jueves, 21 de abril de 2016

Jansons y Mork con la Filarmónica de Berlín: Berlioz, Dutilleux, Shostakovich

El programa del 3 de marzo de la Filarmónica de Berlín, protagonizado por Mariss Jansons y Truls Mork y disponible en la Digital Concert Hall, me ha animado a profundizar en una obra maestra a la que no me había acercado lo suficiente: el Concierto para violonchelo, "Tout un mounde lointain", de Henri Dutilleux.


Después de escuchar varias interpretaciones, me queda la sensación de que existen dos posibles vías de acercamiento a la página. Una consiste en llegar a un equilibrio entre los aspectos –llamémosle así– impresionistas y expresionistas de la obra, y ella es la que abrieron los intérpretes del estreno, Mstislav Rostropovich y Serge Baudo (EMI, 1974) y más tarde han seguido Arto Noras con Jukka-Pekka Saraste (Finladia-Warner, 1991) y Christian Poltera con Jac van Steen (BIS, 2008). La otra opta por acentuar contrastes y tensiones, subrayar lo que la escritura tiene de encrespado, afilar las aristas tímbricas y descargar mucha electricidad en los clímax. Es la opción de Truls Mork con Myung-Whun Chung (Virgin, 2001) y de Anssi Karttunen con Esa-Pekka Salonen (DG, 2011), esta última la más radical y discutible, pero también mi preferida.

En esta nueva lectura Truls Mork pasa del segundo grupo al primero, pero no tanto por él como por la dirección de Mariss Jansons, muy distinta de la de Chung. Al maestro letón no le motivan demasiado las descargas de adrenalina que propone esta partitura, mientras que por el contrario parece sentirse bastante cómodo dejando respirar a la música, atendiendo a la atmósfera y recreándose en la sensualidad de los timbres. Lo hace de manera satisfactoria, entre otras cosas porque cuenta con la complicidad de una orquesta sensacional, pero no le hubiera venido mal una mayor matización expresiva y un más agudo sentido de los contrastes: por momentos parece un poco plano.

En cuanto al solista, vuelve a demostrar no solo un irreprochable dominio técnico, sino también su capacidad para teatralizar el canto del violonchelo hasta convertirlo en un ser humano que declama sus emociones con admirable riqueza de acentos y enorme veracidad expresiva. Y qué decir de su sonido hermosísimo, sólido y profundo. La sarabanda bachiana que ofrece de propina deja bien clara la categoría del artista.

La velada había arrancado con la obertura del Carnaval romano de Berlioz. Poco convincente, la verdad: en la sección lenta Jansons opta por la sensualidad, lo que para él parece significar suavidad expresiva e incluso blandura –en exceso tímido y ensoñado el corno inglés–, para a continuación poner el piloto automático y limitarse a confiar en la enorme calidad de la orquesta. Chispa, brillo y arrebato carnavalero brillan por su ausencia.


Décima de Shostakovich en la segunda parte. Se la escuché a este director cuando era joven en el Maestranza –aún estaba con la Filarmónica de Oslo– y me gustó. Ahora tengo muchos más años y no cuela. A mi entender, el problema de esta interpretación no es que su enfoque sea mucho antes “romántico” que “expresionista”, porque Karajan adoptaba óptica semejante con la misma orquesta y los resultados eran sensacionales. El problema está en Jansons, en su tendencia a quedarse en la superficie de la música, en su falta de verdadero compromiso expresivo y de implicación emocional. No basta con que todo esté en su sitio, el trazo sea cuidadoso y se eviten la vulgaridad y el efectismo: se echan de menos tensión interna en la construcción, garra dramática en los clímax y vehemencia en la expresión. El segundo movimiento –escuchen el vídeo que les he dejado– y el final del cuarto resultan, en este sentido, muy decepcionantes por su falta de fuelle. Que en el tercero el maestro muestre buen olfato para la sensualidad y el misterio y, por descontado, la formación berlinesa realice una labor formidable, no redime a esta interpretación de quedarse muy a medio camino.

miércoles, 20 de abril de 2016

La novia del Zar por Barenboim y Tcherniakov: no se lo pierdan

Por fin he podido ver el Blu-ray, editado por el sello Bel Air, que recoge la filmación realizada por Andy Sommer –con gran acierto "cinematográfico" a la hora de planificar, cosa no precisamente fácil cuando de opera se trata– de la producción de La novia del Zar de Rimsky-Korsakov dirigida por Daniel Barenboim en lo musical y Dimitri Tcherniakov en lo escénico que se ofreció en la Staatsoper berlinesa en 2013. No quiero dejar pasar la oportunidad de recomendar vivamente su visionado, porque hace tiempo que no me lo pasaba tan bien con una filmación de ópera.


Primeramente porque, aunque tarde un tanto en arrancar, la partitura de Rimsky posee no solo enorme belleza melódica, sino también tremenda veracidad digamos operística: aquí hay mucho de canto-canto, de protagonismo de la voz, pero canto al servicio de una poderosa idea expresiva cargada de sentido trágico, no al del lucimiento de los cantantes. Además, la mezcla entre el sabor folclórico y el refinamiento de la música digamos culta ofrece un enorme atractivo, por no hablar de la exquisita orquestación habitual en el autor.

En segundo lugar, porque la labor del foso es sublime. Barenboim se encuentra en estado de gracia: nada que ver con su algo decepcionante Boris o con los relativos altibajos de su Oneguin, sino más bien en la línea de su maravillosa recreación de El jugador de Prokofiev. El pulso es firme, el sentido teatral muy elevado –nada de "sinfonía con voces"–, y la incandescencia emocional de altísimo voltaje, sin que por ello se pierda el control en los momentos más dramáticos, verdaderamente impactantes, ni deje de haber espacio para la más embriagadora delectación lírica. La Staatskapelle de Berlín, hoy por hoy la mejor orquesta operística del mundo –me refiero a las que trabajan de manera intensiva en el foso–, no solo está espléndida sino que luce un exquisito colorido de naturaleza inequívocamente rimskiana –refinada y rústica al mismo tiempo, sin escorarse hacia ninguno de los dos extremos– bajo una batuta que la modela con asombroso sentido de la plasticidad.

En tercer lugar, porque el elenco vocal es espléndido, empezando por una más que notable Olga Peretyatko, continuando por un excelente Johannes Martin Kränzle y terminando por una absolutamente sensacional Anita Rachvelishvili en el rol de la despechada Lyubasha, personaje cuyos deseos de venganza conducen a la tragedia; la canción a capella del acto primero que canta la mezzo georgiana es una de las cosas más emotivas a nivel operístico que he escuchado en mucho tiempo. Altísimo nivel también en los secundarios, casi todos magníficos, entre los que se cuela una ya muy mayor Anna Tomowa-Sintow cuya vuelta a la escena resulta conmovedora; Kotcherga se mueve en su habitual línea algo bronca, pero cumple.

En cuarto y último lugar, recomiendo este Blu-ray porque ese cretino soberbio y pedante llamado Tcherniakov, al que le hemos visto bodrios del calibre del Don Giovanni del Teatro Real, pone aquí su talento, que es inmenso, al servicio no solo de su ego sino también de la música, y aunque haya que aguantarle algunas ideas chirriantes o innecesarias, además de algún exceso, esta vez acierta a la hora de definir personajes, desarrollar situaciones e integrar escena con partitura, hasta culminar en un final realmente magnífico. Eso sí, parece claro que su propuesta –le ocurre en todas las que le he visto– está mucho antes pensada para verse en el televisor que en el teatro, lugar donde muchas cosas se pierden y otras quedan empequeñecidas.

La imagen es magnífica. El sonido estupendo, aunque el surround no sea auténtico. No hay subtítulos en castellano. Da igual: no se lo pierdan.

martes, 19 de abril de 2016

La Nuevo Mundo por Belohlávek: amargor

Es la Sinfonía del Nuevo Mundo lo primero que escucho del ciclo Dvorák con Jirí Belohlávek y la Filarmónica Checa. Esperaba una interpretación poco romántica, y acerté: sonoridad más bien rústica, nada opulenta, incluso un punto seca, sin interés alguno por llegar al oyente por la vía fácil del hedonismo, y sin uno solo de esos portamentos del primer movimiento que ayer citaba al comentar la filmación de Daniel Harding.


Pero también esperaba una lectura ágil, fresca, luminosa, espontánea en el fraseo e impregnada de sabor folclórico, y aquí me equivoqué por completo. Ha resultado ser todo lo contrario: lenta, densa, muy sombría, melancólica pero no dulce, sino impregnada por un fuerte regusto amargo, y rematada por un cuarto movimiento en absoluto épico, sino profundamente trágico. Me ha recordado no poco a mi versión favorita, la de Karl Böhm, aunque el envoltorio sonoro sea aquí muy diferente. Por lo demás, Belohlávek desmenuza de manera admirable cada una de las líneas de la partitura y frasea con flexibilidad y holgura, sin dejar de cantar de manera emotiva las maravillosas melodías de la obra.

En el lado negativo, cierta falta de impulso en algunos momentos –se detectan ligeros altibajos en el discurso– que puede hacer que para algunos paladares la interpretación resulte algo pesada. Quien busque vigor rítmico, jovialidad, grandeza y carácter triunfal, se sentirá muy decepcionado ante esta interpretación. A mí me ha parecido magnífica y de inmediato la coloco entre mis preferidas, aunque no me olvido de diferentes manera de enfocar la obra. Por ejemplo, las de Fricsay y Giulini de las que ya he hablado por aquí. A ver si un día de estos preparo una discografía comparada.

lunes, 18 de abril de 2016

Daniel Harding y la Sinfonía del Nuevo Mundo

Esta semana Daniel Harding hace en España la Sinfonía del Nuevo Mundo frente a la Sinfónica de la Radio de Suecia, el jueves en Madrid y el sábado en Murcia. Habida cuenta de que este señor presume de "hacer el repertorio tradicional de manera poco convencional" –creo que esas fueron más o menos sus palabras hace ya algunos años– y ha demostrado ser capaz de lo mejor y de lo peor, se despierta el morbo sobre los resultados. Venturosamente, YouTube nos trae la respuesta antes de que los conciertos tengan lugar, gracias a una filmación realizada en 2012 en Ferrara en la que dirige a la Orquesta de Cámara Mahler: le sale una muy notable Novena de Dvorák, aunque no excepcional.


Se trata de una interpretación vistosa, comunicativa y de excelente pulso: en modo alguno se aburre uno escuchándola. La sonoridad es la correcta, sin pretensiones historicistas por ningún lado –conociendo al maestro británico se podía haber esperado algo así– y haciendo sonar a la orquesta con la densidad suficiente, lo que no le impide que en el fraseo primen la agilidad y el impulso rítmico frente a los valores melódicos.

Desde el punto de vista expresivo, y esto es lo más importante, Harding parece más o menos centrado, aun siempre en una óptica antes extrovertida que lírica o sensual. El movimiento inicial, dicho con vehemencia admirablemente controlada, ofrece el adecuado carácter épico y combativo, aunque para mi gusto sobran los portamenti del celebérrimo tema lírico, que me irritan sobremanera. El Largo está francamente bien, desolado y con regusto amargo mucho antes que meramente nostálgico o contemplativo. El Scherzo funciona de manera muy satisfactoria, aunque su Trío resulta en exceso paisajístico, por decirlo de algún modo. En el cuarto, finalmente, hay fuego y brillantez en grandes dosis, esto último quizá demasiado: me da la impresión de que Harding, que no duda en destacar determinadas líneas de las trompetas pero descuida un tanto los valores más poéticos de la página, se queda un tanto en la superficie.

¿Y qué más hace en la gira española? Pues el Concierto para piano º 2 de Chopin con la Pires. Habida cuenta de que esta posiblemente sea la página del compositor polaco que mejor le sale a la artista (¡sensacional grabación con André Previn!), las expectativas son bien altas. Claro que nunca se sabe cuándo la pianista lisbooeta se va a poner en ese plan meloso que tantas veces la hace insoportable.

sábado, 16 de abril de 2016

Notables Gurrelieder por Jansons

Ya conocía desde hace tiempo, gracias a una retransmisión televisiva, estos Gurrelieder que Mariss Jansons dirigió en Múnich en septiembre de 2009 a su formidable Orquesta de la Radio Bávara y a un enorme conjunto coral formados por los coros de la NDR, la MDR y de la propia radio de Baviera. Ahora he podido hacerme con el DVD editado en el sello BR Klassik: se nota una apreciable mejoría técnica, porque este formato ofrece un DTS con surround auténtico, con abundante imagen sonora –público y reverberación– por los canales traseros que contribuye a otorgar espacialidad y relieve a la toma, por lo demás muy equilibrada y con más que suficiente presencia de los sonidos graves, aunque en lo que a gama dinámica se refiere, aun siendo esta muy amplia, no se llega a recoger toda la que demandan las mastodónticas fuerzas congregadas por Schoenberg. La imagen –irreprochable filmación de Brian Large– es muy digna, pero no llega en absoluto a la calidad de un blu-ray.


El nivel interpretativo es notable. Jansons ofrece una muy sólida dirección, cálida y bien llevada, no del todo clara pero sí con gran sentido del color y de apreciable sensualidad. Ahora bien, funciona mejor en la segunda parte, vistosa y entusiasta a más no poder, que en la primera, quizá demasiado impresionista y con alguna caída en la blandura. Tampoco parece interesarse mucho por los aspectos más dramáticos y dolientes de la partitura, que quedan algo desdibujados.

Como en su registro junto a Salonen del mismo año, el tenor Stig Andersen ofrece un instrumento muy adecuado, frasea con calidez y matiza con cierta intención, de tal modo que sale más o menos airoso de su larga y difícil parte a pesar de que su técnica no es del todo sólida. Extrañamente, Deborah Voigt exhibe una voz dura, se ve algo apurada y no termina de calar en la expresión. Muy bien Mihoko Fujimura como la paloma. Bastante sólido Herwig Pecoraro, cuya intervención subraya Jansons haciendo gala de un formidable sentido del humor y de un espíritu muy circense. Michael Volle canta bien la parte del campesino y está magnífico en el monólogo conclusivo.

En fin, un DVD recomendable que lo sería aún más si tuviera subtítulos en algún idioma. Como curiosidad, al final se puede ver entre el publico a Christian Thielemann y a Kent Nagano.Tiene explicación: se celebraba el sesenta aniversario de la orquesta.

viernes, 15 de abril de 2016

Monográfico Philip Glass en la Nacional: más de lo mismo

Carta blanca a Philip Glass en la Orquesta Nacional de España, arrancando con el programa que pude escuchar en Madrid el pasado domingo por la mañana. The Light, Concierto para dos pianos y orquesta y Sinfonía nº 8, obras todas ellas del compositor norteamericano, integraban el programa. Confieso que acudí bastante más interesado en la presencia de las hermanas Katia y Marielle Labèque que en las partituras propiamente dichas. Se subió al podio el maestro Dennis Russel Davies, favorito del autor y desde luego ideal para la ocasión: ofreció interpretaciones formidables e hizo sonar a la orquesta como en sus mejores días. Pero la calidad del programa, a mi entender, resultó desigual.


Escrita en 1987, mismo año de su Concierto para violín, el poema sinfónico The Light es puro Glass en el sentido de que no hay intención alguna de bucear en diferentes atmósferas expresivas a la manera de una obra más o menos tradicional: su interés se centra exclusivamente en generar sugerentes texturas sonoras a partir de la repetición una y otra vez, sutiles variaciones mediante, de unas determinadas células melódicas y rítmicas. Dado que el propio planteamiento de la obra implica la necesidad de desarrollarse durante un extenso periodo de tiempo, hemos de reconocer que lo que ante unos oídos más o menos tradicionales puede parecer excesiva divagación, no es en realidad sino el propio espacio temporal que la partitura demanda para desarrollarse. Bien, se puede aceptar o no. En el caso de entrar en el juego y de ofrecer nuestra complicidad –y nuestra paciencia–, lo cierto es que esta partitura llega a enganchar, lo que no impide que uno termine preguntándose si tras esta atractiva superficie de diseños geométricos hay algo que convierta a esta experiencia en algo más que un adictivo juego caleidoscópico.


Estreno en España del Concierto para dos pianos, precisamente encargo de la OCNE junto con la Filarmónica de Los Ángeles, la Orquesta de París, la Sinfónica de Gotemburgo y la Filarmónica Borusan de Estambul. A mi entender han (hemos) malgastado el dinero: un ladrillo considerable. Da igual que en esta partitura Glass, superadas todas las etiquetas y asumiendo plenamente su condición de postmoderno, se pliegue hasta cierto punto a los conceptos clásicos de la composición y ofrezca intenciones digamos "expresivas". El problema, sencillamente, es que la inspiración no aflora ni aun contando con la baza de las Labèque, tan sensacionales aquí como siempre; de propina, las dos hermanas ofrecieron otra pieza del autor que tampoco me terminó de motivar.


La misma intencionalidad expresiva existe en la obra que ocupaba la segunda mitad del programa, la Sinfonía nº 8; al menos, parece haberla en los dos últimos de sus tres movimientos, porque el primero –que se extiende a lo largo de casi veinte minutos– parece una mera repetición de la fórmula de The Light. Para David Rodríguez Cerdán, autor de las notas al programa, nos encontramos ante "una efusiva celebración del sinfonismo absoluto y también de la propia vida"; el mismo experto afirma que "no es solamente hasta la fecha la mejor sinfonía de Glass, sino que descuella también como una de las obras maestras de su catálogo". Yo no sabría decirles, la verdad, porque mi ignorancia sobre el referido catálogo es grande. Solo puedo apuntar que a ratos me interesó y a ratos me aburrió. Como la mayoría de las obras de Glass que escucho.

jueves, 14 de abril de 2016

Parsifal en el Real, o los problemas del concepto (y II): la música

En la entrada anterior ya les dije qué me pareció la propuesta escénica de Claus Guth para el Parsifal que anda estos días representando el Teatro Real: una magnífica realización de una reflexión política que, siendo lúcida y hasta necesaria, tiene poco o nada que ver con la obra original de Richard Wagner. Pues bien, de la dirección de Semyon Bychkov debo ahora decir algo parecido.


Para empezar, nunca jamás he escuchado a la Sinfónica de Madrid sonar así de bien, excepción hecha quizá de la Elektra que ofreció hace tiempo el propio director ruso. Ignoro si, como en el título de Strauss, su asistente llegó con muchos días de antelación para trabajar con los músicos; lo cierto es que queda claro que el potencial de los músicos de la orquesta es superior al que suelen aparentar, y que cuando un director con gran talento técnico se pone a su frente y la formación trabaja con intensidad, los resultados tienen poco que envidiar a los de, por ejemplo, el foso del Palau de Les Arts. Mención especial para la sección de cuerda, tersa y compacta en grado superlativo.

Aparte de la calidad del sonido, Bychkov modeló a la formación madrileña con un desarrollado sentido de la plasticidad, trabajando planos sonoros, texturas y colores de manera admirable. La polifonía estuvo meridianamente explicada, al igual que estuvo lograda la especial sonoridad que requiere esta partitura. Pero es que además, y eso es lo difícil en un título tan largo y tan lento –maravillosamente lento– en su discurso como el presente, el maestro supo dotar a la obra de continuidad, de progresión dramática, manteniendo de manera admirable el pulso sin que se le viniera el edificio abajo y sin caer tampoco en el extremo contrario, el de la ausencia de concentración; el fraseo fue fluido y flexible, y las melodías estuvieron muy bien cantadas. Hasta ahí, estupendo.

Lo discutible estuvo en el concepto: ni místico, ni humanista, ni sensual ni erótico, sino terriblemente dramático. Me recordó a lo que hizo Barenboim en la primera de sus grabaciones –ahora el argentino ha cambiado–, solo que dando todavía una vuelta de tuerca más. No quiero decir con esto que escenas como las del Grial carecieran de belleza; ni tampoco que todo el largo dúo de la seducción resultara frío; pero sí afirmo que Bychkov se escoró claramente hacia los aspectos más escarpados, demoníacos y oscuros del drama. En consecuencia, lo más logrado de su interpretación estuvo en el tercer acto, particularmente en las exequias de Titurel, llenas de rebeldía y de carga dramática, y lo menos en aquellos momentos en los que Wagner más se acerca (¡vaya música genial!) al impresionismo.

¿Tuvo algo que ver esta óptica expresiva de Bychkov con lo que se veía en la escena? Habría que escucharle al ruso un Parsifal con otra propuesta escénica para saberlo, pero lo cierto es que rimaban a la perfección: al igual que con Guth, misticismo y carga erótica quedaron relegados frente a una muy pesimista visión política del asunto. En cualquier caso, debo reconocer que si lo del regista llegó a molestarme, lo de Bychkov me pareció bastante más logrado: me interesó escuchar una propuesta tan distinta y, al mismo tiempo, tan bien realizada. Desde luego, muchísimo mejor que la dirección que en el mismo Teatro Real, en versión de concierto, ofreció en 2013 Thomas Hengelbrock haciendo uso de instrumentos originales.


En lo que la referida interpretación de hace tres años, que en su momento pude comentar por aquí, resultó globalmente algo superior a esta fue en el equipo de cantantes. Ahora ha pinchado claramente Christian Elsner en el rol titular, por voz tímbricamente anodina, con desigualdades y con problemas para correr en la sala. Por si fuera poco, su corpulenta figura no le ayuda precisamente a desenvolverse en lo escénico. Claro que entre todo esto y la voz blanquecina y el canto relamido de Klaus Florian Vogt, que canta las últimas funciones, no sé que es peor.

La que sí ha estado estupenda es Anja Kampe, no muy sensual ahora que estamos ya acostumbrados a las Kundry mezzo, pero sí una cantante a la altura de las circunstancias. En la grabación de Thielemann de 2006 dirigida de modo muy irregular, dicho sea de paso, Franz Josef Selig me resultó un Gurnemanz monótono y sin mucha autoridad vocal; ahora me ha parecido más variado en la expresión y, desde luego, con muy apreciable volumen y adecuado color. Una gran baza para estas funciones madrileñas.

Detlef Roth ha sido un digno Amfortas, más por intención que por voz. Evgueni Nikitin, a quien le escuché un buen Amfortas con Maazel en Valencia, ahora ha decepcionado de manera considerable ofreciendo un Klingsor más bien áfono. Ante Jerkunica, fantástico Brighella en La prohibición de amar del propio Wagner hace tan solo algunas semanas –lo siento, no pude escribir crónica, ha sido un Titurel de voz poderosísima. Caballeros, escuderos y muchachas flor de muy buen nivel. Y en cuanto al Coro Intermezzo, se merece un fuerte aplauso a pesar de las desagradables estridencias de las sopranos justo al final de la obra: lidiar con un título tan exigente a semejante nivel es de lo más meritorio.

Una cosa más: ¡sensacional la conferencia de José Luis Téllez!

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...