viernes, 30 de septiembre de 2011

Mozart, entre Haydn y Beethoven: apuntes biográficos

Esta modestísima introducción biográfica la he escrito para el libreto de las representaciones de Le Nozze di Figaro que estos días ofrece el Teatro de la Maestranza.
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mozart

Cualquier Historia de la Música al uso coloca a Mozart entre Haydn y Beethoven. Con toda la razón. Cronológicamente la cosa está clara: 1732, 1756 y 1770 son sus respectivas fechas de nacimiento. El genio de Salzburgo es pues veinticuatro años más joven que el autor de La Creación y catorce mayor que el de Fidelio, y si el primero de los citados continúa viviendo dieciocho años después de que nuestro artista abandone este mundo -y conociendo, por ende, la era napoleónica- se debe a la triste circunstancia de que este falleciese, por causas aún discutidas entre las que desde luego no se encuentra el envenenamiento por parte de Salieri, con tan solo treinta y cinco. Estilísticamente tampoco hay muchas dudas: Haydn contribuye en gran medida a consolidar el lenguaje clásico, Mozart desarrolla nuevas experiencias en el mismo terreno -fundamental su aportación a la ópera- y Beethoven resquebraja los cimientos de dicho lenguaje para abrir las puertas al Romanticismo, si bien hay que puntualizar que el de Bonn, tanto en sus sinfonías como en sus obras para piano, se mostró más deudor de los logros del anciano Franz Joseph -que para eso vivió largos años y tuvo tiempo de innovar constantemente- que del pobre Wolfgang Amadeus.

Pero además hay otro aspecto en el que el autor de Las bodas de Fígaro se mueve a caballo entre uno y otro: su situación profesional. Los tres viven en el último tramo del Antiguo Régimen -recordemos que la Revolución francesa se inicia en 1789 y se prolonga hasta 1815, con la caída definitiva de Napoleón-, y por tanto aún no han vivido la sustitución de la sociedad estamental por la sociedad de clases. Esto quiere decir que, en su entorno histórico, el músico no es sino un sirviente más al servicio de la nobleza, el clero o directamente la corona, que son quienes aún patrocinan las artes. Podrán ser admirados, disfrutar de seguridad financiera y vivir cómodamente, pero estarán siempre atados a los gustos, las demandas y hasta las circunstancias vitales de sus comitentes -a donde va el amo va el criado-. Haydn, tras años moviéndose en empleos precarios, encontró la estabilidad soñada -y una excelente orquesta- al servicio de la familia Esterházy, y solo cuando lustros más tarde falleció su patrono decidió buscarse la vida en Londres mediando una propuesta del empresario Solomon. Beethoven vio las cosas de otra manera, y aun sin renunciar del todo -no podía hacerlo- al apoyo de la aristocracia, buscó librarse de ataduras financieras y estéticas apoyándose en los conciertos públicos y en la venta de partituras, a veces incluso (“no compongo para usted, sino para las generaciones venideras”) arriesgando la acogida popular en aras de la libertad.

¿Y Mozart? Toda su biografía musical puede entenderse como un continuo proceso de autosuperación, de búsqueda de reconocimiento, de rechazo de las ataduras con la aristocracia, y -como no- de consecución no ya de la estabilidad financiera al margen de la servidumbre, que también, sino de un holgado nivel de vida. Y trabajó muy duramente para ello. Fue sin duda su padre Leopold, figura decisiva en toda su trayectoria hasta que falleció en 1787, el responsable de estimular y desarrollar su no ya precoz, sino absolutamente insólito y descomunal talento, pero hoy sabemos que el propio niño Wolfgang Amadeus quiso ir más allá de las enseñanzas paternas añadiendo el violín a sus estudios en el teclado y escribiendo sus propias composiciones. Su primera sinfonía, escrita a los ocho años, ha sido altamente elogiada -y portentosamente dirigida- por un Karl Böhm que no dudó en afirmar que en ella se detectaba ya con toda claridad el espíritu del Mozart maduro. Era la época en la que él y su hermana Narnnel, recorriendo interminables kilómetros de distancia y sufriendo largas enfermedades, eran exhibidos por toda Europa (Múnich, Viena, Praga, París, Zúrich, etc.) como niños prodigio: el jovencito tenía claro que quería ser mucho más que un ejecutante de asombrosa precocidad. En Londres pudo conocer a Johann Christian Bach (1735-1782), que ejercería una importante influencia sobre él, pero sería en tierras italianas donde dejó bien claro hasta donde podía llegar su talento con óperas Mitridate o motetes como su célebre Exultate, jubílate.

Mozart niño

Nuestro artista contaba diecisiete años cuando volvió definitivamente a su Salzburgo natal, para encontrarse con la llegada al poder de un nuevo príncipe-arzobispo, Hieronymus von Colloredo, hombre ilustrado pero en absoluto dispuesto a conceder libertades a sus sirvientes, entre ellos Leopold Mozart y su hijo. Wolfgang escribió mucho durante estos años, muchísimo, y no dejó de obtener reconocimiento, pero lejos de conformarse con su situación estuvo siempre pendiente de encontrar un trabajo mejor remunerado y que ofreciera mayores oportunidades de desenvolverse en un terreno que le interesaba mucho y en el que a la postre daría sus mejores frutos: la ópera. Tras frustradas tentativas en Viena y Múnich, abandonó su puesto salzburgués y se decidió a recorrer Europa en busca de nuevos aires. La fortuna no le acompañó: las ofertas laborales fueron poco interesantes, se enamoró perdidamente de la cantante Aloysia Weber sin ser correspondido y su paciente madre, que la había acompañado en el viaje, fallece durante la estancia en París, una ciudad por la que el músico terminó sintiendo verdadero desdén. La vuelta a casa con el rabo entre las piernas y un nuevo cargo al servicio del arzobispo se hizo inevitable, como también el choque final con Colloredo: tras diferentes situaciones de tira y afloja, en mayo de 1781 Mozart fue despedido con -literalmente- una patada en el culo. Nuestro artista, consciente de su talento y animado por el éxito de su Idomeneo, decidió probar fortuna en Viena.

Instalado como inquilino en la casa de la familia Weber y estableciendo más que una amistad con la hija menor de la familia, Constanze, el músico empieza a ver sus sueños convertidos en realidad. La ciudad -grande, próspera, culta- le acoge con los brazos abiertos tanto en su faceta de pianista como en la de compositor, logrando además un buen número de abonados a sus conciertos de suscripción, una fórmula novedosa en la que también van a triunfar Carl Philipp Emanuel Bach y Franz Joseph Haydn, como lo hará más adelante Beethoven, implicando cambio radical en lo que es la labor de un compositor: ahora no se va a escribir para un patrón, sino para “el público”, con todo lo que ello implica de libertad pero también, como tristemente el propio Mozart comprobará más tarde, de sujeción a las modas o a circunstancias económicas desfavorables. En cualquier caso, de momento la fortuna le sonríe y por fin consigue el éxito arrollador que estaba deseando en el campo operístico, y encima con un título en alemán: El rapto en el serrallo. Mozart y Constanze terminan casándose -a Leopold nunca le hará gracia su nuera- y el artista entra en una etapa de plena madurez marcada por el estudio y la asimilación de las partituras Bach y Haendel, así como por su amistad con el otro gran genio musical de la época, el citado Haydn. Las obras maestras en todos los géneros se suceden, la relación con el público es espléndida y el matrimonio logra finalmente trasladarse a un lujoso domicilio lleno de comodidades. Wolfgang Amadeus se encuentra en la cúspide, y este es precisamente el momento de su encuentro con Lorenzo da Ponte para crear esas tres obras maestras absolutas que son Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y -un poco más adelante- Così fan tutte. Pero los vientos favorables no van a durar mucho.

Seguramente el compositor no contaba ni con la volubilidad del público ni con la guerra entre los imperios ruso y turco (1787-1792) que terminaría implicando a Austria. Lo cierto es que se reduce muy sustancialmente el número de suscriptores a sus conciertos de abono y nuestro artista, aun contando con el sueldo que le había proporcionado el nombramiento como Músico de Cámara por parte del emperador José II, se ve incapaz de mantener su nivel de vida. Mozart ha de recurrir insistentemente a préstamos y se ve obligado a incrementar su productividad. Su vida personal es sombría, entre otras cosas porque solo logra que salgan adelante dos de sus seis hijos -la mortalidad infantil estaba a la orden del día- y porque su esposa, enferma, ha de abandonarle en varias ocasiones para recibir costosos tratamientos médicos. Paradójicamente, o quizá no tanto, las obras geniales se suceden: las tres últimas sinfonías -por fin logra igualar el logro de Haydn en este terreno-, el sublime Concierto para clarinete, La flauta mágica… Esta última ópera consigue, por fin, una acogida popular que no recibía desde hacía tiempo.

mozart_requiem

¿Qué hubiera pasado si Mozart hubiera vivido unos años más? Obviamente nos hubiera dejado más obras de increíble genio y, quizá, hubiera avanzado en la dirección estética en que lo iba a hacer su querido “Papá Haydn”, pero lo que nos preguntamos ahora es si, habida cuenta del enorme interés que suscitaron sus creaciones durante la época napoleónica y el primer romanticismo, un Mozart de cincuenta, sesenta o setenta años se hubiera convertido tal vez en un artista rodeado de lujos dispuesto solo a trabajar cuando le apetece y a subir el caché cada vez que hiciera falta; es decir, en un artista “moderno”, con todo lo que ello implica. Nunca lo sabremos.

La enfermedad de Mozart -posiblemente una fiebre reumática aguda- actuó con rapidez. Tanta que llegó a confesarle a su mujer que pensaba que le habían envenenado, lo que luego daría pie a la leyenda que todos conocemos. El 20 de noviembre de 1791 tiene que postrarse en la cama aquejado de síntomas terribles. Las barbaridades médicas de la época, concretamente la práctica de la sangría, terminan por dejarle extenuado. Aun en semejantes circunstancias, se esforzó por completar el Réquiem que le había sido encargado por mano anónima. No hubo nada que hacer: falleció en su domicilio de Viena la noche del 5 de diciembre. El resto es historia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Hay que escoger

Hace años comencé a escribir un estudio sobre la arquitectura gótico-mudéjar de Jerez de la Frontera. Estando ya bastante avanzado, la oportunidad de aprobar las oposiciones, mi éxito final en las mismas y el trabajo que se acumuló en el llamado “año de prácticas” me hicieron dejarlo totalmente arrinconado. En varias ocasiones he estado a punto de retomarlo, pero entre una cosa u otra lo he ido dejando pasar. Al final, por razones estratégicas que ahora no hacen al caso, me han dado un ultimátum para entregar el manuscrito: 10 de enero de 2012. Y me pongo a ello.

El problema es que no se puede servir a dos señores. Así que de momento, por falta material de tiempo, tengo que reducir al mínimo mi actividad escribiendo sobre música. Ya he obtenido de Ritmo una “excedencia” para los próximos cuatro meses. Me duele mucho dejar la revista, aunque sea temporalmente, pero el tiempo que invierto en realizar las críticas en condiciones (es decir, escuchando varias versiones de la misma obra y todo eso) lo necesito para no desfallecer del todo. Por eso mismo me veo obligado a reducir sensiblemente la actividad de este blog. Todavía tengo que sacar alguna cosilla que tengo a punto, como una comparativa sobre la Segunda de Rachmaninov que vengo preparando desde hace meses, pero a partir de este momento las “novedades” serán en su mayor parte antiguas críticas y notas al programa que tengo por ahí.

Sí que mantendré la costumbre de escribir sobre todos los espectáculos que vea en directo, para que el blog siga teniendo la utilidad que le dio razón de ser: acordarme en el futuro de qué me ha parecido tal cosa y tal otra. Es decir, la de ser un cuaderno de bitácora propiamente dicho. Discos seguiré escuchando, claro está, pero sobre ellos, y salvo alguna excepción que me parezca oportuna, solo dejaré notas en mi “cuaderno electrónico” personal, como hago siempre y con el mismo objetivo, el de acordarme de las cosas, pero no en el blog. Para este otoño hay que escoger y he escogido. A ver si merece la pena.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Andanzas de Bychkov en Berlín

No sé qué han visto las grandes orquestas para rifarse la colaboración de Semyon Bychkov, un director con talento pero con frecuencia bastante superficial, cuando no tosco, vulgar y hasta de mal gusto. En fin, como dentro de poco le tendremos en España para dirigir la Elektra del Teatro Real –tengo entradas para los dos elencos-, he querido echar un vistazo a dos de los cuatro conciertos protagonizados por el maestro ruso que se guardan en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín, a la que una vez más les recomiendo abonarse (enlace).

El primero de ellos corresponde al 4 de octubre de 2008, y se abre con Theatrum bestiarum de Detlev Glanert (Hamburgo, 1960), página de riquísima y magistral orquestación que, basándose en el Calígula de Camus sobre el que también compondría una ópera, ha sido definida por su autor como “una oscura y salvaje serie de canciones y danzas para la orquesta, en las que la audiencia vierte su mirada sobra la disección del hombre como bestia”. “Miro a las personas como animales porque a veces se comportan como animales”, continúa diciendo. “En Theatrum bestiarum visito un zoológico de seres humanos”. La verdad es que no hacía falta ningún referente programático, porque su intensa comunicatividad, abiertamente expresionista, permiten disfrutar la obra desde el primer compás hasta el último, y más aún con una formación tan rutilante como la Berliner Philharmoniker y una batuta que disfruta con las explosiones sonoras y sabe inyectarles una gran dosis de teatralidad. Un único reparo: en el penúltimo pasaje la partitura recuerda demasiado a La consagración de la primavera.

Las cosas funcionan de manera no tan satisfactoria en la Sinfonía Alpina de Richard Strauss. Manteniendo bien el pulso –los tempi son rápidos-, Bychkov hace gala de un idioma irreprochable, se aparta tanto de los excesos como de la melifluidad y sabe garantizar la brillantez, pero se muestra impersonal, poco atento a la claridad, escasamente creativo e incapaz de destilar poesía en los pentagramas, por lo que el resultado es más bien plano y se echan de menos compromiso y variedad expresiva. Eso sí, impresionante la Filarmónica de Berlín, aunque el resultado interpretativo diste mucho de lo que consiguió lustros atrás bajo la dirección de un tal Herbert von Karajan.

El otro concierto es del 10 de octubre de 2011 y comienza con la Sinfonía para instrumentos de viento de Stravinsky. La visión es muy distinta a la que ofreció Boulez con la misma formación para DG en 1996: Bychkov apuesta por la sensualidad, el misterio y el sabor arcaizante antes que por el ritmo o la incisividad, lo que no le hace ser menos seductor que su colega, al menos con una orquesta de calidad tan increíble. Desaparecen los vientos y llega la cuerda para ofrecernos la Noche transfigurada. La partitura de Schönberg recibe una interpretación hermosa y seductora, desde luego en una línea mucho antes romántica que expresionista, que falla en buena medida por la dirección, y no tanto por el barullo que se forma en alguno de los momentos más extrovertidos como por su tendencia no ya a la ensoñación excesiva, sino al acaramelamiento.

Tampoco Bychkov está muy acertado en la segunda parte con el Concierto para violín º 1 de Shostakovich. Su dirección resulta un tanto deslavazada en el primer movimiento, vistosa en el segundo y solo digna en el tercero, convenciendo bastante más en el último, pero siendo en cualquier caso de brocha gorda y andando escasa de claridad y de atención al detalle. Lo que interesa, y mucho, es Guy Braunstein, concertino de la orquesta desde 2000, a quien hace poco vimos en Ronda y Sevilla –no así en Colonia- “rellenando” los violines de la West-Eastern Divan de Barenboim. Puede que su sonido no posea la solidez y variedad tímbrica de los más grandes que se han acercado a esta página, y de hecho en el primer movimiento hay alguna vacilación, pero en el segundo muestra una técnica formidable y a partir de ahí llega pletórico de virtuosismo a un altísimo nivel -con permiso de Oistrakh, Perlman y Vengerov- de sinceridad y fuerza expresiva. Basta con escucharle la tremenda cadenza para confirmar que estamos ante un solista de primera magnitud. ¡Vaya lujo de concertino!

viernes, 23 de septiembre de 2011

Rey Arturo por Deller: Purcell pionero

PURCELL: King Arthur. “The Masque”, de Timon of Athens.
Solistas. The King’s Musick. Deller Consort & Choir. Dir: Alfred Deller.
Harmonia Mundi, HMG 50252.53
2 CDs. 118’17’’
ADD
Harmonia Mundi Ibérica
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M

Respeto, mucho respeto, es lo que impone este registro de 1978 de King Arthur con Alfred Deller dirigiendo a los conjuntos que el propio contratenor había fundado treinta años atrás. Más tarde han llegado otros artistas que han dicho más y mejores cosas sobre el universo de Henry Purcell, pero sin la labor de estos señores dicha evolución hubiera sido sencillamente imposible. Repárese en la fecha de la que hablamos: aún quedan dos años para el Dido y Eneas de Andrew Parrot, cuatro para el registro de la misma ópera a cargo de Harnoncourt y cinco para el Arthur de Gardiner, pero tenemos aquí un Purcell, completamente “moderno”, es decir, “antiguo”, que se aparta de la senda a ninguna parte de directores como Raymond Leppard -espléndido, no obstante, el primer Dido y Eneas del británico- para ofrecer ya una articulación, una ornamentación y un tratamiento del continuo acordes con lo que la investigación histórica ha aportado sobre el siglo XVII. Pero es que además Deller dirige muy bien, es decir, con buen olfato teatral, elevada musicalidad y ese “puntito” británico tan inconfundible como difícil de describir que le sienta de maravillas a este repertorio, independientemente de que aún se puede ir más allá en sensualidad, elegancia y depuración sonora.

La orquesta funciona a estas alturas bastante bien, sin los problemas técnicos de los historicistas más pioneros, y si al coro se le puede poner alguna pega es por estar en exceso nutrido para la sensibilidad actual. Lo que hasta cierto punto descalifica la interpretación es el equipo de cantantes, de un nivel medio discreto no tanto por su estilo, en general apropiado, sino por sus insuficiencias canoras. Los veinte minutos con la “mascarada” compuesta por Purcell para el Timon de Athens shakesperiano que completan en doble compacto pertenecen a 1976 y no suenan del todo bien; la interpretación, algo seca, tampoco resulta particularmente atractiva.

Una grabación, por tanto, para escucharla con respeto y devoción, como decíamos antes, pero seguramente no para tenerla en la estantería como referencia. Del citado Gardiner a Niquet pasando por Pinnock, hay mucho donde escoger. Y con estos comentarios terminamos nuestro repaso por el más reciente lanzamiento de Harmonia Mundi Gold.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La ONE inaugura el 27 Festival de Alicante

Mi primera visita a Alicante -lamento no haber conocido hasta ahora la ciudad- ha venido motivada por los dos conciertos con que la Orquesta Nacional de España, bajo la dirección de Nacho de Paz, abría el 27 Festival Internacional de Música (web oficial). En ellos, además de varias páginas más o menos recientes, se interpretaban dos obras maestras que me gustan de modo especial: la Sinfonía nº 15 de Shostakovich y la Tercera de Lutoslawski. Aparte de otros atractivos del viaje (impresionante la colección del Ermitage que se ofrecía en el espléndido Museo Arqueológico Provincial), considero que musicalmente el desplazamiento ha merecido la pena. Intentaré, pese a mi desconocimiento de la creación contemporánea, ordenar mis apuntes sobre lo escuchado.

El programa del viernes 16 de septiembre se abría con una página escrita por Jorge Fernández Guerra (web oficial) hace once años, El vuelo de Volland. No me parece que aporte nada en particular, pero su rica tímbrica, su tratamiento agresivo de la percusión, su bien calculada sucesión de tensiones y distensiones y su innegable teatralidad terminan enganchando.Vino a continuación una obra estrenada hace menos de dos años por los mismos intérpretes que la han ofrecido en Alicante, Of thee I sing de Stefan Lienenkämper; en ella el compositor alemán, contando con la participación de una viola d’amore solista y del tratamiento electrónico de este y otros instrumentos, logra una fascinante combinación entre “melodismo” y juego de texturas.

La segunda parte la integraban dos obras de 1971, la Decimoquinta de Shostakovich, que no necesita presentación, y el Fairytale Poem de Sofia Gubaidulina, primera obra orquestal de la compositora tártara, que casualmente fue estrenada -lo apunta Juan Manuel Viana en sus completísimas notas al programa- por quien también presentara la página del autor de La nariz, Maxim Shostakovich, con la que guarda más de un parentesco formal. La verdad es que esperaba más aún de Gubaidulina, porque junto a momentos de un fascinante lirismo hay otros que, dentro de su carácter eminentemente narrativo, resultan más bien insulsos.

El sábado 17 llegó el estreno mundial de Bennu, de Jacobo Durán-Loriga. Me aburrió un poco: sin duda el compositor madrileño (blog) sabe inyectar fuerza, tensión y hasta visceralidad a sus pentagramas, ofreciendo asimismo, dentro de una orquestación bastante densa, unas interesantísimas combinaciones sonoras entre los glockenspiels, pero el resultado me pareció un tanto reiterativo. Vino a continuación Alter Klang, de Benet Casablancas (web oficial), una página en la misma línea de la de su colega pero más comunicativa, con mayor fuerza expresiva y desde luego más virulenta; quizá también algo más larga de lo deseable, porque el discurso se agota antes de que acabe. Su final fue literalmente destrozado por un atrevido -se me ocurren calificativos más adecuados- que empezó a aplaudir en el último compás de la página para demostrar lo bien que conocía la obra.

Ya en la segunda parte, antes de la obra maestra de Lutoslawski, nos llegó una pieza que deriva de una partitura compuesta para el cine, concretamente para El joven Törless (1966) de Volker Schlöndorff: la Fantasía para cuerdas de Hans Werner Henze. Se podría pensar en Psicosis, de Bernard Herrmann, pocos años anterior, pero apenas hay relación: mientras que la página del norteamericano fascina gracias a su originalidad tímbrica y pujanza rítmica, la del alemán lo hace con la tensión polifónica y recurriendo a un melodismo muy hermoso pero nada facilón. Su atractivo es innegable. Sobre la Tercera Sinfonía del polaco no tengo nada que decir: una música tan impresionante como exigente a la hora de su interpretación (enlace).

En este sentido, no tengo reparos en afirmar que la ONE realizó un espléndido trabajo, no solo en esta partitura sino también, y con una sola excepción a la que luego me referiré, a lo largo de las dos sesiones. Buena parte del mérito ha de deberse a Nacho de Paz (web oficial), un señor al que hasta ahora no había escuchado y que me ha parecido rebosante de talento, no sólo por una técnica espléndida -que hubiera algún desajuste fue lo de menos- sino también por su capacidad para dar unidad al discurso, por su manera de inyectar tensión interna -su batuta tiende a subrayar los aspectos “expresionistas” de lo que tiene en el atril- y, sobre todo, por su intensa comunicatividad. Aún debe complementar su elevado sentido del ritmo con una mayor atención al color y las texturas, como también matizar de manera más minuciosa las dinámicas -el joven maestro tiende a las explosiones sonoras-, pero el resultado fue de lo más satisfactorio para tratarse de obras tan complicadas.

¿La excepción? Shostakovich. Y por parte tanto de la orquesta como del director. De Paz ofreció una dirección intensa, comprometida y certera en lo expresivo, con las aristas bien acentuadas, pero los clímax de las dos marchas fúnebres -en los movimientos pares- resultaron demasiado nerviosos, sin grandeza opresiva; además, subrayó excesivamente los timbales en el cuarto movimiento y encalló en la acongojante coda. En cuanto a la orquesta, el problema no estuvo en la sonoridad global sino en la calidad de sus solistas: en una partitura que requiere primeros atriles del más alto nivel, varios miembros de la ONE dejaron en evidencia sus relativas limitaciones. Señalemos, al menos, una admirable excepción, la del concertino Mauro Rossi.

El público resultó muy diverso: un tercio de invitados oficiales, otro tercio de matrimonios mayores que pasaban por allí (delante de mí había una pareja que no paraba de reírse de “esas músicas tan raras”) y un tercio restante de frikis y alternatas varios, que tal vez fuimos los más entusiastas. Desdichadamente no resultamos suficientes para ocupar las butacas del recién inaugurado Auditorio de la Diputación de Alicante, espléndido de acústica además de hermoso en exterior e interior. Por cierto, a ver si lo dotan de instalaciones y personal, porque eso de no existir un lugar donde tomar un vaso de agua -ni siquiera había una maquinita en los servicios- resulta de juzgado de guardia. Y ahora, a esperar que los alicantinos llenen tal contenedor de cosas interesantes, porque si no, apaga y vámonos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Albrecht Mayer y “lo francés”: Bonjour Paris

ALBRECHT MAYER: Bonjour Paris.
Obras de Debussy, Fauré, Françaix, Odermatt, Ravel, D’Indy, Satie y Hahn.
Academy of St. Martin in the Fields. Dir: Mathias Mönius.
Decca 478 2564
74’27’’
DDD
Universal Music Spain
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S

No es fácil alcanzar el punto justo de “lo francés”: la indolencia se puede quedar en sosería, la delicadeza convertirse en blandura, la sensualidad conducir al hedonismo y el colorido pastel hacer más bien “pasteloso” el resultado. Lo consigue sin embargo Albrecht Mayer -primer atril de la Filarmónica de Berlín desde 1992- en este disco grabado el pasado año en el que, haciendo gala de un sonido tan hermoso como alejado de lo dulzón y de una respiración y una agilidad que le permiten frasear con total naturalidad, realiza un recorrido por músicas de carácter más o menos impresionista procedentes de nuestro país vecino (Pavana y Siciliana de Fauré, Gymnopédie nº 1 de Satie, Claro de luna de Debussy, etc.) en arreglos de Chris Hazell. A ellas se añaden una hermosa pieza del suizo Gotthard Odermatt escrita en un estilo similar para el propio Mayer y dos páginas en su orquestación original: la Fantasía sobre temas populares franceses de D’Indy, buena ocasión para que nuestro artista demuestre que sabe moverse igual de bien en partituras con mayor sentido del pathos, y el delicioso “concierto” El reloj de Flora de Jean Françaix, repleto de guiños desenfadados. La Academy of St. Martin in the Fields se revela ideal para esta ocasión, bien dirigida por un tal Mathias Mönius al que, no obstante, se le podía pedir mayor imaginación en obras como la Pavana para una infanta difunta.

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Artículo publicado en el número de septiembre de 2011 de la revista Ritmo.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Bach en la encrucijada: grabaciones de EMI entre 1957 y 1980

BACH: las grandes obras corales.
Solistas. Varias orquestas y directores.
EMI 0 97896 2
11 CDs 746’56’’
ADD
EMI Music Spain
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Las grabaciones que ofrece esta caja, datadas entre 1957 y 1980, pertenecen a un periodo crucial en el desarrollo de la interpretación bachiana en el que los acercamientos “a la romántica” van a ir siendo sustituidos por dos modelos distintos: el historicista de Leonhardt y Harnoncourt que terminará triunfando y el digamos tradicional-renovado de un Richter, un Rilling o un Marriner, al que corresponden la mayoría de los testimonios aquí incluidos.

No es el caso de la Cantata BWV 147 que dirigía en 1957 Geraint Jones al frente de sus mediocres agrupaciones propias, interpretación pesadota, excesiva en el legato, sin duda sensual en los coros pero bastante mediocre en los recitativos; regular los cantantes, entre los que sorprende encontrarse a una aniñada Joan Sutherland. Es sin embargo interesantísima la Misa en Si menor que grabó ya en 1980 el anciano Eugene Jochum: una dirección de texturas y dimensiones brucknerianas, con toda la calidez y el pathos del Bruckner que suele ofrecer este director (sensual el “Qui tollis”, atmosférico “Et incarnatus”, visionario a más no poder el “Sanctus), aunque por momentos más laxo de la cuenta, al menos en los pasajes camerísticos. Entre los solistas destacan Helen Donath y Brigitte Fassbaender.

Se han conservado bien las versiones que grabó en la segunda mitad de los sesenta Wolfgang Gönnenwein, sobre todo por la cálida expresividad que sabe extraer del excelente Süddeutscher Madrigalchor. Es verdad que su Pasión según San Mateo se ha quedado anticuada por su articulación en exceso tradicional, su escaso sentido de los contrastes y su espíritu más “venerable” que dramático, pero la Pasión según San Juan sigue siendo una maravilla. En los dos casos Theo Altmeyer ofrece un excelente Evangelista y Franz Crass un Jesús demasiado rocoso. Sería notable el Oratorio de Pascua a cargo del propio Gönnenwein si no fuera por la mezzo Patricia Johnson.

El Oratorio de Navidad de Sir Philip Ledger, registrado en 1976, sobresale igualmente por la fuerza expresiva de los pasajes corales, aunque la parte orquestal de estos números no ofrezca toda la claridad polifónica deseable. Robert Tear se ve lastrado por la fealdad de su voz, Elly Ameling y Fischer-Dieskau dan buena cuenta de su arte y la excelsa Janet Baker, elegantísima, resulta un punto distanciada. El Oratorio de la Ascensión por el propio Ledger resulta algo más laxo de la cuenta, triunfando en los coros inicial y final. Y extraordinario el Magnificat que grabó en 1968 un tal Daniel Barenboim, una interpretación animada y contrastada, vibrante cuando debe, con garra dramática y enorme vuelo lírico en los pasajes introvertidos.

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Artículo publicado en el número de septiembre de 2011 de la revista Ritmo.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...