Anda muy comprometida la división ibérica de Deutsche Grammphon: colección de compactos y DVDs con la Nacional de España más un primer lanzamiento -ignoro si llegarán más- con la Filarmónica de Gran Canaria. Quienes no andan muy comprometidos, salvo honrosas excepciones, son los señores críticos. Repaso lo que se ha escrito por ahí sobre los dos discos más recientes, uno dedicado a Debussy y Ravel y el otro a Ginastera, y poco se concreta sobre la labor de sus respectivos directores, Josep Pons y Pedro Halffter, ni para bien ni para mal. Tampoco se mojan mucho sobre las orquestas. ¿Temor a cabrear al personal, que ya se sabe cómo se ponen algunos cuando no les dicen que todo, absolutamente todo es maravilloso?
Lo que a mí me parece es que si se graba en el sello amarillo es para competir en primera división, y por ende la comparación con las grandes estrellas del firmamento interpretativo -batutas y formaciones sinfónicas- no solo es pertinente, sino necesaria para saber por dónde nos estamos moviendo. En fin, intentaremos opinar por aquí. El disco canario lo dejaremos para un poco más adelante; vamos ahora al dedicado a las más célebres páginas orquestales españolizantes del movimiento impresionista, la
Iberia de Debussy por un lado y la
Rapsodia española, la
Alborada del gracioso y el inevitable
Bolero de Ravel por otro.
Josep Pons aborda este repertorio desde la más absoluta ortodoxia impresionista. Misterio, sensualidad, colorido rico y difuminado, texturas sugerentes, un gran peso de los silencios, insinuación antes que explicitud y evidente delectación en la seducción sonora son sus señas de identidad. Para entendernos, parecida línea a la de Celibidache -insuperable recreador de este universo sonoro- y en el extremo opuesto a un Boulez, pongamos por caso. El maestro catalán, además, frasea con elegancia y trabaja con pinceles finos, atendiendo al detalle y permitiéndose incluso iluminar algunos detalles que generalmente pasan desapercibidos, todo ello con la colaboración de una orquesta que parece aquí muy dispuesta a hacer las cosas lo mejor posible.
¿Reparos? La tensión es irregular, alternándose momentos buenos con momentos más bien flácidos, sin nervio, en parte por la relativa lentitud de los tempi utilizados. Pons tiene a veces salidas de tono considerables, en algunos casos en busca del preciosismo o la excesiva ensoñación, en otros -todos los finales- optando directamente por lo verbenero. Y la orquesta, dicho sea con todos los respetos, no puede hacer la competencia a las grandes que han grabado estas mismas obras para el sello amarillo; los metales, sobre todo, dejan que desear.
Concretando un poco, es la
Iberia de Debussy lo que más me ha gustado, particularmente su magnífico primer movimiento, que posee además un muy adecuado salero español. El segundo resulta muy sugerente pero quizá algo ensimismado: no estaría mal un mayor sentido de lo inquietante. Más bien deshinchado el tercero, circunstancia que también afecta a su deslavazada
Rapsodia española; en el segundo movimiento de la misma hay alguna frase en exceso amanerada, al tiempo que en la sección central del cuarto se cae abiertamente en la blandura. Hay que destacar, no obstante, el espléndido trabajo de las maderas de la Nacional en un “preludio a la noche” muy bien paladeado y modelado con insinuante plasticidad. Mejor la
Alborada del gracioso, interpretación de irreprochable idioma que ofrece muchas sugerencias en la sección central; falta un grado más de tensión interna, quizá también de chispa, mientras que en el final se echan de menos una orquesta de mayor fuste.
Para terminar, una obra difícil donde las haya: el
Bolero. La página exige un virtuosismo extremo, porque cualquier minúscula corrección que se realice sobre la marcha o una subida de la dinámica solo un pelín más amplia de la cuenta se va a notar. Semejante circunstancia también se da en este lectura, como era de temer, pero no podemos negar a Pons pulso firme y buen control de la arquitectura. El problema es más bien de concepto, pues el maestro obliga a los solistas a sonar con cierta timidez, como si quisiera seducir con la coquetería, e incluso hace que la cuerda suene un tanto velada, contrastando todo ello con la excesiva presencia de las cajas y con un final más bien de cara a la galería. La toma sonora, espléndida en todo el disco, ayuda ofreciendo una buena gama dinámica.
¿Aporta algo este compacto a la discografía de estas obras? Obviamente no, ni parece que fuera esa la intención. Pero resulta muy digno y sirve de tarjeta de visita de la orquesta y su ya ex-titular, con todas sus virtudes y también con sus limitaciones.