martes, 7 de junio de 2016

El Bach de Latry, mejor con vermut

Felicísima idea la del Centro Nacional de Difusión Musical con este Bach Vermut: integral para órgano del Kantor de Leipzig ofrecida a lo largo de dos temporadas consecutivas en el Auditorio Nacional, ocupando sesiones matinales que ofrecen la posibilidad de degustar aperitivos variados en el hall de la sala antes y después de cada concierto. Tuve la posibilidad de asistir a la sesión de clausura, la del pasado sábado 4 de junio, y de disfrutar de la oferta gastronómica: los precios no eran baratos pero los canapés estaban francamente ricos, por no hablar del vermut propiamente dicho.

Bueno, ¿y la música? La presencia de Olivier Latry, a quien pude escuchar en directo en su órgano de Notre-Dame de París allá por 2008 y del que tengo un par de discos de música romántica realmente espléndidos, era en principio un lujo. Pero claro, luego vienen las comparaciones, y en este caso me había preparado el concierto escuchando las obras del programa en las dos integrales que tengo en mi discoteca. Una, la de Simon Preston en DG: ortodoxa en el mejor de los sentidos, absolutamente extraordinaria en la planificación y muy valiente a la hora de apostar por la grandiosidad y la potencia tanto sonora como expresiva. Otra, la de Ton Koompan en Teldec: además de utilizar instrumentos propiamente barrocos, resulta mucho más fantasiosa y arriesgada que la del británico, mucho más libre en el fraseo, también más ornamentada y más heterodoxa a la hora de contrastar registros. Cada uno a su manera, los dos artistas me gustan muchísimo, por lo que, en comparación con ellos, Latry me ha decepcionado un poco.


Ya desde el Preludio y fuga en re menor BWV 539 que abría el programa tuve la impresión de que algo no terminaba de convencerme. Y desde luego no se trataba de la claridad polifónica, porque esta fue soberbia en todo momento, como lo fueron también la elegancia, la sensatez y el gusto exquisito en el fraseo de los que hizo gala el organista francés. Lo que yo echaba de menos era progresión en las tensiones, es decir, esa particular sensación de que la música fluye con un carácter orgánico que conduce de manera inexorable de una nota hacia la siguiente, de tal modo que la partitura no es sino un todo continuo de tal fuerza expresiva que resulta difícil detenernos en el análisis estructural de la compleja polifonía. Latry sí lo hizo (¡y de qué manera!), pero por eso mismo resultó poco emotivo, o al menos poco fluido, y desde luego no muy variado en la expresión.

El carácter más recogido de las piezas que venían a continuación –aquí el programa completo– parecía que le vendría mejor a las maneras de hacer de Latry, pero tampoco fue así: versiones muy hermosas pero un punto desangeladas. No se arregló la cosa con la transcripción del concierto vivaldiano BWV 594, en la que el rigor germánico se impuso sobre la fantasía, la vitalidad y la efervescencia que demanda la música del italiano. Pero al final el nivel subió de manera considerable con una espléndida recreación de la monumental Tocata y fuga en re menor ‘Dórica’, BWV 538 en la que por fin Latry pareció dejar el cientifismo a un lado para inyectar fuerza, tensión y emotividad. De propina, nada menos que la BWV 565 –de Bach o de quien sea– en recreación que, sin ser redonda, volvió a contar con momentos verdaderamente espléndidos. A la postre, un recital de mucha altura. Y con el sabor del vermurt en los labios, se le olvidan a uno los reparos.

Dos cosas para terminar. Una: el instrumento del Auditorio Nacional es muy bueno, pero se echa de menos la acústica reverberante de una iglesia. Dos: fantástica la decisión de colocar dos pantallas gigantes para seguir las manos y los pies del solista. El año que viene, aunque se haya terminado con la integral bachiana, el ciclo continúa. Recomienzo encarecidamente a los madrileños que no se lo pierdan. Con entrada única a cinco euros, disfrute garantizado.


lunes, 6 de junio de 2016

¡Cómo está Madriz!, el mejor espectáculo de zarzuela que he visto

Pues sí: ¡Cómo está Madriz!, versión muy libre de La Gran Vía y El año pasado por agua que está ofreciendo estos días el Teatro de la Zarzuela, es lo mejor que he visto en mi vida dentro del género chico al que pertenecen las dos obritas de Federico Chueca y Joaquín Valverde. O al menos, el que más me ha gustado. Y lo ha hecho por su valentía, por su imaginación y su desparpajo; por su ritmo, su colorido y su variedad de recursos teatrales; por su irreverencia, por su ganas de cachondeo y por su carga crítica tan necesaria hoy día, por no decir hoy más que nunca; pero sobre todo por su frescura, su vitalidad, su desparpajo y por las intensísimas ganas de vivir con que sale uno tras las tres horas de función.

Responsable máximo de tan brillantísmo espectáculo ha sido el director de escena Miguel del Arco, quien ha logrado ser más respetuoso que nadie con el género de la manera más atrevida, que es reventándolo desde sus cimientos, actualizando por completo sus presupuestos dramáticos y adaptando el material musical –faltan cosas y se han añadido otras, incluyendo un número del genial Barberillo de Barbieri– hasta crear una obra nueva que transmite con una fuerza y una garra insólitas toda la potencia de los originales; potencia hoy irrecuperable a través de presupuestos más convencionales por la sencilla razón de que la zarzuela castiza solo puede leerse teniendo en cuenta un contexto social y político muy concreto, un contexto que ya no existe y que parte del público desconoce.


La presunta traición a los respectivos libretos y a las convenciones del género se convierte así en una fiel traducción del espíritu original, lo que incluye esa dosis de vulgaridad, esa acumulación de tópicos y esa burla de la clase política que tantísimo está molestando al público más rancio del teatro de la calle Jovellanos. Impagable, en este sentido (ATENCIÓN, SPOILERS) la escena en la que suena la Marcha Imperial de John Williams, aparece la Estrella de la Muerte y de allí sale... ¡Esperanza Aguirre! Claro que, junto a la lideresa de la más despiadada derecha española, quienes se llevan los mayores palos son Pablo Iglesias y sus seguidores podemitas; y no me refiero a la aparición del coletas en el segundo acto, sino a la alusión velada pero directísima que a éste se hace cuando sale el otro Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, aclamado como nuevo mesías por una legión de descerebrados. Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, las redes de corrupción, el separatismo catalán y hasta la hipocresía sexual de la jerarquía católica se llevan también sus merecidísimos dardos.

En cualquier caso, que nadie se piense que estamos ante una producción eminentemente política, porque a la postre lo que nos encontramos es con un rendido homenaje a Madrid, a la ciudad de Madrid y yo diría que también a España entera, realizada a través de una reflexión sobre nuestra historia, sobre nuestros grandes personajes y ridículos personajillos, sobre nuestras insuficiencias y nuestras contradicciones, para terminar dando un abrazo a esta manera de ser que, en unos aspectos para bien y en otros para mal, sigue siendo la misma que en tiempos de Chueca y Valverde, y probablemente lo seguirá siendo durante muchos años.

Cuenta Miguel del Arco con la complicidad de dos extraordinarios artistas a la hora de redondear los resultados de su propuesta escénica. Uno es el veterano Pedro Moreno, quien ofrece para la ocasión un vestuario de una riqueza e imaginación deslumbrantes. El otro es Paco León, que sencillamente borda el rol de Paco, el personaje cuyo viaje onírico al pasado madrileño se convierte en hilo conductor de la velada. Sin necesidad de histrionismos y sin ganas de convertirse en el centro de la función –a pesar de serlo–, el actor y director sevillano realiza un trabajo formidable bien ayudado por su espléndida agilidad física: diríase que es de goma. Junto a todos ellos, una larga nómina de actores profesionales realizando un gran trabajo de equipo y, lo que es aún más de aplaudir, un Coro del Teatro de la Zarzuela dispuesto a dejarse la piel siguiendo las indicaciones de una dirección escénica exigente como en el más complicado de los musicales.

Al mismo nivel escénico, es decir, al de actores profesionales y no al de cantantes metidos a actor, rindieron los solistas congregados para la ocasión. Quienes más tiempo estuvieron sobre la escena fueron dos figuras ya muy experimentadas en este género, un Luis Cansino de voz de hermosísimo timbre y mucha elegancia en el canto, y una María Rey-Joly cuyo instrumento sigue ensanchándose y prometiendo cosas muy atractivas para el futuro. Mucho más breve pero no menos interesante fue la actuación de la soprano Amparo Navarro, a quien creía no conocer hasta que este blog me ha recordado que la escuché en su tierra valenciana hace años: muchísimo ojo, porque aquí hay material de primera clase. Entre los demás hubo de todo, pero con media de alto nivel.

La irregular Orquesta de la Comunidad de Madrid tuvo una feliz noche bajo la batuta de José María Moreno, quien además de excelencia técnica ofreció una interpretación ágil, fluida y ligera en el mejor de los sentidos, mirando con el rabillo del ojo a Viena pero sin perder de vista la alegría, la garra y el sabor popular de estas músicas. Podía haber quizá aportado un punto más de retranca, como también de sensualidad y de carácter insinuante en algunos de los números, pero aun así su labor me pareció sobresaliente y contribuyó sobremanera al redondear los resultados artísticos de una velada que, pese a las airadas protestas de unas señoras que empezaron a increpar al escenario al comenzar el segundo acto, me hizo inmensamente feliz.

domingo, 5 de junio de 2016

Una flauta, un director, una artista: Waltraud Meier vuelve a Madrid

Aprovecho un descanso que hago en este intensísimo fin de semana cultural que estoy viviendo en Madrid para tomar notas sobre el concierto de la ONE que acabo de escuchar en el Auditorio Nacional. La primera parte contenía dos obras de sendos autores nacidos ambos en 1958, y casualmente estrenadas con un año de diferencia, la primera en 2005 y la segunda en 2004. Ahí acaban los parecidos. Esa-Pekka Salonen es el autor de Helix, página de unos nueve minutos de duración que me ha parecido un monumental bodrio escrito con la única intención de complacer el ansia de decibelios de quien realizara el encargo, Valery Gergiev. El británico Mike Mower era responsable del Concierto para flauta y orquesta de viento que venía a continuación: música marcadamente jazzística, de carácter al mismo tiempo elegante, curvilíneo y ligero en la que prima el desenfado frente a la pasión, que de manera muy acercada Álvaro Guibert relaciona en sus estupendas notas al programa con el Grupo de los Seis.


Ampliadísima la Orquesta Nacional de España hasta formar un enorme conjunto de viento y percusión, fue solista quien ha pertenecido a esta plantilla desde nada menos que 1982, la valenciana Juana Guillem, quien demostrando al mismo tiempo espléndida técnica y gran musicalidad recibía de esta manera el reconocimiento y la admiración de los aficionados. Si estuvo francamente bien en la obra de Mower, mejor lo hizo aún en la propina de Claude Bolling, acompañada por otros tres compañeros de manera espléndida.

Segunda parte muy, pero que muy distinta: nada menos que Gustav Mahler y su La canción de la Tierra. Me ha sorprendido gratamente la labor del maestro madrileño Miguel Romea, quien ha ofrecido un Mahler directo, encendido, sincero, en absoluto decadentista, mucho antes preocupado por la expresión que por el preciosismo. En cualquier caso, unos movimientos me han gustado más que otros: soberbio el primero, muy notables los dos siguientes, flojo el cuarto –no comprendo algunas decisiones de planificación–, correcto el quinto y, en general, notabilísimo el sexto. En lo que a la orquesta se refiere, no me terminaron de convencer los violines a la hora de enfrentarse a la exigente escritura mahleriana, pero las maderas me parecieron formidables y los metales funcionaron a la perfección. ¡Así se hacen las cosas, sí señor!

El tenor era Robert Dean Smith. Tiene la voz de Tristán –creo haberle escuchado ya dos o tres veces en directo el personaje wagneriano–, lo que significa potencia, robustez y brillo por arriba. Eso ya es mucho a la hora de afrontar su dificilísima parte, pero no suficiente. A veces la línea de canto sufría lo suyo, aunque curiosamente fue en El borracho en primavera (¿dónde tenía Mahler la cabeza cuando escribió esta barbaridad para los tenores?) donde mejor estuvo. De matices, escasito.

Queda Waltraud Meier. En su reciente Elektra del Met parecía que había  mejorado en lo vocal con respecto a sus últimas actuaciones. Esta mañana, tristemente, ha mostrado con claridad las insuficiencias derivadas de la edad, como ya ocurriera cuando le escuché esta misma obra en Valencia hace cinco años. Pero el arte que desplegara en sus tres grabaciones de la obra sigue intacto. Como las comenté aquí en su momento, me libro de repetir lo ya dicho. Simplemente añado que en Madrid ha ofrecidos muchas frases absolutamente maravillosas junto a otras que apenas se proyectaban por la sala –la mezzo alemana no puede ya con De la belleza– y otras que estuvieron regular. Ni siquiera sus Ewig sonaron como debían haber sonado, lo que no impidió que en ese momento se me humedecieran los ojos como nunca lo habían hecho escuchando esta sublime música. Grande, grandísima artista.

jueves, 2 de junio de 2016

Una oportunidad para el concierto para violonchelo de Prokofiev: Isserlis con Järvi

¿Han escuchado ustedes el Concierto para violonchelo de Prokofiev, aquel con el que fracasó en su estreno en noviembre de 1938? Probablemente no. No se preocupen: hay muy pocas grabaciones del mismo, y con toda la razón porque la segunda versión que el autor hizo de la misma, la Sinfonía concertante, resulta aplastantemente superior a la primera, llena de ideas felices pero en exceso deslavazada y sin una idea expresiva clara detrás.

Hasta ahora yo solo conocía una interpretación, la de Janos Staker junto a Walter Susskind y la Orquesta Philharmonia (EMI, 1956), lastrada por una pobre toma sonora. Pues bueno, aquí hay una opción reciente de considerable calidad artística y técnica, la de Steven Isserlis, Paavo Järvi y Sinfónica de la Radio de Frankfurt registrada por el sello Hyperion en 2013. En ella encontramos un solista de sonido bello y fraseo muy ágil interpretando la obra con gran vivacidad, angulosidad y sentido teatral, secundado por una batuta en la misma línea, incisiva y nerviosa, irreprochable en el estilo y atenta a los aspectos irónicos de la partitura, así como minuciosa en el tratamiento de timbres y líneas instrumentales. La audición me ha permitido reencontrarme con los muchos valores que hay en la partitura, aunque globalmente me haya aburrido un tanto. Y no, la culpa no es de los intérpretes.


Pocas dudas caben, por el contrario, sobre la calidad musical del Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich, que conoce asimismo una interpretación muy satisfactoria en este mismo disco. Tal vez espoleado por un Isserlis que venía de la filmación junto a Currenztis realizada tan solo unos meses antes, el casi siempre eficaz pero raramente inspirado Paavo Järvi se muestra aquí por completo comprometido con la partitura y ofrece una recreación magníficamente trazada –salvando algún pasaje en exceso acelerado del último movimiento–, de muy apreciable claridad, rica y adecuadamente incisiva en el colorido, y atenta a poner el dedo en la llaga subrayando los aspectos más expresionistas de la escritura. Como en el registro junto al maestro griego, el solista vuelve a mostrarse ideal para poner de relieve el carácter alucinado de la obra, muy particularmente esa mezcla de sarcasmo, rebeldía y desesperación que caracteriza los dos movimientos extremos.

Ahora bien, debo reconocer que hay algo en Isserlis que ya estaba en la filmación referida –he vuelto a verla– que en su momento no me molestó, pero ahora sí que lo ha hecho: la drástica reducción del vibrato en algunas de las frases del Moderato. Quizá el chelista británico pretenda ahondar en el carácter desolado de la página, pero lo que consigue es más bien una expresividad algo lánguida que no le conviene a la obra. Por otra parte, el clímax de este segundo movimiento no resulta ahora tan turbulento como en la grabación con Currentzis.

De propina, una simpática marcha de Prokofiev de minuto y medio de duración. La toma sonora es espléndida y luce especialmente escuchando la descarga en HG. Recomendable.

martes, 31 de mayo de 2016

Zukerman en Murcia: gran Beethoven, decepcionante Brahms

Gracias a un cambio de última hora en la programación del Auditorio Víctor Villegas de Murcia he podido por fin cumplir mi sueño de escuchar a Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 1948) en directo. Y además en su doble faceta de violinista y director, pues en el concierto del pasado sábado 28 se ponía al frente de la Royal Philharmonic Orchestra culminando una gira española que incluía programas diversos. Me tocó uno de los más interesantes: Concierto para violín de Beethoven y Cuarta sinfonía de Brahms. Por desgracia, las cosas funcionaron mejor en la primera parte que en la segunda.


Zukerman había grabado en dos ocasiones el concierto beethoveniano. La primera de ellas en 1977 para DG junto a un dramático e inspiradísimo Daniel Barenboim, con resultados excepcionales. La segunda en 1991 bajo la batuta de Zubin Mehta, recreación globalmente menos lograda a pesar de la concentración y la magia del Larghetto. Y aún hay otra grabación que podría comercializarse, la ofrecida hace tan solo unas semanas para celebrar el ochenta cumpleaños del maestro indio, que ha ofrecido el canal Arte sin que un servidor haya tenido aún la ocasión de verla.

La recreación que escuché en Murcia se parece bastante en lo conceptual a las dos editadas en compacto: ortodoxa en el mejor de los sentidos, diríamos que canónica, en una línea antes clásica que romántica. Esto no significa poco variada en lo expresivo o escasa de tensión, en modo alguno, sino perfectamente equilibrada entre expansión lírica, dramatismo y vitalidad; entre belleza sonora –extraordinaria– y contenido, entre el respeto a la forma y la subjetividad interpretativa. Por eso mismo, se podrán preferir otros enfoques más radicales y visionarios, como el que plasmó en compacto su íntimo amigo Itzhak Perlman asimismo con Barenboim en su registro de 1986, como también habrá quien eche de menos el humanismo increíble de Menuhin, pero en su línea resulta una referencia.

Dicho todo esto, hay que reconocer que el violín de Zukerman, aun espléndido, no ha estado en Murcia a la celestial altura de su lectura de 1977. Pero no tanto por las relativas imprecisiones técnicas que delatan su edad –algunos miembros de la orquesta agachaban la cabeza cuando el maestro metía la pata, aunque a mí y a la mayoría de los melómanos estas cosas nos importan tres pimientos–, como por algo que empezó a quedar patente hace ya bastante tiempo, que es una cierta pérdida de inspiración por parte del artista. Pérdida que se ha visto compensada por una ganancia no poco importante, que es su categoría como director: sin la personalidad poderosísima de un Barenboim, pero con más garra que Mehta, nuestro artista ofreció una dirección no ya inmaculada sino sencillamente espléndida, que en lugar de plantear la oposición entre orquesta y solista ahondando en el carácter más trágico de la música –como hacía el de Buenos Aires–, establecía un diálogo equilibrado y ajeno a claroscuros, más terrenal que trascendido –el segundo movimiento podía haber ofrecido aún más poesía– pero muy bien tensado, emotivo y de enorme belleza. Clasicismo es, nuevamente, el término apropiado. La orquesta, que incluía algunos espléndidos solistas, se mostró a muy buen nivel.

Menos bien la Cuarta de Brahms. Ya desde un arranque lineal, sin magia alguna, quedó en evidencia que Zukerman no sintoniza con la partitura. Pero que nadie piense que se trata de un violinista metido a director: sus espléndidas recreaciones de Haydn, o su filmación televisiva de la Sinfonía nº 5 de Mendelssohn, por no hablar de su reciente disco con música de Elgar y Vaughan Williams, nos hablan de un notable maestro. Simplemente, no posee afinidad con este repertorio al ponerse en el podio. Ni la orquesta le sonó a Brahms, ni la expresión sintonizó con ese particular lirismo agridulce, tierno y lleno de humanidad que caracteriza al compositor hamburgués. Tampoco se apreció mucha flexibilidad en la agógica, ni la suficiente atención al peso de los silencios. Sí que hubo decisión, garra dramática y mucha fuerza expresiva –en algunas frases los violonchelos parecían salir ardiendo–, además de un empuje dionisíaco muy interesante en el scherzo, pero en semejante obra maestro todo esto no es suficiente.

Resumiré de la siguiente manera: un 9 para Beethoven, solo un 7 para Brahms. Pero yo he cumplido mi ilusión de ver a Zukerman, así que me doy por satisfecho.

domingo, 29 de mayo de 2016

Tchaikovsky (muy) decibélico con la Orquesta de Murcia

Aunque acudí a la ciudad del Segura para escuchar el concierto que ofreció ayer Pinchas Zukerman, aproveché para hacer dos noches y, además de seguir conociendo el patrimonio artístico de la zona, escuchar a la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia en su concierto de abono del viernes 27. Programa íntegramente balletístico integrado por obras de Stravinsky y Tchaikovsky bajo la dirección del para mí desconocido maestro norteamericano Dorian Wilson. Al llegar descubrí que acababa de empezar una charla con el artista. Ante un público escaso y de edad bastante avanzada, dijo algunas cosas muy interesantes sobre su experiencia con Bernstein y Barshai. Por ejemplo, que el primero se consideraba al nivel de los compositores a los que dirigía, y que por ende no tenía reparos en tomarse considerables libertades con las partituras; o que en sus ensayos –los de Lenny– eran fascinantes porque se hablaba de todo tipo de temas culturales y políticos. Pero sobre todo subrayó Wilson su deuda con Gustav Meier, director austríaco al que considera su verdadero mentor y que acababa de fallecer, qué coincidencia, justo un día antes.


En la primera parte hizo Wilson un fenomenal trabajo recreando el Divertimento basado en El beso del hada, alejándose de la sequedad con que con frecuencia se aborda al Stravinsky neoclásico –"neotchaikovskiano", en este caso– y ofreciendo vivacidad, sentido del ritmo y fuerza expresiva sin descuidar precisamente la claridad en las texturas, bien equilibradas y ricamente coloreadas. Otra cosa es que algunos pensemos que la partitura es un monumental ladrillo.

Lago de los cisnes y La bella durmiente sí que son dos verdaderas obras maestras, y escucharlas en directo, aunque sea en sus respectivas suites, resulta un verdadero placer. Pero aquí Wilson estuvo menos afortunado. De hecho, aún no sé si me convencieron sus interpretaciones. Me gustó que hiciera uso de tempi lentos que permitieron clarificar las texturas y dejar respirar a la música; también que apostara por el pathos, por la densidad sonora y por la profundidad dramática antes que por esa ligereza más o menos delicada y amable con que a veces se aborda este repertorio; y más aún que cantara las melodías con una naturalidad y una intensidad ejemplares, porque eso potenció lo mejor de esta música. Tampoco me dejó de complacer que su sentido del humor tuviera un punto de recochineo y sana rusticidad muy convenientes. Pero no me gustó que el fraseo fuera parco en matices, que se atendiese poquísimo a la variedad de la gama dinámica y, sobre todo, que se apostase de manera decidida no ya por el forte, sino por el "megafortísimo", hasta el punto de que la acumulación decibélica llegaba a molestar. Disfruté mucho a ratos, pero por momentos me sobresalté en mi asiento.

¿Y la orquesta? Pues verán, en otras ocasiones en las que la he escuchado aprecié limitaciones, pero la noche del viernes la encontré en una muy digna forma. Más que eso: los violines ofrecieron un empaste y una belleza sonora como a pocas formaciones españolas le haya escuchado yo nunca. Y solistas hay unos cuantos muy destacables: clarinete, trompeta y arpa me gustaron especialmente. Posiblemente haya sido Wilson quien hizo que diesen lo mejor de sí, porque los músicos le aplaudieron al final radiantes de felicidad.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un gran cambio en mi vida... pero con menos música

Ayer miércoles a las 0:00 de la madrugada la web de la Junta de Andalucía publicaba los resultados definitivos de los concursos de traslado de los cuerpos docentes de mi comunidad autónoma. Los resultados me han llenado de alegría: por fin he conseguido desplazarme a mi Jerez de la Frontera natal. Concretamente paso al IES Padre Luis Coloma, un centro prestigioso y con muchísima solera en el que yo mismo tuve la oportunidad realizar mis estudios de secundaria entre 1984 y 1988 (¡cómo pasa el tiempo!). Hace ocho años estuve allí destinado de manera provisional, pero mi retorno ahora es con plaza estable.

Cuando tuve que abandonarlo –unos meses después de crear este blog– fue para venirme con destino defintivo al centro donde aún sigo, y seguiré hasta principios de septiembre, en plena Sierra de Segura. Con la excepción del curso pasado, en el que pude volver temporalmente a Jerez, he pasado todo este tiempo en una especie de, llamémosle así, "exilio dorado": disfrutando de una experiencia laboral globalmente muy positiva, maravillándome ante la naturaleza que me rodea –el campo me gusta muchísimo– y con la tranquilidad que supone vivir en un pueblo, pero también soportando temperaturas que encuentro muy frías, viviendo a demasiada distancia de toda la gente a la que quiero y teniendo que enfrentarme a largas horas al volante para desplazarme a cualquier sitio. Todo ello con mucha soledad, para lo bueno y para lo malo.
 

No hace falta enumerar las ventajas que va a tener regresar a Jerez, que son importantes y muy variadas. Claro que asimismo va a tener algunas desventajas, sobre todo en lo que a cuestiones musicales se refiere. Y es que desde la sierra segureña he podido desplazarme con cierta frecuencia a Madrid, Valencia y algunos otros lugares para disfrutar de buena música en directo, pero en mi tierra la cosa la cosa pinta mal. El Maestranza, a una hora en coche, está de capa caída por los conocidos motivos presupuestarios, mientras que el Villamarta a punto ha estado de extinguirse por completo. Aún no se sabe si para el curso que en unos meses comienza habrá una temporada de música clásica digna de tal nombre; si la hay, desde luego, será tan parca y escasamente atractiva como lo ha venido siendo en estos años de la crisis. Madrid queda muy lejos de Jerez y el tren resulta carísimo. De Valencia, ni hablemos: echaré muchísimo de menos esa ciudad.

Hay más. El pasado sábado tuve la oportunidad de ingresar –a la ceremonia corresponde la fotografía– en el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, un honor que me supone también un compromiso: dedicar más tiempo y constancia a la investigación en el campo en el que llevo trabajando un par de décadas, el de la arquitectura gótico-mudéjar. Por supuesto que me apetece muchísimo hacerlo, pero también es verdad que eso me va a suponer marginar un poco a "mi otro amor", la música. ¡No se puede estar en todo! En cualquier caso, aún rodeado de olivos, voy a aprovechar para ver en directo a alguno de los nombres más vistosos de los carteles de las próximas semanas: el violín y la batuta de Pinchas Zukerman, el órgano de Olivier Latry, la voz de Waltraud Meier... y los muy comentados atributos de Easy Rider, el bóvido de Moisés y Aarón.


Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...