martes, 23 de octubre de 2018

Karajan filmado por Clouzot: Dvorák y Mozart

Cmajor rescata en Blu-ray y DVD, con soberbia calidad de imagen –celuloide original de 35 mm– y sonido monofónico solo aceptable, esta célebre filmación de Henri-Georges Clouzot de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák realizada con una belleza plástica tan atractiva como superficial, siempre al servicio de un Herbert von Karajan que posa –jersey de los caros y corte de pelo estudiadísimo– con los ojos cerrados y en el cénit de su narciscismo: curiosamente, la obsesión del cineasta francés por las composiciones geométricas y el tratamiento de la orquesta como un conjunto de soldados perfectamente ordenados anuncia las filmaciones posteriores del propio Karajan para Unitel.


Musicalmente, la interpretación nos muestra al maestro a medio camino entre sus aires algo toscaninianos de los cincuenta y el refinamiento sensual de las dos últimas décadas de su trayectoria. Así, el primer movimiento está dicho con decisión y fuerza expresiva, siempre bajo el más absoluto control, pero su empuje también resulta algo seco y contundente. El segundo se encuentra paladeado con enorme concentración y despliega una belleza suprema, aunque siempre en un enfoque antes evocador y sentimental que amargo. El tercero resulta impresionante, ofreciendo un tratamiento del metal que no deja de recordar a Bruckner. Ideal la Filarmónica de Berlín, claro está. El cuarto es el gran punto negro de esta lectura: aquí Karajan prefiere mucho antes lo épico –incluso lo triunfalista– que lo dramático y, obviando claroscuros expresivos, se echa a correr para montar un epidérmico espectáculo sonoro de cara a la galería. De propina, una interesante conversación entre Karajan y el musicólogo Joachim Kaiser sobre la huella del folclore norteamericano en esta sinfonía y lo que esta significa, aunque los subtítulos vienen solo en inglés

Mucho más interesante es el complemento, una filmación realizada también por Clouzot en la que Karajan esta vez une sus fuerzas a la Sinfónica de Viena para acompañar nada menos que a Yehudi Menuhin en el Concierto para violín nº 5 de Mozart. Cierto es que el mítico violinista no estaba ya en la plenitud de su técnica –es bien sabido que esta se deterioró pronto–, pero su canto se muestra tan hermoso como intenso y su expresividad despliega ese emotivo humanismo que siempre asociamos con su figura. Y la dirección de Karajan es francamente buena: poderosa y musculada, ciertamente, pero en absoluto pesadota, ni hinchada, ni fuera de estilo. Al contrario, es un prodigio de fluidez y el equilibro que se alcanza entre tensión dramática y lirismo, entre empuje y coquetería, resulta por completo admirable. Claro que tampoco vamos a ocultar que cosas más sublimes se han escuchado en el Adagio, particularmente lo de Zukerman/Barenboim de 1970 y, en no menor medida, lo que el propio Karajan hizo en 1978 con una jovencísima Anne Sophie Mutter.


El sonido estereofónico –no muy allá– en Mozart, y la propina una larga y apasionada entrevista de Karajan a Menuhin –conversación con protagonismo del de Salzburgo– seguida con un fragmento de ensayo, todo ello en inglés con subtítulos esta vez en alemán. En definitiva, un producto desigual pero con demasiadas cosas de interés como para pasar de largo.

Aprovecho para anunciar que he vuelto a abrir los comentarios en el blog, aunque advierto que solo publicaré aquellos comentarios que vengan desde "el lado amigo". Al enemigo, ni agua. Ya está bien de hacer el ganso.

domingo, 21 de octubre de 2018

Pablo Barragán, otro de primera fila

Hace pocos días, una exministra del Partido Popular –la derecha española “de toda la vida”, para los que me leen desde fuera– montaba un monumental revuelo al afirmar que los niños andaluces están mucho peor formados que los del resto de las comunidades autónomas, es decir, las gobernadas por su formación. No seré yo precisamente, que me dedico desde hace dieciocho años a la docencia, quien niegue los gravísimos problemas que afectan a la educación en Andalucía, algo con lo que ciertamente tiene que ver la política educativa socialista. Pero lo que sí dudo mucho es que los chavales de mi tierra tengan menos talento que los de otras. Al menos en música. Baste simplemente recordar una serie de nombres vinculados a la West Eastern-Divan, esa misma formación que algunos calificaban despreciativamente como “orquesta de niños” y que ha resultado ser una cantera de artistas de primera: Ramón Ortega es de Granada y ha pasado de la Radio Bávara a la Filarmónica de Los Ángeles, la también oboísta Cristina Gómez Godoy procede de Linares y es primer atril en la Staatskapelle de Berlín, Pedro Manuel Torrejón González nació en Isla Cristina y asimismo anda muy vinculado a Barenboim y su orquesta berlinesa.


En la misma lista debemos incluir a Pablo Barragán, nacido en Marchena en 1987 y clarinete excepcional, cosa que demostró sobradamente el pasado viernes en el Teatro Villamarta interpretando, en arreglo para pequeña orquesta de cámara, el precioso Quinteto para clarinete de Carl Maria von Weber. Esa misma tarde había escuchado en casa la magnífica grabación de Sabine Meyer. Pues bien, la justamente mítica clarinetista alemana resulta inalcanzable en técnica, depuración y belleza sonora, pero a mí me parece que Barragán no le va a la zaga –antes al contrario– en intensidad y compromiso. Una experta melómana me comentaba al terminar que el solista había evidenciado algunas vacilaciones. Vale, pero a mí me importa muy poco eso, porque las mismas no eran sino fruto de arriesgar muchísimo, de moverse todo el tiempo en la cuerda floja (¡qué pianísimos!) para explorar las posibilidades expresivas de la música. Tensión y comunicación por encima de la mera belleza sonora: eso es lo que distingue a los artistas de verdad de los meros vendedores de sonido.

A Barragán le acompañaban la Orquesta de Cámara Eslovaca y su director-solista Ewald Danel, que funcionaron de manera notable en la página de Weber y ofrecieron lo que parecían muy dignas recreaciones de la simpática Serenata para orquesta de cuerda de Eugen Suchoň (1908-1993) y de la Música eslovaca de un tal Ilia Zelenza (1932-2007), para terminar brillando en las deliciosas Danzas rumanas de Bartók. El escaso público del Villamarta (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en que se llenaban sus 1200 butacas en cualquier espectáculo de música clásica!) aplaudió con merecido agradecimiento y salió verdaderamente satisfecho. Y yo quedo más atento que nunca a la trayectoria de Barragán, a quien estoy deseando volver a escuchar.

domingo, 14 de octubre de 2018

El Cellini de Terry Gillian

Intentemos devolverle un poco el pulso a este blog con un Blu-ray que me ha entusiasmado: Benvenuto Cellini de Berlioz, filmación de mayo de 2015 en la ópera de Holanda en la célebre puesta en escena de Terry Gillian.


Reconozco que soy admirador de la obra del norteamericano que fue integrante de los Monthy Python. Independientemente de su manifiesta irregularidad como cineasta, aquí no se trata solo de que su universo creativo sea perfectamente reconocible. Es que, además, su propuesta sabe combinar la creatividad, la espectacularidad y un desbordante sentido del humor con el respeto a la dramaturgia original: aunque la acción se traslade al siglo XIX, Gillian no decide hacer lo que ciertos miserables registas actuales, montar el numerito, sino poner su talento al servicio de la historia que quiere contar Berlioz. Y esa es exactamente la que se narra. Definiendo maravillosamente a todos y cada uno de los personajes, y distinguiendo muy bien entre la primera mitad de la obra y la segunda: festiva a tope la escena del carnaval –la de la música del Carnaval Romano– y considerablemente más íntima e inquietante la segunda. Puede que sobre algún gag en el primer cuadro y que ciertos movimientos distraigan algo más de la cuenta, pero globalmente el trabajo es sensacional. No solo en concepto, sino también en lo que a la dirección de actores se refiere: todos actúan de manera extraordinaria, muy en especial ese enorme actor-cantante que es Laurent Naouri.

Este realiza una muy buena labor canora encarnando al malo de la función, el escultor Fieramosca, pero quien se lleva el gato al agua es la soprano Mariangela Sicilia como Teresa. Más irregular el protagonista, John Osborn, a todas luces entregado y estimable pero no siempre desenvuelto en lo técnico. Y bueno sin más el nivel medio de los secundarios.

Al frente de la Filarmónica de Rotterdam, Sir Mark Elder acierta en los aspectos más líricos y sensuales de la irregular –por momentos, increíblemente bella– música de Berlioz, y bastante menos en los trepidantes. Calidad de imagen y sonido estupenda en el blu-ray editado por Naxos. ¡Lástima que no haya subtítulos en castellano!


martes, 2 de octubre de 2018

Todavía no

Llevo ya casi un mes con el blog abandonado. Varias personas cercanas me han insistido en que vuelva. La última, esta misma mañana. Y he vuelto a responder que no. Todavía no.

Qué quieren que les diga, he invertido muchísimo tiempo y esfuerzo en escribir sobre música. Durante demasiados años, desde aquella revista digital que se llamaba Sevilla Cultural a finales de los noventa hasta ahora mismo en este blog que abrí allá por 2008, pasando por Mundo Clásico, Filomúsica y Ritmo. Y me he cansado. Del tiempo y del esfuerzo invertido, sobre todo. Pero también del escaso “feedback” positivo que he encontrado: directores de teatro que te desprecian porque consideran que tu obligación es escribir críticas siempre positivas, responsables de revistas y diarios locales que afirman hacerte un favor dejando que les trabajes gratis, personas que se dedican a lo mismo que te dejan claro que “no eres de los nuestros”, colegas que entran en tu blog para decirte que lo que haces es una puta mierda al mismo tiempo que ellos violan cotidianamente las reglas básicas del código deontológico, responsables de comunicación que deciden dejar de contar contigo sin mediar explicación pero ofrecen encargos remunerados a personas que les entregan textos plagiados de aquí y de allá… Demasiado para el cuerpo.

Por otra parte, mi labor investigadora sobre arte medieval no ha avanzado como debería haberlo hecho por culpa de este deseo de compartir impresiones sobre música. Muchos amigos afirman que con ello me estoy perdiendo cosas muy interesantes en ese otro terreno: llevan razón. Además, tengo que cumplir mis compromisos con el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a los que no quiero ni debo eludir: hay diferentes proyectos que sacar adelante y eso requiere una considerable inversión de tiempo.

El problema es que si no dejo constancia por escrito de lo que he visto en directo, mi memoria borrará pronto las impresiones. Sobre lo que escucho en casa dejo siempre unas líneas escritas en mi bloc personal, pero los eventos se escuchan y se olvidan. Por eso mismo voy a escribir unas pocas, muy pocas líneas sobre los dos espectáculos a los que he asistido en fechas recientes.

El jueves 13 de septiembre estuve en la inauguración de la temporada de la Sinfónica de Sevilla. Se estrenaba una obra del mexicano Samuel Zyman: Concierto para guitarra y orquesta, “Sefarad”. Me pareció insufrible, no porque su lenguaje sea “tradicional” –lo que no me parece mínimamente censurable–, sino por hortera, ruidosa, tópica y chabacana. Incluso mal escrita: en los fortísimos no habían quien distinguiera una línea de otra, si bien en este sentido buena parte de la responsabilidad fue la de un John Axelrod que para la ocasión sacó lo peor de sí mismo. José María Gallardo del Rey hizo lo que pudo. Un horror, sin paliativos.

En la segunda parte Axelrod dirigió la Sinfonía nº 3, Kaddish de Leonard Bernstein de manera irreprochable, con excelente gusto y enorme convicción expresiva –aun sin llegar, ni de lejos, al increíble logro de Antonio Pappano en su registro recién salido al mercado–. Pero aquí el director norteamericano traicionó a su presunto maestro sustituyendo los textos del propio compositor por otros de Sam Pisar que, por muy necesaria que siga siendo la denuncia del Holocausto –algunos hijos de puta se empeñan en negar este hecho histórico–, transformaban la intención original de “cagarse en Dios” del agnóstico Lenny en un fervoroso y autocomplaciente cántico de alabanza y agradecimiento a la divinidad. Insisto, una traición en toda regla que no merece el menor aplauso.

El viernes 28 de septiembre presencié en el Villamarta Black el payaso. No conocía la obra. ¿A estas alturas necesito ocultar que la lírica española me interesa poquísimo? Sorozábal es quizá una excepción: en esta partitura encontré cosas muy bellas –sensibles, inteligentes– y cosas banales. Creo que la dirección musical de Juan Manuel Pérez Madueño estuvo muy bien encaminada, pero la Orquesta Álvarez Beigbeder presentaba serias limitaciones: los violines, literalmente insufribles. Mediocre la Coral de la Universidad de Cádiz, particularmente las voces femeninas. Javier Galán no me gustó como cantante ni como actor. Carmen Jiménez tampoco me convenció en lo escénico, pero al menos cantó con sensibilidad y buen gusto.

El nivel de la función subió en gran medida gracias a la admirable labor de José Julián Frontal, muy bien de voz –pelín corta en el grave– e inmenso en lo escénico interpretando a White. Hubo solvencia en el resto de los cantantes-actores, con especial mención para el simpatiquísimo y muy desenvuelto Marat de Álvaro Bernal. Pobretona de medios pero rica en sabiduría la producción escénica a cargo de Miguel Cubero, francamente satisfactoria y digna de elogio.

Y ahora vuelvo a mi refugio. Hasta otra.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Un último portazo: el desastre de Kirill Petrenko y el contubernio sevillano de la cuerda de tripa

No, no me quiero ir del todo sin dar un último portazo. O dos. El primero, mi opinión sobre la Séptima sinfonía de Beethoven ofrecica por Kirill Petrenko al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado 24 de agosto en la Philharmonie, elogiada con verdadera desmesura por algunos críticos (no en esta sino en interpretaciones de días inmediatamente anteriores o posteriores, aunque es lo mismo). Entre ellos, un Antonio Moral que a mi entender hace un verdadero alarde de pedantería y sordera a partes iguales, dejando bien claro por qué su etapa al frente del Teatro Real fue un desastre en lo que al foso se refiere: no tiene ni pajolera idea de directores. Porque para mí está clarísimo que la lectura resulta bastante mediocre, además de impropia del nuevo titular de la Berliner Philharmoniker.

Ya el acorde inicial, tímido y sin la densidad que debe tener, nos pone sobreaviso de lo que va a ser una introducción blanda en la sonoridad, lineal en el fraseo y frívola en lo expresivo que carece por completo de lenguaje beethoveniano. En el Vivace que viene a continuación Petrenko sí que se muestra muy centrado, consiguiendo una lectura sensata y ortodoxa que, en cualquier caso, se queda corta en lo que a pathos se refiere en comparación con las grandes recreaciones discográficas; incluso de vez en cuando se aprecian algunos detalles de ligereza tanto sonora como conceptual que parecen apuntar al peor Claudio Abbado, es decir, al de sus tiempos con esta misma orquesta.


Claro que esos referidos detalles no son nada en comparación con un segundo movimiento ingrávido y aséptico, por no decir trivial, transformándose esta genial página en una mera “música amable” cuya belleza no posee nada más detrás. Bueno sin más el Scherzo, admirablemente expuesto pero un tanto mecánico, falto de imaginación. Irritantes sus tríos, dichos rápidamente y con una clara intención de apostar por la levedad, al tiempo que los pasajes en fortísimo están dichos con particular contundencia y estruendo: de lo que se trata aquí es de epatar al personal con los contrastes dinámicos, da igual que el resultado sea de una vulgaridad aplastante.

El postureo de cara a la galería se hace ya por completo evidente en el Finale: aquí de lo que se trata es de correr, de correr lo más posible para demostrar al personal que la orquesta, asombrosa en su virtuosismo, es capaz de dar todas las notas, y de darlas impecablemente, a la velocidad más disparatada que se pueda uno imaginar. Da igual que las líneas de la polifonía no se identifiquen con claridad, o que la precipitación tenga poco que ver con la verdadera tensión interna. El público, ese mismo que se ha olvidado que unos tales Carlos Kleiber y Sir Georg Solti sí que supieron clarificar el entramado orquestal y ofrecer auténtico carácter implacable dentro de similar línea rápida y electrizante, aclamó esta interpretación como la de un verdadero genio. Así nos van las cosas.

Claro que aún peor están en Sevilla. Da la impresión de que Barenboim y la West-Eastern Divan no tienen intención de volver. A mi modo de ver, gran parte de la culpa la tienen los críticos que han machacado, con una malignidad verdaderamente denunciable, algunos de sus más sublimes conciertos, fundamentalmente el de las sinfonías de Mozart. En parte porque el gusto de estos señores es atroz, y en parte (siempre a mi entender, claro está) porque su intención es que desaparezca la Fundación Barenboim-Said y los fondos vayan a la Orquesta Barroca, a los hermanos Alqhai y al Femàs que uno de estos últimos dirige y utiliza como plataforma de promoción personal. Casualmente, quienes les encargan notas al programa y son, en algunos casos, grandes amigos personales de algunas de esas firmas. Un contubernio en toda regla, vamos.

¿Lo digo más claro? Creo que la música en Sevilla, la buena música y las buenas interpretaciones, ganarían mucho con la marcha de la Barroca y de los Alqhai, músicos excelentes en lo técnico pero muy pretenciosos en lo expresivo, y con la vuelta de Barenboim y la WEDO, cualquiera de cuyos conciertos ofrece muchísimo más arte que el de todos esos señores juntos. Voto por ello, aunque por descontado tengo todas las de perder.

Una cosa más: me importa un bledo lo que a tenor de estas líneas esa pandilla de pedantes escriban sobre mí. No pienso leerlo bajo ningún concepto. Y ahora sí que me voy tranquilo.


jueves, 30 de agosto de 2018

Despedida y cierre

Sencillamente, estoy harto. Harto del desastroso panorama de la crítica musical de este país. Aunque el número de barbaridades siempre ha ido in crescendo, las dos últimas que he leído marcan un verdadero récord. La primera, que Barenboim es "un director ruidoso". La segunda, que Kirill Petrenko es "una de las batutas más sobresalientes de todos los tiempos". Escritas ambas afirmaciones por críticos presuntamente serios y de criterios bien formados.

En fin, si lo referente al de Buenos Aires es una barbaridad que solo puede escribir un perfecto ignorante, un sordo o un malintencionado –sospecho que más bien esto último–, lo del ruso es de una pedantería y de una pretenciosidad sin límites. De acuerdo con que el nuevo titular de la Berliner Philharmoniker ha hecho en el foso de Múnich algunas cosas grandísimas, pero ya me dirán ustedes dónde están los Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms, Bruckner, Tchaikovsky, Mahler, Debussy, Ravel, Bartók y Stravinsky que certifiquen que este señor es comparable a los grandes, grandísimos directores que han dictado lecciones en la mayor parte de esos compositores.

Mientras tanto, las revistas con largo recorrido continúan haciéndole la pelota descaradamente a los sellos que ponen publicidad en sus páginas, mientras que los críticos que se autodenominan "comprometidos" siguen sin rubor escribiendo reseñas siempre positivas a sus amigos (¡y amigas!) personales. Y encima se permiten mirar por encima del hombro a los demás, los muy sinvergüenzas.

¿Saben que les digo? ¡Al cuerno con todos ellos! ¡Y al cuerno con dedicar mi tiempo a esto! Llegó el momento del descanso. Volveré en uno o dos meses. Mientras tanto, procuraré escuchar la mejor música posible en las mejores interpretaciones que encuentre. Hasta entonces.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Sinfonías de Nielsen con la Sinfónica de Londres: Ole Schmidt y Colin Davis

Dos ciclos tiene la Orquesta Sinfónica de Londres de las seis sinfonías de Carl Nielsen. El primero lo grabó para Unicorn con el maestro danés Ole Schmidt en el año 1974, utilizando como estudio la misma iglesia de St. Gilles en la que por las mismas fechas mi queridísimo Bernard Herrmann registraba para idéntico sello diferentes páginas cinematográficas y no cinematográficas. El segundo lo protagonizaba nada menos que Sir Colin Davis, siendo registrado en vivo y editado por LSO Live a partir de una serie de conciertos ofrecidos entre 2009 y 2011 en el Barbican Hall, es decir, justo al lado del templo gótico antes referido.


Aquí se acaban las similitudes, porque son dos ciclos que, dentro de su excelencia, resultan muy diferentes. Abreviando para quienes no quieran leer el texto completo: Schmidt aborda las partituras desde una especie de expresionismo que llega de manera muy inmediata al oyente pese a resultar algo tosco, mientras que Sir Colin, como no podía ser menos, apuesta por el trazo fino y la emotividad lírica, pero sin eludir en modo alguno tensiones sonoras y el dramatismo expresivo.

Ya en la Sinfonía nº 1 esas diferencias quedan claras. Ole Schmidt ofrece una interpretación de trazo sólido, decidido, directo, de una adecuada rusticidad sonora y muy atenta a las tensiones, pero escasa de flexibilidad e imaginación, no muy poética ni emotiva, amén de algo gruesa en el trazo. La de Colin Davis posee las virtudes de la de Schmidt, pero añadiendo el refinamiento, la flexibilidad y el vuelo lírico que allí se echaban en falta. Eso sí, el enfoque es clasicista en el buen sentido, lo que significa que mira más al pasado y al presente, Elgar incluido, que al futuro más o menos expresionista.

En la Sinfonía nº 2, "los cuatro temperamentos", Schmidt vuelve a combinar solidez y tensión dramática sin preocuparse demasiado de la tensión sonora, mientras que en el tercer movimiento, el dedicado al temperamento melancólico, resulta antes incandescente que sensual o emotivo. La de Sir Colin ofrece exquisito gusto, fraseo holgado y nobleza equilibrada con intensidad, aunque quizá resulta del todo idiomática. En este sentido, al primer movimiento, maravillosamente dicho y con incandescentes picos de tensión a los que se llega con lógica absoluta –sin necesidad de arrebatos, dejando respirar a la música– le falta un punto de rusticidad y carácter escarpado. En el segundo las maneras británicas de Sir Colin en principio son ideales para el temperamento flemático, aunque quizá su lírica visión, plena de sensualidad, resulte en exceso amable y contemplativa. En el tercero la cantabilidad, la poesía y la nobleza del maestro se imponen sobre los aspectos más ardientes. Lo que menos bien funciona es el cuarto, de nuevo paladeado sin prisas y con gran lógica constructiva, pero falto de nervio.

Reconozcámoslo: la Sinfonía nº 3, "expansiva", no es de lo mejor del autor. La lectura de Ole Schmidt resulta encendida, briosa, encontrándose más atenta al trazo global que al detalle, y suena con una rusticidad apropiada que se ve acentuada por la estridencia de la toma. No es muy imaginativa, pero sí comunicativa y sincera. Tras un muy notable primer movimiento, Schmidt sabe remansarse para ofrecer las esencias pastorales del segundo –solo correctos los dos solistas vocales– pero, pese a la excelencia del trazo, no logra salvar la escasa inspiración de la segunda mitad de la obra.

No hay novedad con respecto a Sir Colin: como en el resto del ciclo, interpretación ante todo musical, de gusto irreprochable y corte digamos “clásico”, que alcanza un gran equilibrio entre cantabilidad, entusiasmo, suave ironía y grandeza bien entendida; todo ello haciendo gala de una materialización sonora perfectamente delineada y de una lógica irreprochable. Se pueden preferir sonoridades más rústicas, enfoques más escarpadas y un sentido del humor más vitriólico, pero en su estilo es espléndida. Bien la soprano y el barítono.


En la Sinfonía º 4, "inextingible", hay mucha competencia, empezando por un tal Herbert von Karajan. Ole Schmidt ofrece una interpretación de sonoridad áspera y temperamento dramático, tendente a la virulencia expresionista, pero cayendo en el exceso de nervio y de crispación, sin aclarar del todo la polifonía –en el último movimiento hay bastante barullo– ni frasear con la grandeza debida. Entre tanto alto voltaje, el segundo movimiento se apacigua de manera admirable y sabe ser no solo sensual, sino también sarcástico e inquietante.

Extrañamente, a Sir Colin le funcionan mejor los momentos más extrovertidos e impactantes de la página, dichos con fuerza y grandeza, que los más líricos, que en sus manos suenan en exceso apolíneos. Se aprecia, en este sentido, cierta discontinuidad en el discurso. La LSO está imponente: ¡cómo ha mejorado el nivel de las orquestas en general a lo largo de las últimas décadas!

Schmidt ofrece una lectura rocosa, encendida y virulenta –magnífico el tratamiento de las maderas– de la Sinfonía nº 5, pero de nuevo se echan en falta sensualidad, emotividad lírica y, sobre todo, depuración sonora. Incluso grandeza: toda la acumulación de tensiones hacia el gran clímax final suena antes decibélica y masiva que bien delineada. La toma sonora pone demasiado en primer plano la caja, si bien en contrapartida ofrece una amplia gama dinámica ideal para esta partitura.

Sir Colin ofrece de la Quinta la interpretación en él esperable, esto es, realizada desde un clasicismo noble y elocuente, donde priman el equilibrio y la cantabilidad impregnada de humanismo, como pone bien de manifiesto la conmovedora, mágica manera de plantear el tema lírico del Adagio que ocupa la segunda mitad del primer movimiento. Esto no le impide conducirlo hasta un clímax lleno de tensión al que se llega con asombrosa naturalidad, ni hacer lo propio con la fuga rápida del segundo movimiento –la fuga lenta está planteada con una espiritualidad impregnada de desazón muy adecuada–; o con todo el final. Podrán preferirse interpretaciones más viscerales, pero en su línea resulta admirable. La toma sonora en SACD recoge muy bien la espléndida sonoridad de orquesta, y particularmente la formidable labor dos músicos extraordinarios, el clarinete y el solista de caja.

Como era de esperar, esa singularísima partitura que es la Sinfonía nº 6, "semplice", resulta mucho más adecuada para el temperamento del maestro británico que para el del danés. Aun así, Schmidt resulta muy atractivo por cargar las tintas en los aspectos más escarpados del primer movimiento y, en general, por ofrecer un sentido del humor mucho más gamberro y socarrón que el de su colega. Quizá la primera parte del cuarto movimiento resulte un poco insípido, pero luego va mejorando y ofrece un final con mucha fuerza.

Es Sir Colin el que, en cualquier caso, gana la partida. Y no solo porque su técnica soberbia le permite alcanzar un altísimo grado de refinamiento al tiempo que traza la arquitectura con una solidez impresionante, sino también porque ofrece dos enormes virtudes expresivas. La primera, calidez, emotividad y poesía en un grado sorprendente para una obra tan enigmática como esta, tan llena de ironía, de autoparodia y de malintencionado distanciamiento digamos que "antirromántico". La segunda, un sentido del humor semejante al que le ha permitido siempre a Sir Colin triunfar en la música de Haydn, es decir, aquel que encuentra el equilibrio entre elegancia y vulgaridad bien entendida, entre suave ironía y carácter burlón, entre equilibrio y desenfreno.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...