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Los “ritos” de Dudamel

Este disco con obras de Stravinsky y Revueltas que tienen en común su referencia a ritos de civilizaciones precristianas fue grabado en directo por los ingenieros de Deutsche Grammophon en Caracas en febrero de 2010. No me terminó de convencer cuando lo escuché; quiero decir, no me pareció a la altura del talento que otras veces ha demostrado el irregular Gustavo Dudamel, sobre todo teniendo en cuenta que tanto La consagración de la primavera como La noche de los mayas parecía ajustarse perfectamente al temperamento extrovertido del director venezolano y a su portentoso sentido del color y del ritmo. He vuelto ahora a él realizando algunas comparaciones y tengo que matizar: efectivamente hay en estas interpretaciones unos cuantos aspectos discutibles, pero no por ello debemos regatear sus virtudes.

Ofrece Dudamel una lectura del más famoso ballet de Stravinsky muy fresca y entusiasta, que se sitúa -estilísticamente hablando- en las antípodas de las que suele hacer Boulez: extroversión frente a introversión, espontaneidad y cierto carácter improvisatorio frente al rigor en la planificación, sensualidad en vez de austeridad, colorido por encima del ritmo… y una tendencia en absoluto disimulada por epatar con los decibelios y la percusión -recogida por una toma sonora de enorme gama dinámica aunque algo turbia- frente a la soterrada construcción de las tenciones internas que caracteriza al director francés. Quizá, en este y en otros sentidos, resulte Boulez más propiamente stravinskiano, mientras que al maestro de Venezuela se le va un poco la mano y le salen sonoridades que miran al Romanticismo. Hay incluso algún rubato y algún portamento fuera de tiesto. La orquesta está francamente bien, y el colorido de sus solistas resulta ideal para recrear la “ebullición” que abre la partitura, que pocas veces se ha escuchado tan sugerente. En suma, una interpretación muy vistosa, que engancha desde el principio hasta el final y que resulta refrescante frente al excesivo rigor de otras aproximaciones, aunque también un tanto superficial y de cara a la galería. Cuando incorpore esta interpretación en mi listado de audiciones comparadas (enlace) le pondré un ocho.


En la suite construida por José Limantour a partir de la banda sonora de La noche de los mayas (Chano Urueta, 1939), Dudamel engancha gracias a su referido manejo de la paleta orquestal y a un ritmo que lleva en la sangre. Hay en su muy entusiasta y vistosa recreación, sin embargo, una exagerada búsqueda del decibelio y el escándalo gratuito, así como de los grandes contrastes dinámicos, valiéndose en este sentido del enorme tamaño de la orquesta. La comparación con el registro realizado por Esa-Pekka Salonen en 1998 para Sony al frente de la Filarmónica de los Ángeles (irónicamente la actual orquesta de Dudamel) resulta ilustrativa.


El primer movimiento resulta en manos del venezolano algo hinchado, mientras que con el finés adquiere la grandeza opresiva que le conviene. En el scherzo gana su colega: a Salonen le sale estupendamente, pero el artista que nos ocupa y sus muchachos lo hacen con un sabor mucho más latino. Este aborda tercer movimiento con una enorme dosis de sensualidad y una ensoñación que se nos antoja excesiva, rozando incluso el hedonismo: no parece que sea buena idea “romantizar” tanto esta música, cosa que también parece opinar un más sobrio Salonen. En la “Noche de encantamiento”, que por lo visto no es de Revueltas sino de Limantour (enlace), los dos directores realizan toda una exhibición de virtuosismo de batuta y de sentido del ritmo, pero nos quedamos con el maestro europeo, que nos parece más claro, anguloso e incisivo, más atento a los matices dinámicos y, sobre todo, más interesado por construir tensiones que con deslumbrar al personal. Más moderno, en definitiva.

Comentarios

Julio César Celedón ha dicho que…
Respecto a La noche de los Mayas, no pude abrir el enlace pdf. Pero hasta donde yo sé, la noche de encantamiento tuvo por primera vez (por lo menos en disco) las improvisaciones en la percusión en mi versión de referencia, la de la Orquesta Sinfónica Nacional de México (que por ese entonces estaba en un nivel muy bueno gracias a la batuta, nada que ver en la actualidad) bajo la dirección de mi buen Enrique Arturo Diemecke, precisamente haciendo el arreglo para la percusión de este último movimiento.

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