Me alegré muchísimo cuando tuve noticia, por la nota de prensa publicada en numerosos medios, de que iba salir este disco dedicado a la música de Manuel de Falla a cargo de Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar, con las participaciones a priori lujosas de Pasión Vega y Javier Perianes. La espera ha desembocado para mí en una tremenda decepción. Puede que mi opinión cambie con el tiempo, porque nos encontramos ante interpretaciones que se apartan bastante de aquello de lo que estamos acostumbrados, pero me parece que lo correcto es decirles a ustedes sin tapujos lo que en una primera audición me ha parecido.
La verdad, sí que me ha gustado la labor del maestro venezolano de El amor brujo, que se presenta en su versión definitiva como ballet. La de toda la vida, vamos. Dudamel extrae toda esa sensualidad en la que es especialista y, de paso, descubre algunos detalles nuevos, aunque no en todos los números la inspiración vuela por igual. La que no me ha gustado es Pasión Vega, precisamente por la falta de lo que su nombre artístico: pasión. Es curioso que un servidor suele imaginarse la acción de esta pantomima en el barrio de la Viña de Cádiz, justo donde reside esta reputada especialista en canción española nacida en Madrid que se siente malagueña y gaditana, pero cuando abre la boca parece de Valladolid, dicho sea con todos los respetos hacia la histórica ciudad castellana.
Mucho ojo, Ana María Alías Vega canta bien y con mucha elegancia, con independencia de que mida algunas notas como le da la real gana. El problema es que la encuentro ajena al espíritu de la obra. Espíritu que no tiene por qué ser necesariamente el de una cantaora, ni el de una cantaora granadina, pero sí el de una joven de alma popular desgarrada por los males del amor. En las campanas del amanecer se queda corta, cortísima en grandeza. Mi favorita en esta parte es la chipionera Rocío Jurado, muy por encima de cualquier otra. Lástima de la mediocre dirección de López Cobos en su registro discográfico. Si ustedes quieren, pueden comparar a continuación.
Rara, rarísima la dirección de Dudamel de Noches en los jardines de España. Empieza destilando una sensualidad impresionista ante la que es imposible resistirse, pero luego empieza un desconcertante tira y afloja marcado por las prisas, la falta de unidad en el discurso y una incisividad que raya en lo desencajado, cuando no en lo violento. Añadan a esto un manifiesto deseo de subrayar aquí y allá determinadas líneas que suelen pasarse por alto aun a costa de desequilibrar los planos. ¿Y Perianes? Mi impresión –quede claro que no he intercambiado una sola palabra con él acerca de este disco– es que el de Nerva se siente incómodo y hace lo que le dicen, correr hasta que salten las chispas sin detenerse en otras consideraciones. Su toque es limpísimo, los acentos magistrales están ahí, pero como le aprecio muchísimo en lo humano y le tengo por uno de los mejores pianistas del mundo, voy a ser sincero: no me ha gustado.
Suite nº 2 de El sombrero de tres picos para terminar: me han hecho disfrutar mucho los dos primeros números, el tercero me ha disgustado seriamente por parte de Dudamel. La toma no le ayuda, menos aún a Pasión Vega: el ingeniero le ha metido el micrófono en la garganta y luego ha añadido una reverberación difícil de soportar.

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