jueves, 2 de abril de 2026

Petrushka, de Stravinsky: discografía comparada

Llevo siglos intentando terminar esta discografía, pero no hay manera. La subo de manera provisional, sin fotos ni nada, y ya la iré completando. Lamento no estar a la altura.



1. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1949). Siempre cómodo en este repertorio, el maestro suizo comprende a la perfección todos los mundos que alberga la partitura, el de la tradición rusa más o menos folclórica y el de la modernidad, el del impresionismo y el de las aristas, el de la emotividad (¡intensísima!) de unas marionetas humanizadas y el del distanciamiento sarcástico. Llena su lectura de vida y de animación, pero también de sentimientos, generando una sugestiva atmósfera de misterio cuando lo considera necesario y evidenciando un desarrolladísimo sentido del color y del matiz expresivo. Eso sí, se puede hacer mejor en lo que a claridad y, sobre todo, a depuración sonora se refiere, mientras que el tempo de algunas danzas puede resultar algo desconcertante por su relativa lentitud. Digna toma monofónica en el Victoria Hall. (8)


2. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1957). Este remake estereofónico -toma algo seca, pero admirable para la época- tiene como mayor interés el de disfrutar con mayor comodidad de las importantes virtudes de la recreación de Ansermet y los suyos. También, todo hay que decirlo, apreciar con más detalles sus insuficiencias, sobre todo en lo que a la orquesta se refiere. (8)


3. Stokowski/Filarmónica de Berlín (HDTT, 1957). Interpretación muy abreviada en la que el sentido del color, de la teatralidad, de la incisividad y del humor de Stokowski resultan ideales para una obra como este, pero a la larga se terminan imponiendo sus excentricidades -reguladores en los redobles de la percusión entre cada número- y su mal gusto, precipitándose en varias de las danzas e inventándose un final de concierto.  Eso sí, un placer escucharle al frente de una orquesta como esta, con una cuerda grave tan poderosa ideal para la escena del oso. Toma sonora estereofónica desequilibrada, de aceptable calidad en alta resolución. (7)


4. Monteux/Orquesta de la Sociedad de conciertos del Conservatorio de París (Decca, 1957).
Cuarenta y seis años después del evento, el maestro que estrenó la obra nos deja su visión “históricamente informada” (¡y tanto!) de la partitura, obviamente en su edición original. Su visión, atenta a los aspectos más incisivos de la escritura pero también a la “humanidad” de los personajes -no se interesa por lo caricaturesco ni por lo sarcástico- posee interés más allá de lo arqueológico. Comienza bastante animada, incluso un tanto naif, acentuando los contrastes entre las secciones agitadas y las más introvertidas, para en el segundo cuadro hacerse más bien gótica, con interés por lo atmosférico e incluso lo siniestro. Por desgracia, para lograrlo recurre a unos tempi lentos en los que pierde de vez en cuando la tensión. Mejora cuando llega la feria, si bien la Danza de los cocheros resulta algo pesante. El problema, en cualquier caso, viene por parte de la orquesta, que carece del virtuosismo necesario y por momentos ofrece una ejecución descuidada, chapucera incluso. Ni siquiera Julius Katchen está especialmente bien en sus intervenciones. Sonido espléndido para la época. (6)

 

5. Monteux/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Ahora con espléndido sonido estereofónico, el maestro se pone al frente de una orquesta muy superior a la de su registro para Decca en la que hay que destacar unas adecuadas maderas de sonoridad francesa; el resto de las familias dista del virtuosismo que la formación alcanzará con Ozawa. En cualquier caso, Monteux logra ofrecer una versión mucho mejor trazada, ejecutada y clarificada –la Danza de los cocheros sigue pareciendo algo pesante-, en la que de nuevo destaca, sin renunciar a un colorido rico e incisivo, un particular olfato para generar atmósfera –aparición del titiritero, habitaciones de Petrushka y el Moro, todo el final–. Todo ello en una opción que una vez más se aleja de la “pura objetividad” para interesarse a los “sentimientos” de los personajes, de los que parece compadecerse antes que burlarse. Por lo demás, hay numerosos hallazgos teatrales aquí y allá, como también algún pasaje no del todo bien resuelto en sus tensiones. (9)



6. Stravinsky/Columbia Symphony (CBS-Sony, 1960). El autor deja claro que para esta obra -versión de 1947, por cierto- quiere tempi vivaces, timbres incisivos, vigor rítmico y una cierta agresividad sonora, como también un sentido del humor más agrio que risueño. El problema de la versión es que técnicamente deja que desear: la orquesta no está en absoluto a la altura. Tampoco Stravinsky parece muy motivado a la hora de poner matices, resultando más bien lineal e incluso machacón. La toma sonora, eso sí, ha demostrado ser espléndida para la época en el nuevo reprocesado que se ofrece en streaming de alta definición. (7)
 

7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1962). Pese a la relativa calidad de la orquesta encontramos una magnífica interpretación, de admirable ritmo y sentido del color, entusiasta e idiomática, que si no suena del todo clara es en buena medida por culpa de la grabación y de la remasterización. Particularmente interesante el aire “canalla” de las melodías populares que aparecen en el primer cuadro. (8)


8. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1964). Como en su registro anterior, el maestro de origen húngaro no grabó la partitura en su integridad, sino la versión de 1911 con algunos cortes “de concierto”. Por lo demás, se trata de una espléndida lectura que, apartándose de manera obvia de lo establecido por el propio compositor en su registro, aporta cosas nuevas. Ormandy decide ir relativamente despacio, explorar atmósferas, trabajar texturas, matizar expresivamente las intervenciones solistas y buscar antes la elevación poética que la tensión dramática, el colorismo que la agresividad, sin renunciar por ello a un pulso bien sostenido ni, menos aún, al sentido de la ironía. La suntuosa sonoridad de la orquesta, admirablemente recogida por una toma muy superior a la media de la época, es una enorme baza a su favor. (9)


9. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1967). Gran acierto de John Culshaw a la hora de confiar en un joven de treinta y un años, porque por aquel entonces Mehta tenía unas ganas de hacer y de decir que luego iría perdiendo a medida que crecían su edad, su prestigio y su cuenta corriente. Pocas recreaciones fonográficas hasta la fecha se habrían escuchado tan vistosas y coloristas, tan frescas, comunicativas y llenas de vida, tan impregnadas de sentido del humor y de tan desarrollado instinto teatral. Y tan bien desmenuzadas, a pesar de que la orquesta no era ninguna maravilla. Cierto es que el conjunto desprende cierta sensación de superficialidad, de pasar de largo ante determinadas facetas expresivas, pero el maestro nos atrapa de principio a fin. Formidable la ingeniería de Decca. (9)


10. Klemperer/Orquesta New Philharmonia (Testament-Warner, 1967). EMI arguyó en su momento defectos en la ejecución para no editar este registro. Permaneció así en el limbo durante décadas hasta que Testament decidió rescatarlo en 1999. Su audición supuso para muchos un trauma: singularísima, reveladora, extremadamente discutible y genial recreación en la que, haciendo uso de unos tempi en general muy lentos pero manteniendo la tensión de manera extraordinaria, Klemperer ofrece realiza un portentoso análisis de líneas, timbres y texturas, sino que ofrece uno de los más asombrosos trabajos de disección orquestal que jamás se hayan escuchado en el repertorio sinfónico. El enfoque expresivo, por supuesto, es marca de la casa: se renuncia tanto al pathos “romántico” como a la sensualidad “impresionista” y a la crispación “expresionista” para presentarnos por una visión agria, sombría y llena de humor negro, lo que no impide el despliegue de toda suerte de matices teatrales. La toma sonora es de apreciable limpieza tímbrica, si bien tiende a poner a algunos solos en excesivo primer plano. El nuevo trasvase de Warner, por cierto, revela algún empalme no del todo afortunado. (10)


11. Ozawa/Sinfónica de Boston (RCA, 1969). Además de la depuración sonora, el refinamiento, la elegancia y la enorme sensibilidad para el timbre de las que va a hacer gala en toda su carrera, el Ozawa joven -contaba treinta y cuatro años- desprendía una vitalidad, un entusiasmo y una fuerza expresiva que iría perdiendo con el paso del tiempo. Por eso mismo es capaz de ofrecer aquí un Petrushka no solamente refinado y colorista, sino también extremadamente vivaz, fresco y brillante; puede que por momentos algo precipitado, pero de una vitalidad y un sentido del ritmo que se cala en los huesos, sin que por ello deje de atender a la atmósfera ni a las circunstancias dramáticas de las escenas íntimas. En este sentido, todo el final desde la muerte del protagonista es un prodigio de aciertos tímbricos y de variedad expresiva, sentimientos incluidos. El espléndido pianista es nada menos que Michael Tilson Thomas. Formidable el trabajo de los ingenieros de RCA. (9)


12. Giulini/Sinfónica de Chicago (EMI, 1969).
Una pena que el maestro no grabara el ballet completo, sino solamente una selección; bueno, en realidad faltan solo el principio y el final, pero las ausencias se echan de menos. Sea como fuere, el registro merece muy especial atención porque rara vez se ha escuchado esta partitura con semejante gama de texturas y colores, con tanta poesía y con tan matizada intencionalidad expresiva. Tendiendo siempre, eso sí, hacia la humanización de los personajes, y obviando la mala baba o la violencia que otros maestros han querido poner de relieve. La anterior edición en compacto no sonaba bien. Ahora sí lo hace, pero sin que la restauración pueda soslayar los problemas de la toma original, derivados posiblemente de la acústica del Medinah Temple. (10)


13. Leinsdorf/Orquesta New Philharmonia (Decca, 1970). Son varios interrogantes los que plantea este registro. ¿Se debe la insólita clarificación de texturas que recibe aquí la versión de 1911 a una descomunal técnica de batuta, o más bien al controvertido sistema Decca Phase 4 que colocaba en primer término, de manera completamente artificial, las líneas e instrumentos que iban cobrando protagonismo? ¿Se debe lo mucho que recuerda a Klemperer tan solo a que nos encontramos ante la misma orquesta tres años después, a la permanencia de la poderosísima personalidad del maestro de Breslau, o se trata de una coincidencia espiritual con los deseos expresivos del maestro vienés, como sabemos un auténtico demonio a la hora de lidiar con los músicos para conseguir sus fines? Sea como fuere, esta es una interpretación particularmente sombría. No del todo sarcástica, desde luego no especialmente violenta, pero sí muy atmosférica y teñida por un apreciable patetismo, lo que debe confundirse con ausencia de tensión interna. Solo algunas decisiones en los tempi por parte de Leinsdorf empaña un poco los interesantísimos resultados. (9)


14. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Por mucho que el maestro no pierda su sentido de la claridad y de la arquitectura, en modo alguno puede aquí hablarse de interpretación “clarísima pero distanciada”, como manda el tópico bouleziano. Al contrario, se trata de una lectura llena de vida, animación y sentido teatral, también considerablemente imaginativa, en la que el maestro aporta un enfoque mucho antes agrio y sombrío que luminoso –un poco a la manera de Klemperer–, lo que tiene que ver con la tímbrica incisiva –sin necesidad de resultar hiriente– de la que el enorme músico francés hace gala. Lentísima y siniestra la aparición final del titiritero. Solo hay que lamentar las relativas limitaciones de la orquesta neoyorquina y del pianista Paul Jacobs. La toma es excelente; también en el SACD de Dutton, que he escuchado en estéreo. (9)


15. Dutoit/Sinfónica de Londres (DG, 1975-76). El joven Dutoit demuestra verdadera excelencia técnica en el manejo de la orquesta y un tratamiento de las texturas portentoso, sobre todo si tenemos en cuenta que el maestro suizo se decanta por la más compleja orquestación de la versión original de 1911. El problema es que su visión de la personalidad del protagonista resulta un poco bobalicona, y que su planteamiento del drama en las escenas de las habitaciones de Petrushka no solo carece de ironía, sino que se mueve dentro de cierta blandura. Las danzas de la verbena, por el contrario, se encuentran espléndidamente resueltas, aun siempre dentro de una visión antes naif que incisiva. Un lujo contar con la presencia de un Tamás Vásáry rico en matices en la parte pianística. Toma de apreciable limpieza realizada en el Henry Wood Hall. El registro se encuentra disponible en streaming dentro de un doble compacto de la serie Panorama. (8)


16. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1977). Hay que admirar el prodigioso virtuosismo del que hace gala la formación holandesa bajo la batuta de un Colin Davis tan atento al trazo global como detallista, clarificador, y rico en el sentido del color. Ahora bien, y aun siendo evidente que captura sin problemas el espíritu bullicioso de la obra, hay que reconocer que en no pocos momentos se echa de menos algo más de fuerza y electricidad –en la Danza rusa, sin ir más lejos-, y que en general su visión de la obra resulta un punto más naif de la cuenta; un poco más de picardía, como también de imaginación –la cojera del moro en el vals no está bien subrayada– no le hubiera ido nada mal a esta, en cualquier caso, muy notable interpretación, estupendamente grabada por los ingenieros de Philips. (8)


17. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1977). Ante todo, hay que destacar el extraordinario trabajo de la batuta a la hora de tratar colores y texturas, clarificando de manera asombrosa el genial entramado orquestal stravinskiano, trabajado aquí con pinceladas finas y colores refinados, todo ello al servicio de un concepto particularmente naif de la historia que pone de relieve lo que de ternura, encanto y poesía digamos que infantil hay en la historia; nos encariñamos de sus personajes y sentimos con ellos. Quizá está ahí precisamente mi único reparo: aunque esta visión es tan perfectamente válida como la antagónica de Klemperer, un poquito más de picardía e incisividad no le hubiera venido mal. El final resulta particularmente fantasmagórico, y por ello muy atractivo. La toma sonora, sin alcanzar a las mejores de la era digital, ofrece admirable naturalidad y sabe descender al más exquisito detalle sin perder nunca la perspectiva global, es decir, sin caer en esa artificiosidad que a veces afectaba a Decca. Suena especialmente bien en el SACD japonés. (9)



18. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Temprana toma digital -no muy allá- para dejar nuevo testimonio de la sintonía de un Mehta con el mundo rítmico, colorista y animado de este ballet. Se aprecia una evolución en el maestro indio, no obstante: se ha ganado en refinamiento, depuración sonora y elegancia, quizá también en sentido del misterio, mientras se pierde en vivacidad, brillantez y desparpajo. La danza de los cocheros resulta un tanto pesante, y en la secuencia del enfrentamiento final la batuta parece perder un poco de fuelle. (8)


19. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1980). Interpretación marcada por la vivacidad, la chispa y el carácter bullicioso de una batuta a veces algo más apresurada de la cuenta y no aprovechando siempre las posibilidades que le ofrece la música, pero depuradísima y precisa en la tímbrica –incisiva en su grado justo–, clara en las texturas, llena de ritmo y muy certera a la hora de diferenciar en lo expresivo a cada uno de los personajes y las situaciones que ofrece la genial partitura. Eso sí, en una línea más caricaturesca que otra cosa. Incisivo y nervioso en el mejor sentido el piano de Leslie Howard. Espléndido, muy brillante en el agudo el sonido del SACD que circula por tierras corsarias. (9)


20. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1980). Temprana y brillante toma digital para una interpretación rápida, extrovertida y nerviosa, esto último en exceso, que sobresale por su tratamiento muy incisivo de todas las familias instrumentales y por su elevado sentido de las texturas. Eso sí, no hay mucha atmósfera y el perfil de los personajes, mucho antes que “sentimental”, resulta distanciado, lo que por lo demás queda muy stravinskiano. (9)


21. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1981). El maestro napolitano deshumaniza a las marionetas, obvia todo sentido del humor y descarta cualquier aspecto descriptivo –ni siquiera atiende a la cojera del moro en el vals– para mirar frente a frente a Le Sacre y poner de relieve lo mucho que de moderno hay en este ballet. El resultado es una recreación de sonoridad seca, incisiva en los ataques, de enorme vigor rítmico y planteada de un solo trazo sin dejar un respiro al oyente. Eso sí, evitando cualquier precipitación y clarificando en todo momento el entramado polifónico haciendo gala de un soberbio manejo de los planos sonoros y de alta capacidad para atender tanto a la globalidad como al detalle. O tal vez se trate, sencillamente, de un Petrushka cabreado. (9)


22. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). Logrando una formidable fusión entre las extrovertidas maneras de su etapa en Nueva York y el refinamiento de los últimos años de su carrera, el norteamericano ofrece una recreación de una vitalidad contagiosa, rebosante de ritmo y colorido, teatral a más no poder y plena de contrastes. En este sentido, y aunque su visión es mayormente lúdica y luminosa, no se encuentra desatento al lado amargo de la partitura, como tampoco se ve tentado a “romantizar” la obra ni a caer en lo naif. Anguloso e incisivo el piano de Boris Berman. Solo hay que lamentar que la orquesta, aun tocando con entusiasmo contagioso y tratada con claridad por la batuta, no sea aún de mayor nivel. Muy notable la toma. (9)


23.Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Aunque el enfoque sigue siendo antes risueño que irónico, lírico más que aristado, el maestro suizo corrige la blandura que afectaba parcialmente a su registro analógico y vuelve a desplegar su extraordinaria sensibilidad para las texturas –la versión sigue siendo la de 1911– para ofrecer una lectura ideal para deseen una recreación distendida, feliz y sin conflictos de la narración. Petrushka para todos los públicos, en la antípoda de Klemperer. Soberbio el trabajo de los ingenieros de Decca. (8)


24. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Versión lenta, atmosférica, muy gótica. No es rebelde, aristada ni expresi, sino más bien triste y amarga, por momentos patética, lo que descubre muchas cosas interesantes en lo que a los personajes se refiere, pero desequilibra la balanza al no aportar la dosis de luminosidad y vitalidad que la obra necesita como contraste. Lo peor es que hay pasajes, sobre todo en los primeros minutos, que suena con muy escasa claridad, incluso confusa en los planos sonoros. Con independencia de la utilización de la versión original de 1911, tal circunstancia puede deberse a la acústica del Town Hall de Watford, como también a una toma que favorece a la cuerda en detrimento de la madera. (7)


25. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1991). Esta interpretación del maestro francés es bien distinta a la suya de Nueva York veinte años anterior. Se han perdido frescura y sentido teatral, se ha ganado en virtuosismo y depuración sonora, esto último hasta el punto de que, con la complicidad de unos ingenieros portentosos, se consigue la que probablemente sea una de las lecturas más claras de toda la discografía de esta página. Por lo demás, interesa su punto de vista ahora no tan agrio, quizá más poético, pero igualmente sombrío: reveladora toda la secuencia final. (9)



26. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1991). No hay genialidad alguna en este registro. Tampoco particular exhibición de personalidad. Ni falta que le hace: a sus treinta y tres años, el músico finlandés ofrece una lectura de perfecta síntesis en la que hay de todo un poco, desde la brillantez hasta lo patético pasando por el sentido de la atmósfera, el sabor popular y la ironía. Los muñecos no son simplemente eso, pero tampoco se encuentran por completo humanizados: hay cierto distanciamiento. La sonoridad no es agresiva ni estridente, sin que por ello se encuentre suavizada. Insisto en se trata de una recreación muy equilibrada en todos los sentidos. Quizá resulte un pelín sosa, es posible que uno eche de menos un grado mayor de intensidad expresiva, pero el concepto resulta irreprochable y está materializado con una exposición de enorme solidez en la que la batuta obtiene un espléndido rendimiento de una formación que ya no es la de Klemperer, pero que muestra aquí una flexibilidad de lo más adecuada. Gran trabajo el de los ingenieros de Sony, particularmente a la hora de recoger las frecuencias más graves. (9)



27. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1992). Lectura vistosa, extrovertida, juvenil, dotada de una tímbrica muy adecuadamente aristada y beneficiada de unos solistas que intervienen con mucha intención expresiva. La batuta, poco creativa o personal salvo en un vals exageradamente acentuado, realiza una muy notable labor en la que solo hay que reprochar cierto apresuramiento en toda la escena de la fiesta popular, no del todo bien paladeada ni desmenuzada. Espléndida grabación. (8)


29. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1993). Frente de una orquesta portentosa y cuajada de solistas de extraordinaria calidad, el italiano decide subrayar todos los vínculos posibles tanto con el pasado romántico como con el mundo del impresionismo, ofreciendo una lectura en la que se echan de menos acidez, ironía y un punto de electricidad, pero que a cambio resulta sensualísima en un colorido particularmente rico -no muy aristado-, fraseada con enorme cantabilidad, altamente atmosférica y muy atenta a la expresividad del personaje principal, que aparece retratado con una insólita ternura. La toma sonora se encuentra entre las mejores. (9)


29. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1993). Interpretación bastante agria: poco o nada risueña, áspera tanto en la tímbrica como en la expresión, por momentos muy violenta, amén de cargada de toda esa electricidad interna y de ese desarrolladísimo sentido teatral que caracterizaba al maestro de origen húngaro. Así las cosas, esta lectura es en muchos sentidos reveladora, pero también se queda corta a la hora de explorar otros aspectos de esta música genial, y por ello para mi gusto no termina de convencer. Alguien preguntará por qué entonces sí me quito el sombrero ante una aproximación aún más radical en lo expresivo, la de Otto Klemperer. Pues porque lo del de Breslau alcanza mayor genialidad y, además, desprende convicción en cada uno de los compases: Sir Georg, por el contrario, da la impresión de no alcanzar en todo momento la suficiente concentración, circunstancia esta que vendría a marcar los últimos años de su trayectoria interpretativa. (8)


30. Solti/Sinfónica de Londres (Andante, 1994). (8)


31. Mehta/Filarmónica de Berlín (Blu-ray TDK, 1 mayo 1995). El sentido del ritmo, la extroversión, el buen olfato teatral y el carácter bienhumorado de Mehta le sientan estupendamente a una obra como esta. Se puede pedir, eso sí, una dosis extra de depuración sonora, sobre todo en los tutti. Algún pasaje está dicho con precipitación o dicho un tanto de pasada, a veces incluso con cierta tosquedad. Espléndida la orquesta, con algún roce puntual en las trompas. No juega a favor de la interpretación una toma turbia en el Palazzo Vecchio de Florencia. (8)


32. Craft/Orquesta Philharmonia (Naxos, 1997). Interpretación luminosa, vital y llena de entusiasmo que ofrece una visión marcadamente naif de la narración, a lo que contribuye una tímbrica muy sensual -nada incisiva- y un punto impresionista, y que por ende pasa de largo ante los aspectos más corrosivos, caricaturescos o amargos de la página. Lástima que la claridad de la batuta no sea mayor y que la toma sonora resulte un punto turbia, si bien el SACD la revaloriza bastante. (8)


33. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1998). Pinceles finos y admirable sentido del color para una interpretación, que, sin estar fuera de estilo ni renunciar a incisividades, subraya los aspectos líricos de la obra –ideal para ello la sonoridad de la increíble orquesta– y se recrea antes en los aspectos puramente musicales antes que en los narrativos; diríase que es más sinfónica que teatral, y por ello no muy interesada en los aspectos psicológicos de la narración. En este sentido no funciona nada mal, y si falla en algo es en el nerviosismo con que aborda las danzas populares, que contrastan con una aparición del oso particularmente pesante. El final es casi impresionista. (8)


34. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2005). La gran baza se encuentra en los solistas de la orquesta, que tocan con enorme virtuosismo y agudísima intencionalidad. La batuta se muestra sincera y muy eficaz, e interesa por su atención a la atmósfera y a los aspectos “góticos” de la obra, sin cargar en cualquier caso las tintas, pero se echan de menos electricidad en la arquitectura e incisividad en el estilo. Su sentido del humor es saludable, también algo primario. En el vals otra vez la acentuación de la cojera del moro resulta en exceso forzada, y todo el final a partir de la danza de los cocheros es algo grueso en lo sonoro, con más corpulencia que claridad. En cualquier caso, nivel muy alto. (8)


35. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, 2007). Interpretación vivaz, dinámica y aparentemente apasionada, pero muy chapucera en su planificación y ejecución, pasando el maestro de largo ante la claridad del entramado orquestal y aportando pocos matices expresivos. No pierda usted el tiempo. (6)


36. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Colorido y virtuosismo a tope por parte de orquesta y batuta en esta brillantísima versión, muy en la línea de Bernstein, que se caracteriza por su vitalidad contagiosa, por su entusiasmo perfectamente controlado y, sobre todo, por la alegría, la luminosidad y la frescura que desprende, sin detrimento de atender a la parte más digamos “humana” de los personajes –algo sentimentaloide la muerte de Petrushka– y sin dejar de matizar con intencionalidad las intervenciones de cada uno de los portentosos solistas de la formación berlinesa. Ahora bien, quien busque sarcasmo, sentido de lo grotesco y atmósfera malsana, tendrá que hacerlo en otras grabaciones. (9)


37. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2011). Nelsons se mantiene muy lejos tanto del intelectualismo analítico como del sarcasmo expresionista de otras recreaciones para ofrecer una lectura eminentemente cálida, comunicativa y entusiasta -de nuevo revelador el gesto del maestro-, llena de colorido y enriquecida por expresivas intervenciones de los solistas de la orquesta, que sin ser ni mucho menos la más clara, la más visionaria o la más poliédrica que se pueda imaginar, engancha desde el primer momento, amén de por la sugestiva plasticidad que ofrece la formación holandesa, gracias a su sinceridad, entrega e inmediatez, recordando en este sentido a la grabación que realizó Chailly con la propia Concertgebouw, y superando a la que con ella misma realizó el maestro de Nelsons y sucesor del italiano en el podio neerlandés, Mariss Jansons. (9)


38. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Excelente oportunidad para escuchar a los Berliner en un marco distinto a su habitual Philharmonie, en este caso el Festival de Pascua de Baden-Baden: la toma resulta ser superior a la mayoría de las grabaciones de la DCH, mientras que la definición de la imagen es espléndida. Por lo demás, Sir Simon repite su interpretación rápida, incisiva y bulliciosa, gamberra y no poco atrevida -como debe ser-, dotada de enorme instinto teatral, elevado sentido de los contrastes y depuradísima exposición del entramado orquestal –versión de 1947, que es la que él siempre utiliza–. La orquesta realiza una labor increíble y los primeros atriles son de lujo, con mención especial para la flauta de Emmanuel Pahud. ¿Por qué no ponerle el diez? Creo que, para hacer justicia a esta genial partitura, hace falta un enfoque no tan luminoso y con mayor riqueza en la expresión, sin que ello signifique en modo alguno tener que llegar a la mala leche de un Klemperer. (9)


39. Roth/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2022). Bien ayudado por una orquesta de ensueño, el controvertido maestro francés realiza una tan labor globalmente notable como irregular en la que demuestra sintonizar más con unos cuadros que con otros. Bastante con el primero, solo eso: muy animado y colorista, pero también algo ligero en la sonoridad y en la expresión. Muchísimo con los dos siguientes, hasta el punto de que deben calificarse como sensacionales. Alguien me podría replicar que en toda esta secuencia "camerística" de las habitaciones de Petrushka y del Moro el virtuosismo y la musicalidad de los primeros atriles son tan importantes como la dirección. Cierto es, pero por mucho que los solistas de la Berliner Philharmoniker sean muy superiores a los de Les Siècles, su orquesta de “instrumentos originales” con las que volverá a tocar la obra poco después, la comparación deja claro que el desarrolladísimo sentido teatral de las intervenciones de unos y otros llega desde el podio. El último cuadro funciona mucho menos bien por parte del director, que se centra en la efervescencia –enorme– pero carece de flexibilidad, imaginación e inspiración poética. Vistoso y muy lineal. (8)


40. Roth/Les Siécles (Medici TV, 2022). El asunto discurre por los mismos derroteros que meses atrás en Berlín, pero la orquesta es otra. ¿Sonoridades "originales"? Pues sí, y veces el color es muy atractivo. ¿Detalles distintos? También. Pero no tengo nada claro que salgamos ganando. Por otra parte, si tenemos los testimonios fonográficos de Monteux y Stravinsky, que algo sabrían de la "idea original" esta partitura, no tengo nada claro que haya que rescatar estas sonoridades presuntamente perdidas. Hay brillantez y nervio en esta interpretación, en cualquier caso, como también desajustes y algo de barullo. (7)


41. Shani/Filarmónica de Israel (Mezzo TV, 2023). Imposible olvidar aquella grabación de Bernstein con la misma orquesta. La de Shani es muy distinta: mucho menos simpática y distendida, bastante más incisividad y mala leche. En buena medida es la del joven maestro una visión agria, aunque sin llegar a la violencia de Muti ni a la corrosividad de Klemperer. Tampoco la increíble limpieza de este último: en este sentido, Shani no termina de clarificar las texturas, e incluso en la Danza de los cocheros cae en cierto barullo. Pero hay animación, vida, intensidad, marcados contrastes, humor negro, un considerable sentido del ritmo y un tratamiento bastante adecuado del color orquestal. Las indicaciones expresivas a los primeros atriles, fundamentales para que en este ballet de Stravinsky las cosas salgan bien, resultan todas muy acertadas. Un poco menos de velocidad y mayor interés por la atmósfera en determinados momentos no le hubiese venido nada mal. Ah, formidabilísimo el piano, que no es el de la orquesta sino el sevillano Juan Pérez Floristán, que modifica por completo su toque para adecuarse con enorme acierto a las maneras stravinskianas. (8)



42. Rouvali/Orquesta Philharmonia (Signum, 2023). En esta lectura de la versión de 1947 –con un final alternativo “de concierto”– ofrece en grandes dosis toda la agilidad, el nervio y el carácter incisivo que la página necesita. Sin embargo, Santtu se toma demasiadas libertades en los tempi y en la agógica: algunas decisiones interesan y otras nos hacen levantar una ceja. Tampoco termina de convencer la expresión, que necesita un enfoque más decidido, bien hacia la calidez de las emociones, bien hacia el sarcasmo. En cualquier caso, uno termina quitándose el sombrero ante la claridad conseguida, más aún teniendo en cuenta las complicaciones de esta página de habilísimo tejido polifónico. (8)

 

43. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2023). Puede deberse a la sensacional labor de los ingenieros de Decca. Puede tener que ver con la confesa costumbre por parte del maestro finlandés de hacer mucho "corta y pega" en la mesa de mezclas. Y puede encontrar su razón principal en una técnica de batuta descomunal. Sea por las razones que fuere, esta es una de las dos o tres más claras recreaciones que existen -junto con Klemperer y poco más- de la edición de 1947. Solo por eso, y por la formidable ejecución de la orquesta parisina, hay que escuchar este disco. En lo expresivo, Mäkelä ofrece vida, animación e incisividad en su punto justo bajo un prisma que es mayormente festivo, mucho antes que sarcástico o sombrío, pero sin quedarse tan solo en esa epidermis vistosa: su recreación es variada en lo expresivo, las intervenciones solistas se encuentran matizadas y el retrato es completo. Una de las referencias. (10)


44. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Triunfo absoluto de Petrenko y los suyos en una interpretación dicha no solo con el virtuosismo supremo en ellos esperable, sino también con enorme acierto expresivo. ¿Bajo qué parámetros, habría que preguntarse? Pues el de la más pura ortodoxia, lo que significativamente no coincide con el carácter sombrío y la cierta agresividad con que dirigía el propio Stravinsky. Tampoco se interesa por “humanizar” a las marionetas, ni por explorar atmósferas. La suya es una visión eminentemente alegre, llena de ritmo y color, de humor muy desenfadado, apreciable sabor folclórico y una buena dosis de carácter caricaturesco, lo que significa no prescindir de las aristas. Hay también descaro, sentido teatral y gran refinamiento tímbrico, pero sin narcisismo alguno ni perder de vista el trazo global. Las intervenciones de los primeros atriles son casi todas portentosas en la expresión, aunque merece citarse de manera especial el muy efervescente piano de una solista cuyo nombre no he podido averiguar. La reacción del respetable fue tan entusiasta que Petrenko tuvo que volver a salir a saludar una vez la orquesta había abandonado el escenario. (10)

 

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