Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Este es el tercer Parsifal que escucho en directo. El primero fue con Barenboim y las huestes de la Staatsoper en Sevilla, funciones que en su momento comenté en Filomúsica; no hace mucho escuché la grabación pirata que me pasaron y volvió a parecerme una maravilla en lo musical. El segundo fue el de Lorin Maazel y Werner Herzog en Valencia, del que algo dije por aquí: alcanzó un alto nivel a pesar de la manera en que pinchó la batuta en los actos impares. Esta vez ha sido en versión de concierto, pero con el aliciente de ofrecer una reconstrucción filológica de la instrumentación escuchada en el estreno en Bayreuth, incluyendo cuerdas con tripa y sin vibrato, oboes de paredes más gruesas y sonido más oscuro, oboe-contralto wagneriano en lugar de corno inglés, trompeta en Si bemol y una muy curiosa máquina de truenos, entre otras particularidades que señala Minkus Teske en el modesto libretillo -gratuito, pero sin “hermano mayor” a la venta- editado para estas funciones que ha ofrecido el Teatro Real de Madrid en coproducción con el Konzerthaus Dortmund y la Philharmonie Essen. Estuve en la tercera de ellas, la del sábado 2 de febrero, que por lo visto ha sido la más convincente.
¿Mi opinión? En lo que a los instrumentos se refiere, me ha interesado mucho: la sonoridad es ciertamente menos brillante y robusta, pero ofrece una sensualidad muy especial. El Balthasar Neumann Ensemble, nutridísimo para la ocasión, estuvo estupendo; de justicia es señalar que, pese a ciertas inseguridades y alguna pifia puntual, falló menos que la Statskapelle de Berlín de Barenboim en las funciones sevillanas referidas. Ahora bien, en Madrid ha fallado lo principal: la dirección de Thomas Hengelbrock me ha parecido muy mediocre, no por rápida sino por rígida, mecánica, poco natural, nada flexible, en absoluto mística y en modo alguno sensual (¡pecado gravísimo en Parsifal!). Sí que hubo teatralidad y garra dramática de muy buena ley en el segundo acto -de erotismo, ni rastro-, pero a cambio las dos escenas de la transformación fueron de una vulgaridad alarmante. Los coros funcionaron bien, aunque me parece discutible haber recurrido a niños para los dos primeros escuderos y para las voces blancas de los caballeros.
Pese a lo dicho, los dos primeros actos se salvaron por obra y gracia de Kwangchul Young, el Gurnemanz oficial de Bayreuth en los últimos años: le pueden ver ustedes, con alitas, en la producción de Herheim comentada hace unos días. El bajo coreano estuvo impresionante en Madrid, no tan rico en matices como René Pape -sensacional en Sevilla- pero nobilísimo, sincero y muy comunicativo. El público madrileño le braveó con entusiasmo al terminar la velada. El otro pilar de estos actos es Amfortas, aquí un Matthias Goerne muy disminuido vocalmente desde aquella maravillosa L’upupa de Henze en este mismo teatro. ¿La intoxicación de mariscos anunciada por Mortier al comienzo del espectáculo? Lo dudo mucho, porque un amigo muy fiable me dijo que el barítono alemán ya sonó considerablemente áfono hace unas semanas cantando Mahler. En cuanto a su visión del personaje, resultó por completo anodino en el acto primero y se mostró mucho más matizado y sensible en el tercero, aun en una línea antes intimista que rebelde que no es la que a mí más me gusta. Tremolante el Titurel de Victor von Halem, que ya había grabado el papel… ¡con Karajan!
El segundo acto fue otro cantar, literalmente. Aun no poseyendo una voz lo suficientemente oscura para Klingsor, Johannes Martin Kränzle convenció por su excelente línea y su muy intencionada recreación del hechicero, en la que no hubo lugar para las truculencias ni los excesos que son habituales en esta parte.
La pareja protagonista, aun con insuficiencias, fue de nivel. Puede que la voz de Simon O’Neill no sea precisamente bella, pero su Parsifal me ha gustado tanto como cuando le escuché el segundo acto en Valencia hace un par de años junto a una inmensa Waltraud Meier: a lo entonces escrito me remito. Angela Denoke, soprano de voz notable pero un tanto impersonal, no alcanza en modo alguno las cimas de la citada mezzo, pero a mi entender ofreció en Madrid los momentos más electrizantes de la velada. Ciertamente se quedó algo corta por arriba como por abajo -el papel es casi imposible-, desafinó de manera evidente en más de un momento y mostró algún enturbiamiento de la emisión que posiblemente se debiese a la enfermedad que le hizo cancelar la primera noche madrileña (fue sustituida por Anna Larsson). Pero hizo lo más importante: interpretar a Kundry. Vocalmente y también escénicamente, beso en la boca incluido. Y haciéndolo con sensibilidad, convicción y mucha inteligencia a la hora de no convertirla en una bruja seductora para, por el contrario, poner de relieve los aspectos más frágiles y atormentados del personaje. Su dúo con un entregadísimo O’Neill fue memorable.
De muy alto nivel el conjunto de Muchachas-Flor. Como Hengelbrock alcanzó en esta parte de la obra su punto más aceptable de inspiración -y desde luego controló bien los medios a su disposición: todo sonó muy en su sitio-, la conclusión está clara: este Parsifal mereció la pena, y mucho, por el segundo acto. ¡Y por Gurnemanz!
Ya he tenido la oportunidad de ver el DVD de El caso Makropulos -obra que me fascina- filmado en el Festival de Salzburgo de 2011. Me ha gustado bastante, pero más a nivel musical que escénico, y por ello la primera opción para acercarse a este título me sigue pareciendo la filmación del Festival de Glyndebourne con una producción escénica muy lograda de Nikolaus Lenhoff (que por cierto pude ver en el Liceu de Barcelona), bien dirigida por Andrew Davis y protagonizada por una fascinante Anja Silja en el papel de su vida. La imagen y el sonido no son tan buenos como en esta edición de Cmajor, aunque ofrece igualmente subtítulos en castellano.
Salzburgo cuenta con la enorme baza de la Filarmónica de Viena, orquesta que ya había firmado la grabación de referencia de esta ópera en 1978 bajo la dirección de Sir Charles Mackerras (Decca). Esa-Pekka Salonen no posee el colorido, la incisividad ni el sentido dramático del malogrado maestro australiano, pero sabe mantener el pulso, acierta con el peculiarísimo sentido rítmico de Janácek, sabe crear una atmósfera opresiva y alcanza un muy emocionante vuelo poético en los pasajes que lo requieren, fundamentalmente en el tercer acto. ¿Emotivo Salonen? Por una vez, mucho.
Como ya pudimos comprobar en Madrid (enlace), Angela Denoke es una notabilísima Emilia Marty. Con algunas destemplanzas y chillidos, ciertamente, pero mostrándose como una cantante-actriz de primer orden, que eso es lo que aquí hace falta.El resto del elenco alcanza un muy alto nivel vocal, sin apenas puntos flacos: Raymond Very como Albert Gregor, Johan Reuter en el rol de su oponente Jaroslav Prus, Jochen Schmeckenbecher encarnando al abogado Kolenatý, Peter Hoare como Vitek y, al igual que en el Teatro Real, Ryland Davies en el papel breve pero conmovedor del anciano Hauk-Sendorf.
Lo menos interesante es la puesta en escena. Sobre escenografía y vestuarios de Anne Viebrock que apuntan tanto a los años veinte -época en que transcurre la acción original- como a momentos más avanzados del siglo, Christoph Marthaler propone una acción en la que se combinan evidentes aciertos narrativos digamos naturalistas, tradicionales en el buen sentido, con aportes más o menos conceptuales que convencen bien poco, añadiendo además algunas acciones paralelas que en lugar de aportar reflexiones de interés, entorpecen la admirable concisión escénica de la obra original. El histrionismo con que hace moverse a los personajes masculinos me parece, además, fuera de lugar, aunque Reuter va por libre y, siendo un soberbio actor, aporta una enorme fuerza escénica en todas sus apariciones. Que la protagonista no muera al final resulta muy discutible.
No lo dude: si no conoce esta obra, háganse con el DVD de Glyndebourne. Este de Salzburgo queda como segunda y muy notable opción.
La gala de homenaje a Plácido Domingo por su setenta (…o setenta y pico) cumpleaños que se celebró el pasado viernes 21 de enero en el Teatro Real de su Madrid natal tuvo momentos de gran emoción, pero estuvo lejos de satisfacer las expectativas despertadas ante la anunciada participación de "cantantes de todo el mundo”. Cierto es que resulta imposible congregar si quiera a la mitad de los grandes nombres junto a los que ha colaborado nuestro artista, pero se echaron de menos demasiadas figuras clave en su dilatada trayectoria; no necesariamente subiéndose al escenario, porque algunos ya no están para muchos trotes, pero sí al menos con su presencia en la sala, como hicieron Angela Gheorghiu (esta podía haber cantado: caprichos de diva), Elena Obratzsova o Jaume Aragall. Habría quienes por problemas de agenda o por enfermedad no pudieron asistir, y de hecho a última hora se dieron de baja gente como Matti Salminen, Samuel Ramey o Anja Harteros, pero es muy probable que a más de uno le corroyera la envidia o sencillamente se plantease que por qué a Plácido sí se le había hecho una gala y a otros -o a ellos mismos- no. Tampoco es difícil imaginar que hubo quienes no lograron dejar de lado sus diferencias con el organizador artístico del evento, Gerard Mortier. Y hay quien ha afirmado que a este no le ha dado la gana de llamar a determinados nombres que bien hubieran querido acudir. De confirmarse esto último, habría que poner seriamente en duda la profesionalidad del gestor belga, quien de momento está acumulando en su experiencia madrileña tantos aciertos como desaciertos.
Aunque la gala se retransmitió en semi-directo por Televisión Española y ha podido verse en diferentes cadenas europeas, me voy a molestar en especificar las intervenciones que se sucedieron, toda vez que el programa -que era una sorpresa y no logramos saber hasta que tuvimos acceso a la sala- no se encuentra recogido por ningún lado. Tras una correcta presentación de un Iñaki Gabilondo algo frío pero muy en su sitio, sin intentar acaparar protagonismo, la Orquesta Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo dejaron bien claras sus insuficiencias técnicas a la hora de interpretar a Wagner: muy flojo el “Freudig begrüssen” de Tannhäuser. Seguidamente apareció Deborah Polaski para dejarnos helados, con su voz fea, un vibrato descontrolado y escasa sensibilidad para encarnar a la Mariscala, con el bellísimo monólogo “Da geht er hin” del Rosenkavalier, aunque al menos hay que reconocer la voluntad para el matiz que mostró quién ha sido una soberbia Elektra o, en el mismo Teatro Real, una gran Sacristana de Jenufa. Ya desde este Strauss Domingo empezó a llevar el compas con la mano o la cabeza, cosa que continuó haciendo durante toda la velada.
Angela Denoke, quien estaría presente más por Mortier que por Plácido, hizo gala de su habitual eficacia -y sólo eso- con un “Ich sah das Kind” de Parsifal bastante soso y con algunos apuros por arriba. ¡Qué diferencia con lo que le escuchamos en Valencia hace unos meses a Waltraud Meier! ¿Por qué no estuvo la inmensa mezzo alemana en la gala, señor Mortier? Menos mal que se ofreció a continuación una estupenda recreación del “Du bist der Lenz” del primer acto de La Walkyria a cargo de una entregadísima Anja Kampe, porque si no Wagner hubiera salido mal parado de esta gala.
Como única representación del repertorio francés, Paul Groves y Bryn Terfel ofrecieron el hermoso “Au fond du temple saint” de Los pescadores de perlas. El público les aplaudió bastante, aunque a mí lo único que me interesó de esta interpretación fue la soberbia labor del director musical de toda la gala, un James Conlon que, habiéndose mostrado muy aseado y bastante lírico en el repertorio alemán, hizo aquí ostentación de una delicadeza y sensualidad admirables. Pero en la obertura de La forza del destino que vino a continuación para abrir la parte consagrada al mundo italiano se mostró más bien funcionarial: los que hemos tenido la fortuna de escuchar en directo esta soberbia página a Muti y a Barenboim nos quedamos con un agridulce sabor de boca.
El nivel subió con el “Credo in un Dio crudel” de Otello: verdad es que Juan Pons ya no tiene la voz en condiciones para recrear a Yago, pero el barítono menorquín sabe muy bien qué es Verdi, cómo hay que frasearlo y cómo ofrecer la inflexión dramática adecuada en cada momento sin caer en truculencias. Tremenda Dolora Zajick en el “O don fatale” de Don Carlo; a mí me hubiera gustado un mayor legato en las secciones extremas, pero la mezzo terminó triunfando con una voz poderosa, esmaltadísima, y una enorme garra dramática. Conlon ofreció aquí interesantes detalles en el tratamiento de las maderas. Cerrando de manera brillante la primera parte, el tantas veces bastorro Bryn Terfel recreó con su portentoso instrumento y una gran veracidad el impresionante “Te Deum” (¡qué música!) de la Tosca pucciniana.
La segunda parte se abrió con un “Va, pensiero” de Nabucco donde, esta vez sí, el desigual Coro Intermezzo, estupendamente dirigido, dio la talla con una sensual recreación de la celebérrima página. El ya no tan joven René Pape, pese a algunas desigualdades en la emisión, recreó con arte inmenso el acongojante “Ella giammai m’amò” de Don Carlo; algunas frases fueron para pasar a la historia. El vídeo que ya se encuentra colgado en Youtube les permite a ustedes comprobarlo por sí mismos.
La guapa Inva Mula le hincó el diente a Leoncavallo recreando con buen gusto y algún desliz el “Qual fiamma avea nel guardo… Stridonò lassù” de I Pagliacci, para que a continuación el prometedor Lado Ataneli hiciera gala de poderío vocal -más que de atención al matiz- en el “Nemico della patria” del Andrea Chénier. Tras este Giordano, la sorpresa de la noche llegó con Ainhoa Arteta. “Bienvenida”, le gritó una señora, en referencia a su prolongada ausencia en el Real. Bien, es verdad que la soprano tolosana nunca fue gran cosa, pero ahora está cantando mucho mejor que antes. En esta gala se enfrentó nada menos que con el “Sola, perduta, abbandonata” de la Manon Lescaut pucciniana y, pese a las insuficiencias en el grave, ofreció una fuerza expresiva que hasta ahora no habíamos encontrado en la mediática artista.
Aun estando enfermo y no en plenitud de facultades, José Bros se atrevió a cantar L'alba separa dalla luce l'ombra, de Paolo Tosti, y lo hizo con excelente gusto belcantista. La joven soprano búlgara Sonya Yoncheva, vencedora de la última edición de Operalia (el concurso de canto fundado por Domingo), le puso mucha picardía a "Meine Lippen sie küssen so heibs" de Giuditta, de Lehár. La zarzuela tuvo una sola representación, lo que resulta inexplicable teniendo en cuenta la personalidad del homenajeado. En cualquier caso Ana María Martínez nos trajo la música de Moreno Torroba recreando muy dignamente "Tres horas antes del día" de La marchenera.
Lo más divertido de la velada llegó con Erwin Schrott. Cantar, lo que se dice cantar, cantó regular, pero le puso muchísima gracia e intención al aria del catálogo de Leporello mientras llevaba en la mano... ¡el programa del concierto! Y no se limitó a eso, sino que fue enseñando las fotos de Domingo con diferentes señoras del canto. Las risas entre el público dejaron bien claro el guiño hacia lo que todos sabemos sobre el tenor madrileño, quien más tarde o más temprano tiene que terminar haciendo el Don Giovanni. El de Mozart, quiero decir, que el personaje ya se lo sabe muy bien.
A continuación se realizó el estreno mundial de PLA-CI-DO, un regalo del compositor Tan Dun a Plácido Domingo "por encargo de Gerard Mortier", según rezaba la hojilla que nos entregaron. ¿Significa esto que lo pagó el belga de su bolsillo? Porque si no es así, debería poner “por encargo del Teatro Real". La obra, una previsible mezcla de música china y sinfonismo más o menos hollywoodiense, se escuchó con simpatía y se olvidó de inmediato, aunque el oscarizado compositor oriental, presente en la sala, se llevó su ración de aplausos.
Para cerrar el apartado musical de la velada se acertó al escoger la fuga final del Falstaff verdiano, "Tutto nel mondo é burla". En ella reaparecieron Pons, Ataneli, Groves, Mula y Zajick, a los que se añadieron Maite Alberola, Xavier Moreno, Natascha Petrinsky, Miguel Ángel Zapater y, de manera testimonial pero significativa, el gran Raúl Giménez. Claro que la sorpresa estaba por llegar: Teresa Berganza. Una de sus grandes compañeras, sí, pero también una de sus más deslenguadas rivales. En su discurso, emocionado y emocionante, estuvo inmensa. Fue sin duda el momento más emotivo de la noche, rematado con un divertido “Happy birthday to you” con que la mezzo madrileña quiso imitar a Marilyn Monroe.
A partir de ahí se sucedieron interminables y merecidísimos aplausos a Plácido por parte de quienes habíamos ido desde todas partes del mundo (había muchísimo extranjero) a acompañar al cantante en tan merecido homenaje. Su discurso, deshilvanado y al borde del llanto, nos mostró la cara más débil y humana de un artista que siempre se ha mostrado un tanto hermético. Y aún tuvo fuerzas para salir al balcón a saludar al público que había aguantado las gélidas temperaturas de la noche madrileña para seguir el espectáculo desde una pantalla gigante colocada a tal efecto. Encima cantó un chotis al aire libre a menos de cero grados. Genio y figura...
La nota gris de la velada lo puso el asunto de los programas de mano. Todo el mundo pudo hacerse con la ridícula hojilla en la que figuraban las obras a interpretar y el nombre de los cantantes (no así el del pobre James Conlon, quien debió de sentirse muy ofendido). Pero muchos nos quedamos sin el otro programa, el “bueno”, con varias páginas de fotos y algún artículo de circunstancias: luego me enteré que un buen número de ellos había sido repartido entre periodistas, así que parece que nos los quitaron a quienes habíamos pagado nuestra entrada (no precisamente baratas: a mí me salió por 68 euros y tuve que estar todo el tiempo de pie) dejándonos con un palmo de narices. Sorprende la falta de previsión, pese a que ya sabíamos de la incompetencia de la Jefa de Publicaciones, Ruth Zauner. Claro que tampoco nos quedamos sin una gran edición, porque por lo que pude hojear el resultado era de una fealdad y pobreza de contenido supinas. Fíjense si sería malo el programa que la circunstancia ha sido reconocida hasta por el hagiógrafo oficial de la era Mortier, el crítico de El Pais Juan Ángel Vela del Campo. Por cierto, que en su crónica (enlace) añadía otra cosa: “Las imágenes retrospectivas que se proyectan al principio y al final del concierto unen la música a la vida y dan otro alcance más profundo y emotivo al acto. El primer reportaje audiovisual, procedente de los viejos fondos de Televisión Española, es impagable.”. Pues bien, ¿saben ustedes qué pudo leerse en los créditos finales de la retransmisión televisiva? "Asesor artístico vídeos: JUAN ÁNGEL VELA DEL CAMPO” (compruébenlo). Sin comentarios.
PD. No dejen de leer la crónica de Papagena (enlace), y no olviden que en Youtube tienen la gala en su integridad gracias a Teresa59 y su Blog Villazonista (enlace).
"Angela Denoke (soprano). De Babelsberg a Hollywood. Canciones de Marlene Dietrich, Friedrich Hollander, Peter Kreuder, Theo Mackeben, Kurt Weill, presentadas por Gerard Mortier." Justo así se anunciaba en la web, el libro de la temporada y folletos varios el espectáculo ofrecido el pasado viernes 15 de octubre por la soprano alemana en el Teatro Real de Madrid. Bueno es tenerlo presente antes de analizar lo ocurrido durante la función, es decir, el griterío que se organizó en Paraíso cada vez que Mortier tomaba la palabra, del que en mi opinión fueron culpables tres circunstancias muy distintas: un grave error técnico que podría haberse evitado, la monumental egolatría del gestor belga y la mala intención de algunos aficionados que estaban deseando encontrar la oportunidad de descargar su furia ante la nueva línea emprendida por el teatro madrileño. Yo no estuve en Paraíso sino en Principal, justo encima del escenario, pero en cualquier caso les cuento a partir de mi experiencia personal, contrastándola con la información que he ido sacando de otros puntos de la red.
El escenario intentaba crear el ambiente adecuado, con luz tenue y variada, un par de sofás (uno para la Denoke, otro para su antiguo "descubridor"), un recipiente con una botella de cava y hielo, más un par de copas que no recuerdo si se llegaron a utilizar. Todo en vano: la gran sala del Real no es en absoluto adecuada para semejante recital. Este repertorio necesita un ambiente muy particular, una intimidad entre los artistas y el público, que en un espacio tan grande no se podía conseguir. Hasta ahí, error de cálculo de Mortier, pero tampoco creo que sea algo grave. Sí lo era que el sonido amplificado no funcionase bien. En mi asiento ("Palco de Principal") se escuchaba de manera aceptable, solo eso, porque había algo "raro"; en Paraíso parece que el resultado era bastante peor.
En cualquier caso el problema más serio no estuvo con la ampliación de la voz de la soprano, que por lo demás se mostró muy correcta en la selección en homenaje a Marlene Dietrich que abría la velada, sino con el micrófono adicional que utilizó Mortier. Al poco de éste abrir la boca empezó el griterío. Por lo visto se le escuchaba fatal. Como ni él ni ninguno de los que se encontraban en el escenario sabía castellano, quizá se pensaron lo peor: la peña anti-Mortier montando el número. No era así, al menos de momento. En un momento dado alguien del público le explicó, en francés, lo que estaba pasando, y el maestro de ceremonias se decidió a usar el micrófono de la cantante. Mucho mejor así, por lo que el revuelo de momento se calmó.
Aún quedaba otro problema: el castellano de este señor resulta hoy por hoy ininteligible. Lo era para los que estábamos cerca (pude reconocer los nombres de "Otto Klemperer" y "Erich Kleiber"), pero más aún para los que estaban lejos, toda vez que la amplificación que usaba la Denoke y que en ese momento estaba utilizando el belga seguía sin ser la ideal. Así que cuando después de la segunda intervención de la soprano, Mortier se levantó de su asiento y comenzó a hablar de nuevo, reapareció la algarabía. Muy justificada, habría que añadir, no sé si en las formas pero desde luego sí en el fondo.
Ahora bien, lo que no me pareció de recibo fue que cuando Denoke comenzó a cantar por tercera vez se escucharan nuevas protestas, por primera vez dirigidas a ella; incluso hubo algún grito de "¡sin micrófono!". Si leen ustedes el hilo dedicado a la cuestión en el foro "Una noche en la ópera" (enlace) comprobarán como en estas últimas exclamaciones se mezclaron los que se quejaban de una deficiente acústica (¿no podían haber esperado en el intermedio en lugar de increpar a la diva?) con quienes, en furibundo plan anti-Mortier, se decían engañados porque en el Real se cantase con amplificación. La Denoke no debió de sentirse nada a gusto actuando en semejantes circunstancias. La cosa mejoró, por fortuna, en la segunda parte: Mortier tuvo a bien no hacer su aparición, la amplificación del Paraíso fue mejorada y hubo una migración masiva de los aficionados a los numerosos huecos que quedaban en el patio de butacas. Tras los primeros minutos se veía claramente a los músicos respirar aliviados.
Va siendo hora de recapitular. ¿Fue un error programar este recital en el Real? Sí, pero no por el carácter o la calidad de la música, como insinúan los aficionados más reaccionarios, sino por la escasa adecuación del espacio escénico. ¿Fue responsabilidad del teatro el problema acústico del Paraíso? Desde luego, y se trata además de una falta de atención hacia ese público joven -y de presupuesto ajustado- que la dirección del teatro quiere atraer; Mortier debería pedir perdón públicamente y devolver el dinero a quienes tenían una entrada en esa localidad, si es que se confirma que en la primera parte no se escuchaba bien a la solista. ¿Actuó el belga más por egolatría que por hacerle a la artista el favor de presentar su espectáculo? Sin duda, y si no me creen vuelvan a leer el "presentado por Gerard Mortier" con que se publicitó a diestro y siniestro el evento. Ahora bien, ¿tiene derecho alguien a quejarse de que este programa se ofrezca con amplificación? En modo alguno, y si lo hacen es por profunda ignorancia o -más probablemente- por mala intención.
Dicho esto, parece evidente que Mortier tiene que controlar su egolatría, porque con ella no hacen más que alimentar un odio que, por motivos ideológicos -cuando no políticos- se viene mascando hacia él desde mucho antes de su desembarco en Madrid. La mejor manera de hacer frente a semejante situación no es, como está haciendo, promocionarse a diestro y siniestro, sea convocando encuentros con los abonados, ejerciendo de maestro de ceremonias o poniendo por todas parte -programa de mano incluido- el cartel con su foto y su libro recién editado; ni descuidando aspectos tan básicos como son la amplificación en la sala o la dicción del maestro presentador de turno -en este caso él mismo-; ni olvidarse de pedir perdón cuando en la sala hay un problema técnico de semejante magnitud. Lo que tiene que hacer Mortier es trabajar con discreción y seriedad armado de esa inteligencia, esa sabiduría y ese saludable espíritu renovador que él posee y que tan bien le pueden sentar al teatro madrileño. Todas las incidencias del espectáculo del viernes no han hecho sino regalar munición a quienes se están esforzando para que se marche antes de los dos años previstos. Y es que... ¿alguien piensa que este señor va a sobrevivir en Madrid más allá del probable triunfo electoral del Partido Popular?
Bueno, algo hay que decir sobre el recital propiamente dicho. Angela Denoke me ha causado la misma impresión que las numerosas veces que la he escuchado en directo (Madrid, Granada, Sevilla): es una muy buena cantante y una artista de clase, pero generalmente necesita un plus adicional de personalidad, tanto vocal como interpretativa, para terminar de convencer. En este recital estuvo bien, muy fina y muy sutil (una opción tan válida como la del extremo opuesto, el desgarro más o menos cabaretero), pero no lo suficientemente variada en lo expresivo. Algo parecido ocurrió con sus acompañantes, que se mostraron siempre musicales y elegantísimos dentro de un estilo de digamos "jazz suave" alejado de las versiones originales de estas músicas, pero no todo lo intensos ni creativos como demandaba la ocasión, excepción hecha del estupendo percusionista Michael Griener; piano, contrabajo y saxofón rayaron a mi entender a menor nivel. En cualquier caso, en la segunda parte del recital el ambiente se fue haciendo más confortable, los artistas se encontraban más relajados, el público perdió la tensión y se consiguieron momentos de muy buena empatía. Creo que fuimos muchos los que, pese a todo, salimos moderadamente satisfechos de un recital que merecía otras circunstancias más felices.
Ah, otra cosilla: ¿para qué demonios me gasto dos euros en el programa de mano con los textos y sus traducciones si luego no hay luz en la sala para poder seguirlos? Encima he de soportar el dibujo de la portada perpetrado por Eduardo Arroyo, tan horroroso como todos los demás que ha preparado para las ediciones de la temporada. ¿No le da vergüenza a la señora Jefa de Publicaciones Ruth Zauner ofrecer una cosa así? A tenor de cómo le están saliendo los nuevos programas de las óperas, está claro que ni eso, ni otras muchas cosas. ¡Menudo desastre!
PD. Más información sobre el "asunto micrófono" en el blog Mi casa es mi mundo (enlace) y en el foro Una noche en la ópera (enlace).
En 1994 Simon Rattle grabó para EMI al frente de la Sinfónica de Birmingham una rabiosa, visceral y muy comprometida interpretación de la Cuarta Sinfonía de Shostakovich. Cierto es que atendía más a la parte dramática y corrosiva de la obra que a la atmosférica, que a ratos su violencia parecía algo externa y que el final no resultaba tan inquietante como debe, pero aun así el director británico redondeó una gran interpretación de esta partitura nada fácil de abordar. De ahí que tuviera yo mucho interés por conocer lo que hizo con la misma el pasado 13 de septiembre nada menos que con la Filarmónica de Berlín, interpretación que ofrece on-line la Digital Concert Hall de la que venimos hablando últimamente en este blog.
Pues bien, los resultados han sido para mí un relativo chasco. La ejecución es soberbia, la planificación irreprochable, la expresión siempre certera. No hay la menor caída en la acumulación decibélica ni en el efectismo. Pero la intepretación, muy objetiva y bastante abstracta, poco interesada en hurgar en recovecos expresionistas, desprende una sensación de distanciamiento e incluso frialdad que no termina de convencer. Esta partitura que en su momento Shostakovich escondiera en un cajón, sin atreverse a estrenarla a la vista que lo que se le venía encima por su Lady Macbeth, necesita bien un planteamiento a tumba abierta como el de Rozhdestvensky (enlace), o incluso el del propio Rattle años atrás, bien una visión fantasmagórica, atmosférica, ambigua y sutil como la de Rostropovich. En cualquier caso hay que alabar una soberbia ejecución de la Filarmónica de Berlín y un tercer movimiento en general bastante conseguido.
La velada se había abierto, acertadamente, con los geniales diez últimos minutos de esa obra maestra absoluta que es la Lulu de Berg, interpretada por Rattle con desbordante pasión "romántica", más que "expresionista". El británico no escatima aristas, sin embargo, en el marcado expresionismo de Les Voix, para soprano, piano y orquesta, obra concluida en 1941 por Paul Dessau, un compositor del que hasta ahora quien esto firma nada conocía. Lars Vogt exhibe un piano muy acerado y Angela Denoke, ideal para este repertorio, sale airosa de las extremas dificultades de su parte. Interesante recuperación, sin duda, de una página que hasta hace muy pocos años no ha visitado el disco y las salas de concierto, y gran acierto de un Rattle que ha sabido inyectar sabia nueva a la programación de la orquesta.
Como en las anteriores ocasiones, dejo aquí el link para escuchar el concierto (enlace).
Si el Giulio Cesare de Wernicke del que se habla en las dos entradas anteriores parece un modelo de cómo puede ser una buena producción operística "moderna", el Wozzeck de Bieitoes un ejemplo de lo que no debería ser. ______________________________
Wozzeck. Hawlata, Denoke, Goldberg, Tierney, Tilli, Delamboye, Kuebler, Gysen, Schmeckenbecher, Cole.
Petits Cantors de Catalunya. Coro Vivaldi. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Dir: Sebastian Weigle.
BBC Opus Arte, OA 0985 D
DVD 129’ DDD
Ferysa
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En el breve y espléndido documental que acompaña este DVD magníficamente filmado, grabado y presentado, el propio Calixto Bieito califica su propuesta escénica para el Wozzeck ofrecida en el Liceu en enero de 2006 como “directa, impactante, provocadora y emotiva”. De acuerdo con todo salvo con el último adjetivo. Aunque aquí hay una enorme cantidad de ideas inteligentes, entre ellas el magnífico concepto escenográfico materializado por Alfons Flores, y de que el director catalán -cuyo talento es tan grande como su egolatría y desvergüenza- se muestra mucho menos estrafalario y antimusical que en otras ocasiones, tanta violencia, brutalidad y efectismo terminan saturando la retina del espectador y produciendo el efecto contrario al deseado: una indiferencia que conduce al aburrimiento.
Además, no parece en absoluto necesario subrayar de esta manera el mensaje sociopolítico (de izquierdas y por completo vigente, dicho sea de paso) que subyace en la obra original, porque el espectador no es tan lerdo como para no captarla, y tanta obviedad termina resultando panfletaria: al igual que el Anillo “de Chernobil” ideado por Kupfer a finales de los ochenta, este Wozzeck “del chapapote” se ha quedado anticuado… y en un plazo de dos años.
Un voluntarioso pero engolado y plano Franz Hawlata se limita a cumplir con el papel protagonista; me gustó mucho más Jochen Schmeckenbecher (aquí Segundo Aprendiz) en la reposición madrileña. Angela Denoke le pone muchísima intención al fraseo de su Marie, pero en el agudo se muestra tirante y su registro grave es de todo punto insuficiente para el rol. Su marido en la vida real, David Kuebler, compone un Andres de referencia. Johann Till hace un sólido Doctor, Hubert Delamboye un solvente Capitán y el gastadísimo Reiner Goldberg es soportable como el Tambor Mayor. Lo mejor, la dirección de Sebastian Weigle, que sin poseer la fuerza, el sentido del color, el vuelo lírico y la creatividad de su maestro Barenboim, resulta admirable por alcanzar el punto justo entre la tradición tardorromántica y el expresionismo más descarnado.
Por ello, y a pesar de que la personal interpretación del argentino en la magnífica producción de Patrice Chéreau -que sí ha sabido resistir el paso del tiempo- está a punto de salir en DVD, merece la pena la compra de esta edición de BBC Opus Arte. Máxime contando una superlativa calidad de sonido DTS, muy superior a la de cualquier grabación en compacto, que en un buen Home Cinema permite disfrutar a tope de la magistral orquestación atentamente diseccionada por Weigle y de toda una poderosa gama dinámica.
________________________________ Artículo publicado en el nº 804, enero de 2008, de la revista Ritmo.