viernes, 20 de julio de 2012

Barenboim y la WEDO en Sevilla, 2012: Beethoven de síntesis

PS. Aprovecho para colocar un clip de YouTube con un fragmento del final de la Segunda ofrecido el viernes 20 de julio en los Proms. De este modo el lector que no pudo asistir al concierto de Sevilla se puede hacer una idea por sí mismo de los resultados.
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Tres sinfonías de Beethoven en la más reciente comparecencia de Barenboim y la West-Eastern Divan en el Maestranza: la Primera -que ya interpretó aquí el pasado año- y la Segunda en la primera parte, con la orquesta relativamente reducida en tamaño, y Octava en la segunda con fuerzas considerablemente más nutridas, como ya imaginábamos quienes estuvimos el año pasado en Colonia asistiendo a la ejecución de la integral que fue grabada paralelamente por Decca. No hubo grandes diferencias con respecto a la edición discográfica aquí comentada, así que tengo que repetirme y explicar que el escuchado el pasado miércoles 18 de julio en el teatro sevillano fue un Beethoven de síntesis; menos combativo, vibrante y encendido que el que el propio Barenboim ofrecía en tiempos pasados, y más atento al vuelo lírico, la sensualidad, el encanto y la belleza apolínea. Alcanzó pues, y sin renunciar a la tradición interpretativa centroeuropea, un punto de equilibrio entre ambos polos ante el que difícilmente se pueden poner reparos.


La sonoridad fue cálida y redonda, mostrando una gran atención a las voces intermedias y evitando esa delgadez de la cuerda y esa agresividad de los metales que gustan a los oídos acostumbrados a las lecturas historicistas. El fraseo resultó siempre muy elegante y natural, basado en el legato y en la cantabilidad de las frases largas, y aplicando una gran cantidad de matices agógicos -Barenboim cada día se muestra más imaginativo- que en absoluto rompieron la unidad del discurso y que, al contrario que ocurre con otros grandes directores, nunca estuvieron pensados en aras del preciosismo. Las dinámicas estuvieron trabajadas de manera admirable, con mucha sutileza en las gradaciones y atendiendo a la claridad en los crescendos planificándolos de manera particular para cada familia instrumental (ahí Barenboim imita al Mahler director, él mismo lo ha reconocido). Y se otorgó, finalmente, una enorme importancia a la relación entre los solistas, por momentos con un espíritu en cierto modo camerístico, como si el maestro quisiera aplicar a su orquesta multicultural no solo el espíritu de diálogo reivindicado en el conflicto palestino-israelí, sino también los planteamientos que le servían de base cuando trabajaba junto a la English Chamber Orchestra.

De Primera sinfonía puedo repetir sin problemas lo que escribí sobre la interpretación del pasado año en el Maestranza: “la Primera Sinfonía no es obra de juventud sino de madurez, y como tal fue interpretada (…). En comparación con su recreación para el sello Teldec, esta interpretación ha girado de lo dionisíaco a lo apolíneo: se ha perdido -desdichadamente- parte de la fogosidad, la incisividad y el nervio que convertían a aquel registro en uno de los mejores de la discografía, pero se ha ganado en elegancia, en poesía, en hondura humanística y en calidez, además de seguir manteniendo su imaginativa flexibilidad”. Aprovecho ahora para añadir que los primeros violines ofrecieron por momentos un sonido en exceso metálico, mientras que las maderas estuvieron excelsas; el granadino Ramón Ortega, primer oboe de la Radio Bávara, tuvo las mejores oportunidades para demostrar una musicalidad exquisita.

La Segunda fue quizá un poco menos fogosa que la de Colonia, pero aun así estuvo llena de fuerza y músculo, que no de pesadez. La diferencia vino con el Larghetto, más lento y paladeado, un poco menos coqueto -no obstante estuvo lleno de encanto, de gracia y de ternura-, más reflexivo; en cualquier caso, resultó increíblemente hermoso, cálido y comunicativo. El resto, magnífico. ¿Hay algún director en el mundo capaz de ofrecer hoy una Segunda de este nivel? Después de haber hecho un amplio repaso de la discografía, lo dudo muchísimo.


La Octava fue rotunda, sanguínea, poderosa, desmintiendo esa enorme tontería que se lee a veces sobre el supuesto retorno al clasicismo por parte del autor, pero Barenboim supo aportar también mucho de elegancia, de delicadeza y de sentido del humor no poco gamberro y sarcástico. Y supo destacar, sobre todo, el vuelo lírico que a muchos directores se les escapa de las manos entre tanto frenesí. El fundamental crescendo del primer movimiento fue impresionante, aunque me quedo con lo que el maestro consiguió en el Allegro vivace conclusivo. La orquesta, por su parte, funcionó de maravilla no solo en los aspectos virtuosísticos, sino también en los expresivos.

Tras este enorme, sensacional concierto, el público reaccionó con el entusiasmo merecido. No hubo bis, pero Barenboim aprovechó los diez años del Diván en Andalucía para agradecer los esfuerzos realizados, para dar cuenta de la manera en que los músicos andaluces se han integrado en la orquesta mucho mejor que los alemanes y los norteamericanos lo hicieron en los primeros años de la WEDO, y para señalar que “independientemente de que gobierne un partido u otro, de que nos quieran aquí o no, este proyecto siempre será de todos ustedes y les recordaremos cada vez que toquemos por ahí”. Me emocionaron sus palabras, pero quien esto suscribe -y probablemente muchos otros melómanos- hubiéramos deseado que su agradecimiento se hubiera materializado en un mayor número de conciertos en nuestra comunidad autónoma.

5 comentarios:

Julio Salvador Belda Vaguer dijo...

Estimado Fernando, agradecerte en primer lugar esta reseña. Tuve la suerte de poder asistir a este, creo, memorable concierto del maestro Baremboim y poco puedo añadir a tus acertados comentarios.
Sencillamente fue un concierto maravilloso, un Beethoven que pese a las críticas suena realmente fantástico y que se nos ofrece con una sutileza de detalles y matices que le llegan a uno al alma.
Como te pasó experimenté idénticas sensaciones. Sus palabras finales al público del Maestranza me emocionaron pero a la par me dejaron preocupado (algo al respect dejé en un anterior comentario). Y sí, necesitamos que se prodigue más en este auditorio a ver si a los responsables se les hace la luz y entienden el enorme valor de este proyecto.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Gracias, Julio. Efectivamente, una de las mejores cosas del concierto fue la asombrosa gama de matices que fue capaz de ofrecer Barenboim. Precisamente ahora estoy escuchando en directo la retransmisión desde los Proms y vuelvo a quedar impresionado. ¡Y pasmosa la interpretación de la increíble obra de Boulez insertada entre las sinfonías Primera y Segunda! El público londinense, por cierto, no se guarda el entusiasmo, pues andan aplaudiendo entre movimiento y movimiento.

Encuanto a las críticas... Bueno, tiempo yo ya sabía que en un medio concreto iba a aparecer una reseña sumamente agresiva con la intención de hacer el mayor daño posible. Lo que no esperaba es que alguien más escribiera las ideas en ella vertida; aunque ahora que lo pienso, cuando no se sabe qué poner, se aguza la oreja en el intermedio a ver qué dice el vecino de butaca. Saludos.

Julio Salvador Belda Vaguer dijo...

Enviadia quizá querido Fernando. Esperemos que la cordura se abra paso entre tanta mente pensante y se quede en casa ese maravilloso proyecto y representante internacional de una tierra siempre abierta.

Anónimo dijo...

ciertamente el articulo del ABC estaba escrito con muy mala leche. dado que valoraron el concierto en clave politica y no musical, la valoracion de éste no es objetiva, sino subjetiva y dominada por los odios y recores varios. De todas formas se alegrará que ya no haya mas conciertos del divan en Andalucia puesto que las palabras del Maestro sonaron claramente a despedida.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

A mí lo que me parece destacable de la crítica del ABC (aunque no me sorprende, conociendo los antecedentes, es que su única argumentación estética para valorar negativamente el concierto es exactamente la misma que la de la crítica de El Correo; nótese la buena relación personal entre los dos autores.

Ni que decir tiene que estoy por completo en desacuerdo con semejante valoración, por decirlo muy suavemente.

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