domingo, 13 de mayo de 2012

Falta de información

Se queja Maac en su blog de la falta de información del Palau de Les Arts sobre la cancelación del concierto de Georges Prêtre previsto para el 1 de julio. Con toda la razón. Obviamente en Valencia no tienen culpa de los problemas de salud de la batuta. Pero lo cierto es que ya hace unas cuantas semanas un amigo mío muy admirador del anciano maestro me señaló que éste había cancelado todos sus compromisos internacionales, y que lo lógico sería que en la ciudad del Turia ya supieran de su ausencia. Ahí está el problema: ¿tan problemático resulta anunciar en la web la anulación del concierto? Teniendo en cuenta que había entradas ya vendidas y que algunos estaban preparando las maletas, el público tiene derecho a conocer cuanto antes esa cancelación y sus motivos.


Helga Schmidt y su equipo se olvidan por enésima vez de una de las cosas más importantes para cualquier teatro: el público que paga su entrada y que es -o al menos debería ser- la razón última de todo lo que la institución hace. Al final han actuado como acostumbran: eliminan el concierto en una parte de la web (no así en otra, donde sigue anunciado) y obvian cualquier tipo de comunicado oficial. Quien se dé cuenta, pues bien, y si no, ajo y agua. Lo mismo alguien se viene para Valencia en la fecha referida y se encuentra el teatro cerrado… Por cierto, no nos hemos perdido nada. Tengo una grabación radiofónica del maestro haciendo hace unos meses las dos obras previstas y los resultados son muy decepcionantes: nerviosa y deslavazada Inacabada de Schubert, dulzona Primera de Mahler dicha de cara a la galería.

No solo en Les Arts cuecen habas. En el teatro de mi pueblo se están luciendo de lo lindo. Para el 31 de mayo y 2 de junio estaban anunciadas unas funciones de Tosca en la producción escénica de Giancarlo del Monaco, con Ángeles Blancas de protagonista. Tiempo atrás alguien me dijo que seguramente el título de Puccini no se haría: el Villamarta depende en buena medida del ayuntamiento, y éste se encuentra en una muy alarmante bancarrota que ha saltado a los titulares de la prensa nacional. Pues bien, hace ya más de una semana se envió a los abonados una carta anunciando la supresión del espectáculo y su sustitución por un homenaje al Coro en su decimoquinto aniversario, pero de explicación oficial, nada de nada.

Teatro Villamarta Jerez

De hecho, el espectáculo sigue anunciado en la web oficial, y en el momento de escribir estas líneas se lee en la misma (enlace) que “la fecha de inicio de venta de la ópera Tosca se anunciará próximamente”. Si la culpa, como en el caso de lo de Prêtre, no es de los responsables del teatro, ¿a qué vienen esos reparos a anunciar en la prensa y en los canales pertinentes la cancelación? Lo que está claro es que en Valencia y en Jerez son igual de irresponsables frente al público. O igual de cutres: al final lo que importa no es una cosa llamada presupuesto, sino la profesionalidad de los que tienen que dar las órdenes y/o de los que han de cumplirlas.

Permítanme otro ejemplo reciente que tengo ahora más cerca: el Festival de Úbeda. Por primera vez se han puesto a la venta las entradas por internet. En principio, buenísima noticia. Estuve atento a la fecha y hora de salida para adquirir las mejores localidades. Así lo hice, pero no apareció nada. Creo que tardaron más de un día sobre el momento previsto, aunque se colgó provisionalmente una tabla de venta donde se anunciaban espectáculos (inauguración con la Orquesta de Córdoba, recital de la Arteta) que a la postre fueron suprimidos. Al final logré comprar las entradas para los eventos que me interesaban, pero no recibí confirmación por correo electrónico ni pude imprimir los PDF. A los pocos días me llamaron por teléfono: el servidor no estaba conectado y las localidades por mí seleccionadas estaban ya vendidas… “tal vez sí, o quizás no” (sic). Me anunciaban además que tengo una entrada para la Orquesta de Odense, cuando yo adquirí en realidad para la del Siglo XVIII con Brüggen. Al menos me aseguraron que me darían mis localidades y me pidieron disculpas. Eso sí, cuando llegé el viernes pasado al Hospital de Santiago a escuchar a la Orquesta de Córdoba con Carmen Linares me encontré con una entrada bastante menos buena de la que creí haber comprado.

Ubeda Hospital de Santiago patio

Por cierto, aún no sabemos qué tocará el director holandés en la primera parte de su programa del próximo viernes 18: en un lugar se la web se enumeran arias de Haydn con la mezzo Wilke te Brummelstroete, y en otro se anuncia la presencia de nada menos que Eric Hoeprich para interpretar, presuntamente, el Concierto para clarinete de Mozart, pieza que se hará en otros momentos de la gira. Suponemos que lo que sigue en pie es la Séptima de Beethoven. De acuerdo con que un teatro o una institución, en este caso la Asociación de Amigos de la Música de Úbeda, tiene que lidiar con multitud de incidencias de última hora, pero aun así no nos queda más remedio que preguntarnos en voz alta: ¿tanto cuesta hacer las cosas bien, señores, a la hora de mantener informado al público?

sábado, 12 de mayo de 2012

Imprescindible Janácek coral

JANÁCEK. Obras corales. Seis coros moravos (sobre Dvorák).
Thomas Walker, tenor. Philip Mayers, piano. Radio Blazers Ensemble. Cappella Amsterdam. Dir: Daniel Reuss.
Harmonia Mundi, HMC 902097
71’ 42’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R

Janacek obras corales Cappella Amsterdam

He aquí un disco imprescindible para los que amamos la música de Janácek. Se abre con la transcripción para coro realizada en época juvenil de los deliciosos Seis dúos moravos de Dvorák, escritos originalmente para dos voces y piano.

Su estilo personal aparece con claridad en las tres soberbias piezas corales que vienen a continuación. El pato salvaje (1885) rebosa melancolía dentro de su aparente simplicidad; La huella del lobo (1916) funciona como un drama en miniatura y presenta tics característicos como la repetición ansiosa de células temáticas o el tratamiento imaginativo de la armonía, enlazando con las mejores páginas para escena del autor; la Elegía a la muerte de mi hija Olga (1903) no resulta menos conmovedora.

Las Rimas infantiles (1925), en su redacción última para voces y pequeño conjunto instrumental, son mucho menos inocentes de lo que se pudiera pensar gracias a su desbordante imaginación y escritura tan humorística como provocadora. El Ave María (1883, sobre Lord Byron) es hermoso pese a su carácter más bien convencional y, finalmente, el Padre Nuestro (1906) apunta hacia la personalísima espiritualidad de la muy posterior Misa Glagolítica.

Admirable la Cappella Amsterdam en esta grabación realizada de manera irreprochable en noviembre de 2010.

_________________________________

Artículo publicado en el número de mayo de 2012 de la revista Ritmo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Andris Nelsons, hacia la cumbre: Beethoven, Brahms y Strauss en París y Berlín

Que el maestro letón Andris Nelsons (Riga, 1978) camina lentamente hacia la cumbre lo corrobora no solo la calidad de lo que le estamos escuchando, desde luego de una media muy superior a la de su sobrevalorado maestro Mariss Jansons, sino el hecho de que el Festival de Lucerna le haya nombrado oficialmente “artiste étoile” para la edición de este verano. Por ello quiero traer aquí dos vídeos que he visto recientemente a través de internet. Ambos, por cierto, con programas de evidente paralelismo entre sí. En el primero, que se ofreció en la Sala Pleyel el 18 de enero de este mismo año y puede verse gratuitamente por un tiempo limitado a través de la web de Arte TV (enlace), Nelsons dirige a la Orquesta de parís con el Concierto para violín de Beethoven y la Sinfonía Alpina de Strauss en los atriles. El segundo corresponde al 2 de febrero: nada menos que la Filarmónica de Berlín a su servicio para hacer el Concierto para violín de Brahms y Vida de Héroe. La filmación está comercializada en la Digital Concert Hall de la orquesta alemana (enlace), y no hace mucho fue comentada por Ángel Carrascosa en su blog (enlace).

En la obra beethoveniana me ha llamado mucho la atención Sergey Khachatryan. El joven solista armenio, al que hasta ahora no había escuchado en nada, decide arriesgarse hasta el límite ofreciendo, armado de un sonido interesante con un buen registro grave, una interpretación de enorme intensidad emocional, más dramática que filosófica, en la que se ofrecen multitud de aportaciones personales que revelan aspectos nuevos de la partitura, aunque también están -por momentos- bordeando lo narcisista, que no lo blando o lo trivial, afortunadamente. Nelsons sintoniza con él en una dirección muy extrovertida y fogosa, por momentos en exceso contundente, y también con novedades en la acentuación que no siempre convencen. Tensa y doliente a más no poder la propina bachiana: tendré que seguir a este violinista.

En la Sinfonía Alpina, Nelsons deja de lado toda elucubración filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado carácter narrativo, realizada con más atención al trazo global que al detalle, por ende no del todo clara pero en cualquier caso rica en las texturas, teatral -la tormenta es tremenda- sin caer en lo efectista y, sobre todo, animada por una energía, una vitalidad y un entusiasmo portentosos. Una lástima que la orquesta se quede corta y que la grabación diste de recoger de manera adecuada la orquestación straussiana, porque la dirección es muy notable.

Ya en la Philharmonie berlinesa, el joven maestro ofrece una interpretación no genial pero sí espléndida del Concierto para violín de Brahms dentro de una línea ortodoxa, de sonoridad puramente brahmsiana, trazo firme y perfecto equilibrio entre los aspectos dramáticos, líricos y espirituales de la obra, cantando con amplitud las melodías sin ceder a la tentación de la melifluidad y ofreciendo la dosis adecuada de garra y brillantez –sin llegar a los extremos de Barenboim con la misma orquesta- en el movimiento final. Como solista deslumbra el primer concertino de la Berliner –fichaje de tiempos de Abbado-, un chico al que estamos acostumbrados a ver escondido en medio de los primeros violines de la West-Eastern Divan: Guy Braunstein. Exhibiendo un sonido perfecto, con la carnosidad y solidez necesarias, el israelí toca con admirable virtuosismo y recrea la partitura con sinceridad y emoción, aun sin llegar al desgarro emocional ni al carácter visionario de un Perlman (en sus dos grabaciones: la de Giulini y la anteriormente citada de Barenboim). Una rutilante propina de Kreisler termina por evidenciar que como concertino es todo un lujo (y tenerle de refuerzo en la WEDO, no digamos). La orquesta, sensacional, como lo es también el solo de oboe de Albrecht Mayer abriendo el segundo movimiento.

En la segunda parte, toda una especialidad de la Berliner Philharmoniker: Ein Heldenleben. Sus grabaciones con Karajan son memorables, particularmente la de EMI de 1974, pero esta de Nelsons no me parece en absoluto inferior: con el letón hay menos magia sonora –color, texturas- que con el salzburgués, eso es cierto,pero hay un mayor grado de sinceridad y nada de ese narcisismo con el que coqueteaba el mítico maestro. El discípulo de Jansons consigue con este Richard Strauss la cuadratura del círculo. La interpretación es lenta según el reloj, pero no hay el menor asomo de pesadez gracias a una extraordinaria planificación de las tensiones internas, sin relajarse demasiado en “la compañera del héroe”. Es brillante, descriptiva y colorista, pero en absoluto superficial, y menos aún ruidosa. Es sensual pero para nada hedonista. Y es sobre todo una lectura fogosa, temperamental, comunicativa y “echada hacia adelante”, pero logra evitar el problema  que tal opción suene traer con ella (Solti, Carlos Kleiber), a saber, el nerviosismo y la falta de carácter reflexivo, porque el trazo es fluido, desprende naturalidad y “respira” de la manera adecuada. En esta ocasión Braunstein (que había grabado la obra con Rattle) no interviene aquí porque está descansando el Brahms, pero el otro concertino no es precisamente inferior: ¡sensacional Daishin Kashimoto!

lunes, 7 de mayo de 2012

Recuerdos musicales de la Expo ‘92

Ahora que se cumple el vigésimo aniversario y anda todo el mundo rememorando la Expo ‘92 celebrada en Sevilla, quiero yo también hacer un acopio de los recuerdos que me quedan de aquellos fastos. Recuerdos musicales, quiero decir: una muy desequilibrada pero lujosísima programación de conciertos sinfónicos y ópera en el Teatro de la Maestranza, más una serie de espectáculos masivos en el Auditorio de la Expo -con amplificación- y algunos programas más variados -incluso hubo algo de música antigua- en la Catedral y en el Monasterio de San Clemente. La verdad es que aquello fue tremendo en cantidad y en calidad, y supuso todo un hito para una ciudad que había perdido casi por completo su tradición lírica y solo en fechas muy recientes había vuelto a contar con una orquesta estable.

Yo residía entonces en la ciudad de la Giralda estudiando 4º de Geografía e Historia y me acababa de convertir en un entusiasta de la clásica, algo con lo que tuvo mucho que ver la posibilidad de escuchar música en directo -Sinfónica de Sevilla, Festival de Música Antigua- y mi por entonces infatigable costumbre de grabar de retransmisiones de Radio Clásica, ineludible sustituto de los discos que mi escaso presupuesto (mis padres eran profesores de Primaria en la escuela privada: imaginen) solo me permitía comprar de tarde en tarde. Por fortuna los precios eran muy baratos: recuerdo haber pagado 1.200 pesetas por escuchar -en gallinero, por supuesto- a Barenboim y la Filarmónica de Berlín. En contrapartida, las colas para obtener entradas eran de aúpa, siendo necesario para los espectáculos más golosos -fundamentalmente las óperas- acudir varias veces por la noche para mantener el turno. No hace falta decir que en los primeros meses tuve que ir con los apuntes para aprovechar el tiempo, porque los exámenes estaban de por medio. La verdad es que no echo de menos en absoluto las horas interminables pasando frío y calor -fue un verano tórrido- en el exterior del Maestranza.

La programación, decía, resultó de verdadero lujo. Para recordarla voy a tomar como guión las fichas incluidas en el libro Celebración de un sueño editado el pasado año por el teatro sevillano, aunque solo voy a hablar de lo que yo pude ver: hubo mucho más de lo que aquí va a quedar reseñado. Como no podía ser menos, el telón se alzó con Carmen. La producción era la muy digna de Nuria Espert, y en el foso tuvimos a un Plácido Domingo -asesor musical de la Expo- que me pareció rutinario, excepción hecha del coro de cigarreras. A la Berganza se la escuchaba solo a ratos; más me gustó José Carreras. Justino Díaz y Teresa Verdera no me dejaron ningún recuerdo, ni para bien ni para mal. Cristina Hoyos andaba por allí en plan diva.

5 y 7 de mayo tuvimos a Barenboim y la Filarmónica de Berlín, que por cierto venían del Concierto Europeo en El Escorial. Me pareció buenísima la Inacabada de Schubert, pero la Novena de Bruckner -que dirigió agarrado a la barra casi todo el tiempo- resultó nerviosa y más rápida de la cuenta. Al final nos enteramos de que el maestro había caído enfermo pocas horas antes, oficialmente por un pescado que le sentó mal. Ya repuesto, ofreció increíbles interpretaciones del Primer Concierto de Beethoven y de la Séptima del mismo autor. Por cierto, supuso un verdadero impacto escuchar a la formación berlinesa para los que hasta entonces se atrevían a afirmar -puro chovinismo hispalense- que la Sinfónica de Sevilla era de primera. Entre medias, Bychkov y la Orquesta de París, por entonces de moda gracias al sello Philips, triunfaron con Les biches de Poulenc, El buey sobre el tejado de Milhaud y la Fantástica de Berlioz; me gustó mucho entonces, no sé lo que pensaría hoy.

El 11 de mayo asistí, entre molestísimas medidas de seguridad, al concierto de Mehta y la Filarmónica de Israel. Me encantaron las Seis piezas de Webern, pero la Júpiter mozartiana me pareció basta a más no poder. La Cuarta de Brahms la recuerdo musculosa y prosaica. Aun no repuesto del trauma del fallecimiento de mi abuela materna -precisamente el día de mi cumpleaños-, me aburrí con Riccardo Muti y ese prodigio de Philadelphia que aún era suyo: In the South de Elgar, Primavera Apalache de Copland y una Sinfonía del Nuevo Mundo dicha deprisa y corriendo.

El listón volvió a lo más alto los días 23 y 24 del mismo mes con Celibidache y la Filarmónica de Múnich. Yo ya sabía quién era Celi, pero apenas le había escuchado: creo que tan solo conocía el audio de sus ensayos de la Sinfonía Clásica de Prokofiev que habían retransmitido por la radio. Más que suficiente para quedar fascinado por la personalidad del rumano, desde luego. Los conciertos en el Maestranza me convirtieron en un rendido admirador del maestro ya para siempre. Lo que menos me entusiasmó fue la 39 de Mozart. Don Juan, memorable. La Cuarta de Brahms -ya por entonces una de mis obras favoritas- me emocionó profundamente. Para la Quinta de Tchaikovsky no hay palabras.

Un poco más tarde llegaron las huestes del mismísimo Metropolitan de Nueva York. Solo les vi el Ballo in maschera: suntuosa producción de Piero Faggioni (la del DVD con Pavarotti), buena dirección de Levine y protagonismo absoluto de un Plácido Domingo que por entonces aun se movía muy bien en los papeles de tenor verdiano. Me gustó Aprille Milo, y más aún Juan Pons y Florence Quivar. No estuve en el Fidelio en versión de concierto ni en el programa sinfónico.

El 7 de junio se presentó otro binomio discográfico, la Sinfónica de Montreal con Charles Dutoit, con una muy lírica recreación del Concierto para violín de Stravinsky con Chantal Julliet y una Sheherezade creo recordar que irreprochable. Los días 21 y 22 escuché a los señores del Gewandhaus de Leipzig con sendos programas dedicados a Beethoven: obertura de Egmont y las sinfonías Primera, Segunda, Tercera y Quinta. Me aburrí un tanto, culpa probablemente de un Kurt Masur que por cierto se declaraba entusiasmado ante la acogida del respetable. El 24 el tristemente desaparecido Rafael Orozco ofreció la Iberia de Albéniz; aquí el público se lució en el peor sentido posible, porque las toses boicotearon salvajemente el espléndido recital. El pianista cordobés terminó irritadísimo.

Ya concluido el mes y sin exámenes que estudiar, me acerqué a ver qué hacía Kiri Te Kanawa con el Exultate Jubilate y los Cuatro últimos lieder. No me enteré porque no se la escuchó, al menos desde el paraíso. Ese día comprendí el poder de los estudios de grabación. Las suites orquestales del Amor brujo y El caballero de la rosa pasaron sin pena ni gloria con la Sinfónica de Nueva Zelanda y Franz-Paul Decker. En la propina sí se escuchó a la diva: era a capella. Me dejó indiferente -menos mal que alguien me regaló la entrada- el segundo concierto de Aldo Cecatto con la Nacional de España: Tercera Sinfonía de Bernaola, Rapsodia Española y Sombrero de tres picos.

En verano volví a Jerez de la Frontera, lógicamente, pero me aproveché de las viviendas de algunas amistades -mi piso estudiantil “cerraba” en esas fechas- para no perderme lo que me parecía más interesante. Me fue mal con las huestes de La Scala y Muti. Como conseguir entrada para La Traviata parecía imposible opté por el Réquiem de Verdi. Me hacía mucha ilusión, pero un retraso del ferrocarril me hizo llegar unos minutos tarde, y allí me encontré que debido a la presencia de S. M. Doña Sofía, esa noche del 12 de julio se prohibía entrar aprovechando las pausas. Me tuve que quedar escuchando desde el exterior.

En agosto me quité el mal sabor de boca de la experiencia con la Sinfónica de Pittsburg y Lorin Maazel: vistosa obertura de Tannhäuser (remix de las versiones de Dresde y París), brillante -más que profundo, supongo- Anillo sin palabras y memorable Segunda de Mahler con un sublime Orfeón Donostiarra. El 16 de ese mes Rostropovich ofreció las Suites para violonchelo nº 2, 3 y 5 de Bach: la verdad es que el gallinero no resulta el mejor sitio para concentrarse en esta música. Me colé en primera fila para escucharle al día siguiente el Concierto de Dvorák acompañado de Gergiev y las huestes del Teatro Kirov. En la segunda parte me enamoré de la Tercera de Prokofiev, aunque hoy día no me convence cómo este director interpreta la página.

A la Sinfónica Nacional de Hungría bajo la dirección de Ervin Lukacs la escuché en Sanlúcar de Barrameda, pero la traigo aquí porque pocos días antes hicieron el mismo programa en la Expo: buenas versiones del Concierto para orquesta de Bartók y del Primero de Liszt con el estupendo Jeno Jandó.

A principios de septiembre visitó Sevilla la Ópera de Viena con un título emblemático: Don Giovanni. La producción de Zefirelli -el cineasta vino en persona- era fea y la dirección -no historicista- de Bruno Weil no dejó huella alguna, pero todos disfrutamos de la encarnación que del seductor hizo Ruggero Raimondi, por cierto en línea diametralmente opuesta a la de la película de Losey. Entre el resto del elenco (Rost, Lippert, Kotscherga) sobresalió el Leporello del aún joven Lucio Gallo. Entre una función y otra vino la Filarmónica de Viena -en realidad plantilla “a” de la misma orquesta- con Claudio Abbado, aun reciente su triunfo en los Proms. Una grabación de la BBC me ha permitido no hace mucho refrescar la memoria: Sinfonía Militar de Haydn fría y preciosista, Primera de Mahler tendente al amaneramiento. De propina, obertura de Meistersingers en la misma línea: puro Abbado exhibicionista. Se aplaudió muchísimo, claro.

Anne-Sophie Mutter deslumbró -19 de septiembre- gracias a su increíble virtuosismo con dos obras de Sarasate, Zigeunerweisen y la Fantasía Carmen, pero a muchos nos hubiera gustado escucharle páginas con más enjundia. Al menos la Orquesta de Cámara Wuttemberg Heilbronn y su director Jörg Faeber nos permitieron escuchar la Italiana de Mendelssohn. Menos mal.

Los días 21 y 22 de septiembre llegaron la Orquesta del Concertgebouw y su por entonces titular Riccardo Chailly. Recuerdo que me escuché una vez tras otra -por los mismos intérpretes en retransmisión radiofónica- Grande Aulodia de Maderna y Requies de Berio para ir bien preparado, pero al final se cambió el repertorio; por desgracia donde escribo estas líneas no tengo el programa de mano y no puedo confirmar qué tocaron. Lo que sí recuerdo es que la Cuarta de Beethoven fue espléndida, desde luego muy por encima del mamarracho que hace actualmente el milanés con esta obra. Al día siguiente nos ofreció buenas versiones de Las Hébridas y de la Obertura, scherzo y final de Schumann. La Quinta de Tchaikovsky fue notable, pero la comparación con la que había hecho Celibidache resultó reveladora. Lo mejor, la propina: obertura de El barbero de Sevilla.

La mismísima Staatskapelle de Dresde en el foso era el gran lujo del Holandés Errante que trajo la Ópera de la ciudad alemana. La dirección del para mí por entonces desconocido Peter Scheinder resultó poco estimulante. Me impactó, por el contrario, el vozarrón de Ekkehard Wlaschila, aunque hoy probablemente no me hubiera agradado su línea. No me entusiasmaron especialmente Sabine Haas y Matthias Hölle. Lo más emocionante fue obtener el autógrafo del autor de la más bien feota pero eficaz puesta en escena: Wolfgang Wagner. El 5 de octubre llegó La Atlántida con la JONDE, Edmon Colomer, Simon Estes, María Bayo y la Berganza. Me ahorro contarles lo que entonces opiné sobre la obra y lo que sigo opinando ahora.

Traca final, los días 7 y 8 de octubre, con la Royal Philharmonic bajo la dirección de Rostropovich. La Cuarta de Tchaikovsky me pareció dramática y visceral, pero muy ruidosa. La Quinta de Shostakovich, notable sin más. El War Requiem de Britten -con Robert Tear entre los solistas- fue para mí el descubrimiento de una obra que adoro desde entonces. Recuerdo que se me saltaron las lágrimas. Rostropovich nos confesó durante la firma de autógrafos que él había llorado sobre el podio. Aun hoy la considero una de las veladas musicales más impactantes que he vivido.

He dejado a un lado los espectáculos que no tuvieron lugar en el Maestranza, pues ahora no dispongo de material para enumerarlo. Recuerdo, en todo caso, algunas veladas en el Auditorio de la Cartuja: por ejemplo, una mala Novena de Beethoven con Maazel y la Orquesta del Festival Schleswig Holstein. O el espectáculo Antología de la zarzuela, que pude ver con Alfredo Kraus como invitado especial (por él desfilaron otros grandes nombres de nuestra lírica). También recuerdo a Roy Goodman en el Monasterio de San Clemente. Y a Gardiner, su orquesta y el increíble Monteverdi Choir en la Catedral: primera mitad de Israel en Egipto y estreno mundial del oratorio La muerte de Moisés, de Alexander Goehr, obra esta que me gustó muchísimo.

Tampoco he dicho nada sobre lo mucho que me perdí: Favorita con Kraus y Verret, Traviata con Muti y Alagna, Gato Montés con Domingo, apariciones de Yepes, Pendereki, Conlon, Temirkanov, Jansons, Brower, Järvi, Hardenberger, Devia, De Leeuw, Barshai… Un recuerdo para ese Otello con Domingo que no llegó a verse debido a un accidente mortal durante los ensayos, y también para el concierto de mi adorado John Barry que se suspendió por el cierre temporal del teatro que vino detrás. En cualquier caso, coincidirán conmigo en que lo que se vio fue, con sus más y sus menos, verdaderamente alucinante. Poco después cerró el Maestranza a cal y canto, pero esa es otra historia.

sábado, 5 de mayo de 2012

Los “ritos” de Dudamel

Este disco con obras de Stravinsky y Revueltas que tienen en común su referencia a ritos de civilizaciones precristianas fue grabado en directo por los ingenieros de Deutsche Grammophon en Caracas en febrero de 2010. No me terminó de convencer cuando lo escuché; quiero decir, no me pareció a la altura del talento que otras veces ha demostrado el irregular Gustavo Dudamel, sobre todo teniendo en cuenta que tanto La consagración de la primavera como La noche de los mayas parecía ajustarse perfectamente al temperamento extrovertido del director venezolano y a su portentoso sentido del color y del ritmo. He vuelto ahora a él realizando algunas comparaciones y tengo que matizar: efectivamente hay en estas interpretaciones unos cuantos aspectos discutibles, pero no por ello debemos regatear sus virtudes.

Ofrece Dudamel una lectura del más famoso ballet de Stravinsky muy fresca y entusiasta, que se sitúa -estilísticamente hablando- en las antípodas de las que suele hacer Boulez: extroversión frente a introversión, espontaneidad y cierto carácter improvisatorio frente al rigor en la planificación, sensualidad en vez de austeridad, colorido por encima del ritmo… y una tendencia en absoluto disimulada por epatar con los decibelios y la percusión -recogida por una toma sonora de enorme gama dinámica aunque algo turbia- frente a la soterrada construcción de las tenciones internas que caracteriza al director francés. Quizá, en este y en otros sentidos, resulte Boulez más propiamente stravinskiano, mientras que al maestro de Venezuela se le va un poco la mano y le salen sonoridades que miran al Romanticismo. Hay incluso algún rubato y algún portamento fuera de tiesto. La orquesta está francamente bien, y el colorido de sus solistas resulta ideal para recrear la “ebullición” que abre la partitura, que pocas veces se ha escuchado tan sugerente. En suma, una interpretación muy vistosa, que engancha desde el principio hasta el final y que resulta refrescante frente al excesivo rigor de otras aproximaciones, aunque también un tanto superficial y de cara a la galería. Cuando incorpore esta interpretación en mi listado de audiciones comparadas (enlace) le pondré un ocho.


En la suite construida por José Limantour a partir de la banda sonora de La noche de los mayas (Chano Urueta, 1939), Dudamel engancha gracias a su referido manejo de la paleta orquestal y a un ritmo que lleva en la sangre. Hay en su muy entusiasta y vistosa recreación, sin embargo, una exagerada búsqueda del decibelio y el escándalo gratuito, así como de los grandes contrastes dinámicos, valiéndose en este sentido del enorme tamaño de la orquesta. La comparación con el registro realizado por Esa-Pekka Salonen en 1998 para Sony al frente de la Filarmónica de los Ángeles (irónicamente la actual orquesta de Dudamel) resulta ilustrativa.


El primer movimiento resulta en manos del venezolano algo hinchado, mientras que con el finés adquiere la grandeza opresiva que le conviene. En el scherzo gana su colega: a Salonen le sale estupendamente, pero el artista que nos ocupa y sus muchachos lo hacen con un sabor mucho más latino. Este aborda tercer movimiento con una enorme dosis de sensualidad y una ensoñación que se nos antoja excesiva, rozando incluso el hedonismo: no parece que sea buena idea “romantizar” tanto esta música, cosa que también parece opinar un más sobrio Salonen. En la “Noche de encantamiento”, que por lo visto no es de Revueltas sino de Limantour (enlace), los dos directores realizan toda una exhibición de virtuosismo de batuta y de sentido del ritmo, pero nos quedamos con el maestro europeo, que nos parece más claro, anguloso e incisivo, más atento a los matices dinámicos y, sobre todo, más interesado por construir tensiones que con deslumbrar al personal. Más moderno, en definitiva.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Klemperer y Du Pré en EMI Signature: merece la pena repetir

Ya Ángel Carrascosa dio cuenta en su blog (enlace) de la manera desconcertante en que EMI Classics ha seleccionado los primeros títulos de su Signature Collection, destinada a recuperar en formato Super Audio CD –en discos compatibles con un reproductor normal, aunque sin beneficiarse de las características del sistema– títulos míticos del sello británico. No voy a insistir en ello. Pero sí que quiero realizar algunos comentarios en función de lo que he visto y escuchado en los dos ejemplares que he adquirido: Mendelssohn y Schumann por Otto Klemperer, y Elgar y Delius por Jacqueline Du Pré. Adelanto ya que la valoración es positiva.

La presentación es muy atractiva: tapa dura conteniendo en fundas de cartón los dobles CD –los hay también triples– y libretos de hojas gruesas todas en color y bien maquetadas. Los datos técnicos están en su sitio y se incluyen reproducciones de las portadas y contraportadas originales de los vinilos. Hay que añadir que en todo momento se han respetado los contenidos originales de aquéllos, y de ahí que los compactos ronden los 50 o 55 minutos cada uno. A mí me parece bien así, incluso aunque se desaproveche casi media hora de música, porque el precio al que se vende el producto es razonable para tratarse de SACDs. La inclusión de fotografías de algunas de las cintas originales resulta ilustrativa, pues sobre ellas se anotaron a bolígrafo las diferentes remasterizaciones a las que éstas han ido siendo sometidas (incluyendo las realizadas en exclusiva para Japón). En la parte negativa, hay que lamentar que los artículos se incluyan solo en inglés, francés y alemán, y que no se reproduzcan –ni siquiera en su idioma original– los textos cantados.

El sonido. Pues vamos a ver, se nos dice que todos los reprocesados son nuevos, que se han realizado acudiendo a las cintas originales y que se han usado los más sofisticados sistemas de edición para acercarse en todo lo posible al sonido de las mismas y corregir los posibles defectos. Yo he comparados las sinfonías de Mendelssohn y Schumann, de 1960, así como el concierto de Elgar, de 1965, con las primeras remasterizaciones para compacto que realizó EMI, y puedo aseverar que la mejoría se nota. No me parece tan espectacular como, por ejemplo, la que ha experimentado el Mahler de Klemperer editado por EMI France –absolutamente indispensable la compra, por si alguien aun no lo sabe-, pero la audición es ahora más satisfactoria. Lo que más se nota es el aumento del soplido de fondo, lo que lejos de ser un inconveniente –salvo para los catetos– demuestra que en anteriores ediciones se habían ecualizado en plan bestia los agudos, merendándose así un montón de armónicos y dejando al sonido mate y sin relieve.

Ahora se ha sido mucho más respetuoso y las cintas han recuperado su brillo original. No solo eso, sino que la orquesta suena con más cuerpo y plasticidad, también quizá con algo menos de distorsión, aunque las limitaciones del paso del tiempo se dejan notar. La gama dinámica es además ahora más amplia (tremendo el “ascenso” inicial en el concierto de Elgar). Ahora bien, todo esto se aplica a una reproducción en un lector de SACD; si usted no tiene el aparato correspondiente notará sin duda la mejoría del reprocesado, pero no los presuntos beneficios que se corresponden con este sistema.


Las interpretaciones, salvo –para mí- las de Delius, son viejas conocidas. El Mendelssohn de Klemperer es excepcional. Eso sí, personalísimo y sin mucho que ver con la “gran tradición” (el de Breslau fue en sus últimos años un antirromántico de libro), aunque tampoco -menos aún- con la ligereza frívola de ciertos acercamientos recientes. Es el suyo un Mendelssohn pausado, de sonoridades robustas pero en absoluto gruesas, porque la claridad es asombrosa, como lo es también el análisis de texturas y de planos sonoros, a lo que contribuye el excepcional virtuosismo de una Philarmonia Orchestra que por entonces no conocía rival. En lo expresivo, pues ya se sabe: edificios de total solidez donde no hay espacio ni para el arrebato ni para el apresuramiento, tampoco para la blandura o el narcisismo, pero donde cada una de las frases está imbuida de una tensión dramática arrolladora.

Concretando un poco, la obertura de Las Hébridas solo conoce rival en la interpretación de Celibidache/Múnich y en la del propio Klemperer con la Orquesta de la Radio Bávara (EMI la primera, pirata la segunda: la he dejado en YouTube aquí arriba). Esta de 1960 es una lectura de enorme vuelo poético, aunque el de Breslau no baja la guardia y alcanza en los pasajes tempestuosos una fuerza impresionante. En la Escocesa, haciendo gala de su habitual sonoridad granítica, Klemperer construye un edificio austero pero lleno de fuerza que tiene poco que ver con la vivacidad y la luminosidad que se asocian con este autor, al tiempo que descubre los aspectos más amargos de la partitura. El primer movimiento quizá resulte algo moroso y no alcance todo el impulso posible, pero en compensación la coda final es la más lenta, mejor cantada y más emocionante de cuantas se han escuchado. Solo el propio Klemperer ha llegado aún más lejos en el resto de la partitura, aunque cambiando “por todo el morro” el final de Mendelssohn por el suyo propio: me refiero a la grabación de 1969 con la Orquesta de la Radio Bávara, tan indispensable como la presente.

De la Italiana se nos ofrece una interpretación reposada, bien paladeada –sin detenerse demasiado en el segundo movimiento-, nada impetuosa ni arrebatada, pero de pulso perfectamente sostenido y una elevadísima cantabilidad, calidez y vuelo lírico, todo ello sin renunciar a la sobriedad propia de Klemperer y a su particular tratamiento de las maderas. Aquí sin embargo hay, a juicio de quien suscribe, dos directores que aún han conseguido resultados superiores, si bien en una línea muy diferente. El primero es Solti en su grabación de 1985 para Decca. El otro es Barenboim, del que circula una retransmisión radiofónica de 2009 al frente de la Filarmónica de Viena de una genialidad inigualable. Aun así, lo de Klemperer sigue siendo antológico.

 

La Cuarta de Schumann que completaba en su momento y vuelve a completar ahora a la Italiana sigue siendo una de las grandes: interpretación de un solo trazo, poderosísima, impetuosa, encrespada, llena de tensión interna, pero de un absoluto control de la arquitectura y dotada del asombroso análisis de texturas esperable en Klemperer. Eso sí, como también es marca de la casa, el de Breslau no se recrea mucho en la parte lírica de la obra, echándose de menos un mayor poso de poesía y espiritualidad en el segundo movimiento. Por eso las interpretaciones de Furtwängler con la Filarmónica de Berlín (Decca, 1953) y de Böhm con la Sinfónica de Londres y la Filarmónica de Viena (Andante 1975 y DG 1978 respectivamente) me siguen pareciendo aun superiores a esta maravilla.

Del disco Elgar grabado por Barbirolli entre 1964 y 1965 con la Sinfónica de Londres poco hay que decir, porque se trata de uno de los lanzamientos más famosos jamás realizados por el sello británico. En las Sea Pictures –grabadas el primer año citado– el maestro paladea las melodías con concentración y atención al detalle, sin caer en lo melifluo y haciendo gala de un lirismo elegante y de altos vuelos. Junto a él, una Janet Baker tan sutil como variada en la expresión –de lo delicado a lo extático pasando por lo ensoñado y suavemente doloroso–, hace gala de una voz subyugante y un fraseo tan sensual como exquisito. Los resultados son excepcionales, aunque el logro histórico es el Concierto para violonchelo, quizá la cumbre más alta alcanzada por Jacqueline Du Pré en su breve carrera. La verdad es que uno no sabe si admirar más la longitud del arco, la belleza del sonido, la sensualidad del legato o la intensísima pero siempre controlada emotividad, de una tristeza honda y llena de melancolía, que caracterizan a su arte. La dirección  de Barbirolli, superior a la de Barenboim en la filmación dos años posterior, está a la altura: lenta, concentrada, de enorme aliento lírico y con una buena dosis de espiritualidad.

 

El vinilo dedicado a Frederick Delius fue registrado en Abbey Road en 1965 con la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por Sir Malcolm  Sargent. Yo no lo conocía, y la verdad es que tampoco me perdía algo indispensable: las interpretaciones parecen espléndidas, pero la música, siendo muy hermosa, no es de primera fila. Con las Songs of Farewell, dichas por el maestro británico con el punto decadentista justo, viene el único fiasco técnico de los dos títulos comentados, porque la Royal Choral Society está mal recogida por los ingenieros, sonando con distorsiones y saturación. No hay problema alguno con la breve pieza orquestal A Song before Sunrise, recreada por Sargent con admirable intensidad, ni con el Concierto para violonchelo, donde la Du Pré vuelve a dar una lección de cómo aunar belleza e emoción.

Resumo: si usted no tiene estar interpretaciones de Mendelssohn, Schubert y Elgar, corra a comprar estos discos. Si ya los tiene, la mejoría técnica hace que merezca la pena repetir, sobre todo si dispone usted de un reproductor de SACD. Dicho queda.

martes, 1 de mayo de 2012

Lo hicieron por nosotros

Vaya por delante -por si acaso: siempre sale algún manipulador- que no soy comunista, y que la experiencia soviética me parece uno de los episodios más lamentables vividos por la humanidad en el siglo XX. Quiero sin embargo traer hoy, 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores que rinde homenaje a los sindicalistas ajusticiados en Chicago en 1886, una partitura que surge en el seno de la URSS y que en principio hace referencia directa a la revolución de 1905, concretamente a la jornada del “domingo sangriento”: el tercer movimiento de la Sinfonía nº 11 de Dmitri Shostakovich. El mismo es un canto fúnebre dedicado a quienes dieron la vida en aquella oportunidad, pero creo que podemos suscribir la afirmación de Rostropovich -que es por cierto quien mejor ha dirigido esta música- de que la obra es “un réquiem por todas las revueltas reprimidas”. La interpretación que he encontrado en YouTube no es muy buena, pero servirá para quien no conozca esta página.


¿Por qué precisamente esta música hoy? Quienes viven en España ya lo habrán imaginado. Es tal la campaña desatada por nuestro actual gobierno derechista y sus medios afines en contra de la acción sindical -inmejorablemente ayudados por los graves errores cometidos por los propios sindicatos-, que resulta imprescindible recordar que la progresiva mejoría en los derechos de los trabajadores que se ha venido experimentando en el último siglo y medio tiene no poco que ver con el esfuerzo que durante todo este período, arriesgando mucho y a veces sufriendo terribles consecuencias, han realizado multitud de trabajadores en busca de una idea común. Una idea ante la que la burguesía, fiel defensora de los principios liberales (¿les suena?) en torno a la inhibición del Estado frente a la relación entre empresarios y empleados, se manifestó con la mayor dureza posible hasta que tras la Segunda Guerra Mundial descubrió que la transformación del proletariado en clase media consumidora le vendría bien para incrementar sus ingresos.

Conviene recordar todo esto ahora que, debido a la competencia de los mercados asiáticos, los empresarios del mundo occidental han decidido recortar nuestros derechos con la excusa de la crisis: es la única manera de mantener sus márgenes de beneficio. Conviene recordarlo, también, en unos momentos en los que el gobierno del Partido Popular anda reformando la legislación para restringir el margen de maniobra de los movimientos de protesta -de nuevo con una excusa perfecta: la inevitable acción de los violentos- y castigar con duras penas a quienes organicen y participen en acciones no ya abiertamente violentas, lo que desde luego ha de ser punible, sino que deriven por donde no estaba planeado, o incluso incurran (¡el mismo delito de Gandhi!) en la resistencia pasiva. Conviene recordarlo, finalmente, en un país donde gran parte de la población ha perdido su capacidad de reacción frente a los brutales recortes emprendidos por un gobierno que ha traicionado -mentira tras mentira- a sus propios votantes. Una población que parece no darse cuenta de que todo esto que estamos perdiendo ha supuesto muchas décadas de sufrimiento -en España en fechas no muy lejanas- a cientos de personas anónimas que lucharon para que nosotros viviéramos mejor. Va por ellos.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...