lunes, 23 de marzo de 2015

Jaroussky en el Maestranza: entre toses y fans

Nunca había escuchado en directo a Philippe Jaroussky, y por ende no había comprobado por mí mismo el delirio que rodea a este señor. Con el recinto abarrotado pese a ofrecer un programa nada popular de mélodies en torno a la poesía de Paul Verlaine (1844-1896), el contratenor francés fue recibido por una intensa ovación por el público del Maestranza, consiguió muy calurosoa aplausos tras el largo recital –se contaron hasta tres propinas– y, sobre todo, hizo que se formara la cola más larga que jamás he visto en el vestíbulo del teatro sevillano para conseguir un autógrafo en alguno de sus discos.

No solo eso: un buen puñado de melómanos que no tenían carátulas, o que no querían guardar la cola, se apiñaron cerca de la mesa de firmas, cámara de fotos en ristre, para capturar una imagen del artista. Los comentarios que se escuchaban no dejaban lugar a dudas de que aquello sobrepasaba los límites de la admiración artística: independientemente de su talento, parece claro que parte del entusiasmo que despierta Jaroussky tiene la misma explicación que el que levanta, pongamos por caso, Ana Netrebko o Elina Garança, esto es, su manifiesta belleza física, una circunstancia a la que el mercado del disco no puede quedar al margen. Como además Jaroussky se muestra muy simpático en sus alocuciones al respetable y posee un incuestionable encanto –pese a su notoria rigidez durante la actuación–, el triunfo está servido.


¿Hay para tanto? Un buen melómano me comentaba en el entreacto que lo encontraba un poco insípido, falto de la suficiente variedad expresiva. Compartí hasta cierto punto su opinión, pero cuando he tenido la oportunidad de escuchar el doble compacto en mi casa –sí, yo también me lo compré e hice la cola con no menor entusiasmo que el resto de los que allí estaban– y de seguir los textos, algo absolutamente imprescindible cuando de este género se trata, debo matizar. El problema no es tanto que a Jaroussky le falte un punto de voluptuosidad, de tensiones dramáticas y, en general, de claroscuros, sino que los poemas giraban siempre en torno al mismo ambiente expresivo.

Efectivamente, pese a escucharse a autores tan variados como Gabriel Fauré, Reynaldo Hahn, Poldowski, Charles Bordes, Claude Debussy, Déodat de Séverac, Ernest Chausson, Emmanuel Chabrier, Léo Ferré, Józef Szulc, André Caplet, Camille Saint-Säens, Arthur Honegger, Charles Trenet y Georges Brassens –faltaron Massenet, Schmidtt, Koechlin y Varèse, que sí estaban en la grabación–, las poesías seleccionadas incidían una y otra vez en una lánguida melancolía diríamos que “protosimbolista” que no daba mucho margen de maniobra; incluso varios poemas se repitieron en más de una e incluso dos ocasiones –en el disco hasta cuatro–, lo que termina generando, por muy diferentes que sean las músicas, una inevitable sensación de monotonía.


Es difícil resistirse, en cualquier caso, a la increíble belleza vocal de Jaroussky. Importan poco algún sobreagudo pillado por los pelos, algún filado quebradizo o alguna nota grave poco audible –también en la grabación–, porque el timbre es verdaderamente embriagador, su legato es de libro y la morbidez de su fraseo se convierte una verdadera caricia para el oído. Todo ello, por descontado, con una dicción exquisita y matizando con fina sensibilidad en plena sintonía con el tono decadente que exigen los textos. ¿Que yo hubiera preferido un acercamiento más temperamental y contrastado? Pues sí, pero no voy a ocultar que a mí la ortodoxia interpretativa francesa desde siempre me ha resultado insuficiente, trátese de voces, orquesta o piano; tanta exquisita indolencia, tanto difuminado preciosista, no terminan de emocionarme. Insisto en que el problema es mío: Jaroussky fue la ortodoxia pura dicha con depuradísima técnica e irreprochable musicalidad.

Sustituyendo con buen criterio algunas de las canciones del disco, se incluyeron una pieza para piano de Chabrier y varias de Claude Debussy, entre ellas dos de la Suite Bergamasque traídas muy al pelo, toda vez que el compositor se inspiró precisamente en las Fêtes galantes con que Verlaine homenajeó a la melancolía agridulce de Watteau; versión pianística, pues, de algunas de las poesías escuchadas en boca del contratenor. Jérôme Ducros acompañó de manera magnífica a Jaroussky, aportando precisamente la intensidad emocional que le faltaba a éste y evitando caer en excesivos difuminados, pero en las piezas pianísticas no logró convencerme. De nuevo aquí el problema está en mis oídos, tan acostumbrados a la genial grabación que realizara Claudio Arrau al final de su vida, que las del pianista francés me parecieron bastante prosaicas (Preludio) o notables pero algo fuera de estilo (Claro de luna y L’Isle joyeuse: imposible aquí olvidarse de Perianes).

Mención aparte para el público del Maestranza. Mejor dicho, una pequeña parte, la que boicoteó de manera inmisericorde la primera mitad del recital con toses estentóreas y muy sonoras caídas de objetos. Cuando Jaroussku abandonaba el escenario para dejar al pianista con sus piezas en solitario, la cosa iba aún a peor. A tal extremo llegó el asunto que tras terminar el intermedio la megafonía rogó moderar los ruidos en un programa tan delicado, ruego que fue rubricado por el respetable con un muy significativo aplauso que dejó bien claro hasta qué punto los melómanos estamos hartos de aquellos que no saben guardar las normas básicas de educación. Desdichadamente, hubo señores y señoras que siguieron regalándonos toses sin que por su parte existiera la menor intención de amortiguar el sonido: cuando más suene, mejor.

Pese a todos los reparos expuestos, una noche para recordar.

sábado, 21 de marzo de 2015

Jaroussky vuelve a Vivaldi

Esta noche actúa el contratenor Philippe Jaroussky en el Teatro de la Maestranza con la intención de promocionar su último disco, Green, y yo no me he resistido a escuchar el penúltimo: Pietá, una selección de música sacra de Antonio Vivaldi registrado en París en marzo de 2014 para el sello Erato con estupenda toma sonora. El problema es que apenas tengo tiempo para escribir, así que voy a ser casi telegráfico.


El programa es irregular pero de interés, brillando el hermoso y emotivo Stabat Mater, RV 621. Se incluyen asimismo los motetes Clara stellae scintillate, RV 625, Filiae maestae Jerusalem, RV 638 y Longe mala, umbrae, terrores, RV 629, este último todo un descubrimiento. Completan el disco el “Domine Deus” del Gloria RV 589, el Salve Regina RV 618  y, como pieza puramente instrumental, el Concierto para cuerdas RV 120. No está mal.

Jaroussky luce sus mejores cualidades. La voz es de una calidad tímbrica extraordinaria y suena con una homogeneidad asombrosa, si bien es cierto que aquí no tiene que moverse mucho en el grave; el centro ofrece enorme suavidad y el agudo refulge con un brillo dorado cautivador. Asombran la capacidad del artista para regular el sonido –magníficos efectos de eco propios de este repertorio–, y muy especialmente su técnica para moderar o intensificar el vibrato, consiguiendo de este modo admirables efectos expresivos. En las agilidades, curiosamente, es donde menos llega a impresionar. En cualquier caso, el contratenor francés conoce muy bien este universo al que ahora ha vuelto discográficamente y es capaz de ofrecer, con musicalidad exquisita, esa particular sensualidad espiritual (o al revés en este caso: espiritualidad sensual) que demanda Vivaldi, incluyendo esas especialísimas languideces que con otros artistas derivan en la blandura o el amaneramiento.

Tentaciones estas últimas que también afectan a la escritura instrumental vivaldiana, tantas veces maltratada tanto por instrumentos originales como por instrumentos modernos, que la cursilería y el rebuscamiento no conocen fronteras. Por fortuna nada de eso ocurre aquí: el Ensemble Artaserse funciona bien dentro de su relativa sobriedad y dialoga de manera muy apropiada, aunque sin especial inspiración, con la voz de su fundador y, supongo, director tanto artístico como musical. Buen disco.

viernes, 20 de marzo de 2015

Mis canditados favoritos para la Junta de Andalucía

Para los lectores de allende los mares, aclaro que este domingo 22 se celebran en España elecciones para el Parlamento de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Pues bien, aquí va la foto de mi canditado favorito.


También me encantaría votar a la siguiente candidatura conjunta.


Desdichadamente, me voy a quedar con las ganas. A ver si hay suerte y alguno de ellos se presenta a las generales.

jueves, 19 de marzo de 2015

La Pasión según san Juan por Britten

Como tengo entrada para escuchar la semana que viene en Sevilla a Philippe Herreweghe haciendo La Pasión según San Juan, ando últimamente escuchando algunas interpretaciones de la magistral creación de J. S. Bach. Hace no mucho hablé de la de Richard Egarr junto a la Academy of Ancient Music. Voy ahora a por la que grabó en 1971 Benjamin Britten –director grande de un repertorio muy reducido– al frente de la English Chamber Orchestra, con textos traducidos al inglés y el buen sonido esperable en un sello como Decca.

britten_the_performer

El autor de Peter Grimes ofrece una recreación "tradicional ligeramente renovada” que logra no ser pesada ni lenta, sino natural y muy fluida, sin dejar por ello de ofrecer densidad bien entendida y adecuado cuerpo sonoro. Eso sí, el tiempo no pasa en balde: la articulación resulta en exceso suave para nuestros días, las fuerzas corales se encuentran más nutridas de la cuenta y en algún aria está fuera de lugar acudir al ripieno. El tratamiento del continuo también suena anticuado, incluso el clave de Philip Ledger frasea con más coquetería de la cuenta. En cualquier caso, la musicalidad siempre elegante de Britten, que saber ser humanista pero también ofrecer su dosis de espiritualidad, termina triunfando.

El Evangelista no podía ser otro que Peter Pears, quien pese a la fealdad de su instrumento ofrece la elegancia y sensibilidad que le caracterizan; eso sí, la manera en la que su voz se afalseta en el agudo resulta discutible. No menos británica es la voz de Robert Tear, quien se encarga de las arias de tenor; de nuevo enorme la enorme clase del artista se impone sobre cualquier otra circunstancia. Me ha interesado mucho menos el Jesús de Gywnne Howell, engolado y monolítico. Bastante mejor John-Shirley Quirk como Pilatos y en las arias de bajo, aunque también tienda al engolamiento. Heather Harper se muestra muy musical, con apurillos en su última aria. Muy emotiva Alfreda Hodgson, aunque siendo contralto se esperaba un grave aún más rotundo.

Muy en resumen: notable versión típica de los años setenta. Merece la pena, pero sin apenas alejarme en el tiempo, y a pesar de que resulte bastante más masiva y tradicional que esta del enorme compositor británico, me quedo con la interpretación de Wolfgang Gönnenwein registrada por el sello EMI solo dos años atrás

martes, 17 de marzo de 2015

Doctor Atomic en el Maestranza: un éxito, un acierto

Ya hablé un poco en entradas anteriores sobre John Adams y su ópera Doctor Atomic. Paso ahora directamente a comentar la función de ayer lunes 16, segunda de las tres que ha programado el Teatro de la Maestranza consiguiendo un triple éxito: de programación, de interpretación musical y de calidad escénica, aunque este último apartado, además de no resolver las insuficiencias del libreto de Peter Sellars, ha tenido sus desigualdades.

Viene la producción desde Alemania, concretamente desde el Badisches Staatstheater de Karlsruhe. Lleva la firma del norteamericano Yuval Sharon, que precisamente con este trabajo consiguió el premio que lleva el nombre del gran regista Götz Friedrich. Su propuesta es radicalmente distinta para cada uno de los dos actos de la ópera. En el primero se van desplazando una serie de paneles para abrir “habitaciones” donde se desarrolla la acción –impresionante la manera de coordinar los movimientos–, mientras que en el telón semitransparente colocado en la embocadura del escenario se van realizando una serie de proyecciones; en unos casos éstas nos aportan datos sobre los personajes de la historia, en otros muestran diseño científicos con carácter más o menos ambiental y en otros, finalmente, se encargan de presentar la ubicación geográfica. Como aportación personal, el dúo entre el matrimonio Oppenheimer no es tal, pues los personajes se desdoblan en habitaciones diferentes y reflexionan por sí mismos evidenciando una absoluta incomunicación marital, en un planteamiento dramático que no deja de recordar a Leonard Bernstein y su Trouble in Tahiti.

Doctor Atomic Karlsruhe

La segunda parte es en el libreto mucho menos científica, más atmosférica y onírica, sobre todo por la aparición del personaje de la niñera india y sus malos augurios. Pero mientras el propio Peter Sellars en su producción escénica para San Francisco mantenía el tono moderadamente naturalista del primer acto, Sharon cambia por completo de registro y apuesta abiertamente por lo conceptual: sobre una gigantesca hoja de papel cuadriculado se desplazan continuamente los personajes y una serie de figurantes con comportamientos de difícil interpretación, siempre al margen de toda ubicación espacial. Aquí las cosas funcionan menos bien, no porque todas esas acciones y movimientos resulten ininteligibles, sino porque carecen de la capacidad fascinadora que debe ejercer todo buen trabajo basado en el konzept. En cualquier caso, no se traspasó la barrera infranqueable, esto es, la de crear una dramaturgia paralela sin la menor relación con lo que se escucha, la que convierten a otras propuestas de esta índole en verdaderos bodrios –me acuerdo ahora del Rey Roger de Warlikowski y de los Cuentos de Hoffmann de Marthaler–, porque Sharon sí que piensa en la música, en el libreto y en la idea dramática planteada por Adams y Sellars. Muy conseguido el final, y eso que resulta arriesgado omitir toda referencia directa a la bomba atómica.

Pedro Halffter evidenció su mayor limitación como director, esto es, su incapacidad para planificar las tensiones en las estructuras más amplias, con el subsiguiente carácter deslavazado de la interpretación, pero también hizo gala de su enorme virtud, que es el tratamiento sensual de las texturas para generar atmósferas densas y embriagadoras. Así las cosas, su Doctor Atomic no tuvo toda la continuidad deseable y se quedó algo corto en electricidad, como también en garra dramática en sus grandes clímax, desarrollando en contrapartida una voluptuosidad, una sensualidad y un vuelo lírico realmente formidables: con el madrileño en el foso, la partitura ganó en comunicatividad y en emotividad, evidenciando de manera muy clara las deudas de su escritura con un Ravel o un Puccini. Por lo demás, Halffter clarificó con gran acierto los complejos tejidos contrapuntísticos diseñados por Adams y evitó la tentación de la brutalidad y el efectismo. Muy notable su labor, por lo demás bien respaldada por una Real Orquesta Sinfónica de Sevilla que demostró virtuosismo más que suficiente y por un Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza que, salvando algún desajuste en el primer acto, se mantuvo a buen nivel y resolvió correctamente la papeleta de cantar en inglés.

Doctor Atomic Karlsruhe bis

Lee Poulis no llega, evidentemente, a la intensidad expresiva de Gerald Finley o Dietrich Henschel en el rol principal, pero su voz está lozana y canta bien. Fue además al único al que por unos minutos, en el aria que cierra el primer acto, pudimos escuchar sin la amplificación demandada por el compositor; fue un acierto hacerle cantar ese número desde el patio de butacas, con independencia de que un accidente vocal desluciera su gran momento. Jessica Rivera resolvió de manera muy sensible el papel de Kitti Oppenheimer que Adams rescribiera para su vocalidad de soprano. Jovita Vaskeviciuté se encargó de Pasqualita aportando una voz de graves muy sonoros, quizá un punto artificiales pero adecuados para darle misterio y presencia a sus intervenciones. Más que solventes Jouni Kokora, Beñat Egiarte –su voz nasal no me hace gracia– Peter Sidhom, Christopher Robertson y José Manuel Montero.

Decía arriba que el triunfo había sido también a nivel de programación. Efectivamente, resulta un auténtico acierto para el Maestranza haber abierto sus puertas a la ópera del siglo XXI. Por descontado que quedan aún muchas obras maestras del repertorio por llevar a su escenario (pienso en Boris y en Wozzeck, por ejemplo), y desde luego se podría preferir otros títulos “modernos” antes que Doctor Atomic, pero la obra de John Adams y Peter Sellars, con todas sus insuficiencias y limitaciones, está estupendamente escrita, alcanza momentos de notable inspiración, resulta globalmente atractiva, logra hacernos disfrutar –yo me lo pasé mucho mejor en Sevilla que con El público en el Real– y hasta consigue hacernos pensar, dejando bien claro que el género de la ópera sigue aún vivo.

sábado, 14 de marzo de 2015

El público y War Requiem en el Real: decepción

De los muchos viajes que he realizado estos últimos años a Madrid por razones mayormente musicales, en ninguno he quedado tan decepcionado como en este en el que he visitado exclusivamente el Teatro Real: la ópera de ayer viernes 13 y el concierto de hoy sábado, aun albergando cosas notabilísimas en su interior, me han dejado bastante frío. No tengo ni tiempo ni ganas de escribir sobre ellos, pero mantengo el compromiso conmigo mismo de hacerlo, así que resumiré mis ideas en esta única entrada.

La partitura escrita por Mauricio Sotelo sobre El público, la desconcertante obra teatral de Federico García Lorca, me ha parecido mucho más interesante sobre el plano teórico que en el práctico: la idea de incluir lo jondo en un tejido contemporáneo –especialidad del compositor madrileño– resulta en principio perfecta para ilustrar sonoramente el universo lorquiano, y la fusión está admirablemente bien realizada por un señor que domina a la perfección la técnica compositiva, pero su inspiración resulta desigual. Cuando escribe para orquesta y dispositivos electrónicos se escuchan a veces pasajes extraordinariamente sugerentes (eso sí,  "raros" e incómodos para los aficionados más rancios). Cuando lo hace para cantaores y guitarras convence menos, por mucho que gente como Arcángel, Jesús Mendez o Cañizares estén a su servicio. Y cuando lo hace para la voz humana, nada de nada, pese a que el equipo de cantantes congregados, capitaneados por un sólido José Antonio López, pusiera mucho empeño en el asunto; particularmente soporífera el aria de Julieta. Por cierto, lamentable la manera en la que Sotelo lanza elogios sobre su propia música en sus notas al programa de mano.


El libretista Andrés Ibañez y el director de escena Roberto Castro no lo tenían fácil a la hora de enfrentarse a una obra que es al mismo tiempo surrealista y conceptual, esto es, por un lado incomprensible, sin necesidad de explicación alguna, y siempre con la pulsión homosexual como trasfondo, por otro deseosa de lanzar reflexiones metalinguïsticas sobre el universo del teatro. Mucha tela: las buenas ideas se acumulan pero el edificio no acaba de funcionar, de tal modo que se alternan, al igual que en la música, momentos fascinantes con otros bastante pretenciosos. Algo muy parecido se puede decir de la escenografía de Alexander Polziny de los figurines de Wojciech Dziedzic, estos últimos a medio camino entre lo admirablemente creativo y lo chirriante, a lo Fangoria Style. No debe extrañar que en los pasillos se pudiese escuchar a algún matrimonio salido del Pleistoceno exclamar "¡menuda mariconada!" sobre esta obra que cierta prensa ha denominado, a raíz de la visita de los mismísimos Reyes de España a la función que ahora comento, como la "ópera gay dirigida por el novio de Anne Igartiburu" (enlace).

Pablo Heras-Casado, pues al granadino nos estamos refiriendo, realizó frente a nada menos que el Klangforum Wien, presencia de enorme lujo, un trabajo soberbio no solo de concertación sino también de expresión, inyectando fuerza y convicción a la muy irregular partitura. Si a mí el espectáculo me dejó frío no fue por su culpa. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido esta noche, donde una partitura que amo tanto como el War Requiem de Benjamin Britten me ha llegado a aburrir precisamente por culpa de su dirección, perfecta en lo técnico, irreprochable en el estilo y de un gusto exquisito, pero a mi entender falta de poesía, de emotividad y, sobre todo, de tensión dramática. Hubo, ciertamente, momentos muy logrados en lo que a la dirección de la orquesta de cámara se refiere, y la lentitud de los tempi y el tratamiento de las texturas ayudaron a moldear la lectura con la apropiada cantabilidad y a impregnarla de elevación espiritual; pero una obra tan negra y desesperada como esta necesita una interpretación mucho más comprometida, más intensa, más densa en la atmósfera y muchísimo más vehemente en sus clímax. En el decisivo Libera me, sin duda lo más logrado de la  acongojante partitura, Heras-Casado ha dado lo mejor de sí mismo: demasiado tarde. El Coro de la Comunidad de Madrid, el Coro Intermezzo y el Coro de Pequeños Cantores de la JORCAM han rendido de manera notable. No tanto la Sinfónica de Madrid.

Espléndido nivel, eso sí, en los solistas. A Susan Gritton la conocíamos bien por sus grabaciones en el repertorio barroco: no me esperaba una voz de tanto volumen, además de esmaltada y maleable. Expresivamente perfecta, sin necesidad de caer en lo truculento, me parece que es una de las mejores intérprete de esta parte que he escuchado (por ahí anda mi comparativa discográfica), con permiso de la Netrebko. A John Mark Ainsley le vi en los Proms de 1997 en su interpretación junto a Thomas Hampson bajo la batuta de Andrew Davis: su instrumento parece algo fatigado, pero su clase y su emotividad acongojan sobremanera. Algo menos expresivo Jacques Imbrailo, aunque sensual en el fraseo y luciendo una bella voz de barítono muy lírico.

 

Lo dicho, dos veladas con cosas de mucho interés que me han dejado más bien frío. Eso sí, un morbo enorme escuchar la Marcha Real al Klangforum Wien, y más aún ver a los monarcas aplaudiendo en pie una obra tan filo-gay (en el fondo la prensa rosa tiene razón) como la de Sotelo e Ibañez sobre Lorca. Algo es algo, oigan.

miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Cómo es Doctor Atomic?

Esta es la pregunta que se estarán haciendo los melómanos sevillanos que no saben si acudir a alguna de las tres funciones que ofrece el Teatro de la Maestranza, los próximos días 13, 16 y 18 de marzo, de la ópera creada al alimón por el compositor John Adams y el director de escena, aquí libretista, Peter Sellars. Doctor Atomic fue estrenada en San Francisco en noviembre de 2005, contando con el barítono Gerald Finley en el rol de Robert Oppenheimer, y ahora nos llega en una producción que no es la original del propio Sellars, sino una procedente del Badisches Staatstheater de Karlsruhe. Una más de las seis que existen, entre ellas la de la Opéra national du Rhin transmitida por el canal televisivo Arte –la copia circula por internet– y la del mismísimo Metropolitan de Nueva York, editada en DVD por Sony Classical. La verdad es que no está nada mal semejante número de producciones, con sus representaciones correspondientes, para una ópera que apenas llega a la década de vida.

Doctor Atomic Opus Arte

Estas cifras nos hablan de un enorme éxito de público que se explica perfectamente por lo que he confirmado viendo la otra edición comercial disponible, la filmada en la Nederlandse Opera en junio de 2007 con la puesta en escena de Sellars, editada por Opus Arte: Doctor Atomic gusta mucho porque es fácil, muy fácil de escuchar. Nada de “música rara” o “ruidos contemporáneos”, que es lo que se imaginan los que han decidido no acudir al Maestranza. Esto es minimalismo, eso desde luego, y de hecho la repetición obsesiva de una serie de células y el carácter futurista de la sonoridad encajan a la perfección con el argumento escogido, esto es, las vicisitudes del equipo de científicos y militares en las horas previas a la primera prueba nuclear de la historia, que tuvo lugar en el desierto de Nuevo México en junio de 1945. Pero este es un minimalismo muy particular, pues como intenté explicar en la entrada anterior, John Adams se siente completamente libre y desacomplejado a la hora de asimilar todas las referencias que sean necesarias para lograr una comunicatividad directa con el espectador.


De este modo, y junto con el minimalismo propiamente dicho, podemos encontrar aquí sensuales texturas impresionistas –el hermoso dúo de amor del primer acto por momentos recuerda  al Daphnis de Ravel–, melodismo de ecos puccinianos, instantes muy reconocibles de belcanto, deudas con el musical norteamericano y pasajes orquestales que encuentran paralelismos con la música cinematográfica de John Williams. Todo ello, en cualquier caso, escrito con gran dominio de la escritura sinfónica y aportando esa tímbrica plateada y espectacular propia de John Adams. Posiblemente a los melómanos más sesudos esta música les parezca un pastiche para paladares poco selectos, una obra que disimula su escasa sustancia tanto musical como dramática bajo una epidermis de compromiso político y de lenguaje presuntamente avanzado.

¿Y a mí? Yo he disfrutado, aunque también es cierto que la ópera se hace un poco larga por culpa del libreto, que es por donde más flojea. Peter Sellar es un hombre encantador, y en la interesante entrevista de media hora que incluye la edición de Opus Arte dice cosas tan maravillosamente naifs como que sería necesario destruir todo el arsenal nuclear mundial y preparar un nuevo Plan Marshall para todos los países pobres. Su mentalidad es la de una izquierda tan admirable como utópica y tristemente pasada de moda: la misión del arte es hacer que la sociedad tome conciencia de la realidad para comenzar a construir un mundo más justo. Por eso su texto para Doctor Atomic resulta excesivamente discursivo, algo pretencioso en la inserción de textos poéticos –la pareja protagonista hace el amor mientras recita a Baudelaire– y prolijo en datos históricos de claro afán didáctico. Las buenas intenciones de Sellars y su compromiso político, que admiro al cien por cien, no me impiden reconocer que la obra se podía haber aligerado un tanto y que las tensiones dramáticas podrían haber estado mejor construidas. Curiosamente, es el acto segundo acto, más largo que el anterior, donde las cosas funcionan mejor, quizá por su carácter más atmosférico, onírico incluso; en el primero creo que sobra “rollo tecnológico-militar”. El final es acongojante.

Peter Sellars

Dos apuntes sobre los vídeos. El de Opus Arte, que cuenta con una calidad visual y sonora absolutamente sensacionales en blu-ray, cuenta con la ventaja de ofrecer la producción original de Sellars procedente de San Francisco. Aquí el regista norteamericano no tiene necesidad de alterar nada de la dramaturgia original, como hace tantas veces: el dramaturgo es él mismo. Los resultados son francamente buenos, aunque a mi entender las coreografías sobran. Gerald Findley está magnífico y Jessica Rivera, a la que tendremos en Sevilla, se muestra muy sensible en el rol de Kitti Oppenheimer, originalmente escrito para mezzo y aquí trasladado a la tesitura de soprano por el propio autor. Los demás cantantes están muy bien y la Orquesta Filarmónica de los Países Bajos funciona de maravilla bajo la batuta de Lawrence Renes.

De la producción alemana solo he podido ver el primer acto, porque el archivo flv que he descargado funciona mal en mi reproductor multimedia y la imagen se atasca cada dos por tres; al final he tenido que renunciar a completarlo. Suficiente, en cualquier caso, para apreciar una escenografía quizá más sugerente que la original y un trabajo actoral francamente sólido, insistiendo aquí más en las dificultades de comunicación del matrimonio protagonista de la acción. Dietrich Henschel, aunque ya no en su mejor momento vocal, ofrece un interesante Oppenheimer, quizás más humano y torturado que el de Finley. Kitty es aquí la mezzo Anna Grevelius. La batuta de Patrick Davin y la orquesta no se muestran tan convincentes como sus colegas de Holanda. El DVD de Sony Classical, de nuevo con Finley, no lo conozco. Supongo que en EEUU venderá muchísimo.

¿Recomendaciones? El blu-ray de Opus Arte es muy aconsejable si lo encuentran, como yo hice hace tiempo en Valencia, a buen precio. Y al Teatro de la Maestranza hay que acudir si hay medios para ello, de eso no cabe duda. La oportunidad hay que aprovecharla.

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