teatro Villamarta de mi tierra. Ni con la mera solvencia de un Teatro Real o de un Liceo, dicho sea de paso. Otra cosa es la labor de Christopher Franklin, maestro que me pareció muy interesante dirigiendo Peter Grimes en Les Arts y que en Lucia, a mi entender, se limitó a concertar con enorme técnica y sin caer en la menor vulgaridad. No estuvo mal, pero se le puede sacar más partido a la obra maestra de Donizetti.
El regista Nicola Berloffa defiende con inteligencia en el programa de mano su propuesta escénica. El problema es que leyéndole convence por completo, pero viendo los resultados lo hace bastante menos. Desconcierta la ambientación, y no tanto porque la acción se traslade a la Escocia de los años cuarenta del pasado siglo como por la pérdida de esa atmósfera romántica que la música necesita: sustituir la fuente, el castillo o la torre en medio de una tormenta por las diferentes salas de una vivienda termina resultando prosaico. Tampoco la dirección de actores fue del todo buena. Algo acartonada, más bien. Lo que sí funcionó de maravilla fue la escena de la locura, aprovechando el carácter giratorio de la escenografía para hacer deambular a Lucia por todas las estancias, lúgubre y sugestivamente iluminadas.
Muy en resumen, estupenda orquesta y digna batuta al servicio de un elenco de considerable altura –con el borrón del Enrico–, más una puesta en escena que se queda a medio camino pero que no llegó nunca a molestar. Ya quisiéramos escuchar habitualmente este repertorio con semejante nivel medio.
martes, 27 de noviembre de 2018
Tocar Mozart con los pies
Hace diez años estuve por primera vez en Gran Canaria. Tuve entonces la
oportunidad de escuchar a la estupenda OFGC en el Auditorio Alfredo Kraus, de lo
que pude dar cuenta brevemente en
este blog. El pasado viernes pude por fin pasarme nuevamente por la isla y
repetir el rito de disfrutar a la Filarmónica en el soberbio edificio diseñado
por Óscar Tusquets, esta vez con un programa dedicado a Haydn y a Mozart que
estuvo bajo la batuta de Gérard Korsten, un señor al que solo conocía de
una Elena Egipcíaca del sello Dynamic y del que, por tanto, podía esperarme
cualquier cosa en un repertorio tan delicado como este.
Pues bien, lo resultados me parecieron dignos de admiración. Y por completo
sobresalientes, yo diría que referenciales, en el caso de Franz Joseph
Haydn: la interpretación de la Sinfonía n.º 73, “la caza”, me pareció
superior a las dos que escuché previamente en disco, la muy digna de Adam
Fischer y la más que notable de Neville Marriner. ¿Y cómo fue el Haydn de
Korsten? Decir que, en el cinegético último movimiento –el que da título a la
página– los timbales usaron baquetas duras mientras que se juntaron trompetas
naturales con trompas de válvula, podría darnos una impresión inexacta. Porque
este, al margen de semejantes decisiones organológicas –que encuentro acertadas,
aunque habrá a quienes les parezcan incoherentes–, y también a margen de una
reducción del vibrato y de una incisividad en la articulación bastante moderadas,
fue un Haydn tradicional en el mejor de los sentidos. Es decir, de sonoridad
densa y musculada pero en absoluto masiva, de fraseo ágil mas no aéreo (¡qué
alivio!), de fraseo amplio y cantable, de expresión grave y cargada de pathos
–tremenda la introducción– sin caer en lo protobeethoveniano, y
lleno de encanto, de gracia, de sensualidad y de picardía sin confundir todo
ello con lo trivial o lo insípido, que es lo que le pasaba en discos a los dos
directores arriba citados. Korsten no quiso recrearse en delicadezas –aunque el
trazo fue fino– y se decidió a impregnar la partitura, toda ella, de una gozosa
rusticidad apropiadísima para el maravilloso universo de este compositor.
No me gustó tanto su labor en los Conciertos para trompa nº 3 y nº 2 –en este orden– de Wolfgang Amadeus Mozart. Por descontado que el ya veterano maestro siguió obteniendo un formidable rendimiento de una Filarmónica de Gran Canaria que parecía sentirse muy a gusto bajo su batuta, pero tengo la impresión, después de haber escuchado a Klemperer con Civil y a Zukerman con Baummann, que esta música ofrece más posibilidades poéticas: Korsten ofreció luminosa, amable y cálida belleza, sin más. El trompa Felix Klieser le secundó a la perfección en su concepto haciendo gala de un fraseo de enorme sensualidad que sedujo más por su capacidad para el canto que para los claroscuros. En cualquier caso, derrochó musicalidad por los cuatro costados. En lo puramente técnico su labor resultó admirable: que hubiera algún desliz sin importancia se puede explicar por el frío que esa noche en Las Palmas se colaba entre los dedos de nuestros pies. Ah, ¿es que no se lo he dicho? Klieser no tiene brazos y toca con sus extremidades inferiores, literalmente. Su éxito fue abrumador y estuvo plenamente justificado. Propina de Rossini.
Para terminar, Sinfonía nº 38 de Mozart. Es decir, ni más ni menos que la Praga. Palabras mayores. Sin llegar al nivel excepcional de su Haydn, Korsten triunfó a partir de una lúcida asimilación, aun sin necesidad de imitar al maestro berlinés ni de acercarse a sus excesos, de las mejores lecciones de Harnoncourt: teatralidad y claroscuros a tope, con enorme relevancia de metales y percusión –de nuevo trompetas naturales y baquetas duras– mas guardando el adecuado equilibrio con una cuerda bien nutrida y empastada, todo ello dentro de un concepto expresivo marcadamente operístico y muy alejado de preciosismos, ligerezas y coqueterías que siguen haciendo estragos en el universo interpretativo mozartiano. Gran concierto.
No me gustó tanto su labor en los Conciertos para trompa nº 3 y nº 2 –en este orden– de Wolfgang Amadeus Mozart. Por descontado que el ya veterano maestro siguió obteniendo un formidable rendimiento de una Filarmónica de Gran Canaria que parecía sentirse muy a gusto bajo su batuta, pero tengo la impresión, después de haber escuchado a Klemperer con Civil y a Zukerman con Baummann, que esta música ofrece más posibilidades poéticas: Korsten ofreció luminosa, amable y cálida belleza, sin más. El trompa Felix Klieser le secundó a la perfección en su concepto haciendo gala de un fraseo de enorme sensualidad que sedujo más por su capacidad para el canto que para los claroscuros. En cualquier caso, derrochó musicalidad por los cuatro costados. En lo puramente técnico su labor resultó admirable: que hubiera algún desliz sin importancia se puede explicar por el frío que esa noche en Las Palmas se colaba entre los dedos de nuestros pies. Ah, ¿es que no se lo he dicho? Klieser no tiene brazos y toca con sus extremidades inferiores, literalmente. Su éxito fue abrumador y estuvo plenamente justificado. Propina de Rossini.
Para terminar, Sinfonía nº 38 de Mozart. Es decir, ni más ni menos que la Praga. Palabras mayores. Sin llegar al nivel excepcional de su Haydn, Korsten triunfó a partir de una lúcida asimilación, aun sin necesidad de imitar al maestro berlinés ni de acercarse a sus excesos, de las mejores lecciones de Harnoncourt: teatralidad y claroscuros a tope, con enorme relevancia de metales y percusión –de nuevo trompetas naturales y baquetas duras– mas guardando el adecuado equilibrio con una cuerda bien nutrida y empastada, todo ello dentro de un concepto expresivo marcadamente operístico y muy alejado de preciosismos, ligerezas y coqueterías que siguen haciendo estragos en el universo interpretativo mozartiano. Gran concierto.
jueves, 15 de noviembre de 2018
Barenboim cumple setenta y seis
Se acaba el día y no he tenido tiempo para decir nada. Lo hago ahora: hoy cumple setenta y seis años el más grande intérprete musical del último medio siglo. En España no lo vieron en su momento los chicos de la revista Scherzo, o no no lo quisieron ver. "Correcto pianista metido a director", escribieron allá a finales de los ochenta y principios de los ochenta, cuando este señor tenía ya una importante parte de su tratectoria a sus espaldas.
Hoy el tiempo ha puesto a cada uno en su sitio, y por mucho que los
discípulos de aquella generación de críticos sigan sin caerse del burro,
la mayoría de los mortales lo tenemos claro: tanto empuñando la batuta y
como al teclado –la merma de agilidad digital se ha visto compensada,
con creces, por un inaudito dominio del sonido pianístico–, la música
que nos ofrece alcanza casi siempre los más excelsos niveles de
inspiración interpretativa. Feliz cumpleaños, Daniel Barenboim.
martes, 13 de noviembre de 2018
El sublime Brahms de los Khachatryan
He vuelto a este disco, registrado por el sello Naïve entre julio y agosto de 2012, y de nuevo he quedado por completo maravillado. En él los hermanos Sergey y Lusine Khachatryan interpretan las tres hermosísimas sonatas para violín y piano de Brahms, y lo hacen mejor, e incluso mucho mejor, que otros intérpretes más famosos que han grabado estas partituras.
Haciendo uso de tempi lentos y de
un fraseo flexible, natural, rico en inflexiones, matizadísimo en las dinámicas,
nuestros artistas ofrecen de la Sonata nº 1 una recreación acariciadora, sensual a más no poder,
impregnada de atmósfera a ratos poética, a ratos luminosa, de enorme belleza y emotividad a flor de piel, que aún haciendo hincapié en la poesía
íntima de la página ofrece picos de tensión a los que se llega con tanta lógica
como incandescencia. Ni de lejos llegan a semejante altura Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman, Zukerman/Barenboim ni Perlman/Barenboim, que son las otras grabaciones con las que he podido comparar.
En la Sonata nº 2 la comparación ha sido con Oistrakh/Richter, Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Magníficas las dos primeras parejas, no así las otras dos; en cualquier caso los Khachatryan nos ofrecen la interpretación más intimista, más cantable, sensual y embriagadora, también la más atenta a la atmósfera, aunque por fortuna no resulta blanda ni deja de ofrecer apasionamiento en los clímax. Para derretorse el violín de Sergey, que dice cada frase con una emotividad y un aliento poético subyugantes.
Vuelven a maravillarnos en la Sonata nº 3 la efusividad del fraseo, el lirismo tierno y al mismo tiempo muy intenso que desprende, la flexibilidad y lógica absoluta del trazo –cuidadísimas las transiciones– y el desarrolladísimo sentido de la atmósfera, todo ello llegando a su culmen en un Adagio prodigioso. Lo que ahora hay que recalcar, dadas las características de la pieza, es el enorme grado de arrebato y extroversión, con carácter no poco escarpado pero manteniendo siempre la más absoluta belleza sonora, que los dos hermanos alcanzan en los movimientos extremos, particularmente en el último, que se beneficia de un sonido muy poderoso y muy brahmsiano por parte de Lusine. Un prodigio, que tampoco alcanzan Oistrakh/Yampolsky –desgarrador a más no poder el violinista– ni las ya citadas parejas de Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Solo se acercan, sin llegar a tan sublime excelsitud, Vengerov y Barenboim en su único acercamiento conjunto a este trilogía. ¡Lástima que no grabaran las otras dos!
No hace fata decir mucho más: el disco de los Khachatryan es de audición total y absolutamente imprescindible.
En la Sonata nº 2 la comparación ha sido con Oistrakh/Richter, Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Magníficas las dos primeras parejas, no así las otras dos; en cualquier caso los Khachatryan nos ofrecen la interpretación más intimista, más cantable, sensual y embriagadora, también la más atenta a la atmósfera, aunque por fortuna no resulta blanda ni deja de ofrecer apasionamiento en los clímax. Para derretorse el violín de Sergey, que dice cada frase con una emotividad y un aliento poético subyugantes.
Vuelven a maravillarnos en la Sonata nº 3 la efusividad del fraseo, el lirismo tierno y al mismo tiempo muy intenso que desprende, la flexibilidad y lógica absoluta del trazo –cuidadísimas las transiciones– y el desarrolladísimo sentido de la atmósfera, todo ello llegando a su culmen en un Adagio prodigioso. Lo que ahora hay que recalcar, dadas las características de la pieza, es el enorme grado de arrebato y extroversión, con carácter no poco escarpado pero manteniendo siempre la más absoluta belleza sonora, que los dos hermanos alcanzan en los movimientos extremos, particularmente en el último, que se beneficia de un sonido muy poderoso y muy brahmsiano por parte de Lusine. Un prodigio, que tampoco alcanzan Oistrakh/Yampolsky –desgarrador a más no poder el violinista– ni las ya citadas parejas de Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Solo se acercan, sin llegar a tan sublime excelsitud, Vengerov y Barenboim en su único acercamiento conjunto a este trilogía. ¡Lástima que no grabaran las otras dos!
No hace fata decir mucho más: el disco de los Khachatryan es de audición total y absolutamente imprescindible.
domingo, 11 de noviembre de 2018
Demidenko en el Vlilamarta: notable Schubert, sobresaliente Prokofiev
Lo único que le había escuchado a Nikolai Demidenko era el
Concierto nº 1 de Chopin que tenía filmado con Antoni Wit: allí me
pareció un pianista muy completo desde el punto de vista técnico, pero algo
alicorto en poesía. Ayer sábado le pude escuchar en el Teatro Villamarta de
Jerez (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en los que ver sobre su escenario a
gente como Pires, Ashkenazy o Sokolov entraba dentro de lo normal!) un recital
en el que ha mejorado mi percepción de su arte.
Comenzó la velada con el Capricho nº 6 de las Soirées de Vienne de Schubert-Liszt, una nadería deliciosa en la que el ruso hizo gala un sonido tan hermoso como admirablemente regulado y de una gran elegancia en el fraseo. Palabras muy mayores a continuación: Franz Schubert. En la web del teatro y en el programa de mano se anunciaba la “Sonata en La Mayor Op. posth.”, mientras que en la página del artista se hablaba de la “Sonata No. 19 in Minor D. 958”. Al final fue la primera de ellas, es decir, la Sonata No. 20 en La mayor D. 959. La dificultad es la misma, en cualquier caso, porque llegar al punto justo de equilibrio entre belleza formal, fluidez y hondura en cualquiera de las tres últimas sonatas schubertianas solo está al alcance de los grandes. Demidenko superó la prueba y ofreció una espléndida recreación en la que planificó de manera admirable la arquitectura, resolvió estupendamente las transiciones, cantó las melodías con naturalidad y supo marcar los picos de tensión para que la música no se quedara en una sucesión de sonidos. Un punto más de fuerza expresiva, de emotividad y de magia poética no le hubieran venido mal, en cualquier caso: la comparación con la descomunal, histórica recreación que le escuché a Radu Lupu en Barcelona hace tan solo unos meses, deja claro que lo de ayer fue de notable alto, más no de matrícula de honor.
El Vals op. 38 de Scriabin estuvo dicho con fluidez y elegancia, mirando no tanto al pasado chopiniano como al impresionismo contemporáneo. Sensible en el toque y elegante en el fraseo, Demidenko controló de manera admirable su sonido pianístico para alcanzar la agilidad y la delicadeza pretendidas.
La misma capacidad para modelar la materia prima le permitió ofrecer increíbles veladuras con las que acentuó el lirismo onírico e inquietante de la Sonata nº 8 de Prokofiev, ofreciéndonos así una interpretación muy alejada del tópico: si la mayoría de los pianistas se centran –es lógico y plausible que así lo hagan– en los aspectos más combativos de esta música, en su carácter obsesivo y en sus sonoridades atronadoras, Demidenko se desentendió del carácter demoníaco de la misma –tampoco le faltaron contrastes ni tensión interna– y optó por esa melancolía amarga y desconsolada, recorrida por inquietantes turbulencias y a veces disfrazada de sarcasmo, que singulariza la creación del compositor. Como además la recreación supo ser brillante cuando está indicado y ofreció grandes dosis de agilidad –algunos deslices hacia el final del tercer movimiento importaron poco–, el resultado fue sobresaliente. Solo a Kissin –vídeo disponible en YouTube– le he escuchado algo todavía mejor.
Tres propinas: dos Scarlatti soberbios y un Chopin, el Vals del minuto, que debería haberse ahorrado.
Comenzó la velada con el Capricho nº 6 de las Soirées de Vienne de Schubert-Liszt, una nadería deliciosa en la que el ruso hizo gala un sonido tan hermoso como admirablemente regulado y de una gran elegancia en el fraseo. Palabras muy mayores a continuación: Franz Schubert. En la web del teatro y en el programa de mano se anunciaba la “Sonata en La Mayor Op. posth.”, mientras que en la página del artista se hablaba de la “Sonata No. 19 in Minor D. 958”. Al final fue la primera de ellas, es decir, la Sonata No. 20 en La mayor D. 959. La dificultad es la misma, en cualquier caso, porque llegar al punto justo de equilibrio entre belleza formal, fluidez y hondura en cualquiera de las tres últimas sonatas schubertianas solo está al alcance de los grandes. Demidenko superó la prueba y ofreció una espléndida recreación en la que planificó de manera admirable la arquitectura, resolvió estupendamente las transiciones, cantó las melodías con naturalidad y supo marcar los picos de tensión para que la música no se quedara en una sucesión de sonidos. Un punto más de fuerza expresiva, de emotividad y de magia poética no le hubieran venido mal, en cualquier caso: la comparación con la descomunal, histórica recreación que le escuché a Radu Lupu en Barcelona hace tan solo unos meses, deja claro que lo de ayer fue de notable alto, más no de matrícula de honor.
El Vals op. 38 de Scriabin estuvo dicho con fluidez y elegancia, mirando no tanto al pasado chopiniano como al impresionismo contemporáneo. Sensible en el toque y elegante en el fraseo, Demidenko controló de manera admirable su sonido pianístico para alcanzar la agilidad y la delicadeza pretendidas.
La misma capacidad para modelar la materia prima le permitió ofrecer increíbles veladuras con las que acentuó el lirismo onírico e inquietante de la Sonata nº 8 de Prokofiev, ofreciéndonos así una interpretación muy alejada del tópico: si la mayoría de los pianistas se centran –es lógico y plausible que así lo hagan– en los aspectos más combativos de esta música, en su carácter obsesivo y en sus sonoridades atronadoras, Demidenko se desentendió del carácter demoníaco de la misma –tampoco le faltaron contrastes ni tensión interna– y optó por esa melancolía amarga y desconsolada, recorrida por inquietantes turbulencias y a veces disfrazada de sarcasmo, que singulariza la creación del compositor. Como además la recreación supo ser brillante cuando está indicado y ofreció grandes dosis de agilidad –algunos deslices hacia el final del tercer movimiento importaron poco–, el resultado fue sobresaliente. Solo a Kissin –vídeo disponible en YouTube– le he escuchado algo todavía mejor.
Tres propinas: dos Scarlatti soberbios y un Chopin, el Vals del minuto, que debería haberse ahorrado.
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