lunes, 23 de marzo de 2015

Jaroussky en el Maestranza: entre toses y fans

Nunca había escuchado en directo a Philippe Jaroussky, y por ende no había comprobado por mí mismo el delirio que rodea a este señor. Con el recinto abarrotado pese a ofrecer un programa nada popular de mélodies en torno a la poesía de Paul Verlaine (1844-1896), el contratenor francés fue recibido por una intensa ovación por el público del Maestranza, consiguió muy calurosoa aplausos tras el largo recital –se contaron hasta tres propinas– y, sobre todo, hizo que se formara la cola más larga que jamás he visto en el vestíbulo del teatro sevillano para conseguir un autógrafo en alguno de sus discos.

No solo eso: un buen puñado de melómanos que no tenían carátulas, o que no querían guardar la cola, se apiñaron cerca de la mesa de firmas, cámara de fotos en ristre, para capturar una imagen del artista. Los comentarios que se escuchaban no dejaban lugar a dudas de que aquello sobrepasaba los límites de la admiración artística: independientemente de su talento, parece claro que parte del entusiasmo que despierta Jaroussky tiene la misma explicación que el que levanta, pongamos por caso, Ana Netrebko o Elina Garança, esto es, su manifiesta belleza física, una circunstancia a la que el mercado del disco no puede quedar al margen. Como además Jaroussky se muestra muy simpático en sus alocuciones al respetable y posee un incuestionable encanto –pese a su notoria rigidez durante la actuación–, el triunfo está servido.


¿Hay para tanto? Un buen melómano me comentaba en el entreacto que lo encontraba un poco insípido, falto de la suficiente variedad expresiva. Compartí hasta cierto punto su opinión, pero cuando he tenido la oportunidad de escuchar el doble compacto en mi casa –sí, yo también me lo compré e hice la cola con no menor entusiasmo que el resto de los que allí estaban– y de seguir los textos, algo absolutamente imprescindible cuando de este género se trata, debo matizar. El problema no es tanto que a Jaroussky le falte un punto de voluptuosidad, de tensiones dramáticas y, en general, de claroscuros, sino que los poemas giraban siempre en torno al mismo ambiente expresivo.

Efectivamente, pese a escucharse a autores tan variados como Gabriel Fauré, Reynaldo Hahn, Poldowski, Charles Bordes, Claude Debussy, Déodat de Séverac, Ernest Chausson, Emmanuel Chabrier, Léo Ferré, Józef Szulc, André Caplet, Camille Saint-Säens, Arthur Honegger, Charles Trenet y Georges Brassens –faltaron Massenet, Schmidtt, Koechlin y Varèse, que sí estaban en la grabación–, las poesías seleccionadas incidían una y otra vez en una lánguida melancolía diríamos que “protosimbolista” que no daba mucho margen de maniobra; incluso varios poemas se repitieron en más de una e incluso dos ocasiones –en el disco hasta cuatro–, lo que termina generando, por muy diferentes que sean las músicas, una inevitable sensación de monotonía.


Es difícil resistirse, en cualquier caso, a la increíble belleza vocal de Jaroussky. Importan poco algún sobreagudo pillado por los pelos, algún filado quebradizo o alguna nota grave poco audible –también en la grabación–, porque el timbre es verdaderamente embriagador, su legato es de libro y la morbidez de su fraseo se convierte una verdadera caricia para el oído. Todo ello, por descontado, con una dicción exquisita y matizando con fina sensibilidad en plena sintonía con el tono decadente que exigen los textos. ¿Que yo hubiera preferido un acercamiento más temperamental y contrastado? Pues sí, pero no voy a ocultar que a mí la ortodoxia interpretativa francesa desde siempre me ha resultado insuficiente, trátese de voces, orquesta o piano; tanta exquisita indolencia, tanto difuminado preciosista, no terminan de emocionarme. Insisto en que el problema es mío: Jaroussky fue la ortodoxia pura dicha con depuradísima técnica e irreprochable musicalidad.

Sustituyendo con buen criterio algunas de las canciones del disco, se incluyeron una pieza para piano de Chabrier y varias de Claude Debussy, entre ellas dos de la Suite Bergamasque traídas muy al pelo, toda vez que el compositor se inspiró precisamente en las Fêtes galantes con que Verlaine homenajeó a la melancolía agridulce de Watteau; versión pianística, pues, de algunas de las poesías escuchadas en boca del contratenor. Jérôme Ducros acompañó de manera magnífica a Jaroussky, aportando precisamente la intensidad emocional que le faltaba a éste y evitando caer en excesivos difuminados, pero en las piezas pianísticas no logró convencerme. De nuevo aquí el problema está en mis oídos, tan acostumbrados a la genial grabación que realizara Claudio Arrau al final de su vida, que las del pianista francés me parecieron bastante prosaicas (Preludio) o notables pero algo fuera de estilo (Claro de luna y L’Isle joyeuse: imposible aquí olvidarse de Perianes).

Mención aparte para el público del Maestranza. Mejor dicho, una pequeña parte, la que boicoteó de manera inmisericorde la primera mitad del recital con toses estentóreas y muy sonoras caídas de objetos. Cuando Jaroussku abandonaba el escenario para dejar al pianista con sus piezas en solitario, la cosa iba aún a peor. A tal extremo llegó el asunto que tras terminar el intermedio la megafonía rogó moderar los ruidos en un programa tan delicado, ruego que fue rubricado por el respetable con un muy significativo aplauso que dejó bien claro hasta qué punto los melómanos estamos hartos de aquellos que no saben guardar las normas básicas de educación. Desdichadamente, hubo señores y señoras que siguieron regalándonos toses sin que por su parte existiera la menor intención de amortiguar el sonido: cuando más suene, mejor.

Pese a todos los reparos expuestos, una noche para recordar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo le escuché en vivo hace unos años en la Poppea con William Christie en el Real, y tengo que decir que fue espectacular. No se puede proyectar mejor la voz en un teatro tan grande, aparte de otras cualidades ya conocidas.

He oido por ahí su voz ha decaido algo desde entonces.