El pasado jueves estuve en el Maestranza escuchando un concierto de abono de
la
Sinfónica de Sevilla dirigido por
John Axelrod titulado “Pasión
por Pushkin”. No me lo pasé bien: aunque el programa era precioso las
interpretaciones, haciendo la salvedad del “Kuda, kuda” del
Onegin tocado
a la flauta por
Vicent Morelló y del
Vals de las flores, no
lograron emocionarme. Culpa mía, tal vez.
Al día siguiente escuché en el
Villamarta al
Giardino Armonico, en plantilla de solo seis
instrumentistas, un programa que bajo el título “Si suona a Napoli” encubría
todo un recital de
Giovanni Antonini en su faceta de flautista. Las
interpretaciones me parecieron estupendas, pero la verdad es que la música de
Falconiero,
Marchitelli,
Fiorenza y compañía no es
precisamente lo que más me interesa. Yo lo que quería era escuchar el
War
Requiem de
Britten que la
Nacional de España estaba ofreciendo
en esos momentos en el Auditorio Nacional bajo la batuta de
Juanjo Mena.
Terminó el concierto y me saqué un billete de tren para acudir a la capital de
España a la mañana siguiente, más entradas para las dos funciones restantes, las
del sábado por la tarde y la matutina del domingo. Primera fila en la una, junto
a la orquesta de cámara y los dos solistas masculinos, y primer piso en la otra,
para apreciar correctamente el equilibrio de planos y poder ver bien tanto al
coro como a la soprano que debe situarse junto a este.
Mereció la pena, sin duda, porque se trató de un memorable
War
Requiem. Aunque no de un gran concierto, porque la
Sinfonía
incompleta (que no inacabada: las pruebas al respecto me convencen por
completo) de
Franz Schubert me pareció pobremente interpretada. O más
bien no interpretada en absoluto, porque
Juanjo Mena se limitó a hacer sonar a
la
Orquesta Nacional de España lo mejor posible. Y ya lo creo que lo consiguió, porque a
despecho de un par de resbalones de las trompas en la función del sábado, a los
que creo que no hay que darles la menor importancia, la orquesta sonó con
tersura en la cuerda, redondez en los metales y excelente empaste. Mucho mejor,
por cierto, que la ROSS en el antes citado concierto del jueves. Pero
interpretar, lo que se dice interpretar, el maestro vasco no lo hizo en
Schubert: el primer movimiento resultó más bien lineal, pese a algunos buenos
clímax dramáticos, mientras que el segundo cayó en la más indiferente y aburrida
asepsia. Es verdad que el pulso fue bueno y no se apreciaron languideces, pero
eso no basta para hacer justicia a semejante obra maestra.
El Britten fue harina de otro costal. Aquí Mena no solo hizo un formidable
trabajo técnico con la orquesta y el coro a su disposición, sino que también se
implicó expresivamente en la música. Yo diría que más que lo hizo el gran Andris
Nelsons en la interpretación que le escuché hace un par de veranos
en los Proms,
aunque también es verdad que a lo largo de la lectura madrileño se apreciaron
desigualdades en este sentido. El comienzo de la obra lo dice menos sin
misterio, sin ese carácter amenazante que necesita; cuando llega al “Kyrie”
alcanza, por el contrario, una enorme concentración. En el “Dies Irae” hace
sonar a la orquesta y el coro al límite de sus posibilidades. El Recordare
podría haber mayores dosis de emotividad, que es justo lo que el maestro
consigue en un “Lacrimosa” realmente soberbio, memorable, tanto por su labor
como por la de los otros artistas a los que luego nos referiremos. La fuga del
“Quam olim Abrahae” la traza de manera irreprochable. Más adelante hay que
destacar la fuerza del coro en el “Sanctus” y la buena matización de las
dinámicas en “Qui tollis”, aunque sin lugar a duda cuando la batuta alcanzó su
mayor inspiración fue en el “Libera me”, a mi juicio una de las mejores y más
escalofriantes música escritas a lo largo del siglo XX: aquí el de Vitoria se
lanzó en plancha en lo expresivo y ofreció una interpretación negra y
descarnada, por completo a tumba abierta, pero también llena de intensidad
lírica en el increíble “Let us sleep now”, que fue desgranado con la más
perfecta planificación de tensiones y concluyó con toda la concentración
necesaria hasta dejarnos con el corazón en un puño. El sábado Mena logró
mantener al público en silencio durante casi un minuto. El domingo
alguien aplaudió antes de los conveniente.
No fue Mena el único que empuñó la batuta. Sabiamente, y aunque no siempre se
hace así, supo ceder la dirección de la orquesta de cámara, situada en el flanco
derecho del escenario, a su colega
José Ramón Encinar. ¡Nada menos! Y este estuvo
formidable, yo diría que todavía mejor que él, más intenso y más implicado, al
frente de un equipo de instrumentistas de altísimo nivel. ¿Son de la propia
orquesta? El programa de mano no aclara nada al respecto. Todos estuvieron
estupendos, aunque a mí me gustaría hacer especial mención del contrabajo de
Antonio García.
Ian Bostridge ya ofreció interpretaciones excepcionales en los registros de
Noseda y Pappano que comenté en mi
discografía
comparada. Tras las dos sesiones madrileñas, corroboro que es el tenor que
más me gusta en esta obra. Por las cualidades de una voz –ciertamente
blanquecina, muy british– extensa en la tesitura, homogénea y que corre
estupendamente por la sala. Por una dicción verdaderamente prístina, aunque a
algunos les pueda parecer un punto redicha. Por la enorme atención a las
características expresivas de cada una de las frases, diríase que de las
sílabas, de la partitura de Britten sobre los poemas de Wilfred Owen, como es
propio en un cantante muy curtido en el terreno del lied. Pero, sobre todo, me
gusta por enorme compromiso con la música y el texto: lejos de recrearse en
narcisismos canoros, el tenor británico demuestra una enorme sinceridad al
hablar del dolor, de rabia y de desesperación, al acusar a banderas y patrias,
al recorrer los túneles más profundos para encontrarse con el enemigo que mató…
De escalofrío.
La presencia de
Mathias Goerne fue otro enorme lujo. Dejando a un lado las
características no siempre gratas de la emisión de una voz que ya no está en su
mejor momento, dejó bien clara su categoría aunque en una línea muy distinta a
la de su compañero: hay menor atención al detalles expresivos, pero también
mayor frescura y espontaneidad. También mucha calidez en su expresión, lo que no
le impide mostrarse desafiante a más no poder al hablar del “gran cañón
descollando hacia el Cielo, presto a maldecir”.
Ricarda Merbeth triunfó con una
voz poderosa, capaz de sobreponerse a las tremendas masas orquestales
desplegadas por Britten desde el lugar, junto al coro, que éste le reserva; y
supo resultar dramática y suplicante sin caer en las truculencias de otras
sopranos. Eso sí, en la función del sábado se mostró destempladas en las notas
más agudas de su parte, no así el domingo.
El
Coro Nacional de España, dirigido por
Miguel Ángel García Cañamero, tuvo
una de las mejores intervenciones que le recuerdo. A destacar el mágico,
sobrecogedor arranque del Sactus –genial aquí la inspiración del compositor
británico– en el que las voces individuales de cada uno de los miembros se van
superponiendo. Muy bien asimismo la
Escolanía del Real Monasterio del Escorial.
No voy a ocultar que el primer día, aquel en el que estuve junto a los
cantantes y pude implicarme al cien por cien en los textos, me conmocioné en lo
más hondo de mi alma, como pocas veces lo he hecho en un concierto. El segundo,
ya tomando distancias físicas y espirituales, me emocioné de otra manera y
disfruté más de los aspectos puramente musicales de la interpretación. Y también
de la belleza de la música, que la tiene. No olvidaré estas jornadas mientras
viva.