martes, 13 de noviembre de 2018

El sublime Brahms de los Khachatryan

He vuelto a este disco, registrado por el sello Naïve entre julio y agosto de 2012, y de nuevo he quedado por completo maravillado. En él los hermanos Sergey y Lusine Khachatryan interpretan las tres hermosísimas sonatas para violín y piano de Brahms, y lo hacen mejor, e incluso mucho mejor, que otros intérpretes más famosos que han grabado estas partituras.


Haciendo uso de tempi lentos y de un fraseo flexible, natural, rico en inflexiones, matizadísimo en las dinámicas, nuestros artistas ofrecen de la Sonata nº 1 una recreación acariciadora, sensual a más no poder, impregnada de atmósfera a ratos poética, a ratos luminosa, de enorme belleza y emotividad a flor de piel, que aún haciendo hincapié en la poesía íntima de la página ofrece picos de tensión a los que se llega con tanta lógica como incandescencia. Ni de lejos llegan a semejante altura Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman, Zukerman/Barenboim ni Perlman/Barenboim, que son las otras grabaciones con las que he podido comparar.

En la Sonata nº 2 la comparación ha sido con Oistrakh/Richter, Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Magníficas las dos primeras parejas, no así las otras dos; en cualquier caso los Khachatryan nos ofrecen la interpretación más intimista, más cantable, sensual y embriagadora, también la más atenta a la atmósfera, aunque por fortuna no resulta blanda ni deja de ofrecer apasionamiento en los clímax. Para derretorse el violín de Sergey, que dice cada frase con una emotividad y un aliento poético subyugantes.

Vuelven a maravillarnos en la Sonata nº 3 la efusividad del fraseo, el lirismo tierno y al mismo tiempo muy intenso que desprende, la flexibilidad y lógica absoluta del trazo –cuidadísimas las transiciones– y el desarrolladísimo sentido de la atmósfera, todo ello llegando a su culmen en un Adagio prodigioso. Lo que ahora hay que recalcar, dadas las características de la pieza, es el enorme grado de arrebato y extroversión, con carácter no poco escarpado pero manteniendo siempre la más absoluta belleza sonora, que los dos hermanos alcanzan en los movimientos extremos, particularmente en el último, que se beneficia de un sonido muy poderoso y muy brahmsiano por parte de Lusine. Un prodigio, que tampoco alcanzan Oistrakh/Yampolsky –desgarrador a más no poder el violinista– ni las ya citadas parejas de Znaider/Bronfman, Pauk/Vignoles, Znaider/Bronfman y Perlman/Barenboim. Solo se acercan, sin llegar a tan sublime excelsitud, Vengerov y Barenboim en su único acercamiento conjunto a este trilogía. ¡Lástima que no grabaran las otras dos!

No hace fata decir mucho más: el disco de los Khachatryan es de audición total y absolutamente imprescindible.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Demidenko en el Vlilamarta: notable Schubert, sobresaliente Prokofiev

Lo único que le había escuchado a Nikolai Demidenko era el Concierto nº 1 de Chopin que tenía filmado con Antoni Wit: allí me pareció un pianista muy completo desde el punto de vista técnico, pero algo alicorto en poesía. Ayer sábado le pude escuchar en el Teatro Villamarta de Jerez (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en los que ver sobre su escenario a gente como Pires, Ashkenazy o Sokolov entraba dentro de lo normal!) un recital en el que ha mejorado mi percepción de su arte.


Comenzó la velada con el Capricho nº 6 de las Soirées de Vienne de Schubert-Liszt, una nadería deliciosa en la que el ruso hizo gala un sonido tan hermoso como admirablemente regulado y de una gran elegancia en el fraseo. Palabras muy mayores a continuación: Franz Schubert. En la web del teatro y en el programa de mano se anunciaba la “Sonata en La Mayor Op. posth.”, mientras que en la página del artista se hablaba de la “Sonata No. 19 in Minor D. 958”. Al final fue la primera de ellas, es decir, la Sonata No. 20 en La mayor D. 959. La dificultad es la misma, en cualquier caso, porque llegar al punto justo de equilibrio entre belleza formal, fluidez y hondura en cualquiera de las tres últimas sonatas schubertianas solo está al alcance de los grandes. Demidenko superó la prueba y ofreció una espléndida recreación en la que planificó de manera admirable la arquitectura, resolvió estupendamente las transiciones, cantó las melodías con naturalidad y supo marcar los picos de tensión para que la música no se quedara en una sucesión de sonidos. Un punto más de fuerza expresiva, de emotividad y de magia poética no le hubieran venido mal, en cualquier caso: la comparación con la descomunal, histórica recreación que le escuché a Radu Lupu en Barcelona hace tan solo unos meses, deja claro que lo de ayer fue de notable alto, más no de matrícula de honor.

El Vals op. 38 de Scriabin estuvo dicho con fluidez y elegancia, mirando no tanto al pasado chopiniano como al impresionismo contemporáneo. Sensible en el toque y elegante en el fraseo, Demidenko controló de manera admirable su sonido pianístico para alcanzar la agilidad y la delicadeza pretendidas.

La misma capacidad para modelar la materia prima le permitió ofrecer increíbles veladuras con las que acentuó el lirismo onírico e inquietante de la Sonata nº 8 de Prokofiev, ofreciéndonos así una interpretación muy alejada del tópico: si la mayoría de los pianistas se centran –es lógico y plausible que así lo hagan– en los aspectos más combativos de esta música, en su carácter obsesivo y en sus sonoridades atronadoras, Demidenko se desentendió del carácter demoníaco de la misma –tampoco le faltaron contrastes ni tensión interna– y optó por esa melancolía amarga y desconsolada, recorrida por inquietantes turbulencias y a veces disfrazada de sarcasmo, que singulariza la creación del compositor. Como además la recreación supo ser brillante cuando está indicado y ofreció grandes dosis de agilidad –algunos deslices hacia el final del tercer movimiento importaron poco–, el resultado fue sobresaliente. Solo a Kissin –vídeo disponible en YouTube– le he escuchado algo todavía mejor.

Tres propinas: dos Scarlatti soberbios y un Chopin, el Vals del minuto, que debería haberse ahorrado.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Barenboim y la WEDO en el Carnegie Hall

Perdonen los lectores, si los hubiere, que ya no ofrezca en este blog tantas entradas como antes, ni tan extensas. La disponibilidad que tengo para esta afición es ahora muy escasa, y el entusiasmo ante la misma mucho menor que antes. Pero a lo que vamos: concierto de Daniel Barenboim y la West Eastern Divan en el Carnegie Hall de Nueva York del pasado jueves 8 de noviembre, que he visto gracias a la página Medici TV, a la que estoy suscrito. Toma sonora mejorable y filmación con serios defectos, pero en ambos casos suficientes para disfrutar de una velada memorable.


Don Quijote de Strauss en la primera parte. Nunca me entusiasmó la grabación de Barenboim en Chicago, pero sí lo hizo la que le escuché en directo en 2014 en Madrid frente a la Staatskapelle de Berlín. Lo que entonces escribí en este mismo blog es perfectamente válido para esta nueva recreación, de nuevo llena de sensualidad y de humanismo pero no por ello exenta de teatralidad, de carácter narrativo y de sentido de los contrastes, aun siempre con la salvedad de que la calidad de la WEDO no puede compararse con la excelsitud que en estos últimos años ha alcanzado la formación berlinesa. En lo que sí aventaja esta recreación neoyorquina a la que escuché en el Auditorio Nacional es en el chelista: si Claudius Popp estuvo estupendo, Kian Soltani se confirma como un verdadero prodigio. Estupenda la viola de Miriam Manasherov, aunque algunos de sus detalles me parecieran discutibles. Como propina, El cisne de Saint-Säens.

Desde aquel flojo registro en Chicago para Teldec, pasando por la interpretación que grabó con la WEDO en Ginebra y llegando hasta la que hizo con la Filarmónica de Berlín en el primero de mayo de 2014, Daniel Barenboim también ha mejorado mucho su comprensión de la Sinfonía nº 5 de Tchaikovsky. Esta con la WEDO ni aporta ni pierde nada en lo que a la labor de la batuta se refiere con respecto a la última de la citadas. Se ha tratado, por tanto, de una cálida y elocuente recreación en la que se equilibran de manera admirable los aspectos épicos, líricos y dramáticos de la página, sin renunciar a la sensualidad ni a la opulencia sonora, pero sin dejar tampoco espacio alguno a la blandura, al exhibicionismo o al descontrol. Todo está medido al milímetro, aunque la apariencia de lógica, de naturalidad e incluso de espontaneidad es absoluta. En cualquier caso, si por algo destaca esta lectura –como lo hacía la de Berlín– es por otros dos factores: la excelsa cantabilidad del fraseo (¡puro Tchaikovsky!) y la enorme plasticidad con que está tratada la masa orquestal.

Una tan cálida como honda recreación de Nimrod y una inflamadísima, aunque en absoluto descontrolada, obertura de Los maestros cantores, remataron un concierto estupendamente acogido por el público norteamericano. Igualito que aquí en Andalucía, donde hay que hacer milagros para vender las entradas y los entendidos terminan diciendo auténticas barbaridades sobre lo que escuchan. Así nos va.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Un bodrio en la Filarmonía del Elba

Nada, que no encuentro tiempo para este blog. Me toca concluir mi repaso por el viaje que hice a Hamburgo aprovechando el puente de la semana pasada. Ya dije que el sábado por la mañana estuve en Bremen. Por la tarde regresé a la ciudad natal de Brahms y pude visitar la tumba del gran C.P.E. Bach, que allí fue maestro de capilla y falleció. La verdad es que ver su lápida es lo único que merece la pena en la cripta de la Michaeliskirche, cuyo billete de entrada no resulta precisamente barato para el turista. Como tampoco la entrada que compré para escuchar a Sabine Meyer en la Filarmonía del Elba, 96 euros de ala, aunque lo cierto es que era una oportunidad que tenía que aprovechar para escuchar en directo a la mítica clarinetista –creo que nunca lo había hecho hasta ahora– y para acceder al interior de esta reciente y prestigiosa sala de conciertos.


Mi opinión sobre el recinto ha terminando siendo muy positiva: aunque reconozco que el diseño del interior resulta un pelín pretencioso, lo cierto es que se trata de un edificio muy bello desde el punto de vista plástico que, al mismo tiempo, sabe ser funcional y atender tanto al acceso del público como a la acústica. Es decir, nada que ver con el Palau de Les Arts de Calatrava, maravilloso visualmente pero un absoluto desastre como recinto operístico y como sala de conciertos sinfónicos. 


Eso sí, por mucho que un servidor disfrutara recorriendo la Elbphilharmonie, salí de allí decepcionado: el concierto de ese sábado 2 de noviembre me pareció, salvo en lo que a Meyer se refiere, un monumental bodrio, tanto por el discreto nivel de la Kammerakademie Potsdam como, sobre todo, por la incompetencia de su director Antonello Manacorda, durante años concertino de la Mahler Chamber Orchestra y ahora batuta de amplio currículo que graba para Sony Classical. ¡Apañados estamos!

El desastre se vislumbró ya en la flacidez extrema de los primeros compases del Idilio de Sigfrido. Tal vez quiera ofrecernos una versión especialmente intimista, me dije intentando engañarme a mí mismo. Pues no: fue una interpretación tímida, blanda y lánguida, mal construida en sus tensiones, poco o nada contrastada, muy corta en su vuelo poético, aburridísima en suma. Ni que decir tiene que aquello no sonó en ningún momento a Richard Wagner.


Venía a continuación el estupendo Concierto para clarinete nº 1 de Weber, y para abordarlo salieron trompas y trompetas naturales que, por descontado, rajaron más que las modernas. En cualquier caso, no fue la de Manacorda una interpretación especialmente historicista en lo que articulación se refiere. Fue simplemente convulsa y emborronada, extrovertida pero de cara a la galería. Exactamente se puede decir de la página que abrió la segunda parte, la Konzertstück Nr. 1 para clarinete, corno di basetto y orquesta de Mendelssohn, para la que se contó con la participación del excelente Reiner Wehle. Sinfonía escocesa para terminar: momentos más que correctos, momentos discretos y blanduras fuera de lugar se sucedieron en una versión pseudohistoricista –más bien “historicista soft”– que no llegó a enervarme, pero sí me aburrió sobremanera.

¿Y la Mayer? Pues con un tipazo y un cutis absolutamente increíbles para sus cincuenta y nueve años. La artista conserva, además, toda su agilidad digital y ese enorme control del fiato que le permite construir frases con cantabilidad extrema. Y luciendo la musicalidad, la variedad expresiva y el compromiso que siempre han caracterizada a la clarinetista, cuyo Weber espero seguir escuchando en la grabación con Herbert Blomstedt, muchísimo mejor acompañada entonces que en este concierto que mereció mucho más la pena por el continente que por el contenido.

martes, 6 de noviembre de 2018

Harto de la corrección política. ¡Viva el humor!

Menuda la que se ha montado al sur de los Pirineos porque el presentador-humorista Daniel Mateos se limpió el otro día los mocos con la bandera de España en un programa de televisión. Su chiste no fue precisamente el colmo de la sutileza ni de la inteligencia, pero me solidarizo con él. Porque estoy harto de eso que ahora llaman corrección política, y harto de los colectivos que se ofenden gravemente cada vez que alguien hace un chiste sobre ellos.

Chistes, parodias y bromas sobre la "bandera española que nos representa a todos"; sobre la Patria española, catalana o andaluza; sobre Dios, Jesucristo y su Santísima Madre; sobre el Islam, la comida halal, el velo y el ayuno en Ramadan, "que también se merecen un respeto"; sobre el presunto "lenguaje no sexista" de todo y todas, ellos y ellas; sobre las mujeres maltratadas, sobre los gais discriminados y sobre los disminuidos psíquicos; sobre los animales "vilmente asesinados" para alimentarnos; sobre los capillitas y belenistas, que son tontos de capirote y de nacimiento respectivamente; sobre los que creen en fantasmas, males de ojo, extraterrestres, homeopatía y teorías conspiranoicas, porque "todas las creencias son respetables".

Pues no, miren ustedes. Va a ser que no. Porque el humor, el humor sobre todo ello y sobre lo que haga falta, es uno de los medios más acertados para mover a la reflexión y a la acción. Es decir, para cambiar las cosas. Y para hacerlo desde el pensamiento crítico. El humor, el humor inteligente y el humor provocador, también el humor gamberro, sigue resultando imprescindible para el ser humano como individuo y como colectividad. Querer ponerle límites siempre ha sido una forma de totalitarismo. Y lo sigue siendo, pese a que ahora quieran disfrazarlo de respeto a los demás.

Por eso mismo traigo, por segunda vez en este blog y por los mismos motivos que hace años, el segundo movimiento de la Sinfonía nº 13 de Dimitri Shostakovich y los versos de Yevgueni Yevtushenko –en traducción de Mónica Castro– que sirvieron de punto de partida al compositor. Más vivos que nunca. Mas necesarios.



Zares, reyes, emperadores
de toda la tierra señores
desfiles habéis dirigido
pero al humor no lo habéis regido. 

En los palacios donde los nobles
entre mimos recostados pasan el día
se presentó el vagabundo Esopo
y ante él pordioseros parecían. 

En las casas donde el zalamero
sus huellas mezquinas dejó
el ulema Nasredin con su jaraneo
las futesas como en ajedrez derribó. 

El humor comprar quisieron
sólo que él no se vende eso es fijo.
El humor matar quisieron
y un corte de mangas les hizo. 

Lidiar con él, dura fatiga.
Sin cesar le han ajusticiado.
Su cabeza cortada ensartaron
en la lanza de un soldado. 

Pero apenas la flauta del juglar
empezó a cantar su melodía
en voz alta gritó: aquí estoy yo
y se lanzó a bailar con gallardía. 

Con un guiñapo por abrigo
abatido y al parecer confeso
como reo político prendido
al patíbulo se encaminó. 
Toda su traza sumisión expresaba
para la vida ultraterrena dispuesto semejaba
cuando, zas, del abrigo se escabulló
y agitando su mano dijo: adiós, adiós.

En celdas al humor quisieron tender celada.
Pero, ¿qué os creéis? ¡de eso nada!
Las rejas y muros de piedra
de un lado a otro cruzó.

Tosiendo por un resfrío
cual soldado raso marchó
era una coplilla fusil al hombro
camino del Palacio de Invierno. 

Avezado a miradas hurañas
ya no le dañan.
Y a veces con humor el humor
a sí mismo se contempla. 

Es eterno. 
Eterno. 

Es astuto.
Astuto.

Y ágil.
Y ágil.

Todo y a todos atraviesa.
Así pues ¡brindemos por el humor!
Que audaz muchacho es.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Buscando a Brahms desesperadamente

El ridículo precio de ochenta y cuatro euros el vuelo de ida y vuelta desde mi ciudad –Jerez de la Frontera– me animó a improvisar un viaje a Hamburgo con estancia los días 1 y 2 de este mes de noviembre. Intenté encontrar a Johannes Brahms, pero no le encontré por ninguna parte: la ciudad es grande, dinámica y próspera, pero los terribles bombardeos sufridos en 1943 arrasaron con casi todo lo que podía retrotraernos a la época del autor de El canto de las Parcas. La casa museo, a la que no me acerqué, ni siquiera es la original, sino una recreación moderna realizada en una ubicación más o menos cercana. Eso sí, pude acercarme la primera tarde a la sala de cámara de la Laeiszhalle, próxima a donde efectivamente nació el compositor, para escuchar un recital de violín y piano que incluía la hermosísima Sonata nº 3 del hamburgués.


Artistas para mí desconocidos: Adrian Iliescu al violín y Alina Azario al teclado. Él, concertino de la Sinfónica de Hamburgo, me gustó por su sonido repleto de carne y por su intensidad expresiva. Ella –dice en su biografía que ha actuado en el Maestranza– me pareció una pianista solvente sin más, musical pero un tanto plana e impresonal. Abrieron el programa con la Sonata para violín y piano D 574 de Schubert, que no me dejó especial huella. Continuaron con la Sonata nº 2 de Enescu, que pese al enorme cansancio que tenía en mi cuerpo me dejó conmocionado: ¡qué música más grande! Y qué espléndida interpretación, habría que añadir, toda ella compromiso con los aspectos más intensos y desgarrados de los pentagramas. En la segunda parte llegó la esperada Sonata nº 3 brahmsiana, bien dicha aunque sin nada especial que destacar. Cerraba el programa, en tan obvia como legítima búsqueda de brillantez, Introducción y Rondo capriccioso de Saint-Saëns, buena oportunidad para evidenciar no solo el referido virtuosismo, sino también la intensidad sabiamente controlada de Iliescu. De propina, Debussy arreglado por Heifetz.

En fin, una velada agradable que no terminó de paliar mi frustración por no “oler a Brahms” en su ciudad natal. Paradójicamente lo pude hacer al día siguiente en Bremen, preciosa localidad en cuya catedral se estrenó el Réquiem Alemán. Reconozco que no tenía idea: lo leí en el museo de la misma y quedé hondamente impresionado. No pude resistir la tentación de escuchar unos minutos a través del móvil allí dentro. De escalofrío, se lo juro. Y ya de vuelta a Hamburgo pude realizar una visita a la tumba de C.P.E. Bach y conocer esa Filarmónica del Elba ahora tan de moda, pero eso se lo cuento a ustedes en otra entrada cuando encuentre tiempo para escribirla.

martes, 30 de octubre de 2018

Lucia de Lammermoor en el Maestranza: triunfaron los protagonistas

Resulta llamativo que algunos se pregunten en voz alta las razones que llevan al Teatro de la Maestranza a repetir con más antelación de la deseable Lucia di Lammermoor, cuanto todo el mundo sabe –o al menos intuye– que el título se ha programado para dar una oportunidad a la joven soprano sevillana Leonor Bonilla, justamente al igual que el Villamarta de mi tierra ha llevado a escena determinadas óperas aprovechando el tirón popular de Ismael Jordi. Comprensible y hasta cierto punto justificable, aunque me gustaría que en Sevilla no ocurriera lo mismo que en Jerez, es decir, que se extendiera una idolatría poco fundamentada que llevara a confundir el talento, el esfuerzo y el buen gusto de un cantante con algo mucho más serio que es su capacidad para ser una verdadera estrella. Por eso intentaré expresar mi opinión –que es eso, una mera opinión­– con la misma claridad  con que lo he procurado hacer siempre con respecto a mi paisano, con cuyas virtudes e insuficiencias Bonilla guarda no poco en común.

Y es que en ambos cantantes se puede hablar de una técnica admirable y de una gran musicalidad, como también de una enorme adecuación al bel canto puro y duro. Pero también de una voz que es tan hermosa –atractivo metal en el caso del jerezano, sedosidad en el de la sevillana– como limitada en volumen y en carne. Y se trata igualmente de dos sensibilidades que tienden a cantar bonito, a seducir con las armas de un legato de libro, medias voces acariciadoras y una regulación del fiato que les permite construir frases amplias de enorme cantabilidad, pero que a veces se quedan un tanto cortas en temperamento, fuego y variedad expresiva. Dicho de manera más simple, se trata cantantes muy notables que evidencian importantes virtudes, pero también ciertas insuficiencias que han de notarse antes en determinados repertorios y papeles que en otros. Las desigualdades, obviamente, también se podrán evidenciar a lo largo de un mismo título operístico.

A mí me gustó muchísimo Leonor Bonilla en el “Regnava nel silenzio”, que me pareció toda una lección de belcantismo del bueno, es decir, del sincero y alejado de toda afectación. Me pareció que estuvo bien sin más en el enfrentamiento con Enrico, y que se quedó corta (¡lógico!) en el justamente célebre sexteto, en el que se necesita una voz de mucho más fuste. Y que estuvo francamente bien en la escena de la locura, en gran medida porque la ligereza de su voz le permite resolver las agilidades con pasmosa facilidad, aunque también sea cierto que, para mi gusto, con semejante exhibición de virtuosismo no basta para otorgar al personaje la intensidad y el carácter alucinado que esa decisiva página necesita. Sea como fuere, para tratarse de la primer vez que canta el rol de Lucia el saldo resulta abiertamente positivo.

Tres cosas más sobre la soprano. La primera, que algunos de sus sobreagudos resultaron estridentes, cosa que a mí me importa muy poco pero que debería subsanarse. La segunda, que su formación inicial como bailarina le permite moverse por el escenario con una soltura que ya quisieran para sí muchas grandes divas. La tercera, que no me pareció de recibo que tras la escena de la locura nuestra artista saliera a saludar al respetable, a telón bajado y recibiendo ramos de flores. La dramaturgia queda rota, se viola el protocolo y se deja al tenor un tanto en segundo plano, que tiene por delante quince minutos de infarto. Podía haberse esperado ese cuarto de hora, porque al fin y al cabo Bonilla recibiría al final una estruendosa ovación que la emocionó de manera visible.

En mayo del pasado año José Bros me decepcionó aquí mismo en el Maestranza. Lógico: se trataba el Rodolfo de La Bohème. Pero Edgardo sí es para él, y a pesar de que –sobre todo en el comienzo de la función– volvieron las molestas nasalidades de antaño, el tenor catalán supo hacer gala de esa excelencia técnica y de ese estilo perfecto que posee para el repertorio belcantista. No solo eso: cantó con arrojo, con emoción y con convicción, y aun en esa linea un punto señorial que a él le gusta –personalmente prefiero aproximaciones menos aristocráticas, más carnales–, hizo gala de una intensidad expresiva que logró conmoverme como no lo hizo su compañera. Bravo.

El resto del elenco se movió en un nivel discreto. Vitaliy Bilyy hizo un Enrico sonoro y con empuje, poco más. Mirco Palazzi fue un Raimondo inadecuado en lo vocal –muy insuficiente el grave– y sin especial interés en lo expresivo. No me gustó María José Suárez en el rol de Alisa: la encontré muy gastada. Y el pobre Manuel de Diego tuvo que lidiar con el siempre ingrato papel de Arturo disfrazado por su peor enemigo. Sí que estuvo formidable, ofreciendo quizá la que ha sido una de sus mejores noches recientes, el Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza, como siempre dirigido por Íñigo Sampil.

Quizá haya tenido que ver con la excelencia de los resultados corales el currículo en este terreno del maestro Renato Baldassona, quien a su vez dirigió de manera bastante satisfactoria a una Sinfónica de Sevilla que sonó bien y muy en estilo; quizá algún pasaje concreto pudo estar más paladeado, y también a lo mejor se podía haber inyectado más nervio a algunos pasajes, pero globalmente la batuta suplo desplegar cantabilidad y evitar el carácter frivolón de algunos números de esta partitura que sin duda contiene maravillas musicales, pero que también evidencia desigualdades en la inspiración del tan fundamental –Verdi sin él sería impensable– como sobrevalorado Gaetano Donizetti.

Mediocre la producción escénica, que llegaba de la Deutsche Oper berlinesa de tiempos del gran Götz Friedrich. Precisamente su asistenta favorita, Gerlinde Pelkowski, se ha encargado en el Maestranza de reponer la propuesta original Filippo Sanjust, tradicional y convencional en todos los aspectos. Esto no es nada malo en sí mismo, pero lo cierto es que los resultados fueron deplorables: es difícil mover peor a las masas y a los cantantes sobre el escenario. En realidad es que dirección de actores no había apenas, y cuando esta hacía acto de presencia era para hacer el ridículo: baste decirles que en la escena de la torre el pobre de José Bros, no precisamente dotado de dotes teatrales recordaba a Gene Kelly en "El caballero duelista", la película muda que su personaje rueda en Cantando bajo la lluvia. Una parodia de la parodia.

Visualmente la cosa no fue tan mala. Entre los telones pintados, de Sanjuts, los hubo que funcionaron mejor que otros: excelente la escenografía de las habitaciones de Lord Ashton, magníficamente iluminada por Juan Manuel Guerra. La escena de la boda sí que dejó mucho que desear. A la postre lo más interesante de la producción estaba en el vestuario asimismo del propio Sanjut, francamente hermoso en alguna de las escenas.

Muy en resumen, una Lucia muy discreta en lo escénico y bastante satisfactoria en los musical, conformación tanto de la solidez y el talento de José Bros como del enorme potencia de una Leonor Bonilla a la que le deseamos lo mejor, es decir, que no haga caso de los cantos de sirena y desarrolle una carrera prudente en la que saque el mayor partido del considerable potencial que alberga.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...