
Entre los solistas hubo desigualdades: al tenor Donald Litaker apenas se le escuchaba en tercera fila (imaginen más lejos), mi admirada Elena de la Merced lució un timbre muy esmaltado (sin evidenciar sus habituales durezas en el agudo) y el joven bajo Denis Sedov realizó una irreprochable labor en su expresivamente muy comprometida parte. El Orfeón Universitario de Valencia salió además más que airoso, así que el público valenciano pudo conocer en buenas condiciones una obra a la que se le debería prestar muchísima más atención. Justamente lo que no ha hecho quien preparó el programa de mano: la ausencia de traducción de los textos cantados (de Edgar Allan Poe, nada menos) resulta imperdonable.
En la segunda parte, quien esto suscribe mucho más despejado y los músicos de la orquesta ya sin sus chaquetas (deberían haberles dado permiso para quitárselas antes: con esa calor no se puede trabajar), Yaron Traub optó por la comunicatividad antes que por el refinamiento. El Capricho Italiano estuvo llevado con buen pulso, mucha vida y una gran dosis de brillantez y luminosidad; los matices en la dinámica y la imaginación estuvieron ausentes. En cuanto a la 1812, en la que los violines primeros chirriaron en algún momento de manera considerable, hay que elogiar el buen equilibrio de planos y la sabiduría del maestro israelí a la hora de evitar blanduras en las secciones líricas. El final, entusiasta a más no poder pero no descontrolado, incluyó cañonazos pregrabados que hicieron levitar al respetable: ya se sabe lo que a los valencianos les gusta una buena mascletá.
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