martes, 6 de noviembre de 2018

Harto de la corrección política. ¡Viva el humor!

Menuda la que se ha montado al sur de los Pirineos porque el presentador-humorista Daniel Mateos se limpió el otro día los mocos con la bandera de España en un programa de televisión. Su chiste no fue precisamente el colmo de la sutileza ni de la inteligencia, pero me solidarizo con él. Porque estoy harto de eso que ahora llaman corrección política, y harto de los colectivos que se ofenden gravemente cada vez que alguien hace un chiste sobre ellos.

Chistes, parodias y bromas sobre la "bandera española que nos representa a todos"; sobre la Patria española, catalana o andaluza; sobre Dios, Jesucristo y su Santísima Madre; sobre el Islam, la comida halal, el velo y el ayuno en Ramadan, "que también se merecen un respeto"; sobre el presunto "lenguaje no sexista" de todo y todas, ellos y ellas; sobre las mujeres maltratadas, sobre los gais discriminados y sobre los disminuidos psíquicos; sobre los animales "vilmente asesinados" para alimentarnos; sobre los capillitas y belenistas, que son tontos de capirote y de nacimiento respectivamente; sobre los que creen en fantasmas, males de ojo, extraterrestres, homeopatía y teorías conspiranoicas, porque "todas las creencias son respetables".

Pues no, miren ustedes. Va a ser que no. Porque el humor, el humor sobre todo ello y sobre lo que haga falta, es uno de los medios más acertados para mover a la reflexión y a la acción. Es decir, para cambiar las cosas. Y para hacerlo desde el pensamiento crítico. El humor, el humor inteligente y el humor provocador, también el humor gamberro, sigue resultando imprescindible para el ser humano como individuo y como colectividad. Querer ponerle límites siempre ha sido una forma de totalitarismo. Y lo sigue siendo, pese a que ahora quieran disfrazarlo de respeto a los demás.

Por eso mismo traigo, por segunda vez en este blog y por los mismos motivos que hace años, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 13 de Dimitri Shostakovich y los versos de Yevgueni Yevtushenko –en traducción de Mónica Castro– que sirvieron de punto de partida al compositor. Más vivos que nunca. Mas necesarios.



Zares, reyes, emperadores
de toda la tierra señores
desfiles habéis dirigido
pero al humor no lo habéis regido. 

En los palacios donde los nobles
entre mimos recostados pasan el día
se presentó el vagabundo Esopo
y ante él pordioseros parecían. 

En las casas donde el zalamero
sus huellas mezquinas dejó
el ulema Nasredin con su jaraneo
las futesas como en ajedrez derribó. 

El humor comprar quisieron
sólo que él no se vende eso es fijo.
El humor matar quisieron
y un corte de mangas les hizo. 

Lidiar con él, dura fatiga.
Sin cesar le han ajusticiado.
Su cabeza cortada ensartaron
en la lanza de un soldado. 

Pero apenas la flauta del juglar
empezó a cantar su melodía
en voz alta gritó: aquí estoy yo
y se lanzó a bailar con gallardía. 

Con un guiñapo por abrigo
abatido y al parecer confeso
como reo político prendido
al patíbulo se encaminó. 
Toda su traza sumisión expresaba
para la vida ultraterrena dispuesto semejaba
cuando, zas, del abrigo se escabulló
y agitando su mano dijo: adiós, adiós.

En celdas al humor quisieron tender celada.
Pero, ¿qué os creéis? ¡de eso nada!
Las rejas y muros de piedra
de un lado a otro cruzó.

Tosiendo por un resfrío
cual soldado raso marchó
era una coplilla fusil al hombro
camino del Palacio de Invierno. 

Avezado a miradas hurañas
ya no le dañan.
Y a veces con humor el humor
a sí mismo se contempla. 

Es eterno. 
Eterno. 

Es astuto.
Astuto.

Y ágil.
Y ágil.

Todo y a todos atraviesa.
Así pues ¡brindemos por el humor!
Que audaz muchacho es.

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