sábado, 2 de marzo de 2019

Chailly y Znaider en Leigpiz

Blu-ray del sello Accentus recogiendo, con excepcional calidad de imagen y sonido, dos interpretaciones a cargo de Nikolaj Znaider, Riccardo Chailly y la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, aun en los tiempos en los que el milanés se encontraba a su frente: el Concierto para violín de Beethoven y el Concierto para violín nº 1 de Mendelssohn.



Salvando la moderación del vibrato, apenas se detectan en Beethoven las pretendidas influencias del historicismo en la dirección de un Chailly mucho más centrado que en su lamentable integral de las sinfonías del de Bonn. Se trata, de hecho, de una interpretación sensata y ortodoxa, muy bien expuesta y de hermoso canto en el fraseo, aunque tampoco se puede decir que se muestre afín con el universo beethoveniano, particularmente en un primer movimiento considerablemente frío. Mejora el segundo y convence en un tercero de corte apolíneo pero dicho con convicción.

Lo extraño es Znaider, que arranca con cierta incomodidad en el registro agudo –por momentos parece desafinado– y no termina de sintonizar nunca con el espíritu de la pieza, con su poesía ni con su humanismo, como si quisiera limitarse a concatenar sonidos bellos. Ya en el Larghetto se muestra más sólido en su sonido –carnoso y muy homogéneo– y logra cantar con cierta hondura la música, para en el Rondo conclusivo ofrecer luminosidad, entusiasmo y sincero optimismo bajo un perfecto control de los medios. Una interpretación que va de menos a más, pues, pero que pincha en toda la primera mitad de la obra. De propina, Sarabande de la Partita nº 1 de Bach, en lectura de articulación recortada, abundantes asperezas y concentrada intensidad dramática. Sonido e imagen excepcionales.

Como en las dos grabaciones radiofónicas que le conocía junto a Barenboim, en Mendelssohn Znaider vuelve a ofrecer un verdadero derroche de belleza en el sonido violinístico –carnoso, homogéneo, de refulgente agudo–, de agilidad en la mano izquierda y de cantabilidad en el fraseo, así como una musicalidad que le permite atender tanto a la faceta luminosa y vibrante de la página como a los acentos líricos y dolientes que alberga. Sin embargo, aparece aquí algo menos centrado en lo expresivo, no tan inspirado, posiblemente por culpa de la dirección de un Chailly que, en todo momento gran concertador y sin sacar los pies del plato –sin los preciosismos de su Midsummer hace poco comentado– se muestra un tanto cuadriculado y en más de un momento llega a precipitarse. Sacrificar efervescencia para dejar volar más la música hubiera sido interesante, qué quieren que les diga. De propina, Sarabande de la Partita nº 2 de Bach en la misma línea que la anterior.

No sé hasta qué punto puedo recomendar este producto. Ustedes mismos.

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