He querido escuchar en un mismo día dos célebres grabaciones de Fidelio de Beethoven que se han beneficiado del trasvase a alta definición. Una, la de Otto Klemperer y la Philharmonia Orchestra registrada por EMI en el invierno de 1962 a caballo entre el Kingsway Hall y los estudios de Abbey Road. El segundo, el de Leonard Bernstein y la Filarmónica de Viena que los ingenieros de DG grabaron en la Musikverein en febrero de 1978, poco después de unas funciones en la Staatsoper con muy similar elenco. La primera la he escuchado en el streaming de Qobuz a 192 kHz. La segunda, en el Blu-ray Audio editado en 2017. Esta última ofrece un sonido natural y confortable, pero la de Klemperer, siendo muy anterior, gana por goleada: yo diría que, tras este nuevo reprocesado, es una de las grabaciones de ópera que mejor suena de toda la primera mitad de los sesenta.
No tengo mucho que decir de la dirección de Klemperer, salvo
lo que siempre se afirma en lo que a su Beethoven se refiere: olímpico, granítico, monumental,
cargado de fuerza interna, estrictamente controlado, muy alejado de
cualquier arrebato y de una claridad inigualable. Bueno,
algo sí tengo que aportar: me parece por completo falso que se trate de una
interpretación oratorial, léase estática y carente de sentido teatral. En
absoluto. Escuchen lo que este señor hace con lo más débil de la partitura, obviamente
su primer tercio, para verificar lo que digo. Todo, absolutamente todo en su
dirección es de genialidad absoluta, aunque me gustaría destacar cómo el corrosivo
sentido del humor del de Breslau hace acto de presencia en la marcha de primer
acto, todo un descubrimiento. Increíble la orquesta, y al mismo nivel el coro,
en esta partitura por completo fundamental, bajo la dirección de Wilhelm Pizt.
A Christa Ludwig se le pueden reprochar ciertas tiranteces y
algún pasaje de agilidad no del todo depurado, pero su voz es preciosa, su
canto de enorme belleza y su riqueza expresiva la ideal para el personaje. Una
maravilla, como lo es también el Florestán de Jon Vickers, valiente, penetrante
y musical; hasta diría que su emisión leñosa resulta muy adecuada para el prisionero.
Gottlob Frick acierta por completo con un Rocco nada bobalicón, pero el inmenso
Walter Berry defrauda un poco como Don Pizarro: el personaje no le va. Bien a secas la
parejita de Ingeborg Hallstein y Gerhard Unger, algo desdibujada, y notable el
Don Fernando de Franz Crass.
De la dirección de Bernstein podía esperarse grandes arrebatos
temperamentales. Pues todo lo contrario: equilibrio, elegancia y belleza sonora
por encima de cualquier otra consideración en una lectura cien por cien
vienesa en la que manda la orquesta, en cierto modo heredera de la que estrenara
la obra. Pero ojo, dentro de esta óptica la calidad es máxima, destacando la mezcla de humanismo y espiritualidad que Lenny, mucho menos dramático que
Klemperer, con menor capacidad para los claroscuros pero en todo momento sensible
y detallista, es capaz de destilar. Interesantísima asimismo la picardía y el
carácter risueño ajeno a ñoñerías que extrae de los números más convencionales,
así como la concentración de un fraseo para derretirse. Interesantísima la
aportación del maestro a la hora de colocar la Leonora III, planificada de
manera asombrosa (¡qué dominio de las tensiones!), fundiéndola con el final de O
namenlose Freude!
Gundula Janowitz se mueve con cierta incomodidad, pero desplegando
mucho arte dentro de una línea perfecta para Bernstein, si bien no lo sería
tanto para Klemperer. En cualquier caso, maravillosa. De la intervención de René Kollo se han dicho cosas muy
negativas: yo creo que esa tensión, esa manera de moverse al límite, le viene
muy bien a su personaje. Muy correcto el Rocco de Manfred Jungwirth, como
también el Pizarro de Hans Sotin. No sé si eso es suficiente, la verdad. Muy
bien el Jaquino de Adolf Dallapozza, y sensacionales Lucia Popp y
Dietrich Fischer-Dieskau, Marzelline y Don Fernando respectivamente. Es por
ellos, y por las mil bellezas que la batuta extrae de los Wiener, por lo que
hay que conocer esta interpretación. La otra, la de Klemperer, es
imprescindible en una estantería con discoteca básica.


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