sábado, 25 de agosto de 2012

Primer concierto para piano de Shostakovich: discografía comparada

El relativamete breve Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerda de Dmitri Shostakovich es en realidad, a todos los efectos, su Concierto para piano nº 1, toda vez que las intervenciones del solista de viento son más bien puntuales y no tienen la importancia de las del teclado. La partitura resulta de lo más atractiva por la manera de combinar el mundo gamberro, iconoclasta y lleno de sarcasmo propio de los primeros años del autor -se dectectan con claridad las influencias de la música vodevilesca y de sus trabajos frente al piano para el cine mudo- con el nihilismo que estallará poco más tarde con su Cuarta Sinfonía y luego se convertirá en emblemático de su música de cámara y de su sinfonismo más comprometido.

La obra se estrenó en San Petersburgo en 1933 con el propio compositor al piano. Se divide en cuatro movimientos, de los cuales los dos últimos forman en realidad una unidad, lo que a la postre nos entrega en la tradicional estructura de rápido-lento-rápido.

1. Allegretto 
2. Lento 
3. Moderato 
4. Allegro con brio




1. Kapell, Krauss. Ormandy/Philadelphia (Arbiter, 1945). Esta grabación en vivo, tan solo doce años posterior al estreno mundial, interesa ante todo por ser testimonio del malogrado Williams Kapell, quien no solo se muestra sobrado de técnica para abordar la obra sino que además, aun entre momentos dichos un tanto de pasada, hace gala de sinceridad, compromiso y una apreciable musicalidad. Parecidos desequilibrios presenta Ormandy, quien junto a un Lento muy conseguido ofrece dos movimientos extremos con desigualdades -superficial el primero- y alguna que otra chapuza propia del directo. (7)



2. Shostakovich, Vaillant. Cluytens/Nacional de la Radio de Francia (EMI, 1958). Sorprende ver que el habitualmente lírico y refinado Cluytens se desenvuelve sin problemas entre las negras sombras y el sarcasmo del autor de La nariz, lo que podría explicarse en parte, en este registro grabado con sonido monofónico, por la presencia del propio compositor al teclado. Este no es el mejor de los pianistas posibles, ni el más ágil ni el de sonido más variado, pero indica con claridad el sendero que hay que seguir: con trazo flexible y matizado, evitando lo trivial, potenciando los aspectos más amargos de la página y no tomando el movimiento final como un desahogo festivo ni como una excusa para epatar al personal con un despliegue de virtuosismo vacuo. Una interpretación que hay que conocer. (9)



3. Previn, Vacchiano. Bernstein/Nueva York (Sony, 1962). Aun en fechas relativamente tempranas, Bernstein manifiesta una perfecta comprensión del universo sonoro del compositor con esta encendida lectura que, sin renunciar a lo que de lúdico y brillante alberga, apuesta por un sentido del humor más bien agrio en los movimientos extremos y por el pathos en un Lento paladeado con concentración, hondura y una turbia atmósfera jazzística a la que contribuye el experto trompetista de la orquesta neoyorquina. Al piano se encuentra un André Previn de treinta y tres años, aun inmerso en su etapa hollywoodiense, que anuncia al gran director de la música de Shostakovich en que luego se convertirá. (9)



4. D’Arco, André. Paillard/Orquesta de Cámara Jean-François Paillard (Erato, 1969). Interesante aportación en la que los movimientos extremos, ágiles y camerísticos, por momentos un punto stravisnkianos, contrastan con un Lento de aroma particularmente nocturnal lleno de sugerencias. Maurice André da buena cuenta de su arte, pero Annie d' Arco se muestra despistada en el estilo y ausente en lo expresivo. La toma sonora no convence: excesiva distorsión tímbrica. (7)



5. Ogdon, Wilbraham. Marriner/Academy St. Martin (Decca, 1971). Es de agradecer al joven Marriner y sus soberbios chicos de la Academy su empeño en unas fechas en las que la industria discográfica de Occidente apenas se interesaba por esta obra, pero lo cierto es que el humor elegante, el equilibrio tanto formal como expresivo y el cuidadoso distanciamiento de todo lo que sea pathos intenso que caracterizan el hacer de estos intérpretes no es lo que mejor le sienta a una obar que necesita lanzarse en plancha sobre sus contrastes, sus ironías y sus voluntarias vulgaridades. Los solistas están en la misma línea, solventes a más no poder pero faltos de sintonía con la partitura. (7)



6. Ortiz, Senior. Berglund/Sinfónica de Bornemouth (EMI-Brilliant, 1975). Todo en esta lectura fluye con naturalidad, solvencia y aseada corrección, pero ni la batuta ni la pianista parecen implicarse a fondo en los extremos contrastes expresivos que plantea Shostakovich y, a la postre, el resultado es un tanto plano y descafeinado. A la trompeta de Rodney Senior le falta carácter. (7)




7. Kissin, Kan. Spikakov/Virtuosos de Moscú (RCA, 1988). Aun no había cumplido los diecisiete y, bien secundado por el trompetista Vassili Kan, el genial pianista ruso hizo gala de un virtuosismo insuperable, de una enorme sintonía con el mundo expresivo de la partitura y de una formidable imaginación a la hora de matizar e indagar en rincones oscuros para poner el listón en lo más alto; probablemente nadie, con la excepción de Leonskaja, haya llegado tan lejos a la hora de exprimir todo el contenido expresivo de la partitura. La dirección de Spivakov es muy buena, particularmente en el segundo movimiento, pero sus Virtuosos de Moscú resultan pequeños en número y quedan relegados por una toma sonora no muy convincente. (10)



8. Kissin, Sustro. Spikakov/Orquesta de Cámara de San Petersburgo (Yedang, 1988). En esta toma en vivo seis meses posterior de su registro oficial para RCA y sustituyendo a los músicos de Moscú por otros de San Petersburgo quizá más convincentes, los dos artistas repiten y hasta mejoran -Lento más paladeado aun, dirección más entusiasta- sus ya portentosos resultados y ofrecen una lectura que sería modélica de no ser por su problemática toma sonora y por lo mal que lo pasa la trompeta en el final de la obra. (10)



 

9. Brautigam, Masseurs. Chailly/Concertgebouw (Decca, 1990). El maestro milanés, ideal para el Shostakovich más lúdico y festivo, parece no querer meterse en el fango y opta por una lectura no diríamos que superficial o distanciada, pero sí eminentemente lírica, doliente sin llegar a lo nihilista, quizá un punto melancólica, amén de poco sarcástica en los movimientos extremos. En cualquier caso, fabulosamente dicha. El irregular fortepianista Ronald Brautigam, capaz de pasar de un buen Beethoven a un Haydn poco menos que impresentable, parece compartir a pies juntillas los presupuestos interpretativos de Chailly. Sensacional la toma sonora. (8)

 

10. Leonskaja, Bordner. Wolff/Orquesta de Cámara de Saint Paul (Teldec, 1991). Una visión reveladora que se aleja de los aspectos lúdicos, irónicos y desenfadados de la pieza para apostar por la esencialidad, la sobriedad y carácter sombrío, con una orquesta que sabe sonar afilada -y con enorme claridad- y un piano que va directamente a la esencia del drama sin dejar a un lado, en el final, unas gotas de humor más negro que juvenil. A destacar un espectral segundo movimiento que mira claramente hacia Shostakovich maduro. Magnífico el trompetista y soberbia la toma sonora. (10)



11. Jablonski, Simmons. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1991). Un Ashkenazy muy idiomático y bastante menos descafeinado de lo que acostumbra -algo anémico el segundo movimiento, no obstante- y un Jablonski incisivo pero no nervioso, admirable por virtuosismo y compromiso expresivo, construyen una muy atractiva interpretación que deja de lado los aspectos gamberros y humorísticos de la página para indagar (ni mucho menos en el grado que lo hicieron pocas semanas atrás Leonskaya y Wolff) en los aspectos más sombríos de la obra, sin menoscabo de ofrecer una buena dosis de brillantez en los movimientos extremos. Lástima que al trompetista le falte retranca. (8)



12. Argerich, Touvron. Faeber/Orquesta de cámara Württemberg de Heilbronn (DG, 1993). Como era de esperar, el pianismo incisivo, nervioso, fiero y un punto percutivo de la pianista argentina le sienta de maravilla a esta partitura, particularmente a los movimientos extremos, lo que no significa que en los centrales, ya que no mucho vuelo lírico, despliegue una buena dosis de dramatismo. Por desgracia la orquesta, grabada muy en segundo plano, es de calidad muy discreta, resulta demasiado pequeña y no está del todo bien dirigida. Soberbio Guy Touvron. (7)



13. Rudy, Ole Edvard Antonsen. Jansons/Filarmónica de Berlín (EMI, 1994). Notable alto para esta interpretación magníficamente ejecutada -portentosa la cuerda grave de la orquesta berlinesa- y muy sincera en lo expresivo, además de bien paladeada en un segundo movimiento muy lento y concentrado. Solo le falta una vuelta de tuerca más en tensión interna y una mayor atención a los pliegues expresivos, pues a veces suena más romántica que expresionista: se echan de menos trazos más caricaturescos. (8)




14. Houstoun, Taber. Lyndon-Gee/Sinfónica de Nueva Zelanda (Naxos, 1994). Aun sin hacer gala de personalidad, creatividad ni especial inspiración, los artistas aquí congregados por Naxos demuestran no solo una intachable musicalidad, sino también una muy buena sintonía con el universo expresivo que propone la partitura. Lástima que flojee de manera considerable el último movimiento, muy descafeinado, y que la orquesta deje que desear. (7)



15. Andsnes, Harderberger. Paavo Järvi/Birmingham (EMI, 1997). Más motivado que en otras ocasiones, el maestro estonio inyecta una tremenda dosis de estilo, fuerza y sinceridad, que no tanto de pathos o profundidad, a esta interpretación en vivo en la que los dos movimientos extremos, arrolladores, quedan claramente por encima de una sección central un tanto descafeinada. Andsnes, también más motivado antes por los aspectos circenses de la obra que por los trágicos, realiza una muy buena labor que palidece junto a la de un sensacional Hakan Harderberger. (9)



16. Bronfman, Stevans. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1999). Lo mejor de esta más que notable recreación es el pianismo poderoso y enérgico, pero también capaz de plegarse a sutilezas, de un Bronfman que sabe combinar ironía, lirismo y la más sincera garra dramática fraseando siempre con sentido sin dejarse llevar por el mero virtuosismo. Salonen ofrece un primer movimiento incisivo y algo nervioso para luego volcarse en un Lento paladeado con gran concentración pero no todo lo sugerente que pudiera, descargando en el final una buena dosis de brillantez sin caer en el apresuramiento. Espléndido el trompetista. Lástima que la toma sonora no sea la mejor posible. (8)



17. Denton, Mills. Ambartsumian/Orquesta de Cámara ARCO (Phoenix, 2000). Un joven pianista norteamericano, Damon Denton, el maduro violinista y director moscovita Levon Ambartsumian, la orquesta de cámara fundada por este último y un antiguo miembro del Canadian Brass, John Mills, trágicamente fallecido en fechas recientes, unieron sus fuerzas para ofrecer una interpretación arriesgada y no poco imaginativa que, sin dejar del todo de lado los aspectos lúdicos de la pieza, potenció -como en su momento plantearon Leonskaja y Wolff o más tarde harían Korobeinikov y Kamu- los aspectos más hondos y trágicos del Lento, aquí paladeado con tempo más dilatado que nunca pero no por ello falto de tensión interna, que cuenta además con una trompeta rica en sugerencias. El primer movimiento podría quizá ser más descarado, aunque su arranque y su final resultan fascinantes. La toma sonora no está a la altura. (9)



18. Hamelin, O’Keeffe. Litton/Sinfónica de la BBC Escocesa (Hyperion, 2003). Haciendo gala de un sonido bastante afilado y de un gran virtuosismo, el canadiense Marc-André Hamelin apuesta por una interpretación particularmente angulosa de los movimientos extremos y fraseada con tanta concentración como hondura dramática en los centrales, todo ello acompañado por un Litton en perfecta sinfonía con el concepto y hasta felizmente creativo en el final, que comprende de manera admirable. El trompetista es magnífico y frasea cargado de intención. (9)



19. Matsuev, Sharaopov. Temirkanov/San Petersburgo (RCA, 2006). Quienes conozcan la trayectoria del director ruso no se deben sorprender de que la labor de Termirkanov sea tan correcta como superficial, pues se limita a leer la partitura dejando escapar toda la mala leche que destilan los pentagramas. Solo en el último movimiento el maestro se anima y, además de revelar algunos detalles nuevos de la orquestación, demuestra verdadera convicción expresiva. A su lado, un Denis Matsuev demuestra a sus treinta y un años ser un extraordinario mecanógrafo. (6)



20. Argerich, Nakariakov. Vedernikov/Orquesta de la Suiza Italiana (EMI, 2006). La pianista argentina repite y mejora, con más y muy inteligentes matices pero con el mismo nervio e incisividad, su espléndida recreación realizada años atrás para DG, aunque de nuevo acompañada por una orquesta demasiado pequeña y un director muy solvente pero no a la altura de su talento. El trompetista se muestra jazzístico en el segundo movimiento y con bastante retranca en el último. La toma de sonido es mucho mejor que la realizada por el sello amarillo. (8)



21. Goodyear, Bilger. Eschenbach/Philadelphia (Philadelphia mp3, 2006). Salvando alguna ralentización en el cuarto movimiento que no termina de convencer, Eschenbach hace honor a su fama de maestro objetivo, sobrio, sólido y un punto impersonal con esta lectura admirablemente planteada y sonada a la que le hace falta un grado mayor de compromiso expresivo. Los dos notables solistas -algo tímida la trompeta- le acompañan a pies juntillas en sus criterios. El registro es una comercialización realizada a través de descargas de la red de un concierto en vivo realizada por la propia orquesta. Suena bien. (8)



22. Helchem, Beniston. Jurowski/Filarmónica de Londres (LPO, 2008). Un perfecto equilibro entre los diferentes componentes de la obra -la extroversión lúdica y gamberra, la ironía, el misterio y el pathos trágico- caracteriza a esta entusiasta y muy bien dicha interpretación en vivo -por cierto, la reverberación artificial al final para suprimir los aplausos canta cosa mala- a la que le falta un último punto de compromiso e imaginación para alcanzar la excepcionalidad. Al trompetista se le puede pedir mayor descaro. (8) 



23. Matsuev, Martynov. Gergiev/Mariinsky (Mariinsky, 2009-10). Aunque el solista sigue en la línea de su grabación anterior, esto es, poniendo su enorme agilidad al servicio de un concepto cuadriculado, inexpresivo y de cara a la galería, los resultados son ahora superiores al sustituir la aburrida dirección de Temirkanov por la de un Gergiev bastante más animado y comprometido. Entre los dos ofrecen de este modo una interpretación vistosa y con cierto gancho, aunque a la postre los resultados no pueden ocultar su trivialidad. El trompetista realiza una muy buena labor, cosa que no se puede decir en la misma medida de sus compañeros de la sobrevalorada orquesta del Mariinsky. (7)


24. Melnikov, Berwaerts. Currentzis/Orquesta de Cámara Mahler (Harmonia Mundi, 2010). Pese al apasionamiento -siempre controlado- de Currentzis, quien aquí marca la pauta es un Melnikov comprometido e imaginativo que exhibe enorme riqueza sonora y conceptual, matizando con sutileza sin perder nunca de vista la arquitectura global y ofreciendo una buena dosis de rebeldía en la sección central del segundo movimiento, que se encuentra dirigido de modo muy lento y concentrado y ofrece alguna pausa de peso sorprendente. El movimiento final está desgranado con rapidez y sin todo el sarcasmo posible. Excelente el trompetista. (9)



25. Korobeinikov, Gaiduk. Kamu/Filarmónica de Lahti (Mirare, 2011). Siguiendo un tanto la estela de Lenoskaja y Wolff, el pianista ruso -moscovita al igual que Kissin, pero bastante menos apasionado e imaginativo que aquél en esta partitura- realiza una buena alianza con el veterano director finés para ofrecer una interpretación abiertamente sombría que sobresale por los dos movimientos centrales, abordados con enorme lentitud y una hondura no ya trágica sino nihilista que apunta sin complejos hacia el Shostakovich maduro. Se quedan un tanto cortos, sin embargos, en el descaro, la ironía y el carácter trepidante que demandan los movimientos extremos, a los que le falta una dosis mayor de compromiso expresivo. Muy bien el joven trompetista, pero con problemas de empaste la cuerda de la orquesta sueca. (8)

2 comentarios:

El invitado de Elliot dijo...

Hay más de una que no conozco, estoy ansioso por solucionarlo. Gracias.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Varias de las comentadas las he conseguido a través de Spotify. Eso sí, antes de escucharlas las he pasado a CD para ponerlas en el equipo: valorar una interpretación a través de los altavoces del ordenador es pecado mortal. Saludos.