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jueves, 14 de julio de 2011

Tosca vuelve al real: Urmana aclamada, Espert abucheada

Me sorprendió la reacción del público que asistió el pasado martes 12 de julio al reestreno en el Teatro Real de la producción de Tosca preparada por Nuria Espert: grandes aclamaciones a Violeta Urmana, acogida más respetuosa que entusiasta para el resto de los músicos y abucheos –no muy intensos pero sí evidentes- para la veteranísima actriz y directora de escena catalana. La explicación oficial, que me consta de muy buena tinta que es la que cree la propia artista, achaca el rechazo a una de las innovaciones de esta reedición: después de matar a Scarpia, recordemos que reconvertido aquí en cardenal, la hasta ese momento muy religiosa Floria Tosca arroja con desprecio un vaso de vino al crucifijo que preside la escena. Si realmente esa es la razón, solo me cabe lamentar que haya personas que no sean capaces de distinguir entre la escena y la vida real, aunque tampoco eso sería de extrañar en el aburguesado público del Madrid de Rouco Varela. Personalmente pienso que pudo haber otros motivos, como las cuatro o cinco estupideces que ofrece su propuesta escénica, en primerísimo lugar el suicidio de la protagonista tirándose a la fosa común donde segundos antes ha sido arrojado el cuerpo del “suo Mario”.

En cualquier caso, y esto hay que dejarlo bien claro, la producción de Espert ni es para tirar cohetes ni resulta desdeñable. Con respecto a la filmación en DVD (enlace) mejora bastante en directo, pues a pesar de la oscura iluminación azulada de Vinicio Cheli la escenografía de Ezio Frigerio no es fea y ofrece una adecuada dosis de espectacularidad, mientras que la dirección de actores desprende solvencia –ha estado más trabajada ahora- y las situaciones, salvo excepciones como la arriba apuntada, están resueltas con sensatez. Ha sido además un acierto reducir en su duración la ridícula coreografía de la tortura de Cavaradossi en el segundo acto, aunque lo suyo hubiera sido suprimirla por completo. Tampoco hubiera estado de más sustituir el cuadro de la Magdalena, una disparatada mezcla iconográfica de la Inmaculada y la Verónica (!!!), pero insisto en que en conjunto la producción es apreciable, sobre todo habida cuenta de los bodrios que circulan por ahí.

Creo que el público tampoco se enteró muy bien del admirable trabajo de la Sinfónica de Madrid: el sonido global sigue siendo algo pobre, amén de inseguro en algunas secciones, pero su progreso es muy evidente desde la venturosa marcha de Jesús López Cobos. Con ello tendrá algo que ver la destreza técnica del maestro Renato Palumbo, quien ofreció una dirección de enorme atractivo: rápida, aristada, con nervio y mucha garra dramática, amén de ajena a blanduras y narcisismos, destacando además en lo sonoro por un tratamiento especialmente incisivo de las maderas y por una claridad que llegaba a revelar detalles insólitos. Eso sí, hay que reconocer que la animación de la batuta le llevó a frasear de manera pimpante algunos pasajes (los relacionados con el sacristán) y a pasar un poco de largo ante los aspectos más cantables, líricos y voluptuosos de la partitura. El genial Te Deum, por su parte, debería haber estado más paladeado.

Sorpresa enorme para mí la actuación, sustituyendo a Marcello Giordani, del tenor Marco Berti, que me ha gustado mucho más aquí que en los Calaf y en el Dick Johnson que le había escuchado. Su línea sigue siendo la misma, es decir, cortita de legato, poco matizada y problemática a la hora de apianar, lo que a quien esto suscribe le suele hacer poca gracia, pero en esta ocasión lo he encontrado mucho más seguro, cálido y entregado, logrando aprovechar al máximo su impresionante registro agudo sin caer en innecesarios exhibicionismos. Su “Recondita armonia”, como les pasa a casi todos, no fue para el recuerdo, pero el resto de la función le salió bien. No sé por qué no le aplaudieron más. Como actor, eso sí, es el mismo petardo de siempre.

Me habían hablado bien del Scarpia de Lado Atanelli: la voz es de buena calidad y el joven barítono georgiano no canta mal, pero a mí su encarnación del malo por antonomasia del repertorio lírico me pareció terriblemente plana, lo que en este personaje resulta imperdonable. Me quedo sin duda con la recreación que hizo Ruggiero Raimondi en 2004, comatoso en lo vocal pero llenando de intención cada una de sus frases. Entre el resto del elenco quisiera destacar a Felipe Bou, un Angelotti muy matizado, y a un Valeriano Lanchas que evitó de modo admirable el cúmulo de payasadas que no suelen regalar muchos recreadores del sacristán.

Queda la Urmana. Me dice un amigo que chilló los agudos y que no terminó de dar con el personaje. Estoy parcialmente de acuerdo, pero… ¡qué gozada escuchar una Floria Tosca así, con este pedazo de voz corriendo con pasmosa facilidad por la sala con un timbre lleno de armónicos y un grave seguro, homogéneo y redondeado! Todo ello haciendo gala de una línea muy en su sitio, italiana pero ajena a los excesos veristas, y de una gran convicción expresiva, ofreciendo intensidad sin transformar al personaje en una histérica o una marimacho, como hacen otras cuyo nombre prefiero guardar. Su aria debería haber estado más paladeada (¿la batuta, quizá?) y por los recovecos del complicado personaje pasó un poco de largo, pero yo me lo pasé estupendamente escuchándola. Me gustaría volver a verla en el papel dentro de unos años.

jueves, 27 de mayo de 2010

La Turandot de Mehta y Kaige, en Blu-ray

Me ha regalado mi padre por mi cumpleaños el Blu-Ray, editado por el sello Major, que recoge la Turandot que ofrecieron Zubin Mehta y Chen Kaige en el Palau de Les Arts en mayo de 2008. Yo el vídeo ya lo conocía a través de transmisión televisiva, y lo comenté en este mismo blog (enlace). Más adelante vi en directo la misma producción, esta vez con Patrick Fournillier a la batuta, y de nuevo tuve la oportunidad de dejar algunas impresiones (enlace). De ahí que no merezca la pena insistir en lo ya dicho: que Guleghina llega a deslumbrar en lo vocal, que Berti luce unos magníficos agudos, que Voulgaridou es una Liù del montón, que la dirección escénica es muy pobre y que desde el punto de vista plástico el espectáculo es realmente vistoso. Debo añadir, en todo caso, que siendo impresionante la dirección de Mehta pienso que aún podría hacerlo mejor, al menos ahora que he escuchado la increíble realización de Giuseppe Sinopoli (enlace).


Lo que realmente quiero ahora señalar es la muy considerable mejoria que obtiene la filmación en el formato Blu-ray. En televisión resultaba muy oscura, y cuando por fin vi el espectáculo en directo señalé lo mucho que se habia perdido por el camino. Pues bien, tenemos ahora la oportunidad de disfrutar del riquísimo colorido y de las suntuosas texturas del vestuario de Chen Tong Xun casi como si estuviéramos en el teatro valenciano. El sonido también ha mejorado de manera considerable, y eso que la toma sonora original de Unitel padece los mismos defectos del Fidelio grabado también en Les Arts (enlace): cierta opacidad, graves tendentes a la saturación y un surround bastante extraño en el que algunos instrumentos suenan por detrás. Los problemas siguen estando ahí, pero se ha ganado mucho en relieve, naturalidad y presencia gracias al espléndido DTS-HD Master Audio 5.1 (para disfrutar del cual, mucho ojo, hace falta no solo un sistema doméstico multinacal, sino también un reproductor de Blu-ray compatible). Los fabulosos conjuntos orquestales y corales del teatro valenciano son los principales beneficiados por la mejoría.



Hay algún reparo menor que hacer. Por ejemplo, que el making-of solo trae subtítulos en inglés. O que la subtitulación de la ópera propiamente dicha sufra alguna grave falta de sincronización. Pese a todo, y con las relativas desigualdades de la interpretación musical y escénica, creo que estamos ante un Blu-ray poco menos que obligatorio para todos los que amen esa obra maestra absoluta que es Turandot. Yo lo he disfrutado muchísimo. No se lo pierdan.

martes, 30 de marzo de 2010

Turandot vuelve a Sevilla

Doble reparto para la reposición de la Turandot que el Maestranza le compró hace años al Teatro La Fenice. Entradas agotadísimas: se nota que hay ganas por escuchar a Puccini. ¿Quién dijo crisis? Estuve en la última función, la del viernes 26: Janice Baird, Marco Berti, Norah Amsellen. No pude escuchar al primer reparto, con Guleghina, Armiliato y Desí. En el foso, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla bajo la dirección de su titular.

A mi modo de ver fue la dirección de Pedro Halffter, lenta y más “romántica” que “expresionista”, lo más desigual de la función, pero también lo más interesante. Desigual porque no logró tensar lo suficiente el hilo dramático ni levantar una arquitectura convincente, desembocando su lectura en una yuxtaposición de escenas que en unos casos resultaron muy logradas y en otros estuvieron ayunas de fuerza interna; en este sentido, todo el final del primer acto resultó flácido y deshilachado. Interesante porque el madrileño se mostró muy atento al análisis de texturas –la claridad fue muy notable-, y más interesante aún porque Halffter optó por una visión atmosférica de la partitura, menos aristada que de costumbre pero muy sensual y con una buena dosis de carácter onírico; incluso subrayó las conexiones con el Impresionismo (la invocación a la luna en el primer acto, que su batuta hizo sonar de modo fascinante) y hasta por momentos reveló paralelismos con Bartók.

La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza realizaron una digna, esforzada y muy competente labor (la partitura se las trae) y no merecen sino elogios, pero aun así hay que mantener los pies en la tierra: la Orquesta de la Comunitat Valenciana y el Coro de la Generalitat que la acompaña en el Palau de Les Arts me parecieron el año pasado abiertamente superiores bajo la dirección de Patrick Fournillier (no pude asistir a ninguna de las funciones de Maazel). Por cierto, que en mi localidad del Maestranza (fila 7 del patio de butacas) en ningún momento se evidenció que los solistas vocales fueran sepultados por coro y orquesta. Bastante bien la escolanía.

La voz de Janice Baird empieza a sonar un tanto agria, pero dio las notas. Y las dio –al menos en la función que me tocó escuchar- sin graves desigualdades y sin evidenciar particular esfuerzo. Como además ofreció –en lo escénico y en lo expresivo- un perfil de la princesa menos feroz y monolítico que de costumbre, su recreación de Turandot me pareció, en conjunto, bastante plausible. Aparte de esto, la Baird me cae muy bien desde que he leído que ella y su esposo residen desde hace años en mi tierra, más concretamente en la localidad de Rota. Pero esa es otra historia, claro.

Marco Berti, pues ya se sabe: unos agudos fabulosos, esmaltadísimos, emitidos con insolente seguridad, que en muchos momentos no logran disimular una línea de canto sin duda valiente, pero muy parca en calidez y matices expresivos. Sus limitaciones para cantar por debajo del mezzoforte son tan grandes como su mediocridad escénica. El “Nessun Dorma” distó de convencer.

Nora Amsellen me gustó mucho como Mimí en el Teatro Real. Como entonces no le noté ningún problema en cuanto al caudal de su voz, en esta ocasión me ha sorprendido esta limitación. En cualquier caso es una cantante de mucha clase y ha ofrecido una Liú de muy buena línea, sensible pero no sensiblera, segura en los filados (nada que ver en este sentido con mi por otra parte muy admirada Gallardo-Domas) y muy amplia en el fiato, lo que no le vino nada mal para hacer frente a los tempi de Halffter.

Alexander Vinogradov, joven promesa de la factoría Barenboim (le escuché un flojo Daland en el Real hace años con el de Buenos Aires) me ha convencido más aquí que en otras ocasiones: un Timur de apreciable nobleza expresiva. Me parecieron muy dignos Manuel Esteve, Javier Palacios y Gustavo Peña: cosas bastante peores se han escuchado en las tres máscaras en teatros de primera. Flojito el mandarín de Mario Bellanova. Y no me gustó nada Josep Ruiz: un emperador con demasiados años a cuesta.

La producción era vieja conocida para todos los que hemos sido fieles al Maestranza, pues el teatro sevillano se la compró hace años a La Fenice cuando la llevó a su escenario bajo la dirección de Alain Lombard. Por cierto que pertenecía a un gran amigo de éste, el enorme Jean-Pierre Ponelle. Una decepción para venir de quien viene: hay razones para pensar que su antigua asistente, Sonja Frissel, se ha limitado a reproducir los movimientos del maestro (justo eso es lo que ocurrió cuando la londinense ofreció en Sevilla la Italiana en Argel de Ponelle, idéntica a la que ahora ha sido editada en DVD por Deutsche Grammophon). Virtudes e insuficiencias son pues del director escénico francés, que diseñó el mismo una gigantesca cabeza femenina que en el segundo acto giraba para mostrar un reducido pero vistoso palacio imperial. Todo funcionó con corrección, sin salidas de tono y con bastante sensatez, pero sin ese plus de magia escénica que la función hubiera necesitado.

Se aplaudió mucho, muchísimo. Todo el teatro en pie y palmas por sevillanas. ¿Triunfo exagerado? Si es por la interpretación, quizá. Si es por Puccini, no: se merece eso y mucho más.


PS. No tengo fotos de las oficiales, pero las hay maravillosas en este enlace.

martes, 14 de abril de 2009

La Turandot valenciana de Kaige y Mehta

Ahora que el Palau de Les Art repone su producción de Turandot (desgraciadamente la función que espero ver el próximo sábado la dirige Fournillier, no Maazel), he tenido la oportunidad de ver el video de la misma registrado en su momento por Unitel, en retransmisión televisiva realizada por el canal Arte que se supone ha de ir seguida, como ocurriera con el excelente Fidelio, a un DVD comercial. Se habló mucho en su momento de esta Turandot, así que estas líneas no tienen la intención de aportar nada a estas alturas, pero como este blog es más una carpeta de apuntes que otra cosa, aquí van mis impresiones.

Turandot_Valencia

La producción escénica, en sí misma, no me ha parecido gran cosa. Su interés es mayormente plástico: la escenografía de Liu King resulta muy vistosa y el vestuario de Chen Tong Xun es una preciosidad. Me interesa bastante menos la dirección de Chen Kaige, primer trabajo escénico del director de Adiós a mi concubina, pues aunque tiene la virtud de no salirse de madre, no sólo no aporta nada en particular (lo de la princesa de incógnito entre el pueblo no pasa de la anécdota) sino que además ofrece unas soluciones convencionales para el movimiento de solistas y masas.

Ahora bien, esta Turandot alcanza en lo musical un nivel envidiable. No he tenido tiempo de comparar esta realización de Mehta con su justamente célebre (aunque aún denostada en ciertos círculos, qué cosas) grabación para Decca con Sutherland, como tampoco con su DVD en la Ciudad Prohibida. En cualquier caso su labor es soberbia, pues sin resultar especialmente creativo ni personal, es difícil imaginar, dentro de una línea ortodoxa, una dirección claramente superior a ésta tan perfecta en el estilo, tan pucciniana como stravinskiana al mismo tiempo; tan rica en colorido y de tan agudo sentido del ritmo; tan clara y tan admirablemente construida; tan elocuente, brillante -sin asomo de retórica- y tan comunicativa.

Claro que de nada serviría la excelencia del maestro hindú si no tuviera a su disposición unos conjuntos estables como los que tiene el Palau. Que haya en España una orquesta semejante es dudoso. Que exista un coro de ópera a superior altura (el Orfeón Donostiarra es otra cosa), más que improbable. No soy el primero en decirlo, ni el último: lo que confiere al teatro valenciano su categoría es la altísima calidad de estos conjuntos. Más le valdrían a Real y Liceu tomar nota.

Las voces están bastante bien. A la Guleghina se le puede criticar su dicción del italiano, pero esta señora puede con la disparatada escritura vocal de la princesa, incluidos sus temibles saltos; como además le pone ganas al asunto, se muestra atenta a la evolución del personaje y se desenvuelve bien en la escena, el resultado es digno de admiración.

Me ha gustado Marco Berti más aquí que en su Dick Johnson de Sevilla (enlace). El papel de Calaf le permite lucirse con su brillantez en el agudo y, además, en esta producción no se nota tanto lo mediocre actor que es. El -relativo- borrón es Alexia Voulgaridou: correcta en lo canoro, parece increíble que se puedan cantar esos bomboncitos que son las arias de Liu con semejante desinterés. Una voulgaridad, vamos. El Timur de Alenxander Tsimbaliuk -más voz que otra cosa- cumple sobradamente y las tres máscaras funcionan muy bien.

¿Conclusión? Se le podrán poner muchos reparos al Palau Les Arts, pero a ver si hay teatro español capaz de ofrecer una Turandot así.

lunes, 23 de marzo de 2009

La Fanciulla en Sevilla: de lo mejor del Maestranza

He visto casi todas las producciones líricas que se han ofrecido en el Maestranza desde su inauguración en 1991, exceptuando la Tosca con Domingo, la Favorita con Kraus, el Nabucco, el doblete Cavalleria/Pagliacci y alguna otra cosa que se me escapa. Pues bien, esta Fanciulla del West con doble reparto (tres funciones con Baird/Berti/Sgura y otras tantas con Dessì, Armiliato y Carroli) me ha parecido de lo mejor que se ha visto en el teatro sevillano en lo que al campo operístico se refiere. Una pena que aún queden entradas por vender, porque el espectáculo que se ha visto es, pese a algunos reparos vocales, un homenaje a lo que debe ser la ópera: un conjunto de buenas voces, una inspirada batuta y una propuesta escénica en condiciones al servicio única y exclusivamente de las ideas musicales y dramáticas del compositor, mas no del exhibicionismo gratuito de los músicos o de las originalidades del regista. Vayamos por partes.

La escena

Quien conozca el DVD del Metropolitan editado por Deutsche Grammophon (Daniels, Domingo, Milnes, Slatkin) ya sabe de qué va la cosa, porque esta producción de Gian Carlo del Monaco es virtualmente idéntica a la que realizó para el teatro norteamericano. ¿Tradicional? Desde luego. ¿Realista? Sí, si entendemos el adjetivo desde el punto de vista teatral. Pero lo que no resulta en absoluto esta propuesta es rancia, adocenada o convencional, porque son muchísimos los elementos dramáticos que el regista aporta para perfilar mejor personajes y situaciones. Y es que las propuestas no se dividen entre “antiguas” o “modernas”, sino entre sensatas o insensatas: los Cuentos de Hoffmann que Del Monaco ofreció hace unos años también en el Maestranza era “raros” pero igualmente maravillosos.

Ni que decir tiene que la iconografía propia del western cinematográfico presidía la realización visual, soberanamente realizada. La escenografía y el vestuario, a cargo del propio director italiano, eran espectaculares. La iluminación de Wolfgang von Zoubk ofrecía una gran belleza plástica y estuvo utilizada con sentido dramático. La dirección de actores fue buena. Y, por encima de todo, los movimientos de masas -coro más figurantes- alcanzaron un detallismo de realización que pocas veces he visto resuelto en directo con semejante éxito. Total, una maravilla salvo para los pedantes que piensan que lo “comprometido” es provocar al personal con disparates varios a la manera de Bieito y demás desvergonzados con talento.

El foso

Sigo pensando que la mejor orquesta española de foso en la actualidad es la del Palau Les Arts, pero la Sinfónica de Sevilla estuvo en estas funciones muy, pero que muy cerca: la cuerda sonó con bellísimo terciopelo, la madera se mostró muy empastada y los metales, flojos en otras ocasiones, realizaron una formidable labor. Pocas veces, o nunca, he escuchado a la ROSS sonar así de bien en ópera, mérito sin duda tanto de los propios músicos que la integran como de su actual titular.

Semejante exhibición técnica vuelve a dejar claro que eso de que Pedro Halffter no sabe dirigir una orquesta no es más que un embuste. ¿Hace falta insistir en que la labor directorial de este señor hay que juzgarla por sí misma y no por quién es su padre, por quién le puso al frente del Maestranza, por el repertorio que le gusta programar, por el color de su pelo, por el número de zapato que calza o por el signo de su horóscopo? Me parece que sí, que hay que repetirlo, porque no hay peor sordo que quien no quiere escuchar.

Por mi parte, al igual que cuando lo he creído oportuno lo he puesto a caer de un burro, no dudo ahora a la hora de afirmar -ya estoy escuchando las risas- que su trabajo ha sido formidable no sólo en el ya citado aspecto técnico, sino también en el expresivo: la elegante sensualidad de su fraseo, el apropiado legato de su batuta, la minuciosa matización de la gama dinámica, el bien sostenido pulso dramático de cada uno de los actos, el vuelo poético de los pasajes más emotivos y la adecuada atmósfera turbulenta, gótica incluso, que supo extraer de la partitura, hicieron que su labor elevara esta Fanciulla (aquí la batuta es más importante que las voces) a un altísimo nivel musical. Un poco más de imaginación y garra dramática en el segundo acto, y su dirección podría considerarse de referencia. Así de claro.

El coro

Se merecen un punto y aparte: el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza (su sección masculina) firmó su mejor actuación hasta momento en un título, además, bastante comprometedor. Parece que hay tensiones con su director, Julio Gergely, pero desde el punto de vista técnico su trabajo conjunto está siendo admirable. Reforzaban su labor miembros del Coro Intermezzo. Mérito adicional para todos ha sido cantar cumpliendo las minuciosas instrucciones escénicas de Del Monaco: también en este sentido su actuación resultó formidable. Ellos son en gran medida responsables del fenomenal éxito de esta Fanciulla.

Las voces

Janice Baird hizo en el Maestranza una magnífica Elektra y una digna Brünnhilde. Ahora no le ha ido tan bien: con un grave muy pobre y un centro sin cuerpo, sólo encuentra desahogo en un agudo más poderoso que bien timbrado. Sin embargo es joven, guapa y buena actriz, y comprende el personaje mucho mejor que una Daniela Dessì que entiende a Minnie de una manera ingenua que no casa bien con su imagen de señora madura. Ahora bien, la soprano italiana se pone muy por encima de la norteamericana en el plano musical, pues a pesar de que su buen instrumento de lírica pura anda algo sobrado de vibraciones, su línea genuinamente italiana, su excelente técnica y la cálida emoción con la que canta le hicieron ser muy convincente.

Un físico no muy agraciado y unas dotes de actor más bien escasas le hicieron flaco favor a Marco Berti en su encarnación del bandido, en cualquier caso correcta en lo vocal e incluso a ratos brillante merced a un registro agudo poderoso, seguro y de gran luminosidad. El agudo de Fabio Armilato no es ni mucho menos tan interesante, pero su instrumento es más homogéneo y su desenvoltura escénica muchísimo mayor; sin poseer la calidez ni la sinceridad de un Plácido Domingo, su Dick Johnson fue my notable.

El joven Claudio Sgura posee un buen instrumento canoro y procura cantar con intención, aunque en la escena crucial de la partida de cartas podía haber matizado tanto como frente a él lo hizo Janice Baird. El veteranísimo Silvano Carroli ofrecía en el video del Covent Garden de 1982 (la correcta producción de Faggioni que inicialmente estaba prevista para Sevilla) un Jack Rance engolado y tosco. Ahora, tras encarnar cientos de veces al sheriff, ha hecho lo mismo… con veintiséis años más a sus espaldas. De nada le sirvió oscurecer artificialmente su -eso sí- poderosa voz, porque tanto en lo canoro como en lo escénico su interpretación fue el colmo de la vulgaridad. Por si fuera poco se saltó una importante indicación escénica: en lugar de amenazar a Dick Johnson tras la partida de cartas mientras Minnie grita aquello de “È mio!” (estupenda aportación de Del Monaco), se limitó a marcharse como está acostumbrado a hacer y dejó a la Dessì con un palmo de narices.

Buenísimo -con alguna excepción que prefiero no decir- el nivel de los comprimarios, abundantes y decisivos esta partitura, sobresaliendo muy especialmente un Vicente Ombuena –Nick, el camarero- que no en balde tiene tras sus espaldas una digna carrera en la que el autor de Gianni Schichi ha desempeñado un papel fundamental. Gran trabajo de equipo.

.. y Puccini.

El compositor ha sido, con toda justicia, el gran triunfador de estas veladas hispalenses (comento las de los días 20 y 21 de marzo). Cierto es que este título no alcanza la inspiración melódica de La bohème, la redondez dramática de Tosca ni la imaginación de Madama Butterfly, pero aun tratándose de una obrar “menor” es una magnífica ópera.

Sigue sin entusiasmar a mucha gente por circunstancias como la dispersión del libreto o -y esto no es un defecto en modo alguno- la casi total falta de arias, pero una batuta en condiciones -como la que ha habido en Sevilla- es capaz de desvelar que el núcleo musical de la obra se encuentra en la orquesta y tiene muchísimas cosas que aportar desde el punto de vista dramático. Que la partitura nos fascine a los amantes de la música cinematográfica no es casualidad.

La belleza melódica de La fanciulla del West, por lo demás, resulta innegable, aunque de nuevo hay que buscarla mucho antes en el foso que en las voces: tan hermosísimos son los leitmotivs asociados a Minnie y al baile entre ambos que es difícil contener las lágrimas cuando lo que se ve en escena está a la altura. Melodías que rezuman italianidad por los cuatro costados, aunque estén dentro de una de las partituras más avanzada de su autor.

Para finalizar, no es difícil suscribir la afirmación de José Luis Téllez según la cual (cito sus notas al programa) la partida de cartas es “una de la más intensas escenas de todo el operismo”. ¡Qué música! Total, doble triunfo para Sevilla: haber devuelto a España una ópera muchísimo más interesante de lo que algunos creen, y haberlo hecho en condiciones difícilmente superables hoy por hoy para cualquier teatro de primera.


PD. Aquí se puede encontrar un excelente comentario con fotos de la producción (enlace) y aquí todas las críticas que han aparecido hasta el momento (enlace). Eso por si alguien le quedan ganas aún de leer después de esta soporifera parrafada mía...

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