domingo, 28 de marzo de 2010

Koopman y La pasión según San Mateo, en DVD

Si alguien me preguntase por una versión ideal para acercarse por primera vez a esa obra maestra absoluta que es La pasión según San Mateo, le respondería que, dentro de mis limitados conocimientos sobre la discografía bachiana, me parece ideal el DVD (hay edición paralela en CD) que recoge la interpretación ofrecida los días 22 y 23 de marzo de 2005 en la iglesia de St. Joriskerk de Amersfoort por el gran Ton Koopman y su Coro y Orquesta Barroca de Amsterdam. Por varias razones.

La primera, que suena francamente bien, sobre todo por un 5.1 auténtico que recoge fielmente, si se reproduce en un equipo multicanal, la acústica del templo. La segunda, que cuenta con la gran ventaja de ver al mismo tiempo que se oye, circunstancia que tiene mucho interés a pesar de -lástima- la disposición no antifonal de las dos orquestas y sus respectivos coros en esta ejecución. La tercera, que se incluyen subtítulos en castellano. La cuarta, que el precio es muy razonable, el mismo que el de dos compactos de serie cara. Y la quinta, que se trata de una muy buena interpretación, irreprochable desde el punto de vista filológico -que haya mujeres en vez de únicamente niños me parece una sabia elección-, expuesta con gran perfección formal y admirable gusto expresivo.

Una notable interpretación, sí, y estupenda para acercarse por primera vez a la partitura… aunque a mi modo de ver no llega a lo excepcional. En parte la culpa la tienen los solistas vocales, que no alcanzan ese más allá expresivo que demanda la hondura extraordinaria de la creación bachiana. Está muy bien Jörg Dürmüller, Evangelista de línea irreprochable y excelente gusto, muy alejado de las blanduras y amaneramientos de algunos nombres más conocidos. Pero Ekkehard Abele es un Cristo monocorde, Cornelia Samuelis y Bogna Bartosz se limitan a exponer sus arias con solvencia, el ya veterano Paul Agnew no se termina de comprometer en lo expresivo y Klaus Mertens, nombre habitual junto a Koopman, se ve lastrado por una voz demasiado clara y muy corta en el grave.





Pero creo que el director tampoco termina de dar en el clavo, pues aunque su lectura hace gala de esa espiritualidad llena de naturalidad y sinceridad, sin afectación alguna, que en él es habitual al recrear el repertorio sacro, se desprende de esta interpretación una cierta sensación de distanciamiento, cuando no de frialdad. El problema no es de tempi: aunque son bastante rápidos (154 minutos le dura la obra, todo un récord) no se percibe ninguna precipitación. ¿Se trata, quizá, de la sobriedad y la adustez propias del barroco holandés de corte digamos “calvinista” a la que Koopman, pese a ser católico, pertenece? Tampoco es eso exactamente, porque la antigua grabación del artista, registrada en 1992 para el sello Erato, estaba dirigida de manera extraordinaria, con mayor hondura y calidez. Quizá sea tan solo que en esta interpretación él y sus músicos no estuvieron del todo inspirados y no se detuvieron a paladear las innumerables bellezas de los pentagramas. Cosas que pasan.

De ahí que si esta grabación me parece, insisto que en su formato de DVD, ideal para acercarse a la obra, la última de Philippe Herreweghe (Harmonia Mundi) sigue siendo mi preferida, contando no sólo con la dirección sino también con los solistas vocales, para disfrutar de toda su enorme belleza. Klemperer aparte, claro, pero ese es otro mundo muy distinto.

viernes, 26 de marzo de 2010

El mejor Jansons posible: Poulenc y Honegger

Si el concierto que le escuché hace poco en Murcia (enlace) mostró, como dije en su momento, al peor Mariss Jansons posible, este disco que he vuelto a repasar con sumo placer ofrece la mejor cara del director letón. No en balde la Tercera Sinfonía, "Litúrgica", de Arthur Honegger es una de sus grandes especialidades, como ya dejó entrever en su primera grabación, la realizada para el sello EMI en 1993 frente a la Filarmónica de Oslo, y como volvió a demostrarnos a quienes estuvimos en los Proms de 2007 frente a la Orquesta de la Radio Bávara.



La interpretación que nos ocupa la registró junto con su fabulosa Orquesta del Concertgebouw en 2004. La fuerza expresiva, la tensión y hasta la rabia presiden esta fogosa pero en absoluto descontrolada versión, en la que el obvio interés por impactar e incluso por acumular decibelios no empañan la sinceridad que emana de una batuta que, en el segundo movimiento, sabe ser también lírica y hasta sensual, aun siempre desprendiendo un gusto amargo; precisamente eso es lo que ocurre en el final, emocionante a más no poder. Sobrecogedores por su parte los clímax de los movimientos extremos.

Grabada en 2005, la interpretación del Gloria de Poulenc resulta una apuesta arriesgada en la que Jansons consigue borrar toda frivolidad de la página y llenarla de fuerza expresiva, emoción y hasta garra dramática. Robusta y corpulenta en su sonoridad, gustará poco los que prefieren una línea francesa ortodoxa: a mí desde luego me ha encantado. Muy bien la Orgonasova, que sabe sintonizar con la espiritualidad anhelante de la batuta en un "Qui Sedes" que suena lleno de misterio. Estupendo el Coro de la Radio de Holanda.

La calidad técnica de estos registros, como la mayoría de los editados en el sello de la propia orquesta, no es del todo irreprochable, sobre todo en el caso del Poulenc, que suena algo turbio. Por fortuna la audición en SACD (especialmente si se reproduce en multicanal) compensa las referidas limitaciones. Recomiendo la compra -se vende a buen precio- con entusiasmo.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Discografía de las sinfonías de Brahms (XVI): Muti, más forma que fondo

Riccardo Muti registró su integral sinfónica de Brahms entre 1988 (Segunda, Cuarta, Oberturas) y 1989 (resto). Dudo que haya una sola grabación que técnicamente supere con claridad a esta en definición tímbrica, equilibrio de planos y naturalidad. Dudo también que alguna vez se hayan ejecutado aún mejor estas partituras, tal es el grado de virtuosismo y flexibilidad de la prodigiosa Orquesta de Philadephia, que quien por entonces era su titular maneja con asombrosa plasticidad y obteniendo un sonido puramente brahmsiano, oscuro y empastadísimo. Y ello sin menoscabo alguno de la claridad instrumental, antes al contrario: esta es una de las integrales en la que mejor se oyen todas y cada una de las líneas del discurso, merced a una batuta que, sin perder de vista la arquitectura global ni caer en el rebuscamiento, disecciona la partitura con extrema minuciosidad. El maestro milanés dirige además con su habitual brillantez, con enorme ortodoxia y apartado de cualquier tipo de preciosismo sonoro. Sin embargo, pese a sus enormes virtudes, esta es una integral no muy convincente.

El problema es que Muti parece no sintonizar con el universo brahmsiano. Los aspectos épicos en general están bien servidos, con la brillantez y el carácter implacable -un tanto toscaniniano- habituales en su batuta, pero el trasfondo humanístico de las partituras, que ha de manifestarse a través de un fraseo muy concreto -tierno y cantable al tiempo que muy flexible- y de una atmósfera de considerable densidad, queda en general (con unan excepción que al final diremos) un tanto desdibujado. Al mismo tiempo, la hondura trágica y desgarrada en la que Brahms se sumerge sin perder nunca de vista el maravilloso equilibro “clásico” de la forma parece no interesar demasiado a Muti, cuyas versiones terminan resultando tan sólidas como superficiales, por no decir insinceras, aun todo ello -es necesario insistir- dentro de un nivel técnico absolutamente portentoso y haciendo gala de una irreprochable musicalidad.

Tras una introducción más bien lineal, el movimiento inicial de la Primera Sinfonía sale muy bien parado: vibrante, directo, musculoso y con mucha fuerza, aunque en la misma línea (pienso ahora en Solti) cosas mejores se han escuchado. Los dos centrales resultan por el contrario de una aséptica corrección, mientras que el emblemático movimiento final, escasamente matizado y no muy emotivo, llega a aburrir por momentos.

La Segunda recibe una interpretación de asombrosa claridad (se oye todo, todo) pero no muy centrada en lo expresivo. El Allegro non troppo resulta más bien indiferente hasta alcanzar los clímax centrales, muy bien planteados y resueltos; a partir de ahí alcanza una fuerza apreciable, ya que el vuelo lírico necesario. Tampoco es precisamente emotivo el segundo movimiento, aunque se agradece la ausencia de blandura y resulta interesante su enfoque dramático, por momentos encrespado. El Allegretto grazioso está llevado con muy buen pulso pero asimismo muestra una notable flexibilidad. El cuarto movimiento, finalmente, permite a Muti lucir todo el brío y la electricidad que caracterizan a su batuta, pero el maestro pasa un tanto de largo ante los claroscuros y termina dando la impresión de que dirige de cara a la galería.

La Tercera conoce en manos de Muti una recreación mucho antes épica que trágica, lo que no me parece lo ideal aunque tampoco resulta censurable semejante enfoque. Los movimientos extremos están, dentro de esa línea, bastante bien llevados, aunque el final de la obra debería ser menos lineal. En los dos centrales la sensación de indiferencia expresiva vuelve a evidenciarse, si bien se termina imponiendo la sobria belleza con que el maestro los hace sonar.

De las Variaciones Haydn se nos ofrece una versión un tanto fría y superficial, poco comunicativa, amén de escasamente personal o creativa, pasando Muti de largo por la mayoría de las variaciones sin matizarlas en lo expresivo.

La Obertura Académica recibe una lectura desconcertante. Sus cinco primeros minutos son pura rutina. A partir de ahí, Muti empieza a jugar con la agógica sin ofrecer una clara arquitectura global, alternándose momentos de mucho brío -aunque no muy espiritosos- con otros indiferentes e incluso sin pulso. El final es amplio y solemne mucho antes que festivo.

De la Obertura Trágica Muti ofrece, como no podía ser menos, una interpretación extrovertida, con garra dramática, pero quizá en exceso sobria y no muy profunda, más atenta al despliegue de las tensiones -por lo demás muy bien resueltas- que a la atmósfera: algunos pasajes que deberían estar más matizados.

¿Y qué pasa con la Cuarta Sinfonía? Aquí Muti se desmarca del resto de la integral y opta por un enfoque lírico y contemplativo, otoñal incluso, teñido de una evidente espiritualidad. De este modo, sin renunciar en absoluto a la tensión sonora y moderando solo un poco la garra dramática de los clímax, suaviza las aristas y frasea con mayor flexibilidad y creatividad que en las otras sinfonías, añadiendo una dosis de melancolía y de ternura en ellas ausente. Aun así, sigue faltando un último punto de compromiso expresivo: Giulini demostró en sus grabaciones -sobre todo en la de Viena-cómo se puede compaginar este enfoque digamos maduro, reflexivo y filosófico, con una gran dosis de esa tragedia que Muti no se atreve a mirar cara a cara.

lunes, 22 de marzo de 2010

Chailly aborda los Bandemburgo

Aunque prefiero el repertorio barroco "con instrumentos originales", no tengo el menor reparo en disfrutar un Bach en plan “tradicional” siempre y cuando se respeten unas mínimas pautas estilísticas. En ese sentido no hay ningún problema en este registro en público de los Conciertos de Brandemburgo realizado en noviembre de 2007 (gran osadía para los tiempos de rigor historicista que corren) en el que Riccardo Chailly se pone al frente de nada menos que la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig: la plantilla escogida es pequeña -nada que ver con lo que hacían Karajan y compañía tiempo atrás-, la articulación es ágil, el vibrato se encuentra muy moderado y se presta la suficiente atención al continuo. Los instrumentistas, ni que decir tiene, son de un virtuosismo encomiable y de una elevada musicalidad. Pero la versión no termina de convencer.

El problema es doble. El primero resulta más bien de orden estilístico: el milanés sustituye la teatralidad y el sentido de los contrastes del barroco por una frivolidad, una coquetería y una lánguida ensoñación que parecen más apropiadas para ciertas manifestaciones del Rococó que para el pleno barroco -a medio camino entre Italia, Francia y Centroeuropa- en el que estas seis magistrales creaciones se insertan. El segundo es diferente: los artistas, aun mostrándose en general cálidos y musicales, no abordan esta música siempre con convencimiento, sino bordeando a veces la indiferencia, cuando no la mera desgana. Los resultados son irregulares, incluso decepcionantes.

Es quizá el Concierto nº 1 el que sale mejor parado, con un primer movimiento que suena con la densidad y el vigor suficientes, un segundo no del todo poético en el que el violín parece algo desvaído, un tercero admirable por su entusiasmo y un cuarto dicho con tanta calidez como musicalidad. Y en él podemos ya admirar el clave de Michael Schoenheit, que ornamenta muy ricamente aunque quizá con una excesiva coquetería, como hace en el resto de los Brandemburgo.

Mucho peor parado sale el Concierto nº 2: el Allegro inicial resulta cuadriculado y no muy claro en su polifonía, el Andante le queda desvaído y el Allegro assai resulta rápido, precipitado y hasta machacón. Las cosas vuelven a mejorar con el Concierto nº 3, que recibe una interpretación cálida y musical, sobresaliendo un primer movimiento con más que suficiente ímpetu -y nada precipitado- y un tercero muy bien llevado, quizá no todo lo teatral que debiera. Falla el segundo, una dulzona improvisación fuera de estilo a cargo del violín de Sebastian Breuninger.

Continúan las irregularidades en el Concierto nº 4. El Allegro resulta amable y con algún punto de blandura poco conveniente. El Andante no solo no resulta muy poético sino que llega a parecer desganado. El Presto sí parece muy sólido, alcanzando un adecuado equilibrio entre introversión y extroversión.

No me convence el Concierto nº 5 pese a la enorme agilidad del clavecinista. El Allegro me parece un tanto precipitado, y por momentos de una ingravidez realmente molesta. El Affettuoso les queda a Chailly y los suyos más bien soso. El Allegro final resulta ágil y luminoso, aunque también algo pimpante, acorde con el tono coqueto de toda la interpretación. Habrá en cualquier caso personas que disfruten con semejante óptica de la obra.

Tampoco interesa el Concierto nº 6, excepción hecha de un primer movimiento que sabe ofrecer la la densidad sonora exacta, sin asomo de pesadez. Pero el Adagio ma non tanto me parece no ya dulzón sino gangoso, mientras que el Allegro final me resulta un tanto apagado. El clave se muestra ágil y ornamenta con riqueza, pero de modo más bien coqueto.

Habida cuenta de que el doble compacto aparece en serie cara, ¿a quién recomendar este disco? A los talibanes del historicismo desde luego que no. A los del adagiokarajan menos aún. Y a los amantes del que podemos llamar “estilo Leppard”, para entendernos, creo que tampoco: dentro del mismo enfoque "amable" de Chailly, Marriner y sus muchachos lo hicieron en su momento bastante mejor. Ya sé: grabación ideal para los abonados a la Orquesta del Gewandhaus. Yo seguiré teniendo como interpretaciones de cabecera las de Goebel (Archiv) y las del citado Leppard (Philips), tan diferentes entre sí pero igualmente maravillosas, aunque no me olvidaré de las de Koopman (Erato) ni de la recreación de algunos conciertos concretos por Pinnock, Alessandrini o Valetti.

sábado, 20 de marzo de 2010

Turandot por Sinopoli: gratis y maravillosa

Permítanme que les recomiende que acudan al eMule y descarguen la Turandot de Giuseppe Sinopoli. La única que se conserva del maestro, que como es bien sabido no llegó a llevar la obra al disco. Se trata de una toma radiofónica (buen sonido a pesar de estar comprimido en MP3) correspondiente a una versión de concierto que tuvo lugar el 31 de marzo de 2001 en el que el malogrado director veneciano se puso al frente de la Orquesta y Coro de la Radio Nacional Danesa para demostrar lo mucho que amaba y dominaba la escritura de Puccini. ¡Y vaya si lo logró!


¿Virtudes? Una enorme frescura, una gran capacidad para la narración y un desarrollado sentido teatral que despegan a su lectura de una mera interpretación de concierto para mantener en vilo al oyente -no hay lugar para el aburrimiento- y hacerle recrear la historia con la sola fuerza de la música. Un fraseo flexible pero alejado de cualquier amaneramiento que sabe inyectar una irresistible electricidad, un contagioso sentido del ritmo y una fuerza dramática por momentos áspera y rebelde, características todas ellas muy adecuadas a esta partitura no poco stravinskiana. Una riquísima paleta de colores y texturas en la que se subrayan los timbres más incisivos y aristados, todo ello sin caer en la tosquedad sonora y consiguiendo al mismo tiempo una claridad asombrosa. Y, finalmente, un irreprochable estilo que sabe ofrecer toda la modernidad de la partitura, alejándose de la retórica digamos "romántica" de por ejemplo un Karajan (enlace) y de cualquier tentación de ampulosidad, sin despegarse en absoluto del vuelo lírico, emotivo y cantable, de la maravillosa inspiración pucciniana.

Imposible pormenorizar sobre cada uno de los hallazgos que trufan esta sensacional recreación, pero no me resisto a citar la primera aparición del tema del "Nessun dorma" al final del segundo acto ("dimmi il mio nome"), que alcanza una sensualidad estremecedora, y el mágico comienzo del acto siguiente, en el que el maestro realiza un revelador análisis de las texturas. La orquesta se porta muy bien y el coro realiza una irreprochable labor.

Las voces alcanzan un estimable nivel. Meritorio trabajo el de Alessandra Marc, que no solo tiene la voz de Turandot y canta solventando los terribles escollos de su parte sino que además ofrece toda la rabia alucinada propia de la princesa; sus aspectos más delicados y vulnerables, que obviamente existen, quedan por desgracia desdibujados. Johan Botha ofrece un Calaf más interesante en el plano vocal que en el expresivo. Hei-Kyung Hong hace una Liú rutinaria, pero al menos evita toda ñoñería. Stphen Milling aporta su profesionalidad a Timur y las máscaras están bien. La presencia del enorme Nicolai Gedda como Altoum es más que testimonial: lo hace mejor que otros cantantes más jóvenes que se enfrentan al pequeño rol.

Por favor, no dejen de escuchar esta grabación que se convirtió en el testamento musical de un enorme director pucciniano: tan solo tres semanas después, Giuseppe Sinopoli fallecía de un infarto en Berlín mientras dirigía Aida.

jueves, 18 de marzo de 2010

Gilbert & Sullivan: The Mikado, en Naxos

Gilbert y Sullivan: The Mikado
Darrel Fancourt, Leonard Osborn, Martyn Green, Richard Watson.
New Promenade Orchestra. Dir: Isidore Godfrey
Naxos, 8.110176-77
2 CDs - 82’43’’
Ferysa
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Una consulta en Internet nos permite conocer que existen nada menos que treinta y nueve grabaciones en audio de El Mikado, excluyendo películas y retransmisiones radiofónicas y televisivas no trasladadas a otro soporte. ¿A qué se debe semejante éxito?

Musicalmente es irregular, pues junto a números francamente buenos -es decir, divertidos y pegadizos- hay otros más bien olvidables. Quizá el secreto resida en su escasez de pretensiones: lo que interesa al fin y al cabo es la diversión, por no decir el cachondeo. Obviamente las referencias a circunstancias concretas de la Inglaterra victoriana no funcionan hoy, pero en conjunto la sátira sigue vigente. Las cosas no han cambiado tanto desde 1885.

Esta versión fue grabada por Decca en 1950 a la manera de remake de la que la propia The D’Oyly Carte Opera Company, máxima especialista en la materia, había realizado en 1936 contando con los nombres habituales de la casa, entre ellos el divertido Martin Green. El resultado es más que correcto -a pesar del insuficiente tenor-, si bien ayuno de chispa y picardía. Se echa de menos el libreto y un buen glosario para pescar los gags más resbaladizos, pero eso tiene fácil solución buscando en la Red de Redes (enlace).

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Artículo publicado en el número de diciembre de 2001 de la revista Ritmo.

martes, 16 de marzo de 2010

Gergiev y las sinfonías de Shostakovich: primera y última

SHOSTAKOVICH. Primera Sinfonía. Decimoquinta Sinfonía. Orquesta del Mariinsky. Dir: Valery Gergiev.
Mariinsky MAR0502
SACD 75’ 52’’
DDD
Harmonia Mundi Iberica
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De la integral que de las sinfonías de Shostakovich empezó a grabar para Philips al frente de su Orquesta del Kirov/Mariinski el mediocre Valery Gergiev, un director de brocha gorda y mucho más aparatoso que sincero, sólo quedaron registradas de la Cuarta a la Novena. El proyecto continúa ahora en el sello recién fundado por el mítico teatro de San Petersburgo con interpretaciones de la Primera y Decimoquinta grabadas en julio de 2008, con toma sonora de apabullante naturalidad, en su nueva y flamante sala de conciertos.

Por fortuna el director ruso ha moderado su tendencia a la vulgaridad y ofrece interpretaciones bien sonadas, llevadas con pulso firme y dichas sin aspavientos sonoros. Convence sobre todo en su lectura de la Primera Sinfonía, de la que realiza una interpretación mucho antes romántica que expresionista, es decir, más en la línea de un Bernstein que en la de un Rozhdestvensky, por citar a los más grandes recreadores de la página (enlace). En la Decimoquinta no terminan de convencer un Adagio con intervenciones algo sollozantes (los solistas no son de primera fila) y, sobre todo, un movimiento final dicho de pasada, sin matizar apenas en lo expresivo y sin profundizar en sus múltiples significados. La competencia de Sanderling resulta aquí imbatible.

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Artículo publicado en el número de febrero de 2010 de la revista Ritmo.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...