viernes, 31 de agosto de 2012

Blancarruidos y el ostinato machacón

Siempre ha dicho mi amigo Ángel Carrascosa que la mejor manera de aprender a distinguir entre interpretaciones es trabajando mucho “a ciegas”, es decir, sabiendo solo a posteriori a quien se escucha, y por ende sin dejarse llevar por prejuicios. Tiene toda la razón, y les puedo asegurar que el trabaja muchísimo siguiendo semejante sistema. Yo añadiría que lo mismo se puede aplicar a la valoración de la música en sí misma, pero esto es obviamente muy difícil de llevar a cabo: ¿cómo no saber a qué compositor se está escuchando? Bueno, a veces ocurre.


Es justo lo que me pasó anoche, cuando fui a ver, sin saber a quién pertenecía la banda sonora, la película Snow White and the Huntsman, una peculiar relectura del mito de Blancanieves, claramente destinada al público adolescente, a medio camino entre el “realismo sucio” que en los últimos años se ha puesto de moda en el cine de ambientación medieval y el “realismo mágico” de los cuentos de hadas. Desde el principio me molestó muchísimo la partitura, y en los dos sentidos posibles, esto es, como música en sí misma y como música aplicada a la pantalla: una mediocre síntesis entre, por un lado, un sinfonismo grandilocuente y vacuo, melifluo en los momentos líricos y ruidoso en los épicos, y por otro una transcripción para gran orquesta de la música de sintetizadores -con su machacones ostinatos rítmicos- impuesta por Hans Zimmer. Todo ello funcionando mal con la imagen, subrayando lo obvio y marginando la sutileza.

Al final, mientras sonaba una horrorosa canción pop que no ocultaba las pretensiones comerciales de los productores, vino la solución: James Newton-Howard (Los Ángeles, 1951), es decir, uno de los compositores más detestados por quien esto suscribe a lo largo de los últimos lustros. Repaso ahora el vídeo de YouTube con una selección de la partitura y confirmo mi impresión inicial. ¡A dónde hemos llegado en el mundo de la banda sonora tras la espléndida década de los ochenta! Cuando pienso en el Jerry Goldsmith de Legend, por ejemplo, se me abren las carnes. Por cierto, la película no es del todo mala, e incluso hay algunos momentos malsanos muy atractivos. Y Charlize Theron está estupenda.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Reveladores Holst y Britten de Rozhdestvensky con la BBC

Notas de urgencia sobre el disco que acabo de terminar: Los planetas y la Guía de orquesta para jóvenes por Rozhdestvensky al frente de la Sinfónica de la BBC, en la breve etapa en la que fue titular de la misma, grabados en directo en marzo de 1980 en el Royal Festival Hall -deficiente acústica- y en junio de 1991 en Japón -suena peor aún- y recuperados ahora, al parecer después de un concienzudo proceso de restauración que ha hecho lo que ha podido por el sello Ica Classics. Me ha entusiasmado.


El maestro ruso hizo con la obra de Holst lo mismo que con Shostakovich: indagar en sus aspectos más amargos y siniestros, todo ello haciendo gala de un muy rico sentido del color, gran creatividad a la hora de frasear y sacando petróleo de una orquesta que por entonces no era precisamente para tirar cohetes. Heterodoxia total, pues, para una interpretación arriesgada, personal y con mucho de imaginación, sin llegar a los extremos de genialidad que en esta misma línea ofreció en su momento Bernard Herrmann, pero también sin resultar tan discutible en determinados momentos.

Con Rozhdesvensky Marte es hosco, opresivo y especialmente siniestro; su Venus es lento, primorosamente paladeado, muy emotivo y sin asomo de blandura o narcisismo. Mercurio es por el contrario rápido, nervioso y escurridizo. Júpiter más solemne que alegre, con buen aliento lírico y un tratamiento incisivo de las maderas. Saturno arranca con una atmósfera muy gótica y concluye con gran nihilismo, como debe ser. Áspero y amargo Urano. Neptuno, más que místico, ofrece un inquietante distanciamiento. Si no fuera por la orquesta y por la toma sonora, esta interpretación la pondría en el podio de honor junto a las de Previn con la Sinfónica de Londres y la de Karajan con la Filarmónica de Berlín, que siguen siendo -sobre todo la última citada- favoritas de quien suscribe, sin menoscabo de mi afinidad con el citado Herrmann.

Lástima que el Britten tampoco suene lo suficientemente bien, porque se trata de una recreación sensacional por su claridad, por su tímbrica coloreada e incisiva, por el entusiasmo con que está llevada y, sobre todo, por la imaginación y personalidad que despliega un Rozhdestvensky que destila las mejores esencias humorísticas de la obra desde un punto de vista particularmente sarcástico y burlón. El resultado es revelador (¡nunca se había escuchado “tanta música” en esta obra eminentemente didáctica!) y arrebatador. Disco para no perderse.

martes, 28 de agosto de 2012

La Iberia impresionista de Josep Pons y la Nacional

Anda muy comprometida la división ibérica de Deutsche Grammphon: colección de compactos y DVDs con la Nacional de España más un primer lanzamiento -ignoro si llegarán más- con la Filarmónica de Gran Canaria. Quienes no andan muy comprometidos, salvo honrosas excepciones, son los señores críticos. Repaso lo que se ha escrito por ahí sobre los dos discos más recientes, uno dedicado a Debussy y Ravel y el otro a Ginastera, y poco se concreta sobre la labor de sus respectivos directores, Josep Pons y Pedro Halffter, ni para bien ni para mal. Tampoco se mojan mucho sobre las orquestas. ¿Temor a cabrear al personal, que ya se sabe cómo se ponen algunos cuando no les dicen que todo, absolutamente todo es maravilloso?

Lo que a mí me parece es que si se graba en el sello amarillo es para competir en primera división, y por ende la comparación con las grandes estrellas del firmamento interpretativo -batutas y formaciones sinfónicas- no solo es pertinente, sino necesaria para saber por dónde nos estamos moviendo. En fin, intentaremos opinar por aquí. El disco canario lo dejaremos para un poco más adelante; vamos ahora al dedicado a las más célebres páginas orquestales españolizantes del movimiento impresionista, la Iberia de Debussy por un lado y la Rapsodia española, la Alborada del gracioso y el inevitable Bolero de Ravel por otro.


Josep Pons aborda este repertorio desde la más absoluta ortodoxia impresionista. Misterio, sensualidad, colorido rico y difuminado, texturas sugerentes, un gran peso de los silencios, insinuación antes que explicitud y evidente delectación en la seducción sonora son sus señas de identidad. Para entendernos, parecida línea a la de Celibidache -insuperable recreador de este universo sonoro- y en el extremo opuesto a un Boulez, pongamos por caso. El maestro catalán, además, frasea con elegancia y trabaja con pinceles finos, atendiendo al detalle y permitiéndose incluso iluminar algunos detalles que generalmente pasan desapercibidos, todo ello con la colaboración de una orquesta que parece aquí muy dispuesta a hacer las cosas lo mejor posible.

¿Reparos? La tensión es irregular, alternándose momentos buenos con momentos más bien flácidos, sin nervio, en parte por la relativa lentitud de los tempi utilizados. Pons tiene a veces salidas de tono considerables, en algunos casos en busca del preciosismo o la excesiva ensoñación, en otros -todos los finales- optando directamente por lo verbenero. Y la orquesta, dicho sea con todos los respetos, no puede hacer la competencia a las grandes que han grabado estas mismas obras para el sello amarillo; los metales, sobre todo, dejan que desear.

Concretando un poco, es la Iberia de Debussy lo que más me ha gustado, particularmente su magnífico primer movimiento, que posee además un muy adecuado salero español. El segundo resulta muy sugerente pero quizá algo ensimismado: no estaría mal un mayor sentido de lo inquietante. Más bien deshinchado el tercero, circunstancia que también afecta a su deslavazada Rapsodia española; en el segundo movimiento de la misma hay alguna frase en exceso amanerada, al tiempo que en la sección central del cuarto se cae abiertamente en la blandura. Hay que destacar, no obstante, el espléndido trabajo de las maderas de la Nacional en un “preludio a la noche” muy bien paladeado y modelado con insinuante plasticidad. Mejor la Alborada del gracioso, interpretación de irreprochable idioma que ofrece muchas sugerencias en la sección central; falta un grado más de tensión interna, quizá también de chispa, mientras que en el final se echan de menos una orquesta de mayor fuste.

Para terminar, una obra difícil donde las haya: el Bolero. La página exige un virtuosismo extremo, porque cualquier minúscula corrección que se realice sobre la marcha o una subida de la dinámica solo un pelín más amplia de la cuenta se va a notar. Semejante circunstancia también se da en este lectura, como era de temer, pero no podemos negar a Pons pulso firme y buen control de la arquitectura. El problema es más bien de concepto, pues el maestro obliga a los solistas a sonar con cierta timidez, como si quisiera seducir con la coquetería, e incluso hace que la cuerda suene un tanto velada, contrastando todo ello con la excesiva presencia de las cajas y con un final más bien de cara a la galería. La toma sonora, espléndida en todo el disco, ayuda ofreciendo una buena gama dinámica.

¿Aporta algo este compacto a la discografía de estas obras? Obviamente no, ni parece que fuera esa la intención. Pero resulta muy digno y sirve de tarjeta de visita de la orquesta y su ya ex-titular, con todas sus virtudes y también con sus limitaciones.

jueves, 23 de agosto de 2012

Sin paga extra

El Ejecutivo derechista del Partido Popular que encabeza Mariano Rajoy -quien tras ganar por aplastante mayoría absoluta en noviembre de 2011 gobierna en España incumpliendo todas sus grandes promesas electorales y realizando una brutal merma del Estado del Bienestar, dicho sea para quienes lean estas líneas desde fuera de la península- ha decidido este verano suprimir las pagas extra de Navidad de todos los funcionarios. Los muy sectarios seguidores del PP, una peculiar mezcla de nostálgicos del franquismo y de neoliberales de conservadurismo más o menos camuflado, repiten como un mantra la consigna de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y no queda otra solución, en un vano intento de disimular la cruda realidad: semejantes recortes y otros mucho peores -ya se habla de tocar las pensiones- están destinados a pagar cuanto antes la deuda del estado a los grandes financieros europeos que hacen caja con nosotros, a cambio de que estos últimos nos ayuden a parchear el enorme agujero de los bancos españoles -destapado con crudeza en fechas recientes- que a su vez engrosaron las fortunas de sus directivos a base de nuestros préstamos, de nuestras hipotecas y de dudosos negocios con esa cultura del ladrillo que asoló el país de manera fulgurante a partir de la Ley del Suelo de José María Aznar, el anterior presidente del mismo partido. Lo malo es que no parece haber alternativa: las grandes fuerzas económicas europeas podrían en un santiamén conducirnos a una posición parecida a la de Grecia si un hipotético gobierno español de otro signo intentase conducir las cosas por un sendero distinto.

Rajoy paga extra

Hago cuentas para ver a dónde voy a ir esta temporada a escuchar música, y las cuentas no salen. Espectáculos hay -todavía, veremos dentro de un par de años- en cantidad y calidad suficiente: sumando Madrid y Valencia -a tres horas de mi domicilio en la Sierra de Segura- y añadiendo los dos festivales de Úbeda y el veraniego de Granada, el interés está garantizado. Pero el dinero desaparecido hay que quitarlo de algún lado, y como de alimentación, de alquiler, de calefacción y de mantenimiento del coche no puede ser, tendré que hacerlo de discos y conciertos. Hay espectáculos que me veo obligado a descartar desde ya: las entradas son carísimas, así que quedan reservadas a los aficionados -o no tan aficionados- muy acomodados. Y hay otros que, siendo asequibles para mi bolsillo, tendré que dejarlos pasar toda vez que el dinero que se va entre gasolina, alojamiento y manutención me resulta inasumible. Si los primeros años en que trabajé en este destino laboral jiennense pude viajar un par de fines de semana al mes, ahora me tendré que conformar con uno solo.

Lo hasta aquí expuesto puede resultar fastidioso a nivel personal, pero no es ningún problema a escala nacional. Lo que sí es un problema, y bien grande, es que sin duda mi situación se repite (o multiplica: piensen en las familias con niños y en las personas con posibilidades de quedarse en el paro o directamente sin trabajo) en muchísimos otros aficionados españoles. Y eso significa la ruina de todo el sector de los espectáculos de música culta, afectado a su vez por la tremenda subida del IVA decidida por el mismo gobierno popular. ¿Contracción pasajera, mera estrechez hasta que vuelva la bonanza económica? Lo dudo mucho. ¿Servirá la prometida Ley de Mecenazgo? Si acaso, para que el capital privado apueste por los espectáculos más convencionales y de cara a la galería, pero no desde luego para asentar la afición entre los jóvenes sin recursos, que es como realmente se consolida la demanda futura; menos aún para apoyar la creación más arriesgada.

Estamos viviendo un cambio de ciclo en todos los niveles, lo he repetido ya muchas veces, pero los españolitos parecemos haber perdido la capacidad de reacción. Recuerden: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades…

martes, 21 de agosto de 2012

Bohème y Butterfly por Tebaldi, Bergonzi y Serafin

PUCCINI: La bohème.
Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi, Gianna d'Angelo, Ettore Bastianini, Cesare Siepi.
Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma. Dir.:Tulio Serafin.
Decca, 4704312
2 CDs - 111'43''
ADD
Universal
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PUCCINI: Madama Butterfly.
Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi, Fiorenza Cosotto.
Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma. Dir.:Tulio Serafin.
Decca, 470772
2 CDs - 143'30''
ADD
Universal
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A finales de los cincuenta, contando con la sólida -y aquí muy inspirada- batuta del anciano Serafin al frente de unos conjuntos orquestales y corales que dejaban que desear, Renata Tebaldi grabó por segunda vez La Bohème y Madama Butterfly. Su voz, con el agudo ya muy deteriorado, sonaba en exceso matronil para encarnar de manera convincente a las más frágiles heroínas de Puccini, pero se impuso su talla de gran artista.


Bergonzi, elegante y cálido como en sus memorables encarnaciones verdianas, ofrece junto a la diva momentos de encendido lirismo. Como recreador de sus personajes no se muestra tan certero; mejor en todo caso como Rodolfo que en el rol de Pinkerton. De todo entre sus compañeros de reparto, desde el deficiente Sharpless de Sordello hasta la espléndida Suzuki de la Cossotto pasando por la correcta Musetta de d’Angelo, el tosco Marcello de Bastianini y el rotundo Colline de Siepi.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Opera Compact Collection", editada por Decca.

domingo, 19 de agosto de 2012

El piano de Shostakovich por Korobeinikov

Confieso que hasta ahora no había escuchado los Veinticuatro preludios op. 34 de Shostakovich. Tampoco conocía nada del pianista ruso Andrei Korobeinikov (Moscú, 1986). Por eso me ha sorprendido doblemente este compacto, registrado con espléndida toma sonora en mayo de 2011 por el sello Mirare, en el que también se incluyen los dos Conciertos para piano del autor, una música de plena actualidad discográfica toda vez que en pocos meses han aparecido hasta cuatro nuevos registros de los mismos: el de Melnikov con Currentzis ya comentado por aquí, la de Helmchen con Vladimir Jurowski, la de Matsuev con Gergiev y este que nos ocupa, que cuenta con el concurso del casi adolescente (veintiún años) primer trompeta de la orquesta del Bolshoi, Mikhail Gaiduk, y de la batuta de Okko Kamu dirigiendo a una orquesta sueca sólida sin más, la Sinfónica de Lahti.


Los Veinticuatro preludios fueron compuestos entre 1932 y 1933, justo después de su Lady Macbeth, por las mismas fechas que el Concierto para piano nº 1 y poco antes de la banda sonora de Las amigas y de su fundamental Cuarta sinfonía. Estamos por tanto (¡nada que ver con la densidad intelectual de sus Preludios y fugas de 1950!) en la época del Shostakovich irónico, juguetón, gamberro e iconoclasta por excelencia, pero época también en la que empieza a despuntar claramente el Shostakovich lírico, doliente y visionario que, tras la caída en desgracia ante los ojos de Stalin por la ópera arriba referida, quedará relegado a la música de cámara hasta volver a despuntar en la obra orquestal de los últimos años.

De todo ello, desde lo lúdico hasta lo trágico pasando por un latente romanticismo y una espiritualidad de lo más inquietante , hay en estas breves piezas para piano en las que Korobeinikov se nos descubre como un artista hecho y derecho no solo irreprochable en lo técnico, sino también capaz de variar la expresión para destilar todos estos ingredientes, aportando además sinceridad e imaginación al asunto. Sin contar con otras referencias para comparar, su realización me parece admirable.

La interpretación de los conciertos no me ha ensutiasmado tanto, al menos la del Primero. Se trata de una lectura muy atenta a los aspectos más patéticos de la obra que se concentra en un muy trágico y profundo Lento, desgranado con un tempo dilatado y gran sensibilidad; pero también resulta algo sosa en los movimientos extremos, sin toda la ironía y el carácter trepidante que la partitura demanda, tanto por parte de la batuta como del solista. Comparando lo de Korobeinikov con lo que hizo su paisano Kissin a los dieciséis añitos (la grabación con Spivakov en RCA), queda claro que al artista que nos ocupa le falta un grado mayor de compromiso, riesgo e imaginación. El trompetista se encuentra en la misma línea, por completo solvente pero sin mucha retranca y, en cualquier caso, sin el aroma jazzístico que otros prefieren destilar.



Solista y director -también la orquesta, aquí con la cuerda mejor empastada- se encuentran más a gusto en el Segundo, donde pueden dar rienda suelta a su interés por subrayar el profundo lirismo trágico de la música del autor en un Andante particularmente lento (7’35’’, todo un récord) que rezuma desolación. Los movimientos extremos están francamente bien, aunque sin llegar al extremo dionisíaco de un Bernstein (su grabación de 1962 tocando y dirigiendo al mismo tiempo sigue siendo referencial); además, en los pasajes más virtuosísticos el piano resulta un pelín más mecánico de la cuenta. Sea como fuere, disco muy recomendable. Y si no se lo quieren comprar o buscarlo "por ahí", ustedes ya me entienden, les dejo a través de YouTube esta otra interpretación del Segundo a cargo de los mismos artistas.

viernes, 17 de agosto de 2012

Sobre las comparativas discográficas

Como últimamente he escrito unas cuantas y pronto vendrán algunas otras (Primer concierto para piano de Shostakovich, Los planetas), me gustaría puntualizar algunas cosas sobre las a veces breves, a veces muy largas discografías comparadas que aparecen en este blog. Ante todo, quiero dejar claro que no existe por mi parte pretensión alguna de sentar cátedra. No ocurre esto, desde luego, en mis artículos sobre arte medieval: el contenido de los mismos no puede dejar dudas sobre el deseo de alcanzar conclusiones válidas a partir de una metodología científica y rigurosa, independientemente de que en el futuro dichas conclusiones puedan y deban ser matizadas, reformuladas o sustancialmente revisadas por mí mismo o por otros historiadores, pues es así precisamente -y no repitiendo una y otra vez lo que dijo alguien en su momento- como funciona toda investigación que se precie de serlo.

Pero en estas discografías nada hay de ello. Para hacerlas “científicamente”, habría que tener la partitura por delante, escuchar un porcentaje muy amplio de grabaciones, repetir las audiciones una y otra vez hasta estar por completo seguro de lo que se escribe y, desde luego, leer lo que se ha escrito en la prensa nacional e internacional sobre los registros estudiados. Todo ello, claro está, presuponiendo que sobre algo tan resbaladizo como la apreciación estética de la interpretación musical pueda alcanzarse cierta “objetividad científica”, asunto que resulta más que dudoso. Por mi parte lo tengo claro: lo que aquí ofrezco no son más que las notas tomadas por este melómano al finalizar cada escucha, presentadas con un poco de orden y con algún que otro matiz para intentar esbozar algunas ideas generales sobre la historia interpretativa de la obra en cuestión. La intención no es otra que contribuir al intercambio de ideas tan necesario para el desarrollo del gusto artístico, pues al igual que yo aprendo mucho leyendo a los demás -a los que piensan más o menos como yo y a los que lo hacen de modo muy distinto-, creo que otros también se pueden beneficiar de mis propias ideas.

No sigo rumbo alguno a la hora de escoger las obras, aunque generalmente el estímulo viene de algún concierto próximo que me quiero preparar. Primero acudo al larguísimo documento de texto donde desde hace algunos años voy apuntando unas breves líneas sobre cada interpretación que escucho, para comprobar cuántas lecturas recientes tengo sobre mis espaldas. Luego rebusco en mi discoteca las que tengo olvidadas desde hace tiempo y sobre las que no anoté nada, para volver a escucharlas. Luego me pongo a rebuscar “por ahí”, ustedes ya me entienden, para ver qué otras puedo pillar: a veces no son pocas, por cierto. Obviamente cuento también con algunos amigos que me pasan, vía Pando, algunos registros que no me resulta fácil localizar. Y luego a escuchar y escuchar, siempre a oscuras y tomando notas al finalizar cada interpretación. A veces no basta con una y tengo que repetir más adelante, o al menos repasar algunos pasajes. Si puedo, escucho varias seguidas en una misma tarde, pues es la mejor manera de clarificar las ideas. Tampoco es infrecuente tener que volver a algunas de las que conocí hace tiempo para valorarlas de nuevo a la luz de la experiencia acumulada: no suelo cambiar de opinión por completo, pero siempre realizo matices más o menos importantes. Normalmente intento ponerme un límite, pero a veces sobre el cansancio se impone el “vicio” de escuchar esa interpretación que anda por ahí y que de pronto se coloca delante de las narices de uno. Termino un poco harto, pero con la sensación de que ha merecido la pena.

Puntuar del uno al diez me ha resultado siempre un tanto pueril, pero entiendo que es un sistema práctico, toda vez que en ocasiones no es fácil transmitir con palabras el grado de satisfacción que nos deja una interpretación; además, quien no tenga mucho tiempo o interés puede así conocer de un solo vistazo a qué conclusiones he llegado. Por otra parte, resulta resbaladizo establecer tales puntuaciones. Por ejemplo, ¿hasta qué punto la ejecución, que no la interpretación, ha de contar en un ranking del uno al diez? A ningún profesor se le ocurriría aprobar un examen solo por una caligrafía y una redacción excelentes, pero tampoco puede dejar de incluir tales ítems en una valoración global. Por eso mismo, la calidad técnica de una orquesta o un solista nunca podrán ser el elemento determinante, pero tampoco debemos soslayar estos aspectos: creo que todos estamos de acuerdo en que Celibidache puede hacer maravillas con la Sinfónica de la Radio de Stuttgart, pero puede ocurrir que le pongamos una puntuación similar a una interpretación algo menos acertada que la del rumano solo por el hecho de poseer una ejecución muy superior.

Ahora bien, al mismo tiempo debemos evitar dejarnos llevar por el impacto del mero virtuosismo. Me llevo muy mal con esos intérpretes a los que todos los aplauden por el mero hecho de dar las notas de manera impecable; ya pueden imaginar mi irritación ante la lista que han sacado por ahí de “los diez mejores pianistas" del siglo XX” en la que aparece algún que otro mecanógrafo y se deja fuera al que para mí es el más grande poeta del piano de toda la era discográfica, el inmenso Claudio Arrau. Es solo un ejemplo para que vean por dónde van los tiros. A quien conozca mis gustos, en cualquier caso, tampoco hará falta aclararle que no soporto esas interpretaciones gráciles, rebuscadas y no poco narcisistas con que muchos intérpretes intentan triunfar deslumbrando con detalles de “sensibilidad extrema”: la sinceridad expresiva, la comunicatividad y el buen equilibrio entre belleza sonora y hondura reflexiva –no necesariamente “filosófica” ni menos aún “romántica”- son para mí fundamentales, y por ende no me gustan las lecturas que se limitan a concebir la música como un mero conjunto de efectos más o menos seductores que han de servir para pasar el rato.

No pongo puntuaciones a la calidad de sonido porque no me siento lo preparado para distinguir matices en una escala del uno al diez. Por si a alguien le interesa, le hago saber que la mayoría de las audiciones las realizo en mi domicilio de la Sierra de Segura, en una habitación más pequeña de lo que me gustaría en la que he instalado mi equipo. Este cuenta con un receptor y un reproductor Denon, este último capaz de leer SACD y DVD-Audio, más un Blu-Ray Sony que se encuentra conectado a internet, lo que me permite ver los vídeos de Youtube y de la Digital Concert Hall en mi televisor de 35 pulgadas (Full HD, por descontado). El receptor, por su parte, centraliza un sistema de sonido 7.1 de calidad creo que muy aceptable para las circunstancias; a su vez permite aplicar a los compactos normales y corrientes un DTS que hace utilización de todos los canales de una manera natural, nada artificiosa, y por ende convincente, aunque no tanto como los DVDs que vienen ya grabados con este sistema, claro está. Las dos vías de sonido principales son mis dos antiguas cajas acústicas JBL, de las que estoy satisfecho. De hecho, cuando vengo a Jerez de vacaciones me las traigo conmigo y se las pongo a mi receptor estereofónico Yamaha, porque no tengo dinero para comprar unas nuevas de calidad convincente. Bueno, a ver si con la próxima extra… Para el 2024 o así.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...