martes, 6 de abril de 2021

Concierto de la Orquesta Joven de Andalucía en el Villamarta, con Constantini y Ioannides

Siempre escribo lo mismo cuando me toca referirme a los conciertos de la Joven Orquesta de Andalucía: que lo más importante no es si las versiones le gusten más o menos al crítico de turno, sino que los chavales tengan la oportunidad de enfrentarse a la experiencia de un concierto sinfónico con público y bajo una batuta lo suficientemente experimentada. Y que lo hagan de manera satisfactoria, es decir, tocando bien. En este sentido, puedo afirmar sin lugar a dudas que la OJA se encuentra –me refiero a los últimos tres o cuatro años– en el mejor momento de su trayectoria, y que hay motivos suficientes para que estudiantes y profesores se encuentren satisfechos. Otra cosa es que se pueda y se deba aspirar a más: si la cuerda sonó de todo punto admirable en el concierto del pasado domingo 4 de abril en el Teatro Villamarta, hubo serias desigualdades en los vientos, mientras que algunos desajustes significativos y más de un “accidente” –sí, ya sé que estos chicos no se ven precisamente todas las semanas y que no se les puede exigir lo mismo que a una orquesta con temporada estable– evidenciaron que no podemos dormirnos en los laureles, que hay que seguir aspirando a la excelencia. Dicho esto, el melómano que paga su entrada –yo mismo: en el Villamarta me desahuciaron como crítico hace muchos años– lo que quiere es escuchar buena música en buenas interpretaciones, y por ende también tiene derecho a expresar su opinión. Así que ahí va la mía.

 

Lo que más me gustó fue el estreno mundial del Concierto para bandoneón y orquesta escrito en homenaje a Astor Piazzola por el peruano residente en España Claudio Constantini (n. 1983), a la sazón solista del mismo. Las cartas estaban desde el principio sobre la mesa: no se trataba de experimentar con nuevos lenguajes ni de ofrecer densidades intelectuales o expresivas, sino de deleitar al público con una música por inteligible que supiera aunar la brillantez y el sentido del ritmo con una expresión sincera, salida del corazón sin quedarse en un superficial juego de sonidos. Lo consiguió nuestro artista, quizá no tanto en el movimiento inicial como en un segundo de apreciable sensualidad y en un tercero que incluía pinceladas muy sombrías e inquietantes. Su soberbio virtuosismo tocando el bandoneón le ayudó en el empeño, como también lo hizo una orquesta entregadísima y una directora que supo llenar de vida, estilo y comunicatividad a la música: Sarah Ioannides. Oblivion de Piazzolla sirvió de maravillosa propina –cambió de orden en el programa: estaba prevista al principio– a esta larga sección inicial de la primera parte.

Siguió la Rhapsody in Blue de George Gershwin, con Constantini esta vez al piano. A decir verdad, me gustó mucho más la reducción para piano solo que el maestro ofrecía en su disco América, interesantísima por centrarse en los valores melódicos de la pieza sin dejarse llevar, como la mayoría de los pianistas que no vienen del mundo clásico, por el despliegue de nervio e incisividad rítmica. La del Villamarta, que fue muy distinta a la hora de resolver numerosos pasajes, me pareció lineal durante los primeros minutos, como si el solista, aún nervioso por su merecido éxito tras el estreno, no hubiese alcanzado la concentración necesaria. Poco a poco fueron apareciendo matices, e incluso aportaciones muy creativas, pero el ausnto no terminó de funcionar. La dirección de Sarah Ioannides fue extremadamente irregular, alcanzando su mejor momento en un “nocturno” paladeado con excelso lirismo por una cuerda que bajo su batuta supo sonar con empaste y voluptuosidad, para luego irse dejando llevar por el mero espectáculo y ofrecer en el minuto final un catálogo de machaconería y mal gusto. Los jóvenes instrumentistas hicieron un enorme, maravilloso esfuerzo por sonar verdaderamente jazzísticos; hubo mucho riesgo, y por ello mismo más de una metedura de pata, pero prefiero esto al confort de conformarse con sonar fuera de estilo.

Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvórak en la segunda parte. A la mayor parte del público le encantó. A mí no. El primer movimiento me pareció muy sensatamente planteado –dramático, sin equivocados pintoresquismos– y resuelto con mera corrección. El segundo podía haber sido maravilloso, porque estuvo muy bien paladeado y contó con un corno inglés formidable. Pero en el decisivo clímax central –hay que plantear las tensiones con concentración y de manera progresiva, permitiendo que se escuchen todos los temas que se combinan– Sarah Ioannides se mostró como una batuta vulgar y hasta chapucera. Digno el scherzo, muy en la línea del primero. En el Finale la directora empezó con una brillantez de cara a la galería muy molesta; luego fue hilvanando las diferentes secciones de manera desigual y concluyó sin dejarse llevar (¡menos mal!) por la vulgaridad festiva, pero sin haber mostrado una idea clara y coherente de lo que hay detrás de la partitura. Lo siento mucho, pero en esta obra capital hay que exigir bastante más. 

PS. La foto es de Adasat Barroso. 

domingo, 4 de abril de 2021

Gresuin engulle, Antoni devora

Concierto de la Orquesta Joven de Andalucía esta tarde de domingo en el Villlamarta. Una voz en off anuncia cambios en el orden del programa. El anónimo locutor avisa que la primera parte la cierra la Rhapsody in Blue, "compositor: George Gresuin" (sic). Corre un rumor en la sala. En la segunda parte, avisa a continuación, se ha de interpretar la Sinfonía del Nuevo Mundo, "compositor: Antoni Devora" (sic). Aquí ya las risas se extienden por el patio de butaca. No sé si a alguien de la dirección de un teatro que se reabrió en 1996 y que ha hecho de la música clásica su pilar central se le ha caído la cara de vergüenza. Por mi parte, he quedado preocupadísimo: estos compositores debían de comer una barbaridad.

 

PD. En la próxima entrada, que no sé cuando podré escribir, les diré qué me pareció el concierto propiamente dicho. Ya les adelanto que lo que más me gustó fue el estreno mundial del Concierto para bandoneón y orquesta del joven artista peruano Claudio Constantini, mientras que la labor de la directora Sarah Ioannides me pareció de lo más irregular.

sábado, 3 de abril de 2021

Pergolesi con Muti para el Sábado Santo

Tenía previsto publicar hoy Sábado Santo una comparativa sobre el Stabat Mater de Pergolesi, pero no me ha sido posible por falta de tiempo. En cualquier caso, como sigue siendo un día idóneo para escuchar esta obra maestra, les dejo las líneas escritas sobre la recreación que ofrecieron Riccardo Muti y la Filarmonica della Scala en 1997 dentro de la Santuario della Beata Vergine dei Miracoli de Saronno –Lombardía, no Nápoles– editada por EMI en DVD, y ahora mismo disponible en YouTube.


Filmar dentro de una iglesia deja todas las cartas sobre la mesa. Esta es una interpretación eminentemente religiosa, serena y reflexiva, ajena a la extroversión y los contrastes expresivos, muy honda y marcada por el pathos. Y eso lo materializa Muti obviando todos los avances del movimiento historicista, optando por tempi lentos y una articulación más pesada de la cuenta que dan como resultado una interpretación que algunos calificarían como romántica, aunque yo encuadraría más bien en una especie de “clasicismo decimonónico”. Más cerca de Abbado con la LSO que de Dutoit, por tanto, pero sin la desgana del primero ni la frialdad del segundo: el maestro napolitano sí que se implica en la expresión y es capaz de resultar comunicativo sin renunciar al estricto ambiente piadoso.

Gran baza a su favor es contar con unas magníficas Barbara Frittoli y Anna Caterina Antonacci, que empastan de maravilla y cantan con una perfecta mezcla de congoja y sensualidad en los labios sin hacer hacer la más mínima concesión a la teatralidad. Hoy día se ha avanzado muchísimo en la praxis interpretativa, pero yo no renunciaría a disfrutar de tan honda belleza.

viernes, 2 de abril de 2021

Tinieblas napolitanas: gran disco de Leonardo Leo por Rousset

Permítanme recomendarles para este Viernes Santo por la tarde un Oficio de Tinieblas diferente: el de Leonardo Leo (1694-1744). Este disco, editado por Decca en 2002, es uno de los muchos que me ha regalado un amigo. Lo escuché ayer y lo disfruté una barbaridad, pese a no ser este un repertorio de mi especial interés.

 

Precisamente porque nada sé de este mundo, solo puedo decir que todas estas músicas, escritas al final de su trayectoria por Leonardo Leo para la Capilla Real de Nápoles de quien luego sería nuestro Carlos III, me han parecido no solo muy inspiradas, sino también la mar de interesantes desde el punto de vista estilístico. La razón la expone la especialista Giovanna Ferrara en la carpetilla (traduzco lo mejor que puedo, detectando desajustes entre el original en italiano y el texto inglés):

“Una característica básica de la música religiosa y de iglesia de la escuela napolitana en el siglo XVIII es la convivencia del stile antico y el stile moderno, esto es, de la polifonía en el sentido más amplio del término, la preservación de un enfoque riguroso al contrapunto a capella en una mano, y las nuevas ideas de armonía y monodia y del estilo de cantata en el otro”.

Aunque el texto no quede del todo claro, la audición deja el asunto a la luz, muy particularmente en el Misereris omnium, Domine con que arranca el disco. El resto tiene más de “moderno” que de “antiguo”, pero está lleno de bellezas, empezando por el Salve Regina y terminando por las Lamentaciones de Jeremías que me han llevado a la audición por estas fechas. Aunque un reparo sí que voy a poner: me suena esta música demasiado “profana” para lo que debería ser. Pero claro, eso ya se lo dijeron el pobre de Pergolesi… Mejor no me hagan caso.

Ah, el irregular Christophe Rousset está en su salsa –órgano positivo y clave–, sus cuatro instrumentistas funcionan muy bien y entre los solistas vocales hay dos presencias de verdadero lujo que hacen subir altísimo el nivel interpretativo: Sandrine Piau y Hilary Summers. Lo dicho, ideal para esta tarde.

jueves, 1 de abril de 2021

Quo vadis, obra maestra de Miklós Rósza

Jueves Santo sin procesiones. Hasta no hace mucho se acostumbraba por estas fechas a ver películas como Quo Vadis? Y yo he vuelto a una de mis bandas sonoras favoritas: la compuesta entre 1950 y 1951 por el húngaro Miklós Rózsa para el filme de Mervyn LeRoy. Por descontado, no me he oído a por la grabación original, sino por la selección de más de cuarenta minutos registrada con excelente toma sonora –ingeniería de Stan Goodall en el Kingsway Hall– en la segunda mitad de los setenta por el sello Decca en la que el propio compositor dirigía con técnica e inspiración impresionantes mucho mejor que dos décadas atrás– a una formidabilísima Royal Philharmonic Orchestra y al Saltarello Choir.

Muchos dirán que esto suena en exceso a “película de romanos”. Permítanme parafrasear a André Previn cuando hablaba de Korngold: son las películas de romanos las que suenan a Rózsa, no al revés. ¿Y a qué suena Rózsa? Pues a lo que tiene que sonar: a la prolongación lógica y natural de Bela Bartók y Zoltán Kodály. Es fácil pensar en el Psalmus Hungaricus al escuchar el primero corte del disco, o en el Mandarín maravilloso al escuchar las síncopas de la escena de la persecución. Hay que reconocer que no posee nuestro artista la calidad de sus predecesores, eso desde luego, y que no tuvo más remedio que intentar sintonizar con la sensibilidad musical –más bien simplista, por decirlo de algún modo– de esos cientos de miles de personas que iban a ver la película de la MGM, pero creo que mantuvo en todas sus composiciones un alto nivel de calidad y, en el caso concreto de esta partitura, una portentosa inspiración.

Hay aquí música religiosa muy bella. También secuencias descriptivas y unas cuantas piezas diegéticas -danzas, marchas- que funcionan bastante bien dentro de su carácter un tanto naif, aquí sí “hollywoodiense” en el más común de los sentidos. También secuencias atmosféricas –crucifixión de Pedro, muertes de Popea y Nerón– extraordinariamente sugestivas. Y hay, sobre todo, dos temas de amor excelsos: el voluptuoso de Marco y Ligia y el más bien agónico de Petronio y Eunice. Creo sigue siendo hoy una de las obras maestras de Miklós Rózsa.

¿Qué hay que hacer para escuchar este disco? En las plataformas está “oculto” haciéndose pasar por el disco de 1951: si ven que el tercer track se llama “Fertility Dance”, este es el de Decca que comento. Mi recomendación, no obstante, es que se compren el doble CD del sello Dutton, que trae también Ben-Hur y se encuentra reprocesado por el propio Michael J. Dutton.

PS. De acuerdo con que Peter Ustinov estuvo pasadísimo de rosca como Nerón, pero ¿y lo visionario que se mostró anunciando con esta recreación a Donald Trump?

martes, 30 de marzo de 2021

El Mesías por Klemperer

Es Martes Santo y toca El Mesías: recuerden que Händel se acostumbró a interpretar su genial oratorio precisamente en tal fecha. este año he optado por la interpretación registrada en 1964 por EMI con Otto Klemperer poniéndose al frente de la increíble Orquesta Philharmonia y de su no menos asombroso coro, dirigido este por el inolvidable Wilhelm Pitz.

Los primeros compases de la introducción, pesadísima y amorfa, un disparate de esos que no se olvidan, nos ponen los pelos de punta. Pero los peores augurios no se confirman, sino tan solo que nos encontramos ante la interpretación que nos podíamos esperar: claramente detrás en cuestiones estilísticas de los músicos más avezados por aquellas fechas en este repertorio –con el historicismo las distancias son siderales, pero no procede realizar esa comparación–, al tiempo que una monumental demostración de la capacidad de Klemperer para levantar edificios de granito en los que priman el análisis de la polifonía y los grandes bloques de tensión, todo ello bajo una óptica expresiva tan austera como dramática –en el sentido de hondura trágica, no en el de teatralidad– en la que la personalidad del intérprete se impone frente a cualquier otra consideración. Ideal, por tanto, para quienes quieran conocer desde una perspectiva aestilística, pero reveladora a más no poder, del magistral diseño salido de la pluma haendeliana. No así para quienes quieran disfrutar de la variedad en la expresión, la agilidad, el sentido de los contrastes y la delectación sensual que anidan en estos pentagramas.

¿Significa todo esto que la dirección de Klemperer no emociona? Pues tampoco es eso: la primera parte ofrece momentos de contemplación humanística tan recogidos como sinceros, la segunda indaga en el pathos de la música y la tercera culmina con una fuga de auténtica fuerza visionaria. Ni que decir tiene que orquesta y coro, de tamaño muy grande, tocan de manera insuperable y están tratados con una depuración sonora milagrosa.

Desigual el equipo de cantantes La morbidez del canto de Elisabeth Schwarzkopf y la valentía de Nicolai Gedda se ponen muy por delante de su falta de propiedad estilística. Pero Grace Hoffmann se limita a cumplir y Jerome Hines impacta más por su poderosísima voz de bajo que por otras cuestiones. En lo que a la toma sonora se refiere, hay cuerpo y una amplia gama dinámica, pero todo suena como velado. Soplido de fondo no hay apenas, así que se deduce que los que hicieron los “remasterizadores” de 1990 –ya se sabe cómo se las gastaban por entonces– decidieron contentar a los melómanos más catetos rebanando los agudos. Si volvieran a las cintas originales muy probablemente se ganaría en limpieza y brillante.

Mi versión favorita sigue siendo la de Sir Colin Davis en LSO Live

lunes, 29 de marzo de 2021

La Pasión según San Marcos de Bach por Jordi Savall

En el tristísimo Domingo de Ramos de ayer dediqué la mayor parte del día a trabajar en material para mis clases –la acumulación de trabajo me impide tener vacaciones, literalmente–, pero pude sacar un par de horas para mi costumbre de escuchar una Pasión por estas fechas. Esta vez ha tocado La Pasión según San Marcos, BWV 247 de Johann Sebastian Bach. Es decir, una página que se ha perdido.

Resumo todo lo posible, porque la información la pueden ustedes encontrar fácilmente por la red. El libreto de Picander para el estreno de 1731 se conservaba. Los musicólogos habían llegado a la conclusión de que esta Pasión consistía, como el Oratorio de Navidad, en una parodia, es decir, una obra compuesta a base de fragmentos de creaciones anteriores, entre las cuales el gran genio pudo recurrir a creaciones de otros autores. Se hicieron algunos experimentos discográficos, de los cuales yo conocía el de Simon Heighes dirigido por Roy Goodman. En 2009 apareció el librero de Picander para la ejecución de 1744, con algunas variantes con respectos al anterior. Y el 26 de marzo de 2018 Jordi Savall y sus conjuntos habituales graban una reconstrucción a cargo del músico de Igualada, quien a su vez sigue en buena medida las propuestas de M. Alexander Grychtolik.

De esta forma, Savall toma como base la oda fúnebre Laβ, Fürstin, laβ noch einen Strahl, BWV 198, compuesta en 1727 para las exequias de Cristiana Eberhardina de Brandeburgo-Bayreuth, una opción ampliamente respaldada por la musicología, y muy sabiamente decide incluir única y exclusivamente música escrita por el propio Johann Sebastian, empezando por la de sus dos pasiones conservadas. Pues bien, este es el registro que, a través de la plataforma Qobuz –que facilita el libreto en castellano–, he tenido la oportunidad de escuchar. Mi opinión sobre el resultado es la siguiente: el resultado carece por completo de la unidad y de la capacidad de fascinación de San Mateo y San Juan, pero se disfruta mucho porque nos encontramos (¡lógicamente!) ante una música de una altísima calidad.

La dirección de Savall me ha parecido mejorable en lo técnico, porque tanto la orquesta como los coros, preparados por Lluís Villamajó, evidencian más desajustes de la cuenta. En lo expresivo sí que me ha parecido un enorme acierto: hay vida, teatralidad sin excesos en los claroscuros, carnalidad en el fraseo y una espiritualidad a medio camino entre lo mediterráneo y lo francés –no en vano el registro se realizó en el mismísimo Versalles– que arroja nuevas luces sobre un universo musical demasiado acostumbrado a las austeridades luteranas. Soberbio, maravilloso el continuo, con especial mención para el clave de Luca Guglielmi.

Por donde cojea seriamente la interpretación es por las voces, particularmente por la del insufrible Jesús de Konstantin Wolff: no puedo comprender que se haya editado comercialmente una actuación así. Espléndido, eso sí, el evangelista de David Szigetvári. Muy normalitos los solistas encargados de las arias. Aun así, creo que ustedes harán muy bien si le dan una oportunidad a esta reconstrucción.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...