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lunes, 7 de septiembre de 2026

Dos Fidelios reprocesados: Klemperer y Bernstein

He querido escuchar en un mismo día dos célebres grabaciones de Fidelio de Beethoven que se han beneficiado del trasvase a alta definición. Una, la de Otto Klemperer y la Philharmonia Orchestra registrada por EMI en el invierno de 1962 a caballo entre el Kingsway Hall y los estudios de Abbey Road. El segundo, el de Leonard Bernstein y la Filarmónica de Viena que los ingenieros de DG grabaron en la Musikverein en febrero de 1978, poco después de unas funciones en la Staatsoper con muy similar elenco. La primera la he escuchado en el streaming de Qobuz a 192 kHz. La segunda, en el Blu-ray Audio editado en 2017. Esta última  ofrece un sonido natural y confortable, pero la de Klemperer, siendo muy anterior, gana por goleada: yo diría que, tras este nuevo reprocesado, es una de las grabaciones de ópera que mejor suena de toda la primera mitad de los sesenta.

No tengo mucho que decir de la dirección de Klemperer, salvo lo que siempre se afirma en lo que a su Beethoven se refiere: olímpico, granítico, monumental, cargado de fuerza interna, estrictamente controlado, muy alejado de cualquier arrebato y de una claridad inigualable. Bueno, algo sí tengo que aportar: me parece por completo falso que se trate de una interpretación oratorial, léase estática y carente de sentido teatral. En absoluto. Escuchen lo que este señor hace con lo más débil de la partitura, obviamente su primer tercio, para verificar lo que digo. Todo, absolutamente todo en su dirección es de genialidad absoluta, aunque me gustaría destacar cómo el corrosivo sentido del humor del de Breslau hace acto de presencia en la marcha de primer acto, todo un descubrimiento. Increíble la orquesta, y al mismo nivel el coro, en esta partitura por completo fundamental, bajo la dirección de Wilhelm Pizt.

A Christa Ludwig se le pueden reprochar ciertas tiranteces y algún pasaje de agilidad no del todo depurado, pero su voz es preciosa, su canto de enorme belleza y su riqueza expresiva la ideal para el personaje. Una maravilla, como lo es también el Florestán de Jon Vickers, valiente, penetrante y musical; hasta diría que su emisión leñosa resulta muy adecuada para el prisionero. Gottlob Frick acierta por completo con un Rocco nada bobalicón, pero el inmenso Walter Berry defrauda un poco como Don Pizarro: el personaje no le va. Bien a secas la parejita de Ingeborg Hallstein y Gerhard Unger, algo desdibujada, y notable el Don Fernando de Franz Crass.

De la dirección de Bernstein podía esperarse grandes arrebatos temperamentales. Pues todo lo contrario: equilibrio, elegancia y belleza sonora por encima de cualquier otra consideración en una lectura cien por cien vienesa en la que manda la orquesta, en cierto modo heredera de la que estrenara la obra. Pero ojo, dentro de esta óptica la calidad es máxima, destacando la mezcla de humanismo y espiritualidad que Lenny, mucho menos dramático que Klemperer, con menor capacidad para los claroscuros pero en todo momento sensible y detallista, es capaz de destilar. Interesantísima asimismo la picardía y el carácter risueño ajeno a ñoñerías que extrae de los números más convencionales, así como la concentración de un fraseo para derretirse. Interesantísima la aportación del maestro a la hora de colocar la Leonora III, planificada de manera asombrosa (¡qué dominio de las tensiones!), fundiéndola con el final de O namenlose Freude!

Gundula Janowitz se mueve con cierta incomodidad, pero desplegando mucho arte dentro de una línea perfecta para Bernstein, si bien no lo sería tanto para Klemperer. En cualquier caso, maravillosa. De la intervención de René Kollo se han dicho cosas muy negativas: yo creo que esa tensión, esa manera de moverse al límite, le viene muy bien a su personaje. Muy correcto el Rocco de Manfred Jungwirth, como también el Pizarro de Hans Sotin. No sé si eso es suficiente, la verdad. Muy bien el Jaquino de Adolf Dallapozza, y sensacionales Lucia Popp y Dietrich Fischer-Dieskau, Marzelline y Don Fernando respectivamente. Es por ellos, y por las mil bellezas que la batuta extrae de los Wiener, por lo que hay que conocer esta interpretación. La otra, la de Klemperer, es imprescindible en una estantería con discoteca básica.

 

sábado, 2 de mayo de 2020

El Tannhäuser de Solti recupera la cuadrafonía

Hasta ayer Día del Trabajo –me tomé un parcial respiro en la muy exigente docencia telemática en que estas fechas de encierro estamos impartiendo– no pude escuchar completo este Blu-ray Audio que me compré hace un par de años cuando salió al mercado: restauración en alta definición y con su sonido cuadrafónico original del justa y unánimemente aclamado Tannhäuser de Richard Wagner que Sir Georg Solti y la Filarmónica de Viena grabaron en la Sofiensaal en octubre de 1970 para el sello Decca. Yo conocía el primer trasvase a CD de los dos que se realizaron. ¿Merece la pena? Depende del equipo que ustedes posean. Si tienen un sistema tradicional estéreo, creo que no: como es habitual en las recuperaciones en HD, el sonido gana cuerpo, relieve y carnosidad, sobre todo por el refuerzo de las frecuencias graves y sus correspondientes armónicos, pero sigue ahí el gran problema de este registro que es el su distorsión tímbrica, particularmente en esos tutti saturados responsabilidad de un ingeniero que grabó a un volumen demasiado alto. Pero si usted tiene un equipo multicanal de calidad digna, no de esos del pim-pam-pum de las películas, apreciará asimismo una muy considerable mejora de la espacialidad, así como algunos efectos especiales –las fanfarrias del primer acto, el coro de peregrinos– que  no solo no resultan en exceso llamativos, sino que ayudan a comprender la acción. La doble mejora, resolución más multicanal, sí que puede compensar rascarse el bolsillo.

 
En cuando a la calidad artística del producto, nada puedo decir yo que no hayan dicho ya voces verdaderamente doctas. Sensacional la batuta, brillante y teatral a más no poder, ardiente hasta grados insospechados, viril y con mucho empuje, pero no por ello escasa de claridad, de refinamiento, de flexibilidad ni de vuelo lírico: ¡qué hermosa la introducción del tercer acto, qué mezcla de concentración y poesía en la romanza de Wolfram! En este sentido, el maestro atiende tanto a la inflamación de Venusberg, trabajada con electricidad y apreciable sentido de las texturas pero con un idioma propiamente wagneriano, sin necesidad de ver brumas protoimpresionistas –le falta un punto de sensualidad, aunque la concentración de todo el tramo final de la orgía es impresionante–, como a la vertiente religiosa, expuesta sin la menor ñoñería. Alguien podría preferir enfoques más nobles, más líricos, pero es difícil resistirse al gancho de Sir Georg.

Soberbio el joven René Kollo, viril y con mucho squillo, de ardor maravillosamente controlado, capaz de afrontar todas las difíciles partes de su personaje; quizá no termine de indagar en sus pliegues psicológicos, pero desde luego ofrece uno de sus mejores trabajos fonográficos. Magnífica Helga Dernesch, en el punto justo entre las facetas de joven enamorada, de mujer ardiente, de devota piadosa y de fémina atrevida frente al "heteropatriarcado"; al mismo tiempo, la soprano hace gala de una voz con cuerpo también en su punto justo, no en exceso robusto.

Grande Christa Ludwig, Venus sensual, seductora y también con temperamento. Notable pero un punto impersonal Hans Sotin como el Landgrave. Victor Braun se muestra más que solvente como Wolfram, tiene una voz muy bella y canta con sensibilidad, aunque también le falte un punto de personalidad y de arrebato. El Coro de la Ópera de Viena no es el mejor de los posibles, pero le dirige nada menos que Wilhelm Pitz. Y un lujo la presencia de los Niños Cantores de Viena.

¿Otras grabaciones? En este blog he recomendado la de Sinopoli y el Blu-ray de Barenboim, pero esta de Solti sigue siendo la referencia.

martes, 24 de abril de 2018

Mis favoritos musicales (IV): cantantes

La razón por la que he tardado tanto en escribir este capítulo de la serie dedicada a “mis favoritos” –casi un año desde la última entrega– no ha sido la falta de tiempo, sino el miedo. Y es que no hay un solo tema en el mundo de la música clásica que despierte tanta cantidad de virulencia entre los aficionados como el de las voces. Se puede discutir con cierta tranquilidad sobre compositores, sinfonías, batutas o pianistas, pero cuando de lírica se trata algunos melómanos parecen antes hinchas futbolísticos descontrolados que personas aficionadas a las manifestaciones musicales más exquisitas. Pero ahora que en este blog no se permiten comentarios –tuve que anular tal posibilidad por la presencia de un troll–, creo que puedo permitirme confesar la verdad y nada más que la verdad sin miedo a que me acosen desde las redes. Eso sí, estoy seguro de que no pocos de quienes me desprecian –profesionales de la crítica musical al sur de Despeñaperros, mayormente– encontrarán en las líneas de abajo una razón más para desacreditarme, al tiempo que algunos amigos se irritarán al descubrir que mis gustos, en algunos casos, chocan de manera considerable con los suyos propios. ¡Qué le vamos a hacer! He querido ser sincero ante todo y no tener más compromiso que conmigo mismo.

Dos cosas más, antes de pasar al listado. La primera, que en este tema de las voces hay un elemento por completo diferenciador frente a batutas y solistas instrumentales: puede ocurrir, y de hecho ocurre constantemente, que los aspectos puramente tímbricos de una voz despierten una atracción o un rechazo que tiene poco que ver con las bondades tanto técnicas como expresivas de la voz en cuestión. A mí también me pasa y no pienso ocultarlo. La segunda, que como he insistido en entregas anteriores, esto no es una relación de los que me parecen los mejores cantantes del siglo XX. En absoluto. Se trata de indicar quiénes más me entusiasman, no de clasificarlos en categorías cualitativas. Así que vamos allá.


Mi cantante favorito se llama Dietrich Fischer-Dieskau. ¿Por qué? Por todo. Bueno, quizá no tanto por la voz, que aun siendo bella encuentro menos hermosa que la de, por ejemplo, un Herrmann Prey, cantante este que también me gusta muchísimo. Pero el que fuera marido de Julia Varady posee la perfecta unión entre una técnica absolutamente superlativa y una expresividad llena de sutilezas –la propia de un señor especializado en el lied–, amalgamadas por una sensibilidad del más exquisito gusto y una enorme sinceridad en el decir. Ciertamente no era el suyo un arte marcado por la frescura y por la espontaneidad, sino más bien por el análisis y la inteligencia, pero los resultados de su arte se podían considerar cualquier cosa menos carente de corazón. Si a esto sumamos su enorme cultura, sus diferentes publicaciones, su trabajo con la batuta y hasta sus pinitos en el mundo de la pintura, tenemos el retrato completo de una de las personalidades artísticas más fascinantes de todo el pasado siglo.


Plácido Domingo es todo lo contrario: puro teatro, pero en el mejor de los sentidos. Con él no hay exquisiteces ni sesudas reflexiones, sino inmediatez en la expresión. Cantabilidad de la mejor ley. Enorme calidez a la hora de colocar los acentos. Capacidad para pasar de un estado anímico a otro opuesto en cuestión de segundos, y con la mayor veracidad expresiva. Más una voz hermosísima, muchas tablas sobre la escena y enormes ganas de hacer música. Con Plácido hay un enorme amor por el arte que se nota en todo momento, en todo rol operístico y en cualquier lugar. También en camerinos: ¡que derroche de cortesía, paciencia y saber estar a la hora de tratar a su público! ¡Y qué pena que durante años toda una estirpe de presuntos sabios en asuntos canoros hayan afirmado que “canta como un perro” (sic) y que “está arruinado desde mediados de los ochenta” (sic), entre otras lindezas! Pocas veces o nunca ha sido un cantante tan mal tratado durante lustro su propia casa como el cantante madrileño.


Janet Baker: para mí, la gran señora del canto. El equivalente a Fischer-Dieskau en femenino. No necesito decir nada sobre ella porque basta con aplicar lo escrito sobre el citado barítono. Escucharla me pone la piel de gallina y me toca en lo más hondo. Eso sí, no me quiero olvidar de Christa Ludwig, más espontánea y no tan sutil, pero no menos emotiva.


Elisabeth Schwarzkopf es mi soprano favorita. Esa mezcla de sensualidad, picardía y sofisticación en su fraseo me resultan de un erotismo irresistible. Obviamente su repertorio era el que era, siempre escogido en función de sus posibilidades y sin intención de meterse en camisa de once varas. Sabia decisión: en lo que hizo, brilló de manera inolvidable. ¡Y qué mujer tan bella! ¡Y qué manera de moverse sobre la escena! Tengo su filmación de la Mariscala como uno de los testimonios más increíbles del mundo operístico.


Y ya está. Luego hay una larguísima lista de cantantes que me gustan mucho o muchísimo, pero creo que ninguno a la altura de los citados. Bueno, sí, permítanme un placer culpable: Luciano Pavarotti y Mirella Freni, juntos o por separado. Ambos por la increíble belleza y sensualidad de los instrumentos –él puro terciopelo, ella auténtica crema–, pero también por su maravillosamente italiana manera de cantar, por su emotividad a flor de piel, por ser los más genuinos representantes de una manera de entender el canto que no es la que a mí más me gusta, pero que con voces como estas son capaces de derribar todas las murallas… Que el tenor no fuera del todo variado en lo expresivo me importa poco frente a los placeres sensoriales –diría que físicos– antes que intelectuales que su canto ofrecía. Y en cuanto a la soprano, qué quieren que les diga: escucharla es derretirse.

¿Cantantes que me horroricen o me parezcan altamente sobrevalorados? No los encuentro, la verdad, salvo que hablemos de ese fenómeno fugaz e incomprensible llamado Rolando Villazón o de Cecilia Bartoli una vez que se volvió loca –antes era excelsa–. Pero sí que quiero explicar por qué algunos nombres que muchísimos aficionados pondrían en cabeza de lista no han aparecido. De María Callas me molestan el timbre de su voz y las truculencias expresivas en las que a veces caía: el exceso de veracidad también puede ser un problema. Todo lo contrario Montserrat Caballé: voz bellísima pero con frecuencia al servicio de un fastidioso narcisismo canoro, por no hablar de su –para mí– inaguantable dicción. Ambas artistas me interesan mucho, en cualquier caso. No puedo decir lo mismo de Alfredo Kraus: su técnica era enorme, mayúscula su inteligencia y elegantísima su expresión, pero cada día me parece un cantante más frío e inexpresivo, incluso un tanto redicho. Canto vacío, sin alma.

domingo, 25 de diciembre de 2016

El Oratorio de Navidad por Karl Richter

Casi todos los años por estas fechas escucho alguna versión del Oratorio de Navidad. Esta vez ha tocado la segunda de las interpretaciones de Karl Richter, la registrada frente a sus habituales conjuntos bávaros, Coro y Orquesta Bach de Múnich, en la Herkules-Saal muniquesa en febrero, marzo y junio de 1965 para el sello Archiv. La conocía solo muy parcialmente, y lo cierto es que no me terminaba de gustar, quizá por estar en exceso acostumbrado a las maravillosas grabaciones en audio y vídeo de John Eliot Gardiner. Ahora le he encontrado grandes valores: hay aquí musicalidad a raudales, mucha comunicatividad y una atención plena a los diferentes valores expresivos de la obra, desde el júbilo no poco profano del increíble coro inicial que J. S. Bach se tomó prestado a sí mismo de su cantata Resonad, Timbales BWV 214 –gran parte de la obra sigue la fórmula de la parodiahasta la poesía íntima y sensual de no pocos de los números, además de espiritualidad en absoluto naif y mucha intensidad en los corales, que buscan la fuerza y la convicción mucho antes que la mera belleza sonora. Y hay, sobre todo, una clara apuesta por los valores melódicos de la partitura, lo que tiene mucho que ver con el uso del legato y, en general, de la articulación adoptada.


Pero aquí está, precisamente, lo que para mí es el problema de la interpretación, no tanto el volumen de las fuerzas congregadas o el uso de instrumentos tradicionales –ya sabe el lector que no soy en absoluto taliban en este sentido– como la excesiva suavidad del fraseo, la falta de incisividad y de un ritmo más marcado. En cualquier caso, cualquier melómano exento de prejuicios quedan excluidos los papanatas de la cuerda de tripa– disfrutará sobremanera de la dirección de Herr Richter. Como los amantes de las voces se lo pasarán en grande con Gundula Janowitz –un tanto agria en el sobreagudo–, Christa Ludwig, Fritz Wunderlich y Franz Crass, nada menos. Por no hablar del cameo de la trompeta de Maurice André, aunque a mi entender esta cobra excesivo protagonismo en la toma sonora. Esta última ha sido remasterizada en fechas recientes en HD: esta es la versión que he escuchado y la que a ustedes les recomienzo.

lunes, 1 de febrero de 2016

¡Me muero, me sale una hernia!

Bueno, mañana martes es el día: me operan de una hernia inguinal. Intervención sencilla que no posee la menor relevancia, pero para mí una experiencia terrorífica habida cuenta del pánico que me produce todo lo que tenga que ver con laboratorios, quirófanos, extracciones y temas quirúrgicos en general. También la excusa perfecta para poner aquí, por si alguien no lo conoce, este vídeo desternillante de una de mis cantantes favoritas sacado de aquella gala homenaje a Leonard Bernstein que vi por la tele cuando joven nunca se emitió íntegra ni se editó comercialmente, lástima y me dejó una huella que todavía dura.


Ah, como dicen que en los primeros días de convalecencia resulta muy difícil estar sentado, he dejado preparada una discografía del Don Juan de Strauss para permanecer unos días alejado del blog. Hasta pronto.

jueves, 6 de agosto de 2015

La canción de la Tierra de Klemperer suena mejor que nunca

Tengo varias ediciones en compacto de la justamente mítica Canción de la Tierra que grabó Otto Klemperer al frente de su orquesta (Philharmonia cuando se registraron en 1964 los movimientos con Frizt Wunderling, New Philharmonia cuando en 1966 se hizo lo propio con los de Christa Ludwig): la original de 1985, que era todavía AAD, la remasterizada en 1998 para la serie Great Recordings of the Century y la de la caja editada en 2011 por EMI France que incluye todas las grabaciones con música de Mahler que el maestro de Breslau realizara para el sello del perrito con el gramófono.


Pues bien, he tenido ahora la oportunidad de escuchar la toma en HD Audio disponible en HD Tracks, que yo mismo me he pasado a DVD (sin imagen, claro). Probablemente se trate del mismo reprocesado de la Klemperer Edition de 2013, cuya caja Mahler no tengo en casa; en cualquier caso, parece claro que suena aún mejor que en las encarnaciones anteriores en compacto. La toma sonora siempre ha sido admirable, cosa no poco sorprendente tratándose de una grabación realizada en un lapso de tiempo de tres años y en dos salas diferentes, los estudios de Abbey Road y el Kingsway Hall, pero lo cierto es que la audición en HD ojo, hay que tener un amplificador que decodifique los 96 kHz/24 bit–, aun manteniendo un poco de distorsión en los violines, ha ganado más aún en presencia, redondez e inmediatez sonora, muy particularmente en lo que se refiere a la rotundidad de la impresionante cuerda grave. Una maravilla técnica para el que es, sencillamente, uno de los más importantes discos de música clásica que existen.

Imposible decir algo sobre ella que no se haya dicho antes, pero conviene recordar algunas cosas. Otto Klemperer consigue la cuadratura del círculo con una dirección que ofrece tremenda fuerza expresiva –centrándose, por descontado, en los aspectos más negros de la partitura y, al mismo tiempo, resulta tan sobria como marcadamente antirromántica. Ni que decir tiene que todo está bajo el más férreo control por parte de la batuta, que planifica con una tensión dramática y una claridad incomparables –tremenda la concentración pese a la relativa lentitud–, y que no hay espacio alguno para el preciosismo, la evanescencia, la dulzura o el éxtasis contemplativo.


Lo de Frizt Wunderlich es un milagro: parece mentira que no solo salga indemne de una parte tan extremadamente difícil, sino que además lo haga haciendo gala de una expresividad a flor de piel y, sobre todo, de una belleza vocal increíble. Ni un solo tenor que haya abordado esta obra se le acerca, ni de lejos. Christa Ludwig está maravillosa, y aunque ella misma haya declarado preferir a Bernstein en esta partitura, y por ende enfoques más voluptuosos y emotivos, aquí sintoniza a la perfección con la visión expresionista, oscura y concentrada del maestro de Breslau.

Lo dicho, una de las cuatro o cinco más importantes grabaciones de música clásica que se hayan realizado. No hace falta insistir más.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...