miércoles, 8 de julio de 2009

Los conciertos de Beethoven, por Kissin y Colin Davis

Entre septiembre y octubre de 2007 los ingenieros de EMI Classics grabaron en los míticos estudios de Abbey Road, con espléndida toma sonora, los cinco conciertos para piano y orquesta de Beethoven. Protagonizaban el registro el anciano Sir Colin Davis (tercera integral de su discografía) y el aún joven Evgeny Kissin (primer acercamiento completo la colección). Lleva ya unos meses circulando por España, pero parece que no se le ha hecho mucho caso a la edición. Como acabo de terminar de disfrutarla, dejo aquí tres o cuatro apuntes para quien pueda interesarle el asunto.

Beethoven_Kissin
Primero. Dudo mucho que nadie haya nunca tocado -que no interpretado- mejor estos cinco conciertos que Kissin. Ni siquiera monstruos de la técnica como Pollini o Zimerman. La agilidad que demuestra el ruso, la increíble limpieza de la digitación, la maleabilidad y riqueza de su tan bello como poderoso sonido, difícilmente encuentran parangón. Pero no por ello se trata, ni muchísimo menos, de interpretaciones cuadriculadas o meramente virtuosísticas: la flexibilidad e imaginación que demuestra en su fraseo, la manera de enriquecer cada frase melódica con claroscuros y la clara voluntad de descubrir cosas nuevas -sin ponerse por delante del compositor- nos dejan bien claro que Kissin es mucho más que una máquina de insólita perfección ante el teclado.

Segundo. Pese a todo lo dicho y a la enorme musicalidad que Kissin exhibe en todos y cada uno de los movimientos de estos conciertos, nuestro pianista no termina de lograr la más absoluta sintonía con el universo de Beethoven. Al menos, en comparación con lo que actualmente hace Daniel Barenboim en estas obras: a mi modo de ver, la reciente grabación en DVD realizada por el de Buenos Aires marca la cima absoluta tanto en lo que se refiere al piano como a la dirección. En cualquier caso el nivel es altísimo y Kissin ofrece aportaciones del mayor interés, como los acentos desolados de los movimientos lentos del Primero, el Tercero y el Cuarto, este último de una extraña pero fascinante esencialidad.

Tercero. Al frente de una fabulosa Sinfónica de Londres, Sir Colin Davis ofrece la dirección en él esperable: noble, elocuente, muy sincera, elegantísima -pero ajena a la cursilería o la blandura- y muy equilibrada en los diferentes aspectos expresivos, procurando atender por igual a lo épico, a lo lírico, a lo dramático y a lo jubiloso, lo que también significa que su visión no resulta especialmente personal y que se mantiene alejado de “densidades filosóficas” y a grandes tensiones y conflictos. Admirable trabajo, en cualquier caso.

Cuarto. Matizando un un poco, podemos añadir que el más grade logro de esta integral es un Emperador de admirable equilibrio entre los aspectos apolíneos y los dionisiacos de la partitura. Lo menos convincente son los dos movimientos que cierran los dos primeros conciertos, llevados a un tempo de locos por la batuta y con un solista más bien precipitado; y también un Tercero afectado por una extraña sensación de distanciamiento, sobre todo en el Allegro con brio inicial, distanciamiento que también afecta al Allegro moderato del Cuarto. El resto es estupendo.

Con todos los reparos que se quiera, la conclusión está clara: una integral que hay que escuchar.

martes, 7 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (y III): las voces

Ya he dejado mi opinión sobre la propuesta escénica (enlace) y la labor de batuta (enlace) del Ring del Palau de Les Art que presencié entre el 22 y el 30 del pasado mes de junio. Toca por fin decir algo sobre los cantantes. Aun con sus desequilibrios, lógicos habida cuenta de que nos encontramos ante quince horas de música que demandan un elenco de voces tan variado como exigente, fue admirable el conjunto canoro congregado sobre el antiguo cauce del río Turia. Superior probablemente a lo que se escucha hoy en Bayreuth, y muy difícil de superar por cualquier teatro de primera.

Los protagonistas

Un sensacional descubrimiento Jennifer Wilson. Dicen que ha madurado mucho desde el Sigfrido del pasado año. Aún le queda por madurar, pues no en balde cantantes menos dotadas en lo canoro que ella han sabido decir con su canto más cosas aún sobre la valquiria. Pero en cualquier caso la joven, oronda (¡perdón!) y simpatiquísima soprano norteamericana tiene todas las papeletas para convertirse en la gran Brunilda de la primera mitad del siglo XXI.

Su voz, robusta y bien timbrada, de enorme volumen, es francamente extensa, conociendo insuficiencias en el grave pero alcanzando un agudo poderosísimo y espectacular. Su fiato es amplio, su legato espléndido e incuestionable su capacidad para plegarse a las inflexiones líricas: fabulosa en sus “dúos” con Sigfrido. Siendo cierto que tiene aún que bucear en los aspectos más torturados del personaje, amen de madurar mucho como actriz, sus prestaciones en el Palau de les Arts fueron espléndidas.

Irregular Juha Uusitalo. Le encontré cansado y muy ajeno al drama en el Rheingold del 22 de junio. El barítono finlandés me pareció fabuloso, entregadísimo y perfectamente cómodo en lo vocal en la narración del segundo acto de Walküre la noche del 24. Volvió a cansarse en los “adioses” y ofreció en el Siegfried del 27 un notable Wanderer cuya vocalidad más grave no pareció producirle especiales trastornos.

Menos interés guarda el Sigfrido de Lance Ryan. Parece que el tenor del año pasado no fue gran cosa, y que por ello se ha decidido repetir la grabación en DVD e inmortalizar así al joven canadiense en las dos últimas jornadas. Cumplió sobradamente luciendo un instrumento que es de genuino tenor heroico y dosificándose con prudencia para no llegar agotado al final, pero tiene la voz algo atrás, cala y desafinen alguna ocasión y, sin ser frío, no es el colmo de la expresividad. En cualquier caso, estuvo muy por encima de los Sigfrido-aulladores de los últimos lustros. Y eso ya es mucho.

Los demás

Repasemos el resto de los cantantes, empezando por las chicas. Espléndida, pese a algunas asperezas en el agudo, la altísima Anna Larson en el rol de Fricka. Notabilísima la Freia de Sabina von Walther. Sólida la Erda de Daniela Denschlag. Digno el pájaro del bosque de Marina Zyatkova. Admirable la Waltraute de Catherine Wyn-Rogers. Exhibición de voz y estilo por parte de Elisabete Matos en el desagradecido rol de Gutrune. Estupendas dos de las tres Ondinas -la otra chillaba-, y mejor aún las Nornas. Irregular el equipo de valquirias. Y sensacional la Sieglinde de Eva-Maria Westbroeck, sin el punto de calidez de la Meier (que es mezzo, no lo olvidemos), pero fantástica en lo vocal y apuntando muy buenas maneras en lo expresivo.

Los chicos. Mediocre como cantante y como actor el tosco Alberich de Franz-Josef Kapellmann. Muy notable el Loge de John Daszak, que por culpa de la regie tuvo que cantar todo el tiempo en patinete. Magnífico el Mime de Niklas Björling Rygert en Oro, que supo cantar y no graznar, y no tan interesante Gerhard Siegel en el mismo rol en Sigfrido. Irreprochable Stephen Milling haciendo (en el segundo ciclo, que es el que presencié) los dos Fafners. Discreto el Gunther de Ralf Lukas.

¿Y qué decir de Matti Salminen? Está ya mal de voz, pero quien ha sido uno de los tres mejores bajos wagnerianos de la segunda mitad del XX (los otros fueron Talvela y Moll, claro) conserva intactas toda la autoridad vocal, la capacidad para el matiz y la presencia escénica que lo hicieron grandísimo. Si estuvo sólo correcto como Fasolt, dio verdadero miedo como Hunding (el día 24, sustituyendo a un indispuesto Milling) y ofreció una verdadera lección de todo -técnica, estilo, expresión- en su mermado pero aun así referencial Hagen. Al fin y al cabo se trata de un verdadero mito viviente del canto. Claro que no fue él el único que hubo en este Anillo.

… y Plácido

Dicen los grandes expertos en voces que hay en este país que Plácido Domingo está acabado desde hace más de dos décadas. Si ellos lo dicen, así será. Pero a mí, en mi ignorancia, me dio la impresión de que este señor conserva a sus sesenta ocho años (setenta y cuatro dicen las malas lenguas) exactamente el mismo timbre de toda la vida, sin rastro de deterioro; que como Siegmund se mostró pletórico hasta que, a partir de un winterstürme con menos legato de lo que en él es habitual, la falta de fiato le fue dejando sin recursos; que pese la escasez de aliento terminó con dignidad el primer acto de Walküre para dar una auténtica lección en el acto II.

Y que cuando hay sobre la escena alguien que sabe realmente lo que es cantar, que posee una voz bellísima, que frasea de manera maravillosa, que procura en todo momento enriquecer la línea vocal con las más apropiadas inflexiones expresivas y que sabe desenvolverse por la escena sin importarle la inexistencia de una buena dirección actores, todo el aparato visual desplegado por los fureros queda en segundo plano para que la Ópera con mayúsculas haga presencia en el escenario. Lástima que nos de Unitel no grabaran esta función (¿falta de recursos económicos, o más bien escasez de confianza de Helga Schmidt y su equipo en el tenor madrileño?) para incluirla en los DVDs.

Muy en resumidas cuentas: pese a todos los reparos apuntados, un Anillo de un nivel tan alto que difícilmente veré uno mejor en directo. Una gozada total. Enhorabuena a todos los implicados.

lunes, 6 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (II): el foso

En mi entrada anterior (enlace) ya manifesté estar de acuerdo con todos en que montar dos ciclos consecutivos del Anillo es un logro monumental, y más aún para un teatro con sólo tres años de vida. El que los resultados musicales haya sido, poniendo el listón en lo más alto y teniendo en mente a las grandes referencias del ayer y del hoy (los Kna, Solti, Barenboim y compañía), globalmente muy notables, otorgan los más prestigiosos laureles al ambicioso Palau de Les Arts y a todo su equipo. Pero ahora hay que matizar.

Irregular Mehta

Desconcertante la dirección de Zubin Mehta, por dos motivos. Uno de ellos, que en lugar de ofrecernos la sobredosis de opulencia orquestal, más impactante que refinada, en la que el maestro hindú es especialista, renunció a toda brillantez y usó pinceles finísimos para clarificar texturas y explicar pormenorizadamente cada uno de los leitmotivs. Hasta aquí, estupendo.

El otro motivo fue la extrema irregularidad de la que, aun siempre moviéndose dentro de semejantes parámetros, hizo gala su batuta. Ya dije en este blog (enlace) que no me gustó su Oro del Rin. Sólo la aparición del DVD grabado hace dos años dirá si es que Mehta concibe así el prólogo de la Tetralogía o, más bien, ensayó el título con escasa motivación para concentrarse en las tres jornadas.

Mehta_Valencia
Sea como fuere, su dirección de la noche del lunes 2 de junio me pareció lenta, flácida, deslavazada y aburrida, amén de muy escasamente matizada tanto en los aspectos expresivos como en los descriptivos, lo que resulta muy grave en una ópera en la que pasan tantísimas cosas. Que se escucharan detalles que con otros directores habitualmente pasan desapercibidos sirvió de poco ante semejante desaguisado.

Muchísimo mejor las otras tres entregas, dichas con más entusiasmo y sentido teatral, si bien Mehta se volcó mucho antes en los aspectos líricos que en los épicos, y no digamos que en los dramáticos. Así las cosas, el maestro rozó el cielo en los “dúos” de amor de Walkyria, Sigfrido y Ocaso, ilustró con buen talento de narrador pero más bien escasa imaginación las andanzas de Siegmund y Sigfrido -qué poco fuelle en la escena de la forja-, acompañó con enorme corrección las narraciones de Wotan y las Nornas y se quedó corto a la hora de exponer el desgarro y el carácter visionario de los momentos más tremendos de las jornadas. ¡Cómo eché de menos la tremenda fuerza dramática, visceral e incendiaria, que su íntimo amigo Barenboim consigue precisamente en esos pasajes!

Orquesta y coro de lujo

Impresionante la orquesta. Decir, como se ha dicho, que la Orquestra de la Comunitat Valenciana toca mejor que la Filarmónica de Viena es una exageración. Pero no lo es en modo alguno afirmar que es una igual de buena o superior a las que hay en un Covent Garden o un Metropolitan de Nueva York. Tal es la calidad de la agrupación que han formado el empeño de Helga Schmidt, el oído prodigioso de Lorin Maazel y el talonario de cheques del gobierno autónomo valenciano, que en lugar de apostar por la chapuza (o sea, lo que se hecho hasta ahora en el Teatro Real de Madrid y se va a seguir haciendo en época de Mortier) ha sido consciente de que para tener un teatro de ópera de la mejor categoría hay que formar una orquesta de primera.

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Tremendo el Cor de la Generalitat Valenciana: esta formación, que no es nueva sino que tenía ya más de dos décadas a sus espaldas, ha demostrado con su tan breve como decisiva intervención en Ocaso -aquí sí que no hay la menor duda- ser superior a los coros de Viena, Londres, Milán y Nueva York. Un auténtico lujazo del que seguramente la mayoría de los valencianos no son conscientes. No hace falta decir que, desigualdades de batuta aparte, escuchar un Anillo ejecutado por semejantes fuerzas orquestales y corales es un auténtico placer para los sentidos.

Como el post está quedando demasiado largo, dejo los cantantes para una tercera y última entrada sobre el Anillo del Les Arts.

domingo, 5 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (I): la escena

Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre la unánimemente aplaudida producción de El anillo del nibelungo que acaba de cerrar, tras ir presentándose a lo largo de tres temporadas y en coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, el valenciano Palau de Les Arts. Internet está llena de análisis y comentarios, por lo general más interesantes los de blogs y foros que los que corresponden a críticas “oficiales” de la prensa. Poco puedo aportar yo ahora, pero intentaré dejar algunas impresiones personales sobre el ciclo que he presenciado -no llegué a conocer antes ninguna entrega suelta- entre los día 22 y 30 de junio del presente año.

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Pero antes he de insistir en una idea fundamental: la sola capacidad de ofrecer en nueva producción propia dos ciclos consecutivos de la Tetralogía, y de hacerlo con una orquesta y un coro formidables y contando con batuta, cantantes y director escénico de renombre, es una demostración de fuerza que coloca a cualquier teatro en primera fila de la lírica mundial, aunque solo tenga tres años de vida. De ahí que los reparos que se le puedan poner a los resultados, y por mi parte bien que se los voy a poner, han de entenderse partiendo de la base de que a un teatro que se propone llegar a la mayor altura hay que ponerle el listón en lo más alto.

Más espectáculo que emoción

Impactante, plásticamente muy creativa, sensata y bellísima la propuesta escénica coordinada por Carlus Padrissa. Pero no me acabó de emocionar. Como ocurre con otros trabajos de La fura dels baus -grupo teatral al que pertenece el director-, esta realización responde a un concepto, muy propio de los tiempos que corren, en el que la concatenación de imágenes y sonidos impactantes, esto es, el puro espectáculo audiovisual, se impone muy por encima de la reflexión.

Un concepto derivado de la cultura del consumo masivo y de la estética a ella asociada, que no es otra que la del videoclip y el spot televisivo, que necesitan enganchar al espectador con impulsos impactantes para que permanezca atento a lo que ocurre en pantalla y -sobre todo- no cambie de canal. Eso es lo que hoy impera en los blockbusters cinematográficos: una estética tan primaria como efectiva, y en cualquier caso fabulosamente realizada.

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Padrissa nos ofrece, así, un bombardeo de bellísimas imágenes diseñadas por ordenador por un tan inteligente como inspirado Franc Aleu; nos ofrece personas colgadas boca abajo y numerosas acrobacias fureras perfectamente integradas en la dramaturgia; nos ofrece grúas parecidas a las que usó Wagner para hacer que se desplacen por los aires dioses y valquirias; nos ofrece paneles escénicos en movimiento continuo que en un abrir y cerrar de ojos, con la ayuda de las proyecciones, nos trasladan a cualquier lugar de la acción; nos ofrece, además, un fascinante vestuario que, sin duda inspirado en las tres últimas entregas de la saga Star Wars, ha sido portentosamente materializado por Chu Uroz.

Nos ofrece esto y muchas cosas más. Pero, ¿qué hay detrás de todo ello? Pues poca cosa, a mi modo de ver, porque si quitamos toda esta maravillosa parafernalia de encima lo que nos encontramos es con una concepción escénica más bien convencional y no poco superficial.

Falta una dirección de actores en condiciones (hubo momentos de función escolar de fin de curso, como la agresión de Sigfrido a Brunilda al final del primer acto del Ocaso) que haga creíbles a los cantantes, y falta sobre todo una concepción de las diferentes situaciones dramáticas que nos explique los porqués de los diferentes personajes. Y se echa de menos, por paradójico que parezca cuando hablamos de La fura, “fisicidad” en la escena: a veces las voces parecían deambular en una versión de concierto ilustrada con espectaculares decorados multimedia.

Un Anillo para el siglo XXI

¿Quiero decir con todo esto que no me gustó la producción? No, en absoluto. Sólo digo que me entró mucho antes por la vista que por el corazón, lo que en Wagner (ya saben, el de la obra de “arte total”) significa quedarse a medio camino. Ahora bien, pese a semejante reparo conceptual creo que nos encontramos ante un Anillo importante. Más aún, ante un Anillo que va a marcar un antes y un después en los acercamientos escénicos a la Tetralogía. Por dos razones.

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La primera, la renuncia tanto al discurso político y filosófico explícito -innecesario, porque el Ring es filosofía pura- como a la reinterpretación del régisseur de turno y a la provocación gratuita: la propuesta de Padrissa, sin carecer en modo alguno de personalidad, tiene como único y exclusivo centro la dramaturgia wagneriana. Y semejante conservadurismo se convierte en los tiempos que corren en la más sensata, saludable y renovadora rebeldía.

La segunda razón, no menos importante, es la utilización masiva de la tecnología multimedia para visualizar, por primera vez desde que se estrenó el Anillo, buena parte de todo aquello que Wagner imaginó pero no pudo ver materializado. En los últimos cinco o diez años ha avanzado tanto el diseño por ordenador que ahora podemos ver muchas cosas que hasta hace nada eran impensables. Momentos como el descenso al Nibelheim o el posterior retorno al mundo de los dioses adquieren así, a través de unos zooms al estilo del Google Earth, una espectacularidad verdaderamente impactante.

Estos medios ofrecen, además, unas grandes posibilidades didácticas, pues permiten incorporar flashbacks en las largas narraciones que repasan los sucedido en entregas anteriores, otorgando así mayor unidad a las cuatro entregas. Me consta que personas que se acercaban a Wagner por primera vez en su vida no tuvieron problema alguno en seguir el hilo argumental a lo largo de las quince horas de la Tetralogía; tratándose de lo que se trata, ese logro es ya muchísimo.

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Otra cosa es que cuando el desarrollo argumental no ofrece posibilidades de lucimiento el espectador se puede sentir algo defraudado: es comprensible que la fascinación que produce El oro del Rin no se repita con tanta intensidad en las posteriores entregas, y que sea entonces cuando empiece a echarse de menos una dirección de actores verdaderamente trabajada que otorgue entidad dramática a lo que se está viendo sobre la escena.

Sea como fuere, las limitaciones de este Anillo tienen fácil arreglo. Basta con que Padrissa (que no es ningún genio: ahí está su bodrio de Flauta Mágica) se baje un poco de la parra y trabaje a fondo la dirección escénica con personas que realmente sepan de teatro-teatro. Es la única manera de que, en sucesivas reposiciones, adquiera una auténtica dimensión dramática su extraordinario, fascinante y -por las razones antedichas- histórico trabajo volcado en la vertiente plástica.

En las próximas entradas diré algo sobre la dirección musical (enlace) y el equipo de cantantes (enlace) de este Anillo valenciano.

sábado, 4 de julio de 2009

El Concierto Macabro de Bernard Herrmann, por fin en DVD

He tenido que aguardar dieciocho años (desde la aparición en compacto de la grabación de Joaquín Achúcarro y Charles Gerhardt para RCA) para ver Concierto Macabro, película cuyo título español, sustituyendo al original Hangover Square, hace referencia a la página escrita por Bernard Herrmann para los once minutos finales de la misma. Dirigida en 1945 con sobria corrección por John Brahm, la obra ahora acaba de conocer por fin una edición en DVD. La espera ha merecido la pena: la edición (Impulso-Twentieth Century Fox) es bastante buena y la película se disfruta bastante, gracias muy especialmente a la magistral música de Herrmann.

La cinta ha de gustar a quienes, como le ocurría al muy anglófilo compositor neoyorquino, les fascinen las historias góticas ambientadas en un Londres victoriano -de principios del XX, en este caso- donde los salones elegantes y la gente bien educada encubren un submundo más sórdido y oscuro -tanto en un plano social como en el interior de la mente humana- donde se entremezclan la pasión amorosa, el engaño, la locura y el asesinato. La línea argumental, por lo demás bastante previsible pero bien llevada, recuerda no poco a la del Doctor Jekyll, relato que tan sólo cuatro años antes conocía la célebre -aunque mediocre- adaptación de Victor Fleming protagonizada por Spencer Tracy.

En la cinta de John Brahm tenemos a un bondadoso e inocente compositor (Laird Cregar) que padece una enfermedad mental que, bloqueando su consciencia cada vez que se ve alterado por un ruido ensordecedor, hace que se desaten impulsos criminales ante quienes se interponen en su camino. Una seductora artista de vodevil (la bellísima Linda Darnell) en busca de canciones de éxito le apartará no sólo de su novia (Faye Marlowe), sino también de la composición del concierto para piano que ha de darle fama internacional. Los crímenes se sucederán sin que un psicólogo de Scotland Yard (George Sanders) al que el protagonista acude en busca de ayuda pueda apenas hacer nada por evitarlo.

Con semejantes mimbres por delante, la partitura de Herrmann exhibe ese lirismo acongojante y concentrado que es propio del autor (muy poco después llegaría su obra maestra absoluta, El fantasma y la señora Muir), pero es ante todo un catálogo de sonoridades oscuras, incisivas, virulentas y morbosas que tanto le fascinaban. No hay rastro aquí de cuerdas melifluas a lo Alfred Newman, jefe musical de la Fox, pues Herrmann hace gala de su habitual orquestación, sobria pero muy imaginativa, en la que la madera grave desempeña un papel fundamental.

Claro que donde el compositor dio lo mejor de sí fue en el Concierto macabro propiamente dicho, bellísimo y acongojante si se lo examina como partitura autónoma, y en absoluto falto de personalidad a pesar de encontrarse inspirado, por necesidades en guión, en Sergei Rachmaninov. Pero es que además este concierto es un verdadero hito de la escritura para la pantalla grande, toda vez que tiene que funcionar al mismo tiempo como música diegética (el protagonista estrena por fin su obra justo cuando está a punto de ser apresado) y como música incidental, encajando con las diferentes incidencias del guión. No me extiendo más para no reventar la película, pero sí debo dejar constancia de que pocas veces se ha llegado a un más alto grado de fusión entre música diegética e imagen, muy especialmente en el largo y escalofriante plano final. Una maravilla.

viernes, 3 de julio de 2009

Zedda’s boys (& girls) en Valencia

Prolongué un día mi estancia en Valencia (aún tengo que comentar aquí el Anillo) para asistir a la velada de presentación de los alumnos -cantantes y pianistas acompañantes-, del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo integrado en el Palau de Les Arts, organismo que dirige Alberto Zedda con la asistencia de José Miguel Pérez Sierra. La gala duró tres horas -con dos intermedios-, se celebró en el Teatre Martín i Soler, se vio perjudicado por una amplificación con problemas y contó, se notaba demasiado, con abundante presencia de familiares de los artistas.

Para quienes no teníamos ni idea de qué nos íbamos a encontrar allí, la velada tuvo el atractivo de la sorpresa, a ver qué ocurría cada vez que uno de estos jóvenes abría la boca. Hubo de todo, lógicamente, pero el nivel medio -para tratarse de estudiantes- fue alto. Todos ellos, sin excepción, cuentan con buena materia prima, unos vocal y otros “artística”, y todos ellos tienen que pulir -unos más y otros menos-determinadas cuestiones técnicas y se enfrentan a un largo camino por recorrer. En cualquier caso, se podrían destacar algunos nombres.

A mí quien más me gustó fue una chica llamada Maite Alberola, que se marcó un dúo con Germont notabilísimo por voz, por estilo y por entrega: no sé cómo resolvería esta joven soprano el primer acto de Traviata, pero por lo aquí escuchado parece que estamos ante una futura gran Violetta. En la romanza de La tempranica volvió a demostrar un arte sobrado. Procuraré estar muy atento a este nombre, porque promete lo suyo.

Me interesó bastante la soprano Susana Martínez, buen instrumento y prístina dicción al servicio de una artista con estilo. Me impactaron la voz impresionante y el volcánico temperamento de María Luisa Corbacho, que si estudia mucho se convertirá en una gran mezzo. Me gustaron las buenas dotes escénicas y la expresividad vocal de la soprano Irina Ionescu. Y me agradó la voz bien timbrada, con mucho esmalte, de Dolores Lahuerta, soprano con soltura en las agilidades y un tanto en la línea de María Bayo.

Entre los chicos el único que me llamó la mucho atención fue Hans Ever Mogollón: aunque no tenga aún los agudos de Ah! mes amis (¿para qué la canta, entonces?) hizo gala de una voz de calidad, de un amplio fiato y de una gran calidez expresiva que no necesita recurrir a trucos ni excesos para conmover. Los demás, chicos y chicas, pues con sus virtudes y sus limitaciones, lo mismo que los pianistas. Yo me limito a decir quiénes me han gustado más, que será el tiempo quien les vaya poniendo en su sitio.

Enhorabuena a todos, y a seguir adelante. Los aficionados les esperamos ilusionados con la confianza, eso sí, de que ninguno de ellos caiga en la trampa de creerse las cosas cuando sus amigos les dicen que valen mucho: si lo hacen, estarán acabados. Mucho ojo, que el camino está lleno de trampas.

PS. Acaban de concederle a Maite Alberola el premio al "mejor cantante revelación" del Teatro Campoamor. Enhora buena a ella, a todos los galardonados y especialmente al "mejor cantante de zarzuela", que no es otro que mi paisano Ismael Jordi.

miércoles, 1 de julio de 2009

Homenaje a Karajan: blando Ozawa, insoportable Mutter

BEETHOVEN: Concierto para violín. TCHAIKOVSKY: Sexta sinfonía, “patética”.
Anne-Sohie Mutter, violín. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dir: Seiji Ozawa.
Medici Arts, 207218
DVD - 113'
DDD
Ferysa
***

El 28 de enero de 2008 se celebró en Viena un concierto conmemorativo de los cien años del nacimiento de Herbert von Karajan. En él participaron dos figuras muy vinculas al maestro en sus últimos años: Anne-Sophie Mutter y Seiji Ozawa. Junto a ellos, una soberbia Filarmónica de Berlín que ni en la Sala Dorada del Musikverein pierde su peculiar sonoridad. Medici Arts lo edita ahora con calidad audiovisual superlativa. Por desgracia, los resultados interpretativos dejaron que desear.

Se veía venir en el caso de la Mutter, pues su última grabación del concierto de Tchaikovsky y algunos de sus Mozarts recientes nos presentaban a una violinista que, consciente de poseer unas facultades técnicas sobrehumanas, camina hacia la pretenciosidad más narcisista.

Dirigida por un Ozawa blando, lánguido y ajeno por completo a los conflictos dramáticos de la pieza, Mutter nos ofrece un catálogo de amaneramientos que hacen la audición insoportable, especialmente a partir de la cadenza (Kreisler) del primer movimiento, si bien uno puede echar unas risas en las últimos compases del segundo (“toca como una gallina”, decía Celibidache) y despertarse un poco en el Allegro final, lo menos deplorable de la interpretación.

Ni que decir tiene que su registro con el propio Karajan es muy superior a éste, y mejor aún la toma radiofónica con Solti que circula por Internet. De propina, una pretendidamente esencial interpretación de la sarabande de la Partita nº 2 de Bach.

La Sinfonía Patética está bastante más lograda, pero no se salva de irregularidades. El modelo es aquí el propio Karajan: belleza sonora, elegancia, refinamiento y arquitectura se ponen por encima de los aspectos expresivos. Lo que ocurre es que lo que en el salzburgués era superficie “con contenido”, en el maestro oriental se queda en mero envoltorio. Al menos en un primer movimiento muy característico de Ozawa, es decir, elegantísimo y de elevada sensibilidad tímbrica pero en exceso blando; la comparación con lo que en la misma sala hizo Karajan lustros atrás al frente de la Filarmónica de Viena (DVD Sony) salta a la vista.

El Allegro con grazia posee admirable cantabilidad pero no permite entrever el drama. El tercer movimiento está muy bien trazado y, venturosamente, apuesta por la musicalidad mucho antes que por el mero estruendo sonoro, si bien se echan de menos un poco más de garra y carácter visionario.

El nivel sube (de ahí las tres estrellas de la calificación global) en un magnífico movimiento conclusivo que se beneficia de la sonoridad robusta, oscura y empastadísima de la orquesta berlinesa y de un Ozawa, aquí sí, de una sinceridad emocional a la altura de las circunstancias.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2009 de la revista Ritmo.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...