lunes, 30 de junio de 2014

El último Schubert sinfónico de Giulini

He conseguido por fin un disco del que llevaba detrás desde hace años: Sinfonías nº 4 “Trágica” y nº 7 u 8 –según ustedes prefieran– “Incompleta” de Franz Schubert, en interpretaciones registradas por Carlo Maria Giulini y la orquesta Sinfónica de la Radio Bávara para el sello Sony en febrero de 1993 y abril de 1995 respectivamente. Es decir, el último Schubert sinfónico grabado por el maestro italiano, y precisamente de páginas de las que en 1978 había realizado sendas portentosas recreaciones para Deutsche Grammophon frente a la Sinfónica de Chicago. La comparación resulta inevitable.

Schubert sinfonias Giulini Sony

El enfoque de la Sinfonía nº 4 sigue siendo el mismo de su grabación anterior, es decir, tener muy presente el subtítulo de la pieza, que ha de sonar precisamente eso, trágica ante todo, pero sabiendo alcanzar ese carácter a través de un envoltorio formal de enorme belleza y perfecto equilibrio. La tragedia no debe afectar este espíritu clásico, apolíneo si se quiere, aunque tampoco debe haber lugar para la trivialidad, la delectación sonora o el preciosismo.

Ahora bien, la evolución del maestro a lo largo de estos años se nota con claridad, tanto en los tempi, siempre más lentos con la excepción del Menuetto –ligeramente más veloz–, como en un concepto menos riguroso, menos dramático, con más espacio para el lirismo humanista típicamente giuliniano. Así las cosas, el desarrollo de los movimientos resulta un tanto irregular, defraudando el Adagio Molto de la introducción, ahora más rápido y bastante menos concentrado, para pasar a un Allegro Vivace que resulta considerablemente más lento que el anterior y no posee tanta garra; incluso en lo sonoro resulta más masivo de la cuenta, y eso que la Sinfónica de Chicago era aún más poderosa que la orquesta muniquesa. Hasta aquí, la interpretación anterior era preferible.

En el segundo movimiento de la Trágica, por el contrario, salimos ganando: ahora sí aparecen, combinados con el amargor aquí imprescindible, esa emotividad, esa luz cálida y esa sensualidad que en 1978 se echaban algo en falta, si bien hay quien puede preferir los acentos incisivos y rebeldes de la interpretación registrada para DG. El Menuetto ha ganado algo en encanto, y quizá también resulta preferible en esta grabación de Sony. El Allegro final resulta ahora más flexible, más atento a la atmósfera y a la cantabilidad, pero en esta ocasión preferimos la interpretación de Chicago por el carácter apremiante, nervioso en el buen sentido y lleno de tragedia que entonces se conseguía (¡milagrosamente!) sin la más mínima pérdida del equilibrio formal y de la belleza sonora.

En cuanto a la Incompleta, la interpretación de Chicago conseguía un portentoso equilibrio entre lo apolíneo y lo trágico, esto es, entre la belleza sonora, el lirismo cantable y la efusividad humanista por un lado, y la garra dramática y la hondura reflexiva por otro. En esta nueva interpretación ese equilibrio se rompe ligeramente en favor de los aspectos más líricos de la obra. Esto no significa que el maestro baje la guardia; el amargor que desprende su interpretación sigue siendo evidente y los clímax alcanzan, mediante una muy sutil gradación de tensiones, una fuerza impresionante.

Pero sí es cierto que aquí hay una dosis mayor de misterio, de sensualidad, digamos que de “ternura schubertiana”, haciendo el maestro de Barletta cantar a la orquesta bávara con ese legato que solo él sabe conseguir. En este sentido, esta es la típica recreación (Giulini estaba a punto de cumplir setenta y nueve) “de anciano director”: trascendida y altamente desmaterializada, dicha desde más allá del bien y del mal, aportando una mirada sobre el ser humano que recopila todas las experiencias de una vida y las sintetiza convirtiendo el acto interpretativo en una reflexión filosófica a través de la belleza.

La orquesta está espléndida, siempre trabajada con claridad pero con ese empaste central típico de Giulini; los solistas, musicales a más no poder. En cuanto a la toma de sonido de las interpretaciones muniquesas, fue realizada en sendos conciertos ofrecidos en la Herkules-Saal con resultados francamente satisfactorios, pero la realizada aún en tiempos analógicos por los ingenieros de DG en 1978 eran aún superiores.

¿Conclusión? Las interpretaciones con la Sinfónica de Chicago son absolutamente imprescindibles para cualquier melómano, mientras que las de este disco registrado en Múnich son “solo” para admiradores de Giulini... que somos miles. Lo acaba de reeditar Sony Classical en una caja de veintidós compactos. Dicho queda.

sábado, 28 de junio de 2014

¡Salvemos el Palacio de la Música!

Creo que el vídeo no necesita mayores comentarios. En cualquier caso, creo que es bastante suave con quienes están conchabados (Ayuntamiento, Caja Madrid, Mango) para cometer semejante atentado contra la cultura y el patrimonio.

jueves, 26 de junio de 2014

La Décima de Mahler de Clinton Carpenter por Zinman

Sigo muy bajo de ánimo y, por ende, escuchando música ominosas. Vuelvo a la Décima de Mahler: tras la de Rattle con la Filarmónica de Berlín que comenté la semana pasada, ahora la de David Zinman con la mítica Tonhalle de Zúrich, registrada por los ingenieros de la RCA en 2010. La he podido escuchar, por cierto, en formato SACD: las frecuencias graves suenan gracia a éste con enorme relieve, pero la toma sonora dista de convencer, por resultar distante y extraña. En cualquier caso, ni sonido ni batuta me interesaban tanto como la edición que realizó musicólogo norteamericano Clinton Carpenter (1921-2005) en 1949, con revisión de 1966, a ver cuál era su propuesta para reconstruir la fascinante partitura inacabada mahleriana.

Symphony no.10 Cover

Pues bien, debo decir que no me ha convencido en absoluto, no solo por el modo aparatoso, decibélico e insincero de rellenar las partes que faltan, sino también por las innecesarias –incluso vulgares– aportaciones que realiza a las que fueron completadas por el propio Mahler. Eso sí, resulta curioso escuchar un cuarto movimiento –el segundo Scherzo– muy distinto de lo habitual.

Se da la coincidencia de que este movimiento es el único que se salva desde el punto de vista interpretativo, porque los dos extremos están dirigidos por Zinman de manera deslavazada –por momentos llegan a sonar canijos–, el segundo resulta de una blandura por completo inaceptable y en el tercero (“Purgatorio”) hace el ridículo con su fraseo trivial, cursi y saltarín. A todas luces, una mala dirección, y probablemente una de las más desafortunadas interpretaciones mahlerianas que he escuchado en mi vida. Tiempo perdido, disco a olvidar.

sábado, 21 de junio de 2014

La Turandot de Mehta, y punto

Teniendo mi butaca en la fila 1 del segundo piso justo encima del foso, atendí poco a lo que pasaba sobre el escenario del Palau de Les Arts en la función del pasado domingo día 15 de junio. Miré la mayor parte del tiempo a donde esa noche había que mirar: allí estaba Zubin Mehta, el más justamente celebrado intérprete de Turandot desde que Puccini escribiera –y no terminara, ay– esta obra maestra absoluta, ofreciendo frente a una orquesta condenada a la pérdida de su aún extraordinaria calidad, la más que probable última función operística en la ciudad del Turia tras ser ninguneado por los políticos que gobiernan la Comunidad Valenciana.

Zubin Mehta

Puede que no fuera esta la más depurada, la mejor planificada en sus tensiones ni la más creativa de las interpretaciones de Turandot a cargo de veterano maestro indio, sin duda volcado esa noche a ofrecer decibelios y espectacularidad en grandes dosis, pero aun así fue una enorme, impresionante recreación de la partitura pucciniana. Mehta domina los resortes técnicos y expresivos de esta obra a la perfección: el asombroso sentido del ritmo, el colorido riquísimo y variado en sus texturas –desde la tersura hasta la incisividad, sin restar un ápice de modernidad a la escritura–, el sentido de la opulencia , la brillantez y el refinamiento sin verse tentado por el exhibicionismo gratuito –en el que sí caía Karajan, por ejemplo-, la manera de mantener el pulso dramático sin perder de vista la riqueza de matices… Pero es, sobre todo, la portentosa manera de conjugar brutalidad y vuelo lírico, exotismo y canto italiano, energía y sensualidad, tradición y vanguardia, todos esos elementos en principio contradictorios que otorgan a esta obra su fascinante condición, lo que convierte a la dirección del maestro indio en una incuestionable referencia.

Estar la mayor parte del tiempo fijándome en él me permitió además verificar el extremadamente minucioso control que Mehta posee tanto sobre los cantantes como sobre cada una de las secciones y solistas de la orquesta: la batuta marca con claridad y asombrosa precisión mientras que la mano izquierda, utilizada en contadas ocasiones, corrige detalles el vuelo. Ni que decir tiene que la Orquesta de la Comunidad Valenciana estuvo entregadísima y que el coro, aunque haya estado quizá aún mejor en otras ocasiones, mantuvo un admirable nivel en su difícil parte. Un verdadero festín sonoro, en definitiva, que tuve la fortuna de tener a unos metros debajo de mí y de disfrutar con una mezcla de gozo y abatimiento –por saber que esta es la última vez que escucho algo así en directo– difícil de explicar. Estuve muy emocionado.

El rol titular corrió a cargo de Lise Lindstrom. La verdad, es un gustazo ver una Turandot esbelta y guapa. Y escucharla en una voz menos pesada de lo habitual, y por ende más maleable y adecuada para ofrecer matices canoros. El problema es que el instrumento posee, dentro de esta línea lírica, muy obvias desigualdades: agudos formidables, centro sin mucho interés y graves inexistentes, lo que significa, entre otras cosas, quedarse cortísima en la escena de los enigmas. La soprano estadounidense tampoco parece el colmo de la emotividad, así que su “princesa de hielo”, siendo buena, se quedó un poco a mitad de camino. Prefiero a la Guleghina en el DVD de esta misma producción, también con Mehta.

Jorge de León me entusiasmó en Pagliacci hace unos meses. Como Calaf me ha interesado menos, por lo de siempre: el tenor canario sabe que posee un agudo squillante que lo levanta a uno de su asiento, lo luce apoyándose en un fiato de gran amplitud y canta con luminosidad, arrojo y una enorme comunicatividad, pero no termina de pulir su técnica, que aún flojea en unos cuantos aspectos, y además descuida los aspectos más digamos “belcantistas” de lo que se le pone por delante. ¿Ha pensado este señor alguna vez en ofrecer un pianísimo? En cualquier caso, y aun haciéndolo por la vía más directa y menos trabajada, terminó triunfando con todo merecimiento. 

Solvente sin más Jessica Nuccio, una chica que intenta cantar bonito con una voz insignificante; incomprensible que Mehta parase la orquesta para propiciar el aplauso tras un “Signore, ascolta” del montón. Encuentro preferible a Hyun Kyung, que fue la Liú que pude escuchar cuando vi esta producción en 2009 bajo la batuta de Patrick Fournillier: también con poquita voz pero intérprete mucho más musical. ¿Por qué no se la ha contratado otra vez? Repitió Alexánder Tsymbalyuk como Timur: sonoro y muy notablemente cantado. Los demás cantantes cumplieron con solvencia, pero ahí quedó la cosa.

Sobre la vertiente teatral de la velada, me reafirmo por completo en lo que escribí en este mismo blog en su momento:

“La producción escénica, en sí misma, no me ha parecido gran cosa. Su interés es mayormente plástico: la escenografía de Liu King resulta muy vistosa y el vestuario de Chen Tong Xun es una preciosidad. Me interesa bastante menos la dirección de Chen Kaige, primer trabajo escénico del director de Adiós a mi concubina, pues aunque tiene la virtud de no salirse de madre, no sólo no aporta nada en particular (lo de la princesa de incógnito entre el pueblo no pasa de la anécdota) sino que además ofrece unas soluciones convencionales para el movimiento de solistas y masas.”

Hay que aclarar que en directo, por razones obvias, la vistosidad es aún mayor, y que a la postre la seducción de los ojos es tal que se termina perdonando la débil concepción teatral de Chen Kaige, en la que –lo debo añadir ahora– además hay algunos detalles que se nos podía haber ahorrado en esta reposición. Daba igual: esta era la Turandot de Zubin Mehta, y punto.

Los aplausos finales fueron apoteósicos, muy particularmente para el maestro de Bombay. Le llovieron rosas desde el foso y pétalos por parte del coro y del teatro. Hasta Helga Schmith salió a entregarle un ramo de flores. Le quieren en la casa y le quiere el público, pero los políticos necesitaban quitárselo de encima. Lo han conseguido.

Una cosa más: me parece una decisión muy desafortunada por parte de Mehta despedirse de Valencia grabando con los conjuntos de Les Arts una Turandot protagonizada por ese mamarracho de cantante que es Andrea Bocelli. Resulta triste pensar que pueden tener razón los que afirman que lo que más le interesa al maestro es llenarse los bolsillos.

miércoles, 18 de junio de 2014

La Décima de Mahler por Rattle

Me encuentro hoy, por diversas circunstancias personales que no hacen al caso, más bien bajo de ánimo, así que en lugar de terminar de escribir unos comentarios sobre la Turandot de Zubin Mehta en Les Arts, me he puesto a escuchar una música acorde con mi situación actual: la Décima de Mahler, obviamente en su “versión ejecutable” en cinco movimientos firmada por Deryck Cooke, que es la que más me convence.

La interpretación escogida ha sido la de Sir Simon Rattle con la Filarmónica de Berlín registrada por los ingenieros de EMI, en vivo, los días 24 y 25 de septiembre de 1999, que había escuchado hace bastantes años y quería volver a repasar. Y es que en su momento no me dejó particular huella, mientras que hace unos meses pude conocer la que grabó para el mismo sello en junio de 1980 (¡diecinueve años atrás, nada menos!) con la Sinfónica de Bournemouth y me gustó mucho. De esta última tomé los siguientes apuntes:
“Lectura fresca, juvenil, extravertida, llena de vitalidad, pero muy controlada, siempre atenta al contenido dramático de la pieza y ajena a la blandura, el narcisismo o la ensoñación. A destacar la riqueza e incisividad del colorido, así como la notable claridad y el buen pulso global. El primer movimiento presenta quizá excesivas fluctuaciones en el tempo y, como ocurre en el último, podría resultar aún más acongojante. Genial la conclusión del cuarto. Los clusters del quinto son apabullantes, aunque más ruidosos de la cuenta.”

Rattle Mahler 10 Bournemouth
De “nota” le puse a la realización en Bournemouth un 9 sobre 10, aunque recuerdo que me pregunté si se merecía en realidad algo menos. Pues bien, esta con la Filarmónica de Berlín, que he escuchado en el desparecido formato DVD-Audio en el que salió en su momento –sacando el mayor partido posible a una toma que no es nada del otro jueves–, se corresponde en gran medida con las anotaciones arriba referidas: con la excepción de las fluctuaciones de tempo en el adagio inicial, que esta vez no he detectado, siguen aquí el enfoque fresco, inmediato y comunicativo, el buen pulso, la riqueza e incisividad del color, la admirable conclusión del cuarto movimiento y los clusters algo ruidosos del quinto.

Mahler 10 Rattle Berlin

Sin embargo, esta vez no se ha despertado mi entusiasmo. Tal vez esté hoy yo más exigente, o quizá menos receptivo. Pero también puede ser que el maestro británico no se encontrase del todo inspirado y comprometido en el concierto berlinés. Entiéndaseme: se trata de una notabilísima interpretación, que está sonada de manera admirable, no resulta en absoluto aburrida, ofrece ricos matices y se encuentra presidida por una enorme musicalidad. Nada que ver con la superficialidad de Levine, el deslavazamiento de Sanderling, la tosquedad de Barshai –en su propio arreglo de la partitura–, la falta de inspiración de Inbal o el aburrimiento supremo de Harding, por citar nombres famosos que se han estrellado contra la obra. Pero se echan de menos la tensión sonora, el desgarro y el carácter visionario que esta página está pidiendo a gritos, como también un lirismo menos bello y más conmovedor, al menos en los acongojantes y geniales movimientos extremos.

Dicho de otra forma: hubiera sido preferible menos virtuosismo sonoro y más emoción, que es justamente lo que ocurre en una de mis dos interpretaciones favoritas, la de Goldschmidt de 1964 (Testament). La otra es la de Chailly (Decca), que por la toma sonora sigue quizá siendo la más recomendable de las que conozco. Para esta de Rattle, un 8.

martes, 17 de junio de 2014

“Toma nota, Fabra”: La forza del destino en Les Arts

En la función de La forza del destino del pasado sábado 14 de junio, última de las cuatro que ofrecía el Palau de Les Arts en su VII Festival del Mediterrani, el público ofreció la esperada y muy merecida muestra de cariño hacia un Zubin Mehta que se marcha de Valencia harto del escaso compromiso de la clase política sobre este proyecto musical y, sobre todo, del ninguneo al que le han sometido a lo largo de estas últimas semanas con el objetivo muy probable de conseguir precisamente esta reacción del veterano maestro indio.

Tras el previsible “No te vayas, Zubin” que gritó alguien del respetable, los aplausos fueron largos y las ovaciones intensas, además de muy significativas por la presencia de la reina en uno de los palcos. Lo que no se esperaba es la adición final que realizó una melómana: “Fabra, toma nota”, exclamó en referencia al presidente de la Generalitat, a la sazón uno de los acompañantes de Su Majestad y responsable último del hundimiento de Les Arts. Los aplausos a esta nueva reivindicación fueron mucho menores, algo que se comprende perfectamente habida cuenta de que con toda probabilidad la mayoría de los valencianos que estaban en la sala votaron al Partido Popular y, claro está, no es lo mismo darle un meneo a la Consellera de Cultura –María José Catalá había sido intensamente abucheada días atrás– que al Molt honorable Senyor President. Pero yo me voy a permitir continuar con la reivindicación.

laforza

Toma nota, Fabra, de que la Orquesta de la Comunidad Valenciana, esa misma a la que habéis condenado a lenta pero imparable agonía negándose a cubrir las plazas vacantes, provocando la marcha de Mehta, sugiriendo la posibilidad de contratar a un titular valenciano (¡seréis catetos!) en lugar de buscar la mejor relación calidad-precio entre el panorama internacional y, a la postre, causando el goteo incesante de primeros atriles que se marchan en busca de perspectivas más halagüeñas, sonó todavía el sábado como la mejor de España, con apreciable diferencia sobre cualquier otra, y desde luego por encima de la media europea en lo que a formaciones de foso se refiere.

Toma nota de que aun sin hacer gala de una especial creatividad –cosa que sí ocurrió en el Otello del año pasado– y quedándose en la genial obertura, en cualquier caso admirable, por debajo de lo que con ella hizo su gran amigo Barenboim con la Orquesta del West-Eastern Divan en Sevilla, Zubin Mehta dirigió esta obra de una manera espléndida, en un estilo muy alejado de ese Verdi electrizante, teatral y un punto áspero de la tradición de un Toscanini o un Muti, pero en cualquier caso perfectamente adecuado para el compositor italiano merced a su calidez y su cantabilidad, siempre haciendo gala de un fraseo amplio, flexible, sensatamente matizado y dotado de la adecuada variedad expresiva. Todo ello, además, modelando de manera admirable a la orquesta, guiando con sensatez la gran musicalidad de los solistas y sabiendo reivindicar los pasajes más débiles de la escritura verdiana, que en esta obra tan irregular no son precisamente pocos (¡maldito Rataplán!).

Toma nota de que el elenco alcanzó un nivel extraordinario. Cierto es que, mirados uno a uno, a todos los cantantes se les podía poner alguna pega más o menos seria, pero también es cierto que en La forza resulta difícil encontrar voces que puedan con sus respectivos roles. Lograr un equilibrio adecuado entre todos los solistas con un nivel suficiente o más para todos ellos, sin que flojee ni uno solo de los principales o de los secundarios, resulta poco menos que imposible incluso para teatros de primera categoría, cosa que es precisamente la que ha logrado Les Arts.

Toma nota de que la intendente Helga Schmidt ha marcado un tremendo gol contratando desde el año pasado a Gregory Kunde para estas fechas en cuanto vio los formidables resultados de su Otello verdiano; como Don Álvaro tuvo la noche del sábado problemas que no podemos ocultar –en el primer acto caló de manera evidente y, en general, se mostró muy incómodo en la zona de paso–, pero a su edad el tenor norteamericano posee una zona aguda muy poderosa, aguanta el largo papel hasta el final y sabe cantar con estilo, intensidad y arrojo la parte más dramática de su rol, que es precisamente con la que la mayoría de sus colegas no pueden.


Toma nota de que Les Arts ha marcado otro gol contando con Liudmila Monastirska (¡próxima Lady Macbeth de Barenboim!) para el rol de Leonora de Vargas, uno de los más endiablados del repertorio verdiano, pues la señora “las ha dado todas” con una voz extensísima, homogénea y perfectamente timbrada que sabe, a pesar de su robustez, modelarse con hermosos reguladores y medias voces de gran seguridad; ya aprenderá a otorgar a su fraseo mayor variedad expresiva y una comunicatividad más a flor de piel –también a mejorar su italiano–, que con lo que nos ha ofrecido podemos considerarnos afortunadísimos.

Toma nota de que todos los demás, sin ser los cantantes ideales, cumplieron muy sobradamente con sus partes haciendo gala de voces de calidad y gran entrega expresiva –mérito en buena parte, me consta, de un Mehta riguroso e incansable en los ensayos–, desde un rocoso Simone Piazzola como el malvado Don Carlos hasta el sonoro Fray Guardiano de Stephen Milling, pasando por la muy bien cantada Preziosilla de Ekaterina Semenchuk –hizo lo que pudo con tan insoportable papel–, el por ventura nada excesivo Fray Melitone de Valeriano Lanchas o el excelente Trabuco de Mario Cerdá.

Toma nota de que no hay mucho coros de ópera por ahí mejores que el de Coro de la Generalitat Valenciana (o sea, el vuestro), y que a una formación tan excelente no se le pueden negar (lo cuenta Atticus en su excelente crónica) los refuerzos que para la ocasión necesitaba, por mucha crisis que haya (¿acaso contratar a cantantes no ayuda a las familias a salir económicamente adelante?).

Toma nota de que la producción propia a cargo de Davide Livermore, ninguna maravilla pero dignísima, es un ejemplo de cómo hacer las cosas con solvencia, sensatez y un punto de originalidad –nada de sacar los pies del plato, aunque hubiera más de una ridiculez que se podría haber evitado– gastando poco dinero y proponiendo, por encima de una dirección de actores buena sin más, un atractivo planteamiento visual de gran fuerza plástica, plagado de referencias cinéfilas (¡soberbio el cartel cinematográfico que nos recibía en la puerta del teatro!), a cargo del propio Livermore –en blanco y negro, más un rojo usado de forma en exceso convencional–, que se benefició de la espléndida luminotecnia de Antonio Castro.

Toma nota, finalmente, de que las tremendas ovaciones que se escucharon él sábado, no ya las dedicadas a Mehta sino las recibidas por los diferentes cantantes, no son en absoluto habituales entre el público más bien frío de Valencia, y que estas fueron las propias de una gran noche de ópera que, en un título tan difícil de servir bien como es La forza del destino, solo está al alcance de un centro lírico de primera magnitud. En este caso el Palau de Les Arts, que se ha convertido por derecho propio en un patrimonio cultural de extraordinaria importancia para la Comunidad Valenciana. Un patrimonio de cuya pérdida en gran medida ustedes, y no solo la crisis, serán culpables.

sábado, 14 de junio de 2014

Réquiem de Verdi en Valencia: un coro sensacional para una interpretación a olvidar

Ya desde la primera intervención a capella quedó bien claro por dónde iba a discurrir la interpretación del Réquiem de Verdi que ofreció ayer viernes 13 de junio, convertido en casual homenaje al tristemente fallecido Rafael Frühbeck de Burgos, la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música de la capital: un coro absolutamente de lujo, el Philharmonia Chorus, que no será ya el mítico de tiempos de Wilhelm Pitz pero demuestra mantener la herencia intacta, manejado por una batuta (¡esos reguladores diseñados a hachazo limpio!) vulgar a más no poder, la de un Yaron Traub que ha firmado aquí el peor trabajo que le he escuchado al frente de la formación de la que después de muchos años sigue siendo titular.


No encuentro nada positivo que destacar de su labor. Ni siquiera se puede hablar en esta ocasión de comunicatividad primaria pero efectiva, de inmediatez expresiva o de seductora brillantez, que son las cosas que se suelen decir cuando la interpretación ha sido basta pero al menos ha llegado al oyente: su labor se limitó a hacer que orquesta y coros sonaran lo más fuerte posible en los momentos más espectaculares, y punto. No se debe confundir esto con la teatralidad a flor de piel, el sentido operístico y la electricidad apabullante de un Muti o un Solti (brillantísimos recreadores de la página en una línea muy distinta a la honda reflexión de un Giulini, un Karajan o un Barenboim): el maestro israelí se mostró no solo epidérmico, ajeno tanto a la poesía humanística como a la atmósfera ominosa y al sentido al mismo tiempo rebelde y suplicante de la página, sino también muy tosco a la hora de frasear, de modelar los planos sonoros, de marcar tensiones, de planificar los contrastes... ¡Qué lástima tener un coro así para una interpretación tan de andar por casa! ¡Qué desperdicio!

Maria Guleghina estuvo muy en la línea del director, es decir, a pepinazo limpio y sin detenerse en sutilezas; vocalmente anduvo accidentada (fatal el siempre peligrosísimo sobreagudo antes de la fuga final), y en lo expresivo confundió la obra verdiana con la que a esa misma hora la soprano de Odesa debería haber estado cantando -pues eso sí que lo hace muy bien- con Zubin Mehta unos metros más abajo del Turia: la Turandot de Puccini.

Del tenor César Augusto Gutiérrez solo puedo decir que se mostró sensible en lo expresivo, porque técnica e instrumento no me parecen suficientes para su parte. Enrico Iori fue el típico bajo tremolante, pero al menos fue sonoro y estuvo muy en estilo. En realidad, del cuarteto solo brilló mi siempre admirada mezzo grancanaria Nancy Fabiola Herrera, muy justita en el grave pero cantante y artista de mucha clase, además de una bellísima señora. Suyos fueron los únicos momentos emotivos de una velada decididamente a olvidar.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...