sábado, 20 de junio de 2026

Beethoven, Sinfonía nº 6 "Pastoral": discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 20.VI.2026

Esta entrada sobre la Sinfonía Pastoral es del 14 de agosto de 2022. Un amigo me ha hecho feliz pasándome una grabación de Kurt Sanderling de 1998 cuya existencia desconocía por completo, así que he aprovechado para actualizar el contenido con ocho grabaciones más. Sigo insatisfecho, porque muchos nombres importantes siguen ausentes, pero tampoco puedo concentrarme solo en unas pocas obras escuchando discos hasta el infinito. Espero que sepan comprenderlo.



1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1937). He aquí una interpretación sanguínea, vitalista, de tempi rápidos y apreciable sentido teatral, dicha con evidentes ganas de hacer música, pero a mi modo de ver parquísima en sensualidad, en humanismo y en vuelo poético –de dimensión filosófica, ni hablemos– y lastrada por esas libertades en el fraseo y esos estomagantes portamenti que son marca de la casa. A la postre, solo convencen la danza campesina y la tormenta, mientras que el Allegretto conclusivo llega a irritar por su extrema frivolidad que raya con la cursilería. Tampoco se puede decir que la depuración sonora sea precisamente la mayor posible. Suena a rayos. (3)

 

2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Andrómeda, 1939). Al frente de su orquesta de sonido global seco y solistas escasamente musicales, el mítico maestro italiano despliega toda la energía en él esperable con un espléndido sentido de la arquitectura, pero –como casi siempre– se muestra rígido, prosaico, desinteresado por la cantabilidad y carente por completo de ternura y humanismo. Así las cosas, no debe extrañar que lo más conseguido sea una tormenta verdaderamente electrizante, y que los dos movimientos iniciales resulten asépticos y aburridos. (4)


3. Schuricht/Filarmónica de Berlín (Iron Needle, 1943). El primer movimiento se desarrolla con tanta corrección como asepsia; no hay lugar para devaneos sonoros, pero tampoco para la inspiración. En el segundo el maestro intenta tomarse las cosas con calma, ralentiza de manera considerable los tempi e intenta paladear las melodías todo lo posible, pero confunde el lirismo con una languidez algo pretenciosa; además, con tanto ritenuti el resultado llega a ser un poco gangoso. Los tres movimientos restantes están llevados con una fluidez y una naturalidad admirables, pero la poesía tampoco acaba de remontar el vuelo. Decididamente, el Berlín de 1943 no estaba para pastorales. O sí, pero con Furt. (5)

 

4. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Andrómeda, 1944). En plena caída del III Reich, Furt se decida abordar la Pastoral… a su manera, claro está. Ofrece así un primer movimiento lento, maravillosamente paladeado y teñido de una poesía humanística, pero sin toda la inspiración que debería. Esta se alcanza en el segundo, hermosísimo y de profunda impronta humanística, lleno además de detalles creativos y sutilezas en la agógica propias del maestro. Muy bien el tercero. El Furt “de guerra” llega en los dos últimos, con una tormenta particularmente feroz y terrible, y una acción de gracias rápida, vehemente, muy intensa, sin la paz luminosa y resplandeciente de otras lecturas: más bien llena de anhelo, de intensos deseos de alcanzar la felicidad. Hay desajustes y algún pasaje algo precipitado. ¿Eso importa? (9)

 

 

5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). Al frente de una orquesta que –pese a algunos desajustes puntuales– está espléndida y aporta su singular belleza tímbrica, un Furt ya desnazificado ofrece una verdadera lección de cantabilidad en el fraseo –amplio, nobilísimo, en absoluto hinchado–, de plasticidad en el manejo de las familias instrumentales, de capacidad de análisis de planos, de lógica constructiva y, por descontado, de idioma beethoveniano, en una interpretación de gran aliento poético que, sin ser otoñal ni meramente contemplativa, lleva a una prodigiosa síntesis entre belleza sonora, inmediatez emotiva y hondura humanística. Sobresalen en este sentido los dos primeros movimientos, lentos y muy concentrados, por momentos sublimes –minuto cuarto del Allegro non troppo–, puro arte furtwaengleriano. El tercero acierta al acercarse más a lo rústico que a lo risueño, alcanzando momentos de enorme impulso vital. La tormenta no es la más electrizante que uno pueda escuchar: diríase que Furt se interesa más por el terrible resonar de la naturaleza que por el efecto inmediato de la lluvia y los relámpagos. El Allegretto conclusivo no recibe, curiosamente, una interpretación mística y panteísta, sino más bien extrovertida, entusiasta y radiante, por lo que se puede echar de menos ese sentido de lo transfigurado y lo trascendente que era de esperar. En resumen: referencia absoluta en los dos primeros movimientos, no tanto en el resto. El sonido es sensacional –para la época– en el streaming del último reprocesado a 192 kHz. (10)

 


6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Esta es una enorme Pastoral. Y quizá lo fue todavía más en su momento, porque el de Breslau demostró que la obra más abiertamente romántica de Beethoven puede y debe hacerse evitando conceptos trasnochados que, aunque haya quienes hablan por ahí de “polución wagneriana” –Gardiner dixit–, no son sino una herencia tardía de la estética rococó. Los paisajes beethovenianos no son una contemplación bucólica, dulce y ensoñada, como tampoco la tormenta es un teatro epatante a la manera de las tempestades barrocas. Lo que aquí tenemos no es sino un autorretrato del alma en toda regla. Klemperer lo sabe, y lo expone paladeando la música hasta el límite sin dejarse llevar por el menor sentimentalismo, delineando la arquitectura con una claridad insuperable y alcanzando el punto justo de equilibrio entre tensión y reflexión. Otra cosa es que él mismo, trece años más tarde, llegue aún más lejos en poesía y hondura en la inenarrable filmación en el Royal Festival Hall. En cualquier caso, una de las grandes recreaciones fonográficas de la partitura. Sonido no muy allá, ni siquiera en la reciente recuperación en HD. (9)

 


7. Walter/Columbia Symphony (Sony, 1958). Haciendo gala de un depurado tratamiento de las masas sonoras y fraseando con la naturalidad y el sentido cantable que le caracterizan, el maestro berlinés ofrece, a sus ochenta y un años de edad, una interpretación noble y sensual que se desinteresa tanto por los aspectos dramáticos de la partitura como por su componente filosófico. En su lugar, decide gozar de la naturaleza desde un panteísmo optimista y un punto carnal en el que priman los aspectos más gozosos de melodías, timbres y ritmos frente a otras consideraciones, sin que tampoco se le pueda acusar de trivialidad ni de narcisismo. En cualquier caso, los resultados son desiguales: estimable aun sin especial magia poética el primer movimiento, francamente bueno el segundo –siempre dentro de la línea indicada–, solvente el tercero, descafeinado el cuarto –tormenta de poca electricidad– y muy hermoso el quinto, ya que no especialmente visionario. La toma sufre de cierta distorsión, si bien el reciente reprocesado le otorga relieve e inmediatez. (7)



8. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1959-60). Apostó muy, pero que muy fuerte el sello amarillo poniendo la Berliner Philharmoniker a disposición de un joven de veintinueve años para grabar nada menos que la Pastoral. La jugada salió a medias: Maazel demostró muchísima técnica en una recreación clarísima y dicha de un solo trazo, pero en los expresivo mostró serias desigualdades. Salió muy bien el movimiento inicial, no muy poético pero estupendamente planteado. Mucho peor el segundo, tan tímido y ensoñado como aséptico, muy poquita cosa. Sólida la danza de los pastores, sin interés la tormenta y muy correcta la Acción de Gracias. Muy bueno el sonido para la época. (6)



9. Krips/Sinfónica de Londres (Everest, 1960). El enfoque lírico y ajeno a conflictos con que Krips aborda a Beethoven en principio funciona mejor en la Sexta que en otras sinfonías, pero esto no la libra de desigualdades. De este modo, el maestro triunfa en una escena junto al arroyo cálida y sensual, dicha con delectación y la poesía contemplativa, convenciendo asimismo en un Finale no especialmente visionario, pero sí humanístico y maravillosamente cantado. Se queda un poco a medio camino en un primer movimiento dicho con amplitud y exquisito gusto, pero escaso en contrastes, parco en acentos dramáticos y, en general, no del todo poético. Defrauda muy seriamente en una danza campesina y en una tormenta de una blandura intolerables. Buena remasterización del original en 35 mm. (7)

 


10. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1960). Espléndida interpretación de corte tradicional, robusta debido a la orquesta pero no muy densa, de trazo espléndido y gusto irreprochable, en la que destaca un segundo movimiento contemplativo y bellísimo, paladeado con delectación sin narcisismos. Muy bien el resto, vibrante y comunicativo, ya que no personal ni creativo. (8)

 


11. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). El musicólogo y director polaco abrió nuevas vías en la interpretación beethoveniana, pero no siempre para bien. En la Pastoral logra que su enfoque animado, vitalista y alejado de la densidad no caiga en la frivolidad ni en lo pimpante, manteniendo además el pulso, fraseando con enorme naturalidad y realizando una magnífica disección de la partitura. Ahora bien, el poso humanístico y poético de la obra se le escapa por completo, sobre todo en los movimientos extremos. Extrovertida y con humor la danza campesina, muy bien la tormenta. (7)

 


12. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1962). George Szell vino a poner orden en el mundo de la Pastoral. Nada de subjetividades, nada de poner la personalidad del maestro por delante de la música. Ni a la manera de Furtwängler ni a la de Toscanini, como tampoco a la de Klemperer: aunque comparte muchas decisiones con el de Breslau, aquel a la postre ofrecía una visión muy singular que con Szell no existe. Su intención es ofrecer la mayor perfección técnica posible y dejar que la música fluya hablando por sí misma. Lo consigue, pero los resultados expresivos son irregulares. El primer movimiento le queda bien, aun lejos de filosofías panteístas. Francamente flojo el segundo, a pesar de su extrema claridad y enorme depuración sonora. Sensacional la danza campesina, formidable la tormenta y muy incandescente, más que espiritual, la acción de gracias. La orquesta se muestra como la formación de primerísima fila que es, aunque hay algunos excesos de los metales en los dos últimos movimientos que probablemente se deben a la batuta, y que no se acaban de comprender. La grabación es asombrosa para la época, gloria bendita si se escucha en resolución de 192 kHz. (8)


13. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1963). Era de esperar en el joven Bernstein: su primer movimiento resulta muy animado y se encuentra lleno de vitalidad, de gozo y de comunicatividad, pero no alcanza la sensualidad ni el humanismo deseables. Sí se remansa Lenny en el segundo, muy bien paladeado y cuidadosamente planificado. Bien a secas danza y tormenta, cuyo carácter narrativo le viene como un guante al maestro. Enérgico, pero sin emotividad ni humanismo el quinto. Suena muy bien en el reciente rescate en alta definición, aunque unos contrabajos muy marcados quizá evidencien más intervención de la ingeniería de la cuenta. (7)

 

14. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Karajan en estado puro: la sonoridad es bellísima y rotunda, como también lo es la arquitectura, pero los movimientos extremos resultan realmente flojos, por faltos de inspiración y pocos matizados. Los centrales están muy bien, pero en ellos hay más espectáculo sonoro que sinceridad. Al menos el maestro no cae en la blandura en la que incurrirá en otras ocasiones. De la filmación, lo más suave que podemos decir es que es todo un desmadre narcisista. Hay que verla. (7)

 


15. Giulini/New Philharmonia (EMI, 1968). Desde el punto de vista técnico impresiona la calidad de la ejecución, no solo por el virtuosismo de la orquesta sino también por la maravillosa disección del entramado que realiza la batuta, atendiendo a todas las voces de la polifonía, iluminándolas y equilibrándolas sin perder empaste, al tiempo que levanta una perfecta arquitectura horizontal en el que el fraseo es tan firme como natural; las tensiones están calculadísimas y se llega a los clímax, a veces paroxísticos –el final–, sin que se aparente esfuerzo alguno. En lo interpretativo nos encontramos ante una visión serena y honda, más contemplativa que filosófica –en absoluto superficial–, bella y apolínea sin renunciar a las sonoridades robustas, en la que solo se echa de menos la magia de Furt en estudio en el primer movimiento. El resto, sensacional. (10)

 

16. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Idéntico instrumento (¡y qué instrumento!) para dos interpretaciones tan excepcionales como opuestas. Si dos años atrás la New Philharmonia había ofrecido con Giulini una versión apolínea, serena y maravillosamente humanística, a ras del suelo en el mejor de los sentidos, en esta filmación se deja moldear por quien todavía era su titular para ofrecer una lectura grandiosa y olímpica, de dimensiones absolutamente filosóficas, en la que a pesar del extremo rigor de la arquitectura, el absoluto control de los medios y el rechazo de todo lo temperamental, se ponen de relieve los aspectos más atormentados de la música beethoveniana. Más que contemplación panteísta de la naturaleza, lo que hay aquí es un conflicto entre el ser humano y su existencia en el que la belleza y el dolor se funden como dos caras de la misma moneda. La escena junto al arroyo, paladeadísima y beneficiada de unas maderas tan sublimes en su canto como alejadas de la dulzura superficial, alcanza en este sentido dimensiones acongojantes: del mejor Beethoven jamás escuchado. Y la danza campesina, puro sarcasmo marca de la casa. Lástima que el sonido sea monofónico. (10)

 


17. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1971). Interpretación voluntariosa, más sanguínea que evocadora, por completo ajena a los devaneos sonoros, en la que el maestro ruso evita la frivolidad y los tópicos pastoriles, pero no logra soslayar la excesiva rusticidad sonora de su propuesta ni su dificultad para destilar verdadera poesía. Toma excesivamente distorsionada. (5)

 

18. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1971). Tratando con extrema depuración a una orquesta que aporta su inconfundible sonoridad plateada, el de Graz consigue la increíble cuadratura del círculo: una interpretación que resulta clásica, apolínea, equilibrada y bella a más no poder, pero al mismo tiempo llena de vitalidad, extroversión y hasta de júbilo. Al mismo tiempo despliega un extraordinario vuelo poético (¡qué escena junto al arroyo, que final más radiante y humanístico!) y destapa la caja de los truenos en una tormenta tan poderosa como controlada. Impresionante la reproducción en alta resolución, que ofrece un cuerpo y una presencia asombrosas. (10)

 

 

19. Masur/Gewandhaus de Leipzig (Philips-Pentatone, 1973). Siempre más artesano que artista, el maestro alemán ofrece una recreación ortodoxa y sensata, muy bien sonada y por completo ajena a blanduras o amaneramientos, pero sin el suficiente vuelo poético, particularmente en un primer movimiento de puro trámite. Bastante mejor el segundo, muy noble y cálido. La danza campesina y la tormenta están bien, mientras que la acción de gracias resulta más apolínea que visionaria. Pentatone ha recuperado la cuadrafonía original, pero esta solo se nota en el cuarto movimiento; los graves suenan con buen músculo, pero la toma evidencia su edad. (7)

 


20. Kubelik/Orquesta de París (DG-Pentatone, 1973). No queda claro si el maestro escogió a la orquesta porque la consideraba ideal para su concepto o más bien modeló este para adaptarse a la idiosincrasia de la formación parisina. Lo cierto es que esta es una versión que respira “sensualidad francesa” por los cuatro costados, tanto en la tímbrica como en la propia concepción del fraseo, cálido y voluptuoso a más no poder. Alcanza su cénit en el que probablemente sea el más poético y embriagador segundo movimiento de la historia del disco, cantado además con una naturalidad y una flexibilidad admirables: ¡qué magistral, insuperable dominio de la agógica demuestra Kubelik a partir de 7’56’’! ¡Qué plasticidad en el tratamiento de la cuerda! ¡Qué dominio de las masas sonoras! En comparación con semejante prodigio, al muy sensible y bien paladeado primer movimiento le falta un punto de magia poética. Irreprochable la danza campesina, poderosísima la tormenta y exultante –como debe ser– el movimiento conclusivo, tratado con una naturalidad en las tensiones y distensiones –plenos de grandeza los clímax– digna de ser escuchada. La Sala Wagram nunca ha ofrecido especial claridad, pero la remasterización cuadrafónica de Pentatone otorga un relieve y una gama dinámica asombrosas. (10)

 


21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). No es que esta sea, como alguna vez se ha dicho, una “Pastoral pastoril”. No es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía no hace acto de presencia. Todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, pero sin duda espectacular, que se beneficia del nuevo reprocesado a 192 kHz. (6)

 


22. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque pudiera parecer mentira, Lenny es capaz de ir todavía más lejos que Böhm a la hora de hacer sonar hermosa a la formación austriaca. Incluso podría aventurarse que esta es la más bella Pastoral que se pueda escuchar en disco, tal es el grado de depuración sonora, de refinamiento (¡sin rastro de preciosismos!), de sensibilidad tímbrica y de cantabilidad a la hora de frasear la música que Bernstein alcanza. Sin embargo, el norteamericano no termina de encontrar la inspiración en esta lectura en exceso apolínea, no muy comprometida, que llega a resultar poco cálida –incluso un tanto aséptica– en el primer movimiento. El segundo no puede estar dicho con mayor elegancia, pero se queda también algo corto en efusividad. Adecuadamente impulsiva y jovial la danza campesina. Más que correcta la tormenta, aunque los timbales suenen con inesperada sequedad. Emotivo y vibrante, ya que no del todo visionario, el movimiento conclusivo. (7)



23. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1978). El excelente rescate en alta definición de este registro, tres años anterior al momento en que Muti se haría cargo de la orquesta norteamericana, da buena cuenta del portentoso estado en que Ormandy mantenía a su antigua orquesta. La cuerda, concretamente, por aquellos tiempos era superada en belleza sonora por la de la Filarmónica de Viena, pero rivalizaba abiertamente en suntuosidad, empaste y maleabilidad con las dos o tres mejores del mundo. El napolitano, por descontado, la trata con mano maestra. El problema es la total y absoluta falta de sintonía de este con la partitura. No se trata de que tome esta o aquella posición expresiva con la que estemos más o menos de acuerdo o en desacuerdo. No es eso. Es una mezcla de frialdad, rutina, desinterés y falta de imaginación. Un desastre los dos primeros movimientos, por muy soberbiamente expuestos que se encuentren. Bastante mejor el tercero, en el que Muti gradúa muy convincentemente de menos a más al vigor de la danza. Francamente bien la tormenta, como no podía ser menos en un maestro tan electrizante como Muti, pero todavía se han escuchado cosas bastante mejores. Muy bien tensada la acción de gracias, pero también bastante prosaica. Total, uno de los mayores fiascos en la carrera del napolitano. (6)


24. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta sigue siendo un enorme recreador de esta música, que traza con enorme naturalidad, perfecta lógica en las tensiones, sutileza en las dinámicas y asombrosa claridad de trazo, al tiempo que destila una poesía apolínea, elegante y plena de humanismo. Lo que ocurre es que esta vez falta el grado de infinita poesía de once años atrás, particularmente en un primer movimiento no del todo emotivo. Hermosísimo y refinado el segundo, festivo sin arrebatos el tercero, implacable y nada efectista la tormenta –muy secos los golpes de timbal– y de grandioso sentido panteísta la acción de gracias, cuyo último clímax alcanza una punzante intensidad. Muy buen sonido en el streaming en alta definición, curiosamente a un volumen más bajo que el CD; hay un punto de distorsión tímbrica en ambos. (9)

 

25. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD NHK, 1977). El veterano maestro repite concepto, sin alcanzar los resultados de su registro en estudio. El primer movimiento posee fuerza, tensión interna, pero no tanto poesía en comparación con su grabación para DG, lo que podría explicarse por un tempo ahora mucho más rápido: 10’10’’ frente a los 12’20’’ de la ocasión referida. El segundo es excelso, aunque de nuevo hay diferencia entre las duraciones: 14’32’’ frente a los 13’59’’ de antes. La danza campesina va ahora algo más lenta, 6’16’’ frente a 5’49’’. En ella, muy hermosa, hay que destacar la excelsitud del oboe y el ímpetu dionisíaco cercano al paroxismo que alcanza en el enlace con la tormenta, la cual despliega una fuerza tremenda. En el quinto movimiento hay poca diferencia entre los tempi, 9’47’’ en lugar de 10’17’’, y aquí vuelve el maestro a resultar admirable por su mezcla de sentido de lo apolíneo y exaltación dionisíaca. (8)

 

26. Jochum/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). El grandísimo artesano de la tradición centroeuropea nos ofrece una interpretación lenta, muy paladeada, un punto otoñal, ajena por completo a lo trivial y a lo pastoril, atenta a la claridad, que se encuentra dicha con serena y honda poesía. Pierde un poco por el primer movimiento, algo pesadote y sin suficiente brío. Muy sereno y elocuente el segundo. Bien el tercero, reposado y cantado con mucha calidez. Irreprochable la tormenta, y de nuevo muy bien el último, sereno y no muy visionario, pero fraseado con sincero humanismo. La orquesta no está en plena forma, particularmente la cuerda. Por internet circula la recuperación de la cuadrafonía original, que no convence por traer la orquesta demasiado adelante. (8)

 

27. Sanderling/Orquesta Philharmonia (EMI, 1981). Vuelve la orquesta que fue de Klemperer con una recreación lenta, muy paladeada, plácida pero no morosa, de sonoridad cálida y profunda por la gran atención a las voces intermedias y a la suavidad del legato. La visión del maestro alemán se encuentra llena de ternura; resulta dulce sin blandura, ensoñada y contemplativa a más no poder, encontrándose fraseada con hondura humanística y matizada con extraordinaria sutileza. Los dos primeros movimientos, aun en un enfoque exento de drama, son sublimes. El tercero, muy hermoso, podría tener un poco más de incisividad, aunque se encuentre en sintonía con el resto. Irreprochable la tormenta y magnífico el último, más humanístico que radiante. Lástima que la toma no sea ninguna maravilla. (9)

 

 

28. Carlos Kleiber/Ópera de Baviera (Orfeo, 1983). Único testimonio del mítico y un tanto sobrevalorado maestro dirigiendo la Pastoral, este registro de precario sonido recibió una acogida extremadamente entusiasta cuando apareció en el mercado. Algunos pensamos en su momento que no era para tanto. Mi opinión personal no ha cambiado apenas, aunque tampoco le voy a regatear sus virtudes: enorme fluidez en el trazo, elegancia, elasticidad, tensión interna y un asombroso sentido de la plasticidad de masas sonoras, timbres y texturas contrapuntísticas. Y también un entusiasmo desbordante. Justo el que recorre el Allegro ma non troppo, pero para mal: Kleiber se pasa el “non troppo” por el forro y lo que le queda es una recreación bastante frivolona, precipitada y escasa de poesía. Mejor la escena junto al arroyo, no precisamente sensual ni meditativa, pero sí hermosa y equilibrada. Trepidante, rebosante de fuerza rústica la danza campesina. La tormenta alcanza una dosis de electricidad como nunca se haya escuchado en ninguna otra versión, y ciertamente el tratamiento de la orquesta (¡qué cuerda grave!) es de escucharlo para creerlo, pero el resultado es mucho antes aparatoso que sincero, e incluso se diría que el maestro piensa antes en la teatralidad de las tempestades barrocas que en las tormentas internas del primer romanticismo. Luminoso, alegre y bastante corto de espiritualidad, de goce panteísta y de carácter visionario el movimiento conclusivo. (7)

 

29. Sanderling/Sinfónica de la WDR (Hänssler, 1984). Con unos tempi más o menos similares –salvo en el último movimiento, apreciablemente más dilatado– pero obteniendo un grado aún superior de inspiración, Sanderling repite y mejora su serena y humanística interpretación con la Philharmonia para redondear una de las mejores Pastorales de la historia del disco: el tema de la acción de gracias de los pastores quizá nunca haya sonado tan bello. La toma sonora es más satisfactoria que la anterior. Imprescindible. (10)


30. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Era de esperar. Nos encontramos ante una lectura de soberbia planificación y ejecución, admirable claridad, de pulso sostenido, ajena por completo a la blandura y muy entusiasta, pero a Solti se le escapa el contenido poético que esconden las notas, sobre todo en los movimientos extremos. El segundo está bien a secas, mientras que tercero y cuarto, dentro de una línea con nervio y electricidad, son irreprochables. (7)

 

31. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (DVD Warner, 1990). Independientemente de la voluntad por renovar la praxis interpretativa haciendo uso de una articulación y de un equilibrio de planos ajenos a la tradición, el maestro nos ofrece una lectura maravillosamente explicada en la que se agradece su sentido teatral y el alejamiento de la cursilería y de la blandura, pero en la que hay que reprochar su ausencia de espiritualidad y sentido humanista. El primer movimiento resulta algo distanciado, el segundo bastante frío. Muy interesante la marcada rusticidad del tercero. Electrizante el cuarto, siempre en la línea seca e incisiva de Harnoncourt. Bien la acción de gracias, sin profundizar en su lirismo y efusividad. (7)

 

32. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El holandés usó los instrumentos originales de manera admirable en el repertorio clásico, pero aquí pinchó seriamente: su dirección es enérgica y vitalista, nada contemplativa ni blandengue en general, pero el primer movimiento cae por momentos en lo frívolo y lo pimpante, mientras que segundo y quinto resultan superficiales. Tercero y cuarto poseen, por el contrario, una sana rusticidad, con una sección dancística muy enérgica. No es suficiente. La toma sonora es plana: carece por completo de graves. (6)



33. Giulini/Filarmónica de La Scala (Sony, 1991). La última Pastoral de Giulini. La más lenta, sensual, cálida y efusiva. Las más humanística y espiritual. También la más ajena a claroscuros y conflictos. ¿Otoñal? No exactamente. ¿Unilateral? Eso sí: tanta ensoñación y morbidez le hacen olvidar que esta música también necesita una buena dosis de tensión interna, cuando no de teatralidad: la tormenta se queda muy corta. Aun así, es difícil resistirse ante la especialísima, subyugante mezcla de belleza y poesía que el de Barletta destila en esta realización. Una pena que la toma no sea la mejor posible. (9)


34. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1992). Frente a una espléndida orquesta de instrumentos originales y siempre con los medios bajo control, la batuta dirige con tanto entusiasmo como escasa cantabilidad y atención al matiz. Así las cosas, y aun no llegándose a perder el pulso, el resultado es más bien monocorde y frío. Lo he dicho otras veces: Toscanini con sonoridad historicista. (5)

 


35. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1992). El siempre noble y comedido Sir Colin nos entrega una lectura clásica, elegante pero también entusiasta, dotada de una adecuada robustez y particularmente cálida, sobresaliendo unos movimientos extremos bastante por encima de la media. Al tercero le falta un poco de chispa, mientras que la tormenta resulta más atmosférica que electrizante. (8)

 


36. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). He aquí una interpretación abierta a polémica: muy lenta, de legato sensualísimo, frases largas dichas con extrema cantabilidad, un refinado sentido del color y gran atención a las voces intermedias, pero todo ello desde un punto de vista excesivamente pacífico, esencial y desmaterializado, sin los conflictos sonoros y expresivos típicamente beethovenianos, y con más de un momento que se acerca a la blandura. Aun así, son bellísimos y embriagadores –dentro de esta línea– los dos primeros movimientos. El tercero puede llegar a irritar, no ya por la falta de espíritu rústico y de danza, sino por su excesiva suavidad. La tormenta, atmosférica antes que tremenda, está muy bien desmenuzada. El último se abre y cierra con relajación metafísica extrema, al tiempo que alcanza en su interior altas y muy emotivas cotas extáticas. (8)


37. Sanderling/Sinfónica de Bamberg (DG, 1998). Pastoral de Sanderling a los ochenta y seis años. ¡Ahí es nada! Ofrece exactamente lo que se podía esperar: tempi amplios, articulación poco incisiva, fraseo orgánico, legato para derretirse, empaste sensual, mayor interés por el canto de las melodías por las descargas de electricidad… En el extremo diametralmente opuesto al de las diversas corrientes historicistas, el anciano Sanderling vuelve a moverse en el mismo mundo de Giulini, ese que no hay más remedio que describir con los tópicos de siempre: Beethoven humanista, cálido, efusivo, reflexivo y profundo, con una potente carga de espiritualidad y desde un prisma otoñal que a algunas sensibilidades puede hacerles echar de menos enfoques más inmediatos. Cuestión de gustos. A mí los movimientos segundo y quinto me parecen por completo sublimes, y concretamente el arranque y el final de este último los considero merecedores de figurar en una antología de la dirección de orquesta. Lástima que la formación bávara no sea gran cosa y que la toma de sonido deje un tanto que desear para la fecha. (10)



38. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Hay que descubrirse ante la plasticidad con que Barenboim clarifica hasta el extremo y modela sutilmente el muy beethoveniano sonido de la orquesta, dentro de una concepción tradicional que respira naturalidad, musicalidad y fluidez en su concentrado y muy estudiado fraseo. Ahora bien, su óptica resulta no solo exceso apolínea, sino también algo distanciada: en el primer movimiento se echa de menos entusiasmo –de hecho, le queda un poco soso–, en el segundo calor humano y en el tercero algo más de personalidad. La tormenta le queda mucho antes atmosférica e interiorizada que teatral. Lo mejor es el Finale: tarda en entrar en calor pero, sin ser del todo visionario, alcanza altas cotas de calidez, sinceridad y emoción panteísta. Sonido increíble en BR Audio. (8)


39. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2000). Un Abbado en modo Karajan, pero Karajan del malo, nos ofrece una inaguantable lectura llena de sonoridades leves y difuminadas, amaneramientos y brutales contrastes dinámicos, cuya escasa poesía y evidente superficialidad apenas se ve compensada con lo encendido de determinados momentos. La tormenta es más espectacular que otra cosa. (3)

 

40. Abbado/Filarmónica de Berlín (Euroarts DVD y Stage+, CD DG, 2001). El maestro ordenó retirar del mercado su integral de 2000 para sustituirla por los audios de las filmaciones realizadas al año siguiente. Mejoró poco la cosa, a decir verdad. El primer movimiento, dicho de un solo trazo, resulta tan correcto como aséptico. Segundo leve, ingrávido, amanerado y frívolo: un horror. Tercero y cuarto oscilan entre la cursilería y el estruendo, siempre en busca del efectismo más básico. El Finale se muestra encendido, pero otra vez vuelven las sonoridades gráciles y amaneradas. (4)

 


41. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). El enfoque pseudohistoricista y la nueva edición de la partitura hacen que esta Pastoral suene diferente a muchas otras, pero Rattle no sintoniza con el contenido poético en ningún momento. Cae además en numerosos detalles de blandura o cursilería, sobre todo en la escena junto al arroyo. El primer movimiento resulta frío, mientras que la tormenta se queda en el espectáculo. (6)

 

42. Mackerras/Orquesta de Cámara Escocesa (Hyperion, 2006). Los tempi son rápidos, la batuta se muestra ágil y obtiene una enorme claridad, mientras que la aplicación de algunas prácticas historicistas revela cosas nuevas. Por desgracia, los dos primeros movimientos resultan muy superficiales, asépticos y aburridos. Excelente la danza campesina, planteado con desparpajo y un admirable colorido. Bien la tormenta, algo excesiva en la percusión. El Finale se queda en lo correcto, sin más. (6)

 

43. Herreweghe/Royal Flemish Philharmonic (Pentatone, 2009). El maestro belga se suma a la "tercera vía" abierta por Harnoncourt –instrumentos modernos con criterios "históricamente informados"– con una lectura ágil y muy fluida, transparente de líneas y fraseada con atención al matiz. Por completo perdida en lo expresivo, eso sí. El primer movimiento resulta precipitado, pimpante y frívolo, cuando no cursi; ni rastro de poesía. El segundo empieza entre algodones, con una ensoñación en exceso dulce, aunque al menos luego deriva a la simple corrección. Solvente la danza campesina, ya que no muy rústica ni animada. La tormenta es excelente, espectacular y bien trabajada en la dinámica. El quinto se desarrolla con naturalidad, mas sin suficiente poesía. La toma sonora es de gran naturalidad. (4)

 


44. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). La calidad de la ejecución y la claridad en la exposición son indiscutibles, pero la renuncia del milanés a cualquier pathos romántico y su opción por la velocidad de los tempi y la ligereza en las texturas le conducen a una recreación precipitada, trivial y muy aséptica. Todo suena igual, indistinto, sin poesía. Impresiona la tormenta, sí, electrizante y efectista: el enorme talento del milanés tenía que asomar por alguna parte. (5)

 


45. Mehta/Filarmónica de Israel (Helicon, 2009). El maestro indio da buena cuenta tanto de su espléndida técnica como de su gran conocimiento del lenguaje del sinfonismo centroeuropeo con una lectura ortodoxa y solvente, sonada con la densidad adecuada, trazada de manera muy fluida –no hay asomo de pesadez–, dicha con musicalidad y adecuado sentido teatral –muy buena la tormenta–. Pero también evidencia su talante rutinario en la escasez de variedad expresiva, en la poca creatividad para los matices, en la parquedad de poesía de los dos primeros movimientos y, sobre todo, en un Finale en el que el sublime tema beethoveniano es fraseado con lamentable vulgaridad. (7)

 

46. Perlman/Filarmónica de Israel (Blu-ray Euroarts, 2010). Gratísima sorpresa esta Pastoral que, aun no siendo muy creativa y pinchando una tormenta escasa en electricidad, está dicha no solo con buen pulso, sino también con una importante dosis de poesía, de sensualidad y hasta de ternura bien entendida, siempre bajo una óptima más lírica que visionaria que, por lo demás, resulta perfectamente aceptable en una obra como ésta. Lástima que la orquesta, no muy allá en ninguna de sus secciones –flojito el clarinete en la escena junto al arroyo–, no sea mejor. Sonido exclusivamente estereofónico. (8) 

 

47. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2010). Ante todo, hay que reprochar la decisión –justificada en la carpetilla por motivos expresivos difíciles de compartir– de hacer que la primera aparición del tema del último movimiento la toque únicamente el concertino. Por lo demás, se trata de una lectura rápida, briosa y entusiasta, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer movimiento se encuentra muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegue a percibirse. El segundo es solvente, llamando la atención el esfuerzo de las maderas por resultar onomatopéyicas en la parte final. Muy fogosa la fiesta campesina, pero apagada y rutinaria la tormenta. Buena sin más la acción de gracias. La toma sonora deja que desear. (6)

 


48. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (Glossa, 2011). La gran ventaja de este registro frente al antiguo de los mismos artistas para Philips es la toma sonora, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores, ahora más natural y sin los agresivos tirones de tempo de antaño en la sección que imita a la zanfoña, y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura. (7)



49. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Con respecto a su registro doce años anterior, claramente “de estudio” para lo bueno y lo menos bueno, este ofrece una visión “en vivo” que pierde en análisis sonoro, equilibrio y carácter reflexivo lo que gana en frescura, animación y comunicatividad. Suena, por así decirlo, menos distanciada y más espontánea, manteniendo un idioma beethoveniano cien por cien, pero también sin lograr esa dosis de sensualidad y poesía que con la misma genial partitura han conseguido otros maestros. A señalar la molesta presencia de un par de portamentos al arrancar la tormenta, aunque mucho más decisivo resulta el carácter radiante que el maestro y su orquesta multicultural logran imprimir al Finale. Magnífico el sonido en alta definición, que recoge exactamente lo que se escuchó en la Philharmonie de Colonia: yo estuve allí. (8)

 

50. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2013). Sir Simon sigue intentando, sin éxito, llegar a un punto de encuentro entre la tradición y la renovación interpretativa bajo un prisma expresivo en el que lo pastoral se confunde con lo pastoril, la felicidad con lo naif y la poesía con la excesiva delicadeza, evidenciándose una total falta de sintonía con el universo beethoveniano. Así las cosas, el primer movimiento está desarrollado con una fluidez y una depuración sonora extraordinarias, sin que la emoción verdadera se sienta en momento alguno. El segundo continúa en la misma línea y llega a irritar por las numerosas caídas en pianísimos ingrávidos y diversos detalles de cursilería. El tercero funciona bastante bien, aunque el sentido del humor de que hace gala el maestro resulte –era de esperar– risueño y un tanto “bien educado” antes que rústico. En la tormenta la batuta sabe sacar provecho de la musculada cuerda berlinesa, aunque cosas mucho más electrizantes se hayan escuchado, mientras que la acción de gracias sabe ser bella y luminosa pese a –de nuevo– algunos detalles más preciosistas de la cuenta. (6)



51. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Paradojas: después de los fiascos de Karajan, los horrores de Abbado y las banalidades de Rattle, los Berliner Philharmoniker consiguen su mejor Pastoral con un director tan poco beethoveniano como Bernard Haitink. Al holandés la poesía se le escapa, ciertamente, en esta interpretación más lineal de la cuenta y corta en humanismo, pero son muchas más las virtudes, sobre todo si comparamos el resultado con el de los titulares arriba citados: sensatez, ausencia de devaneos sonoros, musicalidad a prueba de bombas, depuradísima exposición, un fraseo natural que permite a la música respirar y, sobre todo, una buena dosis de tensión interna. Además, el movimiento final resulta francamente notable. Qué quieren que les diga, hoy no hay mucha gente capaz de levantar una interpretación así. (8)


52. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2017). El maestro se desinteresa por reflexiones filosóficas más o menos panteístas y, lejos de abordar la partitura como una metáfora agridulce de conflictos internos y crisis existenciales, se lanza en plancha a ofrecer una lectura eminentemente hedonista y dionisíaca en la que el pleno goce sensual de masas sonoras, timbres y melodías se ponen por encima de cualquier otra consideración. La naturaleza es aquí fuente de la mayor plenitud y la más intensa felicidad, nada más y nada menos que eso. Todo ello está dicho con suprema belleza sonora, cantabilidad extrema, perfecta planificación de las tensiones –intensísimo el clímax casi al final del primer movimiento–, un enorme sentido del ritmo –nada difícil pensar en el tercer movimiento en una danza de carnosos y mofletudos pastores rubenianos– y refinamiento sin amaneramiento, si obviamos los pequeños pero molestos rubatos en la tormenta, lo menos conseguido –no por esos detalles, sino por el exceso de precipitación y la falta de carácter ominoso– de esta luminosísima lectura. (9)

 

 

53. Forck/Akademie für Alte Musik Berlín (Harmonia Mundi, 2019). Apasionante viaje al pasado el que se nos propone haciéndonos escuchar la Le Portrait musical de la Nature ou Grande Simphonie de Justin Heinrich Knecht antes de la Pastoral: los precedentes con que contaba Beethoven quedan bien claros, como también su singularidad y genialidad. Las de Beethoven claro. En lo interpretativo también se mira al pasado con una recreación arriesgada –que no agresiva– en la sonoridad, que probablemente es aquella en la que pensó el compositor, pero los músicos de la Akademie –sin director: Bernhard Forck aparece como konzermeister– se muestran sensatos y, con la excepción de unos molestos portamentos en el arranque de la tormenta, ofrecen una lectura sensata, hermosa y equilibrada, tocada con limpieza extrema y recogida maravillosamente por los ingenieros de Teldex. La emoción quedará para mejor ocasión. (7)

 

 

54. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2020). El de Igualada se atreve a ofrecer la interpretación de sonoridad más radicalmente historicista hasta la fecha. Horrorizará a los melómanos más tradicionales, pero escuchada con los oídos bien abiertos y limpios de las telarañas de los prejuicios lo que sale a la luz es una recreación intensa y muy bien trazada, renovada en la tímbrica y reveladora de líneas que habitualmente pasan desapercibidas, fresca en la expresión y ajena a las blanduras y los amaneramientos de otros intérpretes tanto tradicionales como “históricamente informados”. Dicho esto, todos sabemos que ni Savall ni su orquesta poseen una técnica de primera, y que tampoco puede un artista en su primera aproximación a un universo tan complejo como el beethoveniano ofrecer la sensibilidad y la riqueza de matices que la partitura demanda: ni la poesía termina de brotar, ni la tormenta –cosa curiosa, estando nuestro artista acostumbrado a las orages barrocas– alcanza la fuerza deseable. Tampoco la dimensión panteísta de esta música genial queda bien reflejada. La toma es magnífica. (7)

55. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2021). Escuchada en Dolby Atmos, esta es la Pastoral que mejor suena de todas. Lástima que la aproximación del maestro canadiense deje mucho que desear: parte del planteamiento de Harnoncourt, le resta sequedad y le añade una búsqueda de sonoridades leves que en el segundo movimiento llega a irritar. No así en el resto de la obra, simplemente aséptica hasta decir basta. Si se quiere escuchar una Pastoral distinta, mucho mejor acudir a Savall: allí hay vida e ideas, aunque la realización no sea tan pulcra como la de esta. (5)

viernes, 19 de junio de 2026

Otras dos versiones de Aida: Leinsdorf frente a Muti

Dos grabaciones más de la Aida de Giuseppe Verdi, ambas realizadas en el Walthamstow Town Hall de Londres en sistema cuadrafónico: Erich Leinsdorf con la London Symphony, registro realizado en julio de 1970 por RCA, y la de Riccardo Muti con la New Philharmonia, de julio de 1974 para EMI.

De la dirección de Leinsdorf he leído cosas muy negativas que me parecen poco justificadas. Sospecho que el problema estaba en un primer trasvase a compacto muy deficiente. Yo he escuchado el streaming en alta resolución disponible en Qobuz, que suena de manera muy digna para la época: algo mate en la tímbrica, pero con buen equilibrio entre voces y orquesta, aceptable gama dinámica y suficientes graves. La acústica es buena: en esa misma sala se había grabado el mítico Don Carlo de Giulini. Que yo sepa, la cuadrafonía no ha sido recuperada. Volviendo a Leinsdorf, su Preludio me parece pobre desde el punto de vista expresivo, pero creo que globalmente ofrece una dirección más que digna que convence por ofrecer toda la vistosidad necesaria al tiempo que atiende a la cantabilidad de la música. El pulso es bueno y la teatralidad esta conseguida. Al contrario que un Karajan, no se mete en vericuetos sinfónicos. En la parte negativa, un trazo más bien tosco, poco depurado, desinteresado por la claridad y más aparatoso de la cuenta en los momentos más dramáticos. La orquesta funciona bien, como igualmente lo hace el Coro John Alldis.


Leontyne Price tenía solo cuarenta y tres años cuando realizó este registro, pero ya estaba tocada: hay sonidos abiertos y agudos gritados. A mí me importa poco. Primero, porque el timbre me parece hermosísimo, y las cualidades de su voz muy adecuadas para el personaje. Segundo, porque la soprano norteamericana posee un estilo perfecto para Verdi y se cree el papel a pies juntillas. Su desgarro suena sincero, mientras que en los momentos más dulces no hay lugar para el preciosismo. Pasión y refinamiento, pero todo en su equilibrio justo.

Plácido Domingo, a sus veintinueve años oficiales –aún no me he enterado de su verdadera edad, hay discusiones serias sobre ello–, es una gloria de Radamés: voz en absoluta lozanía, línea tan elegante como cálida y una valentía que más adelante, cuando los medios se vayan mermando, no se podrá permitir. Sus agudos no tienen el maravilloso metal de Corelli, claro, ni el resplandor de los de un Björling, pero su retrato del personaje me parece igual de entregado y más completo en lo expresivo.

Lo de Grace Bumbry, que ya había grabado Amneris con Zubin Mehta, me parece difícilmente superable. Lo tiene todo: voz, estilo, belleza en el canto, temperamento y control. Y nada de tremendismo, porque su línea es de un gusto exquisito. Otra cosa es la realidad, dicho sea de paso, porque fuentes bien informadas me han contado mediante qué poco confesables prácticas se dedicaba esta señora a incomodar a las Aidas que le caían mal en los pasillos de los camerinos. Ya saben, cosas de divas. Como Bette y Joan.

Este Amonasro es una de las mejores cosas que le he escuchado a Sherill Milnes, imponente por voz pero también, cosa que no siempre ocurre, muy matizado en lo expresivo. Es curioso: mientras que cantantes de gran finura como el mismísimo Fischer-Dieskau –grabación pirata con Barenboim– se decantan por presentar la faceta “bruta” del personaje, el norteamericano busca la calidez paternal de tantos otros personajes para barítono verdiano. 

Un placer encontrar a Ruggero Raimondi en plenitud, sin esa voz “lavada” a la que estamos acostumbrados. Ya saben el chiste: es un tenor que se hace pasar por barítono que canta papeles de bajo. Pues no, aquí está barítono-bajo de verdad, con una voz rica en armónicos y una emisión muy limpia. Pelín monótono su Ramfis, eso sí. Hans Sotin canta bien al faraón y Joyce Mathis hace una buena sacerdotisa.

La de Muti es para algunos un hito en la historia del disco. Cuando he vuelto a ella no me ha parecido para tanto, pero aun así creo que es espléndida y de obligado conocimiento. Debo especificar que la he escuchado en un triple CD que recoge la cuadrafonía: ustedes lo pueden localizar por ahí y escuchar en su equipo normal, siempre y cuando dispongan de un reproductor DTS y de sistema surround. Aunque se notan empalmes y tal, me gusta muchísimo lo que se consigue con los cuatro canales, habida cuenta de que esta ópera en concreto parece pedir importantes juegos espaciales: la sacerdotisa en el primer acto, las trompetas triunfales del segundo, los diferentes coros de egipcios y prisioneros, la súbita aparición de Ammeris y Ramfis en la escena del Nilo... Se consigue más teatro y espectacularidad, pero también se aclaran las texturas. Por lo demás, es una grabación más conseguida que la de Leinsdorf y ofrece unos graves espectaculares para la época.

Ya que estamos con las edades, advertir que Riccardo Muti cumplía treinta y tres el mes en que hizo este registro. Quiso comerse el mundo mostrando todo su potencial, y lo logró. Siempre ha hecho un gran Verdi, pero uno tiene la impresión de que aquí se dejó la piel y luego empezó a vivir de las rentas. Su labor en esta Aida es una versión corregida y muy mejorada de la visión de Arturo Toscanini. Quien busque atmósfera, sensualidad y opulencia sinfónica, aquí no lo encontrará. La orquesta, que por entonces seguía siendo la mejor del mundo, le suena compacta y áspera, con el músculo que al maestro siempre le ha gustado pero con un sabor “a banda” que se ve subrayado por la presencia de los trompetistas de la Royal Military School of Music, absolutamente impagables. Muti sigue a Toscanini también en la teatralidad exacerbada, en el sentido de los contrastes, en las descargas de electricidad, en el pulso tan intenso como bien controlado, pero añade sentido de la cantabilidad en el fraseo, concentración, refinamiento y muchísima claridad, amén de una soberbia planificación de las tensiones. Compárese el tremebundo final de la escena del juicio con el de la otra versión aquí comentada. Leinsdorf resultaba efectista y un tanto convulso. Muti alcanza la misma potencia en decibelios y no resulta menos desgarrador, pero trabaja mucho mejor las texturas y alcanza el clímax con mayor lógica, sin descansar únicamente en el volumen sonoro. El Coro de la Royal Opera House está muy bien.

De Montserrat Caballé me gusta mucho el timbre, me apasiona su legato y me fascinan sus pianísimos. No me gusta su tendencia a limar las consonantes, su canto en ocasiones “desmayado” y su tendencia al narcisismo. Y estoy harto tanto de sus incondicionales como de sus haters, todos ellos exagerados hasta decir basta. A mí como Aida me parece sublime en el acto cuarto, y en el resto me gusta mucho con independencia de los defectos señalados. Interpretar sí que interpreta, pero en caso de escoger, me quedo con Leontyne Price.

Domingo repite su Radamés juvenil, pero tengo la sensación de que aquí no se muestra tan vibrante como cuatro años atrás. Incluso, siempre dentro de un alto nivel, me parece que se aburre un poco. Y no me parece que haga buena pareja con Caballé. La verdad, le prefiero con Leinsdorf. Con Abbado, por cierto, perderá metal y carácter heroico, al tiempo que ganará en sutileza, inteligencia y carácter amoroso.

La emisión de Fiorenza Cossotto no me acaba de gustar, pero su conocimiento del estilo está ahí. También el arte. La suya es una gran Amneris, aunque sin la menor duda me quedo con Bumbry y, en otra línea muy distinta, con Obraztsova. Decepciona de manera relativa Piero Cappuccilli: demasiado bruto. Nicolai Ghiaurov está mejor aquí que en la versión de Abbado haciendo de Ramfis. Soberbio en las dos ocasiones, en cualquier caso. Muy bien Luigi Roni como el Rey y Esther Casas cantando la sacerdotisa.

No soy capaz de añadir nada más. La versión de Muti, sin ser redonda, hay que tenerla en casa. La de Leinsdorf merece muchísimo la pena por el cuarteto Price-Domingo-Bumbry-Milnes. Escúchela, pero hágalo en alta resolución.

lunes, 15 de junio de 2026

Dos grabaciones de Aida: Karajan 1959 y Abbado 1981

Aprendí a amar Aida de Verdi con la mítica grabación de Karajan y la Filarmónica de Viena de 1959 para Decca. De hecho, fue una de las primeras óperas que compré en compacto, aunque en mi casa desde siempre había un vinilo con una selección de este mismo registro. He querido volver a ella después de muchísimos años, esta vez en el último reprocesado, y he querido compararla con otra que tenía comprado desde hace tiempo y aún no había escuchado: Claudio Abbado con las fuerzas de la Scala de Milán para DG y un elenco all stars.

Karajan hace de sí mismo, pero de lo que era allá a finales de los cincuenta. ¿Y eso qué significa? Que además de enormes contrastes dinámicos, refinamiento extremo, sensualidad, opulencia y exhibicionismos varios, que los hay, todavía una influencia del Verdi de Toscanini que termina siendo beneficiosa: sanas asperezas en los metales -que cobran excesivo protagonismo, eso desde luego-, vigor rítmico, altísimo voltaje teatral en los clímax, carácter unitario en el discurso... He escuchado un poco de su posterior grabación con la misma orquesta y ese es el otro Karajan. El del desmelene. 

De Renata Tebaldi adoro la voz –aquí no en su mejor momento– y la línea de canto puramente italiana. Interpretar, no interpreta. Tampoco lo hace Carlo Bergonzi, que ni huele –la falta de squillo es evidente– la faceta heroica del personaje. Pero claro, es difícil imaginar un Radamés de mejor estilo verdiano, ni cantado con mayor nobleza, ni con una más conseguida mezcla entre efusividad y carácter amoroso. Me derrito con los dos, lo confieso, a pesar de sus insuficiencias. Estas últimas no las presenta Giulietta Simionato, Amneris de enorme altura vocal y expresiva que no necesita recurrir al exceso para trasmitir el desgarro de la hija del Faraón. Cornell MacNeil está estupendo como Amonasro, aun atendiendo más la faceta combativa que la paternal del personaje. Algo toscos Fernando Corena y Arnold van Mill, Rey y Ramfis respectivamente. Muy digno el Coro de la Asociación de Amigos de la Música de Viena.

Lo de Abbado desconcierta, porque aún no había iniciado su declive y ya se detectan aquí cositas raras: el ballet en la habitación de Amneris es una horterada. En opulencia sonora no le va a la zaga a Karajan, e incluso la sonoridad que obtiene de los cuerpos milaneses resulta (¡increíble!) más carnosa y sensual que la de la Filarmónica de Viena con el maestríssimo, quizá por la antedicha influencia de Toscanini en este último. En cualquier caso, Abbado sabe bien lo que es Verdi, posee una técnica descomunal y es capaz de ofrecer no solo buen teatro, sino también detalles exquisitos de la orquestación.

Al contrario que Tebaldi, Katia Ricciarelli sí interpreta, pero su retrato es el de una Aida escasamente temperamental, poco rebelde y con tendencia a lo lacrimógeno. En cuanto a la voz, posee un centro de belleza diamantina. Solo eso: el agudo es problemático, el grave inexistente. Plácido Domingo carece del legato de Bergonzi, pero le supera ampliamente porque él sí es capaz de equilibrar la faceta amorosa del personaje, que atiende de maravilla en la última escena, con la faceta militar y juvenil del mismo. 

Tremenda, tremendísima Elena Obraztsova: salvo que a uno no le guste la típica emisión eslava, difícil será que encuentre una Amneris más imponente que la de la diva soviética. Como a su personaje le corresponde la mejor y más verdiana música de esta ópera, obviamente la escena del juicio, el valor de este disco sube como la espuma. A su lado, el Rey que encarna con sabiduría Ruggero Raimondi se queda en poquita cosa. El asunto de Leo Nucci es más complicado: cortísimo en lo vocal, en esta ocasión se cree lo que hace y dota a Amonasro de sutiles acentos. No sé si me gusta, la verdad. Aunque un poquito más cavernoso de la cuenta, el enorme Nicolai Ghiaurov hace un gran Ramfis. Cameo de verdadero lujo el de Lucia Valentini Terrani como la sacerdotisa. Ah, el mensajero es el mismo en las dos grabaciones, un excelente Piero de Palma.

La grabación vienesa se realizó en la Musikverein Saal bajo la producción de John Culshaw. Suena bastante bien para la época, y hay que aplaudir la buena diferenciación sonora de los espacios. La de Milán la grabó un Klaus Hiemann que no se lució particularmente, aunque hay que aplaudir una gama dinámica increíblemente amplia.

¿Recomendación? Escuchen la de Karajan y todas las partes de la Obraztsova de la de Abbado. Ahora mismo no tengo versión favorita de esta ópera: en su momento fue la de Muti, pero hace ya demasiado tiempo que no la escucho. La recuerdo como maravillosa.

viernes, 12 de junio de 2026

Concierto para piano nº 2 de Chopin: discografía comparada

Como usted probablemente sabrá, el Concierto para piano nº 2 de Chopin fue en realidad el primero de los que escribió. Lo estrenó él mismo en marzo de 1830, cuando contaba tan solo veinte años. La bisoñez está ahí. También su escaso dominio del material orquestal. No es una obra maestra, pero sí una música bellísima en la que el piano recibe todo el protagonismo al tiempo que tiene que ser capaz de extraer toda la poesía que esconde entre las notas, de manera particular en un segundo movimiento que esconde verdadera pasión romántica en la que el anhelo y el dolor se mezclan irremisiblemente.

Como siempre, es necesario recordar que los puntos del uno al diez no tienen mayor significación: no es más que un juego. Lo relevante es descubrir qué es lo que puede descubrirnos sobre la partitura cada uno de los artistas congregados.

Son sus movimientos:

1. Maestoso
2. Larghetto
3. Allegro vivace


1. Rubinstein. Barbirolli/Sinfónica de Londres (EMI, 1931). Una auténtica experiencia viajar en el tiempo –soberbia la restauración sonora de 2020- y escuchar a un Rubinstein de cuarenta y cuatro años tocando esta obra con un fraseo de una intensidad y una flexibilidad extremas, verdadero fuego hiperromántico mezclado con esa particular elegancia que caracterizaba al arte del maestro polaco, pero no (¡ay!) sujeto al autocontrol, a la lógica de la arquitectura o a la sensatez. Ni siquiera a la musicalidad: aunque encontramos aquí y allá pasajes resueltos con la maestría que anuncian al genio, globalmente el artista fracasa al dejarse llevar por el temperamento e incurrir con frecuencia en la precipitación, en el nerviosismo e incluso en el exhibicionismo de cara a la galería. También el joven Barbirolli dista de convencer: su dirección es enérgica pero poco sensible, amén de escasamente depurada en el trazo, cuando no chapucera. (6)


2. Arrau. Jochum/Sinfónica de la RIAS de Berlín (Reference Recording, 1954). Andaba don Claudio cerca de cumplir los cincuenta y uno cuando ofreció este concierto recogido de manera discreta en toma radiofónica. Aún tendría que madurar más, darle una vuelta adicional de tuerca a las cosas, pero era ya un grandísimo chopiniano –sencillamente, nunca lo ha habido mejor que él– dotado de una técnica de esas “que no se notan”, una perfecta mezcla de apasionamiento y poesía, cantabilidad suprema y un insuperable dominio del estilo: el rubato chopiniano, la manera de jugar con la agógica en general, es de no dar crédito. Jochum dirige con exceso de empuje el primer movimiento y francamente bien en el resto. (9)


3. Ashkenazy. Gorzynski/Filarmónica Nacional de Varsovia (Decca, 1955). En la portada del vinilo original se presentaba a Ashkenazy como segundo premio de la quinta edición del Concurso Chopin. Toca de manera admirable, desde luego, y ofrece no pocos aciertos expresivos, pero interpretar, lo que se dice interpretar, lo hace de manera irregular: con prisas y escaso en poesía un primer movimiento tan solo aceptable, muy bien el segundo y francamente mal un tercero mecánico y dicho de cara a la galería. La dirección de Zdzislaw Gorzynski, buena sin más, destaca por su vehemencia. Por cierto, hay cortes en la partitura. Discreta toma en falso estéreo. (6)


4. Haskil. Markevitch/Orquesta de Conciertos Lamoureux (Philips, 1960). La orquesta toma un protagonismo que no le corresponde merced a una personalísima dirección de Igor Markevitch, por momentos genial –tremenda inmediatez dramática de la sección central del Larghetto– Zdzislaw Gorzynski, de vez en cuando violenta, incluso desencajada, electrizante siempre, pero a la postre poco adecuada al incurrir en la precipitación y no dejar que la música vuele. La pobre Clara Haskil se deja contagiar y ofrece una recreación más extrovertida que sensual en la que su fraseo, a pesar de ser elegante, cae más de una vez en lo cuadriculado. (7)



5. Ashkenazy. Zinman/Sinfónica de Londres (Decca, 1965). Segunda, y por desgracia última, oportunidad de Ashkenazy de dejar testimonio grabado en estudio de su visión de esta obra. Injusto. Está muchísimo mejor que diez años atrás, mucho más controlado, consigue un mucho más satisfactorio equilibrio entre pasión y poesía, matiza con más riqueza, pero aún no da la talla del enorme chopiniano que será más adelante. El tercer movimiento, la verdad, está dicho muy de cara a la galería. Parte de la culpa recae en la dirección de David Zinman, vistosa pero vulgarota. Toma en el Kingsway Hall menos buena de lo esperable a cargo del gran Kenneth Wilkinson. (7)



6. Rubinstein. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1968). Han pasado treinta y siete años desde su grabación con Barbirolli, ahí es nada. Este es otro Rubinstein, no ya distinto sino diametralmente opuesto al de antaño. Se fue el músico temperamental, arrebatado, falto de control y un tanto exhibicionista de entonces. Ahora tenemos a un maestro apolíneo, elegantísimo, señorial en el mejor de los sentidos, que sustituye la efervescencia por el equilibrio, la brillantez por la cantabilidad, el descontrol por la naturalidad, aportando además ese punto de elegancia viril que caracteriza su enorme arte. Podrán preferirse enfoques de mayores contrastes, pero el maestro hace música por los cuatro costados. Amplia y cálida, también un poco pesadota, la dirección de Eugene Ormandy. (8)



7. De Larrocha. Comissiona/Suisse Romande (Decca, 1970). Notable la pianista catalana, natural y muy flexible en un fraseo lleno de acentos sensibles, galantes pero también con salero, a veces con admirables hallazgos. Y no siempre en una línea sensual y perfumada, que es la que predomina, porque también sabe ofrecer pasión y toques dramáticos. Lástima que en el tercer movimiento haya pasajes en exceso virtuosísticos y que, en general, necesite un poco más de sabor chopiniano. Batuta enérgica, extrovertida, de gran inmediatez comunicativa pero algo tosca, con altibajos, contrastando su carácter musculado con la línea más noble y femenina de la solista. Orquesta con fagot no muy allá y metales algo pobres. La remasterización de HDTT no convence. (7)



8. Arrau. Inbal/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). El chileno vuelve a dejar clara su absoluta sintonía con Chopin. Sabe ser lírico, elegante, íntimo y sincero a más no poder, pero encuentra también momentos para la pasión romántica perfectamente controlada. En cualquier caso, hay algún pasaje al que aún le podría sacar todavía mayor partido. Inbal dirige con energía, con ganas y con buen trazo, pero de manera algo expeditiva, algo cuadriculado y sin finura de trazo. (9) 

9. Rubinstein. Previn/Sinfónica de Londres (DVD DG y Stage+, 1975). Siete años desde el registro con Ormandy. Ochenta y ocho (¡qué barbaridad!) tiene ya Rubinstein. Toca de manera aceptable, algo mermado de dedos. La musicalidad excelsa sigue ahí, pero se nota cierta pérdida de concentración. ¿Se ha vuelto otoñal? En absoluto, aunque vamos a reconocer que al primer movimiento le faltan la tensión interna que esta música necesita. El resto, Chopin de muchísima altura. André Previn pone el colchón adecuado al maestro con tempi amplios, fraseo de gran cantabilidad, tensiones bien organizadas –mucho mejor en este sentido que Ormandy– y tanta atención a la globalidad como al detalle. La plataforma Stage+ recorta la filmación al formato 16:9. (8)



10. Argerich. Rostropovich/Nacional de Washington (DG, 1978). El maestro plantea una introducción más lírica que dramática, dando paso a una Argerich de fulgurante virtuosismo, pero eminentemente felina e innecesariamente agresiva. Todo parece apuntar a una colisión de temperamentos, pero lo cierto es que poco a poco ambos caracteres van convergiendo. Cuando llega el Larghetto, los dos artistas dan lo mejor de sí mismo y destilan la música con una cantabilidad y una poesía infinitas dentro del mejor estilo chopiniano. El tercer movimiento está francamente bien, pese a la consabida tendencia de la solista a dejarse llevar por el nerviosismo. La toma sonora podría ser mejor, incluso escuchada en Blu-ray Audio. (8)



11. Zimerman. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Esta es una interpretación maravillosamente apolínea, elegantísima y de musicalidad exquisita, en la que sobresale un piano de digitación extremadamente limpia, rica pulsación, maravillosa cantabilidad y perfecta capacidad para emocionarse e incluso resultar lacerante cuando corresponde (¡qué Larghetto!) sin apartarse ni un pelo del equilibrio sonoro y expresivo por el que apuesta. Podrán preferirse interpretaciones más temperamentales y contrastadas, pero en su línea es de admirar. Giulini acompaña con enorme solidez y en perfecta sintonía expresiva con el solista, pero sin que la inspiración vuele por lo más alto. Procuren escuchar el reprocesado en alta definición. (9)



12. Pogorelich. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1983). El procedimiento del pianista es de una extrema pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito, etc.–, pero lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas carentes de matices realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan muy cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa, que su paleta de colores parezca infinita o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy hermosos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos. Batuta un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. (6)



13. Perahia. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1989). Arranca vehemente el maestro indio, con ese músculo que tanto le gusta y un punto de contundencia. También con tendencia a un nerviosismo que le impide otorgar a la música la nobleza que necesita. Así las cosas, Perahia no termina de centrarse, y junto a un sonido muy bello, un fraseo suelto y muchos detalles de enorme clase, hay frases cuadriculadas y una cierta tendencia al virtuosismo superficial. Mejor el Larghetto, sobre todo en una sección central en la que los dos artistas despliegan vibrante garra dramática. El movimiento conclusivo comparte las virtudes e insuficiencias del primero. Grabación en vivo no muy allá. (7)




14. Pires. Previn/Royal Philharmonic (DG, 1992). Esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus mejores virtudes sin caer en ninguno de sus defectos. La que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable cómo conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo. Sí, apolíneo, pero sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada, sino conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término. Previn acompaña sintoniza plenamente con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo mostrarse decidido cuando las circunstancias lo requieren. Falta por su parte un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que por el de la solista algo de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada. (9)



15. Ax. Mackerras/Orchestra of The Age of the Enlightenment (Sony, 1997). En esta primera grabación con instrumentos originales el piano Érard de 1851 se revela como un instrumento formidable en manos de un Emmanuel Ax que toca divinamente, con sensibilidad y con estilo, sin que se evidencian limitaciones de ninguna clase y ofreciendo un enfoque de sensato equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco sin escorarse ni hacia lo contemplativo ni hacia las carreritas de cara a la galería. A destacar particularmente su dominio de los aires de mazurca del tercer movimiento. La dirección de Mackerras es de enorme solidez y muy musical, si bien carece de la personalidad de que hará gala Haitink dos años más tarde cuando Ax vuelva a grabar la obra. Muy notable toma realizada en el Henry Wood Hall londinense. (8)



16. Argerich. Dutoit/Sinfónica de Montreal (EMI, 1998). Aun manteniendo su fraseo elástico, agresivo y contrastado, Argerich modera sus maneras y enriquece su toque para ofrecer una interpretación más plural y madura en la que, como en la ocasión anterior, lo mejor es un Larghetto de admirable poesía. Su exmarido es todo profesionalidad, rigor y sensatez, si bien el primer movimiento resulta un poco más nervioso de la cuenta y carece de la hondura que necesita. Lástima que la toma, aun muy notable si se escucha en Atmos, se enfrente a una acústica muy reverberante. (9)



17. Ax. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Digital Concert Hall, 1999). Ya desde los primeros compases queda claro que este Haitink se muestra bastante más implicado de lo que suele. No es que renuncie a su proverbial objetividad ni a ese punto de distanciamiento expresivo que le caracteriza. Lo que hace es aportar mayor tensión interna, convencer a la orquesta para que toque con fuerza, garra y convicción sin necesidad de inventar nada. Menos aún de incurrir en las blanduras y preciosismo inútiles que atraparán a Zimerman tres meses más tarde cuando se atreva a dirigir la página. Puede que el enfoque de Haitink resulte un poco más severo de la cuenta, pero a la postre parece ideal para un Emanuel Ax que también busca apartarse de la imagen tradicional de un Chopin delicado para apostar por lo que esta música tiene de conflicto, al tiempo que hace gala de una pasmosa naturalidad en el fraseo y una enorme habilidad para hacer que lo difícil parezca fácil. Una pena que la acústica de la hermosísima Basílica de Santa María en Cracovia sea tan reverberante. A cambio, se nos regalan algunos hermosísimos planos del retablo de Veit Stoss. (9)



18. Zimerman/Polish Festival Orchestra (DG, 1999). Amanerada hasta lo estomagante la introducción al primer movimiento: al polaco no le falta técnica para dirigir a una orquesta, pero sí (¡qué cosas!) buen gusto. En el tercero también hay detalles orquestales, aquí y allá, que nos desconciertan por completo, porque en la parte solista Zimerman derrocha sensibilidad y vuelo poético –exquisitez extrema sin preciosismos– para dejar claro lo grandísimo pianista que es. Literalmente, Doctor Jekyll y Mister Hyde. A destacar de manera especial la manera rapsódica, muy elástica, movida por el impulso romántico, del solo central del segundo movimiento, que parece más que nunca una improvisación violinística. También es de justicia aplaudir cómo el polaco matiza las dinámicas de su instrumento, por no hablar de la belleza sonora que extrae del mismo. Diez para el piano, cinco para la dirección. La toma, realizada en Turín, no llega a ser óptima. (8)




19. Lang Lang. Mehta/Filarmónica de Viena (DG, 2008). Por fin, primera –y de momento– única oportunidad para escuchar a la Filarmónica de Viena en esta página. Se presenta como formación ideal para esta obra bajo la batuta de un Mehta antes gran artesano que artista, pero capaz de ofrecer una dirección muy ágil y fluida, también con el músculo sonoro y una dosis suficiente de intensidad dramática, amén de grandes dosis de belleza sonora. Esta última preside la actuación de un Lang Lang de extraordinario virtuosismo, inmejorable limpieza y asombrosa capacidad para matizar en colorido y fraseo. ¿Su visión? Clásica y equilibrada, ajena a grandes conflictos emocionales, pero siempre de una musicalidad fuera de lo común. A destacar la delicadeza bien entendida que consigue en un segundo movimiento que demuestra un pleno conocimiento del idioma musical de Chopin, así como la combinación de elegancia, espíritu galante y sentido del humor –amable antes que socarrón– en el tercero. Toma algo reverberante: la Musikverein no suena realmente así. (9)

20. Barenboim. Fisch/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Barenboim espera hasta casi cumplir los sesenta y siete años, ya sin los dedos en estado óptimo, para dejar testimonio de su acercamiento a los conciertos de Chopin. Su sonido es denso, rico en armónicos, muy sensual, al tiempo que su fraseo se aleja de la ligereza efervescente de otros pianistas para optar por la nobleza y el carácter reflexivo, siempre buscando el carácter orgánico del discurso frente a la brillantez del arrebato puntual. Todo hay que decirlo: el de Buenos Aires no ha sido nunca campeón de la agilidad digital, y aquí hay algún momento emborronado que no es de recibo. Ni que decir tiene que roza el cielo en un segundo movimiento que se aleja del tópico del Chopin quebradizo y frágil para ofrecernos en su lugar una intimidad teñida de cálido contenido humanista en el que sobrecogen sus trinos de asombrosa naturalidad y la manera de calcular el peso de los silencios. Escúchese, por ejemplo, cómo “pone” la nota que cierra el Larghetto, dando paso a un Allegro vivace en el que también ofrece algunos momentos de sublime poesía, además de un acertado sentido del humor rústico. La batuta la toma Asher Fish. Arranca un tanto desvaído, sin fuerza, pero poco a poco se centra y logra sostener un más que correcto primer movimiento que suena corpulento, amplio y ajeno al nerviosismo. Los otros dos están muy bien, dentro de una propuesta algo plana y sin aportaciones de relevancia. Levanta el nivel orquestal la sonoridad suntuosa de la formación alemana y la asombrosa musicalidad de sus solistas. (8)



21. Nebolsin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Audio Naxos, 2009). Dirección no imaginativa ni personal, pero sí bien trazada, dicha con exquisito gusto en una línea particularmente lírica y sensual, mucho antes que escarpada. Toda ella al servicio de un pianista apolíneo, de toque transparente y sensible, que frasea con naturalidad y sutiles matices, aunque sin toda la variedad, el sentido de los contrastes y la tensión interna que se podrían desear. (8)



22. Kissin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Accentus, 2010). Parece imposible tocar mejor esta música, tal es el virtuosismo extremo de un Kissin no solo ágil, limpio y exacto como nadie, sino también dueño de un sonido de asombrosa gama dinámica, de un fraseo tan firme como pródigo en acentos y de un admirable dominio de la agógica. Expresivamente se muestra siempre musical y alcanza un equilibrio diríamos que perfecto entre los aspectos más líricos e íntimos de esta música con aquellos que demandan brillantez, extroversión y –sección “interrogativa” del segundo movimiento– garra dramática. Ahora bien, da la impresión de Kissin no termina de comulgar con la esencia última de esta música, de que le falta un último punto de emotividad, mezcla de sensualidad y de congoja sincera, que otros pianistas han sabido encontrar en una página todavía juvenil, pero ya dotada de un carácter de confesión personal. La dirección de Wit, sin desdeñar la potencia expresiva en algunos pasajes, es ante todo noble, amplia y elocuente, atendiendo a la cantabilidad y tratando a la orquesta polaca, irreprochable, siempre con pinceles finos y mucha sensibilidad. (9)

23. Barenboim. Nelsons/Staatskapelle Berlín (DVD Arthaus y CD DG, 2010). Los dedos del maestro van a peor, y en el tercer movimiento hay algún pasaje más problemático de la cuenta. Lo que sigue en plenitud es la cabeza: concentración absoluta, insuperable naturalidad en el fraseo y –de manera particular– en el rubato chopiniano, elegancia sin rastro de flema y sensualidad en el toque caracterizan una interpretación que logra el milagro de aunar los aspectos “masculinos” y “femeninos” de la partitura al tiempo que pone de relieve toda la desazón que alberga el núcleo del Larghetto. En cualquier caso, quien eleva esta grabación a lo más alto es un Andris Nelsons que entiende la obra con la misma riqueza conceptual que el solista, y materializa la idea haciendo gala de una cantabilidad y una belleza sonora para derretirse sin olvidarse, en modo alguno, del pulso, la tensión dramática y el sentido de los contrastes, fraseando con una flexibilidad de la mejor ley y obteniendo de la orquesta el más adecuado sonido posible. Es su batuta la que convierte a esta grabación en la que quizá sea la mejor de todas, por ser la única con pianismo de altura que cuenta con una dirección superlativa. (10)



24. Olejniczak. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (DVD Glossa, 2010). Piano Érard de 1849, de sonido mate en los agudos, pero cálido y agradable, en manos de un artista centrado y musical que resulta algo plano, poco poético en el primer movimiento, para luego convencer con un sensible Larghetto y ofrecer un muy digno Allegro Vivace. La dirección tiene como virtud ofrecer sentido dramático y no dar pie a ningún tipo de amaneramiento, pero necesita una dosis muy superior de sensualidad y de poesía, como también de imaginación. Los instrumentos originales aportan una tímbrica muy diferente a lo acostumbrado y permiten relevar detalles nuevos en la orquestación, quizá más aquí que con el más tradicional Mackerras. La toma sonora en principio es de enorme calidad en 5.1, pero uno de los micrófonos roza con algo y se escuchan continuos “golpes”. (7)


25. Sermet. Heras-Casado/Nacional Danesa (YouTube, 2010). Antes de iniciar su tremenda caída cuesta abajo y sin frenos, el maestro granadino ofrecía aquí una dirección lenta y concentrada, robusta en lo sonoro, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, cuyo enfoque tenso y dramático resultaba particularmente atractivo. Destacando en lo expresivo la sección central del segundo movimiento, es de justicia aplaudir igualmente la claridad de texturas conseguida. El pianista turco Hüseyin Sermet se mostraba igualmente tenso, muy sobrio, alejado de la rutina y de lo mecánico, desmenuzando la partitura con sosiego, desplegando una enorme cantabilidad y, sobre todo, haciendo gala de una gran fuerza interior. A destacar su manera de enfrentarse al primer movimiento con decisión y al segundo con un dolor interno y una palpitación fuera de lo común. De manera coherente con el resto de la interpretación, el tercero resulta poco lúdico sin por ello dejar de ofrecer decisión y belleza. (9)



26. Cho. Noseda/Sinfónica de Londres (DG, 2016). El pianismo de Seong-Jin Cho no se caracteriza por su efusividad ni por su humanismo. Menos aún por bucear en los aspectos más inquietantes de la música. Lo suyo es la belleza apolínea, elegante, refinada en el mejor de los sentidos, pero no por ello insulsa ni trivial. Como además pone su portentoso virtuosismo al servicio de la expresión –no hay ni una frase mecánica, ni carreritas de cara a la galería– su recreación del primero de los dos conciertos que escribiera el polaco, sin ser la más conmovedora, se disfruta plenamente, sobre todo cuando se trata de descubrir aquí y allá detalles exquisitos de perfecto estilo chopiniano. Noseda dirige bien, con decisión pero sin precipitaciones, dejando que la música respire, si bien le falta un punto adicional de personalidad, como también de sal y pimienta. Sonido no del todo bueno. (8)

27. Wang. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (YouTube, 2016). Sorprende que la orquesta no esté del todo fina en la introducción. Luego el maestro la ajusta y realiza una notable prestación, pero lo cierto es que la batuta no termina de sintonizar con la obra: hay solvencia y buen gusto, pero la poesía no levanta el vuelo. Aceptable respaldo, en cualquier caso, para que Yuja despliegue su pianismo efervescente, ágil y fluido, lleno de picardía y en todo momento hermosísimo. Eso sí, aunque no se puede decir que caiga en lo mecánico, sí que se nota cierta tendencia a la superficial, o al menos a llegar al público por la vía más fácil: esta partitura esconde más música de la que ella obtiene. (8)



28. Cho. Noseda/Orquesta Joven de la Unión Europea (Stage+, 2018). Lo mismo de antes, pero esta vez la orquesta no es tan espléndida y Noseda incorpora en la introducción algunos detalles que convencen poco. Magnífico Cho en los “interrogantes” del segundo movimiento, aunque también hay que elogiar especialmente la flexibilidad y belleza de un fraseo que sabe ser brillante sin dejarse llevar por el numerito de cara a la galería. (8)


29. Lisiecki/Orquesta de Cámara de Noruega (Stage+, 2022). Una formación de tamaño camerístico –y esta es excelente– se revela como ideal para la Op. 21 de Chopin. Al menos, para conseguir los fines expresivos que el joven artista canadiense Jan Lisiecki se busca tocando y dirigiendo al mismo tiempo: ofrecer un Chopin juvenil e impulsivo, contrastado y con un cierto grado de agitación, aunque no por ello exento de finura e intimismo. Como si Schumann se pasase por aquí. El resultado, expuesto con gran limpieza en la parte orquestal y con enorme capacidad para regular el sonido desde el piano, es interesantísimo por lo renovador de la propuesta. (9)

jueves, 11 de junio de 2026

Falla con Dudamel, Perianes y Pasión Vega: "un vero fiascone"

Me alegré muchísimo cuando tuve noticia, por la nota de prensa publicada en numerosos medios, de que iba salir este disco dedicado a la música de Manuel de Falla a cargo de Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar, con las participaciones a priori lujosas de Pasión Vega y Javier Perianes. La espera ha desembocado para mí en una tremenda decepción. Puede que mi opinión cambie con el tiempo, porque nos encontramos ante interpretaciones que se apartan bastante de aquello de lo que estamos acostumbrados, pero me parece que lo correcto es decirles a ustedes sin tapujos lo que en una primera audición me ha parecido. 

La verdad, sí que me ha gustado la labor del maestro venezolano de El amor brujo, que se presenta en su versión definitiva como ballet. La de toda la vida, vamos. Dudamel extrae toda esa sensualidad en la que es especialista y, de paso, descubre algunos detalles nuevos, aunque no en todos los números la inspiración vuela por igual. La que no me ha gustado es Pasión Vega, precisamente por la falta de lo que su nombre artístico: pasión. Es curioso que un servidor suele imaginarse la acción de esta pantomima en el barrio de la Viña de Cádiz, justo donde reside esta reputada especialista en canción española nacida en Madrid que se siente malagueña y gaditana, pero cuando abre la boca parece de Valladolid, dicho sea con todos los respetos hacia la histórica ciudad castellana.

Mucho ojo, Ana María Alías Vega canta bien y con mucha elegancia, con independencia de que mida algunas notas como le da la real gana. El problema es que la encuentro ajena al espíritu de la obra. Espíritu que no tiene por qué ser necesariamente el de una cantaora, ni el de una cantaora granadina, pero sí el de una joven de alma popular desgarrada por los males del amor. En las campanas del amanecer se queda corta, cortísima en grandeza. Mi favorita en esta parte es la chipionera Rocío Jurado, muy por encima de cualquier otra. Lástima de la mediocre dirección de López Cobos en su registro discográfico. Si ustedes quieren, pueden comparar a continuación.


Rara, rarísima la dirección de Dudamel de Noches en los jardines de España. Empieza destilando una sensualidad impresionista ante la que es imposible resistirse, pero luego empieza un desconcertante tira y afloja marcado por las prisas, la falta de unidad en el discurso y una incisividad que raya en lo desencajado, cuando no en lo violento. Añadan a esto un manifiesto deseo de subrayar aquí y allá determinadas líneas que suelen pasarse por alto aun a costa de desequilibrar los planos. ¿Y Perianes? Mi impresión –quede claro que no he intercambiado una sola palabra con él acerca de este disco– es que el de Nerva se siente incómodo y hace lo que le dicen, correr hasta que salten las chispas sin detenerse en otras consideraciones. Su toque es limpísimo, los acentos magistrales están ahí, pero como le aprecio muchísimo en lo humano y le tengo por uno de los mejores pianistas del mundo, voy a ser sincero: no me ha gustado.

Suite nº 2 de El sombrero de tres picos para terminar: me han hecho disfrutar mucho los dos primeros números, el tercero me ha disgustado seriamente por parte de Dudamel. La toma no le ayuda, menos aún a Pasión Vega: el ingeniero le ha metido el micrófono en la garganta y luego ha añadido una reverberación difícil de soportar.

miércoles, 10 de junio de 2026

Barenboim en El Escorial: entradas a la venta

O así se anuncia. Al principio me sonó un poco raruno, luego lo confirmó la web de la West-Eastern Divan Orchestra y, finalmente, se han puesto a la venta (¡a precio baratísimo!) las entradas del evento, que ustedes pueden comprar en este enlace: Daniel Barenboim ofrecerá un concierto en el Auditorio de El Escorial el sábado 19 de septiembre con un programa integrado por la Inacabada de Schubert, Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda de Wagner y la Heroica de Beethoven.

¿Hace falta que les diga cómo pueden ser estas interpretaciones? Pues lentísimas, muy pesadas para los aficionados a la praxis "históricamente informadas" y por completo sensacionales, para quienes amamos las maneras que el de Buenos Aires lleva practicando desde la pandemia. Concretamente, la Heroica que le disfruté en Bremen y la Inacabada de Berlín me parecen las mejores que he escuchado nunca en vivo o en disco. Y sí, superiores a las que el propio Barenboim hacía antes, por increíble que parezca en el caso del Beethoven.

Por descontado, está por ver si la enfermedad permite al maestro efectuar esta gira de conciertos que incluye Philharmonie de París, Concertgebouw de Ámsterdam, Musikverein de Viena y Elbphilharmonie de Hamburgo, pero por si acaso ya he sacado entrada y reservado hostal. Hay otra gira antes, en agosto y con Yo-Yo Ma, pero asistir a algún concierto de esa sale extremadamente caro. En fin, tome nota quien proceda, porque se está dando muy poca publicidad al asunto escurialense.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...