Como usted probablemente sabrá, el Concierto para piano nº 2 de Chopin fue en realidad el primero de los que escribió. Lo estrenó él mismo en marzo de 1830, cuando contaba tan solo veinte años. La bisoñez está ahí. También su escaso dominio del material orquestal. No es una obra maestra, pero sí una música bellísima en la que el piano recibe todo el protagonismo al tiempo que tiene que ser capaz de extraer toda la poesía que esconde entre las notas, de manera particular en un segundo movimiento que esconde verdadera pasión romántica en la que el anhelo y el dolor se mezclan irremisiblemente.
Como siempre, es necesario recordar que los puntos del uno al diez no tienen mayor significación: no es más que un juego. Lo relevante es descubrir qué es lo que puede descubrirnos sobre la partitura cada uno de los artistas congregados.
Son sus movimientos:
1. Maestoso
2. Larghetto
3. Allegro vivace
1. Rubinstein. Barbirolli/Sinfónica de Londres (EMI, 1931). Una auténtica experiencia viajar en el tiempo –soberbia la restauración sonora de 2020- y escuchar a un Rubinstein de cuarenta y cuatro años tocando esta obra con un fraseo de una intensidad y una flexibilidad extremas, verdadero fuego hiperromántico mezclado con esa particular elegancia que caracterizaba al arte del maestro polaco, pero no (¡ay!) sujeto al autocontrol, a la lógica de la arquitectura o a la sensatez. Ni siquiera a la musicalidad: aunque encontramos aquí y allá pasajes resueltos con la maestría que anuncian al genio, globalmente el artista fracasa al dejarse llevar por el temperamento e incurrir con frecuencia en la precipitación, en el nerviosismo e incluso en el exhibicionismo de cara a la galería. También el joven Barbirolli dista de convencer: su dirección es enérgica pero poco sensible, amén de escasamente depurada en el trazo, cuando no chapucera. (6)
2. Arrau. Jochum/Sinfónica de la RIAS de Berlín (Reference Recording, 1954). Andaba don Claudio cerca de cumplir los cincuenta y uno cuando ofreció este concierto recogido de manera discreta en toma radiofónica. Aún tendría que madurar más, darle una vuelta adicional de tuerca a las cosas, pero era ya un grandísimo chopiniano –sencillamente, nunca lo ha habido mejor que él– dotado de una técnica de esas “que no se notan”, una perfecta mezcla de apasionamiento y poesía, cantabilidad suprema y un insuperable dominio del estilo: el rubato chopiniano, la manera de jugar con la agógica en general, es de no dar crédito. Jochum dirige con exceso de empuje el primer movimiento y francamente bien en el resto. (9)
3. Ashkenazy. Gorzynski/Filarmónica Nacional de Varsovia (Decca, 1955). En la portada del vinilo original se presentaba a Ashkenazy como segundo premio de la quinta edición del Concurso Chopin. Toca de manera admirable, desde luego, y ofrece no pocos aciertos expresivos, pero interpretar, lo que se dice interpretar, lo hace de manera irregular: con prisas y escaso en poesía un primer movimiento tan solo aceptable, muy bien el segundo y francamente mal un tercero mecánico y dicho de cara a la galería. La dirección de Zdzislaw Gorzynski, buena sin más, destaca por su vehemencia. Por cierto, hay cortes en la partitura. Discreta toma en falso estéreo. (6)
4. Haskil. Markevitch/Orquesta de Conciertos Lamoureux (Philips, 1960). La orquesta toma un protagonismo que no le corresponde merced a una personalísima dirección de Igor Markevitch, por momentos genial –tremenda inmediatez dramática de la sección central del Larghetto– Zdzislaw Gorzynski, de vez en cuando violenta, incluso desencajada, electrizante siempre, pero a la postre poco adecuada al incurrir en la precipitación y no dejar que la música vuele. La pobre Clara Haskil se deja contagiar y ofrece una recreación más extrovertida que sensual en la que su fraseo, a pesar de ser elegante, cae más de una vez en lo cuadriculado. (7)
6. Rubinstein. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1968). Han pasado treinta y siete años desde su grabación con Barbirolli, ahí es nada. Este es otro Rubinstein, no ya distinto sino diametralmente opuesto al de antaño. Se fue el músico temperamental, arrebatado, falto de control y un tanto exhibicionista de entonces. Ahora tenemos a un maestro apolíneo, elegantísimo, señorial en el mejor de los sentidos, que sustituye la efervescencia por el equilibrio, la brillantez por la cantabilidad, el descontrol por la naturalidad, aportando además ese punto de elegancia viril que caracteriza su enorme arte. Podrán preferirse enfoques de mayores contrastes, pero el maestro hace música por los cuatro costados. Amplia y cálida, también un poco pesadota, la dirección de Eugene Ormandy. (8)
7. De Larrocha. Comissiona/Suisse Romande (Decca, 1970). Notable la pianista catalana, natural y muy flexible en un fraseo lleno de acentos sensibles, galantes pero también con salero, a veces con admirables hallazgos. Y no siempre en una línea sensual y perfumada, que es la que predomina, porque también sabe ofrecer pasión y toques dramáticos. Lástima que en el tercer movimiento haya pasajes en exceso virtuosísticos y que, en general, necesite un poco más de sabor chopiniano. Batuta enérgica, extrovertida, de gran inmediatez comunicativa pero algo tosca, con altibajos, contrastando su carácter musculado con la línea más noble y femenina de la solista. Orquesta con fagot no muy allá y metales algo pobres. La remasterización de HDTT no convence. (7)
8. Arrau. Inbal/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). El chileno vuelve a dejar clara su absoluta sintonía con Chopin. Sabe ser lírico, elegante, íntimo y sincero a más no poder, pero encuentra también momentos para la pasión romántica perfectamente controlada. En cualquier caso, hay algún pasaje al que aún le podría sacar todavía mayor partido. Inbal dirige con energía, con ganas y con buen trazo, pero de manera algo expeditiva, algo cuadriculado y sin finura de trazo. (9)
9. Rubinstein. Previn/Sinfónica de Londres (DVD DG y Stage+, 1975). Siete años desde el registro con Ormandy. Ochenta y ocho (¡qué barbaridad!) tiene ya Rubinstein. Toca de manera aceptable, algo mermado de dedos. La musicalidad excelsa sigue ahí, pero se nota cierta pérdida de concentración. ¿Se ha vuelto otoñal? En absoluto, aunque vamos a reconocer que al primer movimiento le faltan la tensión interna que esta música necesita. El resto, Chopin de muchísima altura. André Previn pone el colchón adecuado al maestro con tempi amplios, fraseo de gran cantabilidad, tensiones bien organizadas –mucho mejor en este sentido que Ormandy– y tanta atención a la globalidad como al detalle. La plataforma Stage+ recorta la filmación al formato 16:9. (8)
10. Argerich. Rostropovich/Nacional de Washington (DG, 1978). El maestro plantea una introducción más lírica que dramática, dando paso a una Argerich de fulgurante virtuosismo, pero eminentemente felina e innecesariamente agresiva. Todo parece apuntar a una colisión de temperamentos, pero lo cierto es que poco a poco ambos caracteres van convergiendo. Cuando llega el Larghetto, los dos artistas dan lo mejor de sí mismo y destilan la música con una cantabilidad y una poesía infinitas dentro del mejor estilo chopiniano. El tercer movimiento está francamente bien, pese a la consabida tendencia de la solista a dejarse llevar por el nerviosismo. La toma sonora podría ser mejor, incluso escuchada en Blu-ray Audio. (8)
11. Zimerman. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Esta es una interpretación maravillosamente apolínea, elegantísima y de musicalidad exquisita, en la que sobresale un piano de digitación extremadamente limpia, rica pulsación, maravillosa cantabilidad y perfecta capacidad para emocionarse e incluso resultar lacerante cuando corresponde (¡qué Larghetto!) sin apartarse ni un pelo del equilibrio sonoro y expresivo por el que apuesta. Podrán preferirse interpretaciones más temperamentales y contrastadas, pero en su línea es de admirar. Giulini acompaña con enorme solidez y en perfecta sintonía expresiva con el solista, pero sin que la inspiración vuele por lo más alto. Procuren escuchar el reprocesado en alta definición. (9)
12. Pogorelich. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1983). El procedimiento del pianista es de una extrema pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito, etc.–, pero lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas carentes de matices realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan muy cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa, que su paleta de colores parezca infinita o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy hermosos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos. Batuta un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. (6)
13. Perahia. Mehta/Filarmónica de Israel (Sony, 1989). Arranca vehemente el maestro indio, con ese músculo que tanto le gusta y un punto de contundencia. También con tendencia a un nerviosismo que le impide otorgar a la música la nobleza que necesita. Así las cosas, Perahia no termina de centrarse, y junto a un sonido muy bello, un fraseo suelto y muchos detalles de enorme clase, hay frases cuadriculadas y una cierta tendencia al virtuosismo superficial. Mejor el Larghetto, sobre todo en una sección central en la que los dos artistas despliegan vibrante garra dramática. El movimiento conclusivo comparte las virtudes e insuficiencias del primero. Grabación en vivo no muy allá. (7)
14. Pires. Previn/Royal Philharmonic (DG, 1992). Esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus mejores virtudes sin caer en ninguno de sus defectos. La que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable cómo conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo. Sí, apolíneo, pero sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada, sino conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término. Previn acompaña sintoniza plenamente con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo mostrarse decidido cuando las circunstancias lo requieren. Falta por su parte un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que por el de la solista algo de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada. (9)
15. Ax. Mackerras/Orchestra of The Age of the Enlightenment (Sony, 1997). En esta primera grabación con instrumentos originales el piano Érard de 1851 se revela como un instrumento formidable en manos de un Emmanuel Ax que toca divinamente, con sensibilidad y con estilo, sin que se evidencian limitaciones de ninguna clase y ofreciendo un enfoque de sensato equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco sin escorarse ni hacia lo contemplativo ni hacia las carreritas de cara a la galería. A destacar particularmente su dominio de los aires de mazurca del tercer movimiento. La dirección de Mackerras es de enorme solidez y muy musical, si bien carece de la personalidad de que hará gala Haitink dos años más tarde cuando Ax vuelva a grabar la obra. Muy notable toma realizada en el Henry Wood Hall londinense. (8)
16. Argerich. Dutoit/Sinfónica de Montreal (EMI, 1998). Aun manteniendo su fraseo elástico, agresivo y contrastado, Argerich modera sus maneras y enriquece su toque para ofrecer una interpretación más plural y madura en la que, como en la ocasión anterior, lo mejor es un Larghetto de admirable poesía. Su exmarido es todo profesionalidad, rigor y sensatez, si bien el primer movimiento resulta un poco más nervioso de la cuenta y carece de la hondura que necesita. Lástima que la toma, aun muy notable si se escucha en Atmos, se enfrente a una acústica muy reverberante. (9)
17. Ax. Haitink/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Digital Concert Hall, 1999). Ya desde los primeros compases queda claro que este Haitink se muestra bastante más implicado de lo que suele. No es que renuncie a su proverbial objetividad ni a ese punto de distanciamiento expresivo que le caracteriza. Lo que hace es aportar mayor tensión interna, convencer a la orquesta para que toque con fuerza, garra y convicción sin necesidad de inventar nada. Menos aún de incurrir en las blanduras y preciosismo inútiles que atraparán a Zimerman tres meses más tarde cuando se atreva a dirigir la página. Puede que el enfoque de Haitink resulte un poco más severo de la cuenta, pero a la postre parece ideal para un Emanuel Ax que también busca apartarse de la imagen tradicional de un Chopin delicado para apostar por lo que esta música tiene de conflicto, al tiempo que hace gala de una pasmosa naturalidad en el fraseo y una enorme habilidad para hacer que lo difícil parezca fácil. Una pena que la acústica de la hermosísima Basílica de Santa María en Cracovia sea tan reverberante. A cambio, se nos regalan algunos hermosísimos planos del retablo de Veit Stoss. (9)
18. Zimerman/Polish Festival Orchestra (DG, 1999). Amanerada hasta lo estomagante la introducción al primer movimiento: al polaco no le falta técnica para dirigir a una orquesta, pero sí (¡qué cosas!) buen gusto. En el tercero también hay detalles orquestales, aquí y allá, que nos desconciertan por completo, porque en la parte solista Zimerman derrocha sensibilidad y vuelo poético –exquisitez extrema sin preciosismos– para dejar claro lo grandísimo pianista que es. Literalmente, Doctor Jekyll y Mister Hyde. A destacar de manera especial la manera rapsódica, muy elástica, movida por el impulso romántico, del solo central del segundo movimiento, que parece más que nunca una improvisación violinística. También es de justicia aplaudir cómo el polaco matiza las dinámicas de su instrumento, por no hablar de la belleza sonora que extrae del mismo. Diez para el piano, cinco para la dirección. La toma, realizada en Turín, no llega a ser óptima. (8)
19. Lang Lang. Mehta/Filarmónica de Viena (DG, 2008). Por fin, primera –y de momento– única oportunidad para escuchar a la Filarmónica de Viena en esta página. Se presenta como formación ideal para esta obra bajo la batuta de un Mehta antes gran artesano que artista, pero capaz de ofrecer una dirección muy ágil y fluida, también con el músculo sonoro y una dosis suficiente de intensidad dramática, amén de grandes dosis de belleza sonora. Esta última preside la actuación de un Lang Lang de extraordinario virtuosismo, inmejorable limpieza y asombrosa capacidad para matizar en colorido y fraseo. ¿Su visión? Clásica y equilibrada, ajena a grandes conflictos emocionales, pero siempre de una musicalidad fuera de lo común. A destacar la delicadeza bien entendida que consigue en un segundo movimiento que demuestra un pleno conocimiento del idioma musical de Chopin, así como la combinación de elegancia, espíritu galante y sentido del humor –amable antes que socarrón– en el tercero. Toma algo reverberante: la Musikverein no suena realmente así. (9)
20. Barenboim. Fisch/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Barenboim espera hasta casi cumplir los sesenta y siete años, ya sin los dedos en estado óptimo, para dejar testimonio de su acercamiento a los conciertos de Chopin. Su sonido es denso, rico en armónicos, muy sensual, al tiempo que su fraseo se aleja de la ligereza efervescente de otros pianistas para optar por la nobleza y el carácter reflexivo, siempre buscando el carácter orgánico del discurso frente a la brillantez del arrebato puntual. Todo hay que decirlo: el de Buenos Aires no ha sido nunca campeón de la agilidad digital, y aquí hay algún momento emborronado que no es de recibo. Ni que decir tiene que roza el cielo en un segundo movimiento que se aleja del tópico del Chopin quebradizo y frágil para ofrecernos en su lugar una intimidad teñida de cálido contenido humanista en el que sobrecogen sus trinos de asombrosa naturalidad y la manera de calcular el peso de los silencios. Escúchese, por ejemplo, cómo “pone” la nota que cierra el Larghetto, dando paso a un Allegro vivace en el que también ofrece algunos momentos de sublime poesía, además de un acertado sentido del humor rústico. La batuta la toma Asher Fish. Arranca un tanto desvaído, sin fuerza, pero poco a poco se centra y logra sostener un más que correcto primer movimiento que suena corpulento, amplio y ajeno al nerviosismo. Los otros dos están muy bien, dentro de una propuesta algo plana y sin aportaciones de relevancia. Levanta el nivel orquestal la sonoridad suntuosa de la formación alemana y la asombrosa musicalidad de sus solistas. (8)
21. Nebolsin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Audio Naxos, 2009). Dirección no imaginativa ni personal, pero sí bien trazada, dicha con exquisito gusto en una línea particularmente lírica y sensual, mucho antes que escarpada. Toda ella al servicio de un pianista apolíneo, de toque transparente y sensible, que frasea con naturalidad y sutiles matices, aunque sin toda la variedad, el sentido de los contrastes y la tensión interna que se podrían desear. (8)
22. Kissin. Wit/Filarmónica de Varsovia (Blu-ray Accentus, 2010). Parece imposible tocar mejor esta música, tal es el virtuosismo extremo de un Kissin no solo ágil, limpio y exacto como nadie, sino también dueño de un sonido de asombrosa gama dinámica, de un fraseo tan firme como pródigo en acentos y de un admirable dominio de la agógica. Expresivamente se muestra siempre musical y alcanza un equilibrio diríamos que perfecto entre los aspectos más líricos e íntimos de esta música con aquellos que demandan brillantez, extroversión y –sección “interrogativa” del segundo movimiento– garra dramática. Ahora bien, da la impresión de Kissin no termina de comulgar con la esencia última de esta música, de que le falta un último punto de emotividad, mezcla de sensualidad y de congoja sincera, que otros pianistas han sabido encontrar en una página todavía juvenil, pero ya dotada de un carácter de confesión personal. La dirección de Wit, sin desdeñar la potencia expresiva en algunos pasajes, es ante todo noble, amplia y elocuente, atendiendo a la cantabilidad y tratando a la orquesta polaca, irreprochable, siempre con pinceles finos y mucha sensibilidad. (9)
23. Barenboim. Nelsons/Staatskapelle Berlín (DVD Arthaus y CD DG, 2010). Los dedos del maestro van a peor, y en el tercer movimiento hay algún pasaje más problemático de la cuenta. Lo que sigue en plenitud es la cabeza: concentración absoluta, insuperable naturalidad en el fraseo y –de manera particular– en el rubato chopiniano, elegancia sin rastro de flema y sensualidad en el toque caracterizan una interpretación que logra el milagro de aunar los aspectos “masculinos” y “femeninos” de la partitura al tiempo que pone de relieve toda la desazón que alberga el núcleo del Larghetto. En cualquier caso, quien eleva esta grabación a lo más alto es un Andris Nelsons que entiende la obra con la misma riqueza conceptual que el solista, y materializa la idea haciendo gala de una cantabilidad y una belleza sonora para derretirse sin olvidarse, en modo alguno, del pulso, la tensión dramática y el sentido de los contrastes, fraseando con una flexibilidad de la mejor ley y obteniendo de la orquesta el más adecuado sonido posible. Es su batuta la que convierte a esta grabación en la que quizá sea la mejor de todas, por ser la única con pianismo de altura que cuenta con una dirección superlativa. (10)
24. Olejniczak. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (DVD Glossa, 2010). Piano Érard de 1849, de sonido mate en los agudos, pero cálido y agradable, en manos de un artista centrado y musical que resulta algo plano, poco poético en el primer movimiento, para luego convencer con un sensible Larghetto y ofrecer un muy digno Allegro Vivace. La dirección tiene como virtud ofrecer sentido dramático y no dar pie a ningún tipo de amaneramiento, pero necesita una dosis muy superior de sensualidad y de poesía, como también de imaginación. Los instrumentos originales aportan una tímbrica muy diferente a lo acostumbrado y permiten relevar detalles nuevos en la orquestación, quizá más aquí que con el más tradicional Mackerras. La toma sonora en principio es de enorme calidad en 5.1, pero uno de los micrófonos roza con algo y se escuchan continuos “golpes”. (7)
25. Sermet. Heras-Casado/Nacional Danesa (YouTube, 2010). Antes de iniciar su tremenda caída cuesta abajo y sin frenos, el maestro granadino ofrecía aquí una dirección lenta y concentrada, robusta en lo sonoro, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, cuyo enfoque tenso y dramático resultaba particularmente atractivo. Destacando en lo expresivo la sección central del segundo movimiento, es de justicia aplaudir igualmente la claridad de texturas conseguida. El pianista turco Hüseyin Sermet se mostraba igualmente tenso, muy sobrio, alejado de la rutina y de lo mecánico, desmenuzando la partitura con sosiego, desplegando una enorme cantabilidad y, sobre todo, haciendo gala de una gran fuerza interior. A destacar su manera de enfrentarse al primer movimiento con decisión y al segundo con un dolor interno y una palpitación fuera de lo común. De manera coherente con el resto de la interpretación, el tercero resulta poco lúdico sin por ello dejar de ofrecer decisión y belleza. (9)
26. Cho. Noseda/Sinfónica de Londres (DG, 2016). El pianismo de Seong-Jin Cho no se caracteriza por su efusividad ni por su humanismo. Menos aún por bucear en los aspectos más inquietantes de la música. Lo suyo es la belleza apolínea, elegante, refinada en el mejor de los sentidos, pero no por ello insulsa ni trivial. Como además pone su portentoso virtuosismo al servicio de la expresión –no hay ni una frase mecánica, ni carreritas de cara a la galería– su recreación del primero de los dos conciertos que escribiera el polaco, sin ser la más conmovedora, se disfruta plenamente, sobre todo cuando se trata de descubrir aquí y allá detalles exquisitos de perfecto estilo chopiniano. Noseda dirige bien, con decisión pero sin precipitaciones, dejando que la música respire, si bien le falta un punto adicional de personalidad, como también de sal y pimienta. Sonido no del todo bueno. (8)
27. Wang. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (YouTube, 2016). Sorprende que la orquesta no esté del todo fina en la introducción. Luego el maestro la ajusta y realiza una notable prestación, pero lo cierto es que la batuta no termina de sintonizar con la obra: hay solvencia y buen gusto, pero la poesía no levanta el vuelo. Aceptable respaldo, en cualquier caso, para que Yuja despliegue su pianismo efervescente, ágil y fluido, lleno de picardía y en todo momento hermosísimo. Eso sí, aunque no se puede decir que caiga en lo mecánico, sí que se nota cierta tendencia a la superficial, o al menos a llegar al público por la vía más fácil: esta partitura esconde más música de la que ella obtiene. (8)
28. Cho. Noseda/Orquesta Joven de la Unión Europea (Stage+, 2018). Lo mismo de antes, pero esta vez la orquesta no es tan espléndida y Noseda incorpora en la introducción algunos detalles que convencen poco. Magnífico Cho en los “interrogantes” del segundo movimiento, aunque también hay que elogiar especialmente la flexibilidad y belleza de un fraseo que sabe ser brillante sin dejarse llevar por el numerito de cara a la galería. (8)
29. Lisiecki/Orquesta de Cámara de Noruega (Stage+, 2022). Una formación de tamaño camerístico –y esta es excelente– se revela como ideal para la Op. 21 de Chopin. Al menos, para conseguir los fines expresivos que el joven artista canadiense Jan Lisiecki se busca tocando y dirigiendo al mismo tiempo: ofrecer un Chopin juvenil e impulsivo, contrastado y con un cierto grado de agitación, aunque no por ello exento de finura e intimismo. Como si Schumann se pasase por aquí. El resultado, expuesto con gran limpieza en la parte orquestal y con enorme capacidad para regular el sonido desde el piano, es interesantísimo por lo renovador de la propuesta. (9)




















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