martes, 31 de julio de 2012

Buena música, mala música

Mi viaje de las vacaciones veraniegas del 2011 fue a Colonia; mis objetivos eran hincharme de ver románico y escuchar la integral de las sinfonías de Beethoven por Daniel Barenboim y la WEDO. Ahora acabo de volver del de este año: ruta por el Midi francés -vuelo desde Sevilla hasta Toulouse- para hartarme de nuevo de ver románico, y además participar en las celebraciones anuales que el Ensemble Organum realiza por la fiesta de Santiago en Saint-Pierre de Moissac, especiales en esta ocasión por celebrarse las tres décadas de la fundación del grupo por Marcel Pérès. Alguien se extrañará por la aparente contradicción en quien esto suscribe: muy "carca” para algunas cuestiones musicales, muy “moderno” para otras. Y quien más o menos conozca mis gustos sabrá que tengo otras presuntas contradicciones también en materia de interpretación.

Yo Moissac

Pues bien, confieso que me emocionan profundamente Beethoven y Wagner, pero al mismo tiempo me fascinan el canto viejo romano, la Escuela de Notre-Dame y el Ars Subtilior; que Verdi me parece el más genial compositor de óperas de todos los tiempos sin menoscabo de disfrutar a tope las creaciones líricas de Mozart o de la Segunda Escuela de Viena; que sigo adorando a Tchaikovsky y a Rachmaninov mientras escucho subyugado a Lutoslaswki, Xenakis y Boulez; que mis versiones favoritas de los Conciertos de Brandemburgo son por igual las "tradicionales" de Leppard y las "rompedoras" de Goebel, que el Bach de Barenboim me parece genial y que el Schubert al fortepiano de Andreas Staier me gusta mucho. Y que ciertas óperas de Donizetti me transmiten tanto sopor como las páginas de Arvo Pärt, o como algunas recuperaciones de barrocos olvidados a cargo de la orquesta barroca de turno; y que el sonrojo que me producen las creaciones de Tomás Marco me viene también con las zarzuelas de Jacinto Guerrero sin que pueda evitarlo.

A veces nos olvidamos de que la música no debería dividirse entre "la rancia” o “la progre”, o la de los "burgueses" y la de los "modernitos", sino sencillamente entre la “buena” y la “mala”, es decir, entre la que le gusta a cada uno de nosotros y no nos gusta… ¡después de haberlas escuchado y de pensar un poquito sobre ellas, claro! Cosas tan evidentes es necesario recordarlas en ciertos momentos. Por ejemplo ahora, cuando algunos hacen el ridículo atacando al Beethoven de Barenboim solo para aparentar desdén hacia interpretaciones presuntamente obsoletas, aburguesadas o -lo que para ellos es peor- del gusto del gran público. Y tiempos también en los que los melómanos que van de "defensores del arte verdadero" frente a estos últimos montan bochornosas campañas en contra de que se ofrezca en el Teatro Real el acojonante Moisés y Aarón de Schoenberg aludiendo a cuestiones económicas, cuando éstas no intentan sino enmascarar una peligrosa mezcla de estrechez mental (escuchar semejante partitura exige un esfuerzo: el mismo que el Beethoven de Barenboim) y de prejuicios ideológicos propios de la caverna más reaccionaria.

Hoy día no resulta muy difícil convencer al personal de que con un buen portal románico, como este de Moissac que tantos lustros me había llevado deseando ver en directo, se puede disfrutar tanto como ante un lienzo de Velázquez -para mí, el mejor pintor de la historia- o ante uno de Kandinsky, por mucho que al neófito puedan chocar las "manchas" de este último. Y que un templo gótico mediocre será siempre eso, mediocre, por mucho “encanto medieval” que albergue, y que por ende podrá resultar igual de desdeñable que no poca de la pintura académica del XIX o alguna de la basura que se pinta hoy día. Aplicar parecido razonamiento para la música resulta sin embargo demasiado complicado para algunos, cuando en realidad solo hay que abrir un poco la mente, olvidar apriorismos sectarios y dejarse llevar. Lástima.

3 comentarios:

maac dijo...

No sé muy bien lo que pasara fuera de nuestras fronteras pero por aquí se tiende a politizarlo todo, pero la culpa no es sólo de nuestros dirigentes sino también de muchos artistas y creadores. Así nos va.
Si el poder ve el arte como una amenaza y no como una fuente de riqueza cultural y económica en cuanto se presenta la ocasión saca la tijera. Creo que es un rasgo endémico en la sociedad española, habría que inventar algún tipo de vacuna, para un sector y para el otro, son dos enfermedades distintas pero que inciden sobre el mismo sujeto.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Tienes mucha razón, Maac, pero me temo que no es sólo cosa nuestra. Hace unos días tuve la ocasión de ojear la programación operística y de conciertos de Toulouse para la próxima temporada y, dentro de su innegable buen nivel artístico, es de un rancio que echa para atrás... y no precisamente muy extensa en cantidad. No parece que sea un buen momento para la cultura, precisamente.

HATOROS dijo...

ME GUSTARÍA SABER CUANTAS MÚSICAS RECREA CADA INSTRUMENTO POR SÍ MISMO EN LO MÁS HERMOSO QUE HE ESCUCHADO EN VIDA CONCIERTOS DE BRADEMBURGO