lunes, 16 de mayo de 2016

Tannhäuser por Barenboim y Sasha Waltz: merece la pena

Este Tannhäuser de la Staatsoper berlinesa, filmado en abril de 2014 y editado por el sello BelAir, está carísimo en internet, pero finalmente he podido comprar el bluray a precio decente –treinta euros– donde menos me esperaba: en la FNAC. Ha merecido la pena, porque se trata de una globalmente muy notable interpretación, aunque no todo funcione igual de bien.


La dirección de Daniel Barenboim no es perfecta: en su habitual huída de los tópicos que aún siguen pesando sobre Richard Wagner –recuerden la memez que dijo Woody Allen sobre invadir Polonia–, el de Buenos Aires termina resultando un tanto timorato a la hora de ofrecer brillantez, pompa e incluso ese punto de grandilocuencia que, a mi modo de ver, también forma parte de la obra del autor. Por eso mismo, la música vinculada a la corte del Landgrave no parece interesarle mucho. Tampoco parece motivarle la cuestión religiosa, lo que ya es más grave: al fundamental coro de peregrinos se le podría sacar más partido.

Una vez expuestos estos reparos, hemos de apuntar que las virtudes de la batuta son extraordinarias, empezando por el empaste y colorido cien por cien wagnerianos que extrae de la espléndida Staatskapelle de Berlín, continuando por la cantabilidad extrema del fraseo –lógico, natural, flexible– y terminando por la enorme concentración poética, llena de punzante desolación pero también de belleza sonora, con que desarrolla el tercer acto, aunque tampoco podemos  pasar por alto el carácter ardiente y extremadamente dramático que imprime a todo el final del segundo.

En el elenco flojea Peter Seiffert, ya muy mayor: la voz sufre serias desigualdades –sobre todo por abajo–, la afinación vacila –Venusberg– y a veces sufre de manera considerable, aunque su musicalidad es muy elevada y aún hay agudos de enorme calidad. Eso sí, su enorme corpulencia no le permite alardes escénicos.

Gran descubrimiento Anne Petersen, una voz de soprano no muy personal en lo tímbrico, pero cantante de línea exquisita y musicalidad irreprochable. Su Elisabeth termina siendo espléndida, como también lo es la Venus de Marina Prudenskaya, mezzo muy lírica –por eso mismo no muy sensual– que canta estupendamente. Claro que quien se lleva la parte del león es Peter Mattei, un Wolfram sensacional que me ha recordado, por voz y por estilo, al mismísimo Fischer-Dieskau. Soberbio René Pape como el Landgrave, y muy bueno el resto. En suma, elenco casi redondo.


La propuesta escénica corre a cargo de la coreógrafa Sasha Waltz. Como pueden imaginar, su compañía de bailarines sale siempre que puede y se pone a bailar, a veces con gran acierto y en otras ocasiones cayendo en el ridículo (¿aporta algo que le soben las tetas a las señoras cada vez que interviene Herrmann en el torneo de canto?). La acción se traslada al siglo XX, pero la dramaturgia es la de Wagner: nada de reinterpretar la acción ni de hacer lecturas paralelas. Escenografía, iluminación y vestuario presentan gran atractivo. Así las cosas, el resultado de la escena es irregular: flojo el primer acto, bueno el segundo y maravilloso el tercero, donde además hay detalles de enorme inteligencia.

La imagen es muy buena, quizá no excepcional: el color me parece un punto saturado. La toma de sonido tiene que luchar contra la acústica del Teatro Schiller, que no parece la mejor posible, pero se beneficia de una amplísima gama dinámica y de un surround auténtico francamente bien aprovechado que otorga refrescante espacialidad. Subtítulos solo en alemán, inglés y francés. Aun así, lo dicho arriba: merece la pena.

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