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miércoles, 17 de octubre de 2012

Ay, Amor: Falla por Wernicke en Madrid

Me acerqué el domingo 14 de octubre al Teatro de la Zarzuela para ver el espectáculo que bajo el título Ay, amor preparó en 1995 para Bruselas y Basilea el malogrado Herbert Wernicke a partir de dos emblemáticas obras de Manuel de Falla: El amor brujo -la gitanería, no el mucho más breve ballet al que estamos acostumbrados- y La vida breve. Dirigía musicalmente este estreno madrileño no quien lo hizo en los primeros días, Juanjo Mena, sino Guillermo García Calvo, dos nombres ascendentes con los que el nuevo responsable del teatro, Paolo Pinamonti, sobre cuyo nombramiento tanto despotricaron los de siempre por el hecho de ser italiano, comienza su proyecto de traer batutas de fuste a la calle Jovellanos.

La primera parte me dejó relativamente frío. Al frente de un grupo muy reducido de instrumentistas, el director madrileño desplegó tempi espaciosos para desgranar el lirismo de la partitura y atender a la sensualidad que desprende la misma, pero por desgracia no suyo inyectar tensión interna -sin progresión alguna la danza del fuego- y no atendió a la tímbrica incisiva e incluso un poco stravisnkiana propuesta por Falla, tendiendo más hacia el Impresionismo. A mí me aburrió, tanto como la cantaora de turno, una Esperanza Fernández todo lo gran artista que se quiera, pero limitada en lo vocal y escasa en sutilezas. Tampoco la bailaora en que se desdoblaba Candelas, la ubetense Natalia Ferrándiz, ofreció dentro de su innegable corrección ese plus de magia necesaria para estar a la altura de los pentagramas. Lo mejor, el trabajo de Wernicke, marcadamente conceptual y de enorme belleza plástica, si bien sobran los desfiles de nazarenos de Semana Santa, erróneamente identificados por el alemán: los de negro son para él la muerte y los de blanco la vida.

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En la segunda parte el nivel subió de manera considerable, y eso que La vida breve es obra desequilibrada en lo dramático e irregular en la inspiración. Pero aquí García Calvo, pese a tener a su servicio a una orquesta y un coro insuficientes, logró insuflar vida, emoción y aliento teatral a los pentagramas, todo ello sin caer (como hacen otros directores españoles y extranjeros) en el estruendo ni en el topicazo a la hora de poner en sonido los extensos pasajes orquestales. La comparación con las maravillas que hizo en Valencia Lorin Maazel no me parece procedente, porque hablamos de niveles que no tienen nada que ver el uno con el otro

No me tocó Lola Casariego como Salud, sino María Rodríguez. Me encantó: la voz me parece mejor ahora -con carne, rica en vibraciones, extensa en tesitura- y la chica canta con buena línea y emoción sincera, siempre desde la honestidad musical, sin desgarros ni gimoteos, en una concepción del personaje distinta de lo racial -Berganza- y de lo aniñado -de los Ángeles-. Junto a ella estuvieron una notable Milagros Martín, que fue de menos a más como la abuela, y un muy tosco pero efectivo Enrique Baquerizo como el Tío Salvaor. El tenor peruano Andrés Veramendi hizo lo que pudo con el siempre desagradable (para el público y para los cantantes) rol de Paco. Josep-Miquel Ramón estuvo bien como Manuel y se lució Gustavo Peña como la voz en la fragua. Triste encontrarse a la en otros tiempos reputada Milagros Poblador como miembro del coro cantando la vendedora primera.

A pesar de las muy convencionales coreografías diseñadas por la Candelas/bailarina de la primera parte, Natalia Ferrándiz, la escena funcionó muy bien gracias a Wernicke, de nuevo esencial y mayormente antinaturalista, “moderna” sin estridencias, y en general -salvando la escena del baile- alejada del tópico. La dirección de actores podía mejorar, aunque en la concepción de los personajes hubo detalles muy buenos. La aparición durante el interludio de Esperanza Fernández, espléndida como recitadora, enturbió un tanto la música pero le otorgó mayor solidez dramática a la obra. Bellísimo y estremecedor el final, donde el regista devuelve a la partitura -según sus propias palabras- la sutileza originalmente ideada por el gaditano -el final en fortissimo lo escribió por motivos comerciales- haciendo que la cantaora -sublime por fin Fernández- le cante la Nana de Sevilla (“Este galapaguito no tiene cuna…”) al cadáver de una Salud enterrada en una lluvia de pétalos. A mí se me saltaron las lágrimas.

martes, 7 de diciembre de 2010

Rosenkavalier en Madrid: gran decepción

Qué quieren ustedes que les diga: he hecho un enorme esfuerzo económico para venir este puente al Teatro Real y termino con el rabo entre las piernas. Primero por la cancelación de La finta giardiniera con Jacobs por culpa de los impresentables controladores aéreos (aunque la derecha española más reaccionaria, esa que se autodenomina “liberal”, anda cargándole la responsabilidad al gobierno). Segundo por la enorme decepción que me ha causado la función de ayer lunes 6 de un Rosenkavalier que prometía muchísimo y se ha quedado en una velada correcta sin más, cosa que el público supo percibir perfectamente con unos aplausos de mera cortesía. Encima he de lamentar que el responsable del fiasco ha sido un señor al que admiro bastante en lo musical y muchísimo en cuestiones extramusicales que ahora no vienen al caso, pero que el sepa de qué va el asunto seguro que entenderá: Jeffrey Tate.

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La dirección del maestro británico me pareció francamente mediocre: insulsa, flácida, sin vida. Ni rastro del ritmo trepidante, la picardía, el colorido, el sentido del humor y la teatralidad que debe destilar una buena dirección de este título maravilloso. El preludio del primer acto fue particularmente deplorable: parecía que había vuelto el peor López Cobos. Sentido del vals, ninguno. Ni voluptuosidad, ni elegancia, ni chispa ni nada de nada. Que la lentitud de los tempi permitiera aclarar el tejido orquestal sirvió de poco. Eso sí, hay que reconocerle a Tate dos momentos muy notables, por fortuna los mejores de la partitura: el final el primer acto -el monólogo de la Mariscala estuvo fraseado con hondísima concentración poética- y el trío/dúo final de la obra. Pero eso no basta. Tampoco la orquesta tuvo uno de sus mejores días: basta comparar con lo que logró Steinberg en La ciudad muerta (enlace) para darse cuenta de que aquello no estaba a la altura.

De la puesta en escena de Wernicke (¡qué ilusión que se hayan traído mítico el telón a cuadros del Festival de Salzburgo!) ya hablé en este blog, a raíz de su filmación de 2009 con Thielemann y la Fleming (enlace). Dije que me parecía una obra maestra. Me lo sigue pareciendo, pero debo realizar algunas matizaciones. Por ejemplo, que la belleza plástica en directo es enorme. O que la mezcla de épocas me parece ahora muy acertada a raíz de algo que todos sabíamos pero que José Luis Téllez en su -magnífica, como siempre- conferencia introductoria supo poner de relieve con gran acierto, esto es, el carácter de voluntario pastiche de la obra engendrada por Strauss y Hofmannsthal.

Pero también debo decir que hay cosas que no me han parecido bien resueltas, fundamentalmente la borrachera de los Lerchenau durante el segundo acto, que resultó -como en casi todos los montajes- bastante exagerada, cuando no ridícula. Tampoco me gustó el tratamiento payasesco de Mariandel. No recuerdo así a la Damrau en el DVD arriba citado, así que debe de ser cosa de Joyce di Donato. A los españoles nos recordó muchísimo a Lina Morgan en La tonta del bote pero, como un amigo me ha hecho ver, la mezzo tomaba su inspiración, como buena norteamericana, en Carol Burnett. En cualquier caso, una magnífica puesta en escena que equilibró hasta cierto punto el sopor que desprendía el foso.

Rosenkavalier Madrid Teatro Real

¿Los cantantes? De todo. Lo mejor fue Di Donato, que derrochó frescura y belleza vocal en todo momento, aunque desde luego sería preferible una voz más oscura y la mezzo estadounidense aún tiene que sacarle más punta al personaje de Oktavian. Por cierto, si no la conocen no dejen de visitar su página web, que es una maravilla (enlace). El otro personaje que más canta, el barón Ochs, sufrió la enésima encarnación a cargo de Franz Hawlata: magnífico actor -a mi juicio nada excesivo- pero cantante más bien mediocre, con voz fea, sin armónicos, y horrorosos graves totalmente trampeados.

Anne Schwanewilms me pareció incómoda durante buena parte del primer acto. Se estaba reservando, porque en su sublime monólogo y en la ulterior escena con Oktavian hizo gala de toda la elegancia y sensualidad debidas, ofreciendo la voz de lírica plena, de timbre cremoso y fraseo mórbido, que demanda la Mariscala. En el tercer acto la encontré algo fría, y sus fundamentales “Ja, ja” con que se despide pasaron sin pena ni gloria, algo imperdonable. En cuanto a la Sophie de Ofelia Sala, hay que reconocer que cantó con muchísima musicalidad y sin la menor ñoñería, pero a esta señora le falta técnica vocal -así de claro- para hacer justicia al personaje: mal en la presentación de la rosa y desequilibrando claramente el terceto final. Laurent Nauri fue un Faninal flojo en lo vocal y excesivamente histriónico en lo escénico. Bien la pareja de intrigantes, Peter Bronder y Helene Schneiderman. Lamentable el tenor italiano: hay que agradecer a Alessandro Liberatore que sustituyese a última hora a José Manuel Zapata, pero una vez que terminen las representaciones que tiene asignadas debe volver de inmediato al conservatorio.

Total, una función no mala pero sí muy por debajo de lo esperado, por mucho que el periódico oficial del régimen se empeñe en lo contrario. ¡Cuántos intereses extramusicales hay en juego en la crítica! ¡Qué poca vergüenza!

miércoles, 28 de octubre de 2009

Los Troyanos en DVD: Châtelet frente a Salzburgo

Existen tres versiones en DVD de Les Troyens. De una de ellas, la antigua de James Levine en el Met al frente de un reparto de estrellas (Norman, Troyanos, Domingo), me han hablado francamente mal. Aquí voy a dejar unos apuntes comparando las otras dos. La primera, la que ofreció el Festival de Salzburgo en 2000, con la Orquesta de París bajo la batuta de Sylvain Cambreling y dirección escénica del malogrado Herbert Wernicke; en ella se cortaron las danzas, seguramente por razones de eficacia dramática, así que Arthaus pudo editar la filmación en solo dos DVDs. La segunda, la del Teatro Châtelet de 2003, con la Orquesta Revolucionaria y Romántica (instrumentos originales, claro) bajo la dirección de su titular John Eliot Gardiner, más el excepcional Coro Monteverdi, traído por el director británico, sumando sus fuerzas a las del teatro parisino. La propuesta escénica de Yannis Kokkos respetó la partitura en su integridad, así que BBC Opus Arte la ha editado, con su habitual excelencia de imagen y sonido, repartida en tres discos.

Cambreling ofrece una notable dirección, no creativa pero sí perfecta en el estilo, con todo el refinamiento, la delicadeza y la morbidez propias del repertorio francés, pero alcanzando también la tensión dramática y el vigor deseables. Gardiner le supera en fuerza, extroversión y sentido teatral, aportando además una considerable electricidad y una rusticidad sonora bastante adecuada. Por desgracia, y como era de prever en el maestro británico, a veces el referido carácter rústico linda con la tosquedad, y la electricidad con la sequedad y el apresuramiento. En cualquier caso, y aun faltando perfume francés, los momentos líricos no están mal dirigidos.

Deborah Polaski -soprano dramática de imponente presencia- realiza doblete en Salzburgo. En los dos primeros actos está espléndida haciendo una Cassandre de rompe y rasga. En el resto convence menos como Dido, personaje que necesita de mayor calidez y voluptuosidad, justamente las que ofrece una magnífica Susan Graham en la producción parisina. Anna Caterina Antonacci hace junto a Gardiner una Cassandre interesantísima, muy femenina y enamorada.

Los Eneas no son gran cosa. Jon Villars en Salzburgo comienza bastante mal, exhibiendo una voz abierta y sin mucho valor, aunque poco a poco se va superando y ofrece una recreación cuanto menos plausible del personaje. Mejor en líneas generales Gregory Kunde, que alcanza una notable altura expresiva en su gran escena del último acto. Como Chòrebe es preferible Ludovic Tézier -en París- a Russel Braun.

Los secundarios en general están bien servidos, aunque quizá el nivel sea algo superior en el Châtelet, sobresaliendo el Hylas de Topi Lehtipuu y el Iopas del veterano Mark Padmore. Los coros realizan todos una gran labor, aunque la aportación del inigualable Monteverdi Choir se hace notar en París.

La escena de Wernicke es muy atractiva visualmente y está resuelta con un elevado sentido teatral, pero su afán desmitificador no termina de sentarle bien a los momentos más grandiosos de la obra. Sobran, por ir en contra de la pretendida intemporalidad, fusiles y metralletas, como también ocurre en la propuesta de Yokkos, esta última más atractiva desde el punto de vista plástico que desde el teatral. En cualquier caso, jugando a un dramatismo de corte onírico en Troya y a una especie de minimalismo naif en Cartago, consigue espléndidos momentos y saca muy buen partido de un recurso tan manido como el del gran espejo.

¿Conclusiones? Yo he disfrutado mucho de las dos producciones, pero si tuviera que escoger una me quedaría, y no sólo porque ofrece la partitura de Berlioz en su integridad, con la del Châtelet. Por eso se la recomiendo a todos lo que no sean alérgicos a los instrumentos originales en este repertorio.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Wernicke tropieza con Falstaff

Una de las últimas realizaciones de Wernicke fue este Falstaff, un trabajo que respira teatralidad por los cuatro costados (¡qué dirección de actores!), pero de concepto harto discutible: aquí Sir John es un ya maduro pero aún atractivo hombre de negocios de raza negra enfrentado a la hipocresía de la vulgar y grosera sociedad sureña (sic). Indudablemente en Verdi hay mucho de ácida crítica, pero el radical planteamiento del malogrado director acumula tal cantidad de incoherencias con lo que se escucha -música y libreto- que a la postre el conjunto no termina de funcionar.

Dadas las demandas escénicas, no podemos culpar a Willard White de ofrecer un Falstaff en exceso sobrio y elegante, muy alejado de la riquísima caricatura de Shakespeare, pero sí de que su línea de canto resulte plana y ayuna de matices. El resto del elenco alcanza un buen nivel medio. Sobresalen la sensual Nanetta de Mia Persson y el divertido Bardolfo de Santiago Sánchez Jericó, y defrauda sobre todo -a pesar de su buena materia prima- el Ford del jovencísimo Marcus Jupither. Solvente la dirección de Enrique Mazzola, animada y vitalista aunque de trazo grueso; en todo caso, mejor así que como lo hace un Abbado.
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Artículo publicado en el número de enero de 2003 de la revista Ritmo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Las limitaciones del DVD: el Giulio Cesare de Wernicke

A manera de apéndice de la entrada anterior, quiero dejar aquí constancia de cómo las obvias limitaciones de cualquier medio audiovisual pueden perjudicar la percepción de un espectáculo, poniendo como ejemplo este DVD editado por TDK. La filmación se realizó en el Liceu de Barcelona en 2001, en lo que era la reposición de esta maravillosa producción de Giulio Cesare que originalmente se había presentado con Anne Murray y Ángeles Blancas en los roles de César y Cleopatra respectivamente. Aquí cantan un apañado pero no muy brillante Flavio Oliver (Zazzo resulta preferible) y una deliciosa Elena de la Merced que, a la vista de los resultados, aún ha logrado mejorar en Sevilla tanto en lo técnico como en lo expresivo.

Yo me lo pasé estupendamente viendo el DVD, pero cuando he podido disfrutar de la producción en directo las limitaciones de esta filmación me han quedado muy en evidencia. Ya se veía que la imagen no era muy buena, y ahora he podido comprobar que los colores no son sino un -literalmente- pálido reflejo de la realidad; la producción es colorista y luminosa (con algunos momentos oscuros que sirven de adecuado contraste dramático), buscando siempre una significación teatral para cada uno de los cambios lumínicos, algo que aquí sólo se intuye sin llegar a quedar claro.

Por otra parte, la realización es bastante mediocre y no permite apreciar de manera suficiente ni el planteamiento escenográfico (la Piedra Rosseta en el suelo ni se ve), ni el ágil movimiento escénico de los cantantes, ni cosas tan fundamentales como la opresiva bajada del espejo durante el dúo entre Cornelia y Sesto que cierra el primer acto. Tampoco se ven, más que de lejos, los irónicos carteles que van resumiendo la acción; aunque el Liceu tuviera a bien escribirlos en catalán, bien se podían haber incluido unos subtítulos en el DVD que explicasen qué es lo que allí se está señalando, porque así se pierde gran parte de este juego de teatro dentro del teatro planteado por este inolvidable creador alemán. Aun así, para quien no haya podido acercarse a Sevilla, imprescindible.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Giulio Cesare en Sevilla, una gozada

Me lo pasé de maravilla. En primerísimo lugar, por mi reencuentro con una música a la que estúpidamente tenía desde hacía demasiado tiempo olvidada, pese a que Giulio Cesare fue una de las primeras óperas que escuché completas en mi juventud; resulta increíble que una partitura de considerable longitud basada casi por completo en la yuxtaposición de arias da capo pueda mantener la atención del melómano durante tanto tiempo, tal es la belleza que derrochó Haendel en su escritura. Todas las arias, todas, son como mínimo muy hermosas, y hay unas cuantas que pueden ser consideradas como cimas absolutas del repertorio lírico barroco.


Pero es que, además, los resultados escénicos y musicales me parecieron, con sus más y sus menos, formidables. Fue una noche de gloria para la Orquesta Barroca de Sevilla. Beneficiada en el Maestranza por una acústica muy superior a la de las iglesias donde habitualmente toca, sonó la noche de ayer sábado con un empaste y una seguridad realmente admirables bajo la dirección de enorme solvencia técnica, irreprochable estilo y -en general- gran sensatez expresiva de Andreas Spering, director que ha sido un acierto pleno por parte del Maestranza. Muy bueno el bajo continuo y de matrícula de honor la trompa natural de Jorge Rentería.

Buen nivel medio entre las voces. Sin gustarme tantísimo como en la Calisto del Covent Garden de la que ya hablé por aquí (enlace), me pareció formidable Lawrence Zazzo para el rol titular, sobre todo cuando pudo lucirse con las medias voces y los reguladores. Y me encantó Elena de la Merced como Cleopatra; su registro agudo es duro y metálico, sí, pero eso no me parece suficiente para compartir el desprecio que por esta notable soprano sienten algunos aficionados.

Me pareció dignísima la Cornelia de Marina Rodríguez Cusí, por encima de un David Hansen bastante irregular como Tolomeo: su técnica deja que desear y el registro grave canta cosa mala. Flojita Lola Casariego como Sesto, aunque el único que realmente estuvo fuera de lugar fue José Julián Frontal, quien por lo demás hizo gala de su habitual desparpajo escénico y tuvo a bien enseñar el culo al respetable en el striptease que marca la propuesta escénica.

Y sí, el trabajo del malogrado Wernicke me encantó. Más que eso: me parece una de las mejores producciones escénicas que se han visto en el Maestranza desde su inauguración, y desde luego un modelo de como ser creativo, original y arriesgado sin traicionar a la música. Muy ágil el ritmo escénico, y de increíble belleza y acertado sentido dramático el rico trabajo de luminotecnia. Portentoso el bailarín que daba vida al ya célebre cocodrilo omnipresente esta producción que en su día estrenara el Liceu.


Había, eso sí, algunos elementos discutibles: no era necesario tener por ahí la cabeza de Pompeyo en los tres actos, por ejemplo, mientras que las amputaciones y añadidos de la partitura no estaban del todo justificados. Por otra parte, la escena estaba llena de irónicas sugerencias que -en su reflexión sobre asuntos tan dispares como el choque de culturas, la diplomacia internacional, la "globalización" de los mitos clásicos o la naturaleza del propio hecho teatral- enriquecían considerablemente la lectura de una página que en origen, no lo olvidemos, se apoya sobre arquetipos.

Gran, gran noche de ópera, y muy calurosa la acogida del respetable. Eso sí, fue muy triste observar las abundantes deserciones en el segundo intermedio, me parece que no explicables por lo avanzado de la hora ni por lo supuestamente atrevido de la producción escénica: se nota que hay personal al que el Haendel operístico les gusta casi tan poco como Busoni o Zemlinsky. Caiga sobre ellos la furia de Júpiter.

Ah, las fotos aquí incluidas son de Guillermo Mendo (c).
Más sobre esta fenomenal producción de Wernicke en el blog de Pisístrato, donde se comenta el DVD del Liceu (enlace).

PS. En el mismo blog se comenta la función del Maestranza (enlace).

jueves, 25 de septiembre de 2008

La Calisto por Jacobs y Wernicke: un modelo


Mi visita al Londres el próximo fin de semana para ver, entre otras cosas, una atrevida producción de La Calisto en el Covent Garden, me ha animado por fin a visionar el DVD editado por Harmonia Mundi de la interpretación ofrecida en el Teatro de la Moneda en marzo de 1996. La filmación ya la pude conocer hace años en una retransmisión vía satélite, y ahora ha vuelto a dejarme maravillado: he aquí un modelo perfecto de lo que debería ser una función de ópera. Y es que, independientemente de los mayores o menores méritos de la partitura -la de Cavalli es muy hermosa, pero no se puede ni debe comparar con las obras maestras absolutas de Monteverdi-, con lo que nos encontramos aquí es con dos directores como la copa de un pino que, contando con notabilísimo equipo de cantantes que saben que han de desenvolverse de manera convincente también en la faceta teatral, colaboran en perfecto entendimiento el uno con el otro para llegar a una simbiosis absoluta entre lo que se ve y lo que se oye, sabiendo aportar originalidad y frescura pero conociendo a la perfección las prácticas de la época y sin en ningún momento sacar los pies del tiesto.

La dirección de Jacobs es sensacional. Al frente del fabuloso equipo del Concerto Vocale ofrece una interpretación intensa y vibrante, llena de colorido, ornamentada con tanta fantasía como rigor, de un sentido del ritmo contagioso y, desde luego, teatral por los cuatro costados, pues sabe ser todo lo cómica, trágica e irónica que debe sonar la partitura de Francesco Cavalli. Logra además guiar a la perfección a los cantantes, varios de ellos no precisamente expertos en el repertorio del XVII, para que canten con propiedad y atiendan a todas las inflexiones dramáticas del texto sin perderse en el virtuosismo vacuo. Dicho de otra manera, que sin dejar de tener en cuenta que el veneciano navega ya en las nuevas aguas del Barroco, Jacobs plantea y logra la plena fusión entre música y texto que décadas antes dio origen a todo el género operístico de la mano de Monteverdi.

En la misma línea se mueve el malogrado Herbert Wernicke, quien en un escenario reducido plantea un ágil juego barroco donde las plataformas, las trampillas, las caracterizaciones arquetípicas y los efectos teatrales de todo tipo rinden homenaje a la Commedia dell'arte para lograr ese sutil equilibro entre comicidad y drama, entre lo popular y lo culto también, que ya se encontraban en la obra original y que, como se explica en el largo e interesante making of del DVD, había de complacer al público socialmente variado y de muy distintas sensibilidades que acudía a la ópera en la ciudad de los canales.

Impresionante el trabajo actoral con los cantantes, todos ellos sensacionales en este sentido, aunque aquí mucho tuvo que ver -así se reconoce en el documental- ese singular cantante y director de polifonía que es Dominique Visse, quien no sólo ofrece aquí un simpatiquísimo Satirino (actuado "a lo Arlequín") como el mejor de los actores profesionales, sino que además colaboró sustancialmente en los movimientos escénicos de los caracteres cómicos.

¿Y qué decir de los demás cantantes? Pues que con la excepción de Alexander Oliver, vocalmente muy mediocre aunque divertidísimo en escena como Linfea, están todos bien, muy bie e incluso maravillosamente bien. Es el caso de María Bayo en el rol protagonista: controlada en su tendencia a la cursilería y muy centrada en el estilo, la soprano de Fitero hace gala aquí, en su mejor momento vocal e interpretativo, de una voz bellísima, muy esmaltada, que corre con extraordinaria facilidad por el escenario, y de una sensualidad, frescura y comunicatividad realmente asombrosas. Ver este vídeo es lo mejor para reconciliarse con esta artista hoy venida a menos y, desde luego, para disfrutar a tope de una música de gran belleza y de un espectáculo teatral de primer orden. Total, y como saben desde hace tiempo los aficionados a este repertorio, un DVD maravilloso, una joya de extraordinario valor, aunque con un defecto monumental, eso sí: ¡no hay subtítulos en castellano! Estos franceses....

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...