Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
No tenía ni idea de que las Quatre Chansons de Don Quichotte de Jacques Ibert y las tres de Don Quichotte à Dulcinée de Maurice Ravel hubieran sido compuestas para al cine. Menos aún de que lo hicieran para la misma película, toda vez que el director Georg Wilhelm Pabst realizara en 1932 el encargo a varios compositores a la vez –el actor protagonista fue nada menos que Feódor Chaliapin–, pero así lo cuenta Yvan Nommick en sus excelentes notas para el disco Quijotes que DG grabó en julio de 2005. ¿Quién ganó? Lo hizo Ibert, porque Ravel se retrasó. A mi modo de ver las tres canciones del vasco-francés, última de las obras que firmó, son globalmente más interesantes que las de su colega, pero la cuarta de las Ibert termina siendo la más hermosa de todas.
De El retablo de Maese Pedro poco hay que decir, salvo que se trata de una enorme maestra del irregular –sí, irregular, se pongan como se pongan algunos– Manuel de Falla.El disco se completa con breve poema sinfónico Una aventura de Don Quijote de Jesús Guridi, segundo premio en un concurso convocado en 1915 por el Círculo de bellas Artes de Madrid al hilo del tercer centenario de la muerte de Cervantes. El primero quedó desierto, probablemente con razón: la página de Guridi está bien escrita y se escucha con enorme agrado, pero se olvida enseguida. Lo siento, pero ni punto de comparación con lo de un tal Richard Strauss.
El malagueño Carlos Álvarez se entrega al cien por cien encarnando a los Quijotes de Ibert, Ravel y Falla. Estupendo Eduardo Santamaría como Maese Pedro, no tanto el niño soprano. José Ramón Encinar realiza una formidable labor, detallista y elegante, defendiendo todas estas partituras y sacando un provecho extraordinario de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Soberbia la toma sonora. Disco muy recomendable.
Vamos a por otra comparativa. Esta vez no de discos, sino de películas, basadas las dos en la misma novela de terror: Cementerio de animales de Stephen King. Leí esta obra a mediados de los ochenta. Luego descubrí que algunos la consideraban como una de las pocas realmente buenas del prolífico creador, junto con Salem’s Lot y The Shining (El resplandor), que –por pura casualidad– también había leído. El argumento de las dos es el mismo, lógicamente: un padre de familia que se enfrenta a una pérdida irreparable encuentra la posibilidad de resucitar a los muertos, y ya se sabe lo que les ocurre –es el viejo mito de Prometeo, filtrado por el de Frankenstein– a quienes intentan hacer lo que solo los dioses pueden.
Dos películas, decía. La primera la dirigió Mary Lambert en 1989. En su momento no me gustó. La otra es ya de 2019 y corrió a cargo de dos directores, Kevin Kölsch y Dennis Widmyer. No la vi cuando apareció. Pues bien, en casa he tenido la oportunidad de ver la una y repasar la otra en días consecutivos. Experiencia muy interesante.
He empezado por la más reciente. Me ha gustado solo de manera moderada: el guion funciona con solidez, los actores realizan una buena labor, la fotografía es espléndida y la ambientación está francamente cuidada. Se logra captar, aunque sea de manera parcial, la atmósfera malsana que desprendía la novela de King. Pero creo que la dirección se queda a medias a la hora de indagar en los aspectos más verdaderamente inquietantes del asunto, que son los referidos al sustrato indígena y a las fuerzas malignas que campan a sus anchas en los alrededores del cementerio de animales que da título a la novela y a las películas. Cuando los fallecidos empiezan a volver de sus tumbas –el primero es el gato, espero no hacer spoiler a nadie–, la preocupación de la cámara se centra en crear suspense sobre qué aparecerá o no aparecerá en los pasillos, en los rincones oscuros o detrás de las puertas. Que el final posea mucha más mala leche que el original no termina de arreglar las cosas: la cinta se sigue con interés, a ratos con el alma en vilo, pero no deja huella.
Mediocre la antigua. Muy mediocre. Está mal interpretada por el actor, plano a más no poder, sobre el que recae el peso del drama. Está mal dirigida por la tal Mary Lambert, cosa que queda muy clara comparando con la otra: si no fuera por algún otro picado o contrapicado muy efectista y hasta inconveniente, podría clasificarse el suyo como un rutinario trabajo televisivo en el que la planificación, el montaje, la iluminación y el uso del sonido no tienen la menor fuerza expresiva, limitándose a poner en celuloide lo que hacen los actores con el guion.
Y es que el guion también malo. ¿Saben ustedes quién lo escribió, con la exigencia de que lo respetasen al cien por cien? ¡El propio Stephen King! No es solo que no captura la esencia de su propia novela –la letra sí, obviamente–, sino que incurre en detalles pueriles y errores de bulto que bordean el ridículo. Ya ven, un escritor no tiene por qué ser quien mejor traspase a otro formato la excelencia que sí logra en el original.
Quizá ya se hayan dado ustedes cuenta de adónde quería yo llegar. Efectivamente: ¿quién ha dicho que el propio compositor sea el más capacitado para dirigir su propia obra? A tenor de estas reflexiones, me atrevo a más: ni siquiera tengo claro que su idea global de la interpretación musical sea la más válida. A muchos esta afirmación puede parecerles un disparate, pero insisto en lo de un Stephen King cargándose su propia obra no solo por su incompetencia como guionista, que también, sino por no darse cuenta de las verdaderas potencialidades de la escritura. Igual que eso, creo que las grandes obras musicales tienen hasta cierto punto “vida propia”. Y a mayor grandeza, más posibilidades. ¿Es acaso más verdaderamente mahleriano Bruno Walter que Otto Klemperer, por citar un caso clamoroso de dos maestros dirigiendo de manera magistral pero radicalmente opuesta la obra de quien llegaron a conocer en vida?
Ahí les dejo la reflexión. Pero ya que al final hablamos de música, digamos algo sobre las respectivas bandas sonoras. La de 1989 corría a cargo de Elliot Goldenthal, pero de un Goldenthal joven, aún por formar. Hay sintetizadores y hay orquesta “contemporánea” –estudió con Corigliano–, pero no demasiada inspiración. Y el tema principal se parece en exceso al que el gran Lalo Schifrin compuso para The Amityville Horror en 1979, voces de niños incluidas.
La reciente la ha compuesto Christopher Young, un señor que comenzó en el cine más o menos cuando lo hacía Goldenthal y llegó a deslumbrarnos con las dos primeras entregas de la saga Hellraiser. Luego se ha especializado en el cine de terror. Técnica tiene muchísima. También variedad en el lenguaje musical utilizado –él tampoco escapa a las voces infantiles–, así como –eso es marca de la casa– mucha sutileza en la escritura. Ahora bien, esta música funciona mucho mejor dentro de la película (es de las que “se escucha sin oírse”, es decir, de las que te mueven sin que te pongas a pensar en ella) que de manera independiente. Supongo que, al fin y al cabo, esa es la misión de una buena banda sonora.
Por cierto: mucho más terrorífico el gato de 2019 que el de 1989.
Parece que la discografía comparada de la Novena de Gustav Mahler va a tardar más de lo previsto, así que vaya aquí un aperitivo: la registrada por Sir John Barbirolli al frente de la Filarmónica de Berlín en enero de 1964. Suele decirse que no es tan formidable como la Quinta y la Sexta grabadas también para EMI. Cierto es, pero aun así se trata de una gran interpretación.
Arranca Sir John desconcertándonos con unos innecesarios portamentos, pero a los pocos minutos queda claro que este Mahler va a ser el que podemos esperar del grandísimo director británico: dramático y combativo, adusto en la sonoridad al tiempo que encendido en la expresión, desinteresado por la belleza y dispuesto a hurgar en la llaga. Ahora bien, en el primer movimiento las cosas no terminan de funcionar: el pathos se hace bien presente, pero la peculiar poesía que esta música alberga -melancólica y humana, sin que ello signifique que haya que caer en lo erróneamente contemplativo- no llega a brotar. Tampoco, y eso es más extraño, termina el maestro de analizar como es debido todo el entramado orquestal, y eso que somete a un verdadero tour de forcé a una orquesta a la que hace sonar de manera muy, pero que muy distinta, más áspera y angulosa, de como lo harán Karajan y Abbado en esta misma página.
Los movimientos centrales, aquí hay no hay sorpresa, son formidables. Barbirolli no necesita distanciarse con la socarronería de un Klemperer: le basta con mantener el punto justo de equilibrio entre visceralidad y control para realizar una lectura descaradamente expresionista en la que, sin renunciar a cierto sentido del humor, no hay lugar para el respiro lúdico. En perfecta coherencia con lo hasta aquí desarrollado, en el Finale la batuta prende fuego a la cuerda increíble de la orquesta berlinesa (¡qué soberbio trabajo el de la remasterización de 2020!) y nos conduce de manera implacable a los grandes clímax para dejarnos con el corazón en un puño. Tras el último, qué cosas, vuelven los portamentos y el maestro no termina de encontrar ese punto de negrura absoluta al que parecía dirigirse.
Esta entrada se publicó por primera vez el 6 de enero de 2010. Ahora aparece sustancialmente remozada. Quien quiera saber algo más sobre la prodigiosa Primera Sinfonía de Shostakovich, aquí tiene un enlace que podría ser de utilidad.
Confieso que no estoy contento de cómo ha quedado la comparativa, pero puede ser divertida. Una vez más, insistir en que no se tomen muy en serio esto de las puntuaciones del uno al diez. ¡Como si se pudiera medir realmente algo tan subjetivo como es la interpretación musical!
1.Markevitch/Orquesta de la ORTF(EMI, 1955). El joven Markevitch construye una versión rápida y electrizante. El primer movimiento resulta teatral, animado y humorístico, no especialmente corrosivo aunque tampoco nada naif, sino lleno de intención, a lo que ayuda una tímbrica muy incisiva. El segundo, lleno dinamismo, se precipita y no deja respirar a la música con el sentido atmosférico que debe. El tercero y el cuarto son muy punzantes y poseen una adecuada rebeldía. Impresionantes los timbales antes del final, de un carácter implacable lleno de amenaza. Lástima que la planificación no sea irreprochable y que existan momentos de barullo. (8)
2. Martinon/Sinfónica de Londres (RCA-Decca, 1957). El maestro francés, quizá por lo curvilíneo de su fraseo y su sensibilidad para el color, convence sin problemas en un primer movimiento animado, juguetón y con una dosis muy adecuada de ironía, ya que no de sarcasmo, pero se muestra más bien deslavazado en el segundo, cuyo clímax deja bastante que desear. Los otros dos los plantea con intensidad “romántica”, atención a la atmósfera y plena conciencia del subtexto dramático, pero con frecuencia se precipita y no logra dotar de continuidad al discurso. La orquesta tampoco ayuda: los metales no están en plena forma y las trompetas, concretamente, dejan mucho que desear. La toma, estereofónica, es clara y equilibrada en los planos, pero bastante áspera y carente de relieve, mostrándose lastrada por la compresión dinámica. (7)
3. Kurtz/Philharmonia (EMI, 1957). Al frente de una orquesta maravillosa y beneficiándose de una toma de sonido ya estereofónica, el maestro ruso realiza una interpretación objetiva, maravillosamente construida, directa y sin el menor devaneo, y dotada de un elevado sentido teatral. Eso sí, sin ofrecer toda la ironía que debe destilar el primer movimiento, el sentido de lo inquietante y lo misterioso del segundo, la hondura dramática del tercero ni la emotividad del cuarto. (8)
4. Stokowski/ Symphony of the Air (EMI, 1959). Ya desde un agrio y sarcástico comienzo queda claro que el mítico maestro captura a la perfección el espíritu de la obra y va a optar por una lectura poco festiva, con mucha retranca, que se beneficia de su gusto por la tímbrica descarnada, pero que también se ve lastrada por un pulso muy irregular –deplorable el arranque del Scherzo–, por una ejecución un tanto chapucera y por alguna excentricidad marca de la casa. A destacar, en cualquier caso, el carácter particularmente amargo que Stokowski destila en los dos últimos movimientos, así como su alejamiento de la retórica y el triunfalismo. En la toma sonora, estereofónica, se notan demasiado los empalmes. (7)
5. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1959). Sin ser el precisamente el colmo del riesgo y de la personalidad,
sino más bien un artesano de la más absoluta honestidad, Ormandy demuestra una perfecta
comprensión de la tempranísima partitura, tanto del componente gamberro y
circense de su primera parte –sin llegar al extremo de sarcasmo que más adelante
ofrecerá un Rozhdestvensky– como del indisimulado romanticismo de la segunda –sin alcanzar el profundo e intenso pathos de un Bernstein–. Todo ello lo pone
en sonido mediante una técnica sin fisuras y una orquesta en estado de
gracia. (9)
6.Markevitch/Orquesta Nacional de la ORTF(DVD EMI, 1963). Ocho años después de su registro en audio para EMI, la Radiodifusión Francesa realizó esta filmación de mediocre calidad audiovisual que no solo no mejoró el registro oficial realizado para EMI, sino que dejó más aún en evidencia las limitaciones de la orquesta. Los parámetros interpretativos son prácticamente los mismos. En cualquier caso, resulta impagable contemplar el gesto sobrio y marcial de Markevitch. (7)
7. Ancerl/Orquesta Filarmónica Checa (Supraphon, 1964). El director checo acierta con una interpretación fresca y juvenil, desprejuiciada, extrovertida y muy sincera. El primer movimiento le sale especialmente animado y bullicioso, ofreciendo una acertada tímbrica incisiva, aunque quizá sea un poco más risueño de la cuenta y por momentos roce lo pimpante. Muy animado y dinámico el segundo, si bien no rehuye lo inquietante. Abiertamente rebelde –más que nihilista– el Lento, y de gran sentido de la teatralidad pero sin asomo de retórica el final, cuya tímbrica áspera y tratamiento dramático resultan muy acertados. (9)
8. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1972). Evidenciando su contrastada afinidad con la música del autor, el gran director ruso ofrece en su pionera integral una interpretación tensa y corrosiva, de clímax hirientes y rebeldes, atenta tanto al sarcasmo como al dramatismo, que podría ganar aún en refinamiento y paladear mejor el –aun así, intenso– tercer movimiento. Magnífico el final, frenético y nada triunfalista. (9)
9. Rozhdestvensky/State Academy Symphony Orchestra of the URSS (Brilliant, 1976). Aunque en su integral obtendrá resultado más convincentes, por ofrecer un trazo más cuidado y una mejor planificación global, el marido de la Postnikova ofrece ya una interpretación ácida, tensa y corrosiva, que no mira al pasado romántico sino al futuro Shostakovich expresionista. El Allegretto es juguetón pero albergando mucha mala leche. El Allegro que le sigue resulta aristado, no del todo gótico. El tercer movimiento es muy negro y doliente, mientras que el cuarto sabe ser antes frenético que triunfalista. Lástima que a veces haya algo de confusión y que la grabación, más bien pobre, desequilibre los planos sonoros. (9)
10. Solti/Sinfónica de Chicago (Blu-Ray Cmajor, 1977). En uno de los primeros acercamientos del maestro al universo del autor de La nariz, Solti nos ofrece una interpretación
rápida, bulliciosa y chispeante, dicha con claridad y virtuosismo extremos por
parte de una orquesta y una batuta de técnica insuperables, trazada con la
adecuada electricidad interna y sin la menor concesión al efectismo, pero un
tanto limitada en lo expresivo al no mirar más que a la etapa gamberra,
extrovertida y humorística del Shostakovich juvenil –a veces parece que estamos
escuchando la banda sonora de una cinta de animación– y, por ende, a
desentenderse de la atmósfera inquitante y el pathos no poco romántico que
subyacen en la partitura. Dicho de otra manera: espléndidos los movimientos
iniciales, desaprovechados los dos últimos. La toma sonora
podría haber sido mucho mejor. (7)
11. Haitink/Filarmónica de Londres (Decca, 1980). Siempre objetivo y un tanto distanciado, el holandés ofrece una gran versión en su conjunto, pero a la que le falta chispa y sentido del humor –carencia habitual de Haitink– en el segundo movimiento. El resto es sólido y ofrece un acertado dramatismo, manteniendo la tensión en todo momento. Excelente prestación orquestal, si bien la toma sonora no es la mejor del globalmente admirable ciclo grabado por Decca. (9)
12.Rozhdestvensky/Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). Resulta francamente difícil superar esta modélica lectura, sarcástica y juguetona pero también altamente dramática, trufada con algún detalle personal algo discutible pero llena de fuerza. Sería aún más disfrutable con una orquesta de primera fila y con una toma sonora a la altura de las circunstancias. Bochornoso que toda esta imprescindible integral se encuentra hoy por hoy descatalogada. (10)
13. Kurt Sanderling/Sinfónica de Berlín(Berlin Classics, 1983). El gran maestro alemán nos ofrece una visión marcadamente gótica y sombría, pero no sólo en los dos últimos movimientos, excepcionales por su dramatismo, su pathos, su sinceridad y su alejamiento de la falsa retórica, sino también en los dos primeros: la jovialidad se sustituye por el carácter ominoso, al tiempo que en el segundo movimiento –que de manera incomprensible arranca sin fuerza alguna– explora como ningún otro lo ha hecho la vertiente turbia e inquietante de su segundo tema. Ideal para quien desee bucear en los aspectos más dolientes de esta música sin hacerlo desde una óptica expresionista. (9)
14. Neeme Järvi/Nacional de Escocia (Chandos, 1984). No sé si será porque en la primera mitad de los ochenta el director estonio aún no había sucumbido a la grabación compulsiva de discos, pero lo cierto es que sorprende escuchar al tantas veces pedestre y rutinario Neeme Järvi una Primera de Shostakovich así, no solo bien trazada y dicha con convicción, sino además muy comprometida en un enfoque que desdeña todo lo que de festivo y juguetón pueda rastrearse en la obra para decantarse por subrayar los aspectos más incisivos, sombríos y amargos de la partitura. Sobran cierta blandenguería en el solo de violonchelo anterior a la coda y la tendencia a acumular decibelios en los clímax. Le ayuda una toma sonora que, además de poseer una admirable transparencia, posee una amplísima gama dinámica. (9)
15. Bernstein/Sinfónica de Chicago (DG, junio 1988). En su único disco con la Sinfónica de Chicago, Lenny nos entrega una lectura sobresaliente que destaca por su enorme pathos, por su tremenda sinceridad expresiva y por su sentido del dolor y de la tragedia, ante todo en los dos últimos movimientos. Los dos primeros no resultan especialmente sarcásticos ni electrizantes, pero están ricamente matizados, desmenuzados hasta el límite y dotados de un sentido del misterio y de lo inquietante muy apropiado. Solo Celibidache será capaz de llegar aún más lejos, si bien Bernstein cuenta con la enorme ventaja de tener a su servicio una orquesta absolutamente insuperable. (10)
16. Bernstein/Orquesta del Festival Schleswig-Holstein(DVD Euroarts, julio 1988). Como en su lectura inmediatamente anterior para DG, los dos primeros movimientos están llenos de intención, misterio y fina ironía, si bien se puede echar de menos la electricidad de otras lecturas, así como una mayor dosis de mala leche. Los dos últimos resultan extraordinariamente conmovedores por su pathos, cantabilidad, fuerza dramática y carga expresiva, extrayendo Bernstein un lirismo de lo más acongojante. Desdichadamente las diferentes familias de la orquesta juvenil y algunos de sus solistas muestran sus relativas insuficiencias, por lo que el nivel se acaba resintiendo. En cualquier caso, los extensos y fascinantes ensayos que incluyen este DVD hacen su conocimiento indispensable. (9)
17. Ashkenazy/Royal Philharmonic(Decca, 1988). Siempre solvente pero rara vez brillante en sus aproximaciones a la obra del compositor, Ashkenazy encuentra un certero punto de equilibrio entre los componentes dramáticos y lúdicos de la pieza. Por desgracia, la versión pierde fuelle por cierta languidez en el tercer movimiento, así como por una tendencia al efectismo en el cuarto que hace que el resultado sea más espectacular que sincero. La realización es muy buena, si bien al final hay algo de barullo. (7)
18. Solti/Orquesta del Concertgebouw(Decca, 1991). Nos encontramos aquí en la antípoda de Sanderling. Hay en esta lectura mucho de sentido del humor, de fuerza, de tensión sonora y de rebeldía, triunfando Solti en un Allegretto inicial animadísimo pero nada mecánico. Lo hace también en un Allegro que sabe conciliar lo juguetón con lo tenso, y aunque su segundo tema no resulte del todo inquietante, hay que destacar como la furia con que este movimiento concluye nada tiene de lúdica. En la segunda mitad de la obra, y aunque por fortuna el maestro ha remansado un poco los excesivos tempi de su interpretación con Chicago, siguen echándose de menos poso dramático, ambigüedad, nihilismo y carácter atmosférico, careciendo el fraseo de la intención y de la concentración deseable. De este modo resulta algo superficial el tercer movimiento y solo bueno el cuarto, que finaliza, eso sí, con una enorme fuerza y sin la menor retórica. La toma sonora, realizada en vivo, se encuentra realizada a un volumen muy bajo y resulta un tanto extraña. (8)
19. Solti/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1991). Mientras que el disco de Decca procede de los conciertos de los días 18, 19 y 21 de septiembre, este otro corresponde solo al del 19. Edición complementaria de la anterior, pues, que suena distinta pero no mejor. (8)
20. Rostropovich/Orquesta Sinfónica Nacional de Washington (Teldec, 1993). La integral de Rostropovich, menos sarcástica pero con mayor vuelo lírico y profundidad humana, es el complemento perfecto a la de Rozhdestvensky. Esta Primera resulta admirable por su perfecto equilibrio entre los ingredientes de la partitura, siendo de un humor muy elegante –más irónico que sarcástico– el primer movimiento, animadísimo pero también inquietante el Allegro, de gran pathos –no especialmente nihilista– el tercero y adecuadamente dramático el cuarto. El final podría ser aún más tenso y rebelde. (9)
21. Barshai/Orquesta Sinfónica de la WDRde Colonia (Brilliant, 1994). En su notable y baratísima integral, el experto Rudolf Barshai mostró un irreprochable conocimiento del idioma, como también ciertas desigualdades interpretativas. Así las cosas, el primer movimiento le quedó fresco y juguetón, pero no muy matizado, dicho un tanto de pasada. Bastante soso el Allegro. Tercero y cuarto, rápidos en sus tempi, ofrecieron un muy adecuado dramatismo, aunque podían estar más paladeados. Muy notable la orquesta, y fantástica la grabación. (7)
22. Celibidache/Orquesta Filarmónica de Múnich(EMI, 1994). Plenamente inmerso en su estilo interpretativo de última época, esencial y abstracto, el maestro rumano ofreció una genial recreación en la que uno no sabe si asombrarse más por cómo está desmenuzado el tejido orquestal; por la manera de sostener el pulso a pesar de la lentitud de los tempi; por la naturalidad y flexibilidad del fraseo; por la enorme cantidad de matices expresivos que se descubren; por la riqueza de la paleta de colores desplegada; por esa ironía al mismo tiempo fina y socarrona puramente celibidachiana; por el marcadísimo sentido de lo atmosférico; o por el trágico y hondo patetismo –que no el nihilismo de un Sanderling– que se logra aquí extraer de la partitura. Lástima que la orquesta no sea de primera y que la grabación, lógicamente en vivo, no esté a la altura de la época. (10)
23. Jansons/Filarmónica de Berlín(EMI, 1994). Al frente de una orquesta maravillosa que lse rindió a él incondicionalmente, el irregular Jansons ofreció una versión rutilante y espectacular, dicha con muchas ganas, bien planificada y soberbiamente tocada, de notable sentido del humor, pero un tanto externa e insincera en los momentos más dramáticos. Como suele pasar con este algo sobrevalorado director, más ruido que nueces. (8)
24. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (RCA, 1996). Con la complicidad de una orquesta de espléndida cuerda y metales algo pobres, Temirkanov acierta plenamente en los dos primeros movimientos, cuyo espíritu juguetón y desenfadado, mas no inocente, captura de manera admirable. Otra cosa es que su sentido del humor sea antes irónico que sarcástico o corrosivo. La segunda mitad de la obra está francamente bien resuelta, aunque cosas más intensas y con más garra se hayan oído. La coda final resulta muy extraña y caprichosa, aunque tal vez se encuentre, sencillamente, mal tocada. Toma sonora a muy bajo volumen y en exceso difusa. (8)
25. Vladimir Jurowski/Orquesta Nacional Rusa (Pentatone, 2004). La realización es espléndida y el enfoque dramático muy certero, pero el conjunto desprende cierta sensación de distanciamiento y frialdad que no casa bien con esta música que necesita ante todo ironía y pasión. Un relativo chasco para venir de una de las más interesantes batutas del panorama actual. Fabulosa, eso sí, la toma de sonido. (7)
26. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln(Capriccio, 2004). Al frente de una notable orquesta y dentro de una más que digna integral que aprovecha el formato SACD, el ya veterano maestro ofrece una lectura de muy buen pulso e irreprochable idioma, equilibrada entre lo burlón y lo dramático, a la que le falta un punto de creatividad y le sobra algo de tosquedad para ser excepcional. (8)
27. Masur/Filarmónica de Londres (LPO, 2004). Sorprende gratamente encontrar al tantas veces aburrido Masur entusiasta y comprometido con la obra, al menos en una primera mitad donde hay animación, ironía –suave antes que sarcástica–, chispa y refinamiento bien entendido, como también sentido del misterio y de lo inquietante. El tercer movimiento funciona mucho menos bien, pues aquí el maestro se detiene poco en explorar atmósferas y no termina de calar en la fuerza trágica de la obra. Tampoco convence el cuarto, bien trazado pero con algunas languideces –blando el solo de violín y, algo menos, el de violonchelo– y cierta tendencia a la aparatosidad –la decisiva intervención del timbal–. Coda mucho antes efectista que sincera. La toma sonora está realizada a volumen muy alto, lo que implica una apreciable compresión de la gama dinámica. (6)
28. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Aunque el maestro británico suele mostrarse más atento al lado lúdico de las obras que dirige que al dramático, en esta página apuesta por una visión abiertamente áspera y sombría. El primer movimiento resulta así seco y dramático, parco en sentido del humor. Lo mismo el segundo, algo soso. El Lento es muy siniestro, algo mortecino por momentos, mientras que el último vuelve a ser más dramático que brillante. La orquesta es fabulosa, pero por momentos la realización resulta algo tosca en lo sonoro. (8)
29. Wigglesworth/Filarmónica de la Radio de Holanda (BIS, 2006). De manera parecida a la de un Sanderling o un Rattle, el maestro británico pasa un tanto de largo ante los aspectos más juveniles, burlones y electrizantes de la partitura para, moderando los tempi y creando atmósferas espectrales, encontrar en esta obra tan temprana el germen del Shostakovich maduro. Ciertamente lo consigue, y además lo hace con apreciable musicalidad y trazo fino, pero el pulso no es regular, hay clímax sin garra –tercer movimiento– y, en general, se echa de menos la tensión interna que debe recorrer la obra. La toma sonora, al estar realizada a un volumen bajísimo, recoge de manera asombrosa toda la gama dinámica que proponen los pentagramas. (7)
30. Gergiev/Orquesta del Mariinski (Mariinski, 2008). Moderando su habitual tendencia a la vulgaridad y el efectismo, el director favorito de Vladimir Putin ofrece una interpretación de notable nivel técnico y buen gusto en lo expresivo, si bien dentro de un enfoque mucho antes romántico que expresionista. En este sentido, la comicidad del primer movimiento está teñida de cierta melancolía, mientras que el Allegro, no muy tenso ni aristado, quizá algo desvaído, alberga un atractivo carácter sombrío. En el tercer movimiento se alcanza un apreciable vuelo lírico, y solo hay que reprochar que por momentos lo trágico se confunda con lo sollozante. El cuarto resulta convincente, a pesar de su coda algo efectista e insincera. (7)
31. Vasily Petrenko/Royal Liverpool Philharmonia (Naxos, 2009). Aunque ha realizado algunos muy buenos acercamientos a la obra del autor, Vasily Petrenko defrauda aquí con una interpretación lenta, flácida y con tendencia a la blandura, en la que sustituye la tensión interna por un juego extremo con las dinámicas. Lo mejor es el primer movimiento, algo descafeinado pero bien bien trazado. El segundo es un disparate: las secciones lentas las hace ralentiza al límite y el resultado, lejos de ser inquietante, es amanerado. En el tercero la batuta mira a la pasacaglia de la Octava, pero en lugar de lentitud y desolación hay flacidez y un aire tristón. En el cuarto los pasajes líricos no tienen garra y los solistas ofrecen intervenciones sollozantes, optándose en la coda final por el estruendo para contrastar. (4)
32. Currentzis/The Mahler Chamber Orchestra (DVD y Blu-ray Euroarts, 2013). Como era de esperar, el controvertido maestro griego deja a un lado todo lo que de desenfadado y gamberro puede tener esta página para decantarse por una visión sombría, cuya primera mitad ofrece una fuerte dosis de humor negro –más siniestro que corrosivo, pero siempre tensando al máximo las cuerdas– y en la segunda decantarse por un lirismo impregnado de congoja, verdaderamente doloroso, hasta llegar a un final lleno de rabia contenida. Todo ello lo hace, además, delineando a la perfección la arquitectura de la obra y haciendo que los solistas de la orquesta –todos muy implicados en lo expresivo, pese a más de un desliz aislado y a un piano algo flojo– intervengan con el más acertado sentido teatral. La imagen es magnífica en Blu-ray, pero no tanto el sonido: la gama dinámica podría ser aún más amplia. Y se echa de menos el surround. (10)
33. Michael Sanderling/Filarmónica de Dresde (Sony). Como Currentzis,
pero sin cargar las tintas en semejante extremo, Sanderling hijo evita
ver en esta obra una gamberrada juvenil, desatiende la ironía más o
menos corrosiva –la sonrisa es no aquí una burla autodefensiva, sino una
siniestra mueca de dolor– y recrea la obra desde la perspectiva del
Shostakovich maduro, cargando la atmósfera de malos presagios y ofreciendo, lógicamente más en los dos últimos movimientos que en los
primeros, un desolador recorrido con los paisajes del alma humana, así hasta
llegar a una coda tan lacerante en su congoja como implacable en su
resolución. La orquesta se encuentra tratada con enorme acierto, haciendo que
los metales suenen descarnados y matizando muy bien a los solistas;
discreto el primer violín, por cierto, si bien los timbales son
magníficos. Espléndida la toma. (9)
34. Paavo Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Al igual que su padre, Paavo es un maestro que parece sintonizar con esta partitura bastante más que con otros repertorios. No es solo que todo esté en su sitio –eso por descontado– y que suene plenamente a Shostakovich, sino que además se ofrece fuerza, sinceridad y hasta una serie de interesantes hallazgos desde el podio. El primer movimiento, dicho con incisividad y sarcasmo necesidad de cargar las tintas, no es quizá el que está mejor dirigido de los cuatro, pero aquí los increíbles solistas de la orquesta (¡sensacional Emmanuel Pahud!) colocan en listón en lo más alto no solo en lo técnico, sino también en lo expresivo. El segundo sabe ser juguetón al mismo tiempo que ofrecer misterio –muy paladeados los interludios entre los ataques de las cuerdas– y una buena dosis de ferocidad, con detalles muy interesantes. El tercero resulta adecuadamente patético –aquí difícil alcanzar a Bernstein, claro– y el cuarto, espléndidamente delineado y con momentos muy incandescentes, concluye con la adecuada mezcla de brillantez y amargura. Lástima que en la coda el maestro se precipite un poco. La extraordinaria calidad de la orquesta, en cualquier caso, redondea una interpretación de muchísimo nivel. (9)
Repasando el libro sobre Gustav Mahler escrito por el desaparecido José Luis Pérez de Arteaga, reparo en que la primera de las dos grabaciones que Sir Georg Solti realizó de la Sinfonía nº 2, Resurrección, la grabación con la Sinfónica de Londres de 1966 obtiene más nota (***) que la que hizo con la Sinfónica de Chicago en 1980 (**), de la que un servidor tenía estupendo recuerdo. Pues bien, he escuchado las dos en días consecutivos y confirmo que a mí me gusta bastante más la citada en segundo lugar.
La de Londres, en cualquier caso, es una muy notable interpretación, que por cierto hay que entender en su contexto. Porque este es un Mahler bien distinto tanto del de Bernstein como del de Klemperer, por citar a dos grandes recreadores de esta música en fechas cercanas a la del registro. Un Mahler ajeno a cualquier suerte de amaneramiento y de devaneos más o menos psicoanalíticos, pero también del sarcasmo y del distanciamiento digamos que “agnóstico”. Nada que ver, insisto: es un Mahler directo, cargado de electricidad y marcado por un poderoso sentido teatral, pero también capaz de mostrarse emotivo cuando corresponde y, desde luego, expuesto con tanta tensión interna como depuración sonora. En este sentido, la batuta siempre incisiva, clarísima y brillante de Solti resulta todo un espectáculo. Otra cosa es que, aún bisoño en el terreno mahleriano, a su recreación le falte una dosis de imaginación, o al menos de indagación en las diferentes atmósferas propuestas. Bien Heather Harper y Helen Watts, solo eso, y excelente el coro de la propia orquesta. Una pena que la toma carezca de la gama dinámica y relieves necesarios para hacer justicia a esta música.
Lo de Chicago, siempre a mi entender, es todavía mejor. El último tercio de los años setenta y casi toda la década de los ochenta fueron la época dorada de Sir Georg: su batuta perdió un poco –solo eso, un poco– de la electricidad de antaño, mantuvo todo su sentido teatral y ganó en flexibilidad, imaginación y atención a la belleza sonora. Por eso mismo esta Resurrección no varía sustancialmente con respecto a la que había grabado en Londres en lo que al concepto se refiere, pero sí que mejora en madurez, riqueza de matices e inspiración, permitiéndole semejante avance ofrecer un primer movimiento modélico, epidérmico en el mejor de los sentidos, expuesto con tensión implacable y una perfecta comprensión de sus aspectos tanto épicos como dramáticos. Irreprochable el segundo, no muy emotivo pero dicho sin blanduras y dotado de tensión interna en sus momentos más escarpados.
En el tercero, ningún director lo puede remediar, se echa de menos el sarcasmo de un Klemperer, pero hay que descubrirse ante la agilidad y el virtuosismo de un Solti que trata las texturas de manera magistral. En el lied se queda corta Mira Zakai, en cualquier caso sobria y musical. Un prodigio el último movimiento, milimétricamente planificado, plagado de detalles sutiles, lleno de emoción y grandiosidad sin retórica. Bien a secas Isobel Buchanan, y un verdadero milagro el coro de Margaret Hillis. La orquesta está en su mejor momento y luce en todo su esplendor con la batuta que mayor brillantez obtuvo de ella: dudoso que haya una sola interpretación tan increíblemente bien tocada y cantada. La toma, de verdadero lujo, aunque parece un error no colocar a los violines antifonalmente. Sí que convence la estereofonía de los metales off-stage.
¿Mi versión favorita de todas? Ninguna. Todavía no he encontrado una que esté a la altura, pongamos por caso, de la Quinta digital de Bernstein, de la Sexta de Barbirolli o de La canción de la Tierra de Klemperer, para que ustedes me entiendan. Esta lectura de Solti/Chicago estaría entre mis preferidas, quizá junto a las de Mehta con la Filarmónica de Viena y la de Bernstein con la Sinfónica de Londres.
Las clases han empezado sin mí. Por la noche, como todas, he sufrido fuertes tirones cada vez que cambiaba de posición, y ahora me queda soportar el dolor hasta que me haga efecto el Nolotil. No hay novedad ahí.
Lo nuevo es que ayer estuve en el traumatólogo viendo las radiografías y que, además de comprobar lo largos que son los “tornillos” que tengo ahí metidos (más bien son “clavos”), uno de ellos se ha desplazado a donde no debería y existe la posibilidad de que, si en el futuro me molesta, haya que operar otra vez. Una operación muchísimo menos importante que la otra, pero aun así con anestesia general.
LO BUENO
El dolor de las 24 horas es muchísimo menor que hace tan solo dos semanas. Hay ratos en los que apenas lo noto, siempre que ese día no haya habido fisioterapia.
Puedo caminar, moverme con normalidad y escribir en el ordenador sin demasiada molestia (aunque con muchos errores que luego hay que corregir: el brazo está en muy mala posición).
A razón de tres sesiones por semana, noto un avance importante con la fisioterapia: puedo hacer cosas que antes de empezar eran impensables. Eso anima mucho.
De momento no hay signo de necrosis.
LO MALO
Estoy todavía lejos de poder conducir, de cerrar puertas y coger cosas con ese brazo, de llevar una vida más o menos normal sin dolor físico y sin decaimiento anímico.
Las sesiones de fisioterapia son extremadamente dolorosas (no sabía que lo eran tanto), y el dolor se queda ahí las 24 horas siguientes, extendiéndose por todo el brazo y el pecho.
La posibilidad de que tengan que operarme de aquí a medio plazo me preocupa, y aún queda por ver, porque es muy pronto, si se produce necrosis: eso supondría tener que cortar el hueso y poner una prótesis.
Y efectivamente, no tengo que ir al trabajo y tengo mucho tiempo para hacer otras cosas, pero quedarme en casa con dolor no es plato del gusto de nadie. Ojalá no me hubiera pasado nada de esto y estuviera ahora en mis clases, que echo muchísimo de menos. Dolor y paciencia es lo que se me pide. No hay más. ¡Podía haber sido muchísimo peor!
Quienes sigan este blog ya sabrán que tengo a Dimitri Shostakovich como uno de los grandes compositores del siglo XX, y ciertamente uno de mis favoritos. Sin embargo, quiero dejar constancia de una reflexión que hace mucho tiempo vengo masticando, y que de nuevo me ha venido a la mente al escuchar la larga selección de la música que escribió en 1955 para la película El tábano que se incluye en el disco The Dance Album de Riccardo Chailly y la Orquesta de Philadelphia, así como de la lectura de las notas de Andrew Huth en las que se afirma que el ruso "podía componer música de la más alta calidad para los géneros más ligeros del ballet, el cine y la opereta".
Pues va a ser que no. Con todos los respetos, esta partitura para El tábano, como la mayoría de las bandas sonoras que le conozco, alcanza la calidad de una buena banda sonora de un Max Steiner, un Victor Young, un Hugo Friedhofer o un Dimitri Tiomkin, pero ni en de lejos se mueven al nivel de lo mejor de los grandísimos compositores de Hollywood de esa época, que a mi entender son –en este orden y dejando fuera a Korngold, que es ligeramente anterior– Bernard Herrmann, Miklós Rozsa, Franz Waxman y Alfred Newman. No solo en inspiración, ojo, sino también en creatividad.
Solo conozco una banda sonora de Shostakovich que me parece una monumental obra maestra equiparable, esta sí, a sus buenas –también las tiene malas– obras sinfónicas de carácter "serio": el Hamlet de Kozintsev (1964). Lo demás fue alimenticio, con frecuencia muy estimable –El tábano, sin ir más lejos–, pero sin esa calidad suprema que proclaman algunos especialistas. Sobrevalorar su obra le puede terminar perjudicando.