sábado, 14 de marzo de 2015

El público y War Requiem en el Real: decepción

De los muchos viajes que he realizado estos últimos años a Madrid por razones mayormente musicales, en ninguno he quedado tan decepcionado como en este en el que he visitado exclusivamente el Teatro Real: la ópera de ayer viernes 13 y el concierto de hoy sábado, aun albergando cosas notabilísimas en su interior, me han dejado bastante frío. No tengo ni tiempo ni ganas de escribir sobre ellos, pero mantengo el compromiso conmigo mismo de hacerlo, así que resumiré mis ideas en esta única entrada.

La partitura escrita por Mauricio Sotelo sobre El público, la desconcertante obra teatral de Federico García Lorca, me ha parecido mucho más interesante sobre el plano teórico que en el práctico: la idea de incluir lo jondo en un tejido contemporáneo –especialidad del compositor madrileño– resulta en principio perfecta para ilustrar sonoramente el universo lorquiano, y la fusión está admirablemente bien realizada por un señor que domina a la perfección la técnica compositiva, pero su inspiración resulta desigual. Cuando escribe para orquesta y dispositivos electrónicos se escuchan a veces pasajes extraordinariamente sugerentes (eso sí,  "raros" e incómodos para los aficionados más rancios). Cuando lo hace para cantaores y guitarras convence menos, por mucho que gente como Arcángel, Jesús Mendez o Cañizares estén a su servicio. Y cuando lo hace para la voz humana, nada de nada, pese a que el equipo de cantantes congregados, capitaneados por un sólido José Antonio López, pusiera mucho empeño en el asunto; particularmente soporífera el aria de Julieta. Por cierto, lamentable la manera en la que Sotelo lanza elogios sobre su propia música en sus notas al programa de mano.


El libretista Andrés Ibañez y el director de escena Roberto Castro no lo tenían fácil a la hora de enfrentarse a una obra que es al mismo tiempo surrealista y conceptual, esto es, por un lado incomprensible, sin necesidad de explicación alguna, y siempre con la pulsión homosexual como trasfondo, por otro deseosa de lanzar reflexiones metalinguïsticas sobre el universo del teatro. Mucha tela: las buenas ideas se acumulan pero el edificio no acaba de funcionar, de tal modo que se alternan, al igual que en la música, momentos fascinantes con otros bastante pretenciosos. Algo muy parecido se puede decir de la escenografía de Alexander Polziny de los figurines de Wojciech Dziedzic, estos últimos a medio camino entre lo admirablemente creativo y lo chirriante, a lo Fangoria Style. No debe extrañar que en los pasillos se pudiese escuchar a algún matrimonio salido del Pleistoceno exclamar "¡menuda mariconada!" sobre esta obra que cierta prensa ha denominado, a raíz de la visita de los mismísimos Reyes de España a la función que ahora comento, como la "ópera gay dirigida por el novio de Anne Igartiburu" (enlace).

Pablo Heras-Casado, pues al granadino nos estamos refiriendo, realizó frente a nada menos que el Klangforum Wien, presencia de enorme lujo, un trabajo soberbio no solo de concertación sino también de expresión, inyectando fuerza y convicción a la muy irregular partitura. Si a mí el espectáculo me dejó frío no fue por su culpa. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido esta noche, donde una partitura que amo tanto como el War Requiem de Benjamin Britten me ha llegado a aburrir precisamente por culpa de su dirección, perfecta en lo técnico, irreprochable en el estilo y de un gusto exquisito, pero a mi entender falta de poesía, de emotividad y, sobre todo, de tensión dramática. Hubo, ciertamente, momentos muy logrados en lo que a la dirección de la orquesta de cámara se refiere, y la lentitud de los tempi y el tratamiento de las texturas ayudaron a moldear la lectura con la apropiada cantabilidad y a impregnarla de elevación espiritual; pero una obra tan negra y desesperada como esta necesita una interpretación mucho más comprometida, más intensa, más densa en la atmósfera y muchísimo más vehemente en sus clímax. En el decisivo Libera me, sin duda lo más logrado de la  acongojante partitura, Heras-Casado ha dado lo mejor de sí mismo: demasiado tarde. El Coro de la Comunidad de Madrid, el Coro Intermezzo y el Coro de Pequeños Cantores de la JORCAM han rendido de manera notable. No tanto la Sinfónica de Madrid.

Espléndido nivel, eso sí, en los solistas. A Susan Gritton la conocíamos bien por sus grabaciones en el repertorio barroco: no me esperaba una voz de tanto volumen, además de esmaltada y maleable. Expresivamente perfecta, sin necesidad de caer en lo truculento, me parece que es una de las mejores intérprete de esta parte que he escuchado (por ahí anda mi comparativa discográfica), con permiso de la Netrebko. A John Mark Ainsley le vi en los Proms de 1997 en su interpretación junto a Thomas Hampson bajo la batuta de Andrew Davis: su instrumento parece algo fatigado, pero su clase y su emotividad acongojan sobremanera. Algo menos expresivo Jacques Imbrailo, aunque sensual en el fraseo y luciendo una bella voz de barítono muy lírico.

 

Lo dicho, dos veladas con cosas de mucho interés que me han dejado más bien frío. Eso sí, un morbo enorme escuchar la Marcha Real al Klangforum Wien, y más aún ver a los monarcas aplaudiendo en pie una obra tan filo-gay (en el fondo la prensa rosa tiene razón) como la de Sotelo e Ibañez sobre Lorca. Algo es algo, oigan.

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