martes, 30 de octubre de 2018

Lucia de Lammermoor en el Maestranza: triunfaron los protagonistas

Resulta llamativo que algunos se pregunten en voz alta las razones que llevan al Teatro de la Maestranza a repetir con más antelación de la deseable Lucia di Lammermoor, cuanto todo el mundo sabe –o al menos intuye– que el título se ha programado para dar una oportunidad a la joven soprano sevillana Leonor Bonilla, justamente al igual que el Villamarta de mi tierra ha llevado a escena determinadas óperas aprovechando el tirón popular de Ismael Jordi. Comprensible y hasta cierto punto justificable, aunque me gustaría que en Sevilla no ocurriera lo mismo que en Jerez, es decir, que se extendiera una idolatría poco fundamentada que llevara a confundir el talento, el esfuerzo y el buen gusto de un cantante con algo mucho más serio que es su capacidad para ser una verdadera estrella. Por eso intentaré expresar mi opinión –que es eso, una mera opinión­– con la misma claridad  con que lo he procurado hacer siempre con respecto a mi paisano, con cuyas virtudes e insuficiencias Bonilla guarda no poco en común.

Y es que en ambos cantantes se puede hablar de una técnica admirable y de una gran musicalidad, como también de una enorme adecuación al bel canto puro y duro. Pero también de una voz que es tan hermosa –atractivo metal en el caso del jerezano, sedosidad en el de la sevillana– como limitada en volumen y en carne. Y se trata igualmente de dos sensibilidades que tienden a cantar bonito, a seducir con las armas de un legato de libro, medias voces acariciadoras y una regulación del fiato que les permite construir frases amplias de enorme cantabilidad, pero que a veces se quedan un tanto cortas en temperamento, fuego y variedad expresiva. Dicho de manera más simple, se trata cantantes muy notables que evidencian importantes virtudes, pero también ciertas insuficiencias que han de notarse antes en determinados repertorios y papeles que en otros. Las desigualdades, obviamente, también se podrán evidenciar a lo largo de un mismo título operístico.

A mí me gustó muchísimo Leonor Bonilla en el “Regnava nel silenzio”, que me pareció toda una lección de belcantismo del bueno, es decir, del sincero y alejado de toda afectación. Me pareció que estuvo bien sin más en el enfrentamiento con Enrico, y que se quedó corta (¡lógico!) en el justamente célebre sexteto, en el que se necesita una voz de mucho más fuste. Y que estuvo francamente bien en la escena de la locura, en gran medida porque la ligereza de su voz le permite resolver las agilidades con pasmosa facilidad, aunque también sea cierto que, para mi gusto, con semejante exhibición de virtuosismo no basta para otorgar al personaje la intensidad y el carácter alucinado que esa decisiva página necesita. Sea como fuere, para tratarse de la primer vez que canta el rol de Lucia el saldo resulta abiertamente positivo.

Tres cosas más sobre la soprano. La primera, que algunos de sus sobreagudos resultaron estridentes, cosa que a mí me importa muy poco pero que debería subsanarse. La segunda, que su formación inicial como bailarina le permite moverse por el escenario con una soltura que ya quisieran para sí muchas grandes divas. La tercera, que no me pareció de recibo que tras la escena de la locura nuestra artista saliera a saludar al respetable, a telón bajado y recibiendo ramos de flores. La dramaturgia queda rota, se viola el protocolo y se deja al tenor un tanto en segundo plano, que tiene por delante quince minutos de infarto. Podía haberse esperado ese cuarto de hora, porque al fin y al cabo Bonilla recibiría al final una estruendosa ovación que la emocionó de manera visible.

En mayo del pasado año José Bros me decepcionó aquí mismo en el Maestranza. Lógico: se trataba el Rodolfo de La Bohème. Pero Edgardo sí es para él, y a pesar de que –sobre todo en el comienzo de la función– volvieron las molestas nasalidades de antaño, el tenor catalán supo hacer gala de esa excelencia técnica y de ese estilo perfecto que posee para el repertorio belcantista. No solo eso: cantó con arrojo, con emoción y con convicción, y aun en esa linea un punto señorial que a él le gusta –personalmente prefiero aproximaciones menos aristocráticas, más carnales–, hizo gala de una intensidad expresiva que logró conmoverme como no lo hizo su compañera. Bravo.

El resto del elenco se movió en un nivel discreto. Vitaliy Bilyy hizo un Enrico sonoro y con empuje, poco más. Mirco Palazzi fue un Raimondo inadecuado en lo vocal –muy insuficiente el grave– y sin especial interés en lo expresivo. No me gustó María José Suárez en el rol de Alisa: la encontré muy gastada. Y el pobre Manuel de Diego tuvo que lidiar con el siempre ingrato papel de Arturo disfrazado por su peor enemigo. Sí que estuvo formidable, ofreciendo quizá la que ha sido una de sus mejores noches recientes, el Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza, como siempre dirigido por Íñigo Sampil.

Quizá haya tenido que ver con la excelencia de los resultados corales el currículo en este terreno del maestro Renato Baldassona, quien a su vez dirigió de manera bastante satisfactoria a una Sinfónica de Sevilla que sonó bien y muy en estilo; quizá algún pasaje concreto pudo estar más paladeado, y también a lo mejor se podía haber inyectado más nervio a algunos pasajes, pero globalmente la batuta suplo desplegar cantabilidad y evitar el carácter frivolón de algunos números de esta partitura que sin duda contiene maravillas musicales, pero que también evidencia desigualdades en la inspiración del tan fundamental –Verdi sin él sería impensable– como sobrevalorado Gaetano Donizetti.

Mediocre la producción escénica, que llegaba de la Deutsche Oper berlinesa de tiempos del gran Götz Friedrich. Precisamente su asistenta favorita, Gerlinde Pelkowski, se ha encargado en el Maestranza de reponer la propuesta original Filippo Sanjust, tradicional y convencional en todos los aspectos. Esto no es nada malo en sí mismo, pero lo cierto es que los resultados fueron deplorables: es difícil mover peor a las masas y a los cantantes sobre el escenario. En realidad es que dirección de actores no había apenas, y cuando esta hacía acto de presencia era para hacer el ridículo: baste decirles que en la escena de la torre el pobre de José Bros, no precisamente dotado de dotes teatrales recordaba a Gene Kelly en "El caballero duelista", la película muda que su personaje rueda en Cantando bajo la lluvia. Una parodia de la parodia.

Visualmente la cosa no fue tan mala. Entre los telones pintados, de Sanjuts, los hubo que funcionaron mejor que otros: excelente la escenografía de las habitaciones de Lord Ashton, magníficamente iluminada por Juan Manuel Guerra. La escena de la boda sí que dejó mucho que desear. A la postre lo más interesante de la producción estaba en el vestuario asimismo del propio Sanjut, francamente hermoso en alguna de las escenas.

Muy en resumen, una Lucia muy discreta en lo escénico y bastante satisfactoria en los musical, conformación tanto de la solidez y el talento de José Bros como del enorme potencia de una Leonor Bonilla a la que le deseamos lo mejor, es decir, que no haga caso de los cantos de sirena y desarrolle una carrera prudente en la que saque el mayor partido del considerable potencial que alberga.

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