lunes, 2 de diciembre de 2013

Rattle y sus chicos en Taipei

El pasado 8 de noviembre Sir Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín se presentaban en Taipei –su tercera visita a la capital de Taiwán– con un programa Boulez/Bruckner en principio muy adecuado para mostrar todo el esplendor sonoro de la formación alemana, aunque quizá no tanto –como después se pudo comprobar– por la afinidad de su titular con el repertorio más adecuado para la misma. Los resultados los he podido degustar –espléndida calidad de imagen y sonido, pero con molestos cortes en la transmisión– en la Digital Concert Hall a la que en este blog ya tantas veces he hecho referencia.

Rattle Berlin Taipei

De Pierre Boulez se interpretan las cinco Notations orquestadas, aunque en un orden que no sé si me termina de convencer: I, VII, IV, III, II. En cualquier caso ofrece Rattle una admirable recreación plena de sentido del color y del ritmo, irreprochablemente planificada a través de su portentosa técnica de batuta y magistralmente puesta en sonidos por una orquesta de virtuosismo supremo.
Ahora bien, tras el visionado he querido volver a la interpretación de Barenboim con la Filarmónica de Viena de 2010 cuyo Blu-ray pude comentar aquí, y la comparación ha resultado muy interesante: la de Rattle pierde un tanto en lo que a refinamiento y sentido de las texturas se refiere, mientras que su enfoque es menos reflexivo y misterioso para, por el contrario, volcarse con la inmediatez, la extroversión y la comunicatividad que caracterizan al británico como director. Enfoques complementarios, pues, para una música que puede ser abordada desde más puntos de vista de los que aparenta.

Séptima de Bruckner como plato fuerte de la velada. Se trata, lógicamente, de una buena lectura. No puede ser de otra forma con la orquesta más adecuada en todo el planeta para este repertorio y con una batuta que no solo logra –asunto no precisamente fácil– planificar los dilatadísimos arcos de tensión de esta arquitectura, sino que además se mantiene muy alejado tanto de la pesadez como de los excesos de cara a la galería en los que se puede caer en esta música.

Por desgracia, y como era de prever, hay una falta de sintonía evidente entre Sir Simon y esta partitura: aunque los decisivos aspectos épicos de esta página están bien atendidos, se echa de menos esa particular mezcla de sensualidad, reflexión filosófica y carácter visionario que necesita. La grandeza espiritual (que no grandiosidad, ni grandilocuencia) que debe alcanzarse en los clímax también se halla ausente: mucho decibelio magníficamente empastado, pero poco más. A la postre resulta una interpretación un tanto fría y distanciada. Sosa incluso. Y no solo eso: hay cierta tendencia a hacer sonar los primeros violines con una ingravidez bastante inconveniente. Como si Abbado se hubiese pasado por los ensayos, vamos.

Aquí también me escuché otra lectura a continuación: la de Celibidache y la Filarmónica de Múnich en DVD. No hay color. Y si la que pongo es la de Celi con la propia Filarmónica de Berlín, ni les cuento.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Caja Decca con conciertos y suites de Shostakovich

SHOSTAKOVICH: Conciertos. Suites orquestales. Jazz Suites 1 & 2. Sinfonías de cámara.
Orquesta del Concertgebouw, Royal Philharmonic Orchestra, Orquesta Sinfónica de Boston, Orquesta de Filadelfia, Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara, Orquesta Sinfónica de Goteburgo, Orquesta de Cámara e Europa, Orquesta Sinfónica de la Radio de Leipzig. Varios coros y solistas vocales. Brautigam, Ortiz, Mullowa, Kremer, Schiff, Masseurs. Dirs: Vladimir Ashkenazy, Rudolf Barshai, Ricardo Chailly, Bernard Haitink, Neeme Järvi, Herbert Kegel, Seiji Ozawa, André Previn, Maxim Shostakovich.
Decca 475 7431
9 CDs 637’53’’
ADD/DDD
Universal
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Shostakovich Conciertos Suites Decca

La mayor parte de las interpretaciones contenidas en esta caja alcanza un extraordinario nivel. Es el caso de los tres discos grabados por una insuperable Orquesta del Concertgebouw y un Ricardo Chailly que supo aunar frescura, chispa, sentido del color, refinamiento e imaginación en fenomenales lecturas de páginas a veces maestras (el Concierto para piano nº 1, con excelentes Brautigam y Masseurs), en ocasiones deliciosas (la mal llamada Jazz Suite nº 2) y con frecuencia en exceso convencionales y faltas de inspiración (buena parte de la música cinematográfica aquí incluida, con excepciones como el soberbio Hamlet).

De noble clasicismo -en el mejor sentido del término- e indiscutible sinceridad expresiva las lecturas registradas por Rudolf Barshai de sus orquestaciones de los cuartetos Tercero, Cuarto, Octavo y Décimo, beneficiadas asimismo por una admirable intervención de la Orquesta de Cámara de Europa. Espléndida la muy menor Obertura sobre temas rusos y kirguís de Haitink y, para terminar con las joyas de esta colección, portentoso el Primero para violín con una Victoria Mullowa que es en esta ocasión un auténtico témpano ardiente bajo la batuta de un arrollador André Previn.

Sin llegar a semejante nivel, son francamente sólidas las lecturas de Askenazy de obras como la vistosa Obertura Festiva, los fascinantes Cinco fragmentos op. 42, el infumable panfleto comunista La canción de los bosques, el convencional poema sinfónico Octubre y el tan fuera de su tiempo como emocionante Concierto para piano nº 2, aunque aquí Cristina Ortiz evidencie un sonido monocorde y una expresividad limitada. Asimismo más que notable la Ejecución de Stepan Razin registrada allá por 1968 por Sigfried Vogel y Herbert Kegel, único registro analógico de esta, por lo general, magníficamente grabada selección.

Interesan bastante menos las suites del Hamlet escénico, La edad de oro y El perno a cargo de Neeme Järvi, llenas de vida y entusiasmo pero trazadas con brocha gorda y no muy bien tocadas, el Segundo para violín –obra aburrida como ella sola– lastrado por un Kremer en su línea habitual a pesar de contar con una buena dirección de Ozawa, y los dos conciertos para violonchelo –ahora sí, soberbia música– registrados en 1984 por un Schiff de sonido bellísimo pero mucho antes lírico y evocador que aristado, sarcástico y dramático, y encima bajo una batuta escasa en cafeína de Maxim Shostakovich.

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Artículo publicado en el número de octubre de 2006 de la revista Ritmo.

martes, 26 de noviembre de 2013

Discreto Palumbo en el Teatro Real

Mientras el foso del Real era ocupado por los chicos de la Ópera de Perm bajo la dirección de su titular Teodor Currentzis para las maravillosas representaciones de The Indian Queen ya comentadas, los cuerpos estables del teatro madrileño, esto es, la Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo, preparaban junto al maestro Renato Palumbo un programa sinfónico-coral en torno al Stabat Mater de Rossini, bellísima obra que se toca y graba bastante menos de lo que debería, para ser ofrecido el jueves 14 y el sábado 16 de noviembre. Estuve en la segunda de ellas.

Comenzó la velada con la muy infrecuente Sinfonia su temi dello Stabat Mater del celebre Rossini, una breve y agradable fantasía sinfónica escrita por Saverio Mercadante precisamente para prologar la obra en cuestión. Estuvo sin duda bien interpretada y parecía anunciar una gran noche. No fue así.

La Sinfonía nº 104, Londres, de Haydn estuvo muy mal interpretada. El problema no fue tanto que el maestro italiano parezca desconocer por completo el lenguaje haydiniano, con lo que tiene de vivacidad, de rusticidad bien entendida y de garra teatral; tampoco lo fue que Palumbo quisiera destacar los aspectos más melódicos y cantables de esta música frente a los que habitualmente suele llamar la atención, porque la intención fue buena; ni siquiera lo fue la apreciable lentitud de los tempi, porque cosas más lentas se han escuchado que alcanzan la genialidad (¡Klemperer!). El problema estuvo en la terrible flacidez de las tensiones: todo sonó blando, desganado, sin la menor agilidad, rutinario en el fraseo y plano en la expresión. Inaceptable de todo punto el Menuetto; el Finale funcionó bastante mejor, pero ya era demasiado tarde.

Buena sin más la dirección del plato fuerte de la velada, el Stabat Mater propiamente dicho: hubo nobleza, sensualidad, cantabilidad y un espíritu muy italiano por parte de la batuta. Faltaron teatralidad, fuerza dramática –no confundir con decibelios– y tensión sonora; de nuevo Palumbo sonó un tanto blando y descafeinado, aunque sin llegar ni muchísimo menos a los extremos del Haydn. Orquesta y Coro funcionaron con solvencia, solo eso.

Lo más interesante del Rossini estuvo en las voces solistas. Me gustó mucho de nuevo Julianna Di Giacomo, a la que ya había escuchado aquí mismo en Suor Angelica: voz de lírica con cuerpo, muy bien timbrada, que aunque sufrió un tanto por arriba puede desarrollar una importante carrera, porque la artista posee tanto estilo y como sensibilidad. Quizá un punto menos expresiva pero más redonda en lo vocal la mezzo Ann Hallenberg, globalmente estupenda. Y reencuentro con Dmitri Ulyanov (hace poco le vi en Aida) para confirmar que posee una voz y una técnica de primerísima línea, aunque esta vez no le encontrase del todo metido en la partitura.

Queda Ismael Jordi. Hace poco me congratulaba aquí mismo que mi paisano fuese a cantar un par de funciones de la Traviata de Les Arts con Zubin Mehta, aunque al final en la mía quien cantó fue el inicialmente previsto Ivan Magrì. Casualmente en el Real ha realizado este otro remplazo y por fin le he podido ver después de bastante tiempo sin escucharle en directo. Eso sí, me hubiera gustado que fuese en otra obra, porque la tan bella como ingrata parte de tenor de este Stabat Mater en absoluto es adecuada para un instrumento como el suyo. Ismael intentó resolver la papeleta –ha sido una petición expresa de Mortier– procurando llevarla a su terreno, ofreciendo detalles de delicadeza belcantista muy hermosos y haciendo gala de la enorme elegancia en el fraseo que caracteriza al tenor jerezano. En el Elixir que ya empieza a preparar el propio Teatro Real seguro que le encontraremos mucho más en su terreno. Y en julio, esto es novedad, Maria Stuarda nada menos que en el Covent Garden junto a una de mis cantantes favoritas, Joyce di Donato. ¡Enhorabuena!

sábado, 23 de noviembre de 2013

Gergiev, rutina frente a la Filarmónica de Berlín

Breves líneas para comentar el concierto de la Filarmónica de Berlín, disponible previo pago en la Digital Concert Hall, celebrado en la Philharmonie de la capital alemana el 22 de diciembre de 2010. El ruidoso Valery Gergiev –única presentación reciente, que yo sepa, del maestro amigo de Putin frente a la orquesta berlinesa–, dirige un programa marcadamente ruso contando como solista con un mecanógrafo muy de su agrado, Denis Matsuev.

Arranca la sesión con el estreno en Alemania del Díptico sinfónico “Canción rota” de Rodion Shchedrin (ya saben, el marido de la Plisetskaya), al parecer una especie de arreglo o suite orquestal de su “ópera de concierto” (esto es, no pensada para la escena) El caminante encantado, que se remonta a 2002. La música, vistosa pero sin nada especial que decir, parece una mezcla del Pájaro de fuego y la Suite escita, encontrándose servida por un Gergiev que sabe aquí ofrece lo mejor de sí mismo: riqueza de colorido, alto sentido teatral y un adecuado sabor ruso.


La velada continua con el Tercer concierto para piano de Rachmaninov. La verdad es que la interpretación me ha parecido bastante menos mala de lo que esperaba, pero en cualquier caso queda rezagada con respecto a las grandes recreaciones fonográficas de la partitura (Ashkenazy con Previn, Gavrilov con Muti, Postnikova con Rozhdestvensky). Matsuev posee un sonido muy poderoso y una enorme agilidad digital que son requisitos fundamentales en esta obra, fraseando con cierta sensibilidad y sabiendo aunar empuje y autocontrol en los momentos más encrespados, sucumbiendo en otros momentos al más cuadriculado e insulso virtuosismo sin espacio alguno para el matiz expresivo. Gergiev cuenta con la gran baza de una orquesta suntuosa llena de solistas formidables (los Mayer, Pahud y compañía), mostrándose más cuidadoso que de costumbre en una recreación tan correcta y sensata como funcionarial.

En los Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel de la segunda parte lo que saca adelante la recreación es precisamente la increíble calidad de la orquesta y el altísimo virtuosismo de sus solistas, porque la dirección es más bien plana, lineal y rutinaria, de matices escasos y –cuando los hay– poco convincentes. Eso sí, de nuevo tenemos que agradecer que el maestro no caiga en los desmadres marca de la casa. Concierto tan correcto como prescindible, pues.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Muchas gracias, querido Britten

Allá por 1985, a la profesora de música que yo tenía en Primero de BUP se le ocurrió ponernos la Guía de orquesta para jóvenes de Benjamin Britten, por descontado que en la interpretación de Lorin Maazel -con locuciones en castellano del propio director- que por entonces circulaba en España. La profe apenas hizo ningún comentario, pero a mí aquello me gustó mucho. De hecho, la fuga sobre el tema de Purcell se me metió en la cabeza y allí estuvo durante varios días.

Por lo explicado, pueden ustedes entender la ilusión que me hace cada año, en Primero de ESO, hacer lo que me tocó hacer precisamente ayer mismo: ponerle a los chavales un vídeo de la obra para ir explicándoles las familias de la orquesta y los instrumentos uno a uno. Quién sabe, lo mismo alguno sale rana y sigue mi senda... Muchas gracias, querido Britten, por lo mucho que te debo. Muchas gracias en el día en que se cumplen cien años de su nacimiento.


lunes, 18 de noviembre de 2013

Festival Purcell con Sellars, Currentzis y Lawrence-King: The Indian Queen

El lector medianamente informado ya se estará imaginando que voy a escribir sobre las representaciones de The Indian Queen que ofrece el Teatro Real, pero también habrá fruncido el ceño al leer el título: ¿qué demonios pinta aquí Andrew Lawrence-King? Pues que aunque por ahí nadie ha dicho nada, él es en esta ocasión el director del amplio grupo de bajo continuo de la Orquesta MusicAeterna, esto es, el nombre que lleva la de la Ópera de Perm cuando añade instrumentos originales; por ende, su mano tuvo mucho que ver con los excelsos resultados musicales de este título purcelliano. Ciertamente yo no le vi en el foso en mi función, la del pasado viernes 15 de noviembre, en la que el arpa la tocaba –de manera sensacional– Ekaterina King; su nombre aparece junto al de esta chica en el programa de mano a cargo de arpa y salterio, así que supongo que los dos se irán alternando. Sea como fuere, se notó muchísimo la personalidad del genial arpista británico en el referido continuo, realizado de manera tan imaginativa como exquisita y con todas esas sutilezas que tan bien conocemos sus admiradores, así que vuelvo a repetir que fue su trabajo uno de los pilares del éxito de este espectáculo braveado con enorme entusiasmo por el respetable pese a sus tres horas y media largas de duración. El firmante de estas líneas lo considera desde ya, y a pesar del solo aceptable nivel de las voces solistas congregadas, uno de los más fascinantes que ha visto en el teatro madrileño.

The Indian Queen Sellars Maritxell Carrero

Para empezar, el controvertido Peter Sellars logra sortear el problema de todas las semi-óperas de Purcell –esto es, cómo demonios darle sentido dramático a esta música fuera de su contexto– tomando como hilo conductor textos extraídos de la novela La niña blanca y los pájaros sin pie de la escritora nicaragüense Rosario Aguilar –muy hermosos, pese a estar traducidos a la lengua de Shakespeare– y añadiendo una enorme cantidad de música adicional del propio Purcell cuya letra encaje en el nuevo discurso teatral. Así, además de la hora larga de la música pensada para ser interpolada dentro de la obra teatral de John Dryden, escuchamos una larga lista de páginas de danza, música incidental, anthems, arias y canciones (incluidas O solitude, Sweeter than roses y Music for a while) a cual más absolutamente sobrecogedora, formando un discurso teatral que nada tiene que ver con la obra del citado Dryden pero que se sostiene por sí mismo. Es verdad que teatralmente fue más largo de la cuenta, que debiesen haber recortado algo, pero es que uno se derrite escuchando esta música y no quiere que acabe nunca…

Escénicamente el trabajo es muy de Sellars, incluido ese juego de mímica que ya hemos visto en otras ocasiones. Aun con algunos detalles poco convincentes, funciona francamente bien en el diálogo con la música y se obtiene un partido teatral extraordinario de unos cantantes que si canoramente sufrieron altibajos, supieron comportarse como actores profesionales. Atractiva también la manera de combinar los pentagramas con numerosos pasajes hablados a cargo de la actriz puertorriqueña Maritxell Carrero –irreprochable– y con las coreografías de Christopher Williams, aunque estas podían haber estado más conseguidas. Los cuadros del artista plástico Gronk, cuya participación –al contrario que la de Lawrence-King– ha sido muy cacareada, me parecieron algo desiguales, más interesantes los abstractos que los figurativos, pero funcionaron con corrección sustituyendo con sus subidas y bajadas a una escenografía propiamente dicha; ganaron bastante con la sutil iluminación a cargo de James F. Ingalls.

¿Discurso feminista y antibelicista el del director norteamericano? Desde luego. ¿Antiespañol? Obviamente no: si Sellars hubiera querido que así fuera, hubiera vestido a los soldados a la manera del siglo XVI y no a la de la segunda mitad del XX. ¿Antirreligioso? Más bien lo contrario, aunque se critique el uso de la violencia en nombre de lo que una nación que domina por la fuerza a otras considera “religión verdadera”. Lo que sí está claro es que es un discurso lleno de interrogantes que no habla tanto del choque entre civilizaciones como del fracaso del ser humano a nivel colectivo y también a nivel individual a la hora de relacionarse con los otros, hasta concluir con tristeza –últimos versos de The Indian Queen musicados por Purcell, pues la partitura quedó incompleta– que “there's nothing, no, nothing to be trusted here below”.


La interpretación musical resultó fascinante, tanto por la ya referida dirección del continuo a cargo de Lawrence-King como por la presencia en el foso de un Teodor Currentzis (entrevista) creativo a más no poder y dispuesto a romper moldes con unos tempi maravillosamente lentos desarrollados con una concentración a prueba de bombas, tremendas pausas pensadas en función de la dramaturgia y una exquisita sensibilidad a la hora de poner en sonidos la intensísima melancolía que desprenden los pentagramas. Por su fuera poco, hubo –en obvia connivencia con Sellars– más de una provocación, como los fragmentos de “música electrónica” elaborada con instrumentos originales (!) o el momento en el que los cantantes se arrancaron en plan medievalizante (!!). Absolutamente sublimes, prodigiosas e incomparables las intervenciones del Coro de la Ópera de Perm, muy particularmente en los anthems. Adiestrados de modo asombroso por su director Vitaly Polonsky, sus miembros respondieron con insólita perfección a los imposibles reguladores exigidos por Currentzis (¡de ciencia-ficción los pianísimos!) y cantaron con una intensidad expresiva acongojante al tiempo que se las ingeniaban para superar las tremendas exigencias escénicas de un Sellars que no dudó a la hora de hacerles cantar uno de los números tumbados en el suelo.

Los solistas, ya lo dije antes, cumplieron más que convencieron: solventes Julia Bullock y Nadine Koutcher, muy bien Christophe Dumaux (estupendo en Music for a while), discretos Markus Brutscher, Noah Stewart y Luthando Qave, y desagradable por su molestísimo timbre el contratenor Vince Yi. Todos ellos, en cualquier caso, cantaron muy en estilo y con un gusto exquisito, fruto sin duda de un minucioso trabajo junto a Currentzis. Con voces de más fustes el espectáculo hubiera sido prácticamente redondo, pero aun así el éxito, como dije arriba, fue apoteósico. ¡Cómo se nota en las representaciones de fin de semana que hay una gran cantidad de público que viene de fuera sabiendo qué es lo que se va a encontrar por delante! Sellars, que salió a recibir los aplausos, parecía radiante.

Esa función del día 15 fue filmada, y al parecer también lo será la de mañana martes 19 para su próxima edición en DVD. Mi impresión es que cuando salga le van a llover premios y se va a convertir en un hito, demostrando internacionalmente que la etapa Mortier, que ya por entonces estará cerrada, está aportando a Madrid muchas más cosas buenas de las que están dispuestos a reconocer una serie de señores que dicen amar la ópera (peor aún: que se consideran verdaderos guardianes de las esencias de la lírica), pero a los que en realidad les interesa muy poco el arte en general, el teatro… ¡e incluso la música en la que no hay voces!

jueves, 14 de noviembre de 2013

Recital de Isabel Rey y Celso Albelo en Valencia

Aprovechando mi visita a la ciudad del Turia para disfrutar de las funciones de Walkyria y Traviata ya comentadas, tuve la oportunidad de asistir a la celebración del 70 aniversario de la Orquesta de Valencia que se materializó en el Palau de la Música el pasado viernes 8 de noviembre con un recital lírico de Isabel Rey y su “hijo artístico” –así lo definió la soprano madrileña– Celso Albelo, con obras de Donizetti, Gounod, Bizet y Verdi –este ocupando toda la segunda parte– en los atriles. Fue una velada larga y exitosa, aunque con irregularidades.

Estas vinieron fundamentalmente por parte del tenor tinerfeño. A este señor solo le había escuchado una vez en mi vida, en el Rigoletto del Teatro de la Maestranza del verano pasado. Me gustó bastante entonces, pero esperaba que lo hiciera más aun en el repertorio que se dice que es el suyo, el propiamente belcantista. Pues no. En los dúos del Elisir d’amore y de La fille du régimen estuvo bien a secas, en la “Furtiva lagrima” me resultó más bien basto, y sí me entusiasmó en el nada fácil “Tombe de gli avi miei… Fra poco a me ricovero” de Lucia. En cualquier caso, donde me pareció más cómodo fue en Verdi: bien en el “Parmi veder le lacrime” de Rigoletto, más que notable en el dúo “Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri y soberbio en “La mia letizia infondere”de I Lombardi, que cerró con un portentoso regulador. Sin haberle escuchado antes, ya les digo, mi sensación es que la voz le está cambiando y que, pidiéndole un repertorio más “cañero”, la técnica no termina de encontrar su camino, mientras que por temperamento sí que parece mucho más adecuado para los arrebatos verdianos que para las sutilezas de un Nemorino. Materia prima no le falta, así que si Albelo resuelve esta encrucijada, su futuro en nuevos repertorios puede ser altamente prometedor. De propina –la única de la velada– fue una “donna è mobile” brillantísima pero clavadita –en Sevilla no me lo pareció tanto– a las que ofrecía Alfredo Kraus.


Muchos menos altibajos hubo en las intervenciones de Isabel Rey. La voz sigue siendo muy bella en el centro –el agudo es claramente metálico–, su técnica es solvente y canta con una musicalidad a prueba de bombas. Le faltan esa personalidad y esa creatividad que hacen a un cantante realmente artista, eso es cierto, pero esta señora es la eficacia personificada: en el recital de Valencia nunca bajó de lo muy bueno. Si acaso en el aria de Micaela, correcta pero perjudicada por la referida dureza de la parte superior de la tesitura. Pero estuvo francamente bien en los dúos de Donizetti y Verdi con Albelo, aportanto enorme elegancia frente al temperamento de su colega, fue una digna Amelia de Simon Boccanegra (cada día me fascina más el “Come in quest’ora bruna”) y estuvo estupenda en el Fausto de Gounod, tanto en la canción del rey de Thulé como en la emblemática aria de las joyas. Brava. Por cierto, la Rey tiene ya sus años pero lució un tipo espléndido magníficamente subrayado por un precioso vestido blanco.

Empuñaba la batuta el joven Lorenzo Coladonato, quién abrió la velada con lo que parecía una fulgurante interpretación de la Obertura 1812 de Tchaikovsky: todo fuego, tensión sonora, rusticidad y cañonazos. El problema es que la partitura en los atriles era la sinfonía de Don Pasquale. Algo parecido ocurrió después, cuando la orquesta tocó la sinfonía de La fille du régimen (¡qué música más mediocre!) y el maestro parecía estar dirigiendo la Marcha eslava. La obertura de La forza del destino sí que sonaba a Verdi, pero a un Verdi basto y brutal a más no poder. Acompañando a los dos cantantes se mostró considerablemente más centrado, y aunque hubo alguna vulgaridad (“Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri) también hizo gala de una buena dosis de teatralidad y de intensidad expresiva.

La orquesta, que debería haber sido verdadera protagonista de la noche, no siempre se movió a gusto bajo los arrebatos de la batuta, por lo que su manifiesta profesionalidad se vio puntualmente empañada por algún desajuste –flojitos los primeros violines– más o menos notorio. Los aplausos fueron grandes y merecidos para el violonchelista Mariano García, espléndido en la sinfonía de Don Pasquale y, sobre todo, en el preludio de I Masnadieri. Un lujo contar con un solista como él. En cuanto a las notas al programa, me remito a lo que dije en una entrada anterior. Qué cruz.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...