martes, 2 de febrero de 2021

... y los diez que no me llevaría a ninguna parte

Esta entrada es reflejo de la anterior. Con una sustancial diferencia: mientras la lista de "mis diez discos para la isla desierta" encontrará fácil consenso, la que a continuación elaboro con "los diez peores", en orden cronológico de compositor, creo que irritará absolutamente a todo el mundo. ¡Qué le vamos a hacer! Seguro que si ustedes elaboran su propia lista se encuentran en la misma situación.

PD. La legión H.I.P se partirá de risa con esta selección, de la misma manera que yo hago lo propio con algunos de sus discos más encumbrados. Por ejemplo, los que verán aquí abajo.

 


 

  

 


Diez discos para una isla desierta

Me preguntan en la entrada sobre la discografía de la Quinta de Beethoven cuáles serían mis diez discos para la isla desierta, aparte de la grabación digital de Solti de la citada sinfonía. ¡Vaya pregunta! Mis gustos, la verdad, no son nada particulares: seguro que de la propuesta que seguidamente hago –no enumero los escogidos en orden de preferencia, aclaro– hay varios que ya tienen todos ustedes en mente. Ni que decir tiene que podría hacer muchas listas más con diez discos igual de buenos que estos en cada una de ellas. Tómense la selección, por tanto, como lo que realmente es: un pasatiempo.

 


 



lunes, 1 de febrero de 2021

Yannick sigue con Rachmaninov: Sinfonía nº 1 y Danzas sinfónicas

Yannick Nézet-Séguin y su Orquesta de Filadelfia prosiguen su ciclo Rachmaninov para Deutsche Grammophon. Después de tres volúmenes dedicado a la obra concertante en colaboración con Daniil Trifonov, llega el primero de música sin piano solista: Sinfonía nº 1 y Danzas sinfónicas, grabaciones en vivo realizadas en 2019 y 2018, respectivamente, sin toda la calidad técnica que uno se podía esperar para la fecha. Suenan muy bien, en cualquier caso, escuchadas en el streaming HD que ofrecen Qobuz y otras plataformas.

La Sinfonía nº 1 es una obra menor pero de interés, madura con respecto a los trabajos precedentes del autor, y desde luego más sincera. El maestro canadiense ofrece de ella una notabilísima interpretación que se aparta tanto de la voluptuosidad otoñal de un Ormandy como de la adustez dramática de un Maazel o –no digamos– un Rozhdestvensky (Russian Revelation, 1990: mi interpretación favorita), para buscar un punto expresivo intermedio haciendo gala de un fraseo ágil, incisivo y nervioso, como si quisiera mirar al propio Rachmaninov en su faceta de pianista. En cualquier caso, esto no le impide hacer gala de trazo detallista, atención a las texturas y gran sensibilidad a la hora de paladear el admirable Larghetto. Muy conseguido el desgarro del clímax final, como también el carácter ominoso de la coda. Del uno al diez, le pongo un 8,5 o un 9.

En las geniales Danzas sinfónicas, Yannick vuelve a ofrecre un soberbio trabajo técnico, de pinceles finos y perfecta planificación, gracias al cual el diseño sinfónico –atención a la parte del piano– queda perfectamente explicado y brilla con los colores y las texturas apropiados. Igualmente sabe ofrecer fluidez, animación y nervio interno, quizá excesivo en la tercera sección del movimiento inicial. También un apreciable sentido de los contrastes. Desdichadamente, en los dos primeros movimientos se queda corto a la hora de poner de relieve esa atmósfera malsana, esa melancolía y esa intensidad lírica que también necesita esta música. Un 8 para ellos, mientras que el 9 se lo reservamos para el tercero, en cuya sección central Yannick sí que decide recrearse para seguidamente ofrecer un final con el adecuado carácter opresivo.La grabación de Ashkenazy con la Orquesta del Concertgebouw sigue siendo mi preferida.

sábado, 30 de enero de 2021

Trovatore en el Vilamarta: batuta y soprano

Finalmente, el Teatro Villamarta logró llevar a escena su producción propia de Il Trovatore. El evento tuvo lugar el pasado domingo 24 de enero a las doce del mediodía, una sola función fundiendo las dos inicialmente previstas. ¿Fue sensato llevar el proyecto adelante? Me parece a mí que no: miren ustedes lo que pasó en Les Arts, semanas de trabajo intenso, de ilusiones y de esfuerzo económico para tener que cancelar el Falstaff por la multiplicación del coronavirus entre los músicos. En Jerez Giuseppe Verdi se salvó por los pelos, porque dos días más tarde se cerraron todas las actividades no esenciales. Pero claro, entiendo que el mundo de la cultura también necesita comer, sobre todo después de llevar meses malviviendo. Por eso mismo, y aun considerando temeraria la decisión, hay que felicitar a todos los implicados por llevar adelante este proyecto contra viento y marea, probablemente en medio de un sinnúmero de inconvenientes que habrán sorteado como hayan podido.


¿Deben influir todas estas circunstancias en la valoración que uno realice? Muchas vueltas le he dado, y por eso mismo he tardado tanto en escribir este texto. He llegado a la conclusión de que hay que cuidar las palabras más que nunca, pero también de que debo ser sincero con mis impresiones. Al fin y al cabo, ese es el objetivo blog: quienes en él entren lo que andarán buscando es hacerse una idea de si me gustaron o no me gustaron fulanito o menganito.

La propuesta escénica es producción propia en colaboración con Palma de Mallorca. Me parece formidable que últimamente el Villamarta, en lugar de encargarle una y otra vez sus proyectos a su propio director o exdirector, un Francisco López que luego intercambiaba astutamente con otros teatros cuyos responsables hacían lo mismo, esté contando con los nombres jóvenes y prometedores de la escena española. Y mejor todavía que sea responsable una mujer. Me refiero a la directora de escena y escenógrafa Marta Eguilior, que en 2018 había presentado en este mismo teatro una recuperación de Pauline Viardot, El último hechicero.

Toda la propuesta, según la propia Eguilior, “tiene un halo de videoclip, una esencia a lo Rosalía” (leer entrevista). Ignoro si fue mi absoluta falta de sintonía con la referida estética influyó lo que hizo que el resultado me disgustara profundamente, o si también tuvo que ver la escasez del presupuesto disponible. Y eso que la regista bilbaína se mostró absolutamente honesta. Nada de cambiar la dramaturgia original, ni de superponer un konzept sobre aquella, ni de provocar ni de querer ser diferente a cualquier precio. Su propuesta era, sobre el papel, de todo sensata: simbólica antes que naturalista, esencial en todos los aspectos y basado en el uso de proyecciones y el manejo de la luminotecnia.

Pero a mis ojos lo que se veía le parecía muy feo. Independientemente del topicazo de que esta ópera por naturaleza tiene que ser oscura (¿de verdad?), aquello me molestaba hasta el punto de que en los mejores momentos de la interpretación musical –las dos arias de la soprano– decidí cerrar los ojos para que se veía no perturbara la magia poética. Incluso el vestuario de mi admirado Jesús Ruiz me pareció desafortunado. Lo mismo puedo decir de las coreografías, tanto por su diseño y por la calidad del cuerpo de baile. Sin comentarios.

Tampoco puedo decir nada positivo sobre la dirección de actores: teatro rancio y mediocremente realizado. Difícil aceptar a Manrico cantando “Ah si bien mio” sentado en una silla y haciendo como que toca el laúd mientras que el resto de la escena permanecía cubierta. Por no hablar del espectro de la madre de Azucena, que recordaba al bueno de Javier Botet disfrazado de Niña Medeiros. Por no hablar del duelo… Para qué seguir. Lo único que me gustó, el final, no lo puedo contar porque haría spoiler.


Hubo enormes desigualdades en la parte musical, pero aquí sí que se alcanzó la dignidad. Esta vino de la mano del equilibrio, la musicalidad y el excelente hacer técnico que a nivel global impuso el director musical, un señor al que solo conocía de oídas y que, quizá sin ser un poeta de la batuta –habría que ver como dirige a Mozart o Beethoven–, parece estar claramente por encima de la media de eso que conocemos como “directores de foso”. Me viene a la mente la horrorosa labor que hace ya años hizo en el Maestranza un presunto especialista como Maurizio Arena, que ahogó a los cantantes con una rapidísima, mecánica, machacona e insensible dirección. Todo lo contrario José María Moreno, un señor que sabe no confundir “italianidad” con “toscaninidad”, que canta y respira con las voces, que deja que la música fluya con pleno sentido del canto, que consigue que las melodías vuelen sin que la tensión se le venga abajo, que se aparta de toda tentación de efectismo en los momentos más “castrenses” de la partitura… Y que ha hecho sonar a la Filarmónica de Málaga, de la que es ahora titular, de manera mucho más satisfactoria que en la mayoría de las muchas ocasiones en las que ha pasado por el foso jerezano, a pesar de que en esta oportunidad –debido a los condicionamientos de la pandemia– venía con plantilla reducida y el empaste era más complicado. Estoy deseando escucharle en otros campos de la lírica, a ver qué tal.

Lo hizo francamente bien María Katzarava en el dificilísimo rol de Leonora. Dueña de una cálida y bien timbrada voz de lírica pura, la soprano mexicana se desenvolvió francamente bien en el belcantismo de la primera mitad de la obra para luego hacerlo todavía mejor en la segunda, más propiamente verdiana. Que le faltaran las notas más graves del Miserere –les pasa a casi todas– importa muy poco, porque destiló un canto elegante y muy sensible, de voluptuoso legato, perfecto control de la respiración y enorme cantabilidad, en la que no faltaron buenos agudos y una limpia coloratura. Brava.

No sé por qué, me había hecho a la idea de que Andeka Gorrotxategi estaba haciendo cosas muy buenas. Esperaba bastante y me decepcionó. Lo cierto es que el blog viene a suplir mi falta de memoria: justo antes de escribir estas líneas busco su nombre en él y descubro lo que me pareció en 2015 cuando le escuché en Goyescas. “Voz completamente atrás y una emisión esforzadísima”, escribí entonces. Exactamente lo mismo pensé el domingo escuchándole su Manrico, así que van dos veces en las que saco la misma impresión. Dicho esto, el tenor vasco cantó con irreprochable gusto y ofreció una Pira bastante más digna que la de otros cantantes más conocidos.

Ya he dicho muchas veces que a Luis Cansino lo admiro profundamente en lo personal. Tuve la fortuna de seguirle durante años en su Facebook y me faltan palabras para definir la inteligencia, la sensatez, la humanidad en el mejor sentido del término del barítono madrileño. Le he escuchado cosas francamente admirables en zarzuela. Sin embargo, en Verdi me deja frío: su espléndida voz corre perfectamente por la sala –yo estaba situado arriba–, las notas están todas ahí y la línea de canto no ofrece fisuras, pero su fraseo me resulta monótono y muy poco matizado. Hubo solvencia pero no emoción, y eso en el Conde de Luna no es suficiente.

Comenzó francamente mal María Luisa Corbacho. No sé si cantó enferma o en baja forma, pero lo cierto es que la voz parecía muy tocada. Fue mejorando poco a poco, y a pesar del ostensible trémolo que afeó su actuación, logró ofrecer en la última escena algunos instantes de gran canto verdiano que nos hicieron recordar pasadas actuaciones mucho más felices. Teniendo en cuenta que Azucena es el rol más decisivo en este título, no se puede decir que su labor fuera satisfactoria. Sí que estuvo bien el Ruiz de Fran García, y mejor aún el Ferrando de Javier Castañeda, aunque yo me quedo con las maravillosas frases que nos regaló Patricia Calvache haciendo de Inés.

El Coro del Teatro Villamarta, cantando con mascarilla, hizo lo que pudo en esta matinal en la que el maestro y la soprano lograron insuflar vida a la enorme obra maestra verdiana

miércoles, 27 de enero de 2021

Algunas grabaciones de los cuartetos de Ligeti

Literalmente, no tengo fuerzas para acabar la crítica del Trovatore del otro día en el Villamarta, así que improviso estas breves líneas sobre los dos Cuartetos de cuerda de uno de los compositores que más admiro y que más me fascinan en la actualidad, pero de los que menos he escrito en este blog: Gÿorgy Ligeti.


El Cuarteto nº 1 se compuso entre 1953 y 1954. Se trata obra de intensísimo sabor folclórico en la que el homenaje a Bartók resulta evidente, sobre todo en esos pasajes que hacen referencia a los personalísimos nocturnos del autor de El mandarín maravilloso. Pero eso no significa que nuestro artista resulte en absoluto impersonal: antes al contrario, la partitura rebosa creatividad y apunta ya claramente al Ligeti maduro. El Cuarteto nº 2 es ya de 1968: primera madurez del autor y plena fascinación sonora para un oyente que, eso sí, necesita dejar de lado cualquier prejuicio.

¿Dónde buscar? Para el Cuarteto nº 1 me parece muy interesante la grabación del Cuarteto Hagen (DG, 1990), que aborda la obra desde una óptica mucho antes lírica que angulosa haciendo gala de exquisita sensibilidad tímbrica y apreciable cantabilidad. Pero a mí, la verdad, me gustan más las dos aproximaciones del Cuarteto Arditti. La primera (Wergo, 1978) es una versión muy tensa y aristada, afiladísima su sonoridad, digamos que “expresionista”; claro que también se encuentra magníficamente construida, está fraseada con concentración, resulta irónica cuando hace falta y ofrece un elevado sentido de las texturas. La segunda (Sony, 1994) es menos tensa y extrema, no desprende tanta rabia ni desesperación, al tiempo que parece más sutil y ofrece mayor unidad entre las diferentes secciones. Otra opción sería la del Cuarteto Artemis (EMI, 1999), que ofrece una lectura menos dolorosa y más inquieta, un punto nerviosa, interesante por destilar más “guasa” en los momentos humorísticos, aun sin dejar de ofrecer instantes de gran desgarro.

El Arditti sigue triunfando en el Cuarteto nº 2, cuya primera grabación vuelve a poseer una intensidad, una comunicatividad y una visceralidad muy especiales. La de Sony es la perfección absoluta en cuanto a virtuosismo, estilo, concentración e imaginación. Y aún tiene una grabación más, la realizada en el Wigmore Hall en 2005 editada por la propia sala de conciertos: una exhibición espectacular de texturas y colores, aunque con algunos ruidos suplementarios propios del directo. Mucho menos interesante es el pionero testimonio del Cuarteto Lasalle (DG, 1969): no termina de desplegar ni la riqueza tímbrica ni la tensión interna que piden estos pentagramas, aunque ciertamente su fraseo sea hermoso, flexible y muy musical. Con su sonido delgado y ágil, Cuarteto Artemis ofrece estupendas intenciones pero resultados no del todo interesantes.

La cosa está clara: busquen cualquiera de las versiones del Arditti y prepárense.

domingo, 24 de enero de 2021

Una crítica indecente

Lo siento, pero cada día tengo más claro que a veces no se puede, ni se debe, ser respetuoso con quienes se dedican a lo mismo que uno. Hoy el señor Nicolás Montoya, médico y actor muy vinculado al Villamarta, ha batido todos sus récords en su crítica del Trovatore –a mi entender, muy desigual en lo musical y horrendo en lo escénico– que se ha hecho esta mañana en el teatro jerezano. Aquí tienen el enlace al texto publicado por Diario de Jerez, y abajo un extracto del mismo que no necesita más comentario por mi parte. Todo él es asombroso, pero hay pasajes tan escalofriantes que he querido subrayarlos en negrita.

"Todos ellos con un fraseo muy correcto y elocuente, timbres muy atractivos, tesitura adecuada a su voz y fineza a la hora de atacar las notas. Una Leonora impresionante. Con una fuerza espiratoria tal que le permite crear personaje en todo momento, sin abombar y haciendo que la glotis fuese protagonista, con tonos bemoles que acompañan a su personaje desde el aria de salida del primer acto hasta el más conocido y sublime del cuarto. Una mezzo y un tenor en tonalidades sostenidas. Con sorpresas, por dar importancia incluso a nivel del barítono a una mezzo que en pocas ocasiones es tenida tan en cuenta. Siendo capaz de abrir los sonidos sin esfuerzo y que en ocasiones se encarga de acercarse a una soprano delicada. Mientras, la línea del tenor consigue afianzarse en lo limpio y sonoro de la garganta subiendo sin problemas en la cabaletta, intensificando emociones y acelerando el ritmo musical sin problemas de respuesta torácica."

Bueno, al final sí que voy a añadir algo. ¡Basta ya del tomar el pelo al personal! Comprendo que haya medios que no tienen a su alcance a nadie que escriba una crítica de ópera de manera decente; o que las tienen pero no quieren contar con ellas porque se niegan a seguir los dictados que vienen de arriba; o que, sencillamente, no están dispuestos a pagar por una firma con un mínimo de solvencia. Pero en ese caso lo mejor es no publicar nada antes que hacer el ridículo de manera semejante.

Miren ustedes, cualquier trabajo –y escribir en un diario, aunque sea con intermitencia, es un trabajo– hay que procurar realizarlo de manera decente. Esa crítica resulta por completo indecente por su mezcla de ignorancia, cursilería y pretenciosidad. Y así lleva muchos años este señor en ese mismo medio. Mal asunto si seguimos callados ante circunstancias semejantes.

Las Goldberg por Gould: hay que conocerlas

Venga, un repasito a las Variaciones Goldberg de J. S. Bach registradas por Glenn Gould para CBS. Ya saben, la de 1955 y la de 1981, esta última grabada al mismo tiempo en analógico, en digital y con imágenes. Interpretaciones míticas y controvertidas donde las haya.


Creo que tenía razón el pianista en las autocríticas que realizó a su primera grabación –también su debut discográfico–, pionera en más de un sentido. Los tempi son por lo general demasiado rápidos, cuando no precipitados. Hay cierto exhibicionismo. La variación XXV, lentísima, suena un tanto a Chopin, o al menos anda fuera de estilo. Debemos reprochar asimismo una muy escasa flexibilidad, y el parco interés por los matices expresivos. Pero también es cierto que en esta clavecística aproximación, de articulación muy marcada y escaso pedal, mucho antes atenta a los valores contrapuntísticos de la partitura que a los melódicos, hay empuje, carácter bullicioso y brillantez, sentido de los contrastes y una admirable claridad, como también una apreciable voluntad por aproximarse al espíritu del barroco en unos tiempos en los que pocos pensaban en ello. Espléndida la toma para la época tras la remasterización en HD, disponible en streaming.

 

Veintiséis años después, Gould madura sustancialmente su visión de la obra y aporta esa riqueza en los matices, esa flexibilidad en el fraseo y esa atención a los valores melódicos que antes se echaba en falta. Para ello ralentiza de manera considerable los tempi de algunas de las variaciones –empezando por el aria, libérrima en el fraseo–, aunque otras siguen siendo rápidas o incluso extraordinariamente veloces, en una clara búsqueda de los contrastes. Por ventura, el canadiense no permite que se pierda claridad y hace gala de una enorme efervescencia. La sublime variación XV suena ahora menos chopiniana y “romántica”, al tiempo que más esencial y espiritual. Por lo demás, el toque sigue siendo voluntariamente seco y muy parco en el uso del pedal, consiguiendo una articulación igual de nítida. El canturrero de Gould es esta vez continuo y muy sonoro. La toma analógica ha ganado en presencia en la reciente remasterización HD: me parece más recomendable que la DDD. 

Yo creo que la cosa está clara: gusten más o gusten menos, las dos grabaciones hay que conocerlas. ¿Mi favorita al piano? La última de las tres de András Schiff (ECM, 2001).

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...