Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Heterogénea, incoherente y desigual la serie Debussy que está presentando
Harmonia Mundi, circunstancia de la que da buena cuenta este volumen que incluye
las tres sonatas más una serie de piezas tardías para piano solo. Arranca con la
Sonata para violín y piano en interpretación de Isabelle
Faust y Alexander Melnikov: Sasha está estupendo
haciendo gala de una muy rica pulsación y de un perfecto estilo impresionista,
pero la tantas veces desconcertante Faust, de sonido hermosísimo y técnica a
prueba de bombas, se lo pasa en grande de portamento en portamento. El resultado
es un Debussy meramente ornamental, sobrecargado de curvas art nouveau, amable
mucho antes que evocador, en el que la complacencia en lo sensorial se pone por
encima de la evocación poética.
Muchísimo mejor la Sonata para flauta, viola y arpa a cargo de
Magali Mosnier, Antoine Tamestit y
Xavier de Maistre; aunque el viola arranca con un portamento
algo exagerado, aquí se aprecian un sentido de las tensiones, de las aristas y
del compromiso expresivo que se echaba en falta en la obra anteriormente citada,
lo que no impide a los artistas ofrecer la luminosidad, la delicadeza y la
depuración sonora que sin duda esta música también necesita.
La Sonata para Violonchelo y piano cuenta con un Javier
Perianes formidable, muy entregado, hermosísimo en el toque al tiempo
que valiente e intenso, pero aquí vuelven de nuevo los portamentos (¡qué
suplicio!), esta vez de la mano de un Jean-Guihen Queyras cuyo
sonido increíblemente bello no disimula su tendencia a lo autocomplaciente.
Magnífico él, como también el pianista onubense, a la hora de recrear el humor
negro del segundo del sorprendente segundo movimiento.
Tanguy de Williencourt se encarga de las piezas para piano
solo. Está francamente bien en la Berceuse héroïque, en la Pièce
pour l'oeuvre du ‘Vêtement du blessé y en Les Soirs illuminés par
l'ardeur du charbon, pero la Élégie no la hace ni “lent” ni
“douloureux”. Lo dicho, un disco extraño. Como el resto de la serie.
La brutal irrupción de VOX en el panorama político español a través de las elecciones andaluzas del pasado domingo me animan a dejar por escrito unas reflexiones que nada que tienen que ver con la música, pero que considero oportunas en este espacio personal. Se ha hablado de ascenso del fascismo. Posiblemente la etiqueta "fascista" no es la que mejor le sienta al referido partido, pese
a que algunos de sus líderes añoran de manera abierta a Franco. Tampoco creo que la
mayoría de sus votantes sean "fascistas" propiamente dichos.
Pero sí que es cierto que tanto afiliados como simpatizantes, espoleados por
la justa indignación ante la corrupción de los partidos tradicionales, por el
miedo al terrorismo y por el odio ante el separatismo catalán, entre otras
cosas, son decididos partidarios de medidas de un egoísmo atroz (retirada de
ayuda a los inmigrantes) y de una tristísima intolerancia (violencia de género,
LGTB) mediante las cuales están dispuestos a dejar sufrir a miles de personas
simplemente porque "los españoles estamos los primeros" o porque "Dios, la naturaleza
y la tradición" lo quieren así. Medidas, además, entre las cuales se incluyen algunas de un populismo y una
simplicidad aplastantes (cierre de Canal Sur, devolución de las competencias en
sanidad y educación) y guiños clarísimos a los que añoran la dictadura de Franco
(anulación de la Ley de Memoria Histórica).
Como remate del pastel, guinda neoliberal (aquí vale mezclar todo, desde la
retórica españolista hasta la versión más terrorífica del capitalismo) con una
brutal bajada de impuestos que, como se dará cuenta cualquiera que piense un
poquito, supondrá una puñalada para los más pobres y pondrá en muy serio peligro
el estado del bienestar. Todo ello adornado con banderas, muchas banderas de
España, que ya se sabe que la alusión a las emociones primarias es mucho más efectiva que el razonamiento.
¿Lo peor de todo? Los votantes de VOX están envalentonados. También los que
han votado al PP y a Ciudadanos, que necesitan desesperadamente pactar con
ellos para gobernar en mi comunidad autónoma. Me han llegado mensajes de WhatsApp por parte de votantes confesos de VOX
cachondeándose del PSOE, un poco como diciendo "ahora os jodéis, rojeras". En las redes me han salpicado los espumarajos de
personas supuestamente cultas y progresistas cuyo odio hacia el PSOE de
Andalucía, que comprendo perfectamente aunque no comparto, les hace perder
cualquier miedo ante el avance de VOX, supuestamente como un "mal menor" frente
al "mal mayor" del chiringuito socialista, sus eventuales aliados de extrema
izquierda y la amenaza del soberanismo catalán: justo igual, por cierto, que los
alemanes de los años 30 se mostraban condescendientes ante el ascenso nazi por
la corrupción e impotencia de la república de Weimar y por el peligro
bolchevique.
En mi entorno personal ya he presenciado enfrentamientos por este tema. Los
simpatizantes de VOX lo tienen claro: ellos sí son verdaderos demócratas, los de
izquierda no. Ahora saben que son muchos los que piensan como ellos. No van a
tener miedo de decirlo, ni de ponerse chulos. Y, habida cuenta de que en el
distrito de mi instituto han arrasado los votos de la derecha, ya no podré
llamar en clase "ultraderecha" a VOX al igual que he desde siempre llamado "ultraizquierda" a
Podemos. Porque estos señores son
capaces de ponerme una denuncia.
Malos tiempos los que están por venir. Y los votantes de VOX, no los
catalanes, ni la corrupción, ni los inmigrantes, ni los terroristas, son los principales culpables de
ello.
Fue portentoso el recital de Pablo Barragán, Andrei Ioniţă y Juan
Pérez Floristán que los tres artistas ofrecieron el pasado 1 de diciembre ante un público, el del Teatro de la Maestranza, justificadamente emocionado. Con respecto a la segunda parte del programa, la Sonata nº 2 para clarinete y piano y el
Trío para clarinete, violoncelo y piano de Johannes Brahms, poco puedo añadir a lo escrito por mí la noche antes en este mismo blog a partir del disco grabado este verano por los artistas. Pero sí puedo decir algo sobre la primera, dedicada a Robert Schumann: Papillons, las tres Romanzen op. 94para clarinete y piano y las FantasiestückeOp. 73 para violonchelo y piano.
En el autor de la Sinfonía Renana quedó bien clara la categoría de Pérez Floristán, a quien sin ningún temor, y a raíz de las cosas que últimamente le he ido escuchando, de Liszt a Gershwin pasando por Rachmaninov, quiero situar entre los mejores pianistas del mundo. Sí, vale, aún tiene que ampliar repertorio y demostrarnos qué es capaz de hacer en determinadas piezas clave, pero no es fácil hacer un Schumann de semejante nivel, con un sonido tan apropiado –más que en Brahms, en el que el sevillano se queda algo corto en densidad– y un tan admirable equilibrio entre lo musculoso y lo alado, entre la ensoñación y el arrebato, entre la poesía lírica y el tormento dramático, sin caer en las fáciles trampas del nerviosismo (¡basta ya de entenderle como un compositor eminentemente esquizofrénico!) o de su extremo contrario, la sosería disfrazada de apolínea elegancia. Y eso lo supo plasmar con soberbia técnica, haciendo gala de una pulsación de infinita riqueza de matices, amén de con una formidable agilidad, pero sobre todo evidenciando una enorme convicción expresiva. No es ninguna tontería ofrecer una interpretación tan notable de Papillons –fíjense en que mi amigo Carrascosa en esta página solo le pone un 9 a Arrau, y a nadie un 10–, aunque fue en las dos piezas en las que se convertía en acompañante cuando Pérez Floristán dio lo mejor de sí mismo.
Dentro del mismo nivel de excelencia se movió Barragán, un señor que no solo no intenta seducirnos con esas amas de la sensualidad tímbrica y el fraseo curvilíneo del que justamente es uno de los instrumentos más seductores que existen, sino que apuesta fuerte, arriesga muchísimo –por ello mismo hay algún resbalón muy aislado– y ofrece interpretaciones a tumba abierta en la que lo único que interesa es la fuerza expresiva de las notas. Ya lo escribí al referirme a su Brahms: la teatralidad de su línea, repleta de acentos y claroscuros, recuerda a las inflexiones de la voz humana. Todo ello, como su compañero, desde un perfecto control de la arquitectura y sin dejarse llevar por el arrebato. Un artista colosal, al que venturosamente le queda toda la vida por delante.
Espero que ningún amigo del violonchelista se dedique a escribirme mensajes agresivos –ya me ha pasado con algún artista local al que prefiero olvidar–, pero en honor a la verdad –si oculto mi opinión, lo escrito arriba queda falto de validez– debo reconocer que Andrei Ioniţă me ha gustado menos que sus compañeros, sobre todo por algo que ya se intuía en el disco Brahms y que en Schumann ha quedado muy en evidencia: sus excesos en los portamenti, que en más de una ocasión le hacen sonar quejumbroso, por no decir blandengue. Ahora bien, nadie le puede negar que posee una muy sólida técnica y que sintoniza de maravilla con sus dos amigos a la hora de entender los momentos más arrebatados de uno y otro compositor: particularmente memorable el último movimiento del Trío brahmsiano.
Una propina de Ginastera, en arreglo del propio Pérez Floristán, cerró una velada interpretativamente excelsa que, dejando por fin al margen los merecidos elogios a los artistas, nos permitió disfrutar en directo de una música maravillosa que debería escucharse muchísimo más de lo que se hace.
En junio de 2016 pude ver en el Teatro Real de Madrid este espectáculo
en torno al Emperador de la Atlántida de Viktor Ullmann, en
arreglo y orquestación de Pedro Halffter y bajo la propuesta escénica de
Gustavo Tambascio, con la diferencia de que en la primera parte se
ofrecía entonces El canto del amor y muerte del corneta Christoph Rilke,
del mismo autor, y esta vez se ha optado por la breve ópera de Ernst
KrenekEl dictador. No tengo tiempo de repetir lo
que entonces escribí: vamos a por lo que me ha parecido ahora.
En primer lugar, siento con mayor claridad que la versión que más me gusta no
es la del propio Ullmann, sino la de Halffter. Vuelta a escuchar la grabación de
Lothar Zagrosek (Decca), me parece que el original no es tan incisivo ni
cabaretero como algunos pensábamos. Que esta música está pidiendo a gritos “otra
cosa”: una profundización en el vuelo lírico, en los contrastes sonoros y en el
pathos trágico implícito en los pentagramas. Justo lo que hace con sus arreglos
el maestro madrileño, potenciando así los aspectos más interesantes de esta
música desigual que solo alcanza verdadera inspiración en los dos números
finales, que han logrado dejarnos con el corazón en un puño.
En segundo lugar, quizá deba replantearme mi negativa opinión sobre el
desaparecido Gustavo Tambascio, al que desdichadamente asocio a dos
óperas que considero musicalmente horrorosas: el Quijote de Manuel García
y el Segismundo de Tomás Marco. Este trabajo con Ullmann comparte con
aquellas producciones su esteticismo y su tendencia a la cursilería, pero no hay
que negarle inteligencia a la hora de evitar tópicos, capacidad para sugerir y
habilidad para darle ritmo a la acción. En lo puramente visual el
trabajo es de un extraordinario atractivo, aunque aquí el mérito le corresponde
a la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, la luminotecnia de Felipe
Ramos y los figurines de Jesús Ruiz.
La partitura de El dictador me parece mediocre. Incluirla en el
programa sirve ante todo para satisfacer la curiosidad de quienes estamos
interesados por las “músicas degeneradas”. Si a lo largo de esa media hora lo
pasé bien fue por la divertida puesta en escena de Rafael Rodríguez
Villalobos, un chico al que conozco desde tiempo inmemorial pero con el que
no tengo ningún contacto desde hace bastantes años, dicho sea de paso, y del que
me había formado una mala opinión como director de escena a tenor de lo que
parece ser la naturaleza de sus producciones: regista como provocador y centro
de la función, por descontado. Dicho esto, me parece muy bien –mejor dicho, muy
mal, por lo tarde que le ha llegado el ofrecimiento– que el Maestranza haya
contado con él, y me ha gustado mucho lo que ha hecho con el título. Ciertamente
convertir a María en la Unión Europea y al dictador inspirado en Mussolini en el no menos gorrinoide Donald Trump puede
resultar demasiado obvio, pero no ha dejado de resultar oportuno: ayer 395.000 andaluces votaron a
la ultraderecha de VOX. Por lo demás, el conjunto está realizado con inteligencia,
dinamismo y buen sentido del humor, sin cargar las tintas en lo grosero y
haciendo gala de una enorme capacidad para la dirección de actores.
Veremos si Rafa no se pasa de la raya en ese Orfeo de Gluck para el que le han dado carta blanca en el Villamarta.
Por pura casualidad tanto el Orfeo como la Eurídice de esa próxima producción
estaban en el elenco de este programa doble: José Luis Sola encarnó de
manera muy satisfactoria a Arlequín mientras que Nicola Beller Carbone
cumplió sobradamente como María en la página de Krenek y como Tambor Mayor en la
de Ulllmann. También convenció en su doble papel Natalia Labourdette. Martin Gantner se mostró irregular prestando voz a los dos
tiranos, aunque sin los serios problemas de quien se ocupara del emperador en
Madrid: en el Maestranza hemos salido ganando. Formidables Sava Vemic
encarnando a la Muerte y el onubense David Lagares como el Altoparlante.
Muy bien el ya veterano pero siempre estimable Vicente Ombuena interpretando a los soldados
de ambos títulos: ¿falla alguna vez el tenor valenciano? Buen trabajo el de la
orquesta bajo la dirección de Halffter, aunque como siempre su batuta acertó
antes a la hora de desarrollar atmósferas que a la de construir tensiones.
El respetable reaccionó –función del domingo 2 de diciembre– de manera extremadamente fría tras la página de
Krenek y con moderado entusiasmo tras la de Ullmann. Un señor mayor, supongo que
indignado, se levantó cuando María se quedaba en bragas y sujetador. Otro lo
hizo mientras los figurantes se iban desnudando para entrar en la cámara de gas
en la última escena. Muy probablemente este es el público que verá con agrado la
anunciada marcha de Halffter, y el mismo al que, espero que no se cumplan las
peores predicciones, el nuevo responsable del Maestranza obsequiará con mayor
dosis de zarzuela, presuntamente atrevidas de recuperación del repertorio lírico
hispano (¡horror!) y portazo total a “rarezas germánicas”. Todo muy acorde con
los sombríos tiempos que nos vienen en lo político.
Mañana sábado 1 de diciembre ofrece el Teatro de la Maestranza un recital del
clarinetista Pablo Barragán, el violonchelista Andrei Ioniţă y el pianista Juan
Pérez Floristán integrado por obras de Schumann en la primera parte y de Brahms
en la segunda, correspondiendo esta última con el compacto grabado por los
mismos intérpretes para el sello granadino IBIS, lanzado este mismo año: se
omitirá la Sonata para clarinete nº 1 y se tocarán la Sonata nº 2 y el
Trío para clarinete, violoncelo y piano. Gracias a la plataforma Tidal
–me permito recomendarles a ustedes la suscripción– acabo de escuchar el disco,
y he quedado mudo del asombro.
En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán
como a Barragán
–de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog
encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova
–filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas
no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría
parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de
Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de
enorme altura. Pues así es.
¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de
convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos
líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se
encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos
verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no
mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la
agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de
Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.
Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas
podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de
su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con
que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase
incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán
destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su
parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle
así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir
tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo
garantizado.
El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y
aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido,
encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el
Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta
música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para
interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que
insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla.
Clarísimo.
Tras el concierto de la Filarmónica de Gran Canaria en Las Palmas pasé un par
de días en Tenerife, una isla en la que jamás había estado y que me ha parecido
fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que he podido vivir en directo (¡y
menuda vivencia!) aquellas cosas que yo mismo me veo obligado a imaginar en mis
clases de geografía. Tampoco están mal la arquitectura y el arte que he visto,
aunque en estas líneas lo que me corresponde es decir algunas cosas sobre la
Lucia de Lammermoor organizada por la Ópera de Tenerife a la que
asistí el sábado 24 en el auditorio diseñado por Santiago Calatrava, un
edificio poco menos que fascinante desde el punto de vista plástico.
Me resulta inevitable comparar este Donizetti con el que hace muy poco
pude escuchar en el Maestranza, máxime cuando la joven Leonor Bonilla,
triunfadora de las funciones sevillanas, se encuentra muy vinculada a la ópera
tinerfeña. En Santa Cruz la protagonista es Irina Lungu,
cantante de prestigio que cantaba por primera vez el rol de Lucia. Los
resultados han sido igualmente de alto nivel, pero con una gran diferencia con
su colega: mientras Bonilla fue de más a menos, Lungu lo hizo de menos a más. La
soprano sevillana se merienda con patatas a la rusa en “Regnava nel silenzio”, y
creo que no únicamente porque su voz resulta ahí más flexible, sino también por
un legato mucho más hermoso, un uso más sensible de los difuminados y una muy
superior expresividad. Lungu cantó bien, pero la encontré fría
e inexpresiva. En los enfrentamientos con Enrico y Raimondo –ofrecidos en su
integridad, venturosamente– empezó a centrarse y pudo ir haciendo gala de una
voz que, a la postre, es mucho más adecuada para el personaje –más carne en el
centro y más peso en el grave- que la de Bonilla. Por eso mismo Lungu sí que
estuvo a la altura en el fundamental sexteto, mientras que en toda la escena de
la locura se encontró a sí misma y, pese a algunos muy puntuales resbalones
canoros, demostró ser una gran artista ofreciendo una interpretación que, sin
desdeñar las inflexiones propias del belcantismo, no se quedó en la mera belleza
del canto, sino que supo atender a los matices psicológicos y transmitir
sinceridad expresiva.
Celso Albelo jugaba en casa, si bien su abrumador éxito estuvo plenamente
justificado desde el punto de vista artístico. Su Edgardo es muy diferente del
de José Bros: si el catalán supera con inteligencia, técnica y musicalidad
enormes las limitaciones de su instrumento, el canario triunfa luciendo una voz
que es una maravilla por su volumen, homogeneidad y riqueza de armónicos, y
haciendo gala de una línea de canto valiente, muy “echada para adelante”, en
buena medida exhibicionista –lo que incluye algunas meteduras de pata, todo hay
que decirlo–, pero con una virilidad, una vehemencia y una fuerza expresiva ante
las que resulta difícil resistirse. Si controlase su tendencia a lucirse
y corrigiese esas poses escénicas de tenor a la antigua usanza, mejoraría aún
más su arrollador Edgardo.
No me gustó el Enrico de Andrei Kymach, barítono ucraniano cuyo
magnífico instrumento se encuentra desaprovechado desde el punto de vista
técnico y expresivo debido a un fraseo más bien tosco, incluso primario. Mucho
mejor el Raimondo de Gabriele Sagona, jovencísimo bajo de voz lírica pero
bastante sólida que llegó con el tiempo justo para sustituir –desde la primera
de las tres funciones, la mía era la última– al cantante inicialmente previsto, demostrando un muy considerable potencial. Excelentes la Alisa de
Vittoria Vimercati y el Normanno de Klodjan Kacani.
El coro estuvo muy correcto, aunque la gran baza de los cuerpos estables es
la Sinfónica de Tenerife, a la que es una gloria escuchar en el foso: nada que
ver con el sufrimiento que tenemos que padecer en todas y cada una de las
funciones operísticas del Teatro Villamarta de mi tierra. Ni con la mera
solvencia de un Teatro Real o de un Liceo, dicho sea de paso. Otra cosa es la
labor de Christopher Franklin, maestro que me pareció muy interesante dirigiendo Peter Grimes en Les Arts y que en Lucia, a mi entender, se limitó
a concertar con enorme técnica y sin caer en la menor vulgaridad. No estuvo mal,
pero se le puede sacar más partido a la obra maestra de Donizetti.
El regista Nicola Berloffa defiende con inteligencia en el programa de
mano su propuesta escénica. El problema es que leyéndole convence por completo,
pero viendo los resultados lo hace bastante menos. Desconcierta
la ambientación, y no tanto porque la acción se traslade a la Escocia de los
años cuarenta del pasado siglo como por la pérdida de esa atmósfera
romántica que la música necesita: sustituir la fuente, el castillo o la torre en
medio de una tormenta por las diferentes salas de una vivienda termina
resultando prosaico. Tampoco la dirección de actores fue del todo
buena. Algo acartonada, más bien. Lo que sí funcionó de maravilla fue la escena
de la locura, aprovechando el carácter giratorio de la escenografía para hacer deambular a Lucia por todas las estancias, lúgubre y sugestivamente iluminadas.
Muy en resumen, estupenda orquesta y digna batuta al servicio de un elenco de
considerable altura –con el borrón del Enrico–, más una puesta en escena que se
queda a medio camino pero que no llegó nunca a molestar. Ya quisiéramos escuchar
habitualmente este repertorio con semejante nivel medio.
Hace diez años estuve por primera vez en Gran Canaria. Tuve entonces la
oportunidad de escuchar a la estupenda OFGC en el Auditorio Alfredo Kraus, de lo
que pude dar cuenta brevemente en
este blog. El pasado viernes pude por fin pasarme nuevamente por la isla y
repetir el rito de disfrutar a la Filarmónica en el soberbio edificio diseñado
por Óscar Tusquets, esta vez con un programa dedicado a Haydn y a Mozart que
estuvo bajo la batuta de Gérard Korsten, un señor al que solo conocía de
una Elena Egipcíaca del sello Dynamic y del que, por tanto, podía esperarme
cualquier cosa en un repertorio tan delicado como este.
Pues bien, lo resultados me parecieron dignos de admiración. Y por completo
sobresalientes, yo diría que referenciales, en el caso de Franz Joseph
Haydn: la interpretación de la Sinfonía n.º 73, “la caza”, me pareció
superior a las dos que escuché previamente en disco, la muy digna de Adam
Fischer y la más que notable de Neville Marriner. ¿Y cómo fue el Haydn de
Korsten? Decir que, en el cinegético último movimiento –el que da título a la
página– los timbales usaron baquetas duras mientras que se juntaron trompetas
naturales con trompas de válvula, podría darnos una impresión inexacta. Porque
este, al margen de semejantes decisiones organológicas –que encuentro acertadas,
aunque habrá a quienes les parezcan incoherentes–, y también a margen de una
reducción del vibrato y de una incisividad en la articulación bastante moderadas,
fue un Haydn tradicional en el mejor de los sentidos. Es decir, de sonoridad
densa y musculada pero en absoluto masiva, de fraseo ágil mas no aéreo (¡qué
alivio!), de fraseo amplio y cantable, de expresión grave y cargada de pathos
–tremenda la introducción– sin caer en lo protobeethoveniano, y
lleno de encanto, de gracia, de sensualidad y de picardía sin confundir todo
ello con lo trivial o lo insípido, que es lo que le pasaba en discos a los dos
directores arriba citados. Korsten no quiso recrearse en delicadezas –aunque el
trazo fue fino– y se decidió a impregnar la partitura, toda ella, de una gozosa
rusticidad apropiadísima para el maravilloso universo de este compositor.
No me gustó tanto su labor en los Conciertos para trompa nº 3 y nº
2 –en este orden– de Wolfgang Amadeus Mozart. Por descontado que el ya
veterano maestro siguió obteniendo un formidable rendimiento de una
Filarmónica de Gran Canaria que parecía sentirse muy a gusto bajo su
batuta, pero tengo la impresión, después de haber escuchado a Klemperer con
Civil y a Zukerman con Baummann, que esta música ofrece más posibilidades
poéticas: Korsten ofreció luminosa, amable y cálida belleza, sin más. El trompa
Felix Klieser le secundó a la perfección en su concepto haciendo gala de
un fraseo de enorme sensualidad que sedujo más por su capacidad para el canto
que para los claroscuros. En cualquier caso, derrochó musicalidad por
los cuatro costados. En lo puramente técnico su labor resultó admirable: que
hubiera algún desliz sin importancia se puede explicar por el frío
que esa noche en Las Palmas se colaba entre los dedos de nuestros pies. Ah, ¿es
que no se lo he dicho? Klieser no tiene brazos y toca con sus extremidades
inferiores, literalmente. Su éxito fue abrumador y estuvo plenamente
justificado. Propina de Rossini.
Para terminar, Sinfonía nº 38 de Mozart. Es decir, ni más ni menos que la
Praga. Palabras mayores. Sin llegar al nivel excepcional de su Haydn, Korsten
triunfó a partir de una lúcida asimilación, aun sin necesidad de imitar al
maestro berlinés ni de acercarse a sus excesos, de las mejores lecciones de
Harnoncourt: teatralidad y claroscuros a tope, con enorme relevancia de metales
y percusión –de nuevo trompetas naturales y baquetas duras– mas guardando el adecuado equilibrio con una cuerda bien nutrida y empastada, todo ello dentro de un
concepto expresivo marcadamente operístico y muy alejado de
preciosismos, ligerezas y coqueterías que siguen haciendo estragos en el
universo interpretativo mozartiano. Gran concierto.