miércoles, 17 de febrero de 2010

El Rosenkavalier de Wernicke, una obra maestra

Herbert Wernicke preparó un Caballero de la Rosa a petición de Gérard Mortier para Salzburgo. Se estrenó allí en 1995 bajo la dirección -dicen que equivocada, yo no conozco documento sonoro- de Lorin Maazel. Pues bien, ha saltado a la prensa (qué morro tienen los de "El País", qué morro) que el belga pretende resucitar la producción en el Teatro Real madrileño. Y qué quieren que les diga, me parece una extraordinaria idea, a tenor de la maravilla teatral que podemos disfrutar en esta reposición que tuvo lugar en Baden-Baden en enero de 2009 recogida por los micrófonos y cámaras de Decca a mayor gloria de Renée Fleming.

No está clara del todo la época en que se ubica la acción: hay artilugios y algunos elementos de vestuario que remiten a un momento inconcreto de la primera mitad del siglo XX, pero la escenografía (en realidad un juego de espejos en los que se realizan multitud de proyecciones) y los trajes remiten constantemente a la Viena de María Teresa. Parece así que nos encontramos en el siglo pasado, pero en un entorno nobiliario que conserva vestidos y rituales propios de otros tiempos. Al margen de esta decisión, que ni aporta ni quita nada a la obra original, la propuesta de Wernicke es de una fidelidad al texto de Hofmannsthal realmente asombrosa.

El milagro, como dice Christian Thielemann en la media hora de bonus que acompaña al doble DVD, es la manera en la que el malogrado regista alemán consigue resultar personal sin que el espectador tenga la sensación al salir de que no ha visto el verdadero Rosenkavalier. ¿Cómo lo consigue? Pues con una dirección de actores magistral, extremadamente minuciosa, que nos aporta mil y un detalles enriquecedores sobre la psicología de los personajes, además de con un admirable sentido del ritmo teatral, con un gran sentido para no enturbiar la inteligibilidad de la acción con movimientos innecesarios y, más aún, con una enorme capacidad para ilustrar desde la escena las múltiples peripecias que nos cuenta la partitura: en algunos momentos la música parece ser la banda sonora de una película o de una obra teatral cuya existencia es previa a la composición.

En cuanto a la vertiente musical de esta grabación, la presencia de Thielemann es sin duda la piedra angular de un nivel más que satisfactorio: su irreprochable conocimiento del idioma strausisano y su alto sentido teatral terminan ganando la partida. Ahora bien, su interpretación no termina de ser redonda porque el maestro berlinés, como ya evidenció en la suite de la ópera que grabó para DG años atrás, atiende mucho más a la parte trepidante y humorística de la partitura que a su vertiente melancólica y reflexiva. Así las cosas, triunfa por completo en escenas como el enfrentamiento con Ochs o, sobre todo, la mascarada en la taberna, dotadas de un sentido del ritmo, del color y del humor realmente grandioso; la claridad orquestal es apabullante.

En otros momentos, por el contrario, se echa de menos un tratamiento más sutil de las texturas, una mayor atención al matiz expresivo y, en definitiva, un poco más de esa magia sonora que destiló Karajan en sus recreaciones de los años ochenta, inalcanzables incluso para ese otro grandísimo recreador de esta partitura que fue Carlos Kleiber. La Filarmónica de Múnich, por su parte, realiza un formidable trabajo; a decir verdad, parece sonar mejor que en tiempos de Celibidache.

Renée Fleming tiene la voz, el estilo y el físico ideales para el personaje. Su recreación, como no podía ser menos, es maravillosa, aunque es verdad lo que se ha dicho de que hace una Mariscala excesivamente ensoñada. Le pasó ya en su grabación para CD de Daphne (enlace), donde parecía en más de un momento estar cantando los cuatro últimos lieder, de los que por cierto la soprano norteamericana nos ha dejado dos espléndidos registros (enlace). En cualquier caso lo más maravilloso para mí no ha sido escuchar su Mariscala, sino verla: el rostro de esta señora, sin ser ni mucho menos el de la inalcanzable Schwarzkopf, alcanza en los finales de los actos impares una temperatura dramática acongojante, más aún incluso que con la otra gran intérprete del rol en tiempos modernos, Felicity Lott. Verdaderamente es difícil decir tantas cosas con solo una mirada. Véase si no el video adjunto.



El de Sophie Koch es un Oktavian cantado con excelente gusto y muy bien actuado, tanto en lo vocal como en lo escénico. El problema, no soy el primero en señalarlo, es que su voz es menos grave de lo que quiere el personaje. Diana Damrau, físicamente algo mayor para lo que requiere Sophie, canta de manera irreprochable y evita por completo caer en la cursilería que a veces se asocia con el papel. Lástima que junto a ellas se encuentre el Ochs mediocremente cantado -aunque bien interpretado- de Franz Hawlata, quien unos meses después nos decepcionaría protagonizando en Sevilla La mujer silenciosa (enlace).

Entre el resto del elenco hay algunas sorpresas, no siempre agradables. Nada menos que Franz Grundheber se encarga de Faninal: en lo canoro es muy poca cosa, pero su maestría en la escena se deja notar. Jane Henschel es un lujo como Annina, sobre todo porque su gracioso físico es ideal para el personaje. Y el señor Jonas Kaufmann, finalmente, hace gala de las evidentes limitaciones de su técnica destrozando la parte del tenor italiano.

Como la imagen y el sonido son excelentes -supongo que lo serán más aún en blu-ray-, este doble DVD no puede dejar de recomendarse, sobre todo por su maravillosa vertiente teatral. Y ahora, a rezar para que Mortier traiga un elenco y una batuta dignas de esta acertadísima reposición del Rosenkavalier de Wernicke para la próxima temporada.

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