sábado, 30 de abril de 2016

Znaider hace el concierto de Brahms con la Orquesta de Valencia

En mayo de 2004 tuve la ocasión de escucharle el Concierto para violín de Brahms a Gil Shaham en el Palau de la Música de Valencia. Pensé que nunca en mi vida iba a volver a disfrutar esta página tan increíblemente bien tocada en directo, pero lo cierto es que ayer viernes tuve la ocasión de hacerlo, y exactamente en el mismo recinto, esta vez con el grandísimo Nicolaj Znaider como solista. Me compré entrada en primera fila para paladear bien el acontecimiento, y vaya si lo hice. Su sonido es de una solidez impresionante, y además brahmsiano de pura cepa, con un grave carnoso y un agudo de seguridad a prueba de bombas. Su agilidad, abrumadora. Por no hablar de su capacidad para modelar el sonido, claro. Todo ello a cinco metros de un servidor. Imposible escuchar algo aún mejor en el resto de mi vida desde el punto de vista puramente técnico.

Ahora bien, tengo algún reparo en lo expresivo. Esta es una obra sumamente complicada que exige al intérprete atender a dos polos opuestos y complementarios. Por un lado, tensión dramática, rebeldía y no poco amargor: hay momentos de la partitura que exigen al violinista literalmente gemir y llorar con su instrumento, incluso gritar de rabia y dolor. Por otro, nobleza, cantabilidad, ternura y un profundo sentido humanístico sin los cuales Brahms no sería Brahms. Znaider atiende de modo muy convincente a lo primero, pero bastante menos a lo segundo. En este sentido, me recordó al inmenso David Oistrakh por su visión ante todo escarpada y doliente de la página, como también por su ardor digamos viril, por su carácter decidido y por su fuego absolutamente controlado, con la diferencia de que el genio de Odesa, aunque también unitaleral en lo expresivo, llegaba mucho más lejos y conseguía resultados memorables. Lo de Znaider, aun siendo magnífico, no alcanza tan inmensa altura.

Si Shaham tuvo la compañía increíblemente lujosa de Eschenbach y la Orquesta de Filadelfia -leo lo que escribí entonces y veo que me decepcionó un tanto-, Znaider se vio respaldado por la Orquesta de Valencia y Yaron Traub. Este hizo sonar a la formación de la que es titular con un sonido muy apropiado para el compositor -algo nada fácil de conseguir- y reslpaldó la visión expresiva del solista ofreciendo intensidad y extroversión bien entendida, evitando asimismo narcisismos y puntos muertos.

Pelleas und Melisande de Schoenberg en la segunda parte. A la hora de interpretar este monumental poema sinfónico, los directores pueden mirar hacia la sensualidad impresionista, la opulencia y la narratividad straussianas o la racionalidad distanciada del Schoenberg maduro. O también hacia el expresionismo ardiente y desgarrado de su discípulo Alban Berg, vía esta última que fue la que siguió Traub en un clarísimo deseo de llegar al público por la vía más directa, demostrándole que eso de que el universo del compositor de Moisés y Aarón  resulta frío y excesivamente intelectual es mentira. En consecuencia, el maestro de Tel Aviv ofreció una interpretación bastante rápida, tensa y escarpada, de clímax alucinados –incluso ásperos en lo sonoro– y considerable vehemencia dramática, pasándose quizá un poco de rosca: me hubiera gustado una recreación con mayor variedad expresiva, más atenta a las atmósferas, mejor paladeada en los momentos más introvertidos. También más cuidada en el juego de tensiones y distensiones, y más minuciosa en las dinámicas. Entiéndanse estos reparos como menores, porque Traub se mostró sincero, intenso y comunicativo en todo momento, consiguiendo que el público respondiera calurosamente a una obra de un compositor que no se cuenta entre sus favoritos.

La Orquesta de Valencia, por su parte, demostró que puede enfrentarse a una partitura de extrema demanda técnica como este Pelleas, y aunque la batuta de Traub no es precisamente la de mayor depuración sonora posible, se alcanzó un buen rendimiento global –notable planificación de masas sonoras, con más atención a la globalidad que al detalle– y hubo espacio para que evidenciaran gran desenvoltura todos los primeros atriles, entre ellos el oboe que ya se había lucido con su decisiva parte en el concierto brahmsiano.



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