Es el momento de sacar a este blog del "modo pausa", aunque de manera provisional: todavía tardaré algún tiempo en volver hablar de música.
Allá por el mes de diciembre escribí una entrada titulada "Sobre el ascenso de VOX". Dos lectores mostraron su desacuerdo con mis ideas y expusieron que para ellos el verdadero problema es la presión que sobre España ejerce la extrema izquierda, esgrimiendo para ello un artículo de mi admirado Fernando Savater. No quise contestar en aquel momento. Lo hago ahora, tres días antes de las elecciones generales
En realidad no se trata de una réplica, sino de una constatación: me reafirmo en lo entonces escrito, pongo de manifiesto mi repugnancia ante la actitud mostrada en los debates televisivos por Pablo Casado y Albert Rivera –especialmente detestable este último– y vuelvo a mostrar mi angustia ante el más que probable avance de la extrema derecha de VOX, un partido cada vez más indisimuladamente neofranquista, nacionalcatólico e intolerante que, además, peca de un populismo simplista que hace dudar que las muchas personas que simpatizan por la formación de Santiago Abascal lo hagan desde la razón. Lo hacen, como ocurre en todos los totalitarismos, desde las emociones más primarias, no muy distintas de las que llevan a uno a ser fanático de un determinado equipo de fútbol frente a su mayor rival, o de la Virgen de su barrio frente a la de la barriada de al lado. Los conceptos de Dios, de la "sagrada unidad de España" (¡aprendan un poquito de historia, por favor!), de la patria, de la tradición o sencillamente del "nosotros los primeros" les interesan muchísimo más que la justicia social, la tolerancia, la razonable redistribución de la riqueza, la solidaridad, la concepción del ser humano como mucho más que una pieza en el engranaje económico y, a la postre, la consecución de la felicidad para el mayor número posible de seres humanos.
Al lector de derechas no le digo nada, porque él ya tiene claro que no siente remordimientos a la hora de contribuir al ascenso de la ultraderecha. Al de izquierdas sí que le hago un ruego: que vaya a votar el domingo. Muchísimas gracias.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
viernes, 26 de abril de 2019
jueves, 4 de abril de 2019
Waxman resucita en SACD (y descanso)
En julio de 1974 el productor metido a director de orquesta Charles Gerhardt dirigía de manera magistral (¡no exagero!) a la National Philharmonic en el Kingsway Hall londinense para firmar un monográfico dedicado a Franz Waxman que sigue siendo uno de los discos de cabecera de cualquier amante de la música de cine que se precie. Si el lector vive en España con seguridad ha escuchado el voluptuoso arranque de esta suite de Rebecca, porque José Luis Pérez de Arteaga lo utilizaba en su mítico programa radiofónico El mundo de la fonografía.
El registro, de 37 minutos de duracción, fue editado dos veces por RCA en compacto con espléndida calidad de sonido, gentileza del excelente ingeniero Kenneth Wilkinson y del productor George Korngold (sí, el hijo de Erich Wolfgang). Pero resulta que la grabación original era cuadrafónica. Hace pocos años cometí el error de comprar el reprocesado multicanal del sello HDTT: no solo tímbricamente había empeorado, sino que existía un ligero desfase entre los canales traseros y los delanteros que arruinaba el producto.
Pero he aquí que Dutton Vocalion realiza un nuevo trasvase, en este caso a SACD de cinco canales. Espero a que baje de precio en Amazon (¡ha vuelto a subir, lo siento!) y me lo compro. Lo acabo de escuchar, y disfruto una enormidad. Por la enorme calidad de la toma, que ha ganado de manera muy considerable en espacialidad, relieve y carnosidad, añadiendo algunos efectos especiales no censurables en este repertorio y manteniendo la excelente definición tímbrica de antaño. Pero también por la excelencia de la interpretación y, sobre todo, de la música: Franz Waxman fue uno de los más grandes. Si usted tiene SACD y un equipo multicanal, compre este disco.
Y ahora, con permiso de todos ustedes, me retiro temporamente: necesito pasar unas semanas sin estar pendiente de este blog. Volveré en mayo. Hasta entonces.
Pero he aquí que Dutton Vocalion realiza un nuevo trasvase, en este caso a SACD de cinco canales. Espero a que baje de precio en Amazon (¡ha vuelto a subir, lo siento!) y me lo compro. Lo acabo de escuchar, y disfruto una enormidad. Por la enorme calidad de la toma, que ha ganado de manera muy considerable en espacialidad, relieve y carnosidad, añadiendo algunos efectos especiales no censurables en este repertorio y manteniendo la excelente definición tímbrica de antaño. Pero también por la excelencia de la interpretación y, sobre todo, de la música: Franz Waxman fue uno de los más grandes. Si usted tiene SACD y un equipo multicanal, compre este disco.
Y ahora, con permiso de todos ustedes, me retiro temporamente: necesito pasar unas semanas sin estar pendiente de este blog. Volveré en mayo. Hasta entonces.
Cuando Mutter hizo Beethoven con Masur
En septiembre 1979 una Anne Sophie Mutter de dieciséis añitos de edad grababa junto a Herbert von Karajan un Concierto para violín de Beethoven que sigue siendo uno de los mejores de la discografía, quizá el más bello desde el punto de vista estrictamente formal. ¡Qué timbre tan refulgente, qué trinos, que fraseo más cantable y sensual! En enero de 2008, la violinista alemana volvía a la obra junto a un despistado Seiji Ozawa y ofrecía una interpretación detestable, por momentos repugnante y ridícula, como en su momento intenté explicar desde las páginas de Ritmo al hablar del DVD editado por Medici Arts.
Entremedias Mutter había lanzado otro registro de la obra, el realizado para Deutsche Grammophon junto a Kurt Masur y Filarmónica de Nueva York en 2002. Hasta ahora no había tenido la oportunidad de escucharlo, y lo he hecho comparándola con la que hizo con Karajan. La experiencia ha resultado ilustrativa. Veintitrés años después su sonido era todavía más hermoso, especialmente en un agudo que es oro puro. Sus trinos, más alucinantes. Los pianísimos ya rozaban la ciencia-ficción. La sensualidad de su fraseo continuaba siendo extrema, como lo era también su concentración. Y las cadencias de Kreisler seguían siendo un prodigio de virtuosismo. Pero algo había cambiado: no solo se perdía un poco de la elevadísima poesía y de la acongojante intensidad de los clímax de la ocasión anterior, sino que aparecían aquí y allá instantes de narcisismo, e incluso de amaneramiento, que sustituían la sinceridad por cierta impostura en ciertos momentos “romanticoide”. La jovencita rebosante de talento y capaz de lo genial había dado paso a la diva en plenitud de facultades que se gustaba demasiado a sí misma.
Tristemente, en las dos Romanzas para violín y orquesta que completan esta grabación queda más claramente en evidencia el giro "a peor" de la Mutter, pues el carácter aparentemente menos filosófico y profundo de estas dos hermosísimas páginas parecen darle más margen para deleitarse en una expresividad que seguramente ella cree más delicada e íntima que a algunos melómanos –al menos, a quien esto suscribe– resulta más bien narcisista, blandengue y hasta cursi. Por descontado que la artista despliega una cantabilidad admirable y que en algunos momentos –el pasaje central más encrespado de la nº 2– ofrece la adecuada convicción, pero el resultado no solo no convence sino que llega a irritar. Los horrores de su grabación del Concierto con Ozawa quedan a la vuelta de la esquina.
La dirección de Masur me ha parecido muy idiomática y de elevado nivel, pero en modo alguno la encuentro tan lograda como la de Karajan en la op. 61. En el primer movimiento los tutti suenan menos musculados y más contundentes; el segundo no está paladeado con la misma lentitud y elevación espiritual, mientras que en el tercero el relativo distanciamiento del de Salzburgo es ahora sustituido por una apreciable vitalidad, por un carácter más sanguíneo, si bien es cierto que el fraseo resulta un punto cuadriculado. En las Romanzas, Masur se limita a hacer sonar con mucho músculo a la orquesta neoyorquina sin aportar nada en especial.
También defrauda en este disco la toma: escuchada en Blu-ray Pure Audio los graves ofrecen un relieve tremendo, pero el sonido resulta un tanto turbio, no sé si a consecuencia de la acústica del Avery Fisher Hall o de una ingeniería –en vivo– no del todo lograda. La grabación con Karajan suena mejor que esta en su reciente trasvase a HD. En definitiva, un disco que solo interesa como testimonio de lo insatisfactoriamente que fue evolucionando una de las más talentosas instrumentistas que se hayan conocido.
Tristemente, en las dos Romanzas para violín y orquesta que completan esta grabación queda más claramente en evidencia el giro "a peor" de la Mutter, pues el carácter aparentemente menos filosófico y profundo de estas dos hermosísimas páginas parecen darle más margen para deleitarse en una expresividad que seguramente ella cree más delicada e íntima que a algunos melómanos –al menos, a quien esto suscribe– resulta más bien narcisista, blandengue y hasta cursi. Por descontado que la artista despliega una cantabilidad admirable y que en algunos momentos –el pasaje central más encrespado de la nº 2– ofrece la adecuada convicción, pero el resultado no solo no convence sino que llega a irritar. Los horrores de su grabación del Concierto con Ozawa quedan a la vuelta de la esquina.
La dirección de Masur me ha parecido muy idiomática y de elevado nivel, pero en modo alguno la encuentro tan lograda como la de Karajan en la op. 61. En el primer movimiento los tutti suenan menos musculados y más contundentes; el segundo no está paladeado con la misma lentitud y elevación espiritual, mientras que en el tercero el relativo distanciamiento del de Salzburgo es ahora sustituido por una apreciable vitalidad, por un carácter más sanguíneo, si bien es cierto que el fraseo resulta un punto cuadriculado. En las Romanzas, Masur se limita a hacer sonar con mucho músculo a la orquesta neoyorquina sin aportar nada en especial.
También defrauda en este disco la toma: escuchada en Blu-ray Pure Audio los graves ofrecen un relieve tremendo, pero el sonido resulta un tanto turbio, no sé si a consecuencia de la acústica del Avery Fisher Hall o de una ingeniería –en vivo– no del todo lograda. La grabación con Karajan suena mejor que esta en su reciente trasvase a HD. En definitiva, un disco que solo interesa como testimonio de lo insatisfactoriamente que fue evolucionando una de las más talentosas instrumentistas que se hayan conocido.
lunes, 1 de abril de 2019
Trovatore en el Maestranza: lirismo antes que nervio
Hay dos maneras opuestas de enfocar la dirección musical de esa enorme ópera que es Il Trovatore de Verdi, materializadas en disco por las grabaciones de Mehta y Giulini respectivamente. La una consiste en potenciar el vigor rítmico, la electricidad y el altísimo voltaje teatral que la partitura desprende, mientras que la otra carga la atmósfera, explora los rincones más sombríos y potencia el tan sensual como acongojante vuelo melódico de la escritura verdiana. Pedro Halffter, en la función que escuché en el Teatro de la Maestranza el pasado viernes 29 de marzo, se decantó por esta segunda opción descuidando los aspectos citados en primer lugar. Por ello, y aunque hizo sonar francamente bien a la Sinfónica de Sevilla, los resultados fueron muy irregulares en lo expresivo, a veces incluso dentro de una misma secuencia: si en “Tacea la notte placida”, por ejemplo, el maestro madrileño paladeó la música con enorme delectación y la hizo volar con enorme poesía, en la cabaletta “Di tale amor” resultó flácido y cayó en algún capricho innecesario. Y así durante toda la velada, alternando momentos a todas luces extraordinarios con otros muy faltos de fuelle o que pasaron sin pena ni gloria. Lo hizo mil veces mejor que el horroroso Maurizio Arena en el primer Trovatore que años ha ofreciera el teatro sevillano –en aquella ocasión los cantantes iban con la lengua fuera–, pero sin ofrecer un resultado homogéneo.
La gran beneficiada del enfoque de Halffter fue Angela Meade, quien si en el aria antedicha estuvo estupenda y se quedó algo corta en la cabaletta, en ese absoluto prodigio que es “D'amor sull'ali rosee” se elevó a las más altas cimas del canto verdiano. Canto belcantista, eso sí, en una línea muy distinta de esa desgarrada Leontyne Price a la que tanto elogié cuando comenté hace poco la referida versión de Mehta. Meade ofreció todo un rosario de recursos de tradición donizettiana para retratar a Leonora de una manera mucho menos visceral que la de su compatriota, más atenta tanto a la sensualidad como a la elevación espiritual, derrochando belleza canora y vuelo melódico (¡qué dominio del fiato, qué reguladores!) sin quedarse en el mero hedonismo narcisista. Que el Miserere, en el que la soprano norteamericana se quedó algo corta por abajo, no fuera el mejor de los posibles, apenas empañó su recreación. Su Leonora, sin duda enamorada pero también capaz de realizar el más terrible sacrificio desde la plena espiritualidad, sin caer en el desgarro, ha marcado un hito dentro de la historia lírica del Maestranza.
No fue Meade la única triunfadora de la noche. Joven aún pero convincente como actriz incluso para encarnar a una gitana madura, la mezzo Agnieszka Rehlis supo aunar frescura vocal y excelencia técnica para componer una Azucena más lírica de la cuenta, ciertamente, pero de enorme musicalidad y tan sobria como sincera expresión. Sin llegar al nivel de de sus compañeras, tampoco fue precisamente desdeñable el tenor Piero Pettri. ¿Dónde encuentran ustedes por ahí un Manrico de cierta dignidad? Yo los he escuchado terribles en el Villamarta y también en el Maestranza. Pretti posee un instrumento no grande, pero sí bien timbrado, firme en el agudo y respaldado por un buen fiato; su línea no resulta particularmente cantable, pero se muestra capaz de atender, por temperamento y por recursos vocales, a las dos facetas del personaje, la heroica y la afectiva. Se mereció un buen aplauso.
Bastante menos me gustó el Conde de Luna, aun así aceptable: Dmitri Lavrov no es un berreador a lo Marco Vratogna –por citar a un cantante malo que inexplicablemente actúa en teatros de primera fila–, porque sabe emitir el sonido y mantener un correcto equilibrio entre lo canoro y lo expresivo. Muy bien la Inés de Carolina del Alba, y nada desdeñable Romano dal Zovo como Ferrando: el grave le viene un poco justo pero la voz es muy digna de atención. El Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza ofreció bajo la dirección de Iñigo Sampil una de las mejores actuaciones que le recuerdo en los últimos años, redondeando así una función que en lo musical, pese a las referidas desigualdades, arrojó un saldo claramente positivo.
Me gustó la propuesta teatral de Stefano Vizioli, procedente de Trieste. Verán ustedes, con un argumento tan delirante como el que diseñó García Gutiérrez resulta facilísimo que lo que se vea sobre la escena recuerde a una película de Cifesa, salvo que alguien convierta al Conde de Luna en un general norteamericano y a los gitanos en el Vietcong. O traslade la acción a una estación espacial, que puestos a delirar a los registas no les gana nadie. Vizioli respeta la dramaturgia de Salvatore Cammarano ofreciendo buenas ideas escénicas y realizando alguna aportación interesante, como las cadenas que lo retienen a Manrico en la pared y sus abundantes lesiones en el último cuadro, o el ataque de locura que sufre Azucena en los instantes finales del drama. El movimiento de actores y masas estuvo bastante bien estudiado –otra cosa son las insuficiencias escénicas de casi todos los cantantes–, el juego entre escenografía e iluminación tuvo cierto atractivo y el vestuario, aunque no supo alejarse del tópico, al menos no produjo sonrojo.
Muy resumidamente: dirección musical con enormes aciertos y unas cuantas insuficiencias, notable equipo de voces y buena propuesta escénica. Yo disfruté mucho, más aun con la plena consciencia de que no es nada fácil encontrar un Trovatore de semejante nivel.
PD. La fotografía se la debo a Julio Rodríguez y a su blog A través del cristal, en el que podrán encontrar más imágenes de la misma excelencia.
La gran beneficiada del enfoque de Halffter fue Angela Meade, quien si en el aria antedicha estuvo estupenda y se quedó algo corta en la cabaletta, en ese absoluto prodigio que es “D'amor sull'ali rosee” se elevó a las más altas cimas del canto verdiano. Canto belcantista, eso sí, en una línea muy distinta de esa desgarrada Leontyne Price a la que tanto elogié cuando comenté hace poco la referida versión de Mehta. Meade ofreció todo un rosario de recursos de tradición donizettiana para retratar a Leonora de una manera mucho menos visceral que la de su compatriota, más atenta tanto a la sensualidad como a la elevación espiritual, derrochando belleza canora y vuelo melódico (¡qué dominio del fiato, qué reguladores!) sin quedarse en el mero hedonismo narcisista. Que el Miserere, en el que la soprano norteamericana se quedó algo corta por abajo, no fuera el mejor de los posibles, apenas empañó su recreación. Su Leonora, sin duda enamorada pero también capaz de realizar el más terrible sacrificio desde la plena espiritualidad, sin caer en el desgarro, ha marcado un hito dentro de la historia lírica del Maestranza.
No fue Meade la única triunfadora de la noche. Joven aún pero convincente como actriz incluso para encarnar a una gitana madura, la mezzo Agnieszka Rehlis supo aunar frescura vocal y excelencia técnica para componer una Azucena más lírica de la cuenta, ciertamente, pero de enorme musicalidad y tan sobria como sincera expresión. Sin llegar al nivel de de sus compañeras, tampoco fue precisamente desdeñable el tenor Piero Pettri. ¿Dónde encuentran ustedes por ahí un Manrico de cierta dignidad? Yo los he escuchado terribles en el Villamarta y también en el Maestranza. Pretti posee un instrumento no grande, pero sí bien timbrado, firme en el agudo y respaldado por un buen fiato; su línea no resulta particularmente cantable, pero se muestra capaz de atender, por temperamento y por recursos vocales, a las dos facetas del personaje, la heroica y la afectiva. Se mereció un buen aplauso.
Bastante menos me gustó el Conde de Luna, aun así aceptable: Dmitri Lavrov no es un berreador a lo Marco Vratogna –por citar a un cantante malo que inexplicablemente actúa en teatros de primera fila–, porque sabe emitir el sonido y mantener un correcto equilibrio entre lo canoro y lo expresivo. Muy bien la Inés de Carolina del Alba, y nada desdeñable Romano dal Zovo como Ferrando: el grave le viene un poco justo pero la voz es muy digna de atención. El Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza ofreció bajo la dirección de Iñigo Sampil una de las mejores actuaciones que le recuerdo en los últimos años, redondeando así una función que en lo musical, pese a las referidas desigualdades, arrojó un saldo claramente positivo.
Me gustó la propuesta teatral de Stefano Vizioli, procedente de Trieste. Verán ustedes, con un argumento tan delirante como el que diseñó García Gutiérrez resulta facilísimo que lo que se vea sobre la escena recuerde a una película de Cifesa, salvo que alguien convierta al Conde de Luna en un general norteamericano y a los gitanos en el Vietcong. O traslade la acción a una estación espacial, que puestos a delirar a los registas no les gana nadie. Vizioli respeta la dramaturgia de Salvatore Cammarano ofreciendo buenas ideas escénicas y realizando alguna aportación interesante, como las cadenas que lo retienen a Manrico en la pared y sus abundantes lesiones en el último cuadro, o el ataque de locura que sufre Azucena en los instantes finales del drama. El movimiento de actores y masas estuvo bastante bien estudiado –otra cosa son las insuficiencias escénicas de casi todos los cantantes–, el juego entre escenografía e iluminación tuvo cierto atractivo y el vestuario, aunque no supo alejarse del tópico, al menos no produjo sonrojo.
Muy resumidamente: dirección musical con enormes aciertos y unas cuantas insuficiencias, notable equipo de voces y buena propuesta escénica. Yo disfruté mucho, más aun con la plena consciencia de que no es nada fácil encontrar un Trovatore de semejante nivel.
PD. La fotografía se la debo a Julio Rodríguez y a su blog A través del cristal, en el que podrán encontrar más imágenes de la misma excelencia.
jueves, 28 de marzo de 2019
Mehta hizo el Trovatore de referencia
Son muchos los aficionados que afirman que el Trovatore de referencia es el que grabó allá por 1969 un Zubin Mehta de treinta y tres años de edad al frente de la New Philharmonia Orchestra en el Walthamstow Town Hall para el sello RCA. He vuelto al registro –esta vez en una copia HD– después de mucho tiempo sin escucharlo: sigo compartiendo esa opinión. No es la del maestro indio una dirección genial y personalísima a la manera de la muy gótica, densa y sensual que registró Giulini en su ancianidad. No: Mehta ofrece un Verdi-Verdi, de sonoridades rústicas en el mejor de los sentidos –enorme protagonismo de las maderas–, fraseo incisivo, tensión electrizante y altísimo voltaje teatral, lo que no le impide ralentizar los tempi y frasear con concentración y vuelo lírico las arias más poéticas. La formación que aún era de Klemperer responde con pasmoso virtuosismo a los dictados de la batuta.
Si esta interpretación es una referencia absoluta no se debe únicamente, claro está, al soberbio trabajo de Mehta. Por una vez se cumple eso de que hay cuatro cantantes de primera. Diré más: el rol fundamental, el que más canta y el que contiene una de las músicas más gloriosas de todo Verdi –me refiero a la secuencia que forman D’amor sull’ ali rosee y el Miserere– recibe una recreación inenarrable por parte de Leontyne Price. Sí, ya sé que su dicción deja que desear y que se queda algo corta en el grave, pero la soprano norteamericana ofrece una Leonora increíblemente atractiva que se beneficia de un timbre carnal y de una fuerza expresiva que otorgan especial sensualidad y erotismo a su personaje. No solo eso: posee un agudo con verdadero squillo, resuelve sin problemas las agilidades de corte belcantista y maneja con verdadera maestría el fiato para ofrecer unas frases de vuelo lírico conmovedor. En cualquier caso, lo que más deslumbra es la intensísima y por momentos desgarradora intensidad emocional que despliega desde la primera hasta la última nota. De libro.
A nivel no precisamente inferior se mueve Fiorenza Cossotto, una Azucena cantada con asombrosa perfección, de línea tan bella como depurada en lo sonoro, que en lo expresivo sabe ofrecer sutilísimos matices psicológicos y mantenerse por completo ajena a truculencias. Ni una concesión de cara a la galería: solo canto del más exquisito posible.
¿Qué decir de Plácido Domingo? Quizá no ofrezca todavía los matices ni la sensualidad de esa grabación con Giulini antes citada, pero aquí sí ofrece esa frescura y ese ímpetu juvenil que se echará de menos más tarde. De acuerdo con que la cabaletta no es memorable, pero en el aria roza el cielo verdiano. Grande Plácido.
Sherill Milnes, siempre un intérprete algo monolítico, está aquí en su mejor momento vocal y canta con una perfecta mezcla de arrojo, sensibilidad y convicción. Elisabeth Bainbridge hace una estupenda Inés y Bonaldo Giaiotti hace un Ferrando portentoso. El Ambrosian Opera Chorus de John MacCarthy deja bien claro que por aquella época era el mejor coro del mundo.
La toma sonora adolece de una severa compresión dinámica y de una tímbrica no muy depurada –parece que antes sonaba peor aún: no he podido comprobarlo–, pero ello no debería echar para atrás a quien no conozca este registro, obligatorio para todo el que ame la música de Giuseppe Verdi.
A nivel no precisamente inferior se mueve Fiorenza Cossotto, una Azucena cantada con asombrosa perfección, de línea tan bella como depurada en lo sonoro, que en lo expresivo sabe ofrecer sutilísimos matices psicológicos y mantenerse por completo ajena a truculencias. Ni una concesión de cara a la galería: solo canto del más exquisito posible.
¿Qué decir de Plácido Domingo? Quizá no ofrezca todavía los matices ni la sensualidad de esa grabación con Giulini antes citada, pero aquí sí ofrece esa frescura y ese ímpetu juvenil que se echará de menos más tarde. De acuerdo con que la cabaletta no es memorable, pero en el aria roza el cielo verdiano. Grande Plácido.
Sherill Milnes, siempre un intérprete algo monolítico, está aquí en su mejor momento vocal y canta con una perfecta mezcla de arrojo, sensibilidad y convicción. Elisabeth Bainbridge hace una estupenda Inés y Bonaldo Giaiotti hace un Ferrando portentoso. El Ambrosian Opera Chorus de John MacCarthy deja bien claro que por aquella época era el mejor coro del mundo.
La toma sonora adolece de una severa compresión dinámica y de una tímbrica no muy depurada –parece que antes sonaba peor aún: no he podido comprobarlo–, pero ello no debería echar para atrás a quien no conozca este registro, obligatorio para todo el que ame la música de Giuseppe Verdi.
miércoles, 27 de marzo de 2019
Amplificado y mareante homenaje a John Williams
Estuve el pasado sábado 23 en el concierto dedicado a la música de John Williams que ofreció la Film Symphony Orchestra –curioso nombre para una formación española– bajo la dirección del muy simpático y parlanchín Constantino Martínez Orts en el Villamarta. El lleno fue absoluto –las entradas llevaban mucho tiempo agotadas, algo que desde hacía años no se vivía en el teatro jerezano–, el público aplaudió a rabiar y frikis de todas las edades se sacaron fotos con los soldados imperiales que posaban en el vestíbulo. Pero yo salí con un sabor agridulce en los labios.
Por un lado, fue un enorme disfrute escuchar en directo la música de un compositor al que adoro desde muy pequeño, cuando allá a finales de los setenta tanto en mi casa como en la de mis abuelos maternos –en la que yo pasaba muchas horas– aparecieron sendos ejemplares de la banda sonora de Superman. Desde entonces la obra del norteamericano me ha acompañado constantemente. La he disfrutado, la he amado y seguirá siendo siempre parte de mi vida. El programa seleccionado, además, ofrecía equilibrio y variedad: se tocaron piezas celebérrimas entre las que se incluían Star Wars, Indiana Jones o E.T., pero asimismo se nos ofreció una muestra del Williams político, del melodramático, del humorístico y del intimista con piezas como JFK, War Horse, Las brujas de Eastwick, Memorias de una Geisha o Las cenizas de Ángela. A mi entender faltaron más representaciones de los años 70, pero aun así fue toda una muestra de conocimiento y sensibilidad por parte de Martínez Orts, quien así demostró su compromiso a la hora de reivindicar las facetas de un compositor más poliédrico de lo que muchos creen.
Por otro, hubo cosas que no me gustaron en absoluto. Es el caso del sonido amplificado, tal vez necesario en esos grandes auditorios en los que suele actuar esta formación pero inconveniente en el Villamarta, un teatro en el que han dirigido maestros como Menuhin, Rozhdestvensky o Plasson y actuado orquestas como la English Chamber o la Filarmónica de Dresde con excelentes resultados acústicos. El sonido de la Film Symphony Orchestra fue irreal en el volumen y desequilibrado en los planos sonoros: no es de recibo semejante potencia en el glockenspiel ni en los solos de violín o violonchelo. Y no, no me vale el argumento de que en las bandas sonoras de las películas determinados instrumentos puedan estar puestos en primer plano por la ingeniería, porque lo que en Jerez escuchamos fueron, fundamentalmente, versiones "de concierto" pensadas por el propio Williams para sus numerosas apariciones sobre el podio.
Tampoco me gustó la luminotectia. A ver, no me pareció mal que hubiera juegos de luces en un evento festivo y cinematográfico. Lo que disjustó fue que los mismos estuvieran cambiando constantemente dentro de una misma pieza, siguiendo –con acierto, todo hay que decirlo– las evoluciones de la música pero distrayendo de la misma e incluso molestándola de manera considerable, hasta el punto de que en más de un momento tuve que cerrar los ojos para poder concentrarme en lo que sonaba. En alguna ocasión el interior del Villamarta se asemejó al de una discoteca. Lo siento, pero lo que en un concierto pop puede resultar muy adecuado no lo es en absoluto en un recital sinfónico, por muy hollywoodiense que este sea.
Bueno, ¿y las interpretaciones? La orquesta, siendo lo que es –una formación para dar conciertos "para el gran público"– no me pareció mala en absoluto. La cuerda, no muy nutrida, sonó estupendamente empastada, las maderas cumplieron de manera satisfactoria y los siempre complicados metales funcionaron con dignidad. Había solistas francamente buenos. Constantino Martínez Orts la dirigió con incuestionable conocimiento y enorme entusiasmo, aunque también evidenciando desigualdades: supo hacer volar las melodías de las piezas más sensibles y delinear con claridad el entramado en páginas virtuosísticas como Las aventuras de Mutt –de la última entrada de la saga Indiana Jones– o El duelo –de Tintín–, pero esa maravilla que es Las brujas de Eatswick se mostró francamente basto y en Star Wars hubo efectismos y decisiones de mal gusto que no son de recibo. Ni que decir tiene que la amplificación limitó los juegos con las dinámicas, tampoco muy trabajados por parte de la batuta. La segunda y última propina, Cantine Band, fue un desmadre tanto en el buen sentido como en el malo: Martínez Orts quiso seguir la línea de Dudamel con el mambo de Bernstein y salió lo que salió.
"Un espectáculo que estrena vestuario: ¡¡un diseño realizado en exclusiva para FSO por el gran diseñador, Jaime Suay de Maestros de Costura!!" (sic), rezaba el programa de mano. Decididamente este es un espectáculo –eso, espectáculo más que concierto– diseñado para triunfar, pero no está pensado para la clase de público a la que pertenezco ni, probablemente, para los lectores de este blog. Es lo que hay.
Por un lado, fue un enorme disfrute escuchar en directo la música de un compositor al que adoro desde muy pequeño, cuando allá a finales de los setenta tanto en mi casa como en la de mis abuelos maternos –en la que yo pasaba muchas horas– aparecieron sendos ejemplares de la banda sonora de Superman. Desde entonces la obra del norteamericano me ha acompañado constantemente. La he disfrutado, la he amado y seguirá siendo siempre parte de mi vida. El programa seleccionado, además, ofrecía equilibrio y variedad: se tocaron piezas celebérrimas entre las que se incluían Star Wars, Indiana Jones o E.T., pero asimismo se nos ofreció una muestra del Williams político, del melodramático, del humorístico y del intimista con piezas como JFK, War Horse, Las brujas de Eastwick, Memorias de una Geisha o Las cenizas de Ángela. A mi entender faltaron más representaciones de los años 70, pero aun así fue toda una muestra de conocimiento y sensibilidad por parte de Martínez Orts, quien así demostró su compromiso a la hora de reivindicar las facetas de un compositor más poliédrico de lo que muchos creen.
Por otro, hubo cosas que no me gustaron en absoluto. Es el caso del sonido amplificado, tal vez necesario en esos grandes auditorios en los que suele actuar esta formación pero inconveniente en el Villamarta, un teatro en el que han dirigido maestros como Menuhin, Rozhdestvensky o Plasson y actuado orquestas como la English Chamber o la Filarmónica de Dresde con excelentes resultados acústicos. El sonido de la Film Symphony Orchestra fue irreal en el volumen y desequilibrado en los planos sonoros: no es de recibo semejante potencia en el glockenspiel ni en los solos de violín o violonchelo. Y no, no me vale el argumento de que en las bandas sonoras de las películas determinados instrumentos puedan estar puestos en primer plano por la ingeniería, porque lo que en Jerez escuchamos fueron, fundamentalmente, versiones "de concierto" pensadas por el propio Williams para sus numerosas apariciones sobre el podio.
Tampoco me gustó la luminotectia. A ver, no me pareció mal que hubiera juegos de luces en un evento festivo y cinematográfico. Lo que disjustó fue que los mismos estuvieran cambiando constantemente dentro de una misma pieza, siguiendo –con acierto, todo hay que decirlo– las evoluciones de la música pero distrayendo de la misma e incluso molestándola de manera considerable, hasta el punto de que en más de un momento tuve que cerrar los ojos para poder concentrarme en lo que sonaba. En alguna ocasión el interior del Villamarta se asemejó al de una discoteca. Lo siento, pero lo que en un concierto pop puede resultar muy adecuado no lo es en absoluto en un recital sinfónico, por muy hollywoodiense que este sea.
Bueno, ¿y las interpretaciones? La orquesta, siendo lo que es –una formación para dar conciertos "para el gran público"– no me pareció mala en absoluto. La cuerda, no muy nutrida, sonó estupendamente empastada, las maderas cumplieron de manera satisfactoria y los siempre complicados metales funcionaron con dignidad. Había solistas francamente buenos. Constantino Martínez Orts la dirigió con incuestionable conocimiento y enorme entusiasmo, aunque también evidenciando desigualdades: supo hacer volar las melodías de las piezas más sensibles y delinear con claridad el entramado en páginas virtuosísticas como Las aventuras de Mutt –de la última entrada de la saga Indiana Jones– o El duelo –de Tintín–, pero esa maravilla que es Las brujas de Eatswick se mostró francamente basto y en Star Wars hubo efectismos y decisiones de mal gusto que no son de recibo. Ni que decir tiene que la amplificación limitó los juegos con las dinámicas, tampoco muy trabajados por parte de la batuta. La segunda y última propina, Cantine Band, fue un desmadre tanto en el buen sentido como en el malo: Martínez Orts quiso seguir la línea de Dudamel con el mambo de Bernstein y salió lo que salió.
"Un espectáculo que estrena vestuario: ¡¡un diseño realizado en exclusiva para FSO por el gran diseñador, Jaime Suay de Maestros de Costura!!" (sic), rezaba el programa de mano. Decididamente este es un espectáculo –eso, espectáculo más que concierto– diseñado para triunfar, pero no está pensado para la clase de público a la que pertenezco ni, probablemente, para los lectores de este blog. Es lo que hay.
sábado, 23 de marzo de 2019
Perianes, en lo más alto
Ofreció ayer viernes Javier Perianes en el Teatro de la Maestranza el que quizá haya sido el mejor de cuantos recitales le he escuchado. Un recital en el que se movió durante la mayor pare del tiempo en las más altas cimas del pianismo. Por técnica, ciertamente, pero también –y sobre todo– por equilibrio entre concepto, belleza sonora, expresión y comunicatividad. Personas que tocan fabulosamente el piano hay muchas, pero que ofrezcan también “lo otro”, bastantes menos. Javier está entre ellos. No solo eso: entre los mejores del panorama actual.
Arrancó la velada con la pareja de Nocturnos op. 48 de Chopin, dichos con lentitud llevada con una concentración absoluta –esta última virtud es una de las señas de identidad del de Nerva– y mezclando de manera portentosa la cantabilidad de un Arrau con la negrura de un Barenboim, los dos pianistas que más lejos han llegado en esta acongojante música: Perianes entiende aquí la belleza sonora no como un fin, sino como un medio para alcanzar las metas expresivas.
El concepto con que Javier abordó la genial Sonata nº 3 del autor polaco no es el que a mí más me interesa: el suyo fue mayormente apolíneo, cantable y equilibrado, lírico antes que tempestuoso, y a mí esta obra me gusta arrebatada, dicha con nervio y un punto demoníaca, cargada de negrura y desesperación, justo como hizo Evgeny Kissin en aquella incomparable grabación para RCA de 1993. Por eso mismo no terminé de entrar en el Allegro Maestoso inicial, aun estando fraseado con una pulsación muy rica, flexibilidad llena de lógica, sensibilidad exquisita y un perfecto estilo chopiniano. El Scherzo estuvo dicho sin prisa alguna, sin necesidad de demostrar capacidad para pegar carreritas sobre el teclado; dejando a la música respirar y clarificando texturas. El Presto conclusivo, dicho sin miedo a los contrastes, fue admirable en su magníficamente ortodoxa mezcla de elegancia y rotundidad. ¿Y el Largo? Pues no el más amargo posible ni el más lacerante, pero creo que no se puede ir más allá en la conjunción entre poesía y emotividad que ofreció nuestro artista. Chopin del más alto nivel posible en el que las melodías estuvieron cantadas como solo los más grandes poetas del piano saben hacerlo. Música sublime en interpretación del mismo nivel. Música para reflexionar, para para emocionarse, para pensar sobre uno mismo y sobre los demás, para comprender y sentirse comprendido… Cualquier cosa menos una sucesión de notas más o menos bonitas para pasar el rato.
La segunda parte se abrió con las tres Estampes de Debussy. Fue una hermosísima interpretación: a lo escrito en su momento sobre el disco me remito. Si en Sevilla no la disfruté no fue por culpa de Perianes, sino del concierto paralelo que organizaron algunos espectadores del teatro sevillano a base de toses, objetos caídos al suelo y caramelos liberados de sus envoltorios con sádica minuciosidad: mortal para esta música en la que el silencio es tan importante como el sonido.
Siguieron las Cuatro piezas españolas de Manuel de Falla. Un prodigio en todos los sentidos: españolismo natural, agilidad pasmosa, colorido infinito, flexibilidad, sutileza, sentido de los contrastes… Me gusta su recreación, que ya conocía por el disco, más que las dos grabaciones de Alicia de Larrocha –sonido más variado, fraseo de mayor sensualidad–, y diría que casi, casi más todavía que la de Esteban Sánchez: en Andaluza, aun dicha con enorme duende, no alcanza el carácter escarpado y visionario del todavía no lo suficientemente llorado pianista extremeño, pero en Cubana vuela mucho más lejos que los dos citados pianistas haciendo gala de una flexibilidad, una imaginación y un dominio de la agógica de primerísima magnitud. Se me acaban los adjetivos para hablar de las tres piezas de El sombrero de tres picos: sencillamente imposible llegar más lejos. ¡Qué dominio de los recursos técnicos del piano! ¡Qué estilazo! ¡Que perfecta mezcla de pasión y control!
La primea propina fue una pieza "sencillita" y "ligera", solo para conseguir aplausos: La catedral sumergida del primer libro de Preludios de Debussy que acaba de volver a grabar. Pensé que las toses iban a hacer de las suyas, pero no. Tras dejarnos con el corazón en un puño con el subyugante misterio debussiano, volvió a abrir el tarro de las esencias locales en la Serenata andaluza de Falla –confieso no haberla reconocido, he tenido que preguntar– y se elevó de nuevo al más alto nivel chopiniano con ese Nocturno nº 20 que, como hemos comprobado en otras ocasiones, Javier hace como nadie.
Total, una enorme e inolvidable noche de música. No sé si volvimos a casa más contentos, pero sí más humanos.
Arrancó la velada con la pareja de Nocturnos op. 48 de Chopin, dichos con lentitud llevada con una concentración absoluta –esta última virtud es una de las señas de identidad del de Nerva– y mezclando de manera portentosa la cantabilidad de un Arrau con la negrura de un Barenboim, los dos pianistas que más lejos han llegado en esta acongojante música: Perianes entiende aquí la belleza sonora no como un fin, sino como un medio para alcanzar las metas expresivas.
El concepto con que Javier abordó la genial Sonata nº 3 del autor polaco no es el que a mí más me interesa: el suyo fue mayormente apolíneo, cantable y equilibrado, lírico antes que tempestuoso, y a mí esta obra me gusta arrebatada, dicha con nervio y un punto demoníaca, cargada de negrura y desesperación, justo como hizo Evgeny Kissin en aquella incomparable grabación para RCA de 1993. Por eso mismo no terminé de entrar en el Allegro Maestoso inicial, aun estando fraseado con una pulsación muy rica, flexibilidad llena de lógica, sensibilidad exquisita y un perfecto estilo chopiniano. El Scherzo estuvo dicho sin prisa alguna, sin necesidad de demostrar capacidad para pegar carreritas sobre el teclado; dejando a la música respirar y clarificando texturas. El Presto conclusivo, dicho sin miedo a los contrastes, fue admirable en su magníficamente ortodoxa mezcla de elegancia y rotundidad. ¿Y el Largo? Pues no el más amargo posible ni el más lacerante, pero creo que no se puede ir más allá en la conjunción entre poesía y emotividad que ofreció nuestro artista. Chopin del más alto nivel posible en el que las melodías estuvieron cantadas como solo los más grandes poetas del piano saben hacerlo. Música sublime en interpretación del mismo nivel. Música para reflexionar, para para emocionarse, para pensar sobre uno mismo y sobre los demás, para comprender y sentirse comprendido… Cualquier cosa menos una sucesión de notas más o menos bonitas para pasar el rato.
La segunda parte se abrió con las tres Estampes de Debussy. Fue una hermosísima interpretación: a lo escrito en su momento sobre el disco me remito. Si en Sevilla no la disfruté no fue por culpa de Perianes, sino del concierto paralelo que organizaron algunos espectadores del teatro sevillano a base de toses, objetos caídos al suelo y caramelos liberados de sus envoltorios con sádica minuciosidad: mortal para esta música en la que el silencio es tan importante como el sonido.
Siguieron las Cuatro piezas españolas de Manuel de Falla. Un prodigio en todos los sentidos: españolismo natural, agilidad pasmosa, colorido infinito, flexibilidad, sutileza, sentido de los contrastes… Me gusta su recreación, que ya conocía por el disco, más que las dos grabaciones de Alicia de Larrocha –sonido más variado, fraseo de mayor sensualidad–, y diría que casi, casi más todavía que la de Esteban Sánchez: en Andaluza, aun dicha con enorme duende, no alcanza el carácter escarpado y visionario del todavía no lo suficientemente llorado pianista extremeño, pero en Cubana vuela mucho más lejos que los dos citados pianistas haciendo gala de una flexibilidad, una imaginación y un dominio de la agógica de primerísima magnitud. Se me acaban los adjetivos para hablar de las tres piezas de El sombrero de tres picos: sencillamente imposible llegar más lejos. ¡Qué dominio de los recursos técnicos del piano! ¡Qué estilazo! ¡Que perfecta mezcla de pasión y control!
La primea propina fue una pieza "sencillita" y "ligera", solo para conseguir aplausos: La catedral sumergida del primer libro de Preludios de Debussy que acaba de volver a grabar. Pensé que las toses iban a hacer de las suyas, pero no. Tras dejarnos con el corazón en un puño con el subyugante misterio debussiano, volvió a abrir el tarro de las esencias locales en la Serenata andaluza de Falla –confieso no haberla reconocido, he tenido que preguntar– y se elevó de nuevo al más alto nivel chopiniano con ese Nocturno nº 20 que, como hemos comprobado en otras ocasiones, Javier hace como nadie.
Total, una enorme e inolvidable noche de música. No sé si volvimos a casa más contentos, pero sí más humanos.
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