Mi viaje de las vacaciones veraniegas del 2011 fue a Colonia; mis objetivos eran hincharme de ver románico y escuchar la integral de las sinfonías de Beethoven por Daniel Barenboim y la WEDO. Ahora acabo de volver del de este año: ruta por el Midi francés -vuelo desde Sevilla hasta Toulouse- para hartarme de nuevo de ver románico, y además participar en las celebraciones anuales que el Ensemble Organum realiza por la fiesta de Santiago en Saint-Pierre de Moissac, especiales en esta ocasión por celebrarse las tres décadas de la fundación del grupo por Marcel Pérès. Alguien se extrañará por la aparente contradicción en quien esto suscribe: muy "carca” para algunas cuestiones musicales, muy “moderno” para otras. Y quien más o menos conozca mis gustos sabrá que tengo otras presuntas contradicciones también en materia de interpretación.
Pues bien, confieso que me emocionan profundamente Beethoven y Wagner, pero al mismo tiempo me fascinan el canto viejo romano, la Escuela de Notre-Dame y el Ars Subtilior; que Verdi me parece el más genial compositor de óperas de todos los tiempos sin menoscabo de disfrutar a tope las creaciones líricas de Mozart o de la Segunda Escuela de Viena; que sigo adorando a Tchaikovsky y a Rachmaninov mientras escucho subyugado a Lutoslaswki, Xenakis y Boulez; que mis versiones favoritas de los Conciertos de Brandemburgo son por igual las "tradicionales" de Leppard y las "rompedoras" de Goebel, que el Bach de Barenboim me parece genial y que el Schubert al fortepiano de Andreas Staier me gusta mucho. Y que ciertas óperas de Donizetti me transmiten tanto sopor como las páginas de Arvo Pärt, o como algunas recuperaciones de barrocos olvidados a cargo de la orquesta barroca de turno; y que el sonrojo que me producen las creaciones de Tomás Marco me viene también con las zarzuelas de Jacinto Guerrero sin que pueda evitarlo.
A veces nos olvidamos de que la música no debería dividirse entre "la rancia” o “la progre”, o la de los "burgueses" y la de los "modernitos", sino sencillamente entre la “buena” y la “mala”, es decir, entre la que le gusta a cada uno de nosotros y no nos gusta… ¡después de haberlas escuchado y de pensar un poquito sobre ellas, claro! Cosas tan evidentes es necesario recordarlas en ciertos momentos. Por ejemplo ahora, cuando algunos hacen el ridículo atacando al Beethoven de Barenboim solo para aparentar desdén hacia interpretaciones presuntamente obsoletas, aburguesadas o -lo que para ellos es peor- del gusto del gran público. Y tiempos también en los que los melómanos que van de "defensores del arte verdadero" frente a estos últimos montan bochornosas campañas en contra de que se ofrezca en el Teatro Real el acojonante Moisés y Aarón de Schoenberg aludiendo a cuestiones económicas, cuando éstas no intentan sino enmascarar una peligrosa mezcla de estrechez mental (escuchar semejante partitura exige un esfuerzo: el mismo que el Beethoven de Barenboim) y de prejuicios ideológicos propios de la caverna más reaccionaria.
Hoy día no resulta muy difícil convencer al personal de que con un buen portal románico, como este de Moissac que tantos lustros me había llevado deseando ver en directo, se puede disfrutar tanto como ante un lienzo de Velázquez -para mí, el mejor pintor de la historia- o ante uno de Kandinsky, por mucho que al neófito puedan chocar las "manchas" de este último. Y que un templo gótico mediocre será siempre eso, mediocre, por mucho “encanto medieval” que albergue, y que por ende podrá resultar igual de desdeñable que no poca de la pintura académica del XIX o alguna de la basura que se pinta hoy día. Aplicar parecido razonamiento para la música resulta sin embargo demasiado complicado para algunos, cuando en realidad solo hay que abrir un poco la mente, olvidar apriorismos sectarios y dejarse llevar. Lástima.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
martes, 31 de julio de 2012
martes, 24 de julio de 2012
Nézet-Séguin vuelve a Berlín: talento por madurar
El concierto del 16 de junio de 2012 de la Filarmónica de Berlín empezó, como otros de la misma temporada, dando paso a uno de los solistas de la excepcional formación alemana. En esta ocasión, Walter Seyfarth se encargaba de ofrecer la Sequenza IX para clarinete solo de Luciano Berio, realizando el artista una demostración no solo de técnica, lo que ya se daba por supuesto, sino también de musicalidad en el más alto grado; ahora bien, el que la línea resultase más sensual que aristada puede que no fuera la única opción posible, aunque quizá sí la más directa para llegar al público de la Philharmonie.
En cualquier caso, el protagonista de la velada fue Yannick Nézet-Séguin, quien a mi modo de ver volvió a demostrar dos cosas: que su talento es enorme… y que aún le queda un recorrido para madurar. De hecho, no me terminó de convencer el Tchaikovsky que ofreció en la primera parte. De Romeo y Julieta el maestro construyó una versión de amplio calado sinfónico; dicha en un solo trazo, perfectamente delineada en sus tensiones hacia la segunda escena de amor, brillante en su punto justo y por completo ajena tanto a la blandura como a cualquier clase de devaneo sonoro, siempre dentro de un enfoque más sombrío que sensual, es decir, más en la línea de la primera grabación de Barenboim que de la última de Bernstein, ambas en DG, por citar dos interpretaciones de referencia. Desdichadamente el resultado, siempre dentro de un nivel notable al que no es ajeno la excelencia de la orquesta, se vio lastrado por una extraña sensación de frialdad, de distanciamiento expresivo, incluso de falta de ideas, que puso en evidencia la falta de madurez a la que antes me refería.
Las cosas funcionaron mejor en Daphnis et Chloè de Ravel, del que en esta ocasión no ofreció la suite nº 2, como hizo en su disco para EMI, sino el ballet completo. Allí el director canadiense demostró no solo su perfecto dominio de colores y texturas, sino también una perfecta comprensión del idioma raveliano con una interpretación que supo ser al mismo tiempo extrovertida y lírica, teatral y refinada, no particularmente sensual pero tampoco brumosa en exceso, y en cualquier caso dicha con evidente entusiasmo sin menoscabo de un perfecto control de los medios a su disposición.
Sobraron, eso sí, algunos detalles en exceso decadentes, y se echó en falta un plus de creatividad, circunstancias compensadas con los solos llenos de musicalidad de los profesores de la orquesta. Espléndid el Coro de la Radio de Berlín. Merece la pena, pues, pasarse por la Digital Concert Hall para ver el concierto, aunque a mi modo de ver la recreación de Riccardo Chailly aquí comentada es aún superior a ésta a pesar de contar con fuerzas orquestales bastante menos suntuosas que las berlinesas.
En cualquier caso, el protagonista de la velada fue Yannick Nézet-Séguin, quien a mi modo de ver volvió a demostrar dos cosas: que su talento es enorme… y que aún le queda un recorrido para madurar. De hecho, no me terminó de convencer el Tchaikovsky que ofreció en la primera parte. De Romeo y Julieta el maestro construyó una versión de amplio calado sinfónico; dicha en un solo trazo, perfectamente delineada en sus tensiones hacia la segunda escena de amor, brillante en su punto justo y por completo ajena tanto a la blandura como a cualquier clase de devaneo sonoro, siempre dentro de un enfoque más sombrío que sensual, es decir, más en la línea de la primera grabación de Barenboim que de la última de Bernstein, ambas en DG, por citar dos interpretaciones de referencia. Desdichadamente el resultado, siempre dentro de un nivel notable al que no es ajeno la excelencia de la orquesta, se vio lastrado por una extraña sensación de frialdad, de distanciamiento expresivo, incluso de falta de ideas, que puso en evidencia la falta de madurez a la que antes me refería.
Las cosas funcionaron mejor en Daphnis et Chloè de Ravel, del que en esta ocasión no ofreció la suite nº 2, como hizo en su disco para EMI, sino el ballet completo. Allí el director canadiense demostró no solo su perfecto dominio de colores y texturas, sino también una perfecta comprensión del idioma raveliano con una interpretación que supo ser al mismo tiempo extrovertida y lírica, teatral y refinada, no particularmente sensual pero tampoco brumosa en exceso, y en cualquier caso dicha con evidente entusiasmo sin menoscabo de un perfecto control de los medios a su disposición.
Sobraron, eso sí, algunos detalles en exceso decadentes, y se echó en falta un plus de creatividad, circunstancias compensadas con los solos llenos de musicalidad de los profesores de la orquesta. Espléndid el Coro de la Radio de Berlín. Merece la pena, pues, pasarse por la Digital Concert Hall para ver el concierto, aunque a mi modo de ver la recreación de Riccardo Chailly aquí comentada es aún superior a ésta a pesar de contar con fuerzas orquestales bastante menos suntuosas que las berlinesas.
domingo, 22 de julio de 2012
La Escocesa de Dudamel… ¡en vinilo!
Deutsche Grammophon ha sorprendido a todos con un lanzamiento que, destinado a fines benéficos, se ha realizado exclusivamente en disco de vinilo: la Tercera de Mendelssohn que Gustavo Dudamel ofreció en su debut al frente de la Filarmónica de Viena en diciembre 2011. No sabemos qué motivos han llevado al sello amarillo a tomar esta decisión, ni si “el sistema” de orquestas venezolano se va a llevar mucho dinero del asunto toda vez que el personal -quitando a unos cuantos nostálgicos- no parece estar muy dispuesto a desempolvar su tocadiscos; en cualquier caso, es una pena que quienes estén interesados en ver qué hace nuestro artista con la Escocesa no puedan adquirir el correspondiente compacto.
Yo también tengo apartado desde hace tiempo mi giradiscos, pero he podido escuchar la interpretación gracias a la correspondiente toma radiofónica. ¿Resultados? Notables con reparos. Es esta una interpretación abiertamente juvenil, muy animada y extrovertida mas no por ello exenta de control, porque el pulso es firme y excelente el trazo. Logra además Dudamel que la recreación suene a Mendelssohn, acertando en el punto junto de equilibrio entre densidad y ligereza que demanda esta música. Y acierta sin duda a la hora de no relegar los aspectos dramáticos de la partitura frente a los luminosos, por muy atractivos que estos sean.
El problema es que la increíble belleza sonora de la Filarmónica de Viena se convierte para Dudamel en un verdadero canto de sirenas: fascinado por ella, el venezolano deja entrar más dulzura de la cuenta en determinadas frases, sobre todo en los movimientos pares, circunstancia que por cierto también se daba en el Don Juan de Strauss que abría la velada y que no ha sido editado comercialmente. Habrá a quien le guste la Escocesa así, pero a mí me parece un error: escúchese a Klemperer (enlace) para comprobar cómo desde la mayor adustez sonora se pueden alcanzar unos resultados conmovedores.
La citada recreación, más aún que la de Solti en DVD (enlace) y la antigua de Peter Maag (Decca), es la que más me gusta de cuantas he escuchado, excepción hecha de la del propio Klemperer con la Radio Bávara (EMI, 1969) en la que el final de Mendelssohn es sustituido por otro de carácter amargo escrito por el de Breslau. En cuanto a Dudamel, quede claro que su aportación no es desdeñable. Es de esperar que con el tiempo vaya madurando su concepto.
El problema es que la increíble belleza sonora de la Filarmónica de Viena se convierte para Dudamel en un verdadero canto de sirenas: fascinado por ella, el venezolano deja entrar más dulzura de la cuenta en determinadas frases, sobre todo en los movimientos pares, circunstancia que por cierto también se daba en el Don Juan de Strauss que abría la velada y que no ha sido editado comercialmente. Habrá a quien le guste la Escocesa así, pero a mí me parece un error: escúchese a Klemperer (enlace) para comprobar cómo desde la mayor adustez sonora se pueden alcanzar unos resultados conmovedores.
La citada recreación, más aún que la de Solti en DVD (enlace) y la antigua de Peter Maag (Decca), es la que más me gusta de cuantas he escuchado, excepción hecha de la del propio Klemperer con la Radio Bávara (EMI, 1969) en la que el final de Mendelssohn es sustituido por otro de carácter amargo escrito por el de Breslau. En cuanto a Dudamel, quede claro que su aportación no es desdeñable. Es de esperar que con el tiempo vaya madurando su concepto.
viernes, 20 de julio de 2012
Barenboim y la WEDO en Sevilla, 2012: Beethoven de síntesis
PS. Aprovecho para colocar un clip de YouTube con un fragmento del final de la Segunda ofrecido el viernes 20 de julio en los Proms. De este modo el lector que no pudo asistir al concierto de Sevilla se puede hacer una idea por sí mismo de los resultados.
_______________________________________________ Tres sinfonías de Beethoven en la más reciente comparecencia de Barenboim y la West-Eastern Divan en el Maestranza: la Primera -que ya interpretó aquí el pasado año- y la Segunda en la primera parte, con la orquesta relativamente reducida en tamaño, y Octava en la segunda con fuerzas considerablemente más nutridas, como ya imaginábamos quienes estuvimos el año pasado en Colonia asistiendo a la ejecución de la integral que fue grabada paralelamente por Decca. No hubo grandes diferencias con respecto a la edición discográfica aquí comentada, así que tengo que repetirme y explicar que el escuchado el pasado miércoles 18 de julio en el teatro sevillano fue un Beethoven de síntesis; menos combativo, vibrante y encendido que el que el propio Barenboim ofrecía en tiempos pasados, y más atento al vuelo lírico, la sensualidad, el encanto y la belleza apolínea. Alcanzó pues, y sin renunciar a la tradición interpretativa centroeuropea, un punto de equilibrio entre ambos polos ante el que difícilmente se pueden poner reparos.
De Primera sinfonía puedo repetir sin problemas lo que escribí sobre la interpretación del pasado año en el Maestranza: “la Primera Sinfonía no es obra de juventud sino de madurez, y como tal fue interpretada (…). En comparación con su recreación para el sello Teldec, esta interpretación ha girado de lo dionisíaco a lo apolíneo: se ha perdido -desdichadamente- parte de la fogosidad, la incisividad y el nervio que convertían a aquel registro en uno de los mejores de la discografía, pero se ha ganado en elegancia, en poesía, en hondura humanística y en calidez, además de seguir manteniendo su imaginativa flexibilidad”. Aprovecho ahora para añadir que los primeros violines ofrecieron por momentos un sonido en exceso metálico, mientras que las maderas estuvieron excelsas; el granadino Ramón Ortega, primer oboe de la Radio Bávara, tuvo las mejores oportunidades para demostrar una musicalidad exquisita.
La Segunda fue quizá un poco menos fogosa que la de Colonia, pero aun así estuvo llena de fuerza y músculo, que no de pesadez. La diferencia vino con el Larghetto, más lento y paladeado, un poco menos coqueto -no obstante estuvo lleno de encanto, de gracia y de ternura-, más reflexivo; en cualquier caso, resultó increíblemente hermoso, cálido y comunicativo. El resto, magnífico. ¿Hay algún director en el mundo capaz de ofrecer hoy una Segunda de este nivel? Después de haber hecho un amplio repaso de la discografía, lo dudo muchísimo.
La Octava fue rotunda, sanguínea, poderosa, desmintiendo esa enorme tontería que se lee a veces sobre el supuesto retorno al clasicismo por parte del autor, pero Barenboim supo aportar también mucho de elegancia, de delicadeza y de sentido del humor no poco gamberro y sarcástico. Y supo destacar, sobre todo, el vuelo lírico que a muchos directores se les escapa de las manos entre tanto frenesí. El fundamental crescendo del primer movimiento fue impresionante, aunque me quedo con lo que el maestro consiguió en el Allegro vivace conclusivo. La orquesta, por su parte, funcionó de maravilla no solo en los aspectos virtuosísticos, sino también en los expresivos.
Tras este enorme, sensacional concierto, el público reaccionó con el entusiasmo merecido. No hubo bis, pero Barenboim aprovechó los diez años del Diván en Andalucía para agradecer los esfuerzos realizados, para dar cuenta de la manera en que los músicos andaluces se han integrado en la orquesta mucho mejor que los alemanes y los norteamericanos lo hicieron en los primeros años de la WEDO, y para señalar que “independientemente de que gobierne un partido u otro, de que nos quieran aquí o no, este proyecto siempre será de todos ustedes y les recordaremos cada vez que toquemos por ahí”. Me emocionaron sus palabras, pero quien esto suscribe -y probablemente muchos otros melómanos- hubiéramos deseado que su agradecimiento se hubiera materializado en un mayor número de conciertos en nuestra comunidad autónoma.
jueves, 19 de julio de 2012
La pedantería del ignorante
Todos los que escribimos valoraciones sobre arte podemos ser bastante peligrosos según las circunstancias, pero hay un espécimen de crítico bastante sombrío sobre el que me gustaría alertar. Me refiero al pedante que intenta distinguirse de la mayoría intentando demostrar que sus gustos van por otro camino al de las presuntamente adocenadas e incultas masas de aficionados. Si a la mayoría del personal le gusta esto o lo otro, a mí me gusta aquello porque es más minoritario, más para paladares exquisitos, más presuntamente difícil de apreciar y, por ende, muestra un gusto mucho más evolucionado y una sensibilidad más desarrollada.
En el mundo de la crítica musical se podrían poner muchos ejemplos. Tal cantante famosísimo o tal director estrella nunca serán bien recibidos por estas firmas, al tiempo que éstas reivindican nombres más o menos oscuros -preferiblemente del pasado remoto- que demuestren la amplitud de su erudición y la exquisitez de su paladar. En el mundo de la escena lírica los ejemplos resultan más evidentes: los títulos de siempre son en general desdeñables salvo que venga un regista “modernísimo” que lo convierta en una caricatura del original. Y si a la mayoría del público le gustan determinados compositores, yo les hago asco salvo cuando un intérprete -generalmente de la escuela historicista- les quite densidad intelectual hasta desfigurarlos: ahí sí me que me pueden gustar, y lucharé con uñas y dientes para demostrar que “los míos” son los buenos y los que aplaude todo el mundo los malos, así me reafirmo en mi -en el fondo- débil, insegura y acomplejada personalidad.
Quien sepa un poquito de interpretación musical puede pillar en seguida a semejante tipo de plumífero. Desgraciadamente hay algo que les hace muy peligrosos: que muchas personas que están empezando a iniciarse en esto de la interpretación, o que no han estado en la ópera o el concierto reseñado pero se interesan por los resultados, cuando leen la reseña por ellos escrita pueden llevarse una impresión completamente equivocada del espectáculo pensando que el crítico no solo es más o menos honesto, sino que tiene un verdadero dominio de la materia sobre la que escribe. Incluso hay por ahí casos (pienso en “los tenores calaron bien las notas graves”, afirmación escrita por un crítico sevillano que fue impuesto a dedo por un político en una revista con la intención de apoyar a cierto músico colocado por él igualmente a dedo) en los que el uso tan petulante como equivocado de una terminología más o menos técnica podría dar una impresión de erudición ante quienes no dominan el tema. El resultado, una enorme burla al lector y una total falta de respeto a los músicos. Cuidado con ellos. Muerden.
En el mundo de la crítica musical se podrían poner muchos ejemplos. Tal cantante famosísimo o tal director estrella nunca serán bien recibidos por estas firmas, al tiempo que éstas reivindican nombres más o menos oscuros -preferiblemente del pasado remoto- que demuestren la amplitud de su erudición y la exquisitez de su paladar. En el mundo de la escena lírica los ejemplos resultan más evidentes: los títulos de siempre son en general desdeñables salvo que venga un regista “modernísimo” que lo convierta en una caricatura del original. Y si a la mayoría del público le gustan determinados compositores, yo les hago asco salvo cuando un intérprete -generalmente de la escuela historicista- les quite densidad intelectual hasta desfigurarlos: ahí sí me que me pueden gustar, y lucharé con uñas y dientes para demostrar que “los míos” son los buenos y los que aplaude todo el mundo los malos, así me reafirmo en mi -en el fondo- débil, insegura y acomplejada personalidad.
Quien sepa un poquito de interpretación musical puede pillar en seguida a semejante tipo de plumífero. Desgraciadamente hay algo que les hace muy peligrosos: que muchas personas que están empezando a iniciarse en esto de la interpretación, o que no han estado en la ópera o el concierto reseñado pero se interesan por los resultados, cuando leen la reseña por ellos escrita pueden llevarse una impresión completamente equivocada del espectáculo pensando que el crítico no solo es más o menos honesto, sino que tiene un verdadero dominio de la materia sobre la que escribe. Incluso hay por ahí casos (pienso en “los tenores calaron bien las notas graves”, afirmación escrita por un crítico sevillano que fue impuesto a dedo por un político en una revista con la intención de apoyar a cierto músico colocado por él igualmente a dedo) en los que el uso tan petulante como equivocado de una terminología más o menos técnica podría dar una impresión de erudición ante quienes no dominan el tema. El resultado, una enorme burla al lector y una total falta de respeto a los músicos. Cuidado con ellos. Muerden.
miércoles, 18 de julio de 2012
Segunda integral de las sinfonías de Beethoven por Brüggen
Cuando el pasado mes de mayo escuché en Úbeda a la Orquesta del siglo XVIII me sorprendió ver en el stand dispuesto por los propios músicos, entre muchos discos del sello Glossa, una grabación de la que no tenía noticia: nueva integral de las sinfonías de Beethoven a cargo de la formación holandesa y de su titular Frans Brüggen, registrada en directo en Rotterdam en octubre de 2011 y editada por ellos mismos bajo el sello The Grand Tour. Como me ofrecían un buen precio decidí comprarla, toda vez que -me aseguraban y es verdad: ni en la página web hay rastro- la cajita sólo se puede adquirir en Holanda. Dejando al margen la parquedad de la presentación y una toma sonora que resulta algo reverberante y no del todo clara, no me arrepiento lo más mínimo: se trata de la mejor integral con instrumentos originales, superando los artistas incluso la que ellos mismos había registrado -también en vivo- para Philips entre 1984 y 1992, que aun siendo de interés evidenciaba importantes limitaciones.
La gran virtud de esta nueva integral, como en la de Philips, radica en ofrecer una sonoridad completamente nueva para Beethoven -la historicista, por la utilización de instrumentos originales y el tratamiento de los mismos con una articulación particular- respetando la expresividad tradicional, con todo lo ésta que tiene de densidad, empuje y carácter dionisíaco. A Brüggen y sus músicos no les hace falta frasear a saltitos (Norrington), ni resultar más ásperos que el papel de lija (Gardiner), ni mostrarse abiertamente vulgares (Hogwood), ni condenar al personal al bostezo perpetuo (Van Immerseel). El holandés supo señalar, en fechas relativamente tempranas, que renovar al genial sordo en su sonido no significa trivializar -y menos aún ridiculizar- la carga expresiva de su música. Lo que ocurre es que ahora, en 2011, Brüggen dirige bastante mejor que antes, con mayor musicalidad e inspiración, y aunque vuelve a haber importantes puntos flacos -Sexta, Novena-, los resultados son ahora en la mayoría de las sinfonías superiores a los de antes.
Hay que hacer notar, en cualquier caso, que la propia personalidad de Brüggen va a marcar una dirección expresiva muy concreta, pues los aspectos más combativos, escarpados y rebeldes de la música de Beethoven van a esta en clara ventaja frente a los que tienen que ver con la cantabilidad, con el humanismo o con la distensión contemplativa; el sentido del humor, finalmente, es en Brüggen más bien sarcástico, y en cierto sentido recuerda -salvando las distancias- al de Klemperer, por lo que no hay nada aquí del encanto, del carácter juguetón o de la coquetería que tanto gusta poner en primer término al citado Norrington o al Abbado más reciente, entre otros. Por eso mismo no se comprende cómo algunos, alegremente, ponen este Beethoven al lado de los otros historicistas y enfrentado a los tradicionales, cuando en el fondo el holandés se encuentra más cerca de algunos de estos últimos que de la mayoría de los primeros.
Concretemos. En cuanto a la Primera, ya escribí en mi comparativa que Brüggen ofrece una lectura “en la misma línea que su interpretación anterior, amplia, con densidad no sonora pero sí conceptual, poderosa y con sentido dramático, añadiendo además una rusticidad propiamente historicista. Al segundo movimiento sigue faltándole un punto de emotividad, pero el tercero parece más conseguido. Los extremos, algo más lentos ahora y maravillosamente expuestos, son todavía mejores que antes”.
En su correspondiente comparativa, ya dije que en la Segunda “el maestro holandés repite y mejora su acercamiento de veintitrés años atrás haciendo uso de unos tempi más amplios que le permiten paladear mejor la música y, sobre todo, añadir la poesía que entonces le faltaba a un segundo movimiento que ahora sí que está bastante conseguido”.
La Heroica ya ofrecía antes un buen nivel. Ahora Brüggen vuelve a acertar al no caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos, pero por desgracia no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez adecuada. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en el cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director.
Nuestro artista corrige sustancialmente en la Cuarta las insuficiencias de su registro veintiún años anterior y ofrece una lectura en la misma línea rústica, áspera y con elevado sentido de lo dramático, pero paladeada ahora con mayor hondura, elocuencia y lenguaje beethoveniano. Aun sobran quizá algunos momentos de violencia que Brüggen suprimirá en su filmación del año siguiente con la Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda comentada en este mismo blog, si bien aquí en Rotterdam sí está la electricidad que más adelante se echará en falta. En cualquier caso, notabilísima interpretación en la que la falta de claridad de algunas líneas puede achacarse quizá a la toma sonora.
Siempre interesado por los aspectos combativos de la música beethoveniana, el maestro holandés mejora su antigua lectura de la Quinta eliminando violencia gratuita y atendiendo más a la naturalidad del fraseo, pero aun así no logra redondear su interpretación, resultando particularmente descafeinado el primer movimiento. En el segundo hay detalles poco convincentes. Tercero y cuarto son francamente buenos, aunque la transición entre ambos sigue sin estar bien resuelta. Aquí tienen, completita, una lectura ofrecida en Japón en 2002 que va por la misma línea que la comentada.
En la Pastoral, la gran ventaja de este registro frente al de Philips es la toma sonora, antes muy plana y sin graves, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con la que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores -ahora más natural y sin los tirones de tempo algo agresivos en la sección que imita a la zanfoña- y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura.
La Séptima vuelve a poner en evidencia las maneras de Brüggen: cuerda ácida, timbales secos, fraseo incisivo mas no pimpante, tempi moderados, sobriedad, tensión dramática y adecuado empuje, mejorando quizá el desequilibrio de planos sonoros que se daba en su registro anterior. De admirar de nuevo el interés por ofrecer un Beethoven en absoluto trivializado, aunque sigue echándose de menos la ausencia de calor humano; incluso puede hablarse de una relativa frialdad.
En la Octava nuestro artista ya no cae en la tosquedad ni en la violencia gratuita de su grabación de antaño, aunque de nuevo le falta una dosis de elegancia, refinamiento y vuelo lírico. También hay que censurar que el gran crescendo del primer movimiento no está del todo conseguido y que los timbales suenan un tanto excesivos, aunque esto último puede deberse en parte a la toma. En cualquier caso, una interesante lectura en una línea enérgica y poderosa, con garra, desde luego mucho antes dramática que distendida.
En la Novena Brüggen vuelve a fracasar con una lectura precipitada, cuadriculada, escasa en matices, desinteresada por el peso los silencios y sin rastro de poesía. También es cierto que patina fundamentalmente en los movimientos pares, bastante mediocres. El segundo, algo descafeinado, es en cualquier caso sensato y muy correcto, mientras que el cuarto hubiera funcionado de manera satisfactoria de no ser por la marcialidad de los primeros “freude” del coro -que no estaba en la grabación de 1992- y por la intervención del bajo Michael Tews, buena voz con serios problemas técnico. Blandorro Marcel Beekman, bien Rebecca Nash y Wilke te Brummelstroete. Notables los coros, Laurens Collegium y Laurens Cantorij de Rotterdam. Seguimos pues sin una Novena con instrumentos originales digna de escuchar, aunque al menos ésta no es para partirse de risa, como sí lo eran la de Norrington para EMI, la de Herreweghe para Harmonia Mundi y, sobre todo, la de Hogwood en Decca.
En cualquier caso, e independientemente de las irregularidades señaladas, nos encontramos ante una integral de mucho interés cuyo conocimiento sería casi inexcusable -esto es más que un experimento- si no fuera por la imposibilidad de comprarla fuera de las fronteras holandesas. Lo ideal sería que Glossa la editara en condiciones y le diera distribución mundial. Si alguno de sus responsables leyera por casualidad estas líneas, rogamos escuche nuestras súplicas.
La gran virtud de esta nueva integral, como en la de Philips, radica en ofrecer una sonoridad completamente nueva para Beethoven -la historicista, por la utilización de instrumentos originales y el tratamiento de los mismos con una articulación particular- respetando la expresividad tradicional, con todo lo ésta que tiene de densidad, empuje y carácter dionisíaco. A Brüggen y sus músicos no les hace falta frasear a saltitos (Norrington), ni resultar más ásperos que el papel de lija (Gardiner), ni mostrarse abiertamente vulgares (Hogwood), ni condenar al personal al bostezo perpetuo (Van Immerseel). El holandés supo señalar, en fechas relativamente tempranas, que renovar al genial sordo en su sonido no significa trivializar -y menos aún ridiculizar- la carga expresiva de su música. Lo que ocurre es que ahora, en 2011, Brüggen dirige bastante mejor que antes, con mayor musicalidad e inspiración, y aunque vuelve a haber importantes puntos flacos -Sexta, Novena-, los resultados son ahora en la mayoría de las sinfonías superiores a los de antes.
Hay que hacer notar, en cualquier caso, que la propia personalidad de Brüggen va a marcar una dirección expresiva muy concreta, pues los aspectos más combativos, escarpados y rebeldes de la música de Beethoven van a esta en clara ventaja frente a los que tienen que ver con la cantabilidad, con el humanismo o con la distensión contemplativa; el sentido del humor, finalmente, es en Brüggen más bien sarcástico, y en cierto sentido recuerda -salvando las distancias- al de Klemperer, por lo que no hay nada aquí del encanto, del carácter juguetón o de la coquetería que tanto gusta poner en primer término al citado Norrington o al Abbado más reciente, entre otros. Por eso mismo no se comprende cómo algunos, alegremente, ponen este Beethoven al lado de los otros historicistas y enfrentado a los tradicionales, cuando en el fondo el holandés se encuentra más cerca de algunos de estos últimos que de la mayoría de los primeros.
Concretemos. En cuanto a la Primera, ya escribí en mi comparativa que Brüggen ofrece una lectura “en la misma línea que su interpretación anterior, amplia, con densidad no sonora pero sí conceptual, poderosa y con sentido dramático, añadiendo además una rusticidad propiamente historicista. Al segundo movimiento sigue faltándole un punto de emotividad, pero el tercero parece más conseguido. Los extremos, algo más lentos ahora y maravillosamente expuestos, son todavía mejores que antes”.
En su correspondiente comparativa, ya dije que en la Segunda “el maestro holandés repite y mejora su acercamiento de veintitrés años atrás haciendo uso de unos tempi más amplios que le permiten paladear mejor la música y, sobre todo, añadir la poesía que entonces le faltaba a un segundo movimiento que ahora sí que está bastante conseguido”.
La Heroica ya ofrecía antes un buen nivel. Ahora Brüggen vuelve a acertar al no caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos, pero por desgracia no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez adecuada. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en el cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director.
Nuestro artista corrige sustancialmente en la Cuarta las insuficiencias de su registro veintiún años anterior y ofrece una lectura en la misma línea rústica, áspera y con elevado sentido de lo dramático, pero paladeada ahora con mayor hondura, elocuencia y lenguaje beethoveniano. Aun sobran quizá algunos momentos de violencia que Brüggen suprimirá en su filmación del año siguiente con la Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda comentada en este mismo blog, si bien aquí en Rotterdam sí está la electricidad que más adelante se echará en falta. En cualquier caso, notabilísima interpretación en la que la falta de claridad de algunas líneas puede achacarse quizá a la toma sonora.
Siempre interesado por los aspectos combativos de la música beethoveniana, el maestro holandés mejora su antigua lectura de la Quinta eliminando violencia gratuita y atendiendo más a la naturalidad del fraseo, pero aun así no logra redondear su interpretación, resultando particularmente descafeinado el primer movimiento. En el segundo hay detalles poco convincentes. Tercero y cuarto son francamente buenos, aunque la transición entre ambos sigue sin estar bien resuelta. Aquí tienen, completita, una lectura ofrecida en Japón en 2002 que va por la misma línea que la comentada.
En la Pastoral, la gran ventaja de este registro frente al de Philips es la toma sonora, antes muy plana y sin graves, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con la que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores -ahora más natural y sin los tirones de tempo algo agresivos en la sección que imita a la zanfoña- y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura.
La Séptima vuelve a poner en evidencia las maneras de Brüggen: cuerda ácida, timbales secos, fraseo incisivo mas no pimpante, tempi moderados, sobriedad, tensión dramática y adecuado empuje, mejorando quizá el desequilibrio de planos sonoros que se daba en su registro anterior. De admirar de nuevo el interés por ofrecer un Beethoven en absoluto trivializado, aunque sigue echándose de menos la ausencia de calor humano; incluso puede hablarse de una relativa frialdad.
En la Octava nuestro artista ya no cae en la tosquedad ni en la violencia gratuita de su grabación de antaño, aunque de nuevo le falta una dosis de elegancia, refinamiento y vuelo lírico. También hay que censurar que el gran crescendo del primer movimiento no está del todo conseguido y que los timbales suenan un tanto excesivos, aunque esto último puede deberse en parte a la toma. En cualquier caso, una interesante lectura en una línea enérgica y poderosa, con garra, desde luego mucho antes dramática que distendida.
En la Novena Brüggen vuelve a fracasar con una lectura precipitada, cuadriculada, escasa en matices, desinteresada por el peso los silencios y sin rastro de poesía. También es cierto que patina fundamentalmente en los movimientos pares, bastante mediocres. El segundo, algo descafeinado, es en cualquier caso sensato y muy correcto, mientras que el cuarto hubiera funcionado de manera satisfactoria de no ser por la marcialidad de los primeros “freude” del coro -que no estaba en la grabación de 1992- y por la intervención del bajo Michael Tews, buena voz con serios problemas técnico. Blandorro Marcel Beekman, bien Rebecca Nash y Wilke te Brummelstroete. Notables los coros, Laurens Collegium y Laurens Cantorij de Rotterdam. Seguimos pues sin una Novena con instrumentos originales digna de escuchar, aunque al menos ésta no es para partirse de risa, como sí lo eran la de Norrington para EMI, la de Herreweghe para Harmonia Mundi y, sobre todo, la de Hogwood en Decca.
En cualquier caso, e independientemente de las irregularidades señaladas, nos encontramos ante una integral de mucho interés cuyo conocimiento sería casi inexcusable -esto es más que un experimento- si no fuera por la imposibilidad de comprarla fuera de las fronteras holandesas. Lo ideal sería que Glossa la editara en condiciones y le diera distribución mundial. Si alguno de sus responsables leyera por casualidad estas líneas, rogamos escuche nuestras súplicas.
martes, 17 de julio de 2012
Mentiras sobre el Diván
Cada vez que Daniel Barenboim y su orquesta multicultural regresan a Sevilla -mañana miércoles 18 de julio actúan en el Maestranza con las sinfonías Primera, Segunda y Octava de Beethoven- aparecen unas cuantas voces -siempre las mismas- arrojando toda su furia sobre ellos. Obviamente cada persona puede tener una opinión sobre el de Buenos Aires, sobre su proyecto y sobre la implicación de la Junta de Andalucía en el mismo. Es de respetar, faltaría más. Lo que no solo no es respetable, sino abiertamente denunciable, es que se mienta con todo el descaro y se manipule la información. Y una vez más se sigue mintiendo. Por eso mismo escribo estas líneas.
Una de los embustes más repetidos es que la West-Eastern Divan es una orquesta de bolos. Sobre ello ya dije algo en una entrada anterior. Como parece que no se enteran, lo repito: “orquesta de bolos” es la que realiza pequeñas giras o actividades puntuales con un nivel técnico considerablemente mediocre. La Orquesta de Cámara de Colonia que dentro de unos días viene a Jerez -esa misma que a finales de los ochenta ofrecía conciertos en El Salvador de Sevilla poniendo siempre carteles con La cuatro estaciones- sería un ejemplo perfecto: unos cuantos músicos de medio pelo que hacen su gira veraniega para sacar unos cuartos. No es el caso de la WEDO, cuyo nivel técnico está no solo muy por encima de las formaciones verdaderamente “de bolos”, sino también de algunas orquestas estables de suelo hispano; sin ir más lejos, de la de Málaga. Eso sí, como insulto queda muy bien, y para mover al desprecio al lector desinformado, mucho mejor.
Se repite también insistentemente que la WEDO es una orquesta “de niños” o “de chavales”. ¡Mentira! Lo era hace un par de lustros. Ahora están bastante creciditos. Lo recordó ayer en Madrid el propio Barenboim durante la rueda de prensa organizada por Decca para promocionar su nueva integral de las sinfonías de Beethoven: como ha recogido la agencia EFE (enlace), actualmente agrupa músicos entre los 15 y 43 años. Michael Barenboim, el primer violín, es ahora un señor felizmente casado, fuma en pipa e interpreta de manera alucinante una de las obras más difíciles de todo el repertorio, el concierto de Schoenberg. Su buen amigo y colega en los primeros violines Guy Braunstein figura como primer concertino de la Filarmónica de Berlín. Y por ahí andan primeros atriles de orquestas como la Radio Bávara o la Filarmónica de Israel, alguno de ellos de origen andaluz, por cierto. ¿Que quedan aún algunos adolescentes? Pocos. La “de niños” es ahora la Orquesta Al-Andalus, a la que pudimos escuchar el año pasado en Ronda y hacer dos en Jaén, ejerciendo de cantera del Diván. Pero en la actual WEDO, lo pudimos comprobar el año pasado en Colonia, la mayoría van ya para los cuarenta. Eso sí, calificarles como “chavales” es ideal para manejar a la opinión pública. Periodismo basura se llama eso.
Otra falsedad, muy puntual pero insistente, es decir que Barenboim ha fracasado en su proyecto porque no ha logrado la paz entre los bandos. Por favor. ¡Si el artista ha repetido por activa y por pasiva que en modo alguno van a conseguir nunca resolver el conflicto con unos conciertos! ¿Acaso debemos los profesores, por ejemplo, renunciar a hacer con nuestros alumnos actividades en busca de la paz -la de Oriente, la del País Vasco o la que sea- solo por el hecho de que nuestro testimonio puntual no vaya a servir de nada ante el conflicto real? Lo que Barenboim y su orquesta sí ha conseguido plenamente, y de eso se trata, es llamar la atención sobre la manera en que la música sirve de ejemplo para enfrentarse a los conflictos, sobre la necesidad de escucharse en política al igual que lo hacen los miembros de una orquesta, y sobre la posibilidad de extender el modelo musical hacia otras esferas de la vida, todo ello partiendo de la base de la convivencia durante unas semanas de músicos con origen en los bandos enfrentados. Éxito total, y encima con resultados musicales de altura.
Para terminar, la mentira más evidente, la de que Barenboim se enriquece con los conciertos de la WEDO. Ayer el artista lo volvió a aclarar: en trece años no se ha llevado un duro del Diván (enlace). Obviamente la orquesta cobra por los conciertos que ofrece fuera de Andalucía, pero se entiende -y si no es así, que alguien lo demuestre- que lo recaudado va destinado a sufragar las actividades de la Fundación. Y creo que parece claro que una figura artística del calibre y la fama del de Buenos Aires podría sacar mucho, pero que mucho dinero en esas tres semanas anuales que dedica a su proyecto, si en vez de girar con los "chavales" se dedicara a tocar el piano o a dirigir grandes orquestas en los festivales que todos tenemos en mente.
Insistimos, puede y debe consentirse que algunos despotriquen todo lo que quieran, pero no debemos tolerar que mientan. Porque la mentira, unida con el odio más enconado y una buena dosis de ignorancia sobre la historia de la interpretación musical, sazonada con unas gotas de pedantería (ya se sabe que lo que gusta a muchos nunca debe ser plato para los exquisitos), termina produciendo efectos devastadores.
Ah, una puntualización por si sale algún listillo: ni he escrito las notas al programa del concierto de Sevilla, ni conozco personalmente al señor Barenboim. ¿Enterados?
Se repite también insistentemente que la WEDO es una orquesta “de niños” o “de chavales”. ¡Mentira! Lo era hace un par de lustros. Ahora están bastante creciditos. Lo recordó ayer en Madrid el propio Barenboim durante la rueda de prensa organizada por Decca para promocionar su nueva integral de las sinfonías de Beethoven: como ha recogido la agencia EFE (enlace), actualmente agrupa músicos entre los 15 y 43 años. Michael Barenboim, el primer violín, es ahora un señor felizmente casado, fuma en pipa e interpreta de manera alucinante una de las obras más difíciles de todo el repertorio, el concierto de Schoenberg. Su buen amigo y colega en los primeros violines Guy Braunstein figura como primer concertino de la Filarmónica de Berlín. Y por ahí andan primeros atriles de orquestas como la Radio Bávara o la Filarmónica de Israel, alguno de ellos de origen andaluz, por cierto. ¿Que quedan aún algunos adolescentes? Pocos. La “de niños” es ahora la Orquesta Al-Andalus, a la que pudimos escuchar el año pasado en Ronda y hacer dos en Jaén, ejerciendo de cantera del Diván. Pero en la actual WEDO, lo pudimos comprobar el año pasado en Colonia, la mayoría van ya para los cuarenta. Eso sí, calificarles como “chavales” es ideal para manejar a la opinión pública. Periodismo basura se llama eso.
Otra falsedad, muy puntual pero insistente, es decir que Barenboim ha fracasado en su proyecto porque no ha logrado la paz entre los bandos. Por favor. ¡Si el artista ha repetido por activa y por pasiva que en modo alguno van a conseguir nunca resolver el conflicto con unos conciertos! ¿Acaso debemos los profesores, por ejemplo, renunciar a hacer con nuestros alumnos actividades en busca de la paz -la de Oriente, la del País Vasco o la que sea- solo por el hecho de que nuestro testimonio puntual no vaya a servir de nada ante el conflicto real? Lo que Barenboim y su orquesta sí ha conseguido plenamente, y de eso se trata, es llamar la atención sobre la manera en que la música sirve de ejemplo para enfrentarse a los conflictos, sobre la necesidad de escucharse en política al igual que lo hacen los miembros de una orquesta, y sobre la posibilidad de extender el modelo musical hacia otras esferas de la vida, todo ello partiendo de la base de la convivencia durante unas semanas de músicos con origen en los bandos enfrentados. Éxito total, y encima con resultados musicales de altura.
Para terminar, la mentira más evidente, la de que Barenboim se enriquece con los conciertos de la WEDO. Ayer el artista lo volvió a aclarar: en trece años no se ha llevado un duro del Diván (enlace). Obviamente la orquesta cobra por los conciertos que ofrece fuera de Andalucía, pero se entiende -y si no es así, que alguien lo demuestre- que lo recaudado va destinado a sufragar las actividades de la Fundación. Y creo que parece claro que una figura artística del calibre y la fama del de Buenos Aires podría sacar mucho, pero que mucho dinero en esas tres semanas anuales que dedica a su proyecto, si en vez de girar con los "chavales" se dedicara a tocar el piano o a dirigir grandes orquestas en los festivales que todos tenemos en mente.
Insistimos, puede y debe consentirse que algunos despotriquen todo lo que quieran, pero no debemos tolerar que mientan. Porque la mentira, unida con el odio más enconado y una buena dosis de ignorancia sobre la historia de la interpretación musical, sazonada con unas gotas de pedantería (ya se sabe que lo que gusta a muchos nunca debe ser plato para los exquisitos), termina produciendo efectos devastadores.
Ah, una puntualización por si sale algún listillo: ni he escrito las notas al programa del concierto de Sevilla, ni conozco personalmente al señor Barenboim. ¿Enterados?
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