viernes, 19 de junio de 2026

Otras dos versiones de Aida: Leinsdorf frente a Muti

Dos grabaciones más de la Aida de Giuseppe Verdi, ambas realizadas en el Walthamstow Town Hall de Londres en sistema cuadrafónico: Erich Leinsdorf con la London Symphony, registro realizado en julio de 1970 por RCA, y la de Riccardo Muti con la New Philharmonia, de julio de 1974 para EMI.

De la dirección de Leinsdorf he leído cosas muy negativas que me parecen poco justificadas. Sospecho que el problema estaba en un primer trasvase a compacto muy deficiente. Yo he escuchado el streaming en alta resolución disponible en Qobuz, que suena de manera muy digna para la época: algo mate en la tímbrica, pero con buen equilibrio entre voces y orquesta, aceptable gama dinámica y suficientes graves. La acústica es buena: en esa misma sala se había grabado el mítico Don Carlo de Giulini. Que yo sepa, la cuadrafonía no ha sido recuperada. Volviendo a Leinsdorf, su Preludio me parece pobre desde el punto de vista expresivo, pero creo que globalmente ofrece una dirección más que digna que convence por ofrecer toda la vistosidad necesaria al tiempo que atiende a la cantabilidad de la música. El pulso es bueno y la teatralidad esta conseguida. Al contrario que un Karajan, no se mete en vericuetos sinfónicos. En la parte negativa, un trazo más bien tosco, poco depurado, desinteresado por la claridad y más aparatoso de la cuenta en los momentos más dramáticos. La orquesta funciona bien, como igualmente lo hace el Coro John Alldis.


Leontyne Price tenía solo cuarenta y tres años cuando realizó este registro, pero ya estaba tocada: hay sonidos abiertos y agudos gritados. A mí me importa poco. Primero, porque el timbre me parece hermosísimo, y las cualidades de su voz muy adecuadas para el personaje. Segundo, porque la soprano norteamericana posee un estilo perfecto para Verdi y se cree el papel a pies juntillas. Su desgarro suena sincero, mientras que en los momentos más dulces no hay lugar para el preciosismo. Pasión y refinamiento, pero todo en su equilibrio justo.

Plácido Domingo, a sus veintinueve años oficiales –aún no me he enterado de su verdadera edad, hay discusiones serias sobre ello–, es una gloria de Radamés: voz en absoluta lozanía, línea tan elegante como cálida y una valentía que más adelante, cuando los medios se vayan mermando, no se podrá permitir. Sus agudos no tienen el maravilloso metal de Corelli, claro, ni el resplandor de los de un Björling, pero su retrato del personaje me parece igual de entregado y más completo en lo expresivo.

Lo de Grace Bumbry, que ya había grabado Amneris con Zubin Mehta, me parece difícilmente superable. Lo tiene todo: voz, estilo, belleza en el canto, temperamento y control. Y nada de tremendismo, porque su línea es de un gusto exquisito. Otra cosa es la realidad, dicho sea de paso, porque fuentes bien informadas me han contado mediante qué poco confesables prácticas se dedicaba esta señora a incomodar a las Aidas que le caían mal en los pasillos de los camerinos. Ya saben, cosas de divas. Como Bette y Joan.

Este Amonasro es una de las mejores cosas que le he escuchado a Sherill Milnes, imponente por voz pero también, cosa que no siempre ocurre, muy matizado en lo expresivo. Es curioso: mientras que cantantes de gran finura como el mismísimo Fischer-Dieskau –grabación pirata con Barenboim– se decantan por presentar la faceta “bruta” del personaje, el norteamericano busca la calidez paternal de tantos otros personajes para barítono verdiano. 

Un placer encontrar a Ruggero Raimondi en plenitud, sin esa voz “lavada” a la que estamos acostumbrados. Ya saben el chiste: es un tenor que se hace pasar por barítono que canta papeles de bajo. Pues no, aquí está barítono-bajo de verdad, con una voz rica en armónicos y una emisión muy limpia. Pelín monótono su Ramfis, eso sí. Hans Sotin canta bien al faraón y Joyce Mathis hace una buena sacerdotisa.

La de Muti es para algunos un hito en la historia del disco. Cuando he vuelto a ella no me ha parecido para tanto, pero aun así creo que es espléndida y de obligado conocimiento. Debo especificar que la he escuchado en un triple CD que recoge la cuadrafonía: ustedes lo pueden localizar por ahí y escuchar en su equipo normal, siempre y cuando dispongan de un reproductor DTS y de sistema surround. Aunque se notan empalmes y tal, me gusta muchísimo lo que se consigue con los cuatro canales, habida cuenta de que esta ópera en concreto parece pedir importantes juegos espaciales: la sacerdotisa en el primer acto, las trompetas triunfales del segundo, los diferentes coros de egipcios y prisioneros, la súbita aparición de Ammeris y Ramfis en la escena del Nilo... Se consigue más teatro y espectacularidad, pero también se aclaran las texturas. Por lo demás, es una grabación más conseguida que la de Leinsdorf y ofrece unos graves espectaculares para la época.

Ya que estamos con las edades, advertir que Riccardo Muti cumplía treinta y tres el mes en que hizo este registro. Quiso comerse el mundo mostrando todo su potencial, y lo logró. Siempre ha hecho un gran Verdi, pero uno tiene la impresión de que aquí se dejó la piel y luego empezó a vivir de las rentas. Su labor en esta Aida es una versión corregida y muy mejorada de la visión de Arturo Toscanini. Quien busque atmósfera, sensualidad y opulencia sinfónica, aquí no lo encontrará. La orquesta, que por entonces seguía siendo la mejor del mundo, le suena compacta y áspera, con el músculo que al maestro siempre le ha gustado pero con un sabor “a banda” que se ve subrayado por la presencia de los trompetistas de la Royal Military School of Music, absolutamente impagables. Muti sigue a Toscanini también en la teatralidad exacerbada, en el sentido de los contrastes, en las descargas de electricidad, en el pulso tan intenso como bien controlado, pero añade sentido de la cantabilidad en el fraseo, concentración, refinamiento y muchísima claridad, amén de una soberbia planificación de las tensiones. Compárese el tremebundo final de la escena del juicio con el de la otra versión aquí comentada. Leinsdorf resultaba efectista y un tanto convulso. Muti alcanza la misma potencia en decibelios y no resulta menos desgarrador, pero trabaja mucho mejor las texturas y alcanza el clímax con mayor lógica, sin descansar únicamente en el volumen sonoro. El Coro de la Royal Opera House está muy bien.

De Montserrat Caballé me gusta mucho el timbre, me apasiona su legato y me fascinan sus pianísimos. No me gusta su tendencia a limar las consonantes, su canto en ocasiones “desmayado” y su tendencia al narcisismo. Y estoy harto tanto de sus incondicionales como de sus haters, todos ellos exagerados hasta decir basta. A mí como Aida me parece sublime en el acto cuarto, y en el resto me gusta mucho con independencia de los defectos señalados. Interpretar sí que interpreta, pero en caso de escoger, me quedo con Leontyne Price.

Domingo repite su Radamés juvenil, pero tengo la sensación de que aquí no se muestra tan vibrante como cuatro años atrás. Incluso, siempre dentro de un alto nivel, me parece que se aburre un poco. Y no me parece que haga buena pareja con Caballé. La verdad, le prefiero con Leinsdorf. Con Abbado, por cierto, perderá metal y carácter heroico, al tiempo que ganará en sutileza, inteligencia y carácter amoroso.

La emisión de Fiorenza Cossotto no me acaba de gustar, pero su conocimiento del estilo está ahí. También el arte. La suya es una gran Amneris, aunque sin la menor duda me quedo con Bumbry y, en otra línea muy distinta, con Obraztsova. Decepciona de manera relativa Piero Cappuccilli: demasiado bruto. Nicolai Ghiaurov está mejor aquí que en la versión de Abbado haciendo de Ramfis. Soberbio en las dos ocasiones, en cualquier caso. Muy bien Luigi Roni como el Rey y Esther Casas cantando la sacerdotisa.

No soy capaz de añadir nada más. La versión de Muti, sin ser redonda, hay que tenerla en casa. La de Leinsdorf merece muchísimo la pena por el cuarteto Price-Domingo-Bumbry-Milnes. Escúchela, pero hágalo en alta resolución.

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