miércoles, 29 de agosto de 2018

Sinfonías de Nielsen con la Sinfónica de Londres: Ole Schmidt y Colin Davis

Dos ciclos tiene la Orquesta Sinfónica de Londres de las seis sinfonías de Carl Nielsen. El primero lo grabó para Unicorn con el maestro danés Ole Schmidt en el año 1974, utilizando como estudio la misma iglesia de St. Gilles en la que por las mismas fechas mi queridísimo Bernard Herrmann registraba para idéntico sello diferentes páginas cinematográficas y no cinematográficas. El segundo lo protagonizaba nada menos que Sir Colin Davis, siendo registrado en vivo y editado por LSO Live a partir de una serie de conciertos ofrecidos entre 2009 y 2011 en el Barbican Hall, es decir, justo al lado del templo gótico antes referido.


Aquí se acaban las similitudes, porque son dos ciclos que, dentro de su excelencia, resultan muy diferentes. Abreviando para quienes no quieran leer el texto completo: Schmidt aborda las partituras desde una especie de expresionismo que llega de manera muy inmediata al oyente pese a resultar algo tosco, mientras que Sir Colin, como no podía ser menos, apuesta por el trazo fino y la emotividad lírica, pero sin eludir en modo alguno tensiones sonoras y el dramatismo expresivo.

Ya en la Sinfonía nº 1 esas diferencias quedan claras. Ole Schmidt ofrece una interpretación de trazo sólido, decidido, directo, de una adecuada rusticidad sonora y muy atenta a las tensiones, pero escasa de flexibilidad e imaginación, no muy poética ni emotiva, amén de algo gruesa en el trazo. La de Colin Davis posee las virtudes de la de Schmidt, pero añadiendo el refinamiento, la flexibilidad y el vuelo lírico que allí se echaban en falta. Eso sí, el enfoque es clasicista en el buen sentido, lo que significa que mira más al pasado y al presente, Elgar incluido, que al futuro más o menos expresionista.

En la Sinfonía nº 2, "los cuatro temperamentos", Schmidt vuelve a combinar solidez y tensión dramática sin preocuparse demasiado de la tensión sonora, mientras que en el tercer movimiento, el dedicado al temperamento melancólico, resulta antes incandescente que sensual o emotivo. La de Sir Colin ofrece exquisito gusto, fraseo holgado y nobleza equilibrada con intensidad, aunque quizá resulta del todo idiomática. En este sentido, al primer movimiento, maravillosamente dicho y con incandescentes picos de tensión a los que se llega con lógica absoluta –sin necesidad de arrebatos, dejando respirar a la música– le falta un punto de rusticidad y carácter escarpado. En el segundo las maneras británicas de Sir Colin en principio son ideales para el temperamento flemático, aunque quizá su lírica visión, plena de sensualidad, resulte en exceso amable y contemplativa. En el tercero la cantabilidad, la poesía y la nobleza del maestro se imponen sobre los aspectos más ardientes. Lo que menos bien funciona es el cuarto, de nuevo paladeado sin prisas y con gran lógica constructiva, pero falto de nervio.

Reconozcámoslo: la Sinfonía nº 3, "expansiva", no es de lo mejor del autor. La lectura de Ole Schmidt resulta encendida, briosa, encontrándose más atenta al trazo global que al detalle, y suena con una rusticidad apropiada que se ve acentuada por la estridencia de la toma. No es muy imaginativa, pero sí comunicativa y sincera. Tras un muy notable primer movimiento, Schmidt sabe remansarse para ofrecer las esencias pastorales del segundo –solo correctos los dos solistas vocales– pero, pese a la excelencia del trazo, no logra salvar la escasa inspiración de la segunda mitad de la obra.

No hay novedad con respecto a Sir Colin: como en el resto del ciclo, interpretación ante todo musical, de gusto irreprochable y corte digamos “clásico”, que alcanza un gran equilibrio entre cantabilidad, entusiasmo, suave ironía y grandeza bien entendida; todo ello haciendo gala de una materialización sonora perfectamente delineada y de una lógica irreprochable. Se pueden preferir sonoridades más rústicas, enfoques más escarpadas y un sentido del humor más vitriólico, pero en su estilo es espléndida. Bien la soprano y el barítono.


En la Sinfonía º 4, "inextingible", hay mucha competencia, empezando por un tal Herbert von Karajan. Ole Schmidt ofrece una interpretación de sonoridad áspera y temperamento dramático, tendente a la virulencia expresionista, pero cayendo en el exceso de nervio y de crispación, sin aclarar del todo la polifonía –en el último movimiento hay bastante barullo– ni frasear con la grandeza debida. Entre tanto alto voltaje, el segundo movimiento se apacigua de manera admirable y sabe ser no solo sensual, sino también sarcástico e inquietante.

Extrañamente, a Sir Colin le funcionan mejor los momentos más extrovertidos e impactantes de la página, dichos con fuerza y grandeza, que los más líricos, que en sus manos suenan en exceso apolíneos. Se aprecia, en este sentido, cierta discontinuidad en el discurso. La LSO está imponente: ¡cómo ha mejorado el nivel de las orquestas en general a lo largo de las últimas décadas!

Schmidt ofrece una lectura rocosa, encendida y virulenta –magnífico el tratamiento de las maderas– de la Sinfonía nº 5, pero de nuevo se echan en falta sensualidad, emotividad lírica y, sobre todo, depuración sonora. Incluso grandeza: toda la acumulación de tensiones hacia el gran clímax final suena antes decibélica y masiva que bien delineada. La toma sonora pone demasiado en primer plano la caja, si bien en contrapartida ofrece una amplia gama dinámica ideal para esta partitura.

Sir Colin ofrece de la Quinta la interpretación en él esperable, esto es, realizada desde un clasicismo noble y elocuente, donde priman el equilibrio y la cantabilidad impregnada de humanismo, como pone bien de manifiesto la conmovedora, mágica manera de plantear el tema lírico del Adagio que ocupa la segunda mitad del primer movimiento. Esto no le impide conducirlo hasta un clímax lleno de tensión al que se llega con asombrosa naturalidad, ni hacer lo propio con la fuga rápida del segundo movimiento –la fuga lenta está planteada con una espiritualidad impregnada de desazón muy adecuada–; o con todo el final. Podrán preferirse interpretaciones más viscerales, pero en su línea resulta admirable. La toma sonora en SACD recoge muy bien la espléndida sonoridad de orquesta, y particularmente la formidable labor dos músicos extraordinarios, el clarinete y el solista de caja.

Como era de esperar, esa singularísima partitura que es la Sinfonía nº 6, "semplice", resulta mucho más adecuada para el temperamento del maestro británico que para el del danés. Aun así, Schmidt resulta muy atractivo por cargar las tintas en los aspectos más escarpados del primer movimiento y, en general, por ofrecer un sentido del humor mucho más gamberro y socarrón que el de su colega. Quizá la primera parte del cuarto movimiento resulte un poco insípido, pero luego va mejorando y ofrece un final con mucha fuerza.

Es Sir Colin el que, en cualquier caso, gana la partida. Y no solo porque su técnica soberbia le permite alcanzar un altísimo grado de refinamiento al tiempo que traza la arquitectura con una solidez impresionante, sino también porque ofrece dos enormes virtudes expresivas. La primera, calidez, emotividad y poesía en un grado sorprendente para una obra tan enigmática como esta, tan llena de ironía, de autoparodia y de malintencionado distanciamiento digamos que "antirromántico". La segunda, un sentido del humor semejante al que le ha permitido siempre a Sir Colin triunfar en la música de Haydn, es decir, aquel que encuentra el equilibrio entre elegancia y vulgaridad bien entendida, entre suave ironía y carácter burlón, entre equilibrio y desenfreno.

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