lunes, 6 de junio de 2016

¡Cómo está Madriz!, el mejor espectáculo de zarzuela que he visto

Pues sí: ¡Cómo está Madriz!, versión muy libre de La Gran Vía y El año pasado por agua que está ofreciendo estos días el Teatro de la Zarzuela, es lo mejor que he visto en mi vida dentro del género chico al que pertenecen las dos obritas de Federico Chueca y Joaquín Valverde. O al menos, el que más me ha gustado. Y lo ha hecho por su valentía, por su imaginación y su desparpajo; por su ritmo, su colorido y su variedad de recursos teatrales; por su irreverencia, por su ganas de cachondeo y por su carga crítica tan necesaria hoy día, por no decir hoy más que nunca; pero sobre todo por su frescura, su vitalidad, su desparpajo y por las intensísimas ganas de vivir con que sale uno tras las tres horas de función.

Responsable máximo de tan brillantísmo espectáculo ha sido el director de escena Miguel del Arco, quien ha logrado ser más respetuoso que nadie con el género de la manera más atrevida, que es reventándolo desde sus cimientos, actualizando por completo sus presupuestos dramáticos y adaptando el material musical –faltan cosas y se han añadido otras, incluyendo un número del genial Barberillo de Barbieri– hasta crear una obra nueva que transmite con una fuerza y una garra insólitas toda la potencia de los originales; potencia hoy irrecuperable a través de presupuestos más convencionales por la sencilla razón de que la zarzuela castiza solo puede leerse teniendo en cuenta un contexto social y político muy concreto, un contexto que ya no existe y que parte del público desconoce.


La presunta traición a los respectivos libretos y a las convenciones del género se convierte así en una fiel traducción del espíritu original, lo que incluye esa dosis de vulgaridad, esa acumulación de tópicos y esa burla de la clase política que tantísimo está molestando al público más rancio del teatro de la calle Jovellanos. Impagable, en este sentido (ATENCIÓN, SPOILERS) la escena en la que suena la Marcha Imperial de John Williams, aparece la Estrella de la Muerte y de allí sale... ¡Esperanza Aguirre! Claro que, junto a la lideresa de la más despiadada derecha española, quienes se llevan los mayores palos son Pablo Iglesias y sus seguidores podemitas; y no me refiero a la aparición del coletas en el segundo acto, sino a la alusión velada pero directísima que a éste se hace cuando sale el otro Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, aclamado como nuevo mesías por una legión de descerebrados. Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, las redes de corrupción, el separatismo catalán y hasta la hipocresía sexual de la jerarquía católica se llevan también sus merecidísimos dardos.

En cualquier caso, que nadie se piense que estamos ante una producción eminentemente política, porque a la postre lo que nos encontramos es con un rendido homenaje a Madrid, a la ciudad de Madrid y yo diría que también a España entera, realizada a través de una reflexión sobre nuestra historia, sobre nuestros grandes personajes y ridículos personajillos, sobre nuestras insuficiencias y nuestras contradicciones, para terminar dando un abrazo a esta manera de ser que, en unos aspectos para bien y en otros para mal, sigue siendo la misma que en tiempos de Chueca y Valverde, y probablemente lo seguirá siendo durante muchos años.

Cuenta Miguel del Arco con la complicidad de dos extraordinarios artistas a la hora de redondear los resultados de su propuesta escénica. Uno es el veterano Pedro Moreno, quien ofrece para la ocasión un vestuario de una riqueza e imaginación deslumbrantes. El otro es Paco León, que sencillamente borda el rol de Paco, el personaje cuyo viaje onírico al pasado madrileño se convierte en hilo conductor de la velada. Sin necesidad de histrionismos y sin ganas de convertirse en el centro de la función –a pesar de serlo–, el actor y director sevillano realiza un trabajo formidable bien ayudado por su espléndida agilidad física: diríase que es de goma. Junto a todos ellos, una larga nómina de actores profesionales realizando un gran trabajo de equipo y, lo que es aún más de aplaudir, un Coro del Teatro de la Zarzuela dispuesto a dejarse la piel siguiendo las indicaciones de una dirección escénica exigente como en el más complicado de los musicales.

Al mismo nivel escénico, es decir, al de actores profesionales y no al de cantantes metidos a actor, rindieron los solistas congregados para la ocasión. Quienes más tiempo estuvieron sobre la escena fueron dos figuras ya muy experimentadas en este género, un Luis Cansino de voz de hermosísimo timbre y mucha elegancia en el canto, y una María Rey-Joly cuyo instrumento sigue ensanchándose y prometiendo cosas muy atractivas para el futuro. Mucho más breve pero no menos interesante fue la actuación de la soprano Amparo Navarro, a quien creía no conocer hasta que este blog me ha recordado que la escuché en su tierra valenciana hace años: muchísimo ojo, porque aquí hay material de primera clase. Entre los demás hubo de todo, pero con media de alto nivel.

La irregular Orquesta de la Comunidad de Madrid tuvo una feliz noche bajo la batuta de José María Moreno, quien además de excelencia técnica ofreció una interpretación ágil, fluida y ligera en el mejor de los sentidos, mirando con el rabillo del ojo a Viena pero sin perder de vista la alegría, la garra y el sabor popular de estas músicas. Podía haber quizá aportado un punto más de retranca, como también de sensualidad y de carácter insinuante en algunos de los números, pero aun así su labor me pareció sobresaliente y contribuyó sobremanera al redondear los resultados artísticos de una velada que, pese a las airadas protestas de unas señoras que empezaron a increpar al escenario al comenzar el segundo acto, me hizo inmensamente feliz.

1 comentario:

agustin dijo...

Me encanta la zarzuela española.
Hay autores geniales, como Ruperto Chapí, Jacinto Guerrero y otros.
Propongo humildemente que se cambie el himno español (que me parece horrible y nada representativo de la calidad de los músicos españoles) y se adopte alguna de estas músicas.
Quizá muchos más españoles se empezaran a identificar con un himno español de más calidad musical, como pueden serlo el italiano, el alemán o el británico.