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miércoles, 23 de diciembre de 2020

Gendron, Leppard y la LSO hacen Haydn y Boccherini

Este disco no lo he visto con Qobuz. Lo compré hace poco –versión en CD de una colección de Planeta– en una conocida librería de ejemplares de segunda mano en Cádiz: Raimundo. Se trata de un registro editado por Philips, bajo la producción de Vittorio Negri y con soberbia toma sonora realizada en julio de 1965, en el que Maurice Gendron, Raymond Leppard y la Sinfónica de Londres interpretan el Concierto para violonchelo nº 1 de Haydn y el Concierto para violonchelo en Sol mayor, G. 480 de Boccherini.

 

Gendron me ha gustado mucho. Por descontado, en Haydn carece de la enorme tensión interna de una Du Pré, quizá también de su profundidad, pero posee dos virtudes importantísimas: un sonido cálido y carnoso, verdaderamente para derretirse, y un fraseo de cantabilidad extrema lleno de humanismo y comunicativo a más no poder. De ahí que lo mejor de su recreación de un conmovedor, maravilloso Adagio. Leppard dirige con valentía, también con exceso de músculo –se echa de menos la English Chamber– y quizá con más severidad de la cuenta, sin toda la variedad expresiva posible. En cualquier caso, la excelencia de su trazo y el deseo indisimulado de atender al pathos que contiene esta música terminan ganando la partida.

Más redondo me parece el acercamiento del maestro londinense a Boccherini: de nuevo “clásico” en el sentido más tradicional del término, muy alejado de la ligereza y de la incisividad en la articulación de los acercamientos más renovados a este repertorio, pero más ágil y contrastado que en Haydn, extremo en su depuración sonora y atentísimo al sabor agridulce de un Adagio en el que, de nuevo, Gendron está maravilloso. Entre ambos saben sacar lo mejor de una música hermosísima que lamento no haber escuchado antes. El registro que comento, por cierto, fue su primera grabación mundial.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Dido y Eneas por Barbirolli: un fiasco

Resulta paradójico que uno de los principales responsables del fiasco de este Dido and Eneas que grabó EMI en 1966 sea quien nueve años más tarde dirigirá, al frente de la misma English Chamber Orchestra, una de las mejores recreaciones discográficas de esta obra maestra absoluta de Henry Purcell. Me refiero, obviamente, a Raymond Leppard, cuyo clave aquí resulta de todo punto insoportable: a veces rancio, plano y pesadote, a veces frívolo y hasta cursi.

Tampoco es que Barbirolli tenga mucha idea de lo que tiene entre manos –por aquellas fechas, no tenía por qué tenerla–, pero al menos se muestra sensato y artista; incluso ofrece momentos de considerable musicalidad, pese a que una articulación semejante resulte difícil de digerir a día de hoy. Muy expresivos, pero también en exceso nutridos, los Ambrosian Singers.

Todos los cantantes están –obviamente– fuera de estilo, pero al margen de esta circunstancia se aprecian desigualdades. Victoria de los Ángeles no termina de sintonizar con el personaje y solo en la escena final, en la que se muestra femenina y muy emotiva, está a la altura: la comparación con otra señora de la época, una tal Janet Baker –sí, ya sé que es mezzo–, no la deja en buen lugar. Excelente la Belinda de Heather Harper, quizá lo mejor de la función. Sin interés el Eneas de Peter Glossop y la Hechicera de Patricia Johnson. Sí que está bien la segunda dama de Elisabeth Robson.

Pobre la toma sonora: se realizó en Abbey Road, pero la distorsión es considerable y el relieve muy escaso, incluso tras la reciente restauración y escuchando el streaming en HQ. Lo dicho, un fiasco.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Leppard no se moja en la Música Acuática

En el barroco me encuentro tan lejos del talibanismo de la HIP como de los que aún se niegan a reconocer las aportaciones historicistas. Hay interpretaciones que me entusiasman con instrumentos originales, y otras lo hacen sin ellos; las hay que me encantan tanto dentro de las que adoptan una articulación de la época como de las que siguen una línea más o menos tradicional. A Raymond Leppard siempre le he considerado como uno de los grandes dentro de la corriente, llamémosle así, "tradicional renovada". Sin embargo, volver a su grabación de la Música acuática de Haendel, realizada en 1970 para el sello Philips con toma sonora excepcional, me ha sentado como un jarro de agua fría.


Por descontado, sigue habiendo mucho que admirar en esta interpretación. La English Chamber Orchestra toca increíblemente bien, y todos sus solistas hacen gala de una musicalidad asombrosa. La misma que muestra Leppard, que hace sonar al conjunto sin asomo de pesadez, sin confundir lo ligero con lo ingrávido, fraseando con una naturalidad, una elegancia y un sentido de lo cantable para derretirse. También sabe inyectar vuelo poético, humor amable y coquetería bien entendida. Pero lo cierto es que en muchos aspectos esta lectura se ha quedado anticuada. Aquí encuentro preferible, aunque en modo alguno imprescindible, la sonoridad más rústica, menos pulida de los instrumentos originales. También un fraseo más incisivo, más marcado en el ritmo, más flexible e imaginativo.

Claro que, sobre todo, echo de menos un espíritu más propiamente barroco. ¿Hace falta recordar que este estilo se caracteriza por la teatralidad, los claroscuros, el sentido de los contrastes, la imaginación y a veces incluso el exceso? Cierto es que el intérprete musical siempre podrá tomarse mayores libertades o menos, apostar por lo dionisíaco o por lo apolíneo, mirar hacia tradiciones musicales de un lugar de Europa o de otro, pero siempre habrá de hacer que aquello suene con el estilo apropiado. Y que lo haga con convicción expresiva.


Por eso mismo el problema con Leppard, a mi entender, no es meramente una cuestión organológica. Es que no termina de zambullirse en las posibilidades de esta música como otras veces lo hace en repertorios similares. Digamos que no se moja. Su lectura termina resultando un tanto uniforme, escasamente salpimentada, no del todo variada en la expresión. Por momentos, demasiado suave. Todo suena demasiado elegante y pulido, escaso de vitalidad y de color. Por no hablar de la escasa ornamentación y del pobre continuo, en este caso el clave en exceso tímido y amable de Leslie Pearson.

Me gustaría apuntar que al hilo de la de Leppard he escuchado otras tres grabaciones. La de Robert King me sigue pareciendo una maravilla: su registro resulta por completo imprescindible en cualquier discoteca. La de Pinnock también la encuentro buenísima, aunque no tanto como la de su colega. Y la de Mackerras con la Orquesta de Cámara de Praga, de la que me esperaba poco, en algunos aspectos –solo en algunos– me ha gustado más que la que ahora comento.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Peer Gynt por Leppard

Raymond Leppard grabó tres discos con música de Edvard Grieg para el sello Philips, dos con la English Chamber Orchestra y uno con la Philharmonia, este último ya en digital. Acabo de escuchar el primero de todos ellos en la recuperación que el sello Pentatone ha realizado en formato SACD del original cuadrafónico, una toma correspondiente al mes de noviembre de 1975 que recogió las dos suites de Peer Gynt y de las Cuatro danzas noruegas. Grandes interpretaciones.


Este es un Grieg de enorme belleza y depuración sonoras; elegante a más no poder y dicho con tempi amplios que permiten paladear hasta el límite las sublimes melodías del compositor, aportando Leppard esa imprescindible mezcla de humanismo, hondura reflexiva y pathos dramático que convierten la mera puesta en sonidos, por hermosísima que sea, en una verdadera experiencia musical. ¿Reparos? La sección central de la Danza árabe la encuentro más rápida y nerviosa de la cuenta, mientras que en algunos números echo de menos un poco más de carácter –Danza de Anitra–  como también de rusticidad e incluso de carácter escarpado –Retorno de Peer Gynt–, aunque uno no puede menos que maravillarse ante el control de las dinámicas y de los planos sonoros de los que hace gala el maestro, por no hablar de la contrastada calidad de los profesores de la English Chamber. En cuanto a las piezas más líricas de las suites, particularmente el Amanecer y la Canción de Solvej, son una auténtica maravilla: es difícil alcanzar una fusión más perfecta entre perfección formal y emotividad sincera, sin espacio para la blandura, la dulzonería o el narcisismo.



La joya del disco son las Cuatro danzas noruegas op. 35, una música que parte de un original pianístico para cuatro manos y en la que, de manera sorprendente, Leppard sí está dispuesto a zambullirse de lleno en la animación, la rusticidad bien entendida, la incisividad sonora, el sentido del humor y el sanísimo sabor folclórico que esta deliciosa música desprende, si bien es nuevamente en los pasajes más líricos donde el inolvidable maestro londinense alcanza la mayor elevación poética.

A la toma sonora le falta un punto de definición tímbrica –cuerda algo ácida–, pero la transparencia, el equilibrio y el sentido espacial que ofrece el SACD multicanal son dignos de admiración, por no hablar de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.

viernes, 26 de diciembre de 2008

El Mesías: una aproximación a la discografía

El siguente texto acompañaba en su momento el artículo sobre El Mesías que presenté en la entrada anterior. Para escribirlo me escuché en su integridad las catorce versiones el oratorio que pude localizar en ese momento. Por ello, aunque la maquetación de la sección en la revista Ritmo obligaba a seleccionar cuatro interpretaciones concretas, presentando cada una con su carátula y con su ficha, no quise dejar pasar la oportunidad de hablar de cada una de ellas, aunque fuera muy superficialmente, y a trazar una especie de línea conductora en el texto donde se pudiera esbozar la evolución interpretativa de la más conocida obra haendeliana durante los últimos lustros.

A la hora de colgarlo en el blog, pensé en reformular, ampliar y actualizar texto, pero para hacerlo en condiciones tendría que dedicarle al asunto unas cuantas horas extra, entre ellas las destinadas a escuchar algunas de las interpretaciones discográficas más recientes. De ahí que haya preferido dejarlo tal y como estaba.

En todo caso hay que señalar al
gunos datos. Por ejemplo, que la interpretación de Leppard sigue descatalogada, si bien el interesado puede hacerse con una selección en la barata serie Apex. Que la filmación de Christopher Hogwood ya ha aparecido en DVD (Arthaus), aunque albergo dudas sobre la fecha real de grabación: Emma Kirkby me aseguró que era muy anterior a 1982, que es el año que aparece en mi copia en VHS. Que la de Pinnock, que para mi gusto sigue siendo la más recomendable con instrumentos originales, ha pasado a serie media. Que la de McCreesh, quizá la más interesante para los amantes de las voces, suena maravillosamente en formato SACD. Y que la tercera y última de Sir Colin Davis que comenté en una entrada anterior resulta (enlace) imprescindible para quienes no son alérgicos a las interpretaciones no historicistas del repertorio barroco.
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Donath, Reynolds, Burrows, McIntyre. Coro John Alldis, London Philharmonic/Richter. DG 453 028-2. 2 CDs. ADD.

Todavía se oye tronar a fundamentalistas de uno y otro bando en pro o en contra del historicismo. De nada les sirve: la historia sigue su curso, y dentro de unas décadas tales diatribas serán recordadas con irónica condescendencia. Personalmente soy partidario de la utilización de técnicas e instrumentos “históricamente informados”, que tantas cosas positivas han aportado, pero me quedo antes con los grandes músicos que con los mediocres. Y es que, habiéndose avanzado considerablemente en las formas, no se ha producido tal superación en lo que respecta al contenido expresivo: buenos y malos directores los hay por igual en una tendencia que en la otra. Así, no me interesan versiones como las de Christophers (Hyperion, 1986) o Parrot (Virgin, 1988), desinfladas y mortecinas, por mucho que estén acordes con los avances de la investigación.

Sí que despiertan mi interés las que logran extraer el enorme potencial de la obra, aunque formalmente hayan sido superadas y dejen insatisfecho en ese sentido. He aquí un ejemplo: la segunda que grabara Karl Richter, reeditada a buen precio y con sonido excelente. Una lectura marcada por el pathos, que viene dado tanto por la sincera e intensa dirección como por la calidez y comunicatividad de la entrañable Helen Donath.

Estilísticamente hoy se pueden -y hasta deben- hacer las cosas de otra manera, pero en 1972 esta versión debió de situarse en cabeza de la vanguardia, al distanciarse bastante de las maneras de los directores tradicionales, y por descontado del post-victorianismo a lo Beecham. La Filarmónica de Londres -excelente- es muy grande, la articulación no responde a lo que ahora sabemos sobre el estilo, eso es cierto, pero los tempi no parecen casi nunca lentos, las texturas son claras y transparentes y sólo en contadas ocasiones resulta pesante. En este sentido parece ilustrativa la comparación con la versión de Mackerras y la a priori más adecuada English Chamber (EMI 1966, con Janet Baker): a Sir Charles, gran músico y buen conocedor de Haendel, le suenan sus conjuntos mucho menos barrocos, a pesar de los adornos y de las originalidades del bajo continuo, que parecen fuera de lugar. Sí, una gran versión la de Richter.


Palmer, Watts, Davies, Shirley-Quirk. Coro y Orq. English Chamber/Leppard. Erato 2292-45447-2 (descatalogado). 2 CDs. ADD.

A mediados de los setenta existía ya plena conciencia de que había que ir recogiendo los avances de la musicología: orquestas y coros menos nutridos, tempi vivaces, texturas ligeras, articulación más marcada, vibrato limitado, mayor atención a la ornamentación, etc. Entre las versiones que apuntaron en esta dirección sigue brillando con luz propia la que en 1974 grabara el hoy olvidado Raymond Leppard.

Desde luego el tiempo no ha pasado en balde. Por poner un ejemplo, el bajo continuo puede resultar hoy discutible, pues pasa con suma facilidad de lo mecanográfico a lo cursi. Sin embargo la dirección, tan intensa y dramática como la de Richter, es formidable a la hora de ir introduciéndonos en los diferentes estados anímicos por los que nos lleva la partitura, alcanzando un equilibrio entre introversión y extroversión que no consiguen la mayoría de las versiones. Al fraseo elegante y fluido de Leppard responden a las mil maravillas una orquesta y un coro extraordinarios, así como unos solistas instrumentales portentosos. Voces algo desequilibradas: estupendas ellas, poco más que correctos ellos. Da igual. Esta versión hoy se halla incomprensiblemente descatalogada (¡y eso que suena de manera formidable!), pero es de suponer que algún día se reeditará. Cuando aparezca, ya sabe.

Considero oportuno citar la que poco después registrara Marriner al frente de su Academy (Decca, 1976). Una versión que en su loable huida de la pesantez y de la retórica vana, buscando transparencia y luminosidad, avanza sobre Leppard en lo formal, pero cae a menudo en lo intrascendente, lo frívolo e incluso lo pimpante. Aún así, una piedra miliar. De hecho, la primera de las versiones historicistas grabadas fue prácticamente un calco en lo conceptual de la de Sir Neville. Me refiero, claro está, a la de Christopher Hogwood (Decca 1979), quien no en balde había preparado la edición de aquélla y ejercido de organista. Su versión no termina de convencer por idénticas razones, pero no le podemos negar que dio un paso decisivo a la hora de plantear un acercamiento completamente nuevo y fructífero a El Mesías: instrumentos, voces y técnicas ya del todo ajustadas a lo filológico. Hoy, un clásico.


Auger, von Otter, Chance, Crook, Tomlinson. Coro y Orquesta The English Concert/Pinnock. Archiv 423 630-2. 2 CDs. DDD.

En 1982, el mismo año en que Hogwood grabó en la Abadía de Westminster para televisión un remake de su lectura (recomendable si apareciera en DVD), se registraban dos nuevas interpretaciones historicistas. Por un lado la de Gardiner (Philips), que no cae en la frivolidad y la coquetería digamos “femenina” de su colega. Al contrario, su íntima y recogida lectura resulta en exceso seca y austera, y a pesar de reconocer aciertos de primer orden -aquí está el Aleluya que más me gusta, con un Coro Monteverdi sensacional-, quien esto suscribe se aburrió escuchándola. Por otro la de Harnoncourt (Teldec), arriesgada a la hora de combinar instrumentos originales y sonoridades “tradicionales”; el resultado es incoherente, pues con frecuencia cae en una blandura y una morosidad detestables, pero apunta en una interesante dirección.

Dejando a un lado intentonas condenadas de antemano al olvido como las que en 1984 realizaran Marriner (EMI, esta vez en alemán) y Solti (Decca, con una Kiri Te Kanawa estupenda), llegamos en 1988 a la primera madurez interpretativa de El Mesías “moderno” de la mano de Trevor Pinnock. Sin plantearse un híbrido como Harnoncourt, el gran clavecinista supo ver que renovar la tradición no ha de implicar un ropaje sonoro diametralmente opuesto, y que la relativa timidez expresiva del historicismo pionero no era sino una especie de sarampión, es decir, algo tan molesto como necesario, dado que había que marcar diferencias.

La orquesta no le suena tan ácida como a sus antecesores; las texturas son tersas y luminosas; el fraseo fluido, rebosante de buen gusto y cantabilidad; bajo continuo imaginativo en el buen sentido; coro estupendo. Y lo más importante, trasmite emoción sincera, siempre dentro de una línea equilibrada y elegante -incluso contenida- antes que espontánea y vital. En cierto modo, esta versión es a la de Leppard lo que la de Hogwood a Marriner: su traducción a los parámetros del historicismo. La elección de las voces es sabiamente ecléctica: fabulosas Auger y von Otter, notable Chance, correcto Crook y -el único lunar-mediocre Tomlinson. Como la toma de sonido es modélica, me parece estupenda opción para quien se acerque por primera vez a la obra.


Gritton, Röschmann, Fink, Daniels, Davies. Gabrieli Consort and Players/ McCreesh. Archiv 453 464-2. 2 CDs. DDD.

El arriesgado -y entonces fallido- planteamiento de Harnoncourt había indicado un interesante sendero a seguir, pero hasta 1996 nadie se atrevió a avanzar decididamente desde el punto en el que éste dejó las cosas. Fue, quién lo diría, Paul McCreesh el encargado de hacerlo, llevando a la práctica lo que propone en sus notas del libreto: sin renunciar al respeto filológico, devolver a la más conocida obra haendeliana la grandiosidad y densidad de las lecturas tradicionales. Es la suya una versión dinámica, robusta y muy contrastada (y eso que las fuerzas congregadas siguen en número las del Foundling Hospital) que, al contrario que la mayoría de las historicistas, logra poner de relieve el importante componente teatral de la partitura.

El problema es que la del londinense no es una batuta de primera (de hecho, en 1998 le escuché en directo un Mesías bastante discreto). De ahí que, en su oscilación entre lo dramático y lo jubiloso, no siempre alcance el equilibrio preciso y caiga a menudo en uno de los dos extremos, en lo pesante o en lo pimpante (sobre todo en lo segundo). Además, se echa de menos una mayor atención al matiz.

Con todo, es una lectura a tener muy en cuenta tanto por sus aportaciones en lo conceptual como por sus valores puramente musicales, que no son pocos: la intensidad de la dirección, la contrastada calidad de orquesta y coros, el rico y elaborado bajo continuo -dos claves-, y el buen nivel solistas, entre los que destacan Röschmann, Fink y Davies. La excelencia del sonido termina de hacer interesante la compra.

Sin embargo, “mi” Mesías aún está por llegar. La musicología sigue avanzando y, quizá debido al monopolio interpretativo por parte de los artistas británicos, echo de menos versiones de mayor riqueza conceptual, que recojan los logros interpretativos realizados en otras parcelas de la música barroca. Recientes aportaciones como la de William Christie (Harmonia Mundi 1994, bella y camerística -versión de Dublín-, pero algo sosa y no todo lo francesa que hubiéramos deseado) apenas han renovado el panorama. Me imagino una versión fresca, espontánea, muy imaginativa, tan inglesa como mediterránea. ¿Alessandrini? ¿King, tal vez? Ya veremos.
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Artículo publicado en el número de enero de 2002 de la revista Ritmo.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Los Brandeburgo por Abbado

Vaya por delante que mis dos interpretaciones favoritas de los Conciertos de Brandeburgo (o Brandenburgo, o Brandemburgo, que de todas las maneras se encuentra escrito) son las de Raymond Leppard y Reinhard Goebel, lo cual, dicho así, me ha de ganar el desprecio del noventa y nueve por ciento de los aficionados a la música barroca, porque semejante forma de "bisexualidad musical" está realmente mal vista: divididos los melómanos en dos bandos irreconciliables, parece que te puede gustar una cosa o la otra, pero no las dos. Pues vale: ellos se lo pierden.

De las dos citadas me quedo con la de alemán, grabada para Archiv en 1986, porque responde mejor a lo que a mí me parece que debe tener el Barroco: teatralidad, claroscuros, ornamentación y, por qué no, un punto de exceso, una óptica que por lo demás sería un disparate si Goebel no contase con los fabulosos instrumentistas de Musica Antiqua Köln
-->. La del británico, registrada para Philips en 1974 con un sonido increíble para la época, ofrece una visión mucho más "clásica", más equilibrada, menos brillante, que se beneficia de una plantilla de músicos absolutamente descomunales, los de la English Chamber de los mejores tiempos.
Desde luego esta de Leppard es una opción menos arriesgada que la de Goebel, quizá más "profunda" que aquélla en los movimientos centrales, aunque hoy pueden echarse de menos en ella no ya los instrumentos originales, que también, sino importantes aspectos en lo que a la articulación y el fraseo se refiere. En cualquier caso la propuesta del hoy olvidado músico británico era bastante avanzada para la época, desde luego más que la que Claudio Abbado ofreció entre 1975 y 1976 con la Orquesta de La Scala de Milán (edición me parece que pirata que se localiza con facilidad donde ustedes ya saben).

El director milanés ha cambiado muchísimo desde entonces. A peor, sobre todo, y ahí está su deleznable Beethoven para comprobarlo, pero en algunas cosas ha mejorado. Por ejemplo, en lo que a su comprensión del lenguaje barroco se refiere, un aspecto que al otros muchos grandes directores no le han hecho ni puñetero caso. Su primera grabación de los Brandeburgo era muy musical, pero a ratos el fraseo era pesante (cuarto movimiento del número 1, por ejemplo) y la expresividad resultaba un tanto "romántica". Las cosas han cambiado en este registro en vivo de abril del año pasado, que ahora edita en DVD Medici Arts con una calidad de sonido portentosa, sobre todo si se escucha la pista multicanal DTS.

La lectura a la que más me recuerda esta nueva de Abbado es la también reciente de Alessandrini (Naive, 2005), no ya por su fuerza expresiva y por su extroversión, pues estas características las comparten otros acercamientos (como el de Pinnock o el citado de Goebel), sino por esa frescura y luminosidad que le dan un aire muy "italiano" a estas seis creaciones magistrales que, no en balde, deben bastante en su espíritu y escritura a la música meridional, tanto o más que a la francesa o a la alemana. Ahora bien, habría que matizar, pues una cosa es el enfoque y otra los resultados.

Así por ejemplo, el Primer Concierto conoce una versión todo lo idiomática, vitalista y contrastada que se requiere, pero necesita algo más de reposo en el segundo movimiento y le sobra levedad en la Polacca del cuarto. Además, y aquí está el gran borrón de estas lecturas, Giuliano Carmignola exhibe un sonido rasposo y desagradable en su violín y una musicalidad poco convincente, por narcisista y pretenciosa: el Gidon Kremer de los instrumentos originales, sin duda.

A pesar de Carmignola, el Segundo sí que alcanza la excelencia con una interpretación luminosa, vibrante y contrastada, llena de fuerza pero en absoluto descontrolada o atropellada, que se beneficia de un trompetista soberbio, Reinhold Freidrich. Intensidad, robustez y tensión se dan de la mano en un Tercero igualmente admirable, muy atento a la polifonía. El Cuarto recibe también una vitalista recreación, que pierde un tanto por la falta de vuelo lírico y relativa rigidez del segundo movimiento, así como por las secas y agresivas intervenciones de Carmignola.

La referida rigidez vuelve a aparecer en un Quinto un tanto precipitado en el que, en cualquier caso, hay que destacar la aportación al clave de Ottavio Dantone, un músico al que aborrecí cuando escuché sus amaneradísimas Cuatro Estaciones, pero que aquí me ha entusiasmado tanto en su labor solista de este concierto como en su creativo, musical y entusiasta bajo continuo en las otras piezas. Memorable.

El Sexto, finalmente, nos revela un misterio: ¿aporta algo Abbado aquí algo más que su movimiento de brazos mientras un grupo de artistas que se las saben todas sobre música antigua hacen lo que posiblemente harían sin su presencia? Pues parece que sí, porque en este último concierto el milanés no está presente y, tal vez por ello, las violistas de la Orquesta Mozart se entregan a la blandura en el segundo movimiento. Mejora mucho la cosa en el final, pero el resultado queda cojo.

De todas formas, yo me lo he pasado muy bien escuchando esta nueva grabación y realizando un montón de comparaciones con intepretaciones del presente y del pasado. Los citados Leppard y Goebel siguen siendo, con diferencia, mis favoritos, pero esta realización de Abbado me parece en conjunto muy lograda, al nivel de las recientes de Pinnock y Alessandrini, y desde luego por encima de la sobrevalorada de Antonini. Quien quiera más información sobre el Abbado "historicista" y escuchar el Tercer Concierto puede acudir al blog de Pablo Vayón (enlace).

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