sábado, 23 de marzo de 2019

Perianes, en lo más alto

Ofreció ayer viernes Javier Perianes en el Teatro de la Maestranza el que quizá haya sido el mejor de cuantos recitales le he escuchado. Un recital en el que se movió durante la mayor pare del tiempo en las más altas cimas del pianismo. Por técnica, ciertamente, pero también –y sobre todo– por equilibrio entre concepto, belleza sonora, expresión y comunicatividad. Personas que tocan fabulosamente el piano hay muchas, pero que ofrezcan también “lo otro”, bastantes menos. Javier está entre ellos. No solo eso: entre los mejores del panorama actual.

Arrancó la velada con la pareja de Nocturnos op. 48 de Chopin, dichos con lentitud llevada con una concentración absoluta  –esta última virtud es una de las señas de identidad del de Nerva– y mezclando de manera portentosa la cantabilidad de un Arrau con la negrura de un Barenboim, los dos pianistas que más lejos han llegado en esta acongojante música: Perianes entiende aquí la belleza sonora no como un fin, sino como un medio para alcanzar las metas expresivas.


El concepto con que Javier abordó la genial Sonata nº 3 del autor polaco no es el que a mí más me interesa: el suyo fue mayormente apolíneo, cantable y equilibrado, lírico antes que tempestuoso, y a mí esta obra me gusta arrebatada, dicha con nervio y un punto demoníaca, cargada de negrura y desesperación, justo como hizo Evgeny Kissin en aquella incomparable grabación para RCA de 1993. Por eso mismo no terminé de entrar en el Allegro Maestoso inicial, aun estando fraseado con una pulsación muy rica, flexibilidad llena de lógica, sensibilidad exquisita y un perfecto estilo chopiniano. El Scherzo estuvo dicho sin prisa alguna, sin necesidad de demostrar capacidad para pegar carreritas sobre el teclado; dejando a la música respirar y clarificando texturas. El Presto conclusivo, dicho sin miedo a los contrastes, fue admirable en su magníficamente ortodoxa mezcla de elegancia y rotundidad. ¿Y el Largo? Pues no el más amargo posible ni el más lacerante, pero creo que no se puede ir más allá en la conjunción entre poesía y emotividad que ofreció nuestro artista. Chopin del más alto nivel posible en el que las melodías estuvieron cantadas como solo los más grandes poetas del piano saben hacerlo. Música sublime en interpretación del mismo nivel. Música para reflexionar, para para emocionarse, para pensar sobre uno mismo y sobre los demás, para comprender y sentirse comprendido… Cualquier cosa menos una sucesión de notas más o menos bonitas para pasar el rato.

La segunda parte se abrió con las tres Estampes de Debussy. Fue una hermosísima interpretación: a lo escrito en su momento sobre el disco me remito. Si en Sevilla no la disfruté no fue por culpa de Perianes, sino del concierto paralelo que organizaron algunos espectadores del teatro sevillano a base de toses, objetos caídos al suelo y caramelos liberados de sus envoltorios con sádica minuciosidad: mortal para esta música en la que el silencio es tan importante como el sonido.

Siguieron las Cuatro piezas españolas de Manuel de Falla. Un prodigio en todos los sentidos: españolismo natural, agilidad pasmosa, colorido infinito, flexibilidad, sutileza, sentido de los contrastes… Me gusta su recreación, que ya conocía por el disco, más que las dos grabaciones de Alicia de Larrocha –sonido más variado, fraseo de mayor sensualidad–, y diría que casi, casi más todavía que la de Esteban Sánchez: en Andaluza, aun dicha con enorme duende, no alcanza el carácter escarpado y visionario del todavía no lo suficientemente llorado pianista extremeño, pero en Cubana vuela mucho más lejos que los dos citados pianistas haciendo gala de una flexibilidad, una imaginación y un dominio de la agógica de primerísima magnitud. Se me acaban los adjetivos para hablar de las tres piezas de El sombrero de tres picos: sencillamente imposible llegar más lejos. ¡Qué dominio de los recursos técnicos del piano! ¡Qué estilazo! ¡Que perfecta mezcla de pasión y control!

La primea propina fue una pieza "sencillita" y "ligera", solo para conseguir aplausos: La catedral sumergida del primer libro de Preludios de Debussy que acaba de volver a grabar. Pensé que las toses iban a hacer de las suyas, pero no. Tras dejarnos con el corazón en un puño con el subyugante misterio debussiano, volvió a abrir el tarro de las esencias locales en la Serenata andaluza de Falla –confieso no haberla reconocido, he tenido que preguntar– y se elevó de nuevo al más alto nivel chopiniano con ese Nocturno nº 20 que, como hemos comprobado en otras ocasiones, Javier hace como nadie.

Total, una enorme e inolvidable noche de música. No sé si volvimos a casa más contentos, pero sí más humanos.

3 comentarios:

José Luis López López dijo...

Vamos, Fernando. No sé por qué, pero la vida parece que nos ha colocado en bandos adversos. Nunca he sabido la causa. Pero, ya hace algún tiempo, leyéndote en "Ya nos queda un día menos", te he tomado aprecio. En el recital de Perianes estábamos sentados al lado (yo, con mi mujer y mi nieto, en las localidades 1, 3 y 5 de la fila 5; a mi lado, tu acompañante femenina y, a su izquierda, tú: localidades 7 y 9 de la misma fila 5). A mí no me correspondía hacer la reseña para ABC de Sevilla (sino a Carlos Tarín, con quien comparto y alterno, más o menos, las colaboraciones en ese diario). Por eso, aunque no tenía la responsabilidad de mencionarlas (lo que hago habitualmente cuando me toca) me quedé con la curiosidad de saber qué propinas nos había regalado Javier. Solo reconocí, lógicamente, "La catedral sumergida"; pero no las otras dos, aunque la tercera me "sonaba" a Chopin. Si me hubiera correspondido escribir la reseña, me hubiera ido al camerino a preguntarle al propio Perianes, a quien conozco personalmente, y él a mí, desde hace bastantes años (supongo que a tí te ocurrirá igual). He mirado en diversas reseñas, y nadie (hasta que he visto la tuya) mencionaba las propinas. Tu "amigo" (y "enemigo" mío, por una causa lejana que es hasta cómico seguir manteniendo: la discrepancia por el nombramiento de Pedro Halffter, hace ya tantos años, ha provocado que no nos dirijamos la palabra desde entonces) Andrés Moreno Mengíbar, en su escueta nota en "Diario de Sevilla" ni siquiera aludía a ellas (por cierto, durante mucho tiempo pensé que tu amistad con él, y el hecho de que seais ambos profesores de Geografía e Historia de Secundaria -tantos años tú en Beas de Segura, ahora en tu Jerez de la Frontera- era la razón de tu animadversión contra mí). Con él, mi alejamiento no tiene ya remedio. Pero tengo muchos años ya -demasiados- y no me apetece estar enemistado contigo ni con casi nadie. Sobre todo, porque nunca hubo, en tu caso, una base concreta para ello. Dicho esto -perdona la longitud de mi digresión-, quiero volver al asunto de las propinas de Perianes. Sabes mucha música, y te honra reconocer que ignorabas que la segunda propina era la "Serenata andaluza" de Falla (yo tampoco la conocí, hasta que te he leido a tí). Pero quiero hablarte de la tercera. Dices, con razón, que era el "Nocturno nº 20" de Chopin. Sin embargo, puesto que te gusta tanto la precisión (cosa que alabo) dicho así, a algunos lectores los habrás dejado un poco despistados. Cierto que Chopin escribió 21 Nocturnos, repartidos en grupitos con diferente nº de Opus: 3 en el Op. 9, 3 en el Op. 15, 2 en el Op. 27, 2 en el Op. 32, 2 en el Op. 37, 2 en el Op. 48, 2 en el Op. 55, 2 en el Op. 62, 1 en el Op. 72; en total, 19 con nº de Opus. Y faltan dos, "ohne Opus": el que tú llamas nº 20, en Do sostenido menor (probablemente compuesto en la primavera de 1830, pero que no fue editado hasta 1875), y el que podríamos llamar nº 21, en Do menor, publicado en Polonia en 1838. Ya sé que a tí no te digo nada nuevo con todo esto. No obstante, tales precisiones (tan características, habitualmente, en tu caso) podrían ayudar a cualquier lector que quisiera saber cuál es ese "Nocturno nº 20". Te lo digo con afecto, con total respeto, y como signo de mi mano tendida hacia tí.
Cordialmente (espero que también por tu parte, en reciprocidad),
José Luis López López (jllopez.us@gmail.com)

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Querido Don José Luis -le hablo de usted por el respeto a la edad y esas cosas: me siento incómodo tuteando a mis mayores-, le agradezco mucho sus palabras. A estas alturas me siento viejo y cansado. Tampoco tengo ganas de continuar con las tensiones. Hay cosas que no tienen arreglo, pero supongo que otras sí. Solo quisiera hacer constar, de cara a los lectores, que con Moreno Mengíbar durante todos estos años me he limitado a mantener una relación de moderada cordialidad compartiendo breves conversaciones en los pasillos, y punto. Nunca ha habido una relación de “amistad” como la que sí he tenido, aun con más de un grave distanciamiento, con Ismael G. Cabral. Otra cosa es el caso de Juan José Roldán, a quien considero mi mejor amigo desde hace muchos años; estoy seguro de que lo seguirá siendo mientras yo siga con vida. Esta es la información que me parece oportuno compartir con quienes por aquí se pasen.

Gracias también por las puntualizaciones sobre los nocturnos chopinianos. A Javier le conozco desde hace muchos años. No somos “amigos” en el sentido de salir a dar una vuelta y tomar algo, pero la relación es cordial. Mi estima personal por él es enorme, lo que no me impide ser sincero cuando una interpretación suya no me convence del todo. Creo que nunca me he callado “para quedar bien”, y él lo sabe perfectamente. Obviamente hay mucho atrevimiento por mi parte a la hora de ponerle reparos a alguien con un talento descomunal, pero creo que esa sinceridad es necesaria cuando quieres lo mejor para quien deseas lo mejor. Hay otros ámbitos y otros artistas en los que semejante sinceridad (sinceridad con los gustos de quien escribe, no con respecto a una “verdad” que en la crítica musical es siempre relativa) no ha sido bien recibida. Y bien que lo he pagado.

Un cordial saludo.

José Luis López López dijo...

Estimado Fernando: la verdad es que esto del tuteo o del "usteo" es, me parece, una costumbre que cambia según las circunstancias y las modas. Según los textos que conocemos, en tiempos de Jesucristo todos se tuteaban, e igualmente hacían los griegos y romanos antiguos. Por el contrario, hace un siglo, más o menos, los hijos trataban de "usted" a sus padres. Y, en mi experiencia profesional, durante los años que he sido profesor en la Universidad, estaba muy generalizada la costumbre del tuteo entre profesores y alumnos por una parte y por otra (empecé a notar que ya tenía muchos años cuando algunos alumnos, los más jóvenes, ya no me tuteaban: yo, en cambio, lo seguí haciendo, no por superioridad sino, por familiaridad, como lo hago con mi nieto). Y, si recordamos el trato que tenían entre sí los caballeros de, por ejemplo, la Institución Libre de Enseñanza, vemos que, aun amigos, se hablaban de usted. Solo deseo que mis interlocutores estén cómodos, aunque eso me pone en un aprieto: si D. Fernando López Vargas-Machuca se siente incómodo tuteándome, yo, entonces, tampoco me siento cómodo tuteando al Sr. López Vargas-Machuca. Y, volviendo a las experiencias docentes: esa costumbre que cuando yo era profesor -no jubilado como ahora- del tuteo recíproco entre profesores y alumnos, que me parecía "natural" (lo que sólo significa "habitual"), ahora no funciona en el caso de mi nieto. Ha acabado el Bachillerato y está estudiando primer curso de Historia. Pues bien: resulta que, tanto en el Instituto como en la Universidad, los profesores tratan ahora de usted a los alumnos y, lógicamente, los alumnos a los profesores. Y yo ¿qué hago ahora? Le tengo al Sr. López Vargas-Machuca todo el respeto que se merece, y, mientras él me hable de usted, yo le corresponderé en los mismos términos. De modo que le comunico, Fernando (no llegaré hasta el extremo de anteponerle el "Don") que el joven que, en "Il trovatore", tenía usted sentado a su izquierda es Miguel, mi nieto, estudiante de primero de Historia, y que tiene la clara vocación de ser profesor (de Universidad o de Secundaria, según las oportunidaddes que se le ofrezcan) igual que usted y, además, de la misma materia. Y estaban vecinos (ya no puede ser casualidad) porque, seguramente, Rocío Castro proporciona entradas a los críticos musicales siguiendo, al menos a veces, el orden alfabético.
En cuanto a las amistades, no pido que estas sean cercanas en todos los casos. Eso lo va moldeando el tiempo y la comunicación. Pero sí me gustaría tener una relación cortés y educada, no enemistosa, con cualquier persona que no desee mi mal, aunque no siempre estemos de acuerdo. Y eso incluye a Andrés Moreno Mengíbar. Porque los otros dos casos que cita, si que los percibo como amigos de hace mucho tiempo: sin duda, Ismael G. Cabral y, por supuesto, Juan José Roldán, que es una persona encantadora y cariñosa no solo conmigo, sino con mi mujer y con mi nieto, cuando lo ha conocido.
Uf, esto de hacerse mayor es complicado, y cuanto más mayor, más complicado. Cierto que (estadísticamente, al menos) el tiempo que me queda de vida no puede ser ya muy largo. Pero, aun agradeciendo la buena intención, todavía me sorprende (ya no me molesta: hasta hace poco, sí) que en el autobús me ofrezcan el asiento personas con menos años que yo (no necesariamente los más jóvenes, que, por desgracia, tienen esas delicadezas en no demasiados casos). Y, para terminar: Ismael y Juan José son mucho más jóvenes que yo, y nos tuteamos. No sé si en el caso suyo y mío, el "no tuteo" obedece a la necesidad de guardar cierta distancia (al menos durante un tiempo). Yo tengo que confesar que, como en el caso de Juan José e Ismael, me sentiría más cómodo si nosotros nos tuteáromos. Pero sin forzar las cosas.
Cordialmente,
José Luis

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