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sábado, 21 de enero de 2023

Peloteo a Gustavo Gimeno

Increíble nivel de peloteo al que varios críticos veteranos –más de uno y más de dosestán llegando con Gustavo Gimeno, ahora que al talentoso pero irregular maestro valenciano se le espera como responsable del Teatro Real. ¿No les da vergüenza? No, claro que no. El principal damnificado para mí está claro: el propio Gimeno, al que ahora empezaremos a ver con cierta antipatía.


 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Un perfil de Gustavo Gimeno (IV): El ángel de fuego en el Teatro Real

Se ha afirmado que fue el presunto gran triunfo de Gustavo Gimeno en las funciones de El ángel de fuego las que han determinado su nombramiento como futuro titular del Teatro Real, pero todos sabemos que estas cosas no funcionan así: primero se piensa en un candidato, luego se le pone a prueba para garantizar que la cosa entre él y los músicos funcionan como es debido, finalmente se hace público el nombramiento. Los críticos musicales metidos en el mundillo de las altas esferas ya saben de antemano lo que va a pasar, así que apuestan a caballo ganador. Todos contentos.

Pues bien, he podido ver la función de la ópera de Prokofiev correspondiente al 5 de abril del presente año. Lo he hecho a través de Arte TV: usted mismo lo puede hacer, de manera completamente gratuita y con subtítulos en castellano, haciendo click aquí. La calidad de sonido deja que desear, lo que puede influir en la percepción del trabajo del maestro valenciano. Nos obstante, ahí va mi opinión.

Creo que la dirección de Gimeno es mucho menos buena de lo que se ha dicho. Obviamente tiene que luchar frente a las limitaciones de una orquesta que es muy de segunda y que a la hora de ofrecer esa potencia, esa redondez y esa incisividad que necesita el Prokofiev más expresionista se queda corta. Ofrecer decibelios y limpieza al mismo tiempo es algo solo alcanzable por formaciones de primera. Tampoco parece familiarizada con el lenguaje de Prokofiev: las intervenciones de los primeros atriles carecen de ese particular fraseo, con su punto de retranca, que caracteriza la música de su autor.

Gimeno busca la claridad. La consigue solo a medias. Hay líneas que quedan meridianamente perfiladas y otras que permanecen atrás. A la tímbrica le falta riqueza. Por otro lado, acierta al no recrearse en las grandes explosiones sonoras para, en su lugar, atender a la vertiente más lírica de la partitura. Se aproxima en este sentido a la muy meritoria grabación de Neeme Järvi, al tiempo que se aparta de la de Gergiev, como también de la filmación de Vladimir Jurowski en Múnich correspondiente a una producción a la que pude asistir y que me dejó hondísima huella. La opción de Gimeno es perfectamente válida, pero se corre el riesgo de perder electricidad, violencia y algo tan fundamental como es el carácter obsesivo de la música, y eso es justo lo que le pasa al maestro. Cuando le toca encresparse hay volumen sonoro, pero sin llegar a los clímax con una adecuada planificación de las tensiones. La discontinuidad impera en un discurso en el que se alternan momentos francamente buenos con otros resueltos con aseada corrección, sin que falten los dirigidos con soberano despiste: flojísima la escena de Agripa, que a su vez coincide con el peor momento de la producción escénica. Estuvo muy bien el cuarto acto, mientras que en el quinto, que comenzó sin suficiente “erotismo sacro”, Gimeno demostró –ahí sí– una enorme habilidad para trazar el conjunto y condujo a la orquesta y al coro, espléndido en esta función, a un final espectacular.

Ausrine Stundyt se enfrentó con considerable éxito al terrorífico, extenuante rol de Renata. ¡Bravísimo por ella! Dicho esto, me gustó más aún Svetlana Sozdateleva en Múnich. Por el contrario, encuentro muy preferible a Leigh Melrose frente al basto Evgeny Nikitin de aquellas funciones. A destacar la labor de Agnieszka Rehlis en el doble papel de la vidente y la madre superiora, como también a Nino Surguladze como la posadera y a Dmitry Ulyanov como Fausto.

La producción de Calixto Bieito no me convence, aunque el punto de partida sea plausible. Al igual que la Lulu de Berg, Renata no es sino una víctima de todos los hombres que han ido pasando por su vida, que –empezando por su propio padre– la han utilizado como les ha dado la real gana. Alineada y marginada, terminará sufriendo en sus carnes el desprecio de la colectividad. ¿El problema? La partitura emana azufre de principio a fin, pero Bieito se pasa eso por el forro: él va a lo que van muchos directores de la actualidad, a montar su propio discurso sirviéndose del libreto sin atender a la música. En aquella producción de Múnich Barry Kosky también optaba por un punto de partida “cotidiano”, sin elementos sobrenaturales, concretamente las tormentosas relaciones de una pareja en la habitación de un hotel, pero poco a poco los delirios de la protagonista iban generando grotescas, delirantes y terroríficas imágenes de pesadilla que se correspondían con lo que la partitura demanda. Con Bieito todo es prosaico, vulgar, violento mas no inquietante, obvio sin espacio para la magia poética. Aún recuerdo cómo Barry Kosky nos erizaba el cabello en la escena de Agripa: aquí lo que se ve es a un señor practicando un aborto en un aséptico enroeno clínico. En la secuencia de Fausto y Mefistófeles las contradicciones con el libreto son tan grandes que el regista se ve obligado a cambiar quién le habla a quien intentando que la cosa funcione. No lo hace, las contradicciones saltan a la vista y tanto el texto como la música saltan por los aires. Más logrado el final, con un linchamiento de las féminas contra Renata que me recordó muchísimo a la Lady Macbeth de Shostakovich en la producción de Kusej. Por lo demás, hay en esta propuesta mucha sabiduría teatral y una dirección de actores para quitar el hipo: todos, absolutamente todos realizan una labor escénica sensacional.

¿Una buena función? Sí, pero lejos de lo redondo. En cuanto a Gimeno, de momento no veo motivos para lanzar las campanas al vuelo por su nombramiento. En lo sinfónico parece quedar claro que tiene muchísimo talento, pero en esta ópera dista de brillar. Seguiremos indagando.

 

PD. Voy a realizar un pequeño viaje a Rávena, así que desatenderé este blog por unos días.

viernes, 29 de julio de 2022

Un perfil de Gustavo Gimeno (III): Bruckner

No estuvieron los ingenieros del todo acertados al registrar esta Sinfonía nº 1 de Anton Bruckner en junio de 2016. Tal vez parte de la culpa sea de la acústica de la Philharmonie de Luxemburgo, pero lo cierto es que el sonido resulta en exceso difuso. Interesantísimo testimonio, en cualquier caso, para seguir haciéndonos una idea de cómo dirige Gustavo Gimeno.

Por un lado, confirma una técnica de batuta colosal. En Bruckner, ya se sabe, o demuestras una extraordinaria capacidad para planificar tanto en lo horizontal como en lo vertical, o no tienes nada que hacer. El maestro valenciano lo consigue: perfecto equilibrio polifónico, empaste cálido muy adecuado para el compositor, fraseo ajeno al nerviosismo, naturalidad en las transiciones, lógica en el ascenso a los clímax… Una pena que los metales de la Filarmónica de Luxemburgo, realizando una labor muy notable, disten de los de las formaciones de primerísima que han abordado esta partitura.

Por otro, Gimeno deja clara su tendencia a buscar belleza sonora antes que tensiones o claroscuros. Unos podrían decir que nos encontramos ante una visión clásica de la partitura, que mira antes al pasado que el Bruckner del futuro, ese que nos pondrá al borde del abismo en las tres últimas sinfonías. Otros más bien dirán que lo que aquí ocurre es que al maestro le falta sintonía con este universo expresivo, que adopta una postura en exceso acomodaticia o, sencillamente, que resulta descafeinado. O peor aún, que carece de la madurez, de la creatividad y de la fuerza visionaria que en esta misma partitura han demostrado maestros como Jochum –en Berlín, no en Dresde–, Karajan, Solti y Barenboim, sobre todo estos dos últimos. Por cierto, poco se parece aquí Gimeno a su mentor Abbado, que en sus diferentes testimonios nos dejó una visión especialmente escarpada y nerviosa de la página.

Los más interesante del disco llega con las propinas. Tanto la Marcha en re menor WAB 96 como las Tres piezas para orquesta WAB 97 fueron calificadas por el propio Bruckner como tareas estudiantiles. Lo son, con todo lo que ello implica, pero no solo apuntan aquí y allá –con bastante claridad– a lo que va a ser el lenguaje del compositor, sino que ofrecer un hermoso vuelo melódico en el caso del Moderato y del Allegro non troppo. Un buen bruckneriano debe conocerlas.

martes, 26 de julio de 2022

Un perfil de Gustavo Gimeno (II): Ravel

Seguimos con Gustavo Gimeno, esta vez con un disco dedicado a Maurice Ravel que grabó para Pentatone en 2017 al frente de la Filarmónica de Luxemburgo, de la que es titular desde 2016. Se encuentra disponible en las plataformas habituales en alta definición; la toma, poderosísima en el grave pero poco transparente, deja un tanto que desear.


Versión completa de Daphnis y Cloe para empezar. El maestro valenciano se mueve como pez en el agua desplegando lo que más le gusta, levedad sonora, sensualidad y una elegancia indolente que le sientan de maravilla a esta partitura. Siempre y cuando no se pasen de la raya, claro está: a veces Gimeno lo hace a la hora de sonar aéreo o dulce. En la Danza guerrera se pasa al extremo opuesto: una cosa es reflejarla brutalidad de los malos de la función y otra distinta es hacer el bruto. En cualquier caso, su afinidad con la partitura es grande, y su dominio técnico incuestionable. Ocho sobre diez.

Seguimos con Una barca en el océano. Como era de esperar, el valenciano se muestra impresionista al cien por cien en una lectura atmosférica y brumosa, fraseada con embriagador balanceo, minuciosamente en el tratamiento de las dinámicas, fascinante en las texturas, en la que casi se pueden sentir las gotitas de agua marina rociando nuestro cuerpo. Habrá quienes prefieran opciones más tempestuosas –imposible no recordar a Muti con la Filarmónica de Berlín–, pero lo de Gimeno es admirable en su línea. Un nueve.

Terminamos con la Pavana para una infanta difunta: lento en el tempo, concentradísimo en el fraseo, difuminado en las texturas, contemplativo más que doliente en la expresión, el valenciano parece seguir los pasos del último Giulini hasta quedarse muy, pero que muy cerca de la intensidad poética del inolvidable maestro. ¿Nueve y medio?

domingo, 24 de julio de 2022

Un perfil de Gustavo Gimeno (I): debut con la Filarmónica de Berlín

Me han preguntado mi opinión sobre el nombramiento de Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) como director musical del Teatro Real. Poca idea, la verdad. Aquí había hablado de él en dos ocasiones una en la comparativa de La mer de Debussy (leer) y otra al referirme a un disco de su mentor Claudio Abbado en el que él pudo haber tenido importante participación (leer); en ambas ocasiones no salió del todo bien parado. Lo oportuno me parece escuchar los otros testimonios sonoros que tenemos de este señor para hacernos una idea cabal de sus cualidades. Empecemos por su debut en octubre de 2021 al frente de la Filarmónica de Berlín, a disposición (aquí) de quienes somos abonados a la Digital Concert Hall.

Arrancó el programa con el precioso Concert Românesc de Ligeti, una obra muy temprana del genial compositor húngaro. La recreación de Gimeno, indisimuladamente “romántica”, resulta modélica por su plena atención tanto a la sensualidad, el vuelo melódico y la poesía como al ritmo y el folclor. ¡Cuanta chispa y desparpajo, y también cuanta finura en el trazo! La orquesta, divina, tiene no poco que ver con los insuperables resultados.


Sigue el Concierto para violín nº 2 de Prokofiev. Ya saben, el que se estrenó en Madrid. El maestro valenciano ofrece una dirección muy ágil, fluida y natural, rica en el color e irreprochable en el estilo, admirablemente delineada y siempre intensa en la expresión, aunque ni él ni el solista Agustin Hadelich, soberbio en lo técnico, terminan de profundizar en los movimientos extremos, dichos con más interés por el virtuosismo que por explorar subtextos. Al primero le sobra cierta precipitación y necesita mayor interés por los aspectos misteriosos e inquietantes, mientras que en el tercero podía haber explorado más la retranca. Los dos artistas triunfan en un Andante assai memorable, quizá no tan intenso como el de Vengerov con Rostropovich, pero perfecto a la hora de aunar belleza, canto y emoción.

Scheherazade de Rimsky-Rorsakov para terminar, nada menos. Auténtica prueba de fuego en la que se trata no de hacer sonar bien a la orquesta –una como la presente “toca sola”–, sino de demostrar qué se puede hacer con ella. Llama la atención el hecho de que Gimeno decida no recrearse en el músculo, la robustez y la potencia sonoras que habitualmente asociamos con la mítica formación alemana. Antes al contrario, el valenciano recuerda a su maestro Abbado en su intención por hacerla sonar con menos densidad, incluso con cierta ligereza, amén de con un extremado refinamiento tímbrico. No incurre, por ventura, en los preciosismos ni en los amaneramientos en lo que sí caía su mentor, por lo que a la postre nos ofrece una interpretación ante todo ágil, vivaz y colorista, interesada antes por la inmediatez descriptiva que por la opulencia sinfónica. Por ello mismo no resulta muy atmosférica ni se encuentra dotada de especial poesía, pero sí que es magnífica en el trazo –todo se encuentra planificado al milímetro–, admirable en lo que a transparencia se refiere y destila una frescura que le sienta de maravilla a la manida manida página.

Bien –solo eso– el violín de Noah Bendix-Balgley, y excelsos Emmanuel Pahud a la flauta y Wenzel Fuchs al clarinete. Stefan Schweigert posee una técnica soberbia, pero su decisivo solo de fagot al principio del segundo movimiento resulta en exceso rebuscado. Por lo demás, triunfo para Gimeno.

Por si alguien quiere puntuaciones: un 10 para Ligeti, un 8 para Prokofiev y Rimsky.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...