Aun sin estar a la incomparable altura de su Romeo y Julieta, el ballet La Cenicienta me parece una de las más grandes partituras de Sergei Prokofiev, y desde luego una página que debería haber sido mucho más frecuentada por las compañías discográficas. Hasta ahora conocía solo dos registros de la obra completa. Uno, el que grabó en los años sesenta Genaddi Rozhdestvensky al frente de la Gran Orquesta Sinfónica de la RTV de la URSS: si no fuera por un "Vals de la media noche" rutinario, sin
misterio y un punto precipitado, se trataría de una referencia absoluta por
ofrecer una enorme dosis de garra y teatralidad, un riquísimo colorido y, sin
dejar a un lado ni los aspectos oníricos ni los melancólicos, potenciar la
vertiente más humorística y corrosiva de la partitura. El otro, el de André Previn y la Sinfónica de Londres grabado en abril de 1983 para EMI, menos personal y menos ácido que el del director moscovita, pero también más equilibrado y atento a la vertiente feérica de la obra, amén de preferible en el citado vals.
Por desgracia, la tecnología falló en los dos casos: la grabación rusa se ve lastrada por una molesta distorsión –también en la edición de Audiopile Classics, que es la que tengo–, y la del sello británico estuvo muy por debajo de la media de la época. Venturosamente he podido escuchar esta noche otro registro que, aun siendo tan solo un mes anterior en el tiempo al de Previn, sí que ofrece una toma sonora sensacional: el de Ashkenazy y la Orquesta de Cleveland para el sello que por aquel entonces realizó algunas de las mejores grabaciones digitales que se han escuchado, obviamente Decca. Naturalidad, relieve, sentido espacial, limpieza, equilibrio y brillantez sin efectismos son sus señas de identidad.
Lo mejor es que la interpretación es espléndida, muy en la línea de la de Previn aunque fallando –como lo hacía Rozhdestvensky, que por lo demás quizá siga siendo el mejor de los tres– en el "Vals de la media noche": en sus dos apariciones le suena a Ashkenazy algo rígido, poco voluptuoso, no todo lo insinuante y ambiguo que debería. Por lo demás, el de Gorki acierta plenamente con el estilo de Prokofiev. Sabe ser socarrón e incisivo cuando debe, ofrece sarcasmo en una dosis muy adecuada y comprende muy bien el sentido de lo juguetón, lo estrafalario y lo pintoresco, al tiempo que deja volar las melodías con una calidez y una cantabilidad de raíz tchaikovskiana, con una melancolía de profunda emotividad, sin perder fuelle en el discurso narrativo, caer en languideces ni quedarse en lo contemplativo. La teatralidad, la variedad expresiva, la convicción y la garra dramática están por completo garantizadas, como también lo están el sentido del color, la agilidad bien entendida y la transparencia orquestal, circunstancia esta última a la que no es ajena la calidad de la Orquesta de Cleveland, trabajada con pinceles finos y un virtuosismo técnico que evidencian la calidad que tuvo la batuta del joven Ashkenazy. Y la convicción, y la potencia comunicativa. Virtudes todas ellas que, por desgracia, iría perdiendo con el paso del tiempo. Pero esa es otra historia.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
domingo, 27 de diciembre de 2015
viernes, 25 de diciembre de 2015
Cascanueces por Rozdestvensky en el Covent Garden
Para esta mañana del día de Navidad he decidido sentarme tranquilo en el
salón de mi casa –estoy otra vez en Jerez, obviamente– a ver el DVD, editado en
su momento por el sello NVC Arts, de la filmación de El cascanueces realizada en
el Covent Garden en enero de 1985, en entonces nueva producción escénica a cargo de Peter Wright. Mi interés, comprobar cómo aborda Gennadi
Rozhdestvensky –que ya tenía una grabación en audio de 1960 con la Orquesta del
Bolshoi– una partitura tan maravillosa como, en principio, poco afín a sus
maneras directoriales. Ya saben: el maestro del sarcasmo y la negrura –con
permiso de Klemperer, que es otro mundo– enfrentado a una música que debe sonar
refinada, deliciosa y elegante, entre otras cosas.
Pues bien, lo cierto es que su interpretación no consigue ser ninguna de esas
cosas. Pero sí que es intensa, vehemente, y por momentos –paso a dos–
arrebatada, está llena de sentido teatral y posee un sentido del humor incisivo
–tratamiento de las maderas– y con picardía que resulta muy adecuado. Se
agradece además la sonoridad rústica en el mejor de los sentidos con que el
maestro moscovita hace sonar a la Orquesta de la Royal Opera House, trabajada no
diré que con refinamiento ni atención al detalle, pero sí con claridad en la
articulación y riqueza de colores. Desde luego, no es un trabajo "de foso" al uso, de esos al servicio de los bailarines. De evanescencias, languideces,
preciosismos o edulcoramientos, ni rastro. ¡Qué alivio!
Sí que hay azúcar, y en dosis decididamente cargantes, en la escenografía de Julia Trevelyan Oman, francamente vistosa y espectacular en la primera parte pero ridícula en la segunda. De ballet no sé nada: me limito a decir que la coreografía parece ser una revisión de Peter Wright de la original de Lev Ivanov, realizando algún corte en la partitura que no se tenía que haber hecho. De nuevo la primera mitad del espectáculo funciona mucho mejor que la otra desde el punto de vista dramático, pero aquí la culpa puede estar en el libreto original. Los bailarines son muy buenos, sin que ninguno de ellos me haya llamado particularmente la atención.
En fin, si asumimos que el noventa por ciento de las producciones escénicas de esta obra maestra de Tchaikovsky están llenas de cursilería, se puede disfrutar un espectáculo que interesa ante todo por la notable dirección musical de Rozhdestvensky. La filmación es más que correcta –con añadidos televisivos que redondean las soluciones escénicas–, pero el sonido se ve lastrado por una fuerte compresión dinámica. Es estereofónico, eso sí. Yo me lo he pasado bien.
Ah, en este blog he comentado también las grabaciones en CD de Gergiev y Rattle, más el DVD de Barenboim. Absolutamente revelador en lo musical este último. ¡Feliz Navidad a todos!
Sí que hay azúcar, y en dosis decididamente cargantes, en la escenografía de Julia Trevelyan Oman, francamente vistosa y espectacular en la primera parte pero ridícula en la segunda. De ballet no sé nada: me limito a decir que la coreografía parece ser una revisión de Peter Wright de la original de Lev Ivanov, realizando algún corte en la partitura que no se tenía que haber hecho. De nuevo la primera mitad del espectáculo funciona mucho mejor que la otra desde el punto de vista dramático, pero aquí la culpa puede estar en el libreto original. Los bailarines son muy buenos, sin que ninguno de ellos me haya llamado particularmente la atención.
En fin, si asumimos que el noventa por ciento de las producciones escénicas de esta obra maestra de Tchaikovsky están llenas de cursilería, se puede disfrutar un espectáculo que interesa ante todo por la notable dirección musical de Rozhdestvensky. La filmación es más que correcta –con añadidos televisivos que redondean las soluciones escénicas–, pero el sonido se ve lastrado por una fuerte compresión dinámica. Es estereofónico, eso sí. Yo me lo he pasado bien.
Ah, en este blog he comentado también las grabaciones en CD de Gergiev y Rattle, más el DVD de Barenboim. Absolutamente revelador en lo musical este último. ¡Feliz Navidad a todos!
miércoles, 23 de diciembre de 2015
John Wiliams y Star Wars en Boston
Seguimos con Star Wars. El sello Decca, que hace tiempo absorbió el catálogo de Philips, ha tenido a
bien recopilar en un doble compacto todas las músicas “del espacio” grabadas por
John Williams al frente de la Boston Pops Orchestra, que no es sino la magnífica Sinfónica de
Boston cuando se encarga de partituras más o menos populares. En la edición se
incluye todo el contenido del disco Out
of this World que comenté en este blog el año pasado con entusiasmo, lamentando que estuviese descatalogado. Pues bien, ya lo tienen ustedes
aquí.
A lo
entonces escrito sobre ese disco me remito. Me toca ahora señalar qué más
hay en este nuevo doble CD. Por un lado, la interpretación de Los
Planetas de Holst que Williams grabó en 1986: ya la comenté en mi discografía
comparada, y ahí dejé bien claro que no merece en absoluto la pena. Por
otro lado, gran parte del contenido de un vinilo de 1980 que se llamó Pops in
Space, en buena medida dedicado a los dos primeros filmes de Star
Wars: los títulos iniciales –en su habitual arreglo “de concierto”–, el
delicado Tema de Leia, el arrebatador scherzo The Asteroid
Field –prodigio de orquestación–, la celebérrima Marcha imperial y
el muy tierno Tema de Yoda. Sí, ya se: Elgar, Walton, Holst,
Kachaturian y no sé cuántos más. Pero magníficas composiciones, no me cabe la
menor duda, que se han ganado por derecho propio una parcela en la cultura
popular del último cuarto del siglo XX.
De propina, se incluye –asimismo procedente de Pops in Space– el final de Encuentros en la Tercera Fase, pero no tal y como lo había grabado Zubin Mehta en 1977, sino en un nuevo arreglo que incluye el etéreo pasaje coral escrito ex-profeso por Williams con motivo de la “edición especial” de la película de 1980 con el fin de ilustrar la escena –añadida por exigencia del estudio– en la que el protagonista entra en la nave espacial. Soberbia música para una película que sigue siendo fascinante. Interpretaciones y toma sonora, impecables.
Resumiendo: Los Planetas sobra, pero el resto del doble compacto es magnífico. Muy, pero que muy recomendable para todos los públicos, salvo para quienes piensan que esto es "música reaccionaria" y tal.
De propina, se incluye –asimismo procedente de Pops in Space– el final de Encuentros en la Tercera Fase, pero no tal y como lo había grabado Zubin Mehta en 1977, sino en un nuevo arreglo que incluye el etéreo pasaje coral escrito ex-profeso por Williams con motivo de la “edición especial” de la película de 1980 con el fin de ilustrar la escena –añadida por exigencia del estudio– en la que el protagonista entra en la nave espacial. Soberbia música para una película que sigue siendo fascinante. Interpretaciones y toma sonora, impecables.
Resumiendo: Los Planetas sobra, pero el resto del doble compacto es magnífico. Muy, pero que muy recomendable para todos los públicos, salvo para quienes piensan que esto es "música reaccionaria" y tal.
domingo, 20 de diciembre de 2015
De cuando Zubin Mehta grabó Star Wars
1977. No solo la película Star Wars se convierte en un éxito comercial sin precedentes, sino que el doble elepé con la partitura de John Williams pasa a ser la banda sonora más vendida de todos los tiempos, lo que no dejaba de sorprender habida cuenta de que esta obra suponía un retorno al sinfonismo más clásico de Hollywood en un momento en el que un score fílmico equivalía a música ligera y canciones pegadizas. Nada volvería a ser igual en el mundo de la composición para la pantalla grande, entre otras cosas porque a partir de entonces se iba a revalorizar la necesidad de volver a las fuentes de la música clásica y, al mismo tiempo, a reivindicar el valor de estas creaciones como obras con valor propio en la sala de conciertos. En este sentido, no dejaba de resultar significativo que en este y en los siguientes capítulos de la saga, así como en otras muchas composiciones suyas para el más comercial cine norteamericano, Williams incluyese en los discos arreglos de los temas principales no como suenan en la película –el maestro usa magistralmente la técnica del leitmotiv, pero rara vez desarrolla las melodías al completo–, sino tratados como breves piezas sinfónicas cerradas en sí mismas.
Buena prueba de este cambio de mentalidad, y también de las nuevas persectivas comerciales que se abrían, iba a ser el hecho de que en diciembre de ese mismo año Zubin Mehta y su Orquesta Filarmónica de los Ángeles –todavía era titular– se fueran corriendo a grabar una selección de la partitura para el sello Decca/London, y que en la trasera del vinilo los fragmentos seleccionados apareciesen encabezados como "First movement", "Second movement" y así, como si de una suite sinfónica se tratase.
Artísticamente los resultados fueron espléndidos, en primer lugar porque contaron con una toma de sonido a la altura de las mejores del momento, aplastantemente superior al mediocre trabajo realizado por el ingeniero Eric Tomlinson en el original, y en segundo lugar porque el maestro indio supera al propio Williams en lo que a inspiración de batuta se refiere.
De este modo, el Main Title suena con especial espectacularidad y permite a Mehta ofrecer un tan efectista como atractivo ritenuto justo en el momento en el que la fanfarria desemboca en el celebérrimo tema principal. Princess Leia suena con un lirismo de gran depuración sonora, mientras que en The Little People la batuta acierta a subrayar las muy evidentes conexiones con el humor de Prokofiev. Cantina Band no posee los instrumentos rústicos del original, pero la interpretación tiene mucha vida y se beneficia de un percusionista extraordinario. The Battle ofrece brillantez sin que el resultado sea machacón ante nuestros oídos. En The Throne Room Mehta demuestra gran sintonía con el universo de Elgar y Walton que sirve de inspiración, mientras que en los títulos finales el maestro vuelve a hacer gala de su talento para el espectáculo sonoro.
De propina, suite de doce minutos y medio de Encuentros en la Tercera Fase, basada en el musicalmente portentoso final de la película de Steven Spielberg. Magnífico recreador del repertorio contemporáneo, Mehta no tiene problemas a la hora de clarificar y colorear adecuadamente las texturas "a la Ligeti" diseñadas por Williams para los extraterrestres, como tampoco a la de ofrecer cantabilidad puramente romántica e intensidad a tope para plasmar la emocionante experiencia vital del protagonista.
Un inconveniente: mientras la selección de Star Wars ha conocido abundantes ediciones en compacto, la de Close Encounters solo lo ha hecho en un par de ocasiones. Yo he tenido que obtenerla a través de Spotify. Si la quieren en compacto, quizá puedan encontrarla en una caja editada por Decca por el septuagésimo cumpleaños del maestro.
Artísticamente los resultados fueron espléndidos, en primer lugar porque contaron con una toma de sonido a la altura de las mejores del momento, aplastantemente superior al mediocre trabajo realizado por el ingeniero Eric Tomlinson en el original, y en segundo lugar porque el maestro indio supera al propio Williams en lo que a inspiración de batuta se refiere.
De este modo, el Main Title suena con especial espectacularidad y permite a Mehta ofrecer un tan efectista como atractivo ritenuto justo en el momento en el que la fanfarria desemboca en el celebérrimo tema principal. Princess Leia suena con un lirismo de gran depuración sonora, mientras que en The Little People la batuta acierta a subrayar las muy evidentes conexiones con el humor de Prokofiev. Cantina Band no posee los instrumentos rústicos del original, pero la interpretación tiene mucha vida y se beneficia de un percusionista extraordinario. The Battle ofrece brillantez sin que el resultado sea machacón ante nuestros oídos. En The Throne Room Mehta demuestra gran sintonía con el universo de Elgar y Walton que sirve de inspiración, mientras que en los títulos finales el maestro vuelve a hacer gala de su talento para el espectáculo sonoro.
Un inconveniente: mientras la selección de Star Wars ha conocido abundantes ediciones en compacto, la de Close Encounters solo lo ha hecho en un par de ocasiones. Yo he tenido que obtenerla a través de Spotify. Si la quieren en compacto, quizá puedan encontrarla en una caja editada por Decca por el septuagésimo cumpleaños del maestro.
sábado, 19 de diciembre de 2015
Miserias y esplendores de Karajan: Segunda de Sibelius
Se mete un troll en el blog para decir aquello de que "Karajan fue un
excelente músico, pero un pésimo artista". En absoluto de acuerdo: además de
poseer una técnica de batuta excepcional, el de Salzburgo fue también admirable como recreador de partituras, aunque desde luego mucho
antes en un Richard Strauss, por ejemplo, que en el repertorio con el que más le
asocia el gran público, obviamente Beethoven. Otra cosa muy distinta es que, en su eterna obsesión por el puro sonido por
encima de los aspectos expresivos, en más de una ocasión Karajan se desmadrara y
construyera enormes monumentos a su narcicismo. Precisamente quiero traer como
ejemplo de ello un disco que he escuchado hace tan solo unos días, la
Segunda sinfonía de Sibelius que grabó para el sello EMI en noviembre
de 1980 en la Philharmonie de Berlín, que pude conseguir en Super Audio CD, con
reprocesado de 2011, editado por el sello japonés Esoteric. He tomado anotaciones.
Un arranque no ya en exceso pastoril, sino frívolo y pimpante, da paso a una interpretación en la que un Karajan muy descentrado se vuelca por completo en ofrecer suntuosidad, opulencia y brillantez extremas, además enormes contrastes dinámicos, sin que exista una idea coherente detrás. Así, el Allegretto inicial resulta en exceso nervioso, mientras que en el Andante ma rubato, mucho antes efectista que atmosférico, las tremendas explosiones sonoras, dichas con una rotundidad abrumadora, suenan terriblemente insinceras.
El Vivacissimo, toda una oportunidad para demostrar virtuosismo, funciona bastante bien, pero en el Finale, al que se llega tras una transición que es un prodigio técnico, el maestro vuelve a perder el norte haciendo que suene con una majestuosidad en exceso hinchada y solemne, incluso un tanto suavizada. ¡Cómo se echan de menos la fuerza dramática, el carácter visionario y la convicción que, asimismo con un enfoque mucho antes romántico que expresionista, imprimía Bernstein a este movimiento! En fin, todo un espectáculo sonoro made in Karajan realzado por la remasterización de Esoteric, que aun sin solucionar las insuficiencias de la toma original, poco satisfactoria para la fecha, resulta idónea para recoger el sonido especialmente oscuro y poderoso que el maestro extrae de la cuerda grave de su Filarmónica de Berlín.
Claro que también existe un Karajan gran intérprete de Sibelius, y para escucharlo no hay más que poner los complementos del disco, El cisne de Tuonela y Finlandia, grabaciones de 1976 que circulan por la red con su sonido cuadrafónico original, menos depurado en lo tímbrico pero bastante más espacioso que el de Esoteric. La primera de las obras citadas recibe una interpretación muy lenta, mágica en su estática belleza, en la que desdichadamente el corno inglés no está del todo bien recogido por la toma. Encendido y brillante el breve poema sinfónico nacionalista, quizá hasta el exceso en un final no ya festivo a tope, sino también volcado en la espectacularidad de cara a la galería; creo que la interpretación grabada en 1964 para DG le salió más redonda, pero aun así esta es espléndida. Miserias y esplendores de Karajan, pues.
Un arranque no ya en exceso pastoril, sino frívolo y pimpante, da paso a una interpretación en la que un Karajan muy descentrado se vuelca por completo en ofrecer suntuosidad, opulencia y brillantez extremas, además enormes contrastes dinámicos, sin que exista una idea coherente detrás. Así, el Allegretto inicial resulta en exceso nervioso, mientras que en el Andante ma rubato, mucho antes efectista que atmosférico, las tremendas explosiones sonoras, dichas con una rotundidad abrumadora, suenan terriblemente insinceras.
El Vivacissimo, toda una oportunidad para demostrar virtuosismo, funciona bastante bien, pero en el Finale, al que se llega tras una transición que es un prodigio técnico, el maestro vuelve a perder el norte haciendo que suene con una majestuosidad en exceso hinchada y solemne, incluso un tanto suavizada. ¡Cómo se echan de menos la fuerza dramática, el carácter visionario y la convicción que, asimismo con un enfoque mucho antes romántico que expresionista, imprimía Bernstein a este movimiento! En fin, todo un espectáculo sonoro made in Karajan realzado por la remasterización de Esoteric, que aun sin solucionar las insuficiencias de la toma original, poco satisfactoria para la fecha, resulta idónea para recoger el sonido especialmente oscuro y poderoso que el maestro extrae de la cuerda grave de su Filarmónica de Berlín.
Claro que también existe un Karajan gran intérprete de Sibelius, y para escucharlo no hay más que poner los complementos del disco, El cisne de Tuonela y Finlandia, grabaciones de 1976 que circulan por la red con su sonido cuadrafónico original, menos depurado en lo tímbrico pero bastante más espacioso que el de Esoteric. La primera de las obras citadas recibe una interpretación muy lenta, mágica en su estática belleza, en la que desdichadamente el corno inglés no está del todo bien recogido por la toma. Encendido y brillante el breve poema sinfónico nacionalista, quizá hasta el exceso en un final no ya festivo a tope, sino también volcado en la espectacularidad de cara a la galería; creo que la interpretación grabada en 1964 para DG le salió más redonda, pero aun así esta es espléndida. Miserias y esplendores de Karajan, pues.
viernes, 18 de diciembre de 2015
¿Una comparativa de Star Wars? Estupendo, pero escríbela gratis
Pues sí, hace algún tiempo se me ocurrió la idea. A algunos les parecerá una chorrada, pero a mí me hacía ilusión, y además creo que se pueden decir bastantes cosas sobre la discografía de la música de John Williams para Star Wars. La respuesta por parte del redactor jefe de Ritmo, revista a la que había decidido retornar unos meses atrás, fue muy positiva. A punto estuve de ponerme a ello. Pero entonces se me ocurrió preguntar por los dos artículos que no me habían pagado, el de Bernard Herrmann en su faceta de director y el de los Pinos de Roma. En esa revista, para quienes no estén al tanto, las críticas de grabaciones que acaban de lanzarse al mercado no se han pagado nunca porque se supone que la remuneración está precisamente en que te quedas con los discos, pero por las páginas escritas sobre cuestiones discográficas en general, donde eres tú el que tiras de tu discoteca, siempre se había recompensado el esfuerzo (considerable, si se quiere que las cosas salgan bien) con una muy pequeña cantidad de dinero. Simbólica más que otra cosa.
Pues bien, me dicen que no, que no me los van a pagar. Que en la nueva etapa (la de Gonzalo Pérez Chamorro: yo había abandonado aún con Pedro González Mira al frente) no se pagan esa clase de artículos. Y que vaya tela por mi parte no entender el sentido de la palabra "colaborador". Sí que lo entiendo, claro, pero no es lo mismo colaborar en una ONG que en una revista donde hay personas que ganan dinero con tu trabajo. El colaborador de una publicación es aquél que trabaja de manera puntual aportando una serie de textos sin estar sujeto a contrato laboral, pero recibiendo algo a cambio. En metálico o en especie. Les propongo alguna alternativa de remuneración y se ríen se mí. Que si quiero "colaborar", que lo haga gratis, que todos los demás ya lo hacen. Y otra vez les mando, por eso y por más cosas, a paseo. Para escribir gratis ya está mi blog, que además lo lee muchísima más gente. Lo que no sé es si alguna vez me pondré a elaborar la susodicha comparativa.
Pues bien, me dicen que no, que no me los van a pagar. Que en la nueva etapa (la de Gonzalo Pérez Chamorro: yo había abandonado aún con Pedro González Mira al frente) no se pagan esa clase de artículos. Y que vaya tela por mi parte no entender el sentido de la palabra "colaborador". Sí que lo entiendo, claro, pero no es lo mismo colaborar en una ONG que en una revista donde hay personas que ganan dinero con tu trabajo. El colaborador de una publicación es aquél que trabaja de manera puntual aportando una serie de textos sin estar sujeto a contrato laboral, pero recibiendo algo a cambio. En metálico o en especie. Les propongo alguna alternativa de remuneración y se ríen se mí. Que si quiero "colaborar", que lo haga gratis, que todos los demás ya lo hacen. Y otra vez les mando, por eso y por más cosas, a paseo. Para escribir gratis ya está mi blog, que además lo lee muchísima más gente. Lo que no sé es si alguna vez me pondré a elaborar la susodicha comparativa.
jueves, 17 de diciembre de 2015
El despertar de la Fuerza, de John Williams: talento más que inspiración
La esperadísima –por mí y por cientos de fans– banda sonora para The
Force Awakens me ha defraudado relativamente. Hay brillantez bien
entendida, garra, comunicatividad y una extraordinaria factura técnica,
entretejiéndose los temas con enorme sentido de lo que es la composición
sinfónica tanto en lo que se refiere al diálogo polifónico como al desarrollo
horizontal del discurso: el norteamericano es un enorme artista a la hora de
componer música incidental. Hay también mucha personalidad, algo que puede
parecer paradójico habida cuenta de que la música de John Williams para la saga
de Star Wars se caracteriza por beber de fuentes clásicas muy diversas,
pero que es rigurosamente cierto. Basta comparar esta partitura con cualquier
otra del Hollywood actual para darse cuenta de que esta es, sencillamente, otra
dimensión que ni uno solo de los compositores del momento está en condiciones de
alcanzar. Pero inspiración, lo que se dice inspiración, aquí no hay
demasiada.
Cierto es que ya en los Episodios I y II el talento de
Williams había mermado con respecto a la trilogía original, pero en ellos
todavía nos entregó algunas páginas memorables, entre ellos ese Across the
Stars que es uno de los más bellos temas de amor jamás compuestos para la
pantalla grande. Ahora bien, en el Episodio III ya no había casi nada
de interés –como tema coral épico, el del Episodio I era mucho mejor
que la Battle of the Heroes–, y en este Episodio VII prosigue
la sequía. La marcha resulta anodina, el tema del malvado de turno no posee
fuerza y el scherzo épico, siendo espléndido, no aporta nada en especial. El
tétrico coro masculino a capella dedicado a las fuerzas diabólicas sí que tiene
interés: aunque la idea ya estaba en El retorno del Jedi, el
tratamiento musical es aquí muy diferente.
En cualquier caso, lo único nuevo verdaderamente destacable es el tema de Rey, la protagonista de esta nueva cinta. Melodía larga, compleja, difícil de retener, pero de un poderoso atractivo por su manera de salirse del tono habitual en la saga para acercarse al Williams de los años setenta y, al menos en el arreglo de los títulos finales, al género del western en el que nuestro compositor también tuvo cosas que decir. Su carácter al mismo tiempo épico y evocador resulta de lo más refrescante. Por lo demás, los temas de la trilogía original hacen apariciones demasiado breves como para ser tenidos en cuenta: ¿no se podía haber insistido un poco más en el magnífico de Han Solo y Leia?
Resumiendo, talento enorme pero inspiración por debajo de lo que hubiéramos deseado. El tema de Rey lo escucharé a menudo. El resto con seguridad hará un trabajo formidable dentro de la película, porque el desarrollo narrativo de los temas posee una enorme potencia expresiva, pero no creo que merezca audiciones repetidas en el equipo de música. De momento, me conformaré con el MP3 (¿es la filtración que está circulando una tremenda piratada, o más bien una estrategia comercial más?) y esperaré a que se ponga a la venta no el disco compacto, sino la descarga digital en HD que tendrá lugar en enero. Lo suyo sería un Blu-ray Pure Audio, pero me parece que no están por la labor. Lástima, porque la toma sonora es portentosa.
Dos cosas tengo que añadir, para quien aún no las sepa. La primera, que por motivos de salud del octogenario compositor se ha abandonado a la London Symphony habitual en la saga galáctica para recurrir a la “orquesta del estudio” que Williams suele usar en Hollywood, en realidad una mezcla de la Filarmónica de Los Ángeles con músicos freelance. La segunda, que los títulos iniciales y finales los ha dirigido precisamente el titular de la citada orquesta californiana, el mismísimo Gustavo Dudamel, según el artista venezolano confesó hace un par de días en Facebook. Habida cuenta de que él es admirador número uno de John Williams, habrá recibido este regalo –afirma que el maestro le llamó por teléfono y le pidió que acudiera en secreto– con más ilusión de que si le hubieran dado la titularidad de la Filarmónica de Berlín. No sé decir si su labor se nota en algunos detalles hasta ahora desapercibidos en el tema principal (¿o es que acaso se han realizado retoques en la orquestación?), porque lo cierto es que toda la banda sonora está dirigida de manera impresionante. Un cameo de lujo, en cualquier caso.
En cualquier caso, lo único nuevo verdaderamente destacable es el tema de Rey, la protagonista de esta nueva cinta. Melodía larga, compleja, difícil de retener, pero de un poderoso atractivo por su manera de salirse del tono habitual en la saga para acercarse al Williams de los años setenta y, al menos en el arreglo de los títulos finales, al género del western en el que nuestro compositor también tuvo cosas que decir. Su carácter al mismo tiempo épico y evocador resulta de lo más refrescante. Por lo demás, los temas de la trilogía original hacen apariciones demasiado breves como para ser tenidos en cuenta: ¿no se podía haber insistido un poco más en el magnífico de Han Solo y Leia?
Resumiendo, talento enorme pero inspiración por debajo de lo que hubiéramos deseado. El tema de Rey lo escucharé a menudo. El resto con seguridad hará un trabajo formidable dentro de la película, porque el desarrollo narrativo de los temas posee una enorme potencia expresiva, pero no creo que merezca audiciones repetidas en el equipo de música. De momento, me conformaré con el MP3 (¿es la filtración que está circulando una tremenda piratada, o más bien una estrategia comercial más?) y esperaré a que se ponga a la venta no el disco compacto, sino la descarga digital en HD que tendrá lugar en enero. Lo suyo sería un Blu-ray Pure Audio, pero me parece que no están por la labor. Lástima, porque la toma sonora es portentosa.
Dos cosas tengo que añadir, para quien aún no las sepa. La primera, que por motivos de salud del octogenario compositor se ha abandonado a la London Symphony habitual en la saga galáctica para recurrir a la “orquesta del estudio” que Williams suele usar en Hollywood, en realidad una mezcla de la Filarmónica de Los Ángeles con músicos freelance. La segunda, que los títulos iniciales y finales los ha dirigido precisamente el titular de la citada orquesta californiana, el mismísimo Gustavo Dudamel, según el artista venezolano confesó hace un par de días en Facebook. Habida cuenta de que él es admirador número uno de John Williams, habrá recibido este regalo –afirma que el maestro le llamó por teléfono y le pidió que acudiera en secreto– con más ilusión de que si le hubieran dado la titularidad de la Filarmónica de Berlín. No sé decir si su labor se nota en algunos detalles hasta ahora desapercibidos en el tema principal (¿o es que acaso se han realizado retoques en la orquestación?), porque lo cierto es que toda la banda sonora está dirigida de manera impresionante. Un cameo de lujo, en cualquier caso.
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